Crónica: Katuska de Sasibil en Donostia (28-12-2018)

Hace escasos tres días dedicábamos un post para recordar el 30 aniversario de la muerte del compositor Pablo Sorozabal. Era por lo tanto de esperar que la donostiarra Asiciación Lírica Sasibil aprovechara la conmemoración para recordar a quien, junto con Usandizaga, es el más grande compositor que ha dado la capital gipuzkoana. La elegida para el acontecimiento ha sido la primera obra lírica de Sorozabal, la conocida “Katiuska”. 

El estreno contó con la asistencia del nieto del compositor y con un Victoria Eugenia razonablemente lleno y dispuesto a disfrutar. Y alegra además comprobar que la edad media del público empieza a reducirse ligeramente, demostrando que el género tiene todavía futuro por delante. 

Vamos ya a describir la función en cuestión.

Ya conocemos las escenografías de Sasibil, sencillas, dados los medios. En este caso resultaba más sencilla de resolver al transcurrir los dos actos en el mismo escenario, una posada por la que desfilan fugitivos de la nueva Rusia Soviética y los oficiales que los persiguen. Poco atrezzo era necesario, apenas algunas mesas y sillas y una estufa, y con pocos elementos más se resolvía la función sin dificultad. La dirección escénica de Josean García resaltaba los elementos cómicos y resultó igualmente solvente.

Gran trabajo el de la orquesta, en este caso ampliada por arpa, piano, mandolina y una percusión mayor de la habitual (pandereta…) para describir el ambiente ruso de la obra. Gracias a la dirección de Arkaitz Mendoza consiguió que la tensión no decayera en ningún momento, acompañando con corrección a los cantantes (algún desajuste, en general al comienzo de la obra, achacable a la necesaria falta de ensayos) y destacando en los momentos solistas, el preludio del segundo acto y la repetición orquestal de fox-trot, ambos momentos más que disfrutables. Pese a algún puntual abuso de volumen, en general Mendoza supo controlar a los músicos para no tapar a los solistas (esos gestos al acompañar la primera romanza de la protagonista en sus pianísimos lo decían todo), y sólo nos queda celebrar el gran nivel de la formación, que nos permite augurar nuevas grandes funciones por lo que a ellos respecta. 

Tras un comienzo con algún que otro desajuste, el coro de la asociación rindió igualmente a gran nivel, consiguiendo salir de aquel perpetuo canto en forte al que nos tenían acostumbrados. Van sin duda por buen camino, y esperemos que esta senda continúe a más en próximas funciones. 

Aunque en otras ocasiones lo haya considerado superfluo, en esta ocasión agradecí la participación del ballet de la escuela de música y danza de Donostia, con participaciones tanto en los ritmos eslavos de la canción ucraniana del comienzo del segundo acto como, en especial, del fox-trot. El vestuario, en este segundo caso, resulto especialmente adecuado para trasladarnos a ese París de la belle-epoque. 

Aparecieron por el escenario diversos figurantes que funciones actorales o, a lo sumo, alguna pequeña intervención cantada, que resolvieron con gracia sus partes y sobre los que poco más se puede decir. 

Pasando a los secundarios, especialmente conseguido el acento catalán de David Sentinella como Amadeo Pich, especialmente hilarante. Ángel Walter como Bruno Brunovich demostró igualmente sus grandes dotes cómicas, aunque vocalmente se echó en falta un poco más de volumen (perjudicado probablemente en los Kosakos de Kazan por el bailoteo que se marcaba), algo aplicable al Boni de Juan Carlos Barona, bien cantado en todo caso. María Jesús Gurrutxaga demostró que es una gran actriz cómica que canta más como actriz que como cantante. Alicia Montesaquiu fue una Olga sobrada de voz en todas sus intervenciones. Las escenas de las que se hicieron cargo estos intérpretes, los Kosakos de Kazan, el cuarteto “Rusita, rusa divina” y el fox-trot “A París me voy” fueron todos ellos momentos muy disfrutables. 

Vamos ya con los papeles protagonistas. Grata sorpresa facundo Muñoz como el Príncipe Sergio, con una voz desenvuelta, de timbre hermoso y solvente en el agudo, cuyas intervenciones cantadas se antojaron escasas vistos los resultados. 

Antonio Torres, como Pedro Stakof, comenzó correcto con su romanza “Calor de nido”, pero a medida que la voz calentaba sus prestaciones mejoraron hasta lucirse en “La mujer rusa” y en el dúo con Katiuska del segundo acto. Voz potente, de agudo poderoso aunque en ocasiones algo opaco, a su “Calor de nido” le faltó quizá una mayor capacidad de apianar, por lo que, como ya hemos mencionado, su participación mejoró en el segundo acto en este sentido. Fue el más aplaudido de la noche, y sin duda su labor resultó notable.

Ana Nebot, en el papel protagonista de Katiuska, tuvo algún tropiezo con los diálogos (no fue la única, también hay que decirlo). Vocalmente, su voz tiene un vibrato un tanto excesivo para mis gusto, que se notó bastante en su primera romanza, “Vivía sola”. En todo caso, no tiene problemas de tesitura y, con la voz más caliente, su romanza del segundo acto “Noche hermosa” fue un momento muy disfrutable de la función, cantada con buen gusto y absoluta solvencia vocal. 

Digno recuerdo esta “Katiuska” para nuestro ilustre paisano Pablo Sorozabal. De nuevo Sasibil nos ha vuelto a regalar una función de zarzuela muy disfrutable y con un nivel musical en absoluto acorde con sus medios económicos. El público cantando los Kosakos de Kazan durante los aplausos demostró que había disfrutado, y seguro que el compositor estaría satisfecho si hubiera podido verlo. 

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