Crónica: Kamerata Euskdivarius en Donostia (02-06-2019)

Día de descubrimientos el de ayer. Reconozco que desconocía la existencia de la Semana Musical Aita Donostia de la capital gipuzkoana, que va por su duodécima edición, y a la que acudía por primera vez. Desconocía también la existencia de un compositor llamado Alexander Arutiunian. Pero, sobre todo, no sabía en qué consistía eso de “Kamerata Euskdivarius”, aunque ya había tenido noticias de la agrupación vía Facebook. 

Lo importante era a fin de cuentas que quien dirigía era Arkaitz Mendoza, y no es ninguna novedad que es un director al que admiro mucho. Él dirige este nuevo proyecto de orquesta de cámara que ha comenzado a funcionar este mismo año, y que recibe el nombre de Kamerata Euskdivarius. No pude acudir a su debut, pero esta vez no me apetecía perdérmelo, en parte porque siempre había visto a Arkaitz dirigiendo zarzuela, como acompañante de voces, como concertador, pero con poco espacio para lucirse como director de orquesta, y esta era por tanto una ocasión perfecta para verle en un programa digamos más ambicioso. 

El concierto tuvo lugar en la donostiarra Iglesia de los Padres Capuchinos, que tampoco conocía, y que demostró tener una acústica más que aceptable. La Kamerata Euskdivarius afirma querer romper las tradiciones conservadoras de la música clásica, vistiendo de forma más informal de lo normal (en eso tienen todo mi apoyo) y tocando de pie casi todos los instrumentistas (mis lumbares no están tan de acuerdo con esa decisión), lo que evitaba problemas de espacio. Hay que recordar en todo caso que no es una gran agrupación, se definen como orquesta de cámara a fin de cuentas, y esto se notó a lo largo del concierto. 

Concierto que, con una duración aproximada de una hora, sin descanso, ofreció dos obras. La primera, el concierto de trompeta del ya citado Alexander Arutiunian, compuesto en 1950 por el compositor armenio que contaba entonces con 30 años y que es su obra más conocida. La escuché unos días antes en casa (intento ir a los conciertos lo mejor preparado posible) y me pareció una obra interesante, si bien bastante breve, unos 15 minutos de duración. Nicolas Zubia como solista sacó adelante los pasajes más exigentes de la partitura, con una sonoridad brillante (tampoco esperas otra cosa de una trompeta, pero bueno…). No me explayaré más en comentar su interpretación por mi absoluto desconocimiento del funcionamiento de los instrumentos de metal, pero creo que el resultado por su parte fue más que notable. La Kameraa Euskdivarius respondió a buen nivel, destacando la participación de las trompas. 

La segunda parte del concierto era probablemente la prueba de fuego: la primera sinfonía de Brahms, obra de gran envergadura que además es mi sinfonía favorita del hamburgués. Y fue aquí donde se notó más que es una orquesta de cámara, ya que con 8 primeros violines, 6 segundos etc, las maderas, los metales y los timbales cobraron por momentos excesivo protagonismo, al no respetarse los equilibrios de textura orquestal, y por momentos llegué a perderme un poco en lo que estaba escuchando, pese a ser una obra que conozco bastante bien (perderme yo, no la orquesta, por si es necesario matizar). 

Un más que interesante primer movimiento, con buena labor de las maderas (no tanto, por desgracia, y más visto lo anterior, de las trompas, con algún desafine o portamento poco afortunado) y con Arkaitz Mendoza controlando la situación hasta sacarse de la manga un magnífico crescendo que me dejó casi boquiabierto por la sorpresa y el magnífico efecto conseguido. Correcto el segundo movimiento (el menos interesante en mi opinión), cobrando protagonismo el buen hacer del concertino.

El tercer movimiento es una joya en sí mismo. Los tempos elegidos por Arkaitz Mendoza eran por lo general bastante fluidos (y más para alguien acostumbrado a escuchar las lentas versiones de Celibidache o de Bernstein), y de hecho el tema A del movimiento fue en general bastante rápido, pero al llegar al tema B (maravilloso, una de las melodías más hermosas compuestas por Brahms) el tempo no fue tan apresurado y se consiguió lucir esa belleza melódica a la perfección.

Y llegamos al cuarto movimiento, probablemente el más ambicioso de la obra. Magnífica labor de trombones y trompas (de nuevo, por fin) en el comienzo. Bien delineados los temas principales, llegamos a esa impresionante coda, en mi opinión de lo mejor que escribió Brahms en su vida (y conste que me encanta Brahms, así que es mucho decir), y el resultado fue espectáculo puro. Con tempos moderados y algún instante inusualmente lento, fue todo lo impactante que tiene que ser tan soberbio instante. Un final magnífico que demostró que la Kamerata Euskdivarius tiene un nivel considerable de calidad musical y que Arkaitz Mendoza es un director al que no perder la pista, con esa forma suya tan intensa de dirigir (espero que al terminar fuera directo a la ducha, porque estaba empapado de sudor). 

Para el año que viene, la Kamerata Euskdivarius ya anuncia una integral de las sinfonías de Beethoven. Proyecto sin duda muy ambicioso pero que se antoja más que interesante (prefiero no pensar en cómo puede salir su versión de la sexta o de la séptima, porque tienen un pintón de esos que da hambre), y más después de ver un concierto como éste en el que pude disfrutar como un enano; por la música, desde luego (bendito Brahms), pero sin duda también por la interpretación. Un gran descubrimiento y una magnífica noticia para la vida cultural de nuestra ciudad. 

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