Crónica: I Capuleti ed I Montecchi en Baluarte (14-01-2017)


Viajar de Donostia a Iruña por esa carretera realmente horrible que es la A-8 en pleno temporal es una cosa de esas que apetece bien poco. Pero tampoco hay muchas oportunidades de poder ver I Capuleti ed I Montecchi en vivo, así que no era una ocasión para dejar que la pereza te venza.




Creo que este I Capuleti ed I Montecchi es el título operístico número 64 que veo en vivo, y en previsión de que pasen muchos años antes de volver a tener ocasión de verlo (ahora sólo falta que me la programen en Bilbo o en Donostia el año que viene y tenga que comerme mis palabras), decidí arriesgarme a coger el coche, viendo que no parecía haber nieve en la carretera (el riesgo de niebla existe hasta en verano, así que eso ya es inevitable), esperando que la función mereciera la pena. Cosa que, en general, resultó ser así.

Se representaba este I Capuleti ed I Montecchi de Vincenzo Bellini en versión concierto. Supongo que la Fundación Baluarte se habrá ahorrado así una considerable cifra económica frente a una obra escenificada, pero las versiones en concierto ni son el ideal operístico (la ópera es teatro a fin de cuentas, y no me esperaría ir al teatro a ver “Romeo y Julieta” y ver a los actores recitando el texto delante del escenario, sin interactuar entre ellos y con la escenografía. Pues lo mismo en la ópera), ni están carentes de ciertos problemas: si la interpretación de los cantantes, pese a la falta de movimiento escénico, en este caso se resolvió razonablemente bien, el problema de tener la orquesta en el escenario en lugar de en el foso, con mayor libertad sonora, sí que afectó al resultado global.

Dejo antes de nada un enlace de la producción.

El director Antonello Allemandi dirigía a la Orquesta Sinfónica de Navarra. La orquesta respondió con solvencia, con remarcables solos de trompa o de clarinete, y Allemandi demostró conocer el estilo belcantista, con una obertura muy bien resuelta, y acompañando con corrección los momentos más líricos de la partitura, pero en los más dramáticos, así como en las caballettas, se pasaba de decibelios, tapando a los cantantes, que se veían muy perjudicados por tener a la orquesta tocando a pleno volumen detrás de ellos. Ese fue seguramente el mayor error de la función.

La parte masculina del Orfeón Pamplonés cumplió con solvencia su parte, aunque de nuevo resultó por momentos excesivamente sonoro, no tanto por falta de matices (supieron apianar en el cortejo fúnebre de Julieta) como quizá por un número excesivo de miembros cantando, tapando en exceso a los solistas en las caballettas y escenas de conjunto.

Del pequeño elenco de 5 solistas, lo peor fueron los 2 bajos. Lo de Miguel Ángel Zapater como Lorenzo fue opuesto al belcanto: un canto rudo, sin legato, apurado en la zona alta de la tesitura. El Capellio del brasileño Luiz-Ottavio Faria fue vocalmente imponente, aunque su canto es más estentóreo que belcantista, algo más perdonable en su caso dada la ingratitud de su personaje, que no deja de ser el villano de la ópera.

El trío protagonista lo formaban tres cantantes navarros que demostraron un alto nivel. El tenor José Luis Sola se encargaba de la parte de Tebaldo. Sola es un cantante al que he visto ya en unas cuantas ocasiones (creo que esta es la cuarta ve que le escucho en vivo, a la espera de volver a hacerlo en febrero en el Don Giovanni bilbaino), y siempre me deja un buen sabor de boca. Canta con gusto, domina el estilo belcantista, no tiene problemas de tesitura (pese a que, desconozco el motivo, sus sobreagudos resulten casi inaudibles, aunque no por ello se amedrenta, lanzándose al sobreagudo al final de su caballetta, aunque apenas fue audible) y su fraseo quizá un tanto cortante en su dúo con Romeo del segundo acto tampoco me pareció inadecuado, aunque no sea lo propio del belcanto. Es desde luego Sola un tenor al que sigo teniendo en muy alta estima.

El papel de Giulietta recayó en la soprano Sabina Puértolas, que demostró también un dominio del belcanto, cantando con gusto, apianando, dominando las coloraturas. No arriesgó mucho en el sobreagudo, siendo quizá la zona alta de su tesitura la más problemática, al sonar más opaca. Sus intervenciones solistas resultaron sobresalientes en todo caso, así como sus dúos con Romeo.

En estos I Capuleti ed I Montecchi, Bellini escribe la parte de Romeo para una Mezzo-Soprano, algo que, aunque llamativo, no es extraordinario, si tenemos en cuenta que en esa época los personajes de hombre joven los solían interpretar mujeres, y que Romeo tiene unos 17 años, aunque para la visión actual resulte un tanto extraño. Esta parte fue interpretada por Maite Beaumont, que si bien en su aria de introducción no me llamó especialmente la atención (resultado correcta en todo caso), a medida que avanzaba la ópera fue despegando hasta ser posiblemente la mejor del reparto, brillante en sus dúos con Giulietta y en la escena final. Fue además seguramente la mejor en el aspecto interpretativo, algo que se notaba por ejemplo en la actitud con la que se alejaba del atril cuando concluía sus intervenciones. Fue la gran triunfadora de la noche, y con razón sin duda.

Función de I Capuleti ed I Montecchi con sus luces y sus sombras, aunque aquí las luces consiguieron brillar lo suficiente como para eclipsar las sombras. Una función más que disfrutable que hizo que mereciera la pena el desplazamiento.



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