Crónica: I lombardi de ABAO-OLBE (22-01-2019)

“I lombardi alla prima crociata”. O, lo que es lo mismo, “Juego de tronos” en versión verdiana. Venganzas familiares, parricidios, traiciones, secuestros, conflictos religioso, batallas, no sobrevive ni el apuntador… Esta es la historia de Pagano Lanister, celoso, ambicioso, malvado y parricida, de Arvino Baratheon, traicionado por todos y vengativo, o de Oronte Stark, bueno y gafe, que de pronto se ve sin familia. Por si alguien pensaba que George R. R. Martin ha inventado la pólvora… bueno, vale, en “I lombardi” falta carne. 

No es esta una ópera frecuente en el repertorio. Tuvo mayor fortuna en los años 70 y 80 del siglo XX, pero desde entonces es un título difícil de ver. Es por tanto de agradecer que ABAO la haya programado dentro de su Tutto Verdi, que ya va llegando a su fin. No es, en todo caso, una de las mejores óperas de Verdi: si bien perviven ciertos elementos que nos recuerdan a la previa “Nabucco”, el insostenible argumento no se ve compensado por un desarrollo musical muy logrado, con escenas a menudo largas y monólogos que aportan poco a la trama. Ya contamos, en todo caso, el argumento de la ópera en este post

Antes de comentar la función de ayer, dejamos, como siempre, un enlace con la ficha de la producción. 

La escenografía de Paolo Bregni es sencilla, basada en su mayoría en proyecciones, que nos llevan a la basílica de Sant’Ambroggio de Milán o al desierto, junto con otras dramáticamente más discutibles, como la referencia a los refugiados o el Gernika de Picasso, sin una argumentación desarrollada de los motivos de estas apariciones. Lo mejor fue el final, con ese muro abriéndose para permitir ver al moribundo Pagano esa Jerusalén recién conquistada por los cruzados. La dirección escénica de Lamberto Puggelli fue en general efectiva con los solistas, colocando a menudo a Giselda en la corbata, lo que se agradece siempre en un lugar con la acústica del Euskalduna. Otras cosas, como esos judíos rezando ante el muro de las lamentaciones (anacrónico y sin desarrollar) o los muertos en la batalla alzándose en la escena final, resultaban más discutibles, y al fallar la dramaturgia que intente justificar su inclusión, estorbaban más que contar algo. 

Bien la Orquesta Sinfónica de Euskadi bajo la batuta de Riccardo Frizza, que supo extraer el chispeante ritmo del Verdi temprano y acompañar con corrección a los solistas, tapándoles en muy contadas ocasiones. A destacar la labor del concertino, brillante en su participación solista en el terceto del tercer acto. 

Destacar la trayectoria ascendente del Coro de la Ópera de Bilbao. Quién hubiera esperado, después de los resultados más bien mediocres de funciones como Nabucco o Turandot (en las que el coro es fundamental) de temporadas pasadas, que iban a alcanzar en poco tiempo el nivel que tienen en la actualidad. En esta ópera el coro es de nuevo fundamental (aunque sin páginas de brillo comparable al “Va, pensiero” de Nabucco), y el resultado fue impecable, en especial en la escena final, realmente emotiva.

De entre los solistas, Josep Fadó apenas se hizo notar en su brevísima participación como prior de Milán. Poco audible en Acciano de David Sánchez, al igual que Jessica Stavros en su doble papel de madre, como Viclinda y Sofia. Rubén Amoretti, como Pirro, lució una voz un tanto leñosa pero de timbre cavernoso, que contrastaba con la voz más clara de Pagano. 

Grata sorpresa el Arvino de Sergio Escobar, de acento verdiano y solvente de volumen. Su participación fue todo un acierto. 

ABAO debería haber avisado de la indisposición de José Bros. No contaban con un cover para el Oronte, y Bros no se encontraba en condiciones de cantar con un mínimo del solvencia. Su gran escena del segundo acto fue resuelta en pianísimo, recurriendo en exceso al mixto, si bien se agradecía un fraseo suave, no tan incisivo como el que requieren otros personajes del primer Verdi. Mejor en todo caso en el tercer acto, donde consiguió mantener el legato en frases extensas e incluso correctas ascensiones al agudo. Por desgracia, su estado físico no nos permitió disfrutar del gran nivel al que nos tiene acostumbrado el gran tenor catalán, del que soy un gran admirador. Esperemos tener ocasión de verle pronto en mejores condiciones. 

Brillante fue la Giselda de Ekaterina Metlova. Si bien es una dramática de coloratura cantando un papel que no es tan dramático como otros contemporáneos, que requiere de una voz más lírica, más cercana a Donizetti, estuvo en todo momento impecable en las coloraturas y los pasajes más exigentes, sin dar muestras de agotamiento en un papel bastante extenso al que además supo sacar un gran partido dramático. Fue muy aplaudida al final, con toda razón, porque estuvo realmente magnífica.

A Roberto Tagliavini le habíamos escuchado ya previamente en ABAO, pero siempre en papeles más modestos. Era su primer protagonista, y superó la prueba con nota. Si bien se notaba cierta diferencia de color en el extremo agudo, su voz, aunque algo falta de autoridad para el papel, corrió por toda la tesitura sin aparente problema, se hizo oír sin problemas y creó un personaje creíble dentro de las limitaciones del libreto. De nuevo, todo un acierto. 

En resumen, una función redonda en la que el único problema era el título en sí, que se hace un tanto aburrido y al que le sobran 20 minutos tranquilamente. El Tutto Verdi encara su final con un altísimo nivel que, esperemos, no decaiga, en las futuras óperas que quedan del maestro de Busetto, reconozcámoslo, aún menos interesantes. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.