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Crónica: “Luisa Fernanda” por Sasibil (13-09-2019)

Comienza en septiembre la nueva temporada operística y zarzuelística, y en mi caso lo hacía con una musicalmente muy interesante función de “Luisa Fernanda”, probablemente la zarzuela más representada en la actualidad (en competencia con “Doña Francisquita”), gracias a la Asociación Lírica Sasibil, con la alta calidad musical que les caracteriza, pese al mínimo presupuesto. 

Antes de comentar la función dejamos, como siempre, un enlace a la ficha de la producción. 

La escenografía es la tradicional en Sasibil, paneles de cartón piedra en los laterales y pocos elementos de atrezzo, propios de una entidad con tan pocos medios económicos, pero siempre resulta eficaz. La dirección escénica de Koldo Torres fue más que correcta, siguiendo con literalidad las indicaciones del libreto. 

La orquesta de Sasibil sonó a buen nivel bajo la batuta de Arkaitz Mendoza. Sus momentos solistas fueron destacables, en especial los crescendos y el espectacular final. Se notaba en todo caso un cierto desequilibrio entre secciones, con una sección de cuerdas demasiado pequeña, pero de sonoridad muy cálida, destacando la labor del concertino. De la labor como acompañante de Aekaitz Mendoza poco puedo decir, ya que mi localidad estaba justo sobre el foso orquestal, por lo que la oía demasiado, y no sé si tapó a los cantantes o no desde otras localidades más centradas. 

El coro de la asociación tuvo un demasiado notable lapsus al acelerarse demasiado en el “Cerandero”, aunque por lo demás sacó adelante la función con corrección, aunque más miembros para cantar la famosa mazurca no habrían sobrado. 

“Luisa Fernanda” es una zarzuela que requiere un importante equipo de comprimarios, tanto cantantes como actores. Entre ellos, destacar el matizado saboyano de Iker Casares, que se esforzó por apianar los agudos (como debe ser, por otro lado). Destacada labor interpretativa la de Ekaitz González de Urretxu como Luís Nogales, superando con corrección sus pocas frases cantadas. Destacado intérprete igualmente Ángel Walter como Don Florito, y lleno de comicidad y con un canto correcto (tan infrecuente entre los cantantes cómicos de zarzuela) el Anibal de Rafael Álvarez de Luna. Igualmente solvente en la parte vocal e interpretativa la Mariana de Amelia Font. 

Vamos ya con los 4 solistas principales de “Luisa Fernanda”. Y comenzamos con la Duquesa Carolina de Haizea Muñoz. Escénicamente daba el pego perfectamente en el papel, con esas miradas y esos gestos que tan bien transmitían la personalidad de su poco agradable personaje. Vocalmente no comenzó bien la cosa, calando de forma bastante notable los agudos de su dúo con Javier “Caballero del alto plumero”. Mejoró sis duda su participación en la escena de la subasta y, sobre todo, en su dúo con Vidal del segundo acto. 

Manuel de Diego fue un vocalmente solvente Javier, objeto del amor de Luisa Fernanda. Timbre bello, corrección en el agudo, quizá algo falto de volumen, fue un buen Javier al que se le podría pedir algo más de emoción, en especial en el dúo “final” con Luisa, uno de los pasajes más emocionantes de la zarzuela. 

El papel bombón de Vidal recayó en Alberto Arrabal. Ya hemos mencionado en otras ocasiones que es un intérprete que tiene a mejorar notablemente a medida que avanza la obra, pero en esta ocasión hay que decir que ya comenzó a buen nivel en su dúo con Luisa Fernanda, con un canto matizado, aunque intentó lucir voz (torrente vocal el que tiene arriba), si bien su agudo suena un tanto nasal. Ya en el segundo acto cantó un magnífico “Por el amor de una mujer que adoro”, con agudos apianados en mixto. Magnífica su canción de los vareadores, nos regaló el mejor momento de la noche, esa frase final “Sin mi morena no sirvo ya p’a nada” absolutamente emocionante. 

Y terminamos con la protagonista, la Luisa Fernanda de Miren Urbieta-Vega. Vocalmente tenía potencia para comerse a todo el reparto, como hizo en más de una ocasión, y tampoco mostró problemas de tesitura. El mayor problema es que el de Luisa es un papel sumamente ingrato, con muy pocos momentos de lucimiento. Y los pocos que tuvo los aprovechó, desde luego, en especial su escena defendiendo al capturado Javier. Desbordante de emoción fue sin duda su dúo “final” con Javier, “Cállate, corazón”, donde un pequeño accidente vocal no lastró una interpretación que debería haber sido grabada para pasar a la posteridad. 

Lo peor de la función fue, para variar, el público, ese público que cotorreaba o tarareaba durante los pasajes instrumentales, ese público que empezaba a aplaudir en cuanto comenzaba a caer el telón, sin importar que la orquesta, o incluso los solistas, no hubiera terminado. Así, imposible disfrutar de ese maravilloso final orquestal. 

Sasibil cumple 20 años y no sabemos qué novedades nos van a presentar. Sólo nos queda desear que sigan manteniendo el alto nivel musical que consiguen contra viento y marea. Y a las instituciones, esas que siempre miran para otro lado, recordar que es un lujo contar con tanta calidad, pero que la zarzuela no puede sobrevivir sin el apoyo público que nadie quiere dar. 

Crédito fotográfico: AiVídeo

Crónica: Los Gavilanes de Sasibil (15-09-2018)


Con sólo dos días de diferencia, la donostiarra Asociación Lírica Sasibil ofrecía un segundo título zarzuelístico tras “El Caserío“, en este caso el no menos famoso “Los gavilanes”, de Jacinto Guerrero. Los resultados no alcanzaron el mismo nivel de calidad, pero seguimos encontrándonos ante un espectáculo que bien mereció la pena.




Antes de comentar la función, dejamos como siempre un enlace de la producción.

La puesta en escena de “Los Gavilanes” fue muy similar a la de “El Caserío”; no hay ni presupuesto ni capacidad técnica ni, en este caso, tiempo, para poder pedir más. Un escenario sencillo, realista, que quizá no aporte novedades pero que, desde luego, tampoco molesta al desarrollo dramático de la obra, lo que siempre se agradece. La dirección escénica, en manos de Josean García, enfatiza los aspectos cómicos de una obra que no lo es tanto, con momentos realmente logrados en este sentido.

