Crónica: Don Giovanni en ABAO-OLBE (21-02-2017)


Don Giovanni es la cuarta y penúltima ópera que nos ofrece esta temporada la ABAO, y en mi opinión es la menos atractiva de las propuestas. Claro que es un problema personal: Don Giovanni me aburre. Así que no es difícil imaginar las pocas ganas que tenía el martes por la tarde de salir de casa sabiendo que tenía por delante 3 horas de ópera (más otra media hora de intermedio) y que llegaría de vuelta a casa a la 1:30 de la mañana.




Y de hecho hubiera tirado la toalla y me habría quedado en casa de no ser por el atractivo del reparto y, en especial, por tener la ocasión de escuchar al gran barítono Simon Keenlyside, que debutaba en la ABAO. Y ese fue de hecho el atractivo de la noche que hizo que el viaje mereciera algo la pena.

Antes de entrar a comentar la función dejo un enlace con la ficha de la representación.

La escenografía de Jonathan Miller para este “Don Giovanni” era sencilla, igual para todas las escenas, con las fachadas de tres casas formando una plaza central, con numerosas puertas y ventanas. Es de agradecer que no se perdiera tiempo en los numerosos cambios de escena que requiere la ópera, aunque alguno, como la escena del cementerio, quedaran un tanto desdibujados. La dirección de actores fue correcta (bien coreografiado el duelo a espada de Don Giovanni y el Comendador al comienzo de la ópera), aunque quizá se abusara demasiado de situar a los cantantes al fondo del escenario, teniendo en cuenta la pésima acústica del Euskalduna.

Keri-Lynn Wilson, en su función de directora de orquesta, resultó en mi opinión excesivamente lenta en la mayoría de pasajes (la obertura se hizo eterna), salvo en un demasiado rápido “Mi tradì quell’alma ingrata”. Por momentos también fue excesivo el volumen que llegaba a tapar a algún solista, en especial en el primer acto, siendo mejores los resultados en el segundo. Buena concertadora, destacó el dramatismo de la partitura, en especial en el final de la ópera (en esta función se suprimió la moraleja añadida para las funciones vienesas, terminando la ópera con la bajada de Don Giovanni al infierno, como en la versión original del estreno en Praga). Contribuyó al buen hacer la Orquesta Sinfónica de Euskadi, que sonó excelente. Nada que reprochar igualmente al coro, que tampoco tiene intervenciones muy destacadas.

De los 8 solistas, el punto negro fue el Masetto de Giovanni Romeo; escénicamente daba el pego de campesino basto, pero ello no significa que su canto tenga que ser tan tosco, desagradable incluso por momentos.

Gianluca Buratto se hacía cargo de la parte del Comendador. Si bien no llamó especialmente la atención en el comienzo de la ópera, sorprendió en la escena final con una voz rotunda, autoritaria, potente (incluso cuando cantaba desde el fondo del escenario), sin problemas de tesitura. En resumen, todo lo que ha de tener un buen Comendador para hacer una escena final memorable.

Miren Urbieta Vega interpretaba a la campesina Zerlina, y fue, por detrás de Sola, lo mejor de la noche. Magnífica en todas sus intervenciones, cantante con buen gusto, técnica impecable y adecuación estilística que hicieron de su Zerlina una delicia. Difícil decidir si estuvo mejor en el “La ci darem la mano” o en el “Batti, batti, o bel Masetto”, estando brillante en ambas.

Pero ya hemos dicho que lo mejor de la noche fue José Luis Sola, que se hacía cargo de la parte de Don Ottavio. Ya he mostrado en otras ocasiones mi predilección por este tenor, pero es que aquí estuvo especialmente adecuado, en un papel de tesitura central que no le obliga a subir a esos agudos en los que su voz palidece. Dechado de buen gusto (maravillosa su “Dalla sua pace”, con variaciones en la repetición), perfecto como actor, nos regaló el mejor momento de la noche, un impecable “Il mio tesoro intanto”, uno de los momentos más hermosos de la ópera y un bombón para un tenor que sepa aprovechar las posibilidades de lucimiento que ofrece el aria, cosa que Sola hizo.

Davinia Rodróguez se hacía cargo de la parte de Donna Anna. Su voz no terminaba de sonar adecuada para el papel, resultando por momentos su timbre incluso algo estridente (o era una forma de transmitir la histeria del personaje, no lo sé). Se hacía oír perfectamente en los números de conjunto, en especial en el concertante del final del primer acto. Pero si en un momento tiene que brillar una Donna Anna es en su maravillosa aria del segundo acto “Non mi dir”, en la que Rodríguez se lució con unas coloraturas perfectas, picadas, sin portamentos, impecables. Fue un gran momento, sin duda.

Serena Farnocchia sustituía a la anunciada María Bayo como Donna Elvira. Sacó adelante el papel, pero su momento estrella, el aria “Mi tradì quell’alma ingrata” dejó al descubierto una voz con excesivo vibrato que llegaba a resultar algo molesto. Destacó más en otros momentos de la función, como en la escena final.

Simón Orfila se hacía cargo de la parte de Leporello. El bajo menorquín es más un artesano que un artista: nunca memorable, pero garantía segura de buen hacer. Con una magnífica desenvoltura escénica, sólo comparable a la de Keenlyside, vocalmente sacó adelante el papel (con algún agudo no del todo bien emitido, la única pega que se le puede poner a nivel vocal) con absoluta solvencia, aunque no estoy seguro de que sea un papel en el que pueda sacar lo mejor de sí mismo.

El principal atractivo de la noche era el barítono inglés Simon Keenlyside en el papel protagonista. En escena parece casi un tronista, vista la violencia, ordinariez, grosería que demuestra en todo momento (incluso cuando el libreto no lo demanda), lo que nos aleja del refinamiento que nos esperaríamos de un caballero como es, lo que contrasta con la elegancia que sí demuestra su canto. Pese a algún accidente vocal (siendo el más llamativo, que no el único, el que sufrió en esa prueba de fuego que es el “Fin ch’han dal vino”, cuando en medio de la velocidad de las frases, se quedó sin aliento para terminar una de ellas), tiene ya interiorizado el personaje, que maneja a su antojo. La segunda estrofa del “Deh, vieni alla finestra”, cantada casi en un susurro, fue pura magia. No es tampoco el papel en el que me habrá gustado verle, pero no se puede negar que su desempeño fue notable.

En resumen, una buena función con un buen reparto. Que casi me quedara dormido es sin duda un problema personal. Cuestión de gustos… pero estoy seguro de que a quienes sí les guste el Don Giovanni disfrutarían de lo lindo con estas funciones que ha ofrecido la ABAO.



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