Crónica: Le nozze di Figaro en Quincena Musical (13-08-2017)


Volvía la ópera escenificada a la Quincena (que no a Donostia) después de que el año pasado nos hubiéramos quedado sin ella. Poca originalidad en la elección: si el año paso de ofreció el “Don Giovanni” de Mozart”, este se representaba otra ópera del salzburgués, “Le nozze di Figaro” (ópera mucho más interesante en mi opinión). En los años que llevo como abonado de la Quincena Musical Donostiarra, creo que Mozart ha sido el compositor del que más óperas se han representado (he visto además Flauta y Rapto). No pensaba yo que el público donostiarra fuera tan adicto a Mozart, pero lo cierto es que el Kursaal se veía lleno a rebosar. De un público, eso sí, ruidoso hasta el horror: desde móviles sonando hasta objetos cayendo y los odiosos envoltorios de caramelos abriéndose lo más lentamente posible para que el ruido se prolongue eternamente, sin contar con la sección de pneumología del hospital, que se hizo notar ayer de una forma notablemente escandalosa.




Antes de nada un comentario: estamos en plena Semana Grande Donostiarra, y ya sabemos que la tradición manda que a las 10:45 hay que estar en algún buen lugar para poder ver el concurso internacional de fuegos artificiales; como mínimo, en la zona del Hotel Londres o en el puerto, y mejor aún en la playa de la Concha. Se anunció que la ópera acababa a las 10:30, aunque según la duración que especificaba en el programa de mano debería haber acabado a las 10:15. Con media hora todavía da tiempo a llegar a un buen sitio; con 15 minutos, como no corras, imposible. Pues bien, ayer salimos a las 10:45. Imposible moverse. Tocaba ver los fuegos desde el mismo Kursaal. No entiendo la obsesión de la Quincena por programar la ópera siempre durante la semana grande y luego andar tan apurados (el público empezaba a levantarse y salir corriendo en cuanto terminaron los últimos acordes).

Vamos ya con lo que importa, la función de ayer (la primera de las dos previstas). Y, antes de nada, dejamos un enlace con la producción.

La escenografía de Dante Ferretti y Francesca Lo Schiavo era sencilla pero efectiva para la poca capacidad que tiene el escenario del Kursaal. El vestuario de Mauricio Galante era adecuado en formas pero no en color, con ese abuso de rosas y rojos que se contagiaba incluso a las pelucas, que deberían ser invariablemente blancas. La dirección escénica de Giorgio Ferrara brilló por su ausencia: ignorancia absoluta de las indicaciones del libreto, sosez, todo parecía funcionar gracias a las dotes artísticas del reparto más que a la dirección, salvo algún momento más afortunadamente resuelto, como la huida de Cherubino saltando del balcón, saltando en este caso del escenario al patio de butacas.

La Orquesta Sinfónica de Euskadi sonó bien, aunque con algún desajuste en la obertura, donde maderas y metales se hicieron oír demasiado por encima de los chelos. La dirección orquestal de la taiwanesa Yi-Chen Lin pecó de irregular: tras un inicio de obertura brillante, la segunda parte se hizo tan pesada como una marcha de elefantes. Y algo similar ocurrió en el resto de la ópera: momentos afortunados y otros (demasiados) en los que faltaba esa chispa inherente a la genial partitura de Mozart.

La participación del coro Easo fue anecdótica, y eché de menos una mayor cantidad de coristas, ya que el “Amanti costanti” se me quedó bastante pobre. La inclusión de 4 bailarines me pareció un sinsentido que no aportaba nada.

Vamos ya con el reparto.

Correcto el Don Curzio de Gerardo López, recurriendo a tartamudeos y tics cómicos tan frecuentemente asociados al personaje. Rudo vocalmente el Antonio de Fernando Latorre, ajeno al canto mozartino incluso en un papel ya de por sí rudo como este.

Al Don Basilio de Juan Antonio Sanabria le cortaron el aria del 4º acto (algo siempre imperdonable), por lo que es difícil calificarlo. Lo encontré solvente en el trío-cuarteto del primer acto. Muy justita la pareja formada por el Don Bartolo de Valeriano Lanchas y la Marzellina de Marina Rodríguez-Cusí. Él demostró nula capacidad de sillabatto en su aria del primer acto, a parte de tener una dicción italiana bastante incomprensible, y vocalmente no dijo nada. La voz de ella sonaba completamente agotada, y quizá agradeció no cantar su aria del cuarto acto.

Grata sorpresa la Barbarina de Belén Roig: con una presencia fresca y joven, su voz era perfecta para el personaje y cantó con solvencia y gusto sí pequeña aria del cuarto acto, que en este caso afortunadamente no fue cortada.

Desigual el Cherubino de Clara Mouriz: escénicamente era perfecto, dando vida al adolescente hormonado y casi hiperactivo con absoluta credibilidad. Vocalmente la cosa no fue tan bien: el timbre es perfecto para el papel, pero sus dos maravillosas arias no fueron satisfactorias: en el “Non so piú” se le vio incómoda en los agudos, mientras en el “Voi che sapete” un exceso de vibrato perjudicó la línea de canto. Mejor en el resto de sus intervenciones, que son pocas y mucho menos comprometidas, además de lucir sus dotes como actriz en los recitativos.

El papel de Susanna corría a cargo de Katerina Tretyakova. Tardó en calentar la voz, pero una vez lo consiguió demostró su capacidad canora y un timbre bello y fresco. En el aria “Deh vieni, non tardar” abusó de portamentos, pero en general su participación fue notable, en especial en los dos últimos actos.

El Conde de Lucas Meachem no apuntaba maneras al principio, ya que la voz, grande y de bello timbre, no sonaba flexible, pero de nuevo, tras calentar la voz, la cosa mejoró, logrando superar con nota esa prueba de fuego que es el aria “Vedró mentr’io suspiro”, justamente recompensada por los aplausos del público.

Carmela Remigio, que cantaba la parte de la Condesa, comenzó también más bien floja en un “Porgi amor” demasiado vibrado y sin gracia, mejorando a medida que avanzaba la ópera hasta cantar un solvente “Dove sono” y destacar en los números de conjunto.

El mejor de la noche fue sin duda el Figaro de Simón Orfila, mucho mejor que en su reciente Leporello en Bilbao. En la línea de los Figaros con voz de bajo como Siepi o Ramey, fue quien mejor comenzó la función, sin necesidad de calentar la voz. Divertido como actor, abusó un tanto del canto en forte, pero supo matizar en una magnífica “Aprite un po’ quegl’occhi”, de lo mejor de la noche.

En resumen, si la primera mitad de este “Le nozze di Figaro” sobrevivió gracias a la música de Mozart, la segunda remontó el vuelo, con buenos momentos musicales. Prueba superada un poco por los pelos. Mejor que muchas de las últimas óperas que non han ofrecido en la Quincena (salvo la espectacular “Tosca” de hace dos años), pero todavía esperamos más, tanto en nivel como en “riesgo” en el repertorio.



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