Crónica: Werther de la Asociación Lírica Luis Mariano (24-03-2019)

El “Werther” de Jules Massenet, como creo que ya he mencionado en alguna ocasión, es tras “La Boheme” de Puccini mi ópera favorita. Lo que tiene sus pros y sus contras a la hora de verla escenificada: me va a gustar, obviamente, pero también voy a ser especialmente exigente, tanto en el aspecto vocal como en el interpretativo. 

“Werther” (cuyo argumento ya repasamos en este post) tiene un papel protagonista de grandes dificultades vocales para un tenor lírico con suficiente potencia para hacerse oír por encima de una inclemente orquesta, que necesita un enorme buen gusto en el fraseo y de una considerable capacidad dramática para resultar creíble en un papel tan complejo, además de llevar sobre sus espaldas casi toda la ópera (canta casi todo el rato, excepto en el comienzo del tercer acto), mientras que su amada Charlotte requiere una mezzo de timbre agradable y también grandes capacidades dramáticas para sacar adelante su gran escena del tercer acto. Además, el tratamiento orquestal es muy cuidado y complejo. Es por tanto un reto importante para una asociación lírica tan modesta como la “Luis Mariano de Irun; modesta, deduzco, a nivel económico, pero desde luego indiscutiblemente modesta a nivel técnico, al representar casi todas sus producciones en un lugar tan poco adecuado como el Centro Cultural Amaya, carente de foso, con poco espacio para la orquesta, escenario pequeño y demasiado próximo a las butacas. En estas circunstancias se podía intuir un desastre… pero, una vez más, la asociación irundarra se superó con un resultado satisfactorio. 

Antes de comentar la función dejamos, como siempre un enlace de la producción. 

La producción escénica fue sencilla (no hay posibilidades de más) pero visualmente hermosa y acorde con el libreto. Unas telas en las paredes cambiaban las diferentes ambientaciones, desde la casa de Le Bailly hasta el cuarto de Werther, pasando por es plaza frente a la iglesia y el salón de la casa de Albert y Charlotte. Pocos elementos de atrezzo, pero siempre adecuados (y en la mayoría de los casos, exigidos por el libreto) remataban las ambientaciones: la fuente y los juguetes del primer acto, la mesa de taberna y la cruz del segundo, el clavecín y el escritorio del tercero o la cama de Werther del cuarto. La dirección escénica de François Ithurbide siguió igualmente las indicaciones del libreto, consiguiendo que la ópera resultara creíble en todo momento (algo que no es tan fácil en un momento en el que el pasional romanticismo de la obra se antoja excesivo para la mayor parte del público, aunque no sea mi caso). 

El mayor punto negro de la noche llegó por parte de la orquesta de la asociación. Hay que señalar, para comenzar, que las reducidas dimensiones del lugar no permiten emplear una orquesta que se acerque ni remotamente a las dimensiones que exige la partitura, al margen de su peculiar distribución en dos filas, con cuerdas a la izquierda del director y vientos y percusión a la derecha, creando ya de por sí desequilibrios auditivos. La dirección de Aldo Salvagno sonó por momentos algo lenta, y por las condiciones del auditorio se hizo notar demasiado en ciertos momentos. Las dimensiones reducidas de la sección de cuerda quedaron manifiestas ya desde la obertura, absolutamente falta del dramatismo que requiere. La sección de cuerda fue probablemente la que quedó más en evidencia a lo largo de la noche, en especial las agudas, con un sonido en exceso metálico y con notables desafinaciones en el preludio del tercer acto. Las graves consiguieron un resultado más solvente en el acompañamiento del “Pourquoi me reveiller”. 

La obra carece de coro, pero requiere de un grupo de niños para hacerse cargo de los papeles de los hermanos pequeños de Charlotte y Sophie. Y ya se sabe que trabajar con niños suele suponer desafinaciones, que desde luego las hubo, además de una cierta falta de volumen quizá debida al pánico escénico, aunque si fue así, no se notó en su desenvoltura en el escenario a nivel interpretativo. En general, el villancico salió mejor que las demás intervenciones.

François Ithurbide, además de su labor como director de escena, se hizo cargo del personaje de Le Bailly, tirando más de tablas que de canto, aunque en un personaje de sus dimensiones y con su línea vocal tampoco hay que pedir un gran virtuosismo. Resultó eficaz, en especial en su escena con Sophie. 

