Crónica: estreno de Don Perlimplín en Baluarte (15-06-2018)


No es fácil a día de hoy acudir a un estreno operístico, y menos cuando vives en provincias, alejado de los grandes teatros del género. Así pues, se hacía necesario ignorar los inconvenientes de viajar hasta Pamplona (el tiempo no acompañaba para conducir por la A-15, con lluvia y, por momentos, niebla cerrada) para asistir al estreno de “Don Perlimplín” de Josep Vicent Egea, ópera basada en la obra teatral de Federico García Lorca “Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín”.




Este era así el segundo estreno absoluto al que he tenido ocasión de acudir, siendo el primer estreno escenificado y de un compositor vivo (el anterior estreno fue una versión den concierto de “Juan José”, la ópera que Pablo Sorozabal no consiguió ver representada). Era por tanto una ocasión que se presentaba atractiva. La asociación de Fundación Baluarte y Ópera de Cámara de Navarra (que, colaborando con AGAO en el futuro, presentan propuestas más que interesantes para la próxima temporada) había hecho un importante esfuerzo de publicidad para atraer al público a dicho estreno.

Pues bien, algo no funcionó, porque, pese a un precio de entradas bastante razonable, el auditorio Baluarte no sé si llegaría a ocupar un tercio de su aforo. Seamos sinceros: esta situación se habría repetido igualmente si la ciudad elegida para el estreno hubiera sido Donostia o Bilbo. El problema es el mismo en todas: el público. Ese público que sigue considerando la ópera como un acto social en el que dejarse ver, y al que acuden sólo a ver los 4 títulos de siempre, repetidos hasta la nausea. Para quienes amamos la ópera como lo que es, un acto artístico, al que se va a disfrutar de la música, de la escenografía y de todo lo que envuelve dicho espectáculo, la situación se vuelve cada vez más irritante.

Porque, pese a no ser una obra conservadora per se, este “Don Perlimplín” no carecía de interés. Toda la partitura era perfectamente escuchable para unos oídos razonablemente conservadores. El argumento deduzco que será sobradamente conocido para quienes tengan una mayor cultura literaria que yo, y desde luego es igualmente digerible incluso para las mentalidades más arcaicas. Había pocos elementos que pudieran impedir a alguien disfrutar del espectáculo que se estaba representando. Y su duración la hacía aún más digerible: apenas hora y cuarto; vamos, que si no te está gustando, tampoco te vas a morir por aguantar ese rato en el auditorio. Y, aún así, el público no respondió. Lástima, pero bueno, dejémoslo claro: ellos se lo pierden.

Como siempre, dejamos un enlace de la producción.

La puesta en escena de Koldo Tainta era preciosista, aunque me resultó difícil captar el sentido de aquella semiesfera (emulando a la luna, deduzco) flotando en medio de una piscina en la que paseaba por momentos el ballet o la propia Belisa. La dirección escénica de Pablo Ramos resultó efectiva con los 4 solistas.

El propio compositor dirigía a la Orquesta Sinfónica de Navarra. Siendo él el director, poco cabría objetar al hecho de transmitir su propia visión musical de la obra. En todo caso, la obertura fue una sucesión de números musicales que me resultaron inconexos. En el resto de la obra, acompañó en general con solvencia a los cantantes. No consigo entender tampoco la inclusión de unas txalapartas en la obra.

Los duendes de la obra original son aquí interpretados por dos bailarinas del grupo Kukai Dantza, Leire Otamendi y Lierni Kamio, que recitan sus frases, en lugar de utilizar un coro tradicional. El problema es que sus voces no fueron audibles en todo momento, en especial cuando miraban hacia el fondo del escenario.

La ópera requiere de 4 solistas. La mezzo Julia Farrés se hizo cargo con solvencia de su breve cometido como la madre de Belisa. Más oportunidad de lucimiento tuvo Marta Infante como la criada Marcolfa, con un bello monólogo al que supo extraer una gran carga emocional, con una voz oscura pero bien emitida.

Auxiliadora Toledano se hacía cargo del papel de Belisa. La voz es bellísima, y en escena se desenvolvía con enorme soltura. Supo transmitir los aires andaluces que requiere su monólogo y solventó las exigencias en el registro agudo que le exige el papel. Por desgracia, su voz no resultaba audible en todo momento; es una voz pequeña, que se perdía a veces en medio de la orquesta o con el ruido de los zapateados del ballet y de la propia escenografía (esa lluvia cayendo sobre la piscina).

Toni Marsol interpretaba al protagonista, Don Perlimplín. Es un papel más bien recitado, en el que supo lucir una buena presencia escénica y una voz hermosa, de emisión noble, de barítono lírico. Pero supo igualmente lucirse en los momentos más exigentes de la partitura, esos dúos con Belisa, en especial el último, en los que la línea melódica compuesta por Egea alcanza una belleza digna de recordarse, y que resultaron lo mejor de la noche, y lo mejor de la ópera, todo sea dicho.

¿Mereció la pena acudir al estreno? Sin ninguna duda. Y no sólo por el hecho de que fuera un estreno, sino por poder disfrutar de una obra que llega a tener momentos de gran belleza que le hacen merecer una, esperemos, futura buena andadura por otros teatros.



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