Archivo de la etiqueta: Asociación Lírica “Sasibil”

Crónica: Katuska de Sasibil en Donostia (28-12-2018)

Hace escasos tres días dedicábamos un post para recordar el 30 aniversario de la muerte del compositor Pablo Sorozabal. Era por lo tanto de esperar que la donostiarra Asiciación Lírica Sasibil aprovechara la conmemoración para recordar a quien, junto con Usandizaga, es el más grande compositor que ha dado la capital gipuzkoana. La elegida para el acontecimiento ha sido la primera obra lírica de Sorozabal, la conocida “Katiuska”. 

El estreno contó con la asistencia del nieto del compositor y con un Victoria Eugenia razonablemente lleno y dispuesto a disfrutar. Y alegra además comprobar que la edad media del público empieza a reducirse ligeramente, demostrando que el género tiene todavía futuro por delante. 

Vamos ya a describir la función en cuestión.

Ya conocemos las escenografías de Sasibil, sencillas, dados los medios. En este caso resultaba más sencilla de resolver al transcurrir los dos actos en el mismo escenario, una posada por la que desfilan fugitivos de la nueva Rusia Soviética y los oficiales que los persiguen. Poco atrezzo era necesario, apenas algunas mesas y sillas y una estufa, y con pocos elementos más se resolvía la función sin dificultad. La dirección escénica de Josean García resaltaba los elementos cómicos y resultó igualmente solvente.

Gran trabajo el de la orquesta, en este caso ampliada por arpa, piano, mandolina y una percusión mayor de la habitual (pandereta…) para describir el ambiente ruso de la obra. Gracias a la dirección de Arkaitz Mendoza consiguió que la tensión no decayera en ningún momento, acompañando con corrección a los cantantes (algún desajuste, en general al comienzo de la obra, achacable a la necesaria falta de ensayos) y destacando en los momentos solistas, el preludio del segundo acto y la repetición orquestal de fox-trot, ambos momentos más que disfrutables. Pese a algún puntual abuso de volumen, en general Mendoza supo controlar a los músicos para no tapar a los solistas (esos gestos al acompañar la primera romanza de la protagonista en sus pianísimos lo decían todo), y sólo nos queda celebrar el gran nivel de la formación, que nos permite augurar nuevas grandes funciones por lo que a ellos respecta. 

Tras un comienzo con algún que otro desajuste, el coro de la asociación rindió igualmente a gran nivel, consiguiendo salir de aquel perpetuo canto en forte al que nos tenían acostumbrados. Van sin duda por buen camino, y esperemos que esta senda continúe a más en próximas funciones. 

Aunque en otras ocasiones lo haya considerado superfluo, en esta ocasión agradecí la participación del ballet de la escuela de música y danza de Donostia, con participaciones tanto en los ritmos eslavos de la canción ucraniana del comienzo del segundo acto como, en especial, del fox-trot. El vestuario, en este segundo caso, resulto especialmente adecuado para trasladarnos a ese París de la belle-epoque. 

Aparecieron por el escenario diversos figurantes que funciones actorales o, a lo sumo, alguna pequeña intervención cantada, que resolvieron con gracia sus partes y sobre los que poco más se puede decir. 

Pasando a los secundarios, especialmente conseguido el acento catalán de David Sentinella como Amadeo Pich, especialmente hilarante. Ángel Walter como Bruno Brunovich demostró igualmente sus grandes dotes cómicas, aunque vocalmente se echó en falta un poco más de volumen (perjudicado probablemente en los Kosakos de Kazan por el bailoteo que se marcaba), algo aplicable al Boni de Juan Carlos Barona, bien cantado en todo caso. María Jesús Gurrutxaga demostró que es una gran actriz cómica que canta más como actriz que como cantante. Alicia Montesaquiu fue una Olga sobrada de voz en todas sus intervenciones. Las escenas de las que se hicieron cargo estos intérpretes, los Kosakos de Kazan, el cuarteto “Rusita, rusa divina” y el fox-trot “A París me voy” fueron todos ellos momentos muy disfrutables. 

