Crónica: La Cenerentola de Opus Lírica en Donostia (10-05-2017)


Con esta “La Cenerentola” de Gioacchino Rossini termina la primera temporada (mini-temporada) de ópera que Opus Lírica ha conseguido programar en Donostia. Pese al mínimo (si acaso existente) apoyo institucional y los obvios quebraderos de cabeza económicos que suponen un proyecto tan ambicioso como montar una temporada de ópera en una ciudad que llevaba  décadas sin tenerla, las 3 óperas que han formado esta primera temporada han resultado del todo dignas, con sus coas buenas y sus coas malas, como siempre, pero que, teniendo en cuenta las posibilidades, han resultado siempre globalmente más que satisfactorias.




Ya hemos dicho que la temporada se cerraba con “La Cenerentola”, ópera de la que este año se cumplía el 200º aniversario de su estreno (por ello le dedicamos este post). Opus Lírica ha cometido el error de programar una ópera que se había programado medio año antes en Bilbao, en la ABAO. Por suerte para ellos, las funciones bilbainas resultaron ser un fracaso, en especial tras la cancelación de Javier Camarena. Y es que Opus Lírica contaba con un as en la manga: pese a no tener cantantes de relumbrón, sino en algunos casos jóvenes promesas del panorama lírico peninsular, las representaciones en un espacio tan íntimo como el Teatro Victoria Eugenia favorecían que las voces llegaran hasta el último rincón del teatro(y, como de costumbre, quien esto escribe estaba arriba del todo), algo que en el enorme espacio del Euskalduna (y con su pésima acústica) no sucedió. ¿Fue musicalmente superior esa Cenerentola a la de Bilbao? No lo sé, la de Bilbao apenas pude oírla, y esta sí. Punto a favor de la capital giputxi; este derby lo hemos ganado.

Antes de entrar en detalles dejo como siempre un enlace a la producción.

La escenografía de Franco Armieri ha sido seguramente la mejor que hemos visto hasta ahora en las producciones de Opus Lírica (bueno, en las 6 de las 7 que he visto, ya que me faltó “Il barbiere di Siviglia”). Cada escenario tenía una escenografía distinta; la casa de Don Magnífico (la más rica en decorados y en colorido), el Palacio del Príncipe Ramiro, la escena final frente a una iglesia y una breve escena sin decorado, sólo con una carroza iluminada con luces led de gran belleza (mismo recurso de luces se utilizó con dos arbolitos en la escena final, acentuando el tono plateado de la escena con el vestuario y las pelucas). Correcta iluminación, bien el vestuario (aunque quizá no encajaba demasiado el vestuario militar decimonónico del coro con las pelucas del siglo XVIII), lo peor eran las barbas de Ramiro y Dandini (¿desde cuándo en esa época se llevaba barba? Cuánto daño está haciendo el hipsterismo en la ópera… ¡me dan un poquito de cera de depilar y verán qué rápido lo arreglo todo!). En todo caso, el que peor parado salía del vestuario era Dandini, convertido en un petimetre más hortera que elegante, frente a un Ramiro con mucho más estilo incluso cuando hace de escudero. La dirección escénica de Paolo Panizza fue en general un acierto (aunque es difícil saber cuánto fue por su labor y cuánto por el talento cómico de los intérpretes), con algunos gags realmente interesantes (del duelo con pistolas entre Dandini y Don Magnifico o la pelea de las hermanastras por el ramo de novia de Angelina, que cumplieron con su función: provocar las carcajadas del público).

Eduardo Portal dirigía la Orquesta Sinfónica de Musikene, el conservatorio superior de música de Donostia. La orquesta respondió con solvencia (y más si tenemos en cuenta que son estudiantes), mejor las cuerdas que los vientos en la obertura, mejorando en general a lo largo de la función, aunque en algún momento el flautín se hizo demasiado presente. La dirección de Eduardo Portal fue un tanto errática: una obertura sin el suficiente brillo, con mejores resultados en la escena orquestal de la tormenta, mucho mejor conseguida. Los tempos elegidos fueron un tanto discutibles, algunos demasiado lentos (el aria de Ramiro) y otros un tanto precipitados, como en el concertante final del primer acto (uno de los momentos más brillantes de La Cenerentola), en el que cantantes y coro se atropellaban cantando. En todo caso, el acompañamiento fue adecuado a nivel de volumen, sin tapar las voces.

El coro Tempus Ensemble (o la sección masculina de éste, ya que La Cenerentola no necesita coro femenino) respondió con corrección, jugando con los matices de volumen que exige la partitura, aunque hubo también algún momento en el que la orquesta iba por un lado y el coro por otro.

Hubo participación de unas bailarinas de la Escuela Municipal de Música y Danza, que ejercieron más de figurantes que de otra cosa, ya que las pocas escenas de baile tampoco decían mucho, salvo quizá el concertante final del primer acto, en el que solistas y coro se unían en un nervioso bailecito escénicamente eficaz.

