Crónica: La Boheme en ABAO-OLBE (23-10-2018)


Permitidme que os cuente una historia; que os cuente Mi historia. tenía yo 14 años cuando mi profesora de música en el instituto (la misma que me convenció de estudiar musicología para ser profesor de música) nos pidió que representáramos un fragmento de ópera en playback. Yo llevaba unos 3 años y medio empezando a escuchar eso que llaman “música clásica” y era el único de clase que tenía unas mínimas nociones de qué era eso de la ópera, aunque era un campo que todavía tenía que descubrir. Algún tiempo antes, por casualidad, había visto por televisión un cuarto acto de “La Boheme” de Puccini, en aquella época en la que la televisión pública emitía ópera a horarios razonables (tiempo después supe que el reparto lo formaban Aquiles Machado y Leontina Vaduva, si la memoria no me falla), y me encantó, así que quise que la escena que representáramos para la actividad de clase fuera esa escena final de “La Boheme”.




En aquella época en la que Spotify y Youtube nos sonarían a chiste, la profesora me prestó una grabación de “La Boheme”, con unos nombres para mí desconocidos por aquella época: Tullio Serafin, Renata Tebaldi, Carlo Bergonzi… el resto es historia: Tebaldi es mi soprano favorita, Bergonzi mi tenor favorito y “La Boheme” (cuya historia y argumento comentamos en este post) mi ópera favorita. Entonces era jovencito, inocente, y tenía mucho, mucho que aprender, pero por encima de todo era apasionado. Ahora soy menos joven, la inocencia ha dejado paso a una sinceridad a veces incómoda y he aprendido mucho, aunque me quede todavía mucho más por seguir aprendiendo, pero algo no ha cambiado: la pasión con la que vivo la ópera.  Llevo nada menos que 19 años escuchando “La Boheme” y la sigo amando como el primer día… o más incluso, si cabe. Y, casualidades de la vida, de los más o menos 75 títulos de ópera diferentes que he tenido ocasión de escuchar en vivo, “La Boheme” es la que he visto en más ocasiones: con esta suman 6. Y sin viajar, todas ellas en Euskadi: 3 en Donostia, 1 en Irun y 2 en Bilbo. Y, en la mayoría, el resultado ha sido siempre el mismo: frialdad.

Y es que representar “La Boheme” es mucho más arriesgado de lo que a priori pudiera parecer en una ópera tan popular, tan del gusto del público. Y más en un lugar como la ABAO, en el que, en función de sus posibilidades técnicas y económicas, las exigencias van a ser siempre mayores que en asociaciones más modestas. La anterior representación bilbaina, en 2013, me dejó absolutamente frío, con el gran dolor que me supuso que Inva Mula, a quien tenía muchas ganas de ver en vivo, me decepcionara de esa forma (mucha mejor impresión me dejó poco después como la Nedda de Pagliacci, afortunadamente). En el tiempo en el que ha transcurrido desde esa primera representación de “La Boheme” que vi en ABAO, no hemos tenido ocasión de ver ninguna ópera de Wagner, sólo una de Strauss (Salomé), nada de ópera eslava y sólo un Mozart, “Don Giovanni”. Y, aún así, se opta por repetir el título de siempre, con el riesgo que esto supone para el verdadero aficionado a la ópera.

Y es ahora cuando me toca dejar libre esa sinceridad a veces incómoda: ABAO-OLBE, esta vez sí, lo ha conseguido. Nos ha regalado una magnífica y emocionante función de “La Boheme”.

Como ya me he enrollado demasiado, vamos ya a comentar la función, en lazando como siempre la página de la  producción.

La escenografía de Francesco Zito era razonablemente tradicional, siendo lo mejor el segundo acto. Quizá esas vigas metálicas en la buhardilla de los bohemios del primer y cuarto acto me trasladaran del barrio latino a una arquitectura más industrial, lo que en mi opinión le restaba romanticismo a la escena, pero es una apreciación meramente personal. Mario Pontiggia firma una correcta dirección artística, sacando partido a las escenas, casi de comedia, de los cuatro bohemios, o al enorme conjunto del Café Momus.

