Centenario del estreno de Suor Angelica (14-12-2018)

“Suor Angelica” es la segunda de las tres óperas que componen Il Trittico, y en este caso representa el purgatorio, ya que, si bien su argumento es plenamente dramático, deja una puerta abierta al final a la redención y a la esperanza. 

La historia es una invención original del libretista, el joven Giovacchino Forzano, que fue quien consiguió llevar adelante el proyecto de Puccini de componer un tríptico de tres óperas breves. Si bien su ausencia de argumento durante la primera mitad de la ópera y la ausencia de voces masculinas dificultaron su éxito, era la favorita de Puccini, que tenía una hermana monja, Iginia, a la que solía visitar y en cuyo convento interpretó la ópera al piano, por lo que es más que factible que se inspirara en sus visitas al convento para determinados aspectos musicales. 

Como siempre, antes de comenta la acción de la ópera, dejamos un enlace del libreto. 

Nos encontramos en un monasterio, en las cercanías de Siena, a finales del siglo XVII. Cae la tarde en un día de primavera, y desde el claustro se escuchan los cantos de alabanzas de las monjas, mientras las flautas reproducen el canto de los pájaros que revolotean por los cipreses (la atención de Puccini a estos detalles, en apariencia insignificantes, es asombrosa; escuchamos también, por ejemplo, el repicar de las campanas). Escuchamos la introducción con Victoria de los Ángeles interpretando a la protagonista Suor Angelica:

Las monjas salen de la iglesia, y la celadora recrimina a dos de ellas no haber llegado a la misa, mientras Suor Angelica estaba en penitencia y por eso estaba exenta. La celadora y la maestra de novicias castigan como corresponde las faltas cometidas por diversas monjas. Para el resto, es el momento de descansar después del trabajo, alegrándose por ser ese uno de los tres días en los que, al salir de la iglesia, los rayos del sol brillan en la fuente del claustro y doran el agua; el resto de los días, al salir de la iglesia, o el sol está demasiado alto, o ya se ha ocultado. Escuchamos la escena en la versión dirigida por Lamberto Gardelli:

Una de las monjas, Suor Genovieffa, sugiere llevarle algo de ese agua dorada a la fallecida Suor Bianca Rosa, y todas las monjas creen que las hermanas fallecidas lo desean. Suor Angelica cuenta que los deseos pertenecen a los vivos, ya que la virgen satisface los deseos de los muertos antes de que éstos sean expresados. La Celadora comenta que ellas no pueden tener deseos en vida, y Suor Genovieffa comenta si ninguna de las monjas tiene un deseo. Todas responden negativamente, y ella dice que sí, que tiene uno: volver a acariciar un cordero, ya que antes de ser monja era pastora. Escuchamos la escena con Renata Tebaldi como Suor Angelica:

Suor Dolcina dice que ella también tiene un deseo, pero antes de poder contarlo las demás ya saben cuál es, ya que es golosa, y la condenan por su gula. Cuando le preguntan a Suor Angelica si tiene algún deseo, ella contesta que no, pero todas saben que no es verdad, ya que desea tener noticias de su familia: saben que viene de una familia noble, y que está en el convento como castigo. Llega entonces la Hermana enfermera pidiendo ayuda a Suor Angelica, ya que Suor Chiara ha sido picada por unas avispas, y ella sabe de plantas y flores y le prepara un remedio para la inflamación. Escuchamos la escena, de nuevo con Renata Tebaldi:

Llegan dos hermanas mendicantes con un burro cargado de las limosnas que les han dado, bastante abundantes. Le dan a Suor Dolcina una rama de grosellas, que ella reparte entre el resto de monjas. Escuchamos la escena dirigida por Antonio Pappano:

Una de las hermanas mendicantes pregunta quién ha ido esa tarde al locutorio, ya que fuera hay una berlina de rica apariencia, lo que despierta el ansia de Suor Angelica, que insiste en saber cómo es la berlina que ha llegado. Suena la campana que anuncia la visita; todas las monjas desean que la visita sea para ellas, pero Suor Genovieffa les hace un gesto para que se den cuenta del dolor de Suor Angelica, y deseen que la visita sea para ella. Escuchamos la escena con Cristina Gallardo-Domâs como Suor Angelica:

Hasta ahora, la ópera ha sido casi una descripción de la vida en el convento, no hay acción, no hay argumento. La cosa va a cambiar de inmediato. Llega la Abadesa del monasterio y llama a Suor Angelica. Las demás monjas se van, mientras, ansiosa, Suor Angelica pregunta quién ha venido, ya que lleva 7 años esperando saber algo de su familia. Tras recriminarle ese ansia, la Abadesa le cuenta que ha venido su tía la princesa, y que hable sólo lo que requiera la obediencia o la necesidad. Suor Angelica se dirige al locutorio. Una monja abre la puerta, junto a la abadesa, y ambas se inclinan al paso de una mujer de edad, apoyada en un bastón, vestida de negro, que luce su gran autoridad. Suor Angelica se controla al ver que todavía la abadesa no se ha ido, mientras su tía luce una expresión distante. Escuchamos la escena con Victoria de los Ángeles:

La tía, siempre distante, comenta como, a la muerte de ambos padres de Suor Angelica, le cedieron a ella dividir los bienes familiares cuando correspondiera. Le ofrece un pergamino para que lo firme. Suor Angelica le pide que se deje llevar por el ambiente de piedad del monasterio, pero la tía le recuerda que es un lugar de castigo. Y se dispone a contarle la razón de la división de la herencia. Escuchamos el dúo con Victoria de los Ángeles y Fedora Barbieri:

Su hermana Ana Viola se va a casar. Suor Angelica se alegra por su hermana pequeña, pero al preguntar con quién se casa, recibe de nuevo la dura respuesta de su tía: con alguien que puede ignorar la mancha con la que ella ensució el nombre familiar. Suor Angelica ya no se resiste y se enfrenta a su tía, pero ésta de nuevo consigue imponerse. Seguimos escuchando a Victoria de los Ángeles y Fedora Barbieri: 

La tía muestra el carácter punitivo de su sentimiento religioso, al contarle que, cada día, en el oratorio familiar, siente hablar con su madre, siendo doloroso hablar con quienes se han ido, y al volver sólo tiene un pensamiento para Suor Angelica: que expíe su pecado. A fin de cuentas, el motivo de su visita es que Suor Angelica firme su renuncia a la herencia familiar que le correspondería para dársela a su hermana. Escuchamos el monólogo “Nel silenzio di quel raccoglimento” cantado por Fedora Barbieri: 

Suor Angelica acepta renunciar, ya que le ha ofrecido todo a la Vírgen. Pero hay algo que no puede olvidar: su hijo. Si, ese pecado que le ha llevado al confinamiento en el monasterio: fue madre soltera, y con ello deshonró a la familia. Sólo quiere saber qué es de ese niño, cómo está. Su tía deja asomar levemente un atisbo de humanidad, al mirar con angustia a su sobrina y callar. Suor Angelica se impone y le obliga a hablar. Escuchamos a Victoria de los Ángeles de nuevo:

La tía cuenta que, dos años atrás, el niño sufrió una grave enfermedad, y que se hizo todo lo posible por salvarlo. Suor Angelica pregunta si murió, la tía no responde, agacha la cabeza: la respuesta es obvia. La monja grita de dolor y cae al suelo. La tía se levanta para socorrerla pensando que se ha desmayado, pero al oírla llorar se contiene. Mientras, en el exterior ha caído la noche, así que una monja entra con una lámpara. La tía pide que venga la abadesa con una pluma y tinta. La joven firma el pergamino de su renuncia y se niega a despedirse de su tía, que sale del monasterio. Escuchamos el final del dúo, de nuevo con Victoria de los Ángeles y Fedora Barbieri:

A solas, Suor Angelica llora por la pérdida de su hijo y por no haber podido estar a su lado. Ahora, siendo un ángel celeste, él podrá verla, pero ella ansía el momento de poder reunirse con él, de morir. Escuchamos la conmovedora aria “Senza mamma, o bimbo” cantada por Mirella Freni: 

En ese momento llegan las monjas del cementerio, contentas porque se haya cumplido el deseo de Suor Angelica (pero sin saber qué ha pasado). Ella, extasiada, cuenta que la Vírgen ha extendido su gracia y que es feliz porque ya ve su meta. Se escucha entonces la señal de retirada y cada monja se dirige a su celda, cantando sus alabanzas. Escuchamos a Victoria de los Ángeles cantar esta escena:

En ese momento escuchamos un bellísimo intermezzo sinfónico que retoma el tema del aria “Senza mama”. Sale Suor Angelica, recoge unas flores y agua y prepara una infusión: ella siempre conoce una receta, y en este caso prepara un veneno con el que suicidarse. Se despide a solas de sus compañeras monjas, del oratorio, del monasterio, pero su hijo la ha llamado y la espera. Como extasiada, toma el veneno. Entonces vuelve a la realidad y se da cuenta que ha cometido un pecado mortal al quitarse la vida y que está eternamente condenada. Reza a la Virgen para no morir maldita, y le pide una señal; y así, mientras se escucha un coro de alabanzas, la puerta del oratorio se abre, y dentro una multitud de ángeles abren paso a la Vírgen, que lleva aun niño rubio que acerca a su madre: es el hijo de Suor Angelica.  La monja muere por efecto del veneno, sabiendo que ha sido perdonada (de ahí que la ópera ejemplifique el purgatorio: una redención final tras un pecado mortal). Escuchamos todo el final, desde el intermezzo, magistralmente dirigido por Bruno Bartoletti, con Mirella Freni cantando el papel de Suor Angelica:

Una vez concluida la ópera, terminamos, como siempre, con un Reparto ideal:

Suor Angelica: Victoria de los Ángeles o Mirella Freni. 

Tía Princesa: Fedora Barbieri. 

Dirección de Orquesta: Bruno Bartoletti. 



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