La Orquesta de Sasibil, de nuevo bajo la batuta de Arkaitz Mendoza, volvió a brillar. Algún pequeño desajuste puntual no afectó al buen resultado orquestal, pese al poco tiempo disponible para ensayar la obra. Los momentos instrumentales de la partitura volvieron a brillar con luz propia, mientras durante el resto de la función, Mendoza demostró su habilidad concertadora. Y si bien en este caso hubo momentos en los que la orquesta tapó a algún solista, me temo que no fue problema de la orquesta.

Grata sorpresa la que me dio el Coro de Sasibil. Si en mi anterior crónica mencionaba su tendencia al canto permanente en forte, aquí matizaron mucho más, con momentos en piano casi siempre resueltos de forma más que correcta. Si en el equipo estable de Sasibil la parte que más miedo me daba era el coro a la hora de asumir proyectos más ambiciosos con solvencia, en esta ocasión me han demostrado que podrían estar a la altura sin problemas.

El numeroso elenco de cantantes secundarios y actores fue, como era de esperar, correcto, destacando siempre la faceta actoral de los mismos, pero sin notables problemas canoros. DEstacar, por encima de todos, la magistral labor cómica de Rafael Álvarez de Luna como el Alcalde Clarivan y de Ángel Walter como el Sargento de Gendarmes Triquet, que en sus intervenciones cómicas hicieron estallar las carcajadas del público gracias a sus tablas escénicas. Nos regalaron algunos de los mejores momentos de la noche, en especial en los discursos previos al descubrimiento de la placa en homenaje a Juan.

Fue, por desgracia, el cuarteto vocal el que más bajó el nivel con respecto al Caserío previo.

Elisa di Pietro, como la joven Rosaura, lució una voz de timbre hermoso y se defendía bien en la faceta de actriz, pero a su voz le falta la potencia necesaria para hacerse oír en todo momento. En este sentido, mejor su “No hay por qué gemir” del primer acto que sus intervenciones en el acto III, donde sería de desear una voz de mayor volumen para los momentos más dramáticos.

Javier Agulló, como Gustavo, lució una voz de tenor fresca, brillante, de agudo fácil, pero con momentos de afinación preocupante. Como desconozco si esto puede deberse a algún problema puntual o no, prefiero no hacer más valoraciones al respecto.

Alberto Arrabal lució su enorme torrente vocal en el papel de Juan, el “gavilán” que da título a la obra. Enfatizó la parte más agresiva del personaje, y brilló en los actos II y III. Quizá el problema vino en el primer acto, cuando, con la voz todavía sin calentar, se enfrenta a la página más famosa de “Los gavilanes”, la romanza “Mi aldea”, en la que supo lucir voz (magnífico el agudo final), pero a la que le faltó un poco más de sutileza interpretativa. Ya he observado en ocasiones anteriores que Arrabal necesita calentar la voz para dar lo mejor de sí, y por ello el Juan de “Los Gavilanes” le pone las cosas muy difíciles, si bien su canto fue siempre solvente.

Amparo Navarro corría con el papel de Adriana, el antiguo amor de Juan y Madre de Rosaura. La voz es más que interesante con un magnífico centro, si bien los extremos son más problemáticos: un grave apenas audible y un agudo tirante. Correcta en el “Amigos, siempre amigos”, tuvo su mejor momento en el tercer acto, donde su desgarrador dramatismo disimulaba los puntuales problemas vocales, y en todo caso fue probablemente la triunfadora de la noche.

El público, numeroso pero sin llegar a llenar el teatro, como fue el caso de “El Caserío”, se comportó en esta ocasión mejor (apenas hubo tarareos, nos ahorramos móviles sonando y gente respondiendo a las llamadas…), rió y disfrutó. Y, como aspecto destacable, en un público que en su mayoría peina canas (si es que peina algo), se veían más jóvenes de lo habitual en la zarzuela. Algo que sin duda invita al optimismo: podemos estar ante una nueva generación de melómanos, de aficionados a la zarzuela, y posiblemente también a la ópera, a los que habrá que buscar la forma de fidelizar, ya que son el público del futuro. Quizá los enormes esfuerzos de la Asociación Lírica Sasibil empiecen a dar más fruto del que imaginábamos…



Crónica: Salome en ABAO-OLBE (20-02-2018)


En todos los años que llevo como socio de la ABAO (desde 2009, si la memoria no me falla), esta Salome es la tercera ópera en alemán que tengo ocasión de ver (tras Tristan und Isolde y Die Tote Stadt), y la primera ópera de Richard Strauss que consigo ver en vivo. Así que, al margen de que la ópera en cuestión pueda gustarme más o menos, tenía muchas ganas de ver esta Salome, sin duda.




Y hay que decir que por momentos me parecía ser parte de una minoría, al coger el bus que la ABAO nos proporciona para ir a Bilbao desde Donostia y ver que venía notablemente más vacío que en otras ocasiones. Parece que en cuanto salimos de Verdi al público deja de interesarle la ópera… lo que nos lleva a temporadas aburridísimas con los títulos italianos de siempre, y algún francés que se cuela entre medias. ¿De verdad somos aficionados a la ópera? ¿Seguro? Porque a Salomé se le pueden poner pegas, vale, pero es una ópera corta y tampoco es tan difícil de escuchar; de hecho, cuenta con algunos momentos melódicos simplemente sublimes.

Vamos ya con la crónica, pero antes dejamos el enlace de la producción.

La escenografía, sin ser gran cosa, era eficaz, con ese círculo que dividía la escena en dos partes; la sala de banquetes y el exterior del palacio, donde está encerrado Jokanaan en una prisión igualmente esférica. El vestuario es atemporal y juega con múltiples matices de los que cada cual puede sacar sus conclusiones. La dirección escénica fue razonablemente correcta, situando a menudo a los solistas en la corbata del escenario (lo que se agradece en el Euskalduna), aunque hubo dos momentos que me chirriaron bastante. El primero, la famosa danza de los siete velos, donde apenas hubo danza, que se quiso sustituir con unas proyecciones que no decían nada. Finalizar dicha danza con la violación de Herodes a Salome no es a priori descabellado, pero sí que es cierto que en la escena siguiente, cuando Salome exige la cabeza de Jokanaan a su padrastro, su insistencia suena más a venganza contra Herodes que a su irrefrenable deseo de besar al profeta. Y el otro momento fue la escena final: Salome en la celda de Jokanaan, completamente alejada de la cabeza a la que se supone que está besando. No sé si se quiso jugar con la metáfora de que si Jokanaan está encerrado por su obsesión religiosa, Salomé los está de igual manera por su obsesión pasional. Pero sin beso, sin Salome contemplando la cabeza de Jokanaan, la escena pierde todo el sentido. Al margen de esa costumbre que personalmente odio de comenzar con alguna escena antes del inicio de la música, en este caso ver lo que sucede durante el banquete de Herodes; siempre me sobra.

