Crónica: Nabucco en Fundación Baluarte de Pamplona


Reconozcámoslo: un Nabucco de Verdi siempre apetece. No sé, igual es que a mí me gusta mucho ese Verdi chimpunero, de fanfarrias y platillos, pero es que, tras dos óperas más bien flojuchas, Oberto y Un giorno di regno (muy lejos de la calidad de las obras maestras de Bellini y Donizetti), Verdi encuentra con su tercera ópera su estilo propio y ese enorme talento que ira mejorando con el tiempo, cierto, pero que ya en este Nabucco demuestra que con su poca experiencia, cuando hay inspiración, se pueden hacer maravillas. Y así serían sus siguientes años, en los que combinaría obras llenas de inspiración (Ernani, I due Foscari, Attila, I Masnadieri, Luisa Miller y, sobre todo, Macbeth… yo incluiría Stiffelio en la lista, por cierto) con otras de puro trámite, flojitas (Giovanna d’Arco, Il Corsaro…), hasta que llegara con su trilogía popular al más alto nivel, del que luego apenas bajaría.




Tengo gafe por lo visto cada vez que voy a Pamplona a algún concierto: bueno, ayer en el camino llovía, aunque ni comparación con aquel recital de Roberto Alagna, hace años ya, en el que conduciendo no veía ni 5 metros por delante gracias al chaparrón que caía… vamos, que da bastante pereza salir de casa, tener por delante una hora de viaje conduciendo y meterte en el caos circulatorio de la capital navarra (no me gusta nada conducir por Pamplona, la verdad) para encima llegar justo justo a tiempo para coger una entrada (y encontrarme con que las más baratas estaban encima agotadas… cuando así de casa todavía quedaban unas cuantas… mala noticia para mí, buena para la ópera, en todo caso) y sentarme a ver lo que me iban a ofrecer.

No es Nabucco (cuyo argumento repasamos en este post) una ópera fácil de montar para agrupaciones que cuentan con medios más bien modestos; requiere un grupo de solistas de muy alto nivel que no están desde luego al alcance de teatros de menor categoría (lo que es el caso, nos guste o no asumirlo), así que conseguir un resultado, digamos de alguna forma, “digno”, no es tarea fácil; esto no es “La Traviata”, “La Boheme” o “L’elissir d’amore”, óperas más fáciles de montar. Y al comienzo de la función, me temí que el resultado no fuera a ser digno. Por suerte, esas primeras impresiones fueron equivocadas, por lo menos en parte.

Antes de nada, dejamos un enlace de la producción.

La escenografía era muy sencilla: quizá lo más eficaz fuera esa cortina trasera que emulaba las dos tablas de la ley, que se abría en el momento en el que Nabucco hace su primera aparición en el templo de Jerusalén. Apenas había más elementos en esa escenografía: unas sillas que salían por los aires al comienzo del tercer acto y algunos elementos de influencia asiria (Nabucco es rey de Babilonia, pero el libreto juega con una falsa ambigüedad ya que a menudo se refiere a él como rey de Asiria, siendo esta afirmación totalmente errónea, ya que fue el propio padre de Nabucodonosor, Nabopolasar, el artífice de la caída y fin del Imperio Nuevo Asirio, dando lugar al Imperio Neobabilónico). El vestuario era actual, pero no se sugería ninguna metáfora o reinterpretación de la historia. Buen trabajo de iluminación (magnífico el comienzo del “Va, pensiero”) y correcta dirección de actores (a cargo de Emilio Sagi), con una muy bien resuelta escena final del segundo acto, cuando dios castiga a Nabucco por su soberbia y le arrebata la corona.

La orquesta sinfónica de Navarra fue uno de los puntos más grises de la noche; bueno, en realidad no fue culpa de la orquesta, que sonar sonó bien, sino de su director, Gianluca Marcianò, aburrido, sin chispa ni gracia. La introducción de la obertura fue excesivamente rápida, para luego aburrir con la lentitud de los acordes finales del “Salgon già”, por ejemplo. La orquesta no puede aburrir en una ópera como esta, y por desgracia lo hizo. Y, para colmo, en numerosos momentos tapaba a los cantantes.

