Crónica: La Fanciulla del West en ABAO-OLBE (18-02-2020)

Tuve ocasión de ver “La Fanciulla del West” de Puccini en la Maestranza de Sevilla en 2009, y hasta ahora aquella era la única vez en la que había llorado a lagrimones en la ópera. Una cosa es emocionarte, incluso que se te inunden los ojos, y otra cosa es que caiga una lágrima tras otra; y eso sólo lo había conseguido esta no muy conocida ópera pucciniana. Pues bien, lo ha vuelto a conseguir en esta representación bilbaina. 

La Fanciulla del West es una ópera que me apasiona (también es cierto que me apasionan tantas óperas…), y por ello me mosquea que ABAO-OLBE haya tardado tantos años en programarla. Por eso me preocupa que haya tanto miedo a que no agrade al público, y por eso me preocupa aún más el rechazo, o como mínimo la falta de interés, que demuestra el público habitual de los principales teatros estatales. Fanciulla es una ópera apasionante, y su cromatismo no debería ser un problema para los oídos más conservadores, ya que no hace sino anunciar lo que vendrá unos años después, en “Turandot” (ópera que no provoca esos reparos por parte del público, qué curioso). 

En el programa de mano (cuyo interés está fuera de dudas) se mencionan algunos motivos para este rechazo. Es una ópera un tanto Naif, de acuerdo… pero ¿no lo son mucho más todas esas obras del Belcanto que tanto gustan en Bilbao? Se menciona también que el cine (el género western, obviamente) se ha encargado de transmitir una imagen de tipos duros de esos moradores del oeste, por lo que ver en esta ópera a mineros sensibles, añorantes, resulta difícil de encajar.De acuerdo, pero sólo en parte. Y sino, baste volver a ver “El hombre que mató a Liverty Valance” (quizá por algo es mi western favorito) para ver a un John Wayne más sensible que nunca, tipo duro sólo a ratos. No sé, a mí desde luego no se me hace tan difícil asimilar a esos mineros. 

Y por otra parte, “La Fanciulla del West” trata de un tema muy extraño en la ópera italiana (y en general de la ópera compuesta bajo la órbita católica) como es el de la redención. Frente al castigo y la venganza habituales, aquí el pecador, el bandido, puede encontrar su camino hacia el bien, como más de medio siglo antes lo había hecho Violetta Valery (qué extraño que “La Traviata” fracasara en su estreno, ¿no?). 

Bueno, creo que lo mejor será que deje de enrollarme (a la vista está que estoy dispuesto a defender a capa y espada la valía musical y dramática de esta ópera) y pase ya a comentar la función bilbaina, no sin antes dejar un enlace al programa de mano. 

La dirección de escena y la escenografía corrieron de manos de Hugo de Ana. Buen trabajo en la dirección, la escenografía no era especialmente bella, aunque sí reproducía con eficacia los ambientes en los que se desarrolla la ópera, desde el salón Polka hasta la cabaña en las montañas de Minnie, aunque en esta eché de menos la piel de oso. Quizá lo más hermoso a nivel visual fueran las proyecciones del fondo del escenario, que tan pronto nos llevaban a esos monumentales paisajes desérticos tan propios de John Ford como cerraba la ópera con un bellísimo ocaso que añadió aún más poesía a la maravillosa escena final. 

La Orquesta Sinfónica de Euskadi rindió a buen nivel. La batuta de Josep Caballé Domenech fue en general bastante rápida (algo que se notó mucho en los compases introductorios), pero en general acompañó con efectividad y precisión a los solistas, extrayendo además todo el colorido orquestal que demanda Puccini en la partitura. Destacar también la labor del Coro de ABAO, que supo sacar partido de las diferentes dinámicas de canto que se le exigen. 

El reparto de “La Fanciulla del West” es especialmente extenso, aunque la mayor parte de esos personajes pasan desapercibidos o apenas tienen un breve instante de lucimiento. Todos contribuyeron al buen funcionamiento del conjunto: el postillón de Santiago Ibáñez, el indio Billy y el bandido José Castro de Cristian Díaz y el conjunto de mineros formado por Manuel de Diego como Trin, Isaac Galán como el tramposo Sid, Carlos Daza como Bello, Jorge Rodríguez-Norton como Harry, Gerardo López como Joe, José Manuel Díaz como Happy y Fernando Latorre como el amorriñado Larkens. Itxaro Mentxaka demostró sus tablas escénicas consiguiendo llamar la atención en su breve intervención como Wowkle, mientras Paolo Battaglia lució una voz no especialmente bella pero si con la autoridad necesaria para su Ashby. 