La Orquesta Sinfónica de Bilbao respondió soprendentemente bien a la nada fácil partitura Straussiana, sin desajustes ni desafines. El director, Erik Nielsen, fue un buen concertador, que se esforzó por no tapar a los solistas, pero le faltó fuerza, chispa, violencia incluso. La orquesta sonaba demasiado plana, no aportaba nada, en especial en la conclusión de la danza ya mencionada, en la que el ritmo excesivamente lento jugo en su contra más si cabe.

Salome es una ópera que no exige la participación de coro. Hubo numerosos figurantes que a menudo distraían demasiado de la acción principal. El número de solistas es igualmente numeroso. Solventes los dos soldados de José Manuel Díaz y Mikel Zabala. Correctos pero poco audibles los dos nazarenos de Alberto Arrabal y Alberto Nuñez (me sorprende en el caso de Arrabal, dueño de una voz potente al que he he escuchado sin problemas en ocasiones pasadas, pero que ayer, quizá en un intento de matizar su canto, sonó demasiado bajo). Sin pegas los 5 judíos de Josep Fadó, Miguel Borrallo, Igor Peral, Jordi Casanova i Barberá y Michael Borth, vocalmente bien empastados, perfectamente audibles y escénicamente insoportables, deduzco que por la visión que de ellos quería dar la dirección escénica: los insoportables judíos con sus insoportables discusiones teológicas… Con problemas para hacerse oír (y quizá por ello, sensiblemente forzada) Monica MInarelli como el Paje de Herodias.

Lo mejor del reparto, quien siempre estuvo perfecto en todas sus intervenciones, fue Mikeldi Atxalandabaso como Narraboth. Voz fresca, de timbre hermoso, consiguió hacerse oír incluso cuando cantaba desde detrás de la celda de Jokanaan. Sólo lamentar la brevedad de su rol (que, por otra parte, es de lo mejor de toda la ópera).

Completamente ajada la voz de Ildikó Komlósi, que tuvo que tirar de tablas para sacar adelante el papel por la incapacidad de mantener la línea de canto. Su Herodias resultó excesivamente caricaturizada.

Bien el Herodes de Daniel Brenna, con una voz poderosa, que se hacía oír incluso desde el centro del escenario en casi todas sus intervenciones. Escénicamente logró un Herodes absolutamente psicótico, miedoso, cobarde ante cualquier detalle que considere un mal augurio.

Solvente en general Egils Silins como Jokanaan. Sus intervenciones desde la celda, situada por momentos en el fondo del escenario, consiguieron hacerse oír. A su voz, eso sí, le falta una mayor autoridad para el papel, siendo especialmente débil su registro grave.

La gran triunfadora de la noche fue Jennifer Holloway en el rol protagonista de Salome. Escénicamente impecable, asume el personaje hasta simbiotizarse con él; le ves y ves a Salomé. Vocalmente el rol es terrorífico: algunos graves terribles y demasiados agudos. Holloway no tuvo ningún problema en toda la tesitura, destacando en especial unos agudos que, no demasiado vibrados (cosa poco frecuente) sonaron razonablemente limpios, como puñaladas de cristal. Yo le encontré un pero (por desgracia, un pero demasiado grave en mi opinión personal): en esos “Yo he besado tu boca” finales, a la voz le faltó cuerpo, le faltó potencia, volumen,

En resumen, una Salomé un tanto agridulce: correcta en general, con algunos muy buenos momentos frente a algún otro que daba una sensación de gatillazo (el final de a danza de los siete velos y el final, desgraciadamente mis momentos favoritos de la ópera). Puede que haya quienes piensen que soy mucho más exigente con Bilbao que con otros teatros de la zona. No lo negaré: el presupuesto y los medios que maneja la ABAO no los tienen ni de lejos otros teatros y asociaciones de ópera de la zona, por lo que el nivel de exigencia es superior, como es lógico. Pero la ABAO cuenta con un handicap que me temo que le afecta en todas sus producciones; y ese handicap se llama Palacio Euskalduna. El auditorio es una bilbainada en el peor sentido que se asocia al término (que me perdonen los bilbainos): es una monstruosidad (calculo que será casi el doble que el Kursaal donostiarra, que ya de por sí no tiene la mejor acústica imaginable). De acuerdo, con ese aforo la recaudación puede ser muy generosa (si se consigue llenar), pero la acústica es nefasta, muchas voces simplemente desaparecen. Pero no sólo es eso: la orquesta suena apagada, incluso ayer, cuando cuenta con un gran número de intérpretes. El volumen que llega a mi localidad, en la parte de atrás de uno de los palcos laterales, es en exceso débil, muy inferior al volumen al que yo suelo escuchar ópera en casa (y con la ventaja de que en los palcos el sonido ya se ha mezclado lo suficiente como para que las voces se escuchen mejor que en el anfiteatro, donde a menudo la orquesta las oculta). Y claro, cuando voy a ver ópera en vivo, busco que la propia vibración de la música me emocione, que pueda sentirla. Y en el Euskalduna esto resulta absolutamente imposible. En resumen, ya pueden traer a Gregory Kunde o resucitar a Lauritz Melchior, con esos problemas de acústica va a ser muy difícil ofrecer un resultado realmente satisfactorio con la misma ficha artística que en un recinto más pequeño y con mejor acústica dejaría una sensación muchísimo más redonda.



Crónica: La tabernera del puerto en Donostia (09-11-2016)


En este 2016 que Donostia ostenta el título de Capital Europea de la Cultura habría sido un delito no haber representado la obra maestra de quien fuera el compositor más ilustre nacido en la localidad gipuzkoana, el gran Pablo Sorozabal (con permiso de Usandizaga). Por eso, cuando este pasado mes de abril se representó La tabernera del puerto en Lasarte (de la que ya escribí una crónica aquí) estaba esperando que me dieran la buena noticia de que, además de la función prevista en Elgoibar para finales de año, se sumara una representación en Donostia. Y por suerte así ha sido. Porque La tabernera del puerto es en mi opinión la obra maestra de Sorozabal, una zarzuela maravillosa en la que no hay número que no me guste.




