Crónica: Sinfonía del Nuevo Mundo por Kamerata Euskdivarius (02-01-2020)

2020 se presenta como un año plagado de interpretaciones de obras de Beethoven. Quizá para darnos un descanso ante la que nos viene encima, la Kamerata Euskdivarius (que planea interpretar la integral sinfónica del de Bonn en diferentes localidades gipuzkoanas) comenzaba el año interpretando una obra de otro compositor: la Sinfonía del Nuevo Mundo de Antonin Dvorak, una de las sinfonías más conocidas (y de las mejores, también hay que decirlo) por el gran público.

El concierto, realizado en la donostiarra Catedral del Buen Pastor, fue benéfico, a favor de ATECE Gipuzkoa, la Asociación de Daño cerebral Adquirido de la provincia. Con un precio de entrada más que razonable (y más dado el carácter benéfico), la catedral presentaba un más que respetable aforo.

Antes de nada hay que mencionar que la Catedral no presenta una acústica adecuada para las formaciones sinfónicas, ya que el sonido de las maderas y, sobre todo, las cuerdas, pierde presencia y precisión. Esto afecta al resultado final (y de forma negativa, evidentemente), aunque no se trate de un problema de ejecución.

Aunque la única obra anunciada para el concierto era la ya mencionada Sinfonía del Nuevo Mundo, al comienzo del concierto se interpretó la Obertura del ballet “Las criaturas de Prometeo” de Beethoven, como preludio a la integral sinfónica futura.

La interpretación de la Sinfonía del Nuevo Mundo fue más que disfrutable. La agrupación, pese a su escaso año de existencia, demostró una coordinación más que razonable, y sobre su calidad habría que destacar la calidez de las cuerdas grabes en el primer movimiento y el magnífico solo de corno inglés del segundo.

La dirección de Arkaitz Mendoza (cuya forma de moverse resulta muy descriptiva) tendió a tempos lentos, en ocasiones sorprendentemente lentos, como podría ser el caso del tema principal del largo, aunque sin perder nunca la tensión. Quizá el momento más disfrutable (y sorprendente) fuera la conclusión, con un magnífico crescendo que a mí desde luego me sonó a nuevo.

Pero el tema ya citado de la acústica jugó alguna mala pasada. En mi opinión, lo más logrado de la Sinfonía del Nuevo Mundo es el movimiento final, en cuya coda se funden los dos temas principales del movimiento: el primero, muy rítmico, a cargo de los vientos, y el segundo, a ritmo de tresillos, a cargo de las cuerdas. La fusión de ambos temas, aparentemente tan diferentes, resulta magistral. El problema fue que apenas se escucharon las cuerdas, eclipsadas por los metales que conseguían aprovechar mejor la acústica para proyectar su sonido, con lo que el pasaje quedó un tanto deslavado.

Terminado el programa, el público aplaudió con cortesía pero sin demasiado entusiasmo. Todo cambió tras la única propina: la Marcha Radetzki de Johann Strauss Padre. Pieza que estaba en mente de todos al haber sonado el mismo día anterior en el famoso Concierto de Año Nuevo vienés. Aquí el público dio palmas igual que en Viena (perjudicado en este caso por una elección de tempo especialmente lenta, que resultaba complicada de seguir). ¿La interpretación fue correcta? Parece que eso no importaba a nadie. ya que fue entonces cuando los aplausos cobraron intensidad.

Aún a sabiendas de que vamos a acabar aburridos de Beethoven, sólo nos queda esperar a los próximos compromisos de la Kamerata Euskdivarius para poder seguir mejor su trayectoria, que tras esta Sinfonía del Nuevo Mundo apunta buenas maneras.

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