Crónica: Semiramide de Rossini en ABAO-OLBE (19-02-2019)

Fue una grata sorpresa durante la presentación de la presente temporada de ABAO-OLBE enterarme que se iba a representar la poco frecuente “Semiramide” de Rossini, una verdadera obra maestra lastrada por la dificultad canora de sus principales personajes, realmente terroríficos, y por su considerable duración, aquí recortada hasta los 190 minutos de música de los casi 240 de la partitura original. 

Después de los dos considerables fiascos rossinianos previos en ABAO (tanto el Barbero como la Cenerentola salieron bastante mal parados por la pésima acústica del Euskalduna, especialmente inadecuada para las pequeñas voces rossinianas), ABAO apostaba aquí por voces quizá no tan adecuadas al repertorio pero sí desde luego grandes, capaces de hacerse oír sin apenas problemas. Esto, claro está, tiene sus pros y sus contras: el pro, que no hay problemas para escuchar lo que cantan; el contra, que pueden tener problemas para afrontar la tremenda partitura. Y claro, pues pasó un poco ambas cosas, si bien musicalmente la función resultó razonablemente satisfactoria a nivel musical. 

Antes de comentar en detalle la función, dejamos como siempre un  enlace de la producción. 

Por desgracia, tanto la escenografía como el vestuario y la dirección escénica invitaban a cerra los ojos y disfrutar sólo de la música, ignorando lo que ocurría en escena. No entiendo la decisión de situar al coro en el foso de la orquesta; quizá los espectadores de patio de butacas puedan apreciar una diferencia del lugar del que proceden las voces, pero desde luego los que estábamos arriba no notábamos nada. Mientras tanto, un grupo de figurantes-bailarines o lo que fueran aparecían en el escenario en paños menores (si no fuera porque parecían más pañales que gayumbos, habría sido una buena ocasión para aumentar los ingresos haciendo publicidad de Calvin Klein) a los que no encontré el sentido. Una escenografía basada en unas plataformas móviles, con poco atrezzo (los espejos de la habitación de Semiramide, la columna sobre la que se asienta Oroe, cual si fuera un eremita…). La tumba de Nino era un horrendo ataud de cristal que se abría al final del primer acto, de forma bastante sórdida. Los cantantes permanecían estáticos demasiado tiempo. Y las caracterizaciones, horribles, con esa Semiramide todo el rato en un falso top-less, con unas tetas postizas realmente horrendas, y un Arsace que parecía más El Dioni de Camela que un guerrero asirio o babilonio. Habrá a quien le gusten estos trabajos del difunto Ronconi, pero desde luego no es mi caso. En una obra que permite una desbordante fantasía visual, me parece desaprovechar la ocasión de efectuar un trabajo vistoso, luminoso, bello, en vez de algo tan feista. 

La Orquesta Sinfónica de Bilbao respondió con solvencia a las indicaciones de Alessandro Vitiello, destacando la labor de las maderas, muy importante a lo largo de la obra, mientras la percusión llegó a hacerse oír demasiado en determinados momentos. La dirección de Vitiello pecó a menudo de tempos en exceso pausados, tal vez comprensibles en los acompañamientos de los solistas, pero no tanto en una obertura que jugó demasiado con los límites de tempo y sonó carente de chispa y tensión. Acompañando a los solistas fue en general adecuada, aunque hubo algunos momentos puntuales en los que habría sido conveniente moderar algo más el volumen. 

El coro de la ópera de Bilbao, con la comodidad de cantar desde el foso, sin necesidad de moverse por el escenario, cantó con el alto nivel al que nos está acostumbrando en las últimas funciones, aunque con una cierta tendencia al forte en toda la función, lo que quizá hizo más destacable su participación en la gran escena de Assur, donde sí que hubo un juego de matices mucho más interesante. 

De entre los comprimarios, David Sánchez cantó fuera de escena y con amplificación su fantasma del asesinado Rey Nino, y pese a todo la orquesta le tapó en algunos momentos de su breve intervención. Correcto en su breve papel el Mitrane de Josep Fadó. Itziar de Unda supo sacar partido a su pequeño papel de Azema, haciéndose oír en el terrible Euskalduna y cantando con gusto, pero claro, en un papel tan pequeño, supo a poco. 

Mal el Oroe de Richard Wiegold, con esa clásica voz de bajo anglosajón, de dicción italiana discutible y voz poco interesante, con agudos feos y graves apenas audibles. A su voz le falta el cuerpo necesario para dotar de la dignidad que requiere al personaje, y pasó bastante desapercibido. 

José Luis Sola es un grandísimo cantante, y no es ninguna novedad que tengo una gran predilección por él. Pero Idreno no es su papel. Pese a un sorprendentemente buen comienzo en el canto de coloratura, dejó al descubierto en su gran aria del segundo acto “La speranza più soave” que el canto rossiniano no es el que mejor se adapta a su voz (su primer aria, “Ah, dov’è il cimento”, fue directamente eliminada, decisión que no me agrada nada, he de decir). No tiene problemas de registro, luciendo buenos sobreagudos (aunque con ese volumen más reducido que le caracteriza, no entiendo por qué), si bien un incidente estuvo a punto de romper su agudo final del aria, que en los pasajes más melódicos dejó al descubierto el buen gusto del navarro. La cabaletta fue resuelta con corrección, pero sin aprovechar todo el lucimiento vocal que ofrece a un tenor más adecuado al repertorio.