Por lo general, al escribir una crónica de una ópera o zarzuela, hay que tener siempre en cuenta la situación en la que se representa, los medios con los que se cuenta, para ser más o menos “piadoso”, para exigir más o menos: no es lo mismo una ópera en Donostia o en Iruña (y no hablemos ya en Irun) que en la ABAO de Bilbo; en Bilbo, con el presupuesto y los medios que tienen, espero mucho más y seré más crítico con aquello que en mi opinión no esté al nivel esperado. De la misma forma que no espero en Bilbo el mismo nivel que esperaría en alguno de los grandes centros operísticos europeos. Pues bien, digo esto antes de comenzar la crónica porque en este caso no esperéis ninguna piedad por mi parte por el hecho de que esta producción de la Asociación Lírica Sasibil sea la que se haya hecho cargo de la representación; no es necesaria, directamente. Si en vez de en Donostia hubiera visto esta representación de La tabernera del puerto en Bilbo no creo que cambiara nada de lo que escribiré a continuación.

Dejo antes de nada un enlace de la producción.

La representación se llevó a cabo en el Teatro Victoria Eugenia, uno de esos coquetos teatritos mucho más recogidos que esa monstruosidad del Kursaal. El escenario y el foso son de menores dimensiones, pero la acústica es mucho mejor, qué duda cabe, lo que benefició a todos los participantes. Y quien esto escribe era quien estaba más arriba de todos los asistentes (las localidades más caras estaban agotadas, pero las más baratas del piso superior apenas estaba ocupadas, y en el tercer piso, detrás mío, había dos filas completas vacías), y no tuve ningún problema para oír a solistas y orquesta.

La escenografía de La tabernera del puerto de ayer fue sencillita, con dos paredes laterales, cada una perteneciente a los dos locales de la acción, la Taberna del puerto y el café El vapor. Perfecta para el primer y el tercer acto, en el segundo hay que echarle un poquito más de imaginación, ya que transcurre en el interior de la taberna, pero el decorado no cambia; sólo se añaden mesas  y sillas. Pero bueno, tampoco molesta. En el dúo del comienzo del 3º se iluminaba únicamente el centro del escenario, dejándose ver la barca en la que navegan los dos protagonistas. Quizá unas telas azules moviéndose con ayuda de algún ventilador habrían dando un puntito más a la escenografía sin complicarse demasiado, pero en todo caso fue una escenografía más que solvente que nos sitúa muy bien en la acción. La dirección escénica de Josean García fue impecable, beneficiándose del talento interpretativo de los solistas.

La orquesta de Sasibil comenzó con un desafino de los metales justo al comienzo de ese preludio de La tabernera del puerto en el que no tarda en incorporarse el coro con ese “Eres blanca y hermosa” (los problemas con los metales se repiten una y otra vez en la mayoría de las orquestas que he escuchado recientemente), pero durante el resto de la función nos ofrecieron una gran interpretación, ayudados sin duda por la labor del director de orquesta Arkaitz Mendoza, un magnífico concertador (confieso que al comienzo del segundo acto estaba más pendiente del foso que del escenario para ver como el maestro Mendoza daba las indicaciones al coro en los acompañamientos a la romanza de Marola; era un placer ver cómo controlaba orquesta y cantantes con un resultado muy superior al de la representación de Lasarte, beneficiado sin duda por haber habido más ensayos que en aquella ocasión) que además nos regaló un par de momentos bellísimos, la introducción al dúo del tercer acto y el intermedio posterior. La orquesta sonó dramática cuando tenía que sonar y los crescendos del final de cada acto, aunque suenen ya a recurso demasiado utilizado, sonaron de maravilla. Los aplausos para orquesta y director fueron sin duda insuficientes. Y hay que apuntarse definitivamente el nombre de Arkaitz Mendoza como alguien a seguir en el futuro, que seguro que nos da unas cuantas alegrías.

El coro de Sasibil no es el sumun de la delicadeza pero resulta cumplidor. En todo caso, como bien pudo notarse en el salve marinero del primer acto, mejor ellas que ellos. Tampoco cuenta La tabernera del puerto con grandes números corales, siendo sus participaciones a menudo más de acompañamiento de los solistas en sus romanzas, y ahí en algunos casos les sobró un poquito de volumen.

Pasamos a los solistas. De entre los comprimarios (que en La tabernera del puerto cantan poco o directamente nada), destacar siempre el Ripalda de Iker Casares, en un papel que le da pocas opciones de lucimiento y que sabe a poco (sólo canta el terceto del segundo acto, y acostumbrado a las grabaciones discográficas, casares canta hasta demasiado bien), pero en el que casi ejerce de robaescenas gracias a una comicidad escénica divertidísima (me temo que en el backstage su comicidad es más terrorífica). Espero poder escucharle algún día en un papel con más enjundia.

La pareja de Chinchorro y Antigua fue un poco desequilibrada. El previsto Chinchorro de Josean García fue sustituido (desconozco los motivos, ya que salió a saludar en su faceta de director de escena) por, si la memoria no me falla, Rafael Álvarez, que encaja con la visión tradicional del personaje, de gran comicidad y un canto un tanto “discutible” que tampoco extraña en un personaje perpetuamente borracho. A su lado, Haizea Muñoz (muy jovencita para el personaje) fue una Antigua escénicamente divertidísima, pero cuando tocaba cantar… pues cantaba demasiado bien. No pongo reparos ni a la visión tradicional de estos personajes ni al hecho de que se prefiera cantarlos bien, pero juntar a uno de cada no encajaba del todo. En todo caso, ambos hicieron reír al público, que es a fin de cuentas para lo que están estos personajes, el contrapunto cómico a la pareja de enamorados sufridores protagonistas de La tabernera del puerto.

El Abel de Klara Mendizabal lució desenvoltura escénica, pero a la hora de cantar le faltaba un poco de volumen. Por lo demás, fue un interesante Abel (mucho mejor que el de la grabación discográfica de Kraus, desde luego), con un timbre que se asociaba sin problemas al del muchacho enamoradizo.

El veterano Carlos London interpretó a Simpson. La voz no es ya todo lo fresca que sería de desear, especialmente en los agudos, pero su timbre oscuro y sus tablas escénicas nos permitieron disfrutar de un buen Simpson que sacó adelante con solvencia su bellísima romanza “La luna es blanca, muy blanca”.