Vamos ya con los papeles protagonistas. Grata sorpresa facundo Muñoz como el Príncipe Sergio, con una voz desenvuelta, de timbre hermoso y solvente en el agudo, cuyas intervenciones cantadas se antojaron escasas vistos los resultados. 

Antonio Torres, como Pedro Stakof, comenzó correcto con su romanza “Calor de nido”, pero a medida que la voz calentaba sus prestaciones mejoraron hasta lucirse en “La mujer rusa” y en el dúo con Katiuska del segundo acto. Voz potente, de agudo poderoso aunque en ocasiones algo opaco, a su “Calor de nido” le faltó quizá una mayor capacidad de apianar, por lo que, como ya hemos mencionado, su participación mejoró en el segundo acto en este sentido. Fue el más aplaudido de la noche, y sin duda su labor resultó notable.

Ana Nebot, en el papel protagonista de Katiuska, tuvo algún tropiezo con los diálogos (no fue la única, también hay que decirlo). Vocalmente, su voz tiene un vibrato un tanto excesivo para mis gusto, que se notó bastante en su primera romanza, “Vivía sola”. En todo caso, no tiene problemas de tesitura y, con la voz más caliente, su romanza del segundo acto “Noche hermosa” fue un momento muy disfrutable de la función, cantada con buen gusto y absoluta solvencia vocal. 

Digno recuerdo esta “Katiuska” para nuestro ilustre paisano Pablo Sorozabal. De nuevo Sasibil nos ha vuelto a regalar una función de zarzuela muy disfrutable y con un nivel musical en absoluto acorde con sus medios económicos. El público cantando los Kosakos de Kazan durante los aplausos demostró que había disfrutado, y seguro que el compositor estaría satisfecho si hubiera podido verlo. 

Crónica: Los Gavilanes de Sasibil (15-09-2018)


Con sólo dos días de diferencia, la donostiarra Asociación Lírica Sasibil ofrecía un segundo título zarzuelístico tras “El Caserío“, en este caso el no menos famoso “Los gavilanes”, de Jacinto Guerrero. Los resultados no alcanzaron el mismo nivel de calidad, pero seguimos encontrándonos ante un espectáculo que bien mereció la pena.




Antes de comentar la función, dejamos como siempre un enlace de la producción.

La puesta en escena de “Los Gavilanes” fue muy similar a la de “El Caserío”; no hay ni presupuesto ni capacidad técnica ni, en este caso, tiempo, para poder pedir más. Un escenario sencillo, realista, que quizá no aporte novedades pero que, desde luego, tampoco molesta al desarrollo dramático de la obra, lo que siempre se agradece. La dirección escénica, en manos de Josean García, enfatiza los aspectos cómicos de una obra que no lo es tanto, con momentos realmente logrados en este sentido.

La Orquesta de Sasibil, de nuevo bajo la batuta de Arkaitz Mendoza, volvió a brillar. Algún pequeño desajuste puntual no afectó al buen resultado orquestal, pese al poco tiempo disponible para ensayar la obra. Los momentos instrumentales de la partitura volvieron a brillar con luz propia, mientras durante el resto de la función, Mendoza demostró su habilidad concertadora. Y si bien en este caso hubo momentos en los que la orquesta tapó a algún solista, me temo que no fue problema de la orquesta.

Grata sorpresa la que me dio el Coro de Sasibil. Si en mi anterior crónica mencionaba su tendencia al canto permanente en forte, aquí matizaron mucho más, con momentos en piano casi siempre resueltos de forma más que correcta. Si en el equipo estable de Sasibil la parte que más miedo me daba era el coro a la hora de asumir proyectos más ambiciosos con solvencia, en esta ocasión me han demostrado que podrían estar a la altura sin problemas.