Vamos con los solistas, y comenzamos con las hermanastras, Haizea Muñoz como Clorinda y Lucía Gómez como Tisbe. Bien interpretativamente en dos papeles que dan bastante juego cómico, vocalmente se complementaron a la perfección y se hicieron oír. Mención especial para Haizea Muñoz, que es la soprano de la ópera y por tanto la que tiene la ingrata labor de dar las notas más agudas en las escenas de conjunto que, si no se oyen, deja esos conjuntos demasiado pobres; si hoz oír sin problemas y dio las notas más agudas sin mucho problema.

Quizá el punto más negativo de la noche fuera el Alidoro de Alberto Zanetti. Demasiado joven para el papel (algo que se nota escénicamente, no hablemos ya vocalmente), respondía bien en las escenas de conjunto (quinteto del primer acto, o su entrada en el concertante final del primer acto), con gracia e ironía, aunque a su voz le falte una mayor rotundidad. Pero el problema vino con el aria “La nel ciel”, mi parte favorita de toda La Cenerentola. La diferencia de color entre los diferentes registros era muy evidente, y si bien la zona centro-grave tenía calidad, los agudos sonaban a menudo entubados, pálidos, cuando no directamente desafinados, salvo que la partitura rossiniana le permitiera prepararlos muy bien, algo que sucede poco en una partitura tan llena de saltos. Es cierto que el aria es demasiado compleja para un personaje secundario como es Alidoro y que pocas veces se ha cantado como es debido, pero no por ello deja de ser una pena que no pudiéramos disfrutar de una mejor versión de esta maravilla.

Don Magnifico, el padrastro desagradable de La Cenerentola, lo cantaba el bajo Salvatore Salvaggio. Escénicamente irreprochable, con una comicidad innata, vocalmente resolvía el papel con solvencia, sin problemas de tesitura, aunque quizá sí de peso vocal, de autoridad, con frases que sonaban demasiado suaves, en especial al final de su tercer aria (tal vez a causa de cierta asfixia tras el sillabatto a toda velocidad). Correcto en el sillabatto, quizá su mayor defecto fuera un canto poco elegante, algo tosco… aunque claro, Don Magnifico no es el sumun del refinamiento.

Borja Quiza supo a poco con su Dandini. Cantó el “Come un ape”, difícil aria en la que no recurrió a recursos cómicos para disimular incapacidades de cantar en legato como hacen tantos barítonos bufos. Él no es un barítono bufo, y eso se notó en las pocas frases en las que podía lucir su legato, en un personaje con una escritura tan llena de saltos, picados y sillabatos. Hizo alguna trampilla para evitar los momentos de coloratura más peliagudos del aria, pero resolvió el papel con corrección y con mucha gracia escénica. Fue de los que mejor supo aprovechar los recitativos.

Jorge Franco fue para mí una sorpresa como Don Ramiro; recordaba su participación en el pasado “Don Pasquale” que abrió esta temporada de Opus Lírica, en el que me dejó bastante mal sabor, y esta vez en cambio los resultados han sido mucho mejores, con una voz mejor proyectada, que se hacía oír incluso en las escenas de conjunto, y una considerable capacidad en las coloraturas. Muy bien en su dúo con Angelina del primer acto, peor le fueron las cosas en su aria “Si, ritrovarla io giuro”, con esos agudos sin preparar, saltados (es una página realmente difícil del cano rossiniano), que en su caso sonaron opacos, sin brillo, siendo el agudo final apenas audible. Pero al margen de los agudos, su rendimiento fue solvente, y sin duda muy superior al del Don Pasquale mencionado.

Debutaba con Angelina, La Cenerentola del título, la mezzo gipuzkoana Marifé Nogales, más asidua a papeles de comprimaria (como en la pasada Carmen). En su caso también lo peor fueron los agudos, no por poco audibles, sino por sonar un tanto apurados, frente a un centro-grave de gran belleza tímbrica, ya que es la suya una voz muy cálida. Sin problemas con las coloraturas, superó las escalas descendentes de su rondò final “Non più mesta”, sin improvisaciones en la repetición que le permitieron lucir mayores facultades vocales (ya le exigía bastante cantar lo que estaba escrito), pero tampoco haciendo trampa con improvisaciones más sencillas que le ayudaran a esquivar las dificultades de la partitura. Salió impecable de semejante prueba de fuego, y esperemos poder volver a disfrutar pronto de su voz.

Pues eso, con esta La Cenerentola termina la primera temporada de Opus Lírica, y ahora estamos a la espera de lo que nos traerá la siguiente. Por ahora, si se mantiene más o menos la calidad musical que hemos estado teniendo, podemos darnos por satisfechos. Ya tendremos tiempo de pedir más conforme pase el tiempo; ahora nos toca ser justos dadas las circunstancias, y demasiado bien sale todo para lo que cabría esperar. Y yo, mientras, orgulloso de ver estos incipientes pasos para poder volver a tener lo que alguien nos quitó durante el franquismo y nadie más ha querido recuperar hasta ahora: una temporada de ópera de calidad, estable y con repertorio razonablemente amplio. Poco a poco lo recuperaremos, estoy seguro.



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.