Como Juan de Eguía contamos con el vozarrón de Alberto Arrabal. Su mayor problema es precisamente controlar ese vozarrón de gran volumen. En la pasada Marina me dejó con la sensación de que necesita calentar para poder controlar bien el torrente vocal, pero en La tabernera del puerto empieza ya con la habanera “Bajo otros soles” en la que se requiere un canto más bien delicado, y… pues lo consiguió, sin duda. Magnífico en la habanera (ya como gusto personal, prefiero el agudo final en pianisimo frente al forte en el que lo dio), sin problemas en su romanza del segundo acto (salvo algún agudo no del todo bien emitido en la improvisación final), estuvo de nuevo contenido en el dúo con Marola del final del segundo acto. Escénicamente da el pego a la perfección. Pero la prueba de fuego llega en el tercer acto: en La tabernera del puerto hay un momento clave en el que tienen que emocionarte, porque sino puedes salir totalmente indiferente, y ese es el monólogo de Juan del 3º acto. Y no diré que Arrabal me hiciera llorar… pero casi. Esa forma de decir “Los ojos de Juan de Eguía ya saben lo que es llorar” y todo lo que sigue fue escalofriante. Si no braveé al final del monólogo fue por vergüenza, no por falta de ganas. Magnífico, sin más.

Como Leandro contamos de nuevo con Igor Peral. Ya comenté las veces anteriores que le he escuchado que su emisión me preocupa un poco (he mencionado que suena un poco engolado… no sé si es la definición correcta, más bien es que en la zona central parece que no consigue emitir su voz del todo bien, como si se la comiera un poco), pero la mejoría que he observado esta vez ha sido considerable. El centro suena mejor, más liberado, pero es que el agudo… todavía me pitan los oídos de los pepinazos que soltó en ese magnífico “No puede ser”… ¡Qué squillo, por favor! Y para compensar, el fraseo en la parte central de la romanza en ese “Los ojos que lloran no saben mentir” fue igualmente magnífico. Una magnífica interpretación del Leandro que me hace esperar poder volver a escucharle en algún papel de peso (y no de comprimario, como en alguna otra ocasión), que seguro que bordará.

Tardé un poco en acostumbrarme a la Marola, la tabernera del puerto, de Miren Urbieta-Vega: no es que cantara mal, no es que no tuviera las notas del papel ni que fuera mala actriz, es que su timbre me resultaba un tanto demasiado oscuro para lo que estoy acostumbrado en este papel. Se hizo oír sin problemas sobre el coro femenino en el final del primer acto, mostrando desenvoltura escénica, superó sin dificultades las coloraturas de “En un país de fábula” y destacó en el final del segundo acto. Pero donde ya me convenció del todo, ya acostumbrado al color de su voz, fue en el dúo con Leandro del 3º acto, quizá lo mejor de toda la función. Y es que, pese a no tener esa voz de tiple tan asociada a la zarzuela, al final demostró ser una gran Marola que fue evidente que gustó al público.

Comenzaba la crónica hablando del distinto criterio que tengo a la hora de escribir una crónica en función de los medios. Pues bien, la función de ayer de La tabernera del puerto no tendría los mejores medios imaginables, pero su nivel estuvo desde luego muy por encima de lo que a priori se esperaría, sin desmerecer de un teatro de más prestigio que nuestro Victoria Eugenia. Una función para disfrutar como un enano y perfecta para recordar a nuestro paisano Sorozabal en un año tan especial, cosa que debemos agradecer a Sasibil. Ahora no estaría mal terminar el año con algo de Usandizaga, para rematar…



Crónica: “Marina” de Arrieta en Donostia (07-09-2016)


En este 2016 en el que Donostia es Capital Europea de la Cultura, la asociación local de zarzuela, la Asociación Lírica Sasibil, ha organizado dos programas en una misma semana, tarea nada fácil para una organización como ésta: dejando la zarzuela “La alegría de la huerta” para el fin de semana, se embarcaron también en la representación de la versión operística de “Marina” de Emilio Arrieta los días 6 y 7 de septiembre en el Teatro Victoria Eugenia. Yo fui a la segunda función.




Confieso que no conocía Marina, y estuve escuchándola unos días antes para prepararme. Y no, no es una obra maestra del género, pero eso no quita que tenga momentos de gran inspiración, además de permitir el lucimiento de sus intérpretes, en especial el papel protagonista de Marina, una soprano de coloratura de factura más bien belcantista (aunque la ópera fuera estrenada en fechas tan tardías como 1871).

Antes de nada dejo un enlace del programa de la función.

No es el Victoria Eugenia un teatro muy apropiado para representaciones operísticas, por las reducidas dimensiones tanto de escenario como de foso orquestal. Así, la puesta en escena fue muy sencilla, con palés de madera apilados formando torres, consiguiendo de una forma un tanto sui generis el ambiente costero en el que transcurre la acción.

Sobre la orquesta, la propia de la asociación, dirigida por Arkaitz Mendoza, sonó en el preludio un tanto falta de chispa, causada en mi opinión por una sección de cuerdas demasiado reducida (desconozco si es por el tamaño de la propia orquesta o el del foso que no permitía un plantel más amplio), pero en el resto de la función cumplió su labor con acierto. Arkitz Mendoza se dedicó a acompañar a los cantantes, sin taparles en ningún momento, lo que es de agradecer, al margen de que, a diferencia de La tabernera del puerto de hace unos meses, aquí se notaba que había habido más ensayos y por tanto la coordinación fue perfecta en todo momento.

Sobre el coro, también el propio de la asociación, decir que tiende a cantar demasiado en forte, pero cumplió con su papel con corrección, salvo en algún desajuste al comienzo del “La novia no parece”.

Del reparto, nada que decir sobre los pocos comprimarios, salvo quizá destacar el buen hacer del Capitán Alberto de Eneko San Sebastián.

Y vamos ya con el cuarteto protagonista. El más flojo fue el Pascual de Iosu Yeregui; sinceramente, no sé cuál es su problema, si es que no imposta bien la voz, o si es que intentaba oscurecer artificialmente su timbre para sonar a verdadero bajo (que no sonaba como tal). Por lo demás, hay que decir que no tuvo problemas con la tesitura en ningún momento, al margen de que se debería mejorar la emisión de ciertas notas.