El numeroso elenco de cantantes secundarios y actores fue, como era de esperar, correcto, destacando siempre la faceta actoral de los mismos, pero sin notables problemas canoros. DEstacar, por encima de todos, la magistral labor cómica de Rafael Álvarez de Luna como el Alcalde Clarivan y de Ángel Walter como el Sargento de Gendarmes Triquet, que en sus intervenciones cómicas hicieron estallar las carcajadas del público gracias a sus tablas escénicas. Nos regalaron algunos de los mejores momentos de la noche, en especial en los discursos previos al descubrimiento de la placa en homenaje a Juan.

Fue, por desgracia, el cuarteto vocal el que más bajó el nivel con respecto al Caserío previo.

Elisa di Pietro, como la joven Rosaura, lució una voz de timbre hermoso y se defendía bien en la faceta de actriz, pero a su voz le falta la potencia necesaria para hacerse oír en todo momento. En este sentido, mejor su “No hay por qué gemir” del primer acto que sus intervenciones en el acto III, donde sería de desear una voz de mayor volumen para los momentos más dramáticos.

Javier Agulló, como Gustavo, lució una voz de tenor fresca, brillante, de agudo fácil, pero con momentos de afinación preocupante. Como desconozco si esto puede deberse a algún problema puntual o no, prefiero no hacer más valoraciones al respecto.

Alberto Arrabal lució su enorme torrente vocal en el papel de Juan, el “gavilán” que da título a la obra. Enfatizó la parte más agresiva del personaje, y brilló en los actos II y III. Quizá el problema vino en el primer acto, cuando, con la voz todavía sin calentar, se enfrenta a la página más famosa de “Los gavilanes”, la romanza “Mi aldea”, en la que supo lucir voz (magnífico el agudo final), pero a la que le faltó un poco más de sutileza interpretativa. Ya he observado en ocasiones anteriores que Arrabal necesita calentar la voz para dar lo mejor de sí, y por ello el Juan de “Los Gavilanes” le pone las cosas muy difíciles, si bien su canto fue siempre solvente.

Amparo Navarro corría con el papel de Adriana, el antiguo amor de Juan y Madre de Rosaura. La voz es más que interesante con un magnífico centro, si bien los extremos son más problemáticos: un grave apenas audible y un agudo tirante. Correcta en el “Amigos, siempre amigos”, tuvo su mejor momento en el tercer acto, donde su desgarrador dramatismo disimulaba los puntuales problemas vocales, y en todo caso fue probablemente la triunfadora de la noche.

El público, numeroso pero sin llegar a llenar el teatro, como fue el caso de “El Caserío”, se comportó en esta ocasión mejor (apenas hubo tarareos, nos ahorramos móviles sonando y gente respondiendo a las llamadas…), rió y disfrutó. Y, como aspecto destacable, en un público que en su mayoría peina canas (si es que peina algo), se veían más jóvenes de lo habitual en la zarzuela. Algo que sin duda invita al optimismo: podemos estar ante una nueva generación de melómanos, de aficionados a la zarzuela, y posiblemente también a la ópera, a los que habrá que buscar la forma de fidelizar, ya que son el público del futuro. Quizá los enormes esfuerzos de la Asociación Lírica Sasibil empiecen a dar más fruto del que imaginábamos…



Crónica: El Caserío de Sasibil (13-09-2018)


No hay duda de que “El Caserío”, la más famosa de las zarzuelas del alavés Jesús Guridi, es una de las favoritas del público donostiarra, por lo que era una apuesta segura para la Asociación Lírica “Sasibil” incluirla entre los dos títulos que representa en esta semana especial de zarzuela en la capital gipuzkoana. Pocas veces he visto el Teatro Victoria Eugenia tan lleno de público como ayer, si acaso alguna vez anterior.




Ahora la cuestión era que musicalmente los resultados estuvieran a la altura de la acogida del público. Es sabido que, en un título que por sí sólo va a atraer a un público dispuesto a disfrutar, se puede bajar el nivel musical sin que suponga un fracaso de público. Es decir, estos casos son los ideales para “bajar la guardia”. Pues bien, este no fue ni de lejos el caso de estas funciones de “El Caserío”, que han gozado de un nivel musical de enorme nivel.

