Descubriendo la trilogía de “El Padrino”


Sí, digo bien, descubriendo. Porque por mucho que os pueda resultar extraño, no había visto nunca El Padrino hasta que estos últimos días he visto la trilogía completa. ¿Por qué he tardado tanto? Pues en parte por mi desafección al cine de los años 70 (e incluso de los 80). Siempre he dicho que las buenas películas se hicieron en los 50, aunque los buenos actores eran los de los 30. Quizá por eso, esa etapa un tanto al margen del Hollywood tradicional me interesa bastante poco (tampoco soy nada fan de Scorsese o de Woody Allen, por ejemplo). Y por otra parte, porque el cine de mafiosos o de crimen organizado tampoco es precisamente mi estilo (por ejemplo, hace poco vi ese “Black Mass” por el que Johnny Depp, uno de mis actores favoritos, podría ganar todos los premios imaginables, pero la película no me gustó).




Veo que las dos primeras entregas de la trilogía figuran en los dos primeros puestos del ranking de Filmaffinity. Pues vale… en el mío no, desde luego. Aún así, paso a hablar de mis impresiones sobre la trilogía.

La que más me ha gustado es la primera. Pero mucho más que la segunda. De hecho, de la segunda, lo que más me gusta son los flasbakcs en los que Robert de Niro interpreta al joven Vito Corleone. Vamos, que parece ser que me ha interesado mucho más la historia de Vito que la de Michael, que es a fin de cuentas el protagonista de la trilogía. Básicamente, el argumento de la segunda no me atrapa como el de la primera (o… y ahora me vais a matar… ¡el de la tercera!). Todo el rollo de los casinos, de Cuba, del mafioso judío… es que para eso ya he visto el Bugsy de Warren Beatty. De alguna forma, me ha interesado mucho más esa historia del nacimiento de la mafia en Estados Unidos que su desarrollo posterior. La historia de la primera me atrapó, con la segunda desconectaba hasta que volviera a salir Robert de Niro.

Pero al margen de que el cine de mafiosos no me gusta, el mayor problema que he tenido con la trilogía es la proliferación de actores salidos del Actor’s studio. Ya empezamos con ese Marlon Brando que en mi opinión es el actor más sobrevalorado de la historia del cine, muy poco creíble como mafioso, de espantosa vocalización… y le dieron el Oscar, claro, que no falte… ¿pues os lo dejo todito para vosotros, si tanto os gusta!

A su lado, me sorprendió más que gratamente la contención del habitualmente histriónico hasta lo insoportable Robert De Niro. Venga, lo digo: quizá el mejor papel que le he visto hasta ahora. Bueno, ganó el Oscar a mejor secundario de ese año (lástima que no lo ganara Fred Astaire por su única nominación…), aunque no estuvo allí para recogerlo, y en su lugar lo recogió el director y productor, Francis Ford Coppola:

Por lo menos en este caso no tenemos que sufrir el bochornoso espectáculo que provocó Marlon Brando al ganar por la anterior entrega…

En esta segunda entrega aparece incluso un prestigioso profesor del Actor’s studio, en una de sus escasas apariciones en el cine, y por la que también fue nominado al Oscar, Lee Strasberg. Esa necesidad de no poder tener los músculos quietos, de tener que mover todo el cuerpo, le quita todavía más credibilidad a su poco interesante personaje de Hyman Roth, el mafioso judío.

Y luego tenemos a otro histriónico, Al Pacino, protagonizando las tres entregas. Y bueno, en las dos primeras está más o menos sobrio, aunque tiene algún momento en el que cae en el exceso. Pero al llegar a la tercera entrega, tantos años después de las anteriores (se estrenó en 1990, 16 años después de la segunda y 18 de la primera), controlar su creciente exageración resulta cada vez más complicado. Y la verdad es que se echan de menos esos momentos, que, aunque llenos de intensidad, se encuentran entre los mejores de la trilogía,como cuando, al enterarse de que su hermano Fredo (el malogrado John Cazale) le ha traicionado, le morrea delante de todos para después decirle “Sé que fuiste tú, Fredo. Me rompiste el corazón”:

Si hubiera mantenido el mismo nivel interpretativo en la tercera entrega, otro gallo cantaría…

Lo cierto es que si tengo que destacar a algunos intérpretes, quizá me quede con Raf Vallone (el cardenal Lamberto en la tercera entrega, con una magnífica interpretación en la escena de la confesión), Diane Keaton (que en la tercera entrega está muy por encima de Al Pacino… y no me refiero sólo a la altura…) y, sobre todo, a ese Robert Duvall que destaca tanto en la primera entrega y al que reducen a un papel demasiado secundario en la tercera. Y quizá una de las grandes desgracias de la tercera sea que, por conflictos económicos, no vuelva a aparecer para interpretar a Tom Hagen, siendo su papel sustituido por otro personaje interpretado por un mucho menos carismático George Hamilton (otro del que sorprende que, tras ese debut más que prometedor con “Con él llegó el escándalo”, donde aguanta el tipo ante nada más y nada menos que el enorme Robert Mitchum, luego no sea capaz de regalarnos aquí una interpretación a la altura… y vale que su papel es breve, pero también lo es del de Raf Vallone, y éste sí que sabe aprovecharlo).