Con el Sonora de Manel Esteve no puedo ser objetivo: Sonora es un personaje al que le tengo un cariño especial. Es el típico “tío duro” que lo es sólo de fachada, como si quisiera disimular el gran corazón que esconde debajo. Y lo demuestra en no pocas ocasiones: es quien inicia la colecta para enviar a Larkens de vuelta a casa, es quien se enfrenta a Rance para defender a Minnie (aunque le valga una bronca por parte de ella), es el primero que saluda a Johnson cuando Rance intenta que los mineros se le echen encima, y, sobretodo, es quien, al final de la ópera, no sólo es el primero en perdonar a Johnson, sino quien anima a los demás, mucho menos “piadosos”, a hacer lo propio. Suya es, de hecho una de mis frases favoritas de toda la ópera: “Le tue parole sono di Dio. Tu l’ami come nessuno al mondo!  In nome di tutti, io te lo dono.”c No es, hasta donde sé, un papel vocalmente exigente, pero hay que saber decirlo para conseguir resultar lo emotivo que requiere el rol. Y Manel Esteve lo consiguió sin duda, con su habitual talento vocal y, sobre todo, escénico. 

Menos satisfactorio resultó el Nick de Francisco Vas. El tenor aragonés nos ha regalado magníficas creaciones en otras ocasiones, pero en esta ocasión lo encontré demasiado histriónico, aunque sin pegas a nivel vocal, por supuesto. Es en todo caso un tema de gusto personal, evidentemente, aunque he de decir que en todo caso resultó bastante más satisfactorio en el tercer acto. 

Gratamente sorprendido me dejó el Jack Wallace de David Lagares. Su canción del primer acto es bellísima, pero de nuevo, como es tan frecuente en Puccini, requiere de un actor que sepa sacarle todo su partido dramático, que sepa decir, que sepa frasear y colorear la voz. Y la labor de Lagares resultó más que satisfactoria. 

Claudio Sgura se hacía cargo del papel de Jack Rance, el villano sheriff de la función, en un papel que recuerda muchísimo a Scarpia, tanto por el desarrollo del personaje como por su vocalidad. Y es que Rance no necesita sólo un gran actor, además es un papel vocalmente muy exigente. A nivel escénico y actoral Sgura estuvo brillante, creando un Sheriff absolutamente odioso. Vocalmente el papel le puso en aprietos en el registro agudo. Por lo demás, su voz es hermosa y potente en el centro, y se hizo oír sin problemas en el complicado Euskalduna. 

Probablemente esta haya sido la vez que más me haya convencido Marco Berti. Ya sabemos de sobra sus posibilidades vocales, su facilidad en el agudo, su voz potente y bien proyectada, e incluso su emisión a menudo modélica. Suele pecar, generalmente, de monótono, de abusar del canto en forte, pero no fue el caso de este Dick Johnson, matizado, cantado con gusto, con una segunda estrofa del “Ch’ella mi creda” cantada en piano, con un canto intimista en el maravilloso dúo final del primer acto. Frente a mis reticencias iniciales me encontré con un Johnson realmente notable. 

Oksana Dyka lució su voz de soprano dramática como Minnie, La Fanciulla del West del título. Sin problemas de tesitura (aunque no subió a los tradicionales agudos del final del “Laggiù nel Soledad”, y tampoco cantó junto a Berti los compases habitualmente omitidos del dúo del segundo acto que concluyen con el do sobreagudo de ambos), lució una voz potente, aunque un tanto falta de lirismo. Ello no impidió en todo caso que resultara suficientemente emotiva en el final “E anche tu lo vorrai”, uno de los momentos más hermosos de la ópera, que siempre consigue emocionarme. 

Puedo hablar de la mala acústica del Euskalduna, puedo hablar de los móviles que sonaron durante la función (y que nos estropearon la segunda estrofa del Ch’ella mi creda), puedo hablar de los eternos intermedios que alargaron la función hasta casi las 11 de la noche (y cuando tienes por delante más de una hora de viaje de vuelta y además hay que madrugar al día siguiente para ir a trabajar es algo que fastidia bastante), pero todo ello se queda en nada tras lo que esta función de “La Fanciulla del West” me hizo disfrutar. No sé si ABAO habrá triunfado a nivel económico o habrá conseguido convencer al público, pero en mi opinión el resultado artístico ha sido sobresaliente. Y visto ese resultado, ojalá se “arriesguen” (si es que esto se puede considerar un riesgo, que ya digo que es algo que no entiendo) y sigan por caminos similares en futuras temporadas. 

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