Antes de comentar la función, dejo como siempre un enlace de la producción.

Ya conocemos como son las producciones de Sasibil: paneles laterales y de fondo (en esta ocasión incluso con una proyección en el tercer acto para simular la lluvia) y algunos elementos de atrezzo. Escenografía tradicional y simple, pero hay que recordar que el escenario del Victoria Eugenia no da para más, y resulta siempre efectiva.

La dirección escénica de Josean García fue, como siempre, hilarante. Ya sabemos que el fundador de Sasibil domina el mundo de la zarzuela, y sabe sacar toda la chispa cómica que suelen tener estas obras, y más en una tan cercana, con el juego de estereotipos vascos, el uso de palabras en euskera y similares. La colaboración de solistas y actores a este respecto fue fundamental, y en este sentido todo fue sobre ruedas. Los varios actores (Ana Miranda como Eustasia, Ekaitz González de Urretxu como Manu, Miguel Ángel Jiménez como Don Leoncio e Iñaki Álvarez como el Secretario) estuvieron magníficos en su labor, siempre cómica. Habría que destacar igualmente de forma positiva la labor de los 8 bailarines de la Eskola Dantza Taldea en sus bailes vascos del segundo acto.

La orquesta de Sasibil brilló a muy alto nivel bajo la dirección de un Arkaitz Mendoza en estado de gracia, dirigiendo con gestos enérgicos que denotaban su entusiasmo ante la partitura que tenía por delante. Y consiguió lo que se requiere en estos casos: pasar desapercibido durante los momentos vocales, acompañando con precisión a los solistas sin taparlos, pero brillando en los momentos orquestales. A este respecto, subrayar el magnífico preludio del segundo acto, realmente brillante, con una orquesta respondiendo a un nivel que me sorprendió (para bien, obviamente). No hubo errores, ni desequilibrios tímbricos, pese al más bien reducido número de músicos en el foso, que tampoco da para más.

El coro de Sasibil estuvo correcto, aunque con una marcada tendencia a cantar siempre en forte. Les falta una mayor sutileza, aunque superaron todas su participaciones sin errores llamativos. Es en todo caso, el aspecto en el que Sasibil más tendría que trabajar para igualar el nivel del coro con el del resto de participantes del espectáculo.

Vamos ya con los 5 solistas.

Klara Mendizabal fue una hilarante Inocencia, genial como actriz, y perfecta en su única intervención cantada en su dúo con Txomin del 3º acto. Demostró que un papel cómico no está reñido con un buen canto, como ha sido tan habitual en la zarzuela.

Lo mismo se puede decir del Chomin de Iker Casares, todo un animal escénico, que además resuelve con absoluta solvencia todas sus intervenciones cantadas, sin recurrir a bufonadas para disimular técnicas mediocres, ya que no tiene nada que disimular.

Uno ve a Igor Peral y lo asocia automáticamente con José Miguel, el Txikito de Arrigorri. Igualmente gran actor, su voz pide papeles de mayor enjundia. Su sensibilidad en su romanza “Yo no sé qué veo en Ana Mari” contrasta con el arrojo en el duelo de bertsolaris o en la escena final, con agudos potentes y bien proyectados, aunque quizá su mejor momento fuera el dúo del primer acto con Ana Mari, donde ambos estuvieron realmente brillantes (se me ponía la carne de gallina por momentos escuchándolo).

Ya sabemos que Miren Urbieta-Vega es una cantante de muy alto nivel, y no encuentra en Ana Mari momentos para lucirse como ella puede. Su romanza “En la cumbre del monte” fue correcta, desde luego, pero en exceso breve. Supo sacar partido, eso sí, de sus dúos con José Miguel en el primer acto, y con Santi en el segundo, espléndida en ambos. Como actriz se le vio más incómoda, con algún atropello en los recitados. Pero es una voz a tener en cuenta, y un lujo su presencia en este “El caserío”.

