Crónica: Don Giovanni en la Quincena Musical (13-08-2016)

 

La crisis económica que llevamos años sufriendo al final termina pasando factura en todos lados, y este año se ha notado en la Quincena Musical Donostiarra, en la que se ha prescindido de la representación escenificada de una ópera, sustituyéndola por lo que llaman una “versión semi-escenificada” de la opera elegida, que este año ha sido el Don Giovanni de Mozart. Que, por cierto, en los años que llevo de abonado en la quincena, es la tercera ópera de Mozart que veo, siendo las otras el Rapto de hace varios años y una más reciente Zauberflöte.




Por versión “semi-escenificada” yo entiendo una especie de variante de las óperas en versión concierto a las que se les añade una mayor interactuación entre los personajes. Algo que, por otra parte,en una ópera como Don Giovanni, en la que hay mucho recitativo y buena parte de las escenas musicales son arias, tampoco es mucho. Esa interactuación se debería notar, sobre todo, en el comienzo de la ópera y, sobre todo, en el final, en la escena del comendador. Y todo eso se podía haber hecho perfectamente como si se tratara de una versión en concierto tradicional, con los cantantes delante de la orquesta, que, por otra parte, por sus reducidas dimensiones, dejaba espacio de sobra en el no muy grande escenario del Kursaal. Pero en su lugar se optó por poner a la orquesta en primera linea y, por detrás, sobre una plataforma de, calculo a ojo, unos 3 metros de altura, situar a los cantantes. Lo que ya nos trae el primer problema: sin la protección del foso, con la orquesta abierta por delante, ésta tapaba con demasiada frecuencia a los solistas, lo que sospecho que perjudicó a algunos de ellos. Por otra parte, las proyecciones de imágenes al fondo del escenario no añadieron nada, y en mi caso en muchos momentos me pasaron totalmente desapercibidas. Quizá lo más destacable fue la iluminación de la escena del Comendador.

Además, la ópera se representó de forma bastante “mutilada” en sus recitativos. A ver, hace años que no me escucho un Don Giovanni completo con todos sus recitativos (no es ésta una ópera que me entusiasme, algunas arias al margen), y en el primer acto esos cortes me pasaron bastante desapercibidos, pero en el segundo fueron demasiado evidentes, en especial entre el “Deh, vieni alla finestra” y el ·Metà di voi qua vadano”, con lo que costaba seguir la acción y pasaba desapercibido que Don Giovanni estaba vestido como Leporello (no hubo intercambio de vestuario que ayudara a la dramaturgia) y si no conoces la ópera no entiendes bien lo que está sucediendo. Y pese a los cortes, la ópera, que empezó a las 7 (en teoría) terminó a las 10:35 con un intermedio de 20 minutos. Y la gente corriendo nada más terminar para poder ver los Fuegos Artificiales (que estamos en plena Semana Grande Donostiarra y hay tradiciones que no se pueden perder, aunque los fuegos de ayer fueran totalmente prescindibles por desgracia).

Dejo antes de nada un enlace de la producción.

La Orquesta Sinfónica de Euskadi sonó bien, pero la dirección de Manuel Hernández Silva fue excesivamente lenta y caída de tensión, salvo en el “Mi tradì” metió el turbo. Sin pegas a las pocas participaciones del Coro Easo y al clavecinista Daniel Oyarzabal, que acompañaba los recitativos.

Y pasamos al reparto, en el que hubo de todo.

Comenzamos por el Comendador de Daniel Giulianini. 29 años. Interpretando a un señor mayor que requiere una enorme autoridad y rotundidad vocal. Y sacó esa rotundidad a costa de forzar a tope la voz, resultando fuera de estilo. Su edad no es la adecuada para el rol, y se nota en su voz.

Más bien basto el Masetto de José Manuel Díaz, aunque siendo su personaje también bastante basto, se puede perdonar. Quien sí me gustó fue su enamorada Zerlina, interpretada por Miren Urbieta-Vega. Sacó adelante el papel con dignidad y con esa picardía que tiene Zerlina, aunque sospecho que con la orquesta en el foso tapándole menos habría podido forzar menos la voz y cantar todavía mejor.

El Leporello de José Fadilha sonó a Leporello, y además como intérprete estaba adecuadísimo al papel. ¿El problema? El centro de la voz quedaba perfecto, pero los extremos (sobre todo los agudos) eran más que problemáticos. Eso sí, su voz se oía por todo el auditorio sin ningún problema, lo que dadas las circunstancias es de agradecer.