Como Roque, Alberto Arrabal paseó su enorme voz y su gran talento interpretativo por el escenario. En el primer acto fue donde estuvo más flojo, con algunos agudos emitidos de forma algo tosca. Una vez la voz calentó, sus prestaciones subieron de nivel en el segundo y, sobre todo, el tercer acto, con una magnífica intervención en el Brindis y un bellísimo “Dichoso aquel que tiene”, con la dificulad que le supone recoger su enorme voz para cantar en piano, y que en mi opinión fue uno de los mejores momentos de la noche. Lo cierto es que yo veo en Roque a un barítono más lírico, y en ese sentido a Arrabal el papel se le quedaba pequeño.

El Jorge de Quintín Bueno fue también de menos a más, aunque en su caso los problemas fueron notorios durante toda la función. Y es que ya desde su entrada, con el “Costas las de Levante”, pudimos comprobar que su voz es apenas audible en el registro central, mejorando notablemente en una zona aguda emitida limpiamente y de considerable volumen. Cuanto más aguda fuera la parte que cantaba, mejor sonaba, hasta el punto de rematar con un sobreagudo (¿un Re bemol podría ser?) el segundo acto.

Y terminamos con la protagonista, la Marina de Ximena Agurto, voz de soprano más bien ligera, sin problemas para las páginas de coloratura que tiene su papel. Canta con gusto y sin problemas de tesitura, siendo mejores sus agudos en pianísimo (bellísimo el del final del “Pensar en él”) que en forte, que sonaban un poco demasiado vibrados. Pero en general la suya fue una interpretación de muy buen nivel.

Lo cierto es que, en mi opinión, pudimos disfrutar de una buena función, con momentos muy disfrutables y un trío protagonista que en general cumplió con creces lo que les pedían sus personajes. Pese al poco aforo (el tercer piso del teatro estaba prácticamente vacío), diría que la unción fue un éxito a la hora de recuperar el patrimonio zarzuelero (y en este caso también operístico español) que tanto necesita de la labor de asociaciones como esta para recuperar el lugar que le corresponde. Esperemos que la próxima tenga más éxito de audiencia para poder seguir.



Crónica: Il barbiere di Siviglia en ABAO-OLBE


Llegamos al último título de la presente temporada de ABAO-OLBE, que nos ha traído funciones memorables (Manon Lescaut, Roberto Devereux y al parecer también esa Sonnambula que la gripe me impidió ver) y otro francamente olvidable (el Don Carlos). Por desgracia, el cierre de la temporada, con la muy popular Il barbiere di Siviglia, no se encuentra entre las memorables (aunque siempre mejor que el Don Carlos, desde luego). Yo me preguntaba por qué no habían programado alguna otra ópera de valor más seguro (quizá ese repartazo de la Manon Lescaut) para asegurarse un final de temporada memorable (que los hemos tenido, y no pocos, en los años que llevo abonado), pero claro, yo ignoro el tema de fechas disponibles de cantantes, que la dirección si que habrá tenido en cuenta a la hora de programar las óperas.




Sí, Il barbiere di Siviglia (cuyo argumento e historia ya comentamos en este post) es una ópera muy popular, lo que se tradujo en un Euskalduna lleno como no recordaba haberlo visto (al menos en la función del martes); sospecho que de haberse programado otra ópera de Rossini no habría habido semejante acogida, aun en una comedia de similar calidad como L’Italiana in Algeri o un drama como la maravillosa Semiramide. Lo que quizá faltaba en esta producción era nombres de más categoría en el reparto (con la excepción de Carlos Chausson). Dejo aquí el enlace de la producción.

Quizá lo de los nombres de relumbrón lo fiaron a la producción de Emilio Sagi. El problema es que, sinceramente, a mí Sagi no me gusta. Demasiado naif (esos trajes rojos y rosas de Figaro y el conde al final de la ópera me hacían daño en los ojos), y además confiando buena parte de la comicidad a un grupo de actores que se paseaban por el escenario durante el I acto y que a mí más que hacerme reír me molestaban. La comicidad de esta ópera hay que extraérsela a los intérpretes, cosa que funcionó apenas en los protagonistas, arrasados por la maestría de Chausson.

José Miguel Pérez Sierra dirigía a la Orquesta Sinfónica de Navarra, que respondió correctamente. Los tempos del director, a menudo bastante rápidos,eran en cambio en ciertos momentos un tanto lentos o con rubatos extraños. Funcionó desde luego mejor cuando acompañaba a los cantantes (salvo alguna descoordinación puntual, como en el Largo al Factotum) que en los momentos solistas, con una obertura a la que le faltó un poquito más de chispa. Pero en general el resultado fue correcto, y desde luego no molestó.

De los comprimarios destacaré primero el Fiorello de Alberto Arrabal, en un papel que le queda pequeño por todos lados (después de haber disfrutado hace un mes de su Juan de Eguía…) y en el que se hizo notar en sus escasas intervenciones (le cortaron su último recitativo, de hecho). Su voz no es la de Fiorello, pero se hizo oír perfectamente sobre el coro en la escena tras la cavatina del conde, algo que no se puede decir del tenor. Supo a muy poco, la verdad.

Y destacar también la magnífica Berta de Susana Cordón, escénicamente divertidísima y vocalmente espléndida tanto en su aria como en los concertantes, en los que se hizo oír mucho más que los protagonistas. Un 10 para ella.

De los 5 protagonistas, hubo un importante punto negro: el conde de Almaviva de Michele Angelini. Pese a un timbre feo (me recordaba bastante al de Luigi Alva), la voz se maneja perfectamente en las coloraturas (salvo los trinos que se comió en la caballeta) y tiene un buen registro agudo, que se encargó de lucir en las muchas variaciones que introdujo (lo que le jugó una mala pasada en el dúo con Figaro, en el que se le escapó un gallo), y resolvió el difícil “Cessa di più resistere”. El problema es que su voz no es que sea pequeña, es que es casi inaudible. Había que hacer un buen esfuerzo para escucharle en sus momentos solistas; en los de conjunto parecía que hiciera playback, movía la boca pero no se le oía. En el trío con Rossina y Figaro intentó sacar artificialmente más volumen, y el resultado fue si cabe peor, forzado y con el agudo mal emitido. Ya sabemos que la acústica del enorme Euskalduna es criminal, pero no estoy seguro de que siquiera en un teatro más pequeño su volumen sea suficiente, lo cual es un serio problema.