Por último, Gerardo Bullón fue un Santi al que sólo cabría reprochar que es demasiado joven para el papel, y escénicamente se nota. Es igualmente un magnífico actor, aunque su papel no da tanto juego cómico como otros, pero si por algo destaca es por una voz noble, potente, de timbre bello y en general sin problemas de tesitura, excepto en algún agudo algo problemático. Magnífico en su romanza “Sasibil, mi caserío”, no fue menos su ya citado dúo con Ana Mari y una magnífica escena final.

No queda otra que felicitar a Sasibil por su éxito. No por su éxito de público (evidente) o por su éxito económico (que eso lo desconozco), sino por su éxito artístico, al regalarnos una función de zarzuela de muy alto nivel, con cantantes, sospecho, infrautilizados. Yo, que siempre tiraré a la ópera (aunque la zarzuela me encante igualmente), veo el equipo de esta producción perfecto para una representación de “L’amico Fritz” de Mascagni que seguiría teniendo el mismo alto nivel que es el que uno espera que debería tener nuestra ciudad.



Crónica: “Bohemios” en Donostia (09-09-2017)


Como cada año, la Asociación Lírica “Sasibil” abre la temporada con una representación de zarzuela en el teatro Victoria Eugenia. En este caso tocaba “Bohemios”, de Amadeu Vives. No suelen ser las elecciones de Sasibil zarzuelas poco conocidas, pero para quienes tenemos todavía mucho trabajo por delante en este repertorio, no sirve para descubrir joyas como esta obra.




Antes de nada, una reflexión: cada año suelen darse más de mil representaciones de operetas vienesas como “La viuda alegre” de Léhar o “El murciélago” de Strauss. Ellos saben cuidar su patrimonio, mientras aquí seguimos menospreciando la zarzuela, género a menudo considerado menor (incluso por los propios compositores en algunos casos) pero que esconde páginas realmente inspiradas que merecerían una mucho mayor difusión, tanto entre nuestras fronteras como en el exterior. A todo esto, no estaría de más que las funciones de Sasibil aparecieran en Operabase, la página web imprescindible para estadísticas, para poder dejar el pabellón zarzuelero algo más alto dentro de su exigüidad.

Vamos ya con la crónica de la función. Y, como siempre, antes de empezar dejamos un enlace del programa.

La escenografía de “Bohemios”, dividida en tres escenas, fue sencilla pero cuidada: muy bien resuelta la primera escena con sus dos partes diferenciadas, la habitación de Roberto y la escalera. Sencilla la segunda escena en la calle y más barroca la tercera, con la orquesta tocando en escena. La dirección escénica corría a cargo de Iosu Yeregui, a quien estamos más acostumbrados a ver cantando como bajo. Al margen de la comicidad lograda por los actores, habría que destacar en este sentido la aparición de actores en la platea del teatro en el intermedio entre la primera y la segunda escena, que resultó eficaz para animar al público.

Arkaitz Mendoza dirigía la Orquesta de Sasibil, de modestas dimensiones, con su precisión habitual, siempre atento a los cantantes (algo que se pudo ver mejor que nunca en esa tercera escena en la que dirigía en el propio escenario, haciendo sus pinitos como actor; ya sólo nos falta que cante…), marcándole las entradas. Idéntica precisión se percibía con los miembros de la orquesta, que respondieron con buen nivel, en especial en los pasajes operísticos que se insertaron en la acción; a destacar la introducción de la Barcarola de “Les contes d’Hoffmann” de Offenbach o el impecable solo de clarinete dela introducción del “E lucevan le stelle” de “Tosca” de Puccini, pese al ritmo lento en exceso elegido. Era también en esos momentos operísticos en los que más se notaba el desequilibrio orquestal, con obras que exigen más efectivos en el foso. En todo caso, visto lo visto, apetece ver a Mendoza dirigir algo de más enjundia… una “Tosca” completa, por ejemplo.

El Coro de Sasibil no tuvo su mejor noche. Ellas estuvieron correctas, pero a ellos se les notó incómodos en la zona aguda en el coro de la segunda escena. Muy bien, en cambio, el Bohemio de Eneko San Sebastián en la misma escena.

