Crónica: Christoph Eschembach en el Kursaal (14-11-2016)


Tengo que confesar que apenas me sonaba el nombre de Christoph Eschembach, y no creo haberle escuchado nunca. Más o menos me hacía la idea de un director casi mítico, pero es que yo en tema de directores soy muy quisquilloso y si puedo suelo tirar ya a lo que sé que me gusta. Pero cuando el otro día mi amigo Enrique me avisó para ir al Kursaal a verle dirigir una 5ª de Mahler, al final me animé.




El programa constaba obviamente de dos partes, siendo la ya mencionada sinfonía de Mahler la segunda. La primera era el concierto de piano de Ravel, obra que me tienta mucho menos. Lo que más me sorprendió además fue la falta de sentido en el programa: simplemente dos obras sin ninguna conexión que se suceden en el concierto.

Venía Christoph Escchembach con la SWR Orquesta Sinfónica de Stuttgart, lo que ya a priori suena atractivo (las orquestas alemanas suelen tener por lo general un gran nivel). Dejo un enlace del programa antes de comenzar.

Ya he mencionado que el concierto se abría con el Concierto para piano en Sol Mayor de Maurice Ravel, una obra con notoria influencia del jazz pero no carente de ese melodismo tan francés que por momentos recordaba a Debussy. Es una obra que no conocía, y que tampoco llamó mi atención.

La parte solista corrió a cargo del pianista americano Tzimon Barto, que solventó sin aparentes dificultades los pasajes más técnicos y que demostró un absoluto dominio melódico en las partes más líricas de la partitura, como el 2º movimiento, en el que le veía más que cómodo. La orquesta le acompañó sin afectar a su trabajo. Notable interpretación de una obra de interés menor para mí.

Llegamos al que era el plato fuerte de la noche, esa 5ª sinfonía de Mahler, una verdadera obra maestra del género sinfónico de ejecución nada fácil. Era la 4ª vez que la escuchaba en vivo (hasta ahora el récord lo tenían la 6ª de Tchaikovsky y la Titan del mismo Mahler, con 4 veces, así que ya sumamos esta 5ª a la lista de récords), pero es una obra que siempre apetece. Y, por cierto, después de unos últimos conciertos con la sección de metales más bien flojilla, ya tenía ganas de escuchar unos metales en condiciones, esenciales para el buen resultado de esta obra.

Christoph Eschembach nos presentó, para mi sorpresa, una versión muy personal de la obra. Y digo “para mi sorpresa” porque al no conocer al director, me esperaba una interpretación más ortodoxa, más objetiva de la partitura. Pero desde las primeras notas del sólo de trompeta con el que comienza el primer movimiento ya me di cuenta de que no: el ritmo resultaba lentísimo (incluso para alguien como yo acostumbrado a las lentas lecturas de Bernstein). Había momentos con tempos más normales y otros en los que Eschembach se deleitaba en ritmos más pausados. Incluyó además lo que para mí fueron novedosas incorporaciones de crescendos o de pasajes interpretados en pianisimo, que demostraban de nuevo una visión única y personal de la partitura. Los ritmos pausados hicieron que quizá los 3 primeros movimientos se hicieran por momentos demasiado largos (en total la obra duró calculo que unos 10 minutos más de los normal), pero el 4º movimiento fue simplemente delicioso, y en el 5º Eschembach demostró su absoluto control de la orquesta en esa barahúnda de sonidos  y tonalidades instrumentales que a veces pueden llegar a perder, en un movimiento magnífico, digno colofón de la sinfonía.

La ejecución de la orquesta fue en general impecable, con unas cuerdas que sonaron dramáticas, unas magníficas maderas, una impecable percusión y unos metales en general maravillosos: las trompetas (que me resultaron un tanto chirriantes ayer a causa del dolor de cabeza que tenía ya antes de comenzar el concierto) brillaron ya desde el comienzo, así como los trombones y la tuba;no así las trompas: el sólo del comienzo del 5º movimiento tuvo un sonoro desafine, que no fue el único en ese movimiento final. Algo que en todo caso no ensombreció el resultado final de la obra. La sonoridad de la orquesta era abrumadora (recuerdo que en otras ocasiones los platillos me habían impactado mucho más; ayer casi costaba oírlos ante la riqueza sonora de toda la orquesta).

Al terminar la obra, Christoph Eschembach fue largamente aplaudido. A sus 76 años, el maestro germano-polaco demostró una energía interminable controlando a la orquesta en tan compleja partitura. Y se podrá estar de acuerdo o no con los tempi escogidos (en mi opinión, algunos más acertados que otros, pero estamos hablando de algo totalmente subjetivo), pero desde luego si de algo no se le puede acusar a Christoph Eschembach es de pereza o de falta de originalidad. Pecado muy común en nuestros tiempos. En ese sentido, después de tantas interpretaciones filo-historicistas y políticamente correctas (y de eso la Quincena Musical de este año), Eschembach, a su edad, fue un soplo de aire fresco ante el aburrido panorama interpretativo actual. De ahí que, pese a ocasionales desavenencias con su visión de la obra, sólo valga gritarle “¡Bravo!” por traernos ese ratito de dirección de
orquesta de la vieja escuela, de la que te pone la carne de gallina o te emociona en no pocos momentos.



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