La Orquesta Sinfónica de Euskadi, en su regreso a la temporada de ABAO, sonó como nunca antes la había escuchado (ni en ópera ni en repertorio sinfónico). Cabría pensar que fue un milagro si no se conoce a Pedro Halffter, que llevaba la batuta. Experto pucciniano como ya hemos tenido ocasión de escuchar en su “Manon Lescaut” bilbaina (o allá por 2009 en la mágica “La fanciulla del West” que ofreció en Sevilla), no sólo escuchamos a un hábil concertador (pese a algún desajuste puntual en el dúo de Mimì y Marcello del tercer acto), sino que la orquesta, con esa rica y colorista orquestación tan innovadora en la época y que marcará el rumbo posterior de Puccini (que alcanzará sus cumbres en la citada Fanciulla y en la magistral “Turandot”) adquirió un protagonismo inusitado, con unos rubatos casi mágicos- Con unas cuerdas en estado de gracia, unos metales cálidos (y, por encima de todo, afinados), unas maderas atinadas y una percusión precisa, hubo momentos absolutamente mágicos, como ese preludio orquestal al “Sono andati”, que dejaba la carne de gallina. De hecho, me atrevería a decir que el público fue injusto con Halffter durante los saludos, ya que no se escuchó ni un solo Bravo, y fue quizá quien más se los merecía.

El Coro estuvo siempre acertado en sus participaciones, tanto en el tercer acto como, en especial, en el complicado segundo acto, en esa sucesión de escenas, casi de viñetas, que se suceden una tras otra con diferentes personajes en cada caso. Buena labor igualmente la del coro infantil de la Sociedad Coral de Bilbao.

Vamos ya con los solistas. Fernando Latorre asumía, sorprendentemente, los papeles cómicos de Alcindoro y Benoît. Y si bien en el caso de éste último recurrió a comicidades, gallos a posta incluidos, su Alcindoro fue mucho más serio, mucho más comedido de lo habitual. De hecho, apenas se movía de la silla en la que se pasó sentado casi todo el segundo acto. Quizá ello le restó posibilidades de lucimiento cómico, pero ofreció en todo caso una visión interesante del personaje, siempre cantado con corrección.

Correcto fue igualmente el Schaunard de David Menéndez, destacando como intérprete tanto el las partes más cómicas como en las más dramáticas, estando vocalmente siempre solvente, aunque quizá algo escaso de volumen en el primer acto.

Grata sorpresa el Colline del polaco Krzysztof Baczyk, nombre a recordar (si es que es posible, con esta grafía tan complicada), que cantó con gusto y una voz rotunda y redonda, sabiendo sacar partido de su breve aria “Vecchia zimarra”.

Jessica Nuccio fue una Musetta escénicamente irreprochable, si bien vocalmente destacó más en las partes más dramáticas del cuarto acto. Al resto de sus intervenciones les faltó más chispa (Su vals quedó un poco pobre), y en el cuarteto final del tecer acto, si visualmente la atención se iba a Marcello y ella frente a las dos estatuas de sal de Rodolfo y Mimì, Arteta e Ilincai se los comieron vocalmente.