Buen trabajo actoral el de Koldo Torres como Marcelo y,sobre todo, el de Ángel Walter como Girard, uno de los que más carcajadas provocó en el público.

Los breves papeles de Juana y Pelagia fueron interpretados por Klara Mendizabal y Paula Iragorri, un tanto histriónicas en algún momento. Su falta de entidad vocal fue compensada con la incorporación de la citada Barcarola de Offenbach, muy bien resuelta por Mendizabal en la zona aguda, mientras en el caso de Iragorri se echó de menos algo más de seducción al comienzo, algo más de cuerpo vocal, mejorando notablemente a medida que avanzaba la canción.

Algo similar le ocurrió a Consuelo Garrés como Pelagia, un papel vocalmente minúsculo, al que se le añadió el aria “O mio babbino caro” del “Gianni Schicchi” Pucciniano, que cantó sin problemas de voz, pero sin apianar en los agudos, que es lo que le da la gracia a una página tan conocida.

Magnífico interpretativamente el Víctor de Iker Casares, con una comicidad que aparentemente le sale natural. Vocalmente resolvió con solvencia su participación en la introducción de la obra, haciéndose oír incluso cuando cantaba junto a Roberto (con e torrente de voz que tenía su intérprete). No tan bien resuelta su participación en la segunda escena, en la que no se le escuchó del todo bien.

David Baños se hacía cargo del papel de Roberto. Con problemas en las partes habladas, en las que se atascó en demasiadas ocasiones, supo lucirse vocalmente, con una voz potente, de agudo fácil aunque algo forzado en su emisión, algo que se notó en especial en ese “E lucevan le stelle” que se le añadió. Mejor en mi opinión en las partes zarzueleras (en especial en el final) que en la ópera.

Lo mejor de la noche fue en mi opinión la Cosette de Elisa de Pietro, de voz bella y coloratura fácil y perfectamente audible, destacando en especial en su bellísima romanza “La niña de los ojos azules”, en la que sólo le faltó arriesgar algo más en el agudo.

El público, de edad notablemente más avanzada que el que suele acudir a la ópera (asignatura pendiente de la zarzuela, sin duda, el tema de la edad media del público), disfrutó, se rió y dio rienda suelta a su dudosa educación entrando tarde, hablando y hasta cantando en medio de la función. Simplemente desesperante, casi me arruinan una noche zarzuelera más que digna, que me dejó un muy buen sabor de boca. Claro que con una obra tan bella como “Bohemios” no es difícil.



Crónica: El dúo de La africana en Donostia (11-03-2017)


Tenemos en Donostia la suerte de contar con la Asociación Lírica Sasibil, que programa varias zarzuelas al año, manteniendo así de actualidad un género ignorado por el gran público y cada vez más afectado por un público de considerable edad. La zarzuela requiere un esfuerzo por actualizarse, por atraer nuevos públicos, y creo que la función de ayer de “El dúo de la Africana” cumplió con estas necesidades.




El dúo de La africana es una zarzuela de Manuel Fernández Caballero con un único acto, al que aquí, para alargar la duración, se le insertaron 5 arias de ópera y zarzuela cantadas por cada uno de los personajes principales, para aumentar así el reducido número de escenas musicales. Se dividió así la acción en una especie de dos actos. Dado que el argumento transcurre durante los ensayos y la representación de una ópera (La Africana de Giacomo Meyerbeer, a la que hace referencia el título con ese “El dúo de La Africana”, refiriéndose al dúo del cuarto acto de esta ópera), la inserción de estas arias no estaba en general fuera de lugar.

La dirección de escena ayudó a acercar la obra a nuevos públicos, tanto al actualizar ciertos elementos de la trama (la entrada de Pérez hablando por el móvil, ciertos pequeños guiños en los diálogos) y en especial al incluir a figurantes entre el público, que se peleaban durante la “función”, contribuyendo a meter al público más en la acción de este “teatro dentro del teatro”. Tanto la escenografía como la dirección escénica eran obra de Josean García, fundador de la asociación, que conoce bien el oficio y sabe conseguir el resultado requerido, que en este caso no era otro que hacer llorar de la risa al público (que era el objetivo de “El dúo de La africana” desde el principio).