Ya expresé mis dudas respecto a la adecuación vocal de Simón Orfila para el Assur tras el Selim de Oviedo, y en general mis sospechas se cumplieron. La voz del menorquín es grande, de timbre razonablemente bello y homogeneo, sin problemas de registro, gran actor y un magnífico cantante en los terrenos más líricos (de las no pocas veces que le he escuchado en vivo, tanto en Bilbo como en Donostia, Oviedo o Barcelona, me quedo siempre con su Raimondo y su Giorgio, ambos en anteriores temporadas bilbainas, en las que estuvo realmente brillante), pero más “torpe” en el canto de coloratura, fundamental en el terrible Assur. Comenzó así la función con un problema de respiración que le impidió concluir una frase por falta de aire en un pasaje de coloratura. En los dúos con Arsace y Semiramide sacaba a la luz todas sus virtudes en los pasajes más líricos, pero se le notaba menos cómodo en las cabalettas, no consiguiendo siempre cantar todas las notas, pese a ralentizar los tempos. Por eso no deja de ser sorprendente lo que sucedió en su gran escena “Deh, ti ferma”, del segundo acto: el aria no es nada fácil, ya que requiere de un gran dominio de la coloratura además del canto legato, y aquí Orfila se salió, estuvo simplemente espectacular. Me quedé con ganas de pedir un bis, sinceramente. Y la caballetta, no me nos terrible, estuvo igualmente muy bien resuelta. No me explico cómo, pero gracias a esa escena, Orfila salió victorioso y fue ovacionado y braveado como correspondía. Por mi parte, todos los defectos comentados a lo largo de la función desaparecieron tras esa escena inolvidable. 

Daniela Barcellona es la voz más rossiniana del reparto, y lo demostró a lo largo de toda la ópera. Sus coloraturas resultaron impecables, so dominio del canto rossiniano fue más que evidente, el papel de Arsace no parece tener secretos para ella. Fue un verdadero lujo escuchar sus dos arias (su cabaletta “In si barbara sciagura” fue de manual), y no menos lo fueron sus dúos con Semiramide y Assur. Puede que el agudo no resulte especialmente hermoso, pero es un detalle menor al lado de su actuación de ayer, realmente magnífica. Un placer absoluto haber podido disfrutar de un Arsace como el suyo. 

A Silvia Dalla Benetta le tocó el difícil papel de sustituir a la inicialmente prevista Angela Meade, y, si he de decir la verdad, yo creo que hasta salimos ganado, porque la Meade es una magnífica soprano dramática de coloratura, pero no tiene la ligereza vocal que requieren las coloraturas tremendas de Semiramide (puede comprobarse escuchando su interpretación del papel en el MET, donde las coloraturas rossinianas ni las huele). y Dalla Benetta fue aquí una elección más que adecuada. Por no extenderme en exceso, sirva de prueba su aria “Bel raggio lusingiero”, en la que lució absoluto dominio de las coloraturas más rápidas y de los picados, si bien tiende a atacar los agudos con esos horribles portamentos que tan de moda están. Fue una magnífica Semiramide sin ninguna duda, y en este caso todo un acierto de ABAO el haber contado con ella como sustituta de la gran estrella de la función. 

Las dos funciones más largas que he visto en ABAO (Tristan und Isolde y el Don Carlos francés) se hicieron eternas por el bajo nivel musical. Esta Semiramide, sin llegar a la duración de las anteriores, no era una ópera “cortita”, precisamente, y el miedo al aburrimiento está siempre presente. Pues bien, no sólo no se me hizo larga, sino que incluso se me llegó a hacer corta. Creo que es una buena señal. 

Luces y sombras. Lo mejor era ignorar el aspecto visual y centrarse en el auditivo. Y ahí, en general, con los reparos ya expresados, la función fue muy disfrutable. Yo salí encantado, la verdad, que es a fin de cuentas lo que cuenta. Ah, y ojalá que Semiramide vuelva a estar presente en los teatros de todo el mundo al nivel que le corresponde a una ópera de su calidad. 

Un comentario sobre “Crónica: Semiramide de Rossini en ABAO-OLBE (19-02-2019)”

  1. Por desgracia desde un tiempo , largo diría yo, los amantes de la ópera tenemos que soportar los desmanes de los directores de escena, como al parecer ha ocurrido en la represen-
    tación en ABAO de la maravillosa Seminaride de mi admirado Rossini. Deseo fervientemente como indica el comentarista anterior que esta obra y tantísimas de este compositor se
    representen “en todo el mundo al nivel que le corresponde” y que admiremos todos los aficionados la grandeza de las óperas serias de Rossini , pues no sólo es un “genio de la ópera bufa”, sino de la seria .
    Una rossiniana de Valencia.
    r

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