Nicole Cabell interpretaba a Donna Elvira. En el primer acto se hizo notar poco, y había momentos en los que parecía más preocupada en hacer un desfile de modelos que en cantar. Su “Ah, fuggi il traditor” pasó totalmente desapercibido. Y en el segundo acto llegó su prueba de fuego, esa bellísima aria que es el “Mi tradì quell’alma ingrata”, en la que la orquesta, pese a acelerar el ritmo, redujo el volumen al máximo para evitar tapar su voz, cosa que ya había sucedido con anterioridad. Y no, para mí no pasó la prueba (aunque sé que para otros muchos sí). No me emocionó (que es lo que pide el aria) y su vibrato me resultó muy molesto, aparte de que con sus movimientos casi histéricos parecía estar cantando más Tosca que Donna Elvira. Y es que un cantante mediático no siempre supone garantía de éxito.

Vamos a los aspectos más positivos del reparto, y comienzo con el Don Ottavio de Toby Spence. Ya desde el comienzo se preocupó de frasear con gusto incluso en los recitativos, de interpretar el papel, con un bellísimo “Dalla sua pace” que fue en mi opinión lo mejor del primer acto. Cuando la orquesta tapaba a otros cantantes, su proyección le permitía hacerse oír incluso cuando apianaba. Pero lo pasó en el “Il mio tesoro”, donde no se le veía cómodo en las complicadísimas coloraturas que, pese a todo, resolvió dignamente. Fue uno de los triunfadores de la noche, y merecidísimamente.

Irina Lungu interpretó a Donna Anna. Al comienzo de la ópera no consiguió hacerse oír del todo bien (fue uno de los momentos en los que más se notó que la orquesta tapaba a los solistas, a parte de que le costó calentar la voz). Justita todavía en su aria del primer acto, fue calentando en el concertante del final del acto, en el que ya se notó la gran cantante que es, y así llegó a su momento clave, el “Non mi dir”, una de las arias más bellas escritas por Mozart. El agudo en pianísimo del recitativo quedó un poco flojo, pero en el resto estuvo magnífica, con un poco de vibrato de más pero interpretando el aria, transmitiendo las emociones debidas y resolviendo con absoluta solvencia las coloraturas del tramo final. Ese “Non mi dir” fue uno de los momentos que más hicieron que mereciera la pena estar viendo este Don Giovanni, y para ella fue mi único bravo.

Y termino con el protagonista, el Don Giovanni de Christopher Maltman. Especializado en cantar este papel, se le notó desde el principio estar en su salsa, aunque quizá “vociferó” más de lo debido para hacerse oír sobre la orquesta. Un poquito atropellado en los pasajes más rápidos del “Fin ch’han dal vino” o del concertante del final del primer acto, se le notó más cómodo en general en el resto de momentos. En la bellísima serenata “Deh, vieni alla finestra” soltó las dos primeras frases a excesivo volumen, pero en seguida apianó la voz y le quedó una serenata magnífica. Y brilló en especial en el final de la ópera, donde se le veía más metido todavía en el personaje y sin problemas vocales.

El Kursaal estaba lleno hasta los topes (otros años se han hecho dos funciones dela ópera que se representaba, mientras que este año era función única). Las toses en la serenata de Don Giovanni llegaron a ser muy molestas. Y un aspecto que debería mejorarse: se supone que la ópera comenzaba a las 7, pero los músicos de la orquesta comenzaron a entrar al escenario a las 7:05, y luego hay que afinar, tiene que entrar el director, aplausos… y para cuando empieza la ópera, son las 7:10. Se supone que a las 7 debería comenzar ya la función; digamos que a esa ópera entra el director, el público aplaude y a las 7:01 ya empieza la obertura. Luego cortamos los recitativos para no acabar muy tarde…

En resumen, un Don Giovanni con sus luces y sus sombras. Pero teniendo en cuenta dónde estamos, las luces fueron de un considerable nivel, por lo que resultó una función más que disfrutable para quienes les guste esta ópera; yo salí reafirmado en que no le llega a la suela de los zapatos a “Le nozze di Figaro” (y en que el final moralizante sobra, no pega ni con cola), pero eso son rarezas personales. Esperemos que las condiciones económicas mejoren y nos permitan volver a disfrutar de una ópera escenificada en la próxima Quincena.



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