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Crónica: Norma en ABAO-OLBE (22-05-2018)


Regreso a los inicios. La “Norma” de Vincenzo Bellini fue la primera ópera que vi como abonado de ABAO-OLBE, allá por 2009, y es la primera ópera que la asociación bilbaina vuelve a programar en estos años. Con la diferencia de que en 2009 se optó por la Adalgisa en versión soprano que cantó Mariola Cantarero, mientras en esta ocasión se optó por la tradicional versión de mezzo.




“Norma” es siempre una apuesta arriesgada, y más si es el título elegido para cerrar una temporada. Tanto el papel protagonista como el de Pollione plantean semejantes dificultades canoras que pocos cantantes son capaces de arrasar con ellos, mientras muchos fracasan estrepitosamente en el intento. Creo que ABAO era consciente de que tenía que apostar todas sus cartas, de juntar el mejor reparto posible, y repetir el trío de intérpretes que arrasó en el “Roberto Devereux” era poco menos que una apuesta segura.

Antes de comentar la función dejo como siempre en enlace del programa.

La escenografía de Giò Forma Studio fue sencilla, basada en un gran árbol con una rampa escalonada en la parte trasera, que cumplía de forma multifuncional en las diversas escenas de la ópera. No aportaba nada, pero tampoco molestaba. La dirección escénica de Davide Livermore abusaba de los figurantes-ballet (nunca entenderé esa manía de representar a saber qué en escena durante la obertura), y que presentaba a los galos como una suerte de mezcla entre los irreductibles aldeanos de Asterix y Obelix y los sacrificios humanos precolombinos: si la entrañable pareja gala se conformaba con lanzar por los aires a los incautos soldados romanos de un manotazo, aquí los romanos acababan con el gaznate rebañado, lo que resultaba acertado aunque un tanto desagradable. Por lo demás, la dirección de los intérpretes fue adecuada, sin contradicciones con el libreto, lo que a día de hoy ya es mucho pedir.

La Orquesta Sinfónica de Bilbao respondió con buen nivel a la batuta de Pietro Rizzo, respondiendo cohexionadamente a los irregulares ritmos que imponía el maestro: muy lento en algunos, como en la famosa “Casta Diva”, muy apresurado e otros, como el espectacular final del primer acto o en el “Si, fino all’ore estreme”. Un poquito pasados de volumen en el aria de Pollione, llegando a tapar a Kunde en algún recitativo, estuvieron más comedidos el resto de la función, manteniéndose al mismo alto nivel que el reparto vocal.

El Coro de Ópera de Bilbao estuvo también a la altura de las circunstancias en sus numerosas intervenciones, destacando sin duda en la escena final.

Del pequeño reparto, solvente la Clotilde de la veterana Itxaro Mentxaka, en un papel básicamente recitado. Vicenç Esteve como Flavio resultó correcto, si bien ciertas redundancias en el fraseo afearon la línea de canto belcantista que corresponde al papel.

Roberto Tagliavini, como el severo Oroveso, lució voz y consiguió hacerse oír sin problemas en el inclemente Euskalduna. Impecable en su faceta más fiera, resultó igualmente emotivo en la escena final. No es Oroveso un papel que dé mucho juego, ni vocal ni interpretativamente, pero resultó acertado en todo momento.

La Adalgisa de Silvia Tro Santafé me dejó un tanto confundido. Hizo su entrada con un recitativo de manual, interpretativamente impecable y vocalmente sobrada, llegando a lucir unas mesa di voce magníficas. Pero luego, en el resto del primer acto, los agudos me sonaron tirantes y la voz parecía acusar de un excesivo vibrato. Todas estas pegas que le pueda poner desaparecieron completamente en el segundo acto, donde lució unos agudos impresionantes y ese vibrato que me había parecido percibir (¿serían acaso imaginaciones mías?) desapareció. El dúo “Mira oh Norma” fue sin duda uno de los mejores momentos de la noche, y los aplausos y bravos que recibió al finalizar fueron sin duda absolutamente merecidos.

Gregory Kunde es un fenómeno vocal, y no resulta fácil encontrar a día de hoy un tenor que pueda hacerle sombra como Pollione. Es cierto que su paso a repertorios más pesados, verdianos y veristas, han pasado factura a su voz, y que ya no suena tan belcantista como antaño, pero a su edad mantiene unos medios vocales envidiables y unos agudos realmente espectaculares. Magnífica su aria de introducción, introduciendo incluso variaciones en el Da Capo y en la repetición de la caballetta, y lanzándose sin terror alguno al sobreagudo. Pero, por encima de todo, Kunde es un artistazo, un actor que sabe cómo decir cada frase y que cuenta con los recursos técnicos y vocales que le permitan salir siempre triunfante. ¡Qué forma de decir, por ejemplo, en la escena final, ese “Non lo dir”! Es en esos momentos cuando el cantante pasa a ser artista, y Kunde nos volvió a demostrar que es uno de los grandes. Fue un verdadero placer disfrutar de su Pollione.

