Crónica: Krystian Zimerman en Zaragoza (29-05-2016)


He de reconocer que, por lo general, sufro de “Karinismo”: cualquier tiempo pasado me parece mejor. Es decir, ya no hay cantantes de ópera, directores de orquesta, violinistas, chelistas… como los de antes (y esto no sólo es aplicable a la música, también al cine, al arte…). Es decir, que nunca voy a tener la ocasión de poder disfrutar en vivo de mis artistas favoritos, porque ya murieron, algunos incluso hace más de medio siglo. Pero hay una excepción: mi pianista favorito sí esta vivo… y en activo, aunque no se prodigue demasiado. Hablo del gran Krystian Zimerman.




Tengo que remontarme unos cuantos años atrás. Era una época, cuando tendría veintipocos años, en la que me había centrado por años exclusivamente en la ópera, y ahora quería volver a prestar atención al repertorio sinfónico e instrumental del romanticismo, con el que empecé, con unos 12 años, en el mundo de la música clásica. Y claro, a la hora de elegir a qué pianistas iba a escuchar interpretando a distintos compositores, decidí que lo mejor era consultar a mi amigo Asier, pianista, con muy buen criterio y que además sabía más o menos cuáles eran mis gustos. Gracias a él descubrí a algunos de mis pianistas favoritos, como Gilels o Richter (a Arrau ya le conocía de antes), pero, sobre todo, descubrí a Krystian Zimerman: me lo recomendó como pianista en general, y como intérprete de Chopin y de Liszt en particular, lo que no deja de ser curioso tratándose de dos formas tan dispares de entender la música para piano. Pero sí, Zimerman se convirtió en mi pianista de referencia en ambos compositores, aunque fue con su grabación del 2º concierto de Rachmaninov cuando ya caí rendido a los pies del pianista polaco: por su combinación de técnica virtuosística y poesía interpretativa está a enorme distancia de la mayoría de los pianistas en activo (en mi opinión, de todos, directamente), e incluso por encima de mitos como los ya mencionados Richter, Gilels y Arrau.

Y claro, tenía unas enormes ganas de verlo en vivo. Por desgracia, las últimas veces que vino a Donostia yo todavía no sabía quién era, y el concierto que iba a dar unos años después fue cancelado, y me tuve que quedar con las ganas. Así que cuando mi amigo Rubén me llamó para ver si me animaba a ir a Zaragoza (ida y vuelta en la misma tarde) para verle, no lo dudé ni un segundo, pese a que el repertorio (4º concierto de piano de Beethoven) me resultara muy poco atractivo. Zimerman bien lo valía.

El concierto, el domingo 29 de mayo, estuvo dedicado íntegramente a Beethoven. Grzegorz Nowak dirigía a la Orquesta Sinfónica de España en el Auditorio de Zaragoza. El programa lo complementaba la 3ª sinfonía de Beethoven.

Curiosamente, al comenzar el concierto, Zimerman no aparecía (y tratándose de él, siempre da miedo que pueda cancelar en el último minuto…), pero es que la orquesta comenzó con una pieza que no aparecía en el programa de mano (pero que yo ya me estaba esperando…), la Obertura Egmont. Con unas cuerdas en mi opinión demasiado reducidas (6 chelos, 4 contrabajos…), los metales por momentos se hacían oír demasiado, pero en general fue una correcta interpretación de una obra muy conocida pero magnífica.

Y llega por fin el momento clave. Vaya por delante que a mí el Beethoven concertístico (a diferencia del sinfónico) no me llega (con la excepción de ese maravilloso concierto para piano nº 5, “Emperador”); de hecho, pienso que, de no estar firmado por Beethoven, nadie se acordaría de esos conciertos, incluyendo el 4º, que obviamente es el mejor de los 4 primeros pese a todo. Ahí nos aparece un Krystian Zimerman con una melena ya totalmente blanca (y eso que cumple 60 a finales de año; parece más mayor). Le pusieron la partitura en el piano, a la que él mismo se encargaba de pasar las páginas, aunque me gustaría saber cuánto la miró (sospecho que muy poco, si es que acaso llegó a mirarla en algún momento… ¿sería por pura precaución?). Empieza el concierto y Zimerman luce todas sus virtudes: su virtuosismo, su precisión, sigue intacto, sumado todo ello a sus pausas, sus matices, su fraseo, poesía pura. Y con él el anodino concierto de Beethoven llegó incluso a cobrar vida por momentos; aquello no era un concierto normal, era pura magia. Se entretuvo en unas cadencias al final del primer movimiento, bastante largas por cierto, en las que hizo literalmente lo que le dio la gana; él lo vale. Con el segundo movimiento hizo maravillas, de una belleza impresionante, y arrasó con el tercero. Parece que tenía buen día: cuando el público se puso a aplaudir al final del 1º movimiento, él hizo un gesto para que no lo hicieran, pero al terminar el 2º movimiento, hizo otro gesto al público para recordar que no había que aplaudir de forma bastante simpática. Se le notaba cómodo, pese a que no hubo propinas (y eso que fue bastante aplaudido. Y he de confesar que no pude resistir el bravearle nada más terminar el concierto, que bien se lo merecía). Supo a poco… a muy poco. Sólo espero que tenga ocasión de volver a verle en un repertorio más interesante (por lo menos para mí).

La segunda parte del concierto fue una 3ª sinfonía de Beethoven, la “Heroica”. Lo mío con Beethoven no deja de ser curioso: habiendo visto, por ejemplo, 4 veces la 1ª de Mahler o la 6ª de Tchaikovsky, de Beethoven sólo había visto en vivo la 1ª, la 3ª y la 9ª. Y me tocaba repetir la 3ª, que de las sinfonías románticas de don Ludwig (es decir, 3ª y de la 5ª a la 9ª) me resulta la menos interesante. Nowak, que había acompañado impecablemente al solista en el concierto, ahora llevaba él todo el peso de la obra, que dirigió con tempi algo rápidos (acostumbrado como estoy a Furtwängler, cualquier cosa me resulta rápida, claro) pero con buenas dinámicas e interesantes crescendos. Muy bien las cuerdas y las maderas; peor desde luego los metales (un bellísimo solo de trompa en la marcha fúnebre fue echado a perder por un inoportuno desafine del músico). La interpretación fue correcta, con un vibrante final.Tampoco hubo propinas, por cierto.

La sala estaba más o menos a medias; vamos, que daba pena verla así de vacía, y más tratándose de ver a Krystian Zimerman. Me temo que la música clásica no goza de muy buena salud en Zaragoza. Teniendo en cuenta que la ciudad tiene ella sola ya casi la misma población que toda Gipuzkoa, las comparaciones mejor las obviamos. Sólo me queda esperar que el esfuerzo de iniciativas privadas, como era el caso de este concierto (a falta de mayor iniciativa pública por parte de las autoridades correspondientes) consigan poco a poco revertir esta triste situación.

Concluimos: si me preguntan si mereció la pena el viaje de ida y vuelta (y eso que no conducía yo) para ver el concierto, contestaré que por el repertorio desde luego que no, pero por poder ver a Krystian Zimerman, el viaje fue una nimiedad. Un genio, un artistazo como él se mere eso y mucho más.



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.