Algo similar le ocurría al Marcello de Artur Rucinski. Irreprochable como actor, vocalmente se quedaba más justito, con una voz no especialmente bella, sin cuerpo, con volumen bastante reducido. Consiguió dar una buena réplica a Ilincai en esa maravilla que es el “O Mimì, tu più non torni”, pero en el dúo con Mimì del tercer acto desapareció ante el torrente vocal de Arteta.Y en el segundo acto, frases como ese “Gioventù mia” pasaron casi completamente desapercibidas por la falta de cuerpo de su voz

Era a priori una buena noticia contar con el Rodolfo del tenor rumano Teodor Ilincai, a quien hace unos años tuvimos ocasión de escuchar en Donostia una “Tosca” de nuevo junto a Arteta. La voz tiene un timbre bello, un agudo fácil y un buen volumen. Pero su Rodolfo fue algo irregular: en los dos primeros actos, la zona central y de paso no estaba bien resuelta, el sonido no salía liberado y a menudo oscurecía el timbre, frente a un agudo mucho mejor resuelto, aunque el Do de “la speranza” fuera demasiado breve. Se esforzó por matizar, lo que es siempre de agradecer. En el tercer y el cuarto acto, su rendimiento fue mucho mejor, en todo caso, siendo un digno partenaire de Arteta. Por destacar algo, el dúo-terzetto del tercer acto y el ya citado “Oh MImì, tu più non torni”, podrían encontrarse entre los mejores momentos de una interpretación de muy buen nivel.

Ainhoa Arteta se hacía cargo de la protagonista Mimì. Y quizá sufre el mismo problema que tenía la Tebaldi en su grabación del 58 que mencionaba al comienzo: la voz en este momento de su carrera es demasiado grande, demasiado spinto, para los primeros actos de la ópera. Y eso se notaba en sus constantes esfuerzos por adelgazar la voz, en los recursos constantes a un piano que le obligaba a abusar del vibrato. Lo que no quita que en ese climax del “Si, mi chiamano Mimì” alcanzara la extraordinarias cotas de calidad a las que nos tiene acostumbrada. la gran actriz seguía siempre ahí, con esa inteligencia que tiene a la hora de “decir” tantas y tantas frases. Pero su Mimì se destapó del todo en el tercer acto: brutal, desgarrador su dúo con Marcello, al igual que sus intervenciones en el trío posterior. Al concluir un “D’onde lieta uscì” que fue pura magia, no pude evitar que un lagrimón me cayera del ojo. Con ella es imposible no empatizar con su Mimì. Llegada al cuarto acto, su voz iba muriendo con el personaje de forma absolutamente magistral. Su “Sono andati” fue igualmente magnífico, y si bien el vibrato en el registro agudo resulta preocupante, en ese momento poco importaba, su interpretación te hacía ignorar cualquier objeción vocal que se le pudiera poner. Llegó incluso a contagiar su tuberculosis a un público que empezó a toser a lo loco en dicho dúo…

Éxito de público, como demostraron los aplausos y braveos. Esa era la parte fácil. ¿Éxito a nivel musical? Esa es la parte complicada, pero la que importa a quien escribe estas líneas. Con el presupuesto que maneja ABAO-OLBE, se puede correr el riesgo de buscar a figuras mediáticas, a “divas”, para encargar a Mimì. Pero probablemente ninguna de ellas estaría al nivel de Arteta. El acierto, en esta ocasión, de ABAO, ha sido saber buscar a una pareja protagonista de gran nivel, y de acompañarlos por una batuta que más que batuta parecería la varita mágica de Harry Potter. Arteta, Halffter e incluso Ilincai fueron los que consiguieron regalarnos una noche mágica, con una ópera tan manida que ya se corre el riesgo de aburrir con ella. No fue el caso, ayer escuchamos una Boheme nueva, una Boheme real, una Boheme con la que meternos en la piel de Rodolfo y de Mimì, una Boheme con la que volver a sentir la pasión que sentimos cuando descubrimos la ópera, con la que volver a enamorarnos. No creo que el camino que deba seguir ABAO sea el de arriesgar lo menos posible en repertorio y repetir cada pocos años los mismos títulos de siempre, porque el milagro no se produce demasiadas veces. Pero, por suerte para todos, ayer sí se produjo el milagro. Seguro que, si Puccini hubiera tenido ocasión de escuchar estas funciones, se sentiría orgulloso.



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.