El Orfeón Pamplonés tenía la complicada tarea de sacar adelante la extensa y magnífica parte coral de esta ópera. Ya desde el mismo comienzo se escuchó un coro bien conjuntado, de agudos penetrantes, bien conjuntado… el “Va, pensiero”, quizá la parte más famosa del aria, fue casi perfecto (lo que ya de por sí hace que merezca la pena haber ido a la función), y el “Immenso Jehovah” simplemente escalofriante. Bravo por ellos, un magnífico trabajo del coro.

Pasamos a los solistas. De los comprimarios, mejor la Anna de Sara Rossini y el Abdallo de Jorge Rodríguez-Norton que el Gran Sacerdote babilonio de Miguel Ángel Zapater, de voz cada vez más ajada.

La Fenena fue cantada por la mezzo María Luisa Corbacho, de voz bella y capaz de sacar adelante un papel que tampoco es especialmente complicado. Muy bien resuelta su aria del 4º acto, cantada para colmo encima de una silla y con la soga de la horca al cuello (y yo mientras temblando… como la silla se rompa o se caiga, vamos a tener problemas…). No es Fenena un papel que, mal cantado te estropee la ópera, pero su labor fue más que digna.

Mal, en cambio, el Ismaele de Enrique Ferrer; el centro sonaba más o menos correcto, pero la zona aguda sonaba pálida, sin squillo, inaudible en las escenas con el coro. En todo caso, de nuevo, no es el personaje de Ismaele el que te estropea la ópera.

Y es que en Nabucco hay tres personajes de gran nivel vocal que, o son bien resueltos, o esos sí que te estropean la función. Y ahí he de decir que, en mi opinión, dos de ellos salvaron los papeles… el tercero ya no tanto.

Ese tercero era el bajo, Ismaele, vocalmente quizá el más interesante de todos los personajes de la ópera, cantado por Ernesto Morillo. Su primera intervención, ese “Freno al timor” fue muy flojito, con una voz muy desigual en los registros, tremolante… en un pasaje tan jugoso (con esa bellísima aria y la espectacular caballetta posterior) quedó muy gris. Su aria del III acto (justo tras el Va, pensiero), “Del futuro nel buio discerno” mejoró, pero su mejor momento fue, sin duda, su plegaria del acto segundo, “Tu sul labbro dei veggenti”, cantada con mucho gusto, a media voz. Fue ese momento el que más le acercó al aprobado.

Abigaile es un papel temible para cualquier soprano, y Maribel Ortega se enfrentó a él con valentía, con unos agudos potentes, capacidad de coloratura y buenos cambios de registro. Muy bien cantada su aria “Anch’io dischiuso un giorno” y la temible caballetta “Salgon già del trono aurato”, aunque su mejor momento quizá fuera su intervención del final de la ópera, ya moribunda, cantada con gusto, con voz bien modulada. Notable interpretación la suya.

El papel protagonista de Nabucco lo interpretaba el barítono Damiano Salerno. La voz sonaba bella, lírica, la técnica era correcta, se proyectaba bien, no forzaba para sonar más potente… a cambio, le faltaba la autoridad que demanda el personaje. A su “Chi mi toglie”, siempre cantado con corrección, le faltaba más garra, más potencia, igual que a la caballetta “O prodi miei, seguitemi”. Mucho más cómodo en un “Dio di Giuda” que me dejó muy buen sabor de boca. Como en todo, es cuestión de gustos, pero yo prefiero un Nabucco bien cantado aunque le falte un poco más de voz que un barítono que por sonar potente fuerza y es técnicamente reprochable. Así que teniendo en cuenta sus limitaciones vocales, fue un Nabucco muy satisfactorio.

Así que ahí volvía yo en coche a casa, cansado, con la sensación de haber estado en una función no memorable, desde luego, pero sí con algunos (varios) momentos que hicieron que mereciera la pena el desplazamiento. Que es lo que vale, a fin de cuentas.



Un comentario sobre “Crónica: Nabucco en Fundación Baluarte de Pamplona”

  1. Siempre tienen que aparecer los cartelitos que estropean una buena foto que refleja el espíritu que uno quiere transmitir, menos mal que en la opera el escenario no es así.

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