Muy bien la pareja cómica formada por Iker Casares y Darío Maya como Schmidt y Johann. Aunque quizá exagerados en la faceta más grotesca de los personajes (demasiado borrachos), el canto resultó impecable en ambos casos. 

Muy acertada la Sophie de Nuaria garcía-Arrés, que supo transmitir la juventud e inocencia del personaje no sólo en el escenario, sino también a nivel vocal, con unos agudos emitidos con sumo gusto, evitando los “cañonazos” y cuidando con ello la línea de canto. Supo ser un buen contrapunto a la Mezzo en la gran escena del tercer acto. 

Maurizio Leoni firmó un Albert vocalmente contundente, no carente de una cierta delicadeza al comienzo, pero destacando más en los momentos más dramáticos, en especial al final del tercer acto, con un Albert autoritario, lejos del idealismo demostrado al comienzo de la obra. 

Maria Ermolaeva fue una impactante Charlotte a nivel vocal y dramático. Con un timbre bello, ligeramente oscuro pero que conseguía transmitir la juventud del personaje, aprovechó los momentos más líricos de la partitura, si bien donde realmente destacó fue en las partes más dramáticas, como su tercer monólogo del tercer acto, el posterior dúo con Werther y el dúo final, cuando vimos a una Charlolle sufridora, desesperada, siempre creíble en su papel y con una voz muy adecuada sin duda. Su interpretación en esos momentos llegaba a ser electrizante. 

El papel protagonista de Werther estuvo a cargo de Ángel Pazos, a quien no escuchaba desde aquella lejana Boheme en el mismo lugar, por lo que no sabía con lo que me iba a encontrar. Ya al comienzo se anunció que tenía problemas vocales, con lo que los miedos se acrecientan. Y comenzó el primer acto vocalmente solvente, aunque resultando bastante aburrido su “O nature” con menos matices de los deseables. Mejorando durante el resto del primer acto, en el segundo, si bien los problemas vocales hicieron acto de presencia en algún momento (el dúo con Albert, si la memoria no me falla), su fraseo y sus matices despegaron para regalarnos un Werther creíble, quizá con una desesperación un tanto extrovertida de más, pero en todo caso siempre emocionante. En el punto culminante de la ópera el “Lorsque l’enfant”, el Si3 del “appele-moi” le llevó al límite de su voz, pero en todo caso estuvo bien resuelto, agradeciéndose en todo momento el ataque directo a los agudos, sin portamentos y sin engrosar el sonido, con una línea de canto depurada. Emotivo en el tercer acto, supo además morirse en el cuarto, destacando esos minutos finales de su larga agonía. Fue desde luego un Werther completo a nivel vocal e interpretativo, lo que no es nada fácil en este papel. 

¿Cómo se mide el éxito de una función? Difícil pregunta. Yo voy a dar mi respuesta particular. Después de una semana complicada, de nervios y preocupaciones, vas a un concierto (a una ópera en este caso) para desconectar, pero pocas veces lo consigues, porque es imprescindible que lo que sucede en escena te atrape: te tienes que meter en la acción, te tienes que sentir identificado con los personajes. Eso puede parecer fácil si te sientes identificado de por sí con el personaje (y es que en el fondo tengo una forma de ser bastante similar a Werther), pero si la visión que se ofrece de los personajes, bien a nivel interpretativo, bien a nivel vocal, no está a la altura, es si cabe más fácil desconectar y evitar el suplicio de ver cómo estropean “tu” obra. Pues bien, mi mente ayer apenas se iba del escenario, porque la función consiguió atraparme de principio a fin. Por mi parte, por tanto, sólo me queda decir que fue un éxito.

Demasiados huecos en el auditorio. Parece que el público necesita títulos demasiado conocidos y no se animan a descubrir joyas como este “Werther” de Massenet, a la que quizá le falte tener un título más sonado (porque al final, si hablamos de pasajes conocidos, ese “Pourquoi me reveiller” lo hemos oído centenares de veces). La respuesta del público fue favorable, aunque se echó de menos unos aplausos tras el aria de las cartas de Charlotte (que los mereció). Y para quienes no se animaran a ir porque el título no les resultaba familiar, pues sólo me queda decir: ellos se lo pierden. 

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