Nicola Ulivieri se encargó de la parte de Don Basilio. Canta bien y tiene presencia escénica, pero en el aria de La Calunnia le falta la rotundidad vocal que se necesita para redondear la página (por otro lado uno de los momentos mejor resueltos escénicamente). Aprobó, pero desaprovechó su momento de lucimiento.

Marco Caria fue un Figaro con demasiada voz y al que le faltaba más chispa cómica, sobre todo en su presentación con el largo al Factotum. Lo de demasiada voz se le notó mucho en el “Zitto zitto, piano piano”, en el que tenía que hacer un gran esfuerzo por controlar su gran caudal vocal en un momento que requiere lo contrario. No canta mal, pero no me parece que Figaro sea su papel.

Annalisa Stroppa, afortunadamente una mezzo-soprano, fue Rosina. Bella voz, sin problemas de tesitura, con capacidad para la coloratura, su Rosina fue correcta en todo momento, y no falta de cierta comicidad. Se le podía pedir más, pero fue una Rosina más que digna.

Pero quien arrasó, quien se llevó el favor del público, fue el gran Carlos Chausson. Voz potentísima que se hacía oír incluso cuando estaba de espaldas al público, vis cómica impresionante, con un dominio escénico digno de alguien con sus muchos años de experiencia, domina además el papel vocalmente, con un excelente canto sillabatto (aunque se le notaba algo ahogado, lógico a su edad). Un Bartolo que hay que ver, porque pocos habrá de su nivel canoro e interpretativo. Al final de su aria fue largamente aplaudido y braveado (frente a la desidia de las arias anteriores, en este caso acabé con las manos rojas de aplaudir), igual que en los saludos finales. Él fue en realidad el protagonista de este “Il barbiere di Siviglia” que, sin su presencia, habría quedado un tanto pálido. Disfrutemos del tiempo que le quede en activo (parece que ya poco), porque es un seguro de canto e interpretación impecable.

Y así termina la temporada. Con ganas de algo más “potentillo”, a la espera de que comience la próxima. Que esperemos que nos dé tantas (o más) alegrías que esta… y menos disgustos, ya puestos.



Crónica: La tabernera del puerto de Sasibil en Lasarte (09-04-2016)


La Asociación Lírica “Sasibil” es una asociación donostiarra cuyo fin es promover la zarzuela tanto en la propia Donostia como en otros lugares en los que han hecho representaciones de zarzuela. Hasta la fecha, yo había estado sólo en una representación hecha por Sasibil, una “Luisa Fernanda” en el Teatro Victoria Eugenia de la capital gipuzkoana. Teniendo en cuenta los medios y el nivel de la agrupación, la recuerdo como una experiencia satisfactoria (recuerdo que me emocioné con el “Subir, subir y luego caer” de Andeka Gorrotxategi; aunque sólo fuera por eso, ya merecía la pena haber ido). Por eso tenía tantas ganas de poder disfrutar de La tabernera del puerto (la segunda vez que vería en vivo esta zarzuela), aunque en un lugar tan extraño como la Manuel Lekuona Kultur-etxea (casa de cultura en euskera) de Lasarte-Oria, localidad de 18.000 habitantes vecina de Donostia. Los precios de las entradas eran razonables y tampoco me pillaba lejos, así que no me lo iba a perder.




La primera sorpresa: claro, no hay foso para la orquesta, así que ésta se situaba justo delante de la primera fila en el espacio que quedaba hasta el escenario. Obviamente, ahí no entraba una orquesta sinfónica. Y como el anfiteatro no está inclinado, pues aunque estuvieras en las filas de atrás, estabas a la misma altura que la orquesta y el director. Y sí, el director tapaba un poquito la vista del escenario, por momentos, sobre todo para los que estábamos en las localidades más centradas. Pero bueno, males menores.

El lugar no permite escenografías complicadas, pero las resolvieron bien: en los laterales del escenario, la taberna por un lado y el Café del vapor por el otro; en medio, una plaza con unas escaleras detrás y el dibujo de unos mástiles de fondo. Perfecta para el primer acto y para el segundo cuadro del tercero. En el segundo acto se llena la plaza de mesas y bueno, como apaño vale para que parezca la taberna. Lo complicado era el primer cuadro del tercer acto, que transcurre en el mar; pues bien, se abrió el telón solamente hasta la mitad, dejando ver el lugar que ocupa la plaza, con una txalupa en primer plano y sin iluminar el fondo. Con la tormenta, los intérpretes agitaban barca y mástil, y ya tenemos tormenta. Un tanto rudimentario, vale, pero bien resuelto, y más en vista de las obvias limitaciones técnicas y de espacio. Con un poco de imaginación se puede conseguir sacar adelante cualquier reto, desde luego. No queda más que felicitar a la asociación por la eficacia de la escenografía en un escenario a priori nada propicio.

La orquesta propia de Sasibil, modestita en su tamaño, fue dirigida por Arkaitz Mendoza. ¡Bravo por él! Sonó maravillosamente (salvando algún desafine de una trompeta, me parece), consiguió no tapar a los cantantes (y era difícil conseguirlo en un lugar así) y consiguió unos crescendos al final de los actos escalofriantes. Los desajustes con los cantantes parece que se debieron a la imposibilidad de realizar ensayos, y tampoco fueron muy serios. Y es que en los pasajes orquestales sonaron tan bien…

El coro, también propio de Sasibil, cumplió con solvencia (se ve que están acostumbrados al repertorio), aunque la sección masculina me pareció un pelín escasa de miembros; unos pocos marineros más no habrían sobrado. Muy bien no sólo en las escenas corales, sino también en los acompañamientos de los solistas a boca cerrada (en el “En un país de fábula” y en el “La luna es blanca, muy blanca”).

Y vamos ya con los solistas. Antes de nada, decir que, al no haber programa de mano, tendría problemas para saber quiénes fueron los intérpretes (se dijo en voz alta sus nombres antes de la función, pero como para ponerse a apuntarlos…), de no ser porque el tenor Igor Peral ha puesto el reparto (aunque falten los comprimarios) en el Facebook. Así que gracias a él puedo hacer la crónica.

La pareja cómica de Chinchorro y Antigua la interpretaban Josean García y Ana Miranda. Él es el fundador de Sasibil, y se le notaba muy cómodo en su parte, tanto en lo actoral como cantando. Ana Miranda era también una cómica genial, aunque en la parte vocal fuera un poco desajustada de ritmo. Pero claro, en estos personajes no importa tanto cómo cantan sino su vis cómica, su talento como actores, y además son dos borrachos, que como si tienen una voz cazallera, no pasa nada. Sacaron las carcajadas del público, que es lo que tienen que hacer.

