Crónica: Aida en la Arena di Verona (08-07-2018)


La “Aida” de Giuseppe Verdi fue la tercera y última ópera que he tenido ocasión de ver esta temporada de la Arena di Verona. Con una asistencia sustancialmente menos que en el “Nabucco” del día anterior, conseguir una localidad no numerada buena no resultaba difícil, e incluso en esta ocasión era posible apoyar la espalda contra la grada, lo que se agradece en una ópera de las dimensiones de “Aida”.

“Aida” es ese título perfecto para un lugar como la Arena de Verona, permitiendo escenografías lujosas y enormes masas humanas sobre el escenario. Eso sí, en esta producción no aparecía ningún animal en escena (a diferencia de lo que sucedió en Nabucco, con varios caballos, a priori sin tanto sentido como lo habrían tenido en Aida). El ambiente era también más tranquilo que en los otros días, lo que permitió disfrutar de una función notable.




Como siempre, antes de pasar a comentar la función, dejamos un enlace de la producción.

La puesta en escena corría de nuevo de manos de Franco Zeffirelli, lo que se traduce en una escenografía tradicional, de cartón-piedra, preciosista pero sumamente efectiva, con una pirámide cuya parte superior giraba para dar paso a distintos ambientes. Así se evitaban largas esperas para los cambios de escenografía. Zeffirelli controla su oficio, sin duda, y el resultado es justo lo que uno espera encontrarse en la Arena.

El ballet (con sus tres piezas diferentes en el segundo cuadro del I acto y en ambos cuadros del II acto) fue sencillo pero vistoso, si bien el número de bailarines me resultó escaso. Opinión personal, en todo caso, ya que yo de ballet entiendo muy poquito.

Jordi Bernàcer dirigió la orquesta de la Arena con tempos más bien fluidos y acompañando con solvencia a los cantantes. Nada que reprochar a la orquesta, salvo algún ligero desafine de los metales en el recitativo del “Celeste Aida”. Impecables las cornetas en escena que interpretaron la famosísima marcha triunfal, que fue sin duda un momento impactante, como cabría esperar.

El coro de la Arena estuvo de nuevo a muy alto nivel, resolviendo con poderío todas sus intervenciones. Los bajos en concreto se lucieron a lo largo de toda la función.

Vamos ya con el reparto solista. Francesca Tiburzi forzó al máximo con su sacerdotisa cantada fuera de escena, por lo que apenas resultaba audible y por tanto no se la puede juzgar. El mensajero de Antonello Ceron fue vocalmente correcto, si bien con un fraseo excesivamente incisivo.

Romano dal Zovo fue un eficaz Re, resolviendo sin problemas una parte no muy exigente, pero con la autoridad que éste requiere. Rafal Siwek tampoco tuvo ocasión de lucirse como Ranfis como lo había hecho el día anterior como Zaccaria, pero de nuevo demostró su gran talla como cantante. Ambos bajos estuvieron a muy alto nivel.

Sebastian Catana fue un Amonasro más bien rudo, lo que por otro lado tampoco le va mal al personaje, pero el registro agudo está falto de brillo, y en las frases más líricas (como ese maravilloso “Pensa che un popolo vinto, stracciato, per te soltanto risorger può”) se echó en falta una mayor dosis de lirismo y de una técnica más belcantista. Las frases más agresivas, como su breve monólogo del segundo acto o la parte central de su dúo con Aida del III acto, estuvieron mejor resueltas.

Violeta Urmana fue una magnífica Amneris, como cabía esperar. Tardó un tanto en calentar, y pasó bastante desapercibida en el primer acto, pero en seguida sacó todas sus tablas y su voz (de agudos brillantes y graves tremendos) en su dúo con Aida. Su duelo con Radames en el cuarto acto fue brillante, y remató su participación con un fantástico Anatema, propio de la gran cantante que es.

Lo de Marco Berti como Radames es una lástima. Su voz ha sido, con diferencia, la que mejor se ha hecho oír en la Arena en las tres óperas que he visto. Pero el cantante va con piloto automático, cantando todo en forte. El agudo es brillante, pero emitido de forma bastante basta. No hubo ni rastro de diminuendo en el Sib final del “Celeste Aida”, y los agudos de frases como “Il ciel dei nostri amori” fueron cantadas igualmente en un forte estilísticamente desacertado. Tras lucirse mucho más en su dúo con Amneris, en la escena final de la tumba escuchamos a otro Berti, uno que apianaba los Sib temibles que llenan el dúo. No se le notaba cómodo, cierto, pero no es menos cierto que esos agudos no son para estar cómodo con ellos. Si Berti hubiera cantado con el mismo gusto el resto de la función, el resultado habría sido mucho más positivo por su parte.

Kristin Lewis se hacía cargo del papel protagonista de Aida. A la Lewis le sobra lo que a Berti le falta, gusto cantando, pero le falta lo que a Berti le sobra, voz. En los momentos más líricos, como en sus dos arias (en especial en el “O patria mia”) o en el dúo final, lució pianísimos, buena línea de canto, legato, fue una Aida sobresaliente. En los pasajes que requieren una voz más pesada, que ella no tiene, como en los dúos del tercer acto, empequeñecía ante sus acompañantes, que se la comían sin piedad.

En fin, otra función más que disfrutable en este debut mío en la ópera en Italia con las tres funciones que he podido disfrutar en la Arena di Verona. Y con ganas de repetir en futuras ediciones, sin duda.



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