Anna Pirozzi debutaba con estas funciones el papel de Norma. Papel nada fácil, ya que no es ni una soprano lírico-ligera ni una dramática de coloratura, combinando ambos estilos. Y la Pirozzi no tiene nada de lírico-ligera, lo que se notó en especial en la cabaletta “Bello a me ritorna”, en la que se le notó incómoda en las coloraturas, que de hecho evitó en la repetición, con unos agudos que sonaban demasiado ácidos (a diferencia del agudo con el que remató la cabaletta o el del final del primer acto, simplemente espectaculares). Pero en los momentos más líricos y en los más dramáticos sale a la luz todo su talento. El eterno final en pianísimo del “Casta Diva” fue pura magia, como lo fueron los numerosos pianísimos con los que deleitó al público (ese “O rimembranza” fue otro momento de pura magia). Su labor junto a Tro Santafé en el “Mira o Norma” fue, como ya he mencionado, uno de los mejores momentos de la noche, pero también lo fueron otros momentos más dramáticos, como el espectacular final del primer acto o su enfrentamiento con Pollione del segundo, “In mia man alfin tu sei”, y resultó especialmente emotiva en su escena final. Pirozzi fue sin duda una magnífica Norma, y demostró una vez más que es otra artistaza que enlaza con las grandes sopranos italianas del pasado.

En fin, ABAO se apuntó un exitazo que no por previsible deja de ser menos destacable. En una temporada en la que el gris ha predominado demasiado, que a una ópera de la dificultad de “Norma” no se le puedan poner peros importantes (más allá de pequeños detalles, lógicos por otra parte por la ya mencionada dificultad del título) es sin duda algo remarcable, todo un acierto que marca la línea a seguir por la asociación. Por primera vez en demasiado tiempo salí absolutamente satisfecho de la función, con ganas de repetir incluso.



Crónica: Andrea Chenier en ABAO-OLBE (23-05-2017)


Tendría yo 17 años, 18 como mucho, cuando vi la película “Philadelphia” (que no había vuelto a ver hasta hace unos dos meses, por cierto), y fue gracias a esa película que descubrí la existencia de una ópera titulada “Andrea Chenier”. En aquella época en la que no existía Spotify ni Youtube (o al menos yo no lo conocía), la única opción de poder escuchar una ópera nueva era cogerla prestada en la biblioteca, y poco tardaría en coger la versión que tenían de esta ópera, que no tardó en convertirse en una de mis favoritas. Por eso, como ya dije en este post dedicado al 120º aniversario del estreno de la ópera, era la que más ganas tenía de ver en vivo. 65 óperas y distintas, y todavía me faltaba Andrea Chenier. Ya son 66, por fin incluyendo la lista la ópera de Giordano.




Andrea Chenier se estrenó en 1896, el mismo año que La Boheme de Puccini. Y es difícil imaginarse dos óperas tan distantes que persigan el mismo objetivo: emocionar al público. La Boheme, y Puccini en general, lo hace a través de su bellísimo melodismo; Giordano a través del impacto vocal y dramático. Probablemente si esta ópera la hubiera compuesto Puccini, habría sido un desastre; no pega con su estilo. Pero Giordano eleva un libreto un tanto discutible a niveles mágicos aprovechando al máximo las frases más grandilocuentes y llevando a los cantantes al límite de su resistencia vocal, con agudos que suenan como cañonazos, y que estremecen el cuerpo del oyente como si de verdad recibiera un disparo de cañón. Es indispensable por tanto contar con interpretes a la altura vocal e interpretativa para que el resultado sea satisfactorio.

Este Andrea Chenier es el cierre de la temporada 65 de ABAO-OLBE. No creo ser sospechoso de parcialidad con la institución bilbaina: en mis crónicas cuento sin reparos lo que me gusta, pero también lo que no, y no he tenido reparos en decir que ciertas funciones han sido verdaderos fracasos. Pues bien, en mi opinión, en este caso la ABAO se ha asegurado un triunfo absoluto, y con ello un cierre más que digno a una temporada llena de altibajos.