La orquesta de Sasibil, dirigida por Arkaitz Mendoza, resultó como siempre correcta en la ejecución, destacando en especial las maderas durante la introducción. Las diferencias estilísticas que suponían la inclusión de arias de las más diversas óperas (de Mozart a Verdi) no supusieron un problema, que sonó en todo momento como debería en cada una de esas arias, destacando el bellísimo acompañamiento del aria “O Isis und Osiris”. Hay que destacar también que la orquesta no tapó a los cantantes, excepto en algún momento de la famosa Jota. Y no hay que olvidar la intervención como “actor” de Arkaitz Mendoza al principio de la obra, en un momento cómico muy conseguido. Hay ganas de poder escuchar a Arkaitz Mendoza en repertorios que le permitan un mayor lucimiento, desde luego, porque mis expectativas son altas.

El coro de Sasibil estuvo correcto, mejor por parte de ellas que de ellos, aunque hubo un muy notable desajuste con la orquesta en la escena inicial. Hubo también un “ballet” de 6 miembros cuya función era hacer si cabe más grotesca la “representación” de La Africana.

Vamos ya con los personajes de “El dúo de La Africana”. Dos de ellos no tenían intervenciones cantadas. De ellos, divertidísima María Jesús Gurrutxaga como Doña Serafina, la madre del tenor, siendo el inspector de José Ángel Otegui correcto pero sin tanta opción de lucimiento.

Iker Casares como el regidor Pérez supo a poco. Es un cómico nato, que resultaba hilarante en su histeria inicial hablada (gallos incluidos, y eso que no está en la adolescencia… ) y que en sus escasas intervenciones cantadas canta infinitamente mejor que los cantantes que han participado en las grabaciones discográficas de esta obra interpretando al mismo personaje.

El bajo lo interpretaba Iosu Yeregui. Y anda que no me cuesta hablar de Iosu, que siempre tengo que estar dejándole a caer de un burro, como si tuviera algo contra él… ayer se supone que no cantaba, por lo que en principio las pegas habituales no tendrían lugar en este caso. Su primera aparición como actor me resultó algo histriónica (cosa de gustos personales, llevo mal el histrionismo), estando mejor en apariciones posteriores, como cuando, queriendo abrazar a Amina, acaba cogiendo a Doña Serafina. La imitación del “Trololó” al salir de escena resultó convincente. Pero, aunque su papel no sea cantado, cantó. Y cantó una de las 5 arias incluidas en el espectáculo. Confieso que se me puso cara de tonto cuando escuché los primeros acordes de “O Isis und Osiris” de “Die Zauberflöte”, un aria que me encanta y en la que no perdono errores. Y pasó lo de siempre: mala emisión, con agudos imposibles, al margen de una voz a la que le falta el cuerpo que requiere Sarastro. Pero esta vez por lo menos hubo una grata sorpresa: mal el registro centra y agudo, pero el grave fue más que correcto, en un papel muy exigente en esa parte de la tesitura. Sonó a bajo, desde luego. Espero que de alguna forma consiga mejorar la emisión de la voz y que la próxima vez mis críticas hacia él puedan ser más positivas.

El papel de Amina, la hija del empresario Querubini, lo interpretó Elisa di Prieto. Un papel que en principio tampoco canta, en el que pudo lucir buenas dotes cómicas. Pero se le añadió un aria, del “Ah, non giunge”, de La Sonnambula de Bellini, en la que lució voz, estilo, habilidad en la coloratura, buenos agudos… mejorables las notas picadas y algún portamento, pero fue un momento magnífico, posiblemente el mejor de la noche vocalmente hablando. Sería interesante poder escucharle una Sonnambula completa para confirmar su capacidad, porque el suyo parece un nombre a seguir.