Las dos primeras entregas ganaron el Oscar a mejor película; la tercera no. Y de hecho suele ser considerada la peor. ¿Por qué? En mi opinión, en parte por la ausencia de Duvall y por la interpretación mucho menos brillante de Pacino (ah, ¿que de verdad os gusta su interpretación cuando matan a su hija? ¿En serio?). Pero me temo que, sobre todo, por ese mayúsculo error de casting que fue Sofia Coppola, que ganó dos Razzies más que merecidos (¿alguien puede recordarme una interpretación peor que la suya? Porque yo ahora mismo no recuerdo ninguna…). No es la primera vez que Coppola coge a alguien de su familia para la película (su hermana, Talia Shire, sale en las tres entregas como Connie, la hermana de Michael, y su padre Carmine colaboró con Nino Rota en la banda sonora de la segunda entrega y compuso la de la tercera, ya que Rota había muerto en 1979), pero esta vez fue un error mayúsculo.

Por lo demás, quizá también el problema es que ya cansa un poco la repetición de los climax finales, siempre asesinatos que apuntalan el poder de los Corleone. En la primera queda bien, en la segunda ya no tanto, y en la tercera ya caen en lo excesivo. Aún así, con ese acompañamiento musical de la “Cavalleria Rusticana” que Anthony, el hijo de Michael, está cantando en Palermo, parece que destaca más. Y es que el uso de esta ópera, la ´pera siciliana por excelencia, de hecho, es perfecto: la religión tiene una gran importancia (cosa que se aprovecha para acompañar la muerte del Papa Juan Pablo I con el Inneggiamo… o la muerte de Don Altobello, interpretado por Eli Wallach, envenenado por los cannolli que le regala Connie allí mismo en el teatro), y el honor y las vendettas, con muertes violentas (aunque fuera de escena) están tan presentes en la ópera como en toda la historia de El padrino. De hecho, ahí está ese momento en el que Turiddu le muerde la oreja a Alfio retándole con ello a un duelo, recordando lo que poco antes hizo Vincent (Andy García) a Joey Zasa (Joe Mantegna)… ¡y cómo sonríe Andy García al ver la escena! Pero es que si algo hace especialmente emotivo el final es precisamente ese intermezzo que es pura magia y consigue emocionar tanto como la interpretación de Diane Keaton y mucho más que la de Al Pacino:

Quizá alguien se pregunte si era necesaria esta tercera entrega. En mi opinión sí, lo era. En la primera vimos como Michael, que quiere mantenerse al margen de los negocios familiares, termina siendo el Padrino de la familia cuando su hermano mayor Sonny (James Caan) es asesinado por los clanes rivales y su padre muere. En la segunda afianza su poder, se enriquece, pero a costa de más y más crímenes, entre ellos el asesinato de su propio hermano… ¿y nos quedamos así, sin más, sin ver las consecuencias de sus actos? En la tercera vemos su intento de redención a través de la iglesia y de entrar en negocios “legales”, sus atroces remordimientos por el asesinato de su hermano, la ruptura de su familia, las víctimas en su propia familia (sí, habíamos visto ya intentos de matarle, pero nunca tuvieron ningún éxito… ahora tiene que cargar con la muerte de su propia hija) y por último esa muerte en completa soledad, viejo y amargado. ¿De verdad valió la pena todo lo que hizo? Porque hasta cierto punto se puede entender lo que hizo su padre, Vito, pero lo de Michael no tiene disculpa posible. Y es que si nos quedáramos sólo en la segunda entrega, parecería una apología del mafioso… pero en la tercera vemos las consecuencias. Suelen decir que las películas de guerra son todas antibélicas al mostrarnos la crudeza de ésta; pues sin esta tercera entrega no veríamos más que un alegato pro-mafia que estaba lejos de la intención de Coppola y del autor de la novela, Mario Puzzo.

Pero bueno, concluyo. Ya he mencionado que no me han entusiasmado, pero lo cierto es que su visionado no carece de interés, tanto para comprender una época de la historia (la aparición de la mafia a partir de esas vendettas familiares de la Sicilia profunda) como del cine. Que no vayan a entrar entre mis películas favoritas no significa que no recomiende verlas.



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