Crónica: Orphée et Eurydice de Opus Lirica en Donostia (03-06-2018)


Mis prioridades musicales pasan siempre por el romanticismo o sus herederos. Es decir, en el ámbito de la música instrumental, mis intereses comienzan con Beethoven (y, sobre todo, con Schubert); en el de la ópera, con Rossini. Apenas hago excepción con algunas obras de Mozart, y, en este caso, cuanto más tardías, mejor (es decir, La Flauta mágica, el Concierto de clarinete y el Requiem ocuparían los primeros puestos). Por ello, el “Orphée et Eurydice” de Gluck que nos ha presentado este fin de semana la Asociación donostiarra Opus Lirica se sale de mis intereses musicales, al haber sido estrenada, en su versión original italiana, en 1762, y en su adaptación francesa en 1774.




Sirva esto para destacar mi desconocimiento de la obra en general y del estilo de la ópera de este periodo. Sí, por supuesto, como intento hacer siempre, me preparé y escuché varias versiones antes de ir a verla en vivo, pero en general escuché grabaciones de la versión italiana, con contratenores en el papel protagonista. De ahí que todo lo que comente en esta crónica deba ser tomado con precaución, ya que en estos repertorios me encuentro considerablemente perdido.

Antes de nada, dejamos, como siempre, un enlace a la ficha técnica de la producción.

Marta Eguillor se hacía cargo tanto de la dirección escénica como de la escenografía. No había ningún elemento que nos llevara a la antigüedad clásica en la que transcurre la acción, y sí algún elemento fuera de contexto, anacrónico, como un elemento tan cristiano como la cruz de flores que señala la tumba de Eurydice. Bien resuleta me pareció la escena de la entrada de Orphée en los infiernos, pero no comprendí el sentido de la escenografía de los campos eliseos. La dirección escénica y el vestuario parecían llevarnos a elementos sadomasoquistas (con la lira de Orphée convertida en un tatuaje a sablazos en su espalda), máscaras de cuero, cadenas, Orphée siendo paseado como un perro… Rompedora y original, sin duda, pero en mi limitada visión, no le encontré sentido. Y mucho menos a esa orgía final que, más que el triunfo del amor, señalaba más al triunfo de la licenciosidad (por decirlo de manera fina). Como no es mi fuerte, me abstendré de comentar nada referente a la coreografía.

La Orquesta Opus Lirica respondió a buen nivel a las exigencias de la partitura. La dirección de Lara Diloy fue correcta, destacando la lograda obertura (sigo sin entender la necesidad de aprovecharla para poner proyecciones o representar algo de la acción; quizá soy demasiado idealista, pero quiero pensar que cualquier persona con un mínimo nivel conoce la historia de Orfeo y Euridice, pilar básico de la cultura clásica, pero es que la proyección tampoco me contaba nada de esa historia). Por lo demás, la orquesta no tapó a los cantantes y, en general, los acompañó de forma satisfactoria.

El Coro ADAO respondió a un nivel satisfactorio, del que cabría destacar su participación en el primer acto, que me pareció estilísticamente muy adecuada al periodo. Es cierto que tiene que mejorar, pero las primeras veces que los escuchamos no podríamos imaginarnos que llegarían al nivel actual, así que en principio tendremos que ser positivos de cara al futuro.

“Orphée et Eurydice” requiere de sólo 3 solistas, siendo además dos de ellos bastante episódicos. En el breve papel de amor destacó la soprano Alicia Amo, que, si bien con una voz un tanto vibrada, lució buen gusto y solvencia vocal para superar el papel.

Ainhoa Garmendia fue una Eurydice más que notable. Tras unas frases iniciales mejorables en los ataques al agudo, calentó la voz y nos regaló una Eurydice matizada, doliente, de exquisito fraseo y ese uso tan suyo de esos pianísimos casi mágicos que le permitieron destacar en un papel que tampoco ofrece mucho juego. Su presencia en los repartos es siempre garantía de buen hacer, y nos lo ha vuelto a demostrar en este papel que al final sabe a poco.

Como Orphée, Matteo Mezzaro llevaba el peso de toda la función, y ahí radica el principal problema, ya que su voz de tenor lírico no es la propia de un haute-contre que requiere el papel. En el aria “L’espoir renaît dans mon âme” se le vio incómodo con las difíciles coloraturas, que solventó como buenamente pudo. El registro agudo se veía siempre apurado, al límite, incómodo. Su canto pecó en exceso de monótono, siempre en forte, hasta que en el tercer acto intentó matizar algo más, consiguiéndolo a veces con éxito (alguna frase rematada en mixto, como la previa a la famosa aria “J’ai perdu mon Eurydice”) y otras con menos éxito (algún falsete mal resuelto). En su favor, decir que su línea de canto fue impecable, ausente de cualquier vestigio de fraseo veristoide. Destacar, en el caso de los tres solistas, la dificultad añadida de tener que cantar en posturas incómodas que imponía la dirección escénica.

En fin, organizar en una temporada apenas recién nacida como la donostiarra un “Orphée et Eurydice” es un riesgo importante. En lo artístico, el riesgo se superó con corrección. En lo económico ya no tengo ni idea. Pero vamos a lo de siempre, si los supuestos operófilos de la ciudad sólo saben ir a la ópera a ver los mismos 10 títulos de siempre, peor para ellos, ellos se lo pierden (y quien esto dice no es muy dado a este repertorio, como ya he mencionado). Y también es responsabilidad de los gestores culturales el educar a ese público para que consiga ampliar su estrechez de miras.



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