Crónica: Nabucco en la Arena di Verona (07-07-2018)


El sábado 7 de julio era el estreno de Nabucco en la presente edición del Festival de la Arena de Verona. Esto se notaba en un graderío mucho más ocupado que en el Turandot del jueves. Para quienes íbamos a las localidades más baratas, sin numerar, esto suponía tener dificultades para encontrar localidades tan buenas como en otras ocasiones, si bien las deserciones a mitad de ópera dejaron huecos que nos permitían estar más cómodos en un espectáculo que se extendió por más de 3 horas y media (en una ópera relativamente breve).




Algunos entre el público estuvieron especialmente molestos en sus cotorreos durante la función. Por lo demás, el ambiente no era tan alegre como el jueves, y la función se vio molestada por demasiados ruidos externos: despegues de aviones, ambulancias pasando con las sirenas, gritos durante la tanda de penaltis del partido correspondiente del mundial… son cosas inevitables, por desgracia.

Antes de comentar la función dejamos como siempre un enlace de la producción.

La puesta en escena de Alessandro camera pecó de algo que Zeffirelli bien supo evitar en Turandot (y en Aida): los complicados cambios de escena provocaron un excesivamente largo intermedio entre los actos 2 y 3 que provocó numerosas deserciones y la desesperación del público, que vio como la ópera no acabaría antes de las 12:45. Por lo demás, traslada la acción a la Italia de la I Guerra Mundial, si no me equivoco, con Nabucco convertido en el emperador austriaco. El uso constante de la bandera italiana, que a priori no es una mala idea, puede dar lugar a interpretaciones peligrosas en esta época de neonacionalismos filo-fascistas y dar más alas a Salvini y compañía.

La dirección de la orquesta de la Arena corrió a manos de Jordi Benàcer, buen concertardor, aunque tendente a ritmos más bien rápidos. La orquesta rindió a buen nivel, al igual que el coro, que supo lucirse en un brillante “Va, pensiero”, que fue bisado, con un final en pianísimo casi interminable y un magnífico juego de dinámicas.

De entre los solistas, Elisabetta Zizzo no tuvo ocasión de hacerse notar como Anna. Correcto el Sumo Sacerdote de Bel de Nicolò Ceriani, mientras al Abdallo de Roberto Covatta apenas se le escuchó en sus primeras intervenciones, mejorando en los actos tercero y cuarto.

Correcta la Fenena de Géraldine Chauvet, de voz bonita y buen gusto cantando, aunque algo apurada en el registro agudo. La voz del tenor Luciano Ganci sonaba hermosa, bien proyectada, con buena técnica, por lo que su papel se antojaba en exceso breve.

Muy bien el Zaccaria de Rafal Siwek, que comenzó con correción su primer aria, para lucirse en su preghiera del segundo acto, en la que demostró un excelente gusto cantando, y consiguió hacerse oír sobre el coro en su aria del tercer acto. Su participación fue una grata sorpresa en un papel tan sumamente complicado.

Correcta la Abigaile de Susanna Branchinni, aunque se echaba de menos más fuerza en su canto, luciéndose más en los momentos más líricos de su parte. Quizá por ello no cantó la repetición de la caballetta, que no fue su mejor momento. Supo sacar lo mejor de sí en su duelo con Nabucco en el tercer acto y en la escena final.

Lo mejor de la función fue el Nabucco de Amartuvshin Enkhvat, voz de barítono noble, hermosa, con una buena técnica belcantista, que recordaba por momentos al mismísimo Renato Bruson. Destacó sobremanera en su duelo con Abigaile del tercer acto y en un “Dio di Giuda” de manual, demostrando cómo se debe cantar esta bellísima página, si bien en la caballetta no consiguió destacar al mismo nivel.

En resumen, un Nabucco más que disfrutable, realzado por un coro que ponía la carne de gallina, en una ópera que, confieso, me encanta. La función se hizo eterna, pero aún así bien mereció la pena.



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