Crónica: Il barbiere di Siviglia en ABAO-OLBE


Llegamos al último título de la presente temporada de ABAO-OLBE, que nos ha traído funciones memorables (Manon Lescaut, Roberto Devereux y al parecer también esa Sonnambula que la gripe me impidió ver) y otro francamente olvidable (el Don Carlos). Por desgracia, el cierre de la temporada, con la muy popular Il barbiere di Siviglia, no se encuentra entre las memorables (aunque siempre mejor que el Don Carlos, desde luego). Yo me preguntaba por qué no habían programado alguna otra ópera de valor más seguro (quizá ese repartazo de la Manon Lescaut) para asegurarse un final de temporada memorable (que los hemos tenido, y no pocos, en los años que llevo abonado), pero claro, yo ignoro el tema de fechas disponibles de cantantes, que la dirección si que habrá tenido en cuenta a la hora de programar las óperas.




Sí, Il barbiere di Siviglia (cuyo argumento e historia ya comentamos en este post) es una ópera muy popular, lo que se tradujo en un Euskalduna lleno como no recordaba haberlo visto (al menos en la función del martes); sospecho que de haberse programado otra ópera de Rossini no habría habido semejante acogida, aun en una comedia de similar calidad como L’Italiana in Algeri o un drama como la maravillosa Semiramide. Lo que quizá faltaba en esta producción era nombres de más categoría en el reparto (con la excepción de Carlos Chausson). Dejo aquí el enlace de la producción.

Quizá lo de los nombres de relumbrón lo fiaron a la producción de Emilio Sagi. El problema es que, sinceramente, a mí Sagi no me gusta. Demasiado naif (esos trajes rojos y rosas de Figaro y el conde al final de la ópera me hacían daño en los ojos), y además confiando buena parte de la comicidad a un grupo de actores que se paseaban por el escenario durante el I acto y que a mí más que hacerme reír me molestaban. La comicidad de esta ópera hay que extraérsela a los intérpretes, cosa que funcionó apenas en los protagonistas, arrasados por la maestría de Chausson.

José Miguel Pérez Sierra dirigía a la Orquesta Sinfónica de Navarra, que respondió correctamente. Los tempos del director, a menudo bastante rápidos,eran en cambio en ciertos momentos un tanto lentos o con rubatos extraños. Funcionó desde luego mejor cuando acompañaba a los cantantes (salvo alguna descoordinación puntual, como en el Largo al Factotum) que en los momentos solistas, con una obertura a la que le faltó un poquito más de chispa. Pero en general el resultado fue correcto, y desde luego no molestó.

De los comprimarios destacaré primero el Fiorello de Alberto Arrabal, en un papel que le queda pequeño por todos lados (después de haber disfrutado hace un mes de su Juan de Eguía…) y en el que se hizo notar en sus escasas intervenciones (le cortaron su último recitativo, de hecho). Su voz no es la de Fiorello, pero se hizo oír perfectamente sobre el coro en la escena tras la cavatina del conde, algo que no se puede decir del tenor. Supo a muy poco, la verdad.

Y destacar también la magnífica Berta de Susana Cordón, escénicamente divertidísima y vocalmente espléndida tanto en su aria como en los concertantes, en los que se hizo oír mucho más que los protagonistas. Un 10 para ella.

De los 5 protagonistas, hubo un importante punto negro: el conde de Almaviva de Michele Angelini. Pese a un timbre feo (me recordaba bastante al de Luigi Alva), la voz se maneja perfectamente en las coloraturas (salvo los trinos que se comió en la caballeta) y tiene un buen registro agudo, que se encargó de lucir en las muchas variaciones que introdujo (lo que le jugó una mala pasada en el dúo con Figaro, en el que se le escapó un gallo), y resolvió el difícil “Cessa di più resistere”. El problema es que su voz no es que sea pequeña, es que es casi inaudible. Había que hacer un buen esfuerzo para escucharle en sus momentos solistas; en los de conjunto parecía que hiciera playback, movía la boca pero no se le oía. En el trío con Rossina y Figaro intentó sacar artificialmente más volumen, y el resultado fue si cabe peor, forzado y con el agudo mal emitido. Ya sabemos que la acústica del enorme Euskalduna es criminal, pero no estoy seguro de que siquiera en un teatro más pequeño su volumen sea suficiente, lo cual es un serio problema.

Nicola Ulivieri se encargó de la parte de Don Basilio. Canta bien y tiene presencia escénica, pero en el aria de La Calunnia le falta la rotundidad vocal que se necesita para redondear la página (por otro lado uno de los momentos mejor resueltos escénicamente). Aprobó, pero desaprovechó su momento de lucimiento.

Marco Caria fue un Figaro con demasiada voz y al que le faltaba más chispa cómica, sobre todo en su presentación con el largo al Factotum. Lo de demasiada voz se le notó mucho en el “Zitto zitto, piano piano”, en el que tenía que hacer un gran esfuerzo por controlar su gran caudal vocal en un momento que requiere lo contrario. No canta mal, pero no me parece que Figaro sea su papel.

Annalisa Stroppa, afortunadamente una mezzo-soprano, fue Rosina. Bella voz, sin problemas de tesitura, con capacidad para la coloratura, su Rosina fue correcta en todo momento, y no falta de cierta comicidad. Se le podía pedir más, pero fue una Rosina más que digna.

Pero quien arrasó, quien se llevó el favor del público, fue el gran Carlos Chausson. Voz potentísima que se hacía oír incluso cuando estaba de espaldas al público, vis cómica impresionante, con un dominio escénico digno de alguien con sus muchos años de experiencia, domina además el papel vocalmente, con un excelente canto sillabatto (aunque se le notaba algo ahogado, lógico a su edad). Un Bartolo que hay que ver, porque pocos habrá de su nivel canoro e interpretativo. Al final de su aria fue largamente aplaudido y braveado (frente a la desidia de las arias anteriores, en este caso acabé con las manos rojas de aplaudir), igual que en los saludos finales. Él fue en realidad el protagonista de este “Il barbiere di Siviglia” que, sin su presencia, habría quedado un tanto pálido. Disfrutemos del tiempo que le quede en activo (parece que ya poco), porque es un seguro de canto e interpretación impecable.

Y así termina la temporada. Con ganas de algo más “potentillo”, a la espera de que comience la próxima. Que esperemos que nos dé tantas (o más) alegrías que esta… y menos disgustos, ya puestos.



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