Crónica: Los Gavilanes de Sasibil (15-09-2018)


Con sólo dos días de diferencia, la donostiarra Asociación Lírica Sasibil ofrecía un segundo título zarzuelístico tras “El Caserío“, en este caso el no menos famoso “Los gavilanes”, de Jacinto Guerrero. Los resultados no alcanzaron el mismo nivel de calidad, pero seguimos encontrándonos ante un espectáculo que bien mereció la pena.




Antes de comentar la función, dejamos como siempre un enlace de la producción.

La puesta en escena de “Los Gavilanes” fue muy similar a la de “El Caserío”; no hay ni presupuesto ni capacidad técnica ni, en este caso, tiempo, para poder pedir más. Un escenario sencillo, realista, que quizá no aporte novedades pero que, desde luego, tampoco molesta al desarrollo dramático de la obra, lo que siempre se agradece. La dirección escénica, en manos de Josean García, enfatiza los aspectos cómicos de una obra que no lo es tanto, con momentos realmente logrados en este sentido.

La Orquesta de Sasibil, de nuevo bajo la batuta de Arkaitz Mendoza, volvió a brillar. Algún pequeño desajuste puntual no afectó al buen resultado orquestal, pese al poco tiempo disponible para ensayar la obra. Los momentos instrumentales de la partitura volvieron a brillar con luz propia, mientras durante el resto de la función, Mendoza demostró su habilidad concertadora. Y si bien en este caso hubo momentos en los que la orquesta tapó a algún solista, me temo que no fue problema de la orquesta.

Grata sorpresa la que me dio el Coro de Sasibil. Si en mi anterior crónica mencionaba su tendencia al canto permanente en forte, aquí matizaron mucho más, con momentos en piano casi siempre resueltos de forma más que correcta. Si en el equipo estable de Sasibil la parte que más miedo me daba era el coro a la hora de asumir proyectos más ambiciosos con solvencia, en esta ocasión me han demostrado que podrían estar a la altura sin problemas.

El numeroso elenco de cantantes secundarios y actores fue, como era de esperar, correcto, destacando siempre la faceta actoral de los mismos, pero sin notables problemas canoros. DEstacar, por encima de todos, la magistral labor cómica de Rafael Álvarez de Luna como el Alcalde Clarivan y de Ángel Walter como el Sargento de Gendarmes Triquet, que en sus intervenciones cómicas hicieron estallar las carcajadas del público gracias a sus tablas escénicas. Nos regalaron algunos de los mejores momentos de la noche, en especial en los discursos previos al descubrimiento de la placa en homenaje a Juan.

Fue, por desgracia, el cuarteto vocal el que más bajó el nivel con respecto al Caserío previo.

Elisa di Pietro, como la joven Rosaura, lució una voz de timbre hermoso y se defendía bien en la faceta de actriz, pero a su voz le falta la potencia necesaria para hacerse oír en todo momento. En este sentido, mejor su “No hay por qué gemir” del primer acto que sus intervenciones en el acto III, donde sería de desear una voz de mayor volumen para los momentos más dramáticos.

Javier Agulló, como Gustavo, lució una voz de tenor fresca, brillante, de agudo fácil, pero con momentos de afinación preocupante. Como desconozco si esto puede deberse a algún problema puntual o no, prefiero no hacer más valoraciones al respecto.

Alberto Arrabal lució su enorme torrente vocal en el papel de Juan, el “gavilán” que da título a la obra. Enfatizó la parte más agresiva del personaje, y brilló en los actos II y III. Quizá el problema vino en el primer acto, cuando, con la voz todavía sin calentar, se enfrenta a la página más famosa de “Los gavilanes”, la romanza “Mi aldea”, en la que supo lucir voz (magnífico el agudo final), pero a la que le faltó un poco más de sutileza interpretativa. Ya he observado en ocasiones anteriores que Arrabal necesita calentar la voz para dar lo mejor de sí, y por ello el Juan de “Los Gavilanes” le pone las cosas muy difíciles, si bien su canto fue siempre solvente.

Amparo Navarro corría con el papel de Adriana, el antiguo amor de Juan y Madre de Rosaura. La voz es más que interesante con un magnífico centro, si bien los extremos son más problemáticos: un grave apenas audible y un agudo tirante. Correcta en el “Amigos, siempre amigos”, tuvo su mejor momento en el tercer acto, donde su desgarrador dramatismo disimulaba los puntuales problemas vocales, y en todo caso fue probablemente la triunfadora de la noche.

El público, numeroso pero sin llegar a llenar el teatro, como fue el caso de “El Caserío”, se comportó en esta ocasión mejor (apenas hubo tarareos, nos ahorramos móviles sonando y gente respondiendo a las llamadas…), rió y disfrutó. Y, como aspecto destacable, en un público que en su mayoría peina canas (si es que peina algo), se veían más jóvenes de lo habitual en la zarzuela. Algo que sin duda invita al optimismo: podemos estar ante una nueva generación de melómanos, de aficionados a la zarzuela, y posiblemente también a la ópera, a los que habrá que buscar la forma de fidelizar, ya que son el público del futuro. Quizá los enormes esfuerzos de la Asociación Lírica Sasibil empiecen a dar más fruto del que imaginábamos…



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