Crónica: Giulio Cesare en el Kursaal (20-10-2017)


El “Giulio Cesare” de Georg Friedrich Händel que se ofrecía ayer en el auditorio Kursaal de Donostia (el título completo es en realidad “Giulio Cesare in Egitto”, aunque lo conozcamos más en su forma abreviada) era mi primera incursión en vivo en una ópera barroca, un repertorio con el que no tengo una especial afinidad.




No es muy frecuente en mí que escuche música anterior a Mozart (siendo el salzburgués la única excepción que hago previa al siglo XIX, que es musicalmente hablando mi siglo favorito). Es obviamente un simple problema personal: yo busco emoción en la música, y el barroco no me la transmite (algo completamente subjetivo, sin duda). Puedo en ocasiones apreciar la belleza de la música, pero no paso de ahí, y cuando eso se traduce en horas de música, termina resultándome eterno.

Y, aún así, quise acudir a este “Giulio Cesare”. En primer lugar, porque, siendo considerada la mejor de las óperas de Händel, quizá podría hacerme cambiar de opinión con respecto a la ópera barroca de la que tanto tengo que aprender. Y, por otro lado, porque como aficionado a la ópera no me parece buena idea rechazar de inmediato una representación operística sólo porque el título en cuestión se salga de mis coordenadas. Como muchos me dirán, hay que salir de la zona de comodidad, por lo menos de vez en cuando. Y si la encargada de poner música a la representación es una institución como la Accademia Bizantina, la calidad musical está asegurada, y no conviene desperdiciar estas ocasiones.

La ópera se ofrecía en versión concierto, con la pequeña orquesta ocupando una pequeña parte del enorme escenario que se abría tras ellos y a sus costados, lo que sin duda dificultaba la proyección del sonido. Habría que preguntarse si el Kursaal era el lugar más adecuado para la representación de una ópera barroca, y más en vista de que el público, que no llenaba el auditorio, se fue yendo en desbandada a partir del único intermedio, y después, en medio de los dos últimos actos, en ocasiones de forma molestamente ruidosa, dejando bastante que desear en cuanto a educación. Quizá el más recogido Teatro Victoria Eugenia habría sido un lugar más adecuado, limitando además la asistencia a quienes de verdad querían y a la ópera y no a un evento social.

La representación de este Giulio Cesare presentaba cortes en la partitura, incluyendo la supresión de dos personajes (Curio y Nireno), además del coro. Con una duración de en torno a tres horas (más un intermedio de 20 minutos tras el primer acto), faltaban unos 45 minutos de la obra original. Algo que los neófitos podemos agradecer quizá, pero que sin duda molestará a los más acostumbrados a la música de Händel. En todo caso, pese a que se agradeciera poder salir del Kursaal a una hora razonable (en torno a las 10:30, ya que la ópera comenzaba a las 7), los cortes en los recitativos, sumados a la elección de la versión concierto, sin escenografía ni dirección actoral, nos complicaba poder seguir la trama de la ópera, que aparecía desdibujada y a menudo inconexa, resultando por momentos difícil saber qué había sucedido o cuándo se cambiaba de ubicación.

Musicalmente hablando, la Accademia Bizantina dirigida por Ottavio Dantone desde el clave respondió magníficamente a la partitura, destacando sin duda los momentos solistas de flauta o trompa, así como el arpa y el laúd, aunque habría que decir que en general todos los instrumentistas respondieron a gran nivel. Se echó en falta en Dantone una mayor chispa en las arias más agitadas, las que demandan más bravura, pero en todo caso musicalmente resultó un trabajo notable.

Con la supresión de dos personajes y del coro, la función quedaba en manos de seis solistas. Dado mi nulo conocimiento de la ópera barroca y su estilo canoro, mis apreciaciones sobre ellos deben entenderse siempre desde una impresión en absoluto profesional.

Riccardo Novaro se hacía cargo del papel de Achille. No tiene una voz de bajo, lo que se notó en especial en unos graves feos y mal emitidos, mejorando su canto en la zona más aguda de la tesitura. Consiguió lucirse considerablemente en la escena de su muerte.

El Ptolomeo del contratenor Filippo Mieccia sonaba problemático: los graves estaban en registro de pecho, mientras los agudos sonaban agrios y un tanto desagradables. Resolvió las coloraturas de su parte sin aparente dificultad, pero los problemas ya mencionados le hicieron situarse entre los peores de la noche.

A la Cornelia de Delphine Galou le faltaron, por un lado, una voz de más volumen, ya que no conseguía hacerse oír con claridad (aunque se percibía una voz de gran belleza tímbrica) y, por otro, un timbre en exceso claro para el personaje, sonando de hecho más claro que el de Sesto. No se le puede discutir su buen gusto cantando, pero sí su adecuación al papel.

Julie Boulianne se hacía cargo del papel de Sesto, que resolvió con corrección, aunque dadas las características del papel se podría haber esperado que se luciera más, que le sacara más partido.

La Cleopatra de Emöke Barath fue lo mejor de la función, con una voz bella, sin problemas en las coloraturas y con un canto delicado y de gran belleza. Su “V’adoro pupille” fue un regalo para los oídos, simplemente exquisito.

El contratenor Lawrence Zazzo corría con el papel protagonista de Giulio Cesare. La voz, a diferencia de la de Ptolomeo, presentaba una mayor homogeneidad de color, aunque el extremo agudo tampoco fuera deslumbrante. Se manejó sin problemas en las imposibles coloraturas del papel, de gran virtuosismo, y fue un intérprete entregado tanto canora como  escénicamente, siendo el que más y mejor se movió por el escenario. Muy buena su labor, destacando su aria “Va tacito e nascosto”.

La ópera en sí se me hizo larga (lo cual no resulta sorprendente), pese a contar con varios momentos muy disfrutables. Siendo mi primer contacto con la ópera barroca, no se puede esperar mucho por mi parte, aunque no tengo intención de renunciar a nuevas ocasiones de ver óperas barrocas; nunca se sabe si mi opinión sobre ellas puede terminar cambiando.



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