Crónica: La Traviata de Opus Lirica en Donostia


Lejos quedan aquellos años en los que en Donostia se podía disfrutar de temporadas de ópera estables y de calidad, como aquella vez en 1959 en la que en el Victoria Eugenia se representó un Elissir d’amore en el que el Nemorino lo cantaba (por primera vez en su carrera) el gran Carlo Bergonzi. A día de hoy nos suena a un sueño, ya que fuera de la quincena musical es prácticamente imposible ver ópera en nuestra ciudad. Por eso hay que valorar tanto los esfuerzos que está haciendo Opus Lirica para devolver la ópera a Donostia, y a la vista de los resultados de esta “La Traviata” (lleno absoluto del Kursaal, con sus casi 1800 plazas, el viernes, el día que fui yo, y por lo visto resultados similares en la segunda función, el domingo) se podría esperar que esta triste situación cambie.




Lo cierto es que, pese a que tiene ya unos poquitos años de existencia (he estado en dos producciones suyas, aquel Elissir d’amore en el que había más butacas libres que ocupadas y un Rigoletto), todavía se nota que hay muchas cosas que mejorar. Los subtitulados fueron bastante desastrosos, conseguir un programa de mano era misión imposible… incluso el telón comenzó a cerrarse cuando el elenco estaba todavía saludando. Se necesita tiempo y rodaje para ir mejorando estos aspectos y dar una mejor imagen. Pero no hay que olvidar que tampoco tienen muchos medios, por lo que esta La Traviata resultó satisfactoria, aunque por momentos dejaba un sabor de “hay más buenas intenciones que medios para conseguirlo”.

Lo primero, dejo un enlace con el reparto de las funciones.

Pese a la juventud de la asociación, cuenta ya con orquesta y coro propios. El coro (que dirige Jagoba Fadrique, quien además interpretaba al Dottore Grenvil) sonó para mi sorpresa más que correctamente (salvo quizá en el carnaval del 3º acto, que es complicadito). En el caso de la orquesta se notó un poco ese quiero y no puedo por parte de las buenas intenciones del director, Andrea Albertin, quien se esforzó por sacar matices e incluso algún interesante rubato en el preludio, aunque la orquesta no siempre respondía del todo bien. En todo caso, pese a los ritmos para mi gusto demasiado rápidos (tanto en el preludio como en el aria del barítono, por ejemplo), cumplieron con su cometido y pudimos escuchar una La Traviata perfectamente reconocible en todo momento.

Sobre los comprimarios, empiezo por ellos. No me gustó nada el Marquis d’Obigny de Iosu Yeregui; bueno, en realidad no me gustó su voz, directamente. Mejor el Douphol de Rubén Ramada, aunque la emisión era también mejorable. El Gastone de Igor Peral me sonaba un poco engolado, pero bien resuelto. Y sobre el Grenvil de Jagoba Fadrique, sólo ponerle un pero: Grevil es bajo, y Fadrique es barítono; el timbre no pegaba. Pero tanto vocal como interpretativamente fue muy satisfactorio.

Sobre ellas, muy bien tanto la Flora de Ainhoa Zubillaga (se notaba una voz lo suficientemente rotunda como para pedir un papel de más enjundia) como la Annina de Haizea Muñoz. Un acierto en ambos casos, en mi opinión.

Como Giorgio Germont a priori parecía un lujazo contar con el casi mítico barítono italiano Paolo Gavanelli. Pero ni en sus buenos años Gavanelli fue realmente un gran barítono (otra cosa es que en esos años no hubiera mucha competencia), y además esos buenos años ya se fueron. No hay duda de su presencia escénica, de la proyección de su voz o de su saber hacer. El problema es que su voz no sonaba muy bien cuando cantaba en forte, y al irse a los extremos, sobre todo a un agudo ya casi inexistente, salían los “ladridos”. Cuando apianaba su voz sonaba mucho mejor, y creo que él mismo era consciente de ello, porque apianó frases que quizá debiera haber cantando con más potencia. Por lo demás, la dirección escénica hizo su Germont un tanto demasiado fiero para mi gusto.

Alfredo Germont lo cantaba el joven tenor italiano Matteo Mezzaro. Y lo suyo fue lo opuesto a Gavanelli: la voz sonaba fresca, bella, sin problemas de tesitura (pese a no irse al sobreagudo al final de la caballetta, que al igual que en el caso de la del barítono, no fue repetida, cosa que me parece imperdonable), pero que tiene que madurar. Su canto era un tanto monótono, siempre tendiendo al forte, con pocos pianísimos (salvo en algunos momentos del “Parigi, o cara”, por ejemplo). Y sobre su proyección, la prueba de fuego: pese a que su voz sonó potente en todo momento, en el concertante del final del segundo acto (mi escena favorita de la ópera), con todo el coro cantando, se oía perfectamente a Ainhoa Garmendia y a Paolo Gavanelli, pero no a Mezzaro. Ahí su voz desaparecía. Pero bueno, ya tendrá tiempo de madurar, y por lo menos su Alfredo resultó creíble.

El papel protagonista, Violetta Valery, La Traviata (en realidad la strabiata, la perdida) lo interpretó Ainhoa Garmendia. Mi valoración global de su trabajo es un 9. No llega al 10 por algunos agudos mal colocados en el “Un dì, felice, eterea”, por lo apuradísimo de su Mib sobreagudo al final de la caballetta del 1º acto y por el poco volumen con el que sonó su “Amami, Alfredo”. A cambio de esas menudencias, nos regaló momentos de una enorme belleza, como el “Dite alla giovine” o su segunda aria, “Addio del passato” (un aria que conste que me aburre bastante) con un canto en piano y un buen gusto que se agradecieron enormemente. Las anteriores veces que la he visto en directo (Susanna en Le nozze di Figaro y Amina en L’elissir d’amore) fueron en papeles de soprano más bien ligera, pero en esta La Traviata he visto a una soprano más bien lírica (aunque de voz más bien pequeña) que, sinceramente, me apetece escuchar en papeles como Mimì o, sobre todo, Liù. Algo me dice que tiene que ser una experiencia casi mágica…

La escenografía fue sencilla, teniendo en cuenta las enormes limitaciones de espacio del Kursaal, pero efectiva. En la escena en casa de Flora se incluyó un pequeño ballet con las gitanas y los toreros que no sé si tenía mucho sentido, pero que tampoco estorbaba.

La verdad es que, pese a mis reticencias previas, disfruté como un enano (por algo La Traviata es mi ópera verdiana favorita). El público respondió con prolongados aplausos y bravos, dejando claro que el resultado era satisfactorio para la variopinta audiencia (desde franceses hasta no pocos jóvenes, cosa rara de ver pero que se agradece mucho). Yo desde luego vi futuro para la ópera en Donostia, y si el resultado resulta tan satisfactorio como este, será además un placer acompañar a los miembros de Opus Lirica en su titánica lucha por devolvernos la ópera en Donostia.



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