Andrés del Pino interpretó al empresario Querubini. Y como en el resto de los personajes, lo peor fue la incorporación del aria de ópera correspondiente, y en todos los casos el problema era el registro agudo (cantó un “Largo al Factotum” de “Il barbiere di Siviglia” interesante pero con problemas arriba). Su intervención en la parte estrictamente zarzuelística fue mejor, tanto en las partes cantadas, menos exigentes de tesitura, como en los diálogos, en ese pseudo-italiano, que resultaron hilarantes.

El tenor Giuseppini fue interpretado por Javier Agulló, que como aria incorporada cantó una buena “La donna è mobile” excepto por la emisión de algún agudo. Escénicamente tuvo la gracia necesaria, y se le veía cómodo en la jota con la soprano, que fue lo mejor de la parte estrictamente zarzuelística. Otra voz interesante que con alguna mejora en la emisión del agudo podrá darnos unas cuantas alegrías.

Y por último, la soprano protagonista, al Antonelli, fue interpretada por Milagros Martín, que lució un buen acento andaluz. Interpretó una romanza de zarzuela que desconocía, en la que, de nuevo, el mayor problema fueron los agudos, en exceso estridentes. Si excluimos este añadido, su participación fue igual de correcta que la del resto del reparto: interpretación cómica y voz suficiente para hacerse cargo de las partes canoras de la partitura, destacando también en la jota junto al tenor.

El público no lució educación, como ya viene siendo habitual en la zarzuela: una cosa es reírse, y otra ponerse a hablar en medio de la función o a tararear “La donna è mobile” cuando empieza a sonar. Daban ganas de tirarse de los pelos.

Ya he dicho antes que el objetivo de “El dúo de La Africana” es que el público termine llorando de la risa. En mi caso, a lagrimones. Objetivo cumplido. Dos horas de risas aseguradas a las que sumar  algunos momentos musicales muy logrados. Esperando ya la próxima zarzuela que nos represente Sasibil.



Crónica: La tabernera del puerto en Donostia (09-11-2016)


En este 2016 que Donostia ostenta el título de Capital Europea de la Cultura habría sido un delito no haber representado la obra maestra de quien fuera el compositor más ilustre nacido en la localidad gipuzkoana, el gran Pablo Sorozabal (con permiso de Usandizaga). Por eso, cuando este pasado mes de abril se representó La tabernera del puerto en Lasarte (de la que ya escribí una crónica aquí) estaba esperando que me dieran la buena noticia de que, además de la función prevista en Elgoibar para finales de año, se sumara una representación en Donostia. Y por suerte así ha sido. Porque La tabernera del puerto es en mi opinión la obra maestra de Sorozabal, una zarzuela maravillosa en la que no hay número que no me guste.




Por lo general, al escribir una crónica de una ópera o zarzuela, hay que tener siempre en cuenta la situación en la que se representa, los medios con los que se cuenta, para ser más o menos “piadoso”, para exigir más o menos: no es lo mismo una ópera en Donostia o en Iruña (y no hablemos ya en Irun) que en la ABAO de Bilbo; en Bilbo, con el presupuesto y los medios que tienen, espero mucho más y seré más crítico con aquello que en mi opinión no esté al nivel esperado. De la misma forma que no espero en Bilbo el mismo nivel que esperaría en alguno de los grandes centros operísticos europeos. Pues bien, digo esto antes de comenzar la crónica porque en este caso no esperéis ninguna piedad por mi parte por el hecho de que esta producción de la Asociación Lírica Sasibil sea la que se haya hecho cargo de la representación; no es necesaria, directamente. Si en vez de en Donostia hubiera visto esta representación de La tabernera del puerto en Bilbo no creo que cambiara nada de lo que escribiré a continuación.

Dejo antes de nada un enlace de la producción.

La representación se llevó a cabo en el Teatro Victoria Eugenia, uno de esos coquetos teatritos mucho más recogidos que esa monstruosidad del Kursaