Crónica: Aida de la Asociación Luis Mariano en Irun (17-03-2018)


He de confesar que acudía a esta “Aida” de Verdi que programaba la irunesa Asociación Luis Mariano con un cierto miedo. En parte, miedo como me ocurre siempre que llevo a alguien a la ópera, en este caso a mi amigo Yoel, de 15 años, porque nunca sabes si la cosa va a funcionar o si se va a aburrir. Pero, sobre todo, con miedo por lo que podría pasar esa noche con una ópera de las dimensiones de “Aida”.




Hacía ya 10 años que no veía “Aida” en directo, desde aquella función en el Liceu de Barcelona, cuando apenas había tenido ocasión de ver muchas óperas en vivo. Pero las posibilidades, tanto a nivel económico, como a nivel técnico, que tiene el teatro catalán no las tiene la asociación irunesa, que en vista de la imposibilidad, tanto a nivel escénico como por limitaciones de espacio para la orquesta, de representar la ópera en su plaza habitual, el Centro Cultural Amaya, se trasladaba al Recinto Ferial Ficoba. Un lugar que no está en absoluto pensado para la representación operística. La representación tenía lugar en una enorme nave en la que se habían instalado 1.700 sillas de plástico de playa, lo que nos permite hacernos una idea del tamaño de la nave. 1.700 butacas que, por cierto, estaban completas: ya casi una semana antes de la función las entradas estaban agotadas (y yo me quedé sin entradas, así que desde aquí dar las gracias a quienes me consiguieron esas dos entradas), cuando en otras ocasiones, en las óperas representadas en el Amaya, con sus 600 localidades, en 2 funciones (1.200 localidades en total) suelen quedar numerosos huecos libres. Por esta parte la producción de Aida ya fue un éxito.

El pabellón permitía un escenario de mayor tamaño que el del Amaya y mayor espacio para la orquesta (aunque aún así todavía hubiera sido deseable una orquesta con más instrumentistas, en especial en la sección de cuerdas), pero también tenía que hacer frente a numerosos problemas. En primer lugar, la incomodidad de las sillas, que hacían difícil aguantar las dos horas y media de música sentados. Por otro lado, las enormes dimensiones de la sala, no sólo en planta sino también en alzado, afectaban terriblemente a la acústica, y había que hacer frente a ruidos que en un teatro al uso no existirían, desde el aire acondicionado hasta las gotas de lluvia sobre el tejado, que molestaban a la audición (a parte de las ventanas laterales por las que entraban los últimos rayos del sol crepuscular y, poco después, las de las farolas, los coches y el topo que pasaban a escasa distancia del recinto). Estos problemas acústicos se resolvieron, no sé si acertadamente (desde luego, ortodoxamente no) con el uso de micrófonos para los solistas, lo que trajo problemas técnicos al acoplarse en ocasiones los micrófonos de los solistas en los dúos o desequilibraba el balance de los coros al oírse demasiado las voces que estaban más próximas a los solistas.

Pero vamos a dejar ya de lado los aspectos técnicos para comentar la función, y, como siempre, antes de nada dejamos un enlace de la ficha artística.

Nos encontramos ante una co-producción de Irun con Cuneo y Neuchâtel, algo lógico en una ópera de la envergadura de “Aida”. Alfonso de Filippis y Robert Bouvier se hacían cargo de la dirección escénica, siguiendo en general las indicaciones del libreto, sin innovaciones ni atrevimientos, siempre correctos. No se especifica en el programa de mano quién se hacía cargo de la escenografía, que consistía en una escalinata con un panel en el centro de la parte superior que cambiaba según la escena, desde el pórtico de entrada a un templo egipcio hasta una esfinge que recordaba peligrosamente a la máscara funeraria de Tutankhamón. A los lados, 6 paneles (supongo que de forespán), dos de ellos con jeroglíficos y los otros cuatro con bajorelieves de divinidades egipcias como Anubis o un cabeza de halcón (¿Horus? ¿Ra? No me voy a mojar). Algunos elementos de atrezzo contribuían a cambiar las ambientaciones: un diván nos situaba en las estancias de Amneris del II acto, mientras un trono en el que esperaba la princesa egipcia nos situaba en la antecamara de la sala de juicio del cuarto acto. Especialmente bien resuelto el difícil cuadro final, el de la tumba, con sus dos niveles diferentes. Aquí se movieron cuatro de los paneles laterales, juntándolos en un lateral de la parte delantera del escenario simulando la puerta cerrada de la tumba, esa que Radamés intenta mover ante su inevitable destino, mientras Amneris ruega por su alma en la parte trasera del escenario, en el exterior de la tumba.

Aldo Savagno dirigió con corrección, aunque con unos tempi un tanto rápidos en general, a la Orquesta Luis Mariano, que respondió con corrección. Los metales, con su difícil parte, superaron en general la famosa marcha triunfal, donde los puntuales desafines fueron menos notables que durante el “Se quel guerrier io fossi”. Lo que más me sorprendió fue el molesto sonido que en ocasiones producían los violines, muy metálico, al que sólo le encuentro como posible explicación la acústica del local.

Correctos los ballets, destacando en especial por su belleza la danza de las sacerdotisas del II cuadro del primer acto.

Para la ocasión se reunieron 3 coros: el navarro “Premier Enemble” de AGAO, el Eskifaia abesbatza de la vecina Hondarribia y el propio coro de la Asociación Luis Mariano. Si el objetivo era conseguir un segundo acto espectacular e impactante, sin duda lo consiguieron. Las voces no siempre sonaban todo lo empastadas que sería de desear y se abusó del canto en forte, en ocasiones casi gritado, pero desde luego impactante fue. Quizá el momento mejor resuelto fue el coro de sacerdotes de la escena del juicio del cuarto acto.

De los comprimarios, Iker Casares cantó un correcto mensajero, al que sólo cabría reprochar un Sol agudo muy breve en “Sul barbaro invasore”. Correcta también la sacerdotisa de Maela Vergnes, aunque excesivamente presente gracias a la megafonía en un personaje que canta desde detrás del escenario (algo similar a lo que le sucedió a Ranfis en la escena del juicio, por cierto). Y correcto igualmente el Faraón de Antonio Marani, con la autoridad necesaria y sin apenas problemas de tesitura, salvo algún agudo un tanto discutible.

Ruben Amoretti se hacía cargo del ingrato papel del Sumo Sacerdote Ranfis, ingrato porque, si bien ha sido cantado por grandes figuras, en realidad carece de momentos de lucimiento, pese a no ser un papel en absoluto fácil, en especial en la zona grave de la tesitura. Amoretti luce una voz quizá en exceso tremolante, pero sin problemas en toda la tesitura, con la autoridad (y, por momentos, maldad) que requiere el personaje y que, pese a la distorsión que supone el uso de la megafonía, se antojaba sobrada de volumen.

Quizá la voz menos interesante fue la de Andrea Zese como Amonasro, con agudos a menudo blanquecinos y una considerable tendencia al canto en forte, faltándole delicadeza en la plegaria “Ma tu re, tu signore possente”. Mejor en general en el tercer acto, en el dúo con Aida, donde los acentos agresivos casaban mejor con su forma de cantar. Y al llegar a esa maravillosa frase (quizá la mejor de la ópera) que es el “Pensa che un popolo vinto, stracciato, per te soltanto risorger può”, consiguió resultar lo suficientemente emocionante pese a la emisión un tanto discutible.

Maria Ermolaeva, como Amneris, mostraba una voz de amplio registro, aunque de color muy desigual entre el grave y el agudo, pero ya es de agradecer conseguir una mezzo-soprano que no tenga problemas de tesitura en un papel tan terrible como el de la princesa egipcia. Supo desenvolverse con comodidad tanto en las escenas más íntimas como en los momentos más dramáticos, y solo un “Anatema su voi” final en exceso breve dejó un sabor ligeramente amargo, ya que con su voz era de esperar que lo hubiera alargado más y ya habría arrasado (aunque probablemente acusaba el cansancio que supone cantar un papel tan terrible).

Radamés es uno de los papeles de tenor spinto más terroríficos que uno pueda imaginar. Si no he contado mal, suma un total de 24 Sib en las dos horas y media de ópera, y canta constantemente por encima del Fa, algo agotador para cualquier tenor (parece que Verdi no se quedaba contento si no remataba con algún agudo cada una de sus frases…). Alberto Profeta tuvo numerosos fallos con la letra, algo que me resulta poco menos que incomprensible, y su canto es a menudo un tanto rudo, abusando del forte y con ataques al agudo no siempre del todo ortodoxos. Pero, a su favor, un registro agudo absolutamente limpio, con esos Sib brillantes y potentes, de timbre bellísimo, sin tener por ello problemas en la zona baja de la tesitura. Además, se atrevió a hacer el diminuendo al final del “Celeste Aida” y, lo que si cabe es todavía más de agradecer, cantó los tres Sib del “O terra, Addio” en pianísimo, evitando la tentación de soltar cañozanos impactantes pero estilísticamente atroces. Teniendo en cuenta la dificultad de encontrar un Radamés mínimamente solvente ya en teatros de primer nivel, Irun ha tenido mucha suerte contando con él.

Por último, el papel protagonista, la esclava etíope Aida, la cantaba Rossana Cardia. Ya he mencionado que la megafonía nos puede llevar a engaños, pero me quedé con la impresión de que la soprano no tiene la voz de soprano spinto que requiere Aida; sonaba más a una lírica ancha, por lo que le faltaba ese punto de empuje que requiere el papel en momentos como el “Ritorna vincitor” o en su enfrentamiento con Amneris. Por contra, le sacaba todo el partido a los momentos más líricos, destacando un bellísimo “O patria mia”, en el que sus agudos en pianísimo brillaron con luz propia. Algo similar ocurrió en el dúo final (que fue lo mejor de la noche), donde se le notaba más cómoda que el tenor en esos agudos en pianísimo.

Éxito de público y, teniendo en cuenta los medios, éxito musical, otro más,el que se anota la Asociación Lírica Luis Mariano. Esta vez el exceso de ambición les ha salido bien. Veremos lo que ocurre con la próxima “Turandot”, otra ópera que, de hacerse en el Amaya, va a tener serios problemas. Pero eso ya es cosa del futuro; por ahora disfrutemos del presente y felicitemos el trabajo bien hecho.



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