ENORME Iker Casares como Ripalda. Y digo enorme porque es un papelito de nada, pero es que él lo hizo destacar. Perfecto como actor, cantó además perfectamente el trío cómico del segundo acto. En serio, muy bien.

Izaskun Kintana se hizo cargo de la parte del muchacho Abel. Su pequeña estatura ayudaba a colar como chavalín (aunque una gorra no le habría venido mal). De nuevo, muy bien como actriz y como cantante. Uno de los momentos más cómicos de la noche lo protagonizaron ella e Iker Casares cuando, al final del trío cómico, van a darle un besito en la mejilla a Marola, cada uno por un lado, y ella hace la cobra y terminan dándose un pico… es lo que tiene la zarzuela, que gags de esos ayudan mucho a sacar adelante la función.

Simpson, un personaje que siempre funciona muy bien, lo cantó Jesús Lumbreras. Leo por ahí que es barítono; por tesitura Simpson tampoco es tan grave como para darle problemas, es más un tema de timbre: el de Simpson tiene que ser un timbre oscuro. Y el de Lumbreras ayer lo fue. Sacó adelante sin problemas su maravillosa romanza “La luna es blanca, muy blanca” y sus participaciones en la habanera del primer acto. Y además, su personaje es el hilo conductor de la zarzuela, y lo sacó adelante con talento interpretativo.

Siguiendo el orden en el que salieron a saludar (que no es el orden que yo seguiría, pero bueno), pasamos a Leandro, que lo interpretaba Igor Peral. Su nombre me sonaba, pero no sabía de qué… acabo de enterarme que fue el Gastone de La Traviata donostiarra de la que escribí crónica hace dos meses. Entonces dije que “me sonaba engolado, pero bien resuelto”. Pero claro, no es lo mismo el Gastone verdiano, cortito, muy central, que este Leandro, con muchos más graves y agudos. Al margen de que escénicamente quedaba perfecto como Leandro, sus primeras frases cantadas (en el dúo con Marola… “Todos lo saben, es imposible disimular) mis impresiones fueron similares: canta bien, pero suena algo engolado. Los graves no parecen ser su mejor baza (y las primeras frases del dúo del 3º acto son peliagudas por esa zona), pero en cuanto sube al agudo, parece que la voz se libera y suena mucho mejor. Su “No puede ser” fue muy aplaudido (claro que si subo yo a cantarlo estando afónico también me aplauden… ese público que va sólo a la zarzuela al final aplaude los pasajes que conoce, al margen de que hayan estado bien o mal cantados). Merecidamente, he de decir. No lo voy a comparar con el de Javier Camarena que escuché dos días antes (no tiene sentido); se enfrentó con valentía a los agudos y en la parte central de la romanza se esforzó por matizar, por apianar. No voy a decir que me emocionara; eso ya lo había hecho (junto a Marola, los dos) en el dúo del primer acto, que desde el “Marinero, vete a la mar” fue quizá lo mejor de toda la noche. Ahí ambos estuvieron perfectos, y las voces empastaban muy bien. Y con lo que me gusta a mí ese dúo, pues disfruté como un enano. Es además un tío muy majete, por cierto.

El papelón de Juan de Eguía lo cantó Alberto Arrabal. Vozarrón, simplemente. Incluso se sacó algunos agudos de la chistera tanto en la habanera como en su romanza del segundo acto. La faceta extrovertida, fanfarrona, le pegaba muy bien tanto a su interpretación como a su canto (por momentos se diría que el papel le iba pequeño). Incluso matizar un poquito más en la habanera no habría quedado mal. En la romanza del segundo acto se le vio comodísimo, y muy bien también en el final del segundo acto. Pero, curiosamente, lo mejor fue su romanza del tercer acto, donde tuvo que contenerse más pero que resultó muy emotiva: en esa romanza hay que emocionar (que nuestros ojos, igual que los de Juan de Eguía, sepan lo que es llorar), y él lo hizo.

Y termino con Marola, cantada por Ruth Terán. Ya desde el dúo del primer acto dije: su “En un país de fábula” va a ser fabuloso. Y lo fue. Sin problemas de tesitura, con el volumen suficiente para hacerse oír (aunque en los dúos con Leandro tenía que esforzarse más por hacerse oír, sin conseguirlo siempre), físicamente perfecta (ya sabemos que el físico en la ópera y zarzuela no debería importar, pero es que una Marola fea o entradita en años como que no pega ni con cola), con una voz bellísima y muy buen gusto… Lástima que su romanza no fuera demasiado aplaudida (será que no es tan conocida como las otras…). Ella redondeó un cuarteto protagonista, en mi opinión, impecable. Demasiado lujo desde luego para un lugar como Lasarte: en Viena, o hasta en Madrid, podríamos pedir más; aquí nos esperaríamos mucho menos, algo casi mediocre para llenar el cupo, y no fue así ni de lejos.

Un buen tirón de orejas para el público, por cierto, Al margen de las toses, los móviles y demás cosas habituales, hubo encima tarareos y, peor aún, cotorreos; por un momento, creo que en el tercer acto, parecía que estuviéramos en un bar de los “murmullos” que se oían; hasta en el cine hay más silencio. tenía detrás mío a dos hombres que estaban todo el rato silenciando a unas abuelas ultra-ruidosas al lado suyo, y cuando comienza la orquesta con el preludio del tercer acto (que mira que es bonita), le hacen callar a una, y ella protesta: “Pero si todavía no ha empezado”. ¡Estuve a punto de girarme y comérmela! Y los aplausos antes de tiempo, sobre todo en la romanza de Juan del tercer acto, que él todavía no había terminado su último “Piedad” y ya todo el mundo aplaudiendo… lo que nos va a costar educar al público… a mí lo que me va a costar es una úlcera, al paso que vamos.

Esta La tabernera del puerto se va a representar en algún pueblo gipuzkoano más a finales de año, pero espero algo más: siendo este 2016 Donostia la capital europea de la cultura, siendo Sorozabal, junto con Usandizaga, su más notable compositor, siendo esta Tabernera, en mi opinión, su obra maestra, y en un año en el que acabamos de celebrar el 80 aniversario de su estreno, sería de cajón que se represente también en la capital gipuzkoana. No desaprovechemos la ocasión, por favor.