Crónica: Les pêcheurs de Perles en Irun (01-05-2016)


Sé que con esto me puedo ganar enemigos (y que desde luego todos me van a mirar raro), pero en mi carmenfobia, considero que la obra maestra de Georges Bizet no es esas sobrevalorada Carmen, sino la bellísima Les pêcheurs de Perles, estrenada en 1863, cuando Bizet apenas tenía 25 años. Es una ópera que me encanta y que tenía muchas ganas de ver.




Y este domingo por fin he podido verla gracias a la Asociación Lírica Luis Mariano de Irun. Quizá la mejor virtud que pueda destacar de esta producción es la modestia. Y no, no hablo de los modestos medios económicos, el reducido escenario, el mínimo espacio para la orquesta o el pequeño coro; hablo de asumir las condiciones que se tienen y hacer lo que pueden. Es obvio que en esas condiciones nunca podrán hacer Parsifal; pero seguro que en el fondo está la tentación (y que no pregunten al público, que seguro que lo piden) de hacer, por ejemplo, Turandot. Pero con un coro mínimo, sin espacio para la orquesta y sin presupuesto para contratar a unos solistas de calidad para papeles tan complicados, el resultado distaría mucho de ser digno. En cambio, los requerimientos de Les pêcheurs de Perles se adaptan mucho mejor a sus medios y posibilidades, y al menos a priori hay muchas más posibilidades de salir con mejores resultados.

Antes de comenzar a comentar la función, dejo el enlace de la producción.

La escenografía era sencilla pero eficaz, con pequeños cambios en el atrezzo que funcionaron muy bien para crear los 4 diferentes ambientes en los que transcurre la ópera. La iluminación fue a este respecto clave para tener un resultado realmente meritorio en las limitadas instalaciones.

4 bailarinas de la Compagnie Lychore” amenizaron la función. Quedaban bien al comienzo de la ópera, pero me sobraron en el resto de apariciones (aunque era lógico aprovecharlas, claro)

La orquesta Luis Mariano apenas dispone de dos filas ante el escenario, lo que provoca desequilibrios sonoros al destacar demasiado los vientos (flautín y metales, sobre todo) sobre unas hiper-reducidas cuerdas. La dirección de Aldo Savagno fue quizá algo lenta en el aria de Nadir y algún otro momento, pero en general, teniendo en cuenta los problemas ya mencionados, manejó la orquesta con solvencia y el resultado fue satisfactorio.

El Coro Luis Mariano no es muy grande, pero bastaba para un lugar de las dimensiones del Amaia Kultur zentroa de Irun. Es una ópera con importante participación coral, y el resultado fue también satisfactorio, sobre todo por parte de ellas; ellos, en especial los tenores, estuvieron más flojitos. En las escenas de conjunto se disimularon más, y sobre todo el “O dieu Brahma” del final del I acto fue de poner la carne de gallina.

La ópera cuenta con sólo 4 solistas. El Nourabad del bajo Mikel Zabala sonó rotundo en los graves, pero muy flojo y con un cambio de color evidente en los agudos: algunos ni se oían, y los que se oían, pues quizá mejor que no se oyeran. Por suerte para él, la mayor parte de la tesitura del personaje es grave, y supo sacarle partido.

Zurga (para mí, el papel bombón de la ópera) fue el barítono Maurizio Leoni. En escena parecía una especie de Marlon Brando con un ataque de histeria, con una permanente necesidad de mover cada músculo de su cuerpo en todo momento; un poco cansino verle, vamos. Vocalmente pudo de sobra con el papel (lanzándose perfectamente al dificilísimo La agudo de “L’humble fille sera DIGne d’un roi”), haciéndose oír en todo momento. Quizá su mayor pecado fuera ir demasiado a ese enfoque extrovertido del personaje, por lo que en un pasaje tan intimista como el “O Nadir, tendre ami”, su aria del 3º acto (mi momento favorito de toda la ópera) superó la prueba vocalmente, pero le faltó emocionar. Pero bueno, sacó adelante el papel con momentos vocales de buen nivel.

Nadir fue el tenor Alain Damas. Su timbre es más bien feo (me recordaba bastante al de John Aler, tenor con el que descubrí esta ópera) y sus agudos, inexistentes, pero en principio iba bien para el papel. Su momento clave es el aria “Je crois entendre encore”, en el que, si se repite en último “Charmant souvenir” en agudo (que no está escrito en la partitura, hasta donde yo sé), sólo Nicolai Gedda ha sabido hacerlo como es debido, en mixto; unos (Kraus, Albelo…) pegan un pepinazo de pecho; otros (Alagna, Villazón), un espantoso falsete. Damas se inclinó por esta segunda opción (la primera le habría sido imposible, por otra parte), pero en parte por su timbre poco agradable que no se diferenciaba mucho de la sonoridad de su falsete, y en parte por el perfecto paso de registro de pecho a falsete (y sobre todo lo contrario, mucho más difícil), el aria resultó satisfactoria. Peor le fue en los momentos en los que se requieren unos buenos agudos de pecho (el juramento del 1º acto y, sobre todo, el bellísimo terceto final “O lumière sainte”, que pasó casi inadvertido), donde quedó más flojo.

La gran triunfadora fue la soprano Francesca Bruni como Leila. Aunque el agudo sonaba demasiado vibrado (salvo en las coloraturas del “O dieu Brahma”, perfectamente resultas por otro lado), la voz es bella y la intérprete es muy sutil, fraseando con gusto su aria del segundo acto, pero sacando el carácter (y la voz) necesario en su dúo con Zurga. Salvo algún detallito en ciertos agudos, fue una muy buena interpretación.

Al final, sales de la función diciendo “Pero qué bonita es Les pêcheurs de Perles”, con ganas de repetir. Así que no queda más que felicitar a la Asociación Lírica Luis Mariano por ser capaz de montar ópera en Irun (era su título nº 25, nada menos) y por los buenos resultados obtenidos. Espero que siga imperando la modestia y hagan aquellas óperas que pueden hacer, y no las que quieren pero no pueden. Sugerencia: para otro año, “L’amico Fritz”.



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