Antes de comentar la función dejo un enlace de la ficha artística y técnica.

La escenografía de Ricardo Gómez Cuerda presentaba un salón de un palacio nobiliar en el primer acto, con un plano inclinado al que no consigo encontrar el sentido. En los siguientes actos, este escenario se iba adaptando a las nuevas localizaciones (una calle de París, el tribunal popular, la cárcel) en un estado de cada vez mayor decadencia. Como si quisiera describir una decadencia cronológica que tampoco entiendo, porque eran tan decadentes los últimos días del terror de Robespierre (al que le quedaban, literalmente, 3 días) como los últimos días de la nobleza pre-revolucionaria. En todo caso, hay que reconocer el respeto por las indicaciones del libreto (el sofá del principio es azul), al igual que hacía la dirección de escena de Alfonso Romero Mora, eficaz y creíble, en parte gracias al talento de los intérpretes. Quizá lo más chocante es el asesinato de Bersi por parte del Incredibile, que no recuerdo que se mencione en el libreto.

La Orquesta Sinfónica de Bilbao, dirigida por Stefano Ranzani, respondió adecuadamente a la difícil partitura de Giordano, aunque algo falta de brillo en ciertos momentos y en exceso ruidosa en otros, aunque hay que reconocer que consiguieron no tapar a los cantantes en casi ningún momento. Buen trabajo en especial de los vientos.

El Coro de Ópera de Bilbao se vio en problemas en la pastoral del primer acto (perjudicados por el ritmo excesivamente rápido elegido por Ranzani), peligrando el pianísimo final que se rompió en muchas voces. Mucho mejor su rendimiento en el juicio del tercer acto y, en especial, en el desfile del segundo, cuando pudimos escuchar al coro con una calidad pocas veces vista.

Vamos con el extenso elenco de solistas. Gexan Etxabe se hacía cardo de tres breves papeles, siendo el más destacado el de Schmidt, el carcelero del 4º acto. Solvente, pero abusando del parlato. Errónea, en mi opinión la elección usar al mismo solista, José Manuel Díaz, para dos papeles tan distintos como Fléville y Fouquier-Tinville: uno requiere un canto muy delicado, mientras el otro es pura violencia en la voz. En el Fléville se le notó incómodo, le faltaba poesía, lirismo, delicadeza (yo habrá probado a darle el papel a Manel Esteve), mientras que como Fouquier-Tinville,sin ser su canto del todo ortodoxo, transmitió la autoridad y la maldad del personaje.

Correcto Fernando Latorre como el grotesco Mathieu. Manel Esteve supo a poco como Roucher, un papel que no permite juego vocal ni interpretativo. Con el buen sabor de boca queme dejó con su Silvio de Pagliacci, sólo queda esperar a la temporada que viene para verle en papeles de mayor enjundia.

Mireia Pinto fue una Bersi correcta, pero apenas audible en su breve monólogo del segundo acto. Mejor en el resto de sus intervenciones.

Francisco Vas es, ya sabemos, un lujo en esos papeles de tenor secundario a los que saca todo el partido vocal y escénico. Aquí, como Abate e Incredibile, abusó de caricaturizar en exceso a ambos personajes, pero vocalmente resultó impecable.

La veterana Elena Zilio ejercía de Condesa y de Madelon, dos papeles opuestos. Su voz se notaba gastada, con dificultades para el canto legato. Su Condesa fue casi esperpéntica, de nuevo en exceso caricaturizada, mientras que su Madelon, pese a notarse problemas vocales, consiguió ser todo lo emotiva que exige el personaje.

Vamos ya con el trío protagonista. Y comenzamos con Ambrogio Maestri, que debutaba un papel bombón como es el Carlo Gerard. La voz y la técnica de Maestri son muy a tener en cuenta en un panorama baritonal más bien gris. Se lució ya vocal e interpretativamente en el monólogo inicial, aunque se le veía incómodo en el registro agudo, atacado siempre con la ayuda de apoyaturas. Su “Nemico della patria” le dio problemas en los agudos finales, pero por lo demás estuvo perfectamente cantado e interpretado. Como actor falló más en el dúo con Maddalena inmediatamente posterior, donde se notaba que todavía no tenía del todo asimilado el papel, que necesitará trabajarlo en más ocasiones para sacar todo el partido a las magníficas frases que tiene. Pero en general dejó muy buen sabor de boca.

Anna Pirozzi es una soprano italiana de las de antes: voz grande, técnica impecable, legato, buen gusto cantando, capacidad de apianar hasta los límites de lo audible, proyección impecable… supo sacarle partido incluso a las frases más olvidables del primer acto, regalándonos en su momento culminante, “La Mamma morta”, una versión vocalmente irreprochable, quizá algo falta de más emoción, pero magnífica, al igual que el anterior dúo con Gerard.

Gregory Kunde es un fenómeno de la naturaleza. Con un agudo potente, pero un centro-grave más pobre sonoramente, su capacidad para pasar de un repertorio lírico-ligero a uno spinto es simplemente fascinante. Además, sorprende, siendo americano, su excelente pronunciación italiana y un fraseo con gusto. En su primer monólogo, el terrible “Un dì all’azzurro spazio”, que pasa de golpe de frases casi recitadas a otras con tremendas ascensiones al agudo, me quedé un poco frío, dudando si nos iba a dar una gran noche o no; no sé si fue culpa suya o mía (confieso que es el aria que menos me emociona de las 4 que tiene Chenier). Todo cambió con un brillante “Credo ad una posanza arcana”, un vibrante “Sì, fu soldato” y un “Come un bel dì di maggio” espectacularmente cantado, uno de los mejores momentos de la noche. Kunde sigue más la estela de Gigli o de Bergonzi que la de Corelli o del Monaco: matiza, frasea, colorea las frases, sin recurrir a fortes continuos o esperar al agudo (su mejor baza, por otro lado) para lucirse.

¿Me falta algo? Sí, no he dicho nada de los dúos de Chenier y Maddalena, los momentos más logrados de la ópera. En el del segundo acto Kunde y Pirozzi lo dieron todo, con unas medias voces mágicas (el monólogo de Maddalena que hay en mitad del dúo fue otro regalo para los oídos que nos hizo la Pirozzi). Parecía que ambos compitieran por ver quién lo hacía mejor; ambos lo dieron todo y el resultado fue espectacular, emocionante, desde el pianisimo de ella en el “spero in te” hasta el crescendo de él en el “Ora soave”, rematado por un potente agudo al unísono en el “Fino a la morte insiem”. Y en ese espectáculo que es el dúo final ya el resultado fue apoteósico. Con unos agudos que llenaban el enorme Euskalduna (con esa pésima acústica que le afecta), empecé a temblar de la emoción. La orquesta respondió de la mejor manera en los acordes finales para rematar un final de esos que se qudan grabados en los tímpanos de la audiencia, pero que te dejan con ganas de más.

Difícil imaginarse una mejor forma de estrenarse en directo con Andrea Chenier, sin duda. Mi más sincero agradecimiento a la ABAO por este regalo. Y a ver si el año que viene el nivel se mantiene (en especial en esa Norma con idéntica pareja protagonista).



Crónica: Roberto Devereux en ABAO-OLBE (24-22-2015)


Vaya por delante la notable diferencia con el anterior título de la temporada: si con el Don Carlos me aburrí como una seta, con este Roberto Devereux (cuya historia y argumento contamos en este post) he disfrutado como un enano.




Es la 4ª ópera de Donizetti que veo en vivo, y además es una ópera que prácticamente no conocía hasta hace unos días que empecé a “preparármela”. Y ya partía con la ventaja de ser razonablemente corta (poco más de dos horas… vamos, igualito que la Bolenna… aunque ésta sea musicalmente más interesante). Y lo cierto es que no me desagradó en absoluto. Sobre todo con ese 3º acto, las arias y caballettas de tenor y soprano. Y claro, si a la función le sumamos el atractivo que supone el protagonismo del gran Gregory Kunde, pues tenía los suficientes alicientes para que, con ese gafe que me afecta que me hizo perder el bus para ir hasta Bilbo, me fuera en coche, pese al mal tiempo y el cansancio que tenía. Y vaya por delante que no me arrepiento en absoluto.

Antes de empezar dejo un enlace de la producción.

Mario Pontiggia, en una especie de Juan Palomo que él se lo guisa y él se lo come, se hacía cargo nada menos que de escenografía, dirección escénica y vestuario. Sin atrevimientos, la escena se sitúa en la época histórica que le corresponde, el reinado de Isabel I de Inglaterra, por lo que el vestuario fue adecuado, y en general también la escenografía (salvo ese muro de ladrillo con arco de herradura en el 1º acto, que parecía que estuviéramos volviendo a ver el episodio del lunes de “Carlos Rey Emperador” con el cortejo fúnebre de Isabel de Portugal llegando a Granada… no creo que en Inglaterra conocieran mucho el mudéjar…). De la dirección escénica, se adecuaba a la perfección al texto, y además situaba a los cantantes en primer término para que fueran perfectamente audibles en todo momento (aunque con el vozarrón de Kunde se le habría escuchado hasta desde el fondo del escenario), lo que es muy de agradecer. Fue un Devereux como debe de ser, sin atrevimientos ni experimentos, más que correcto.

Josep Caballé-Domenech hizo milagros con la Orquesta Sinfónica de Euskadi (una orquesta a la que no tengo en especialmente alta estima, la verdad): la obertura sonó impecable, bellísima y muy bien interpretada (quizá un pelín rápida, pero tampoco es un problema). Y durante el resto de la función acompañó a la perfección a los solistas y, lo más importante, no les tapó nunca. Algo que es de agradecer, porque debería ser lo normal, pero me temo que no lo es. Y el coro de la ópera de Bilbao estuvo a mucho mejor nivel que en el pasado Don Carlos. Esta vez por la parte orquestal y coral todo fue irreprochable.

Pasando de los comprimarios (que tampoco tienen mayor importancia), vamos ya con los 4 solistas.

El duque de Nottingham recayó en Alessandro Luongo (que ni idea de quién es). Mejorable vocal y técnicamente, lo cierto es que tampoco me desagradó, quizá en parte por estar acostumbrado a escuchar en el papel a Peter Glossop, que tampoco era un prodigio, y en parte porque al final termina siendo un personaje desagradable con el que es imposible empatizar. En mi opinión no manchó el buen nivel general.

La pobre Silvia Tro Santafé estuvo de 10 como Sara: impecable técnica, con las agilidades bien resueltas, bella voz de mezzo, bien como intérprete… y digo lo de “pobre” porque el papel de Sara hace que con unos notables Roberto y Elisabetta, quedas eclipsada, que es lo que le pasó. No sé si fue la mejor de la noche (podría serlo, desde luego), pero a la hora de los aplausos se quedó con una porción mucho menor a la que le correspondía… y es que su papel no impacta tanto como los protagonistas. Una pena por ella, porque por mi parte nos regaló magníficos momentos para el recuerdo, empezando ya por el aria con la que comienza la ópera.

Volvía Gregory Kunde al Euskalduna tras el notable Turiddu y el magistral Canio de la pasada temporada, y lo hacía volviendo a sus orígenes, al belcanto, en una época en la que, a sus 61 años, Verdi y el verismo han pasado a ocupar un papel protagónico en su repertorio. Y eso se nota en su voz, mucho más ancha (te dejaba sordo con cualquier frase, y eso que yo estaba atrás del todo en ese enorme auditorio de acústica más que mejorable), pero también menos belcantista, especialmente en la forma en la que ataca los agudos. Pero bueno, es que vaya agudos, también hay que decirlo. Kunde es una de esas personas que te hacen sentir la ópera como muy pocos hoy día, un auténtico prodigio vocal que puede casi con todo, y que por encima de todo nos regaló una mágica escena del 3º acto, que remató con una caballeta que sonó así (el vídeo de Youtube es de la función del sábado, yo estuve en la del martes y me parece que incluso incluyó más variaciones en la repetición):

Vamos, que Kunde volvió a hacernos disfrutar una noche más con un memorable Roberto Devereux. Y a la espera de lo que nos haga en la próxima Manon Lescaut

Y termino con el gran descubrimiento, la Elisabetta de Anna Pirozzi (que tampoco ni idea de quién es), que por lo visto debutaba el papel…. pues ¡quién lo diría! Muy buena voz, buen gusto a la hora de matizar, con bellos pianísimos, agudos y sobreagudos potentes como cañozanos, coloraturas perfectamente superadas… superó con nota un papel nada fácil vocal e interpretativamene hablando. No me explico por qué ni ella ni Kunde remataron con agudo el dúo del primer acto, pero por lo demás no se amedrantó ante la difícil partitura, regalándonos un final de lujo, con el “Vivi, ingrato” y el “Quel sangue versato” que podéis escuchar en este vídeo. Como está el 3º acto completo, id directamente hacia el minuto 28 y escuchad el resto. Y luego me decís si fue para disfrutar o no:

En resumen, no sólo disfruté como un enano con este Roberto Devereux que no entra del todo en mi estilo habitual, sino que además me quedé con ganas de más. Ya podrían las demás óperas de la temporada tener un nivel como esta… aunque en eso soy pesimista, lo siento. Pero esta vez fue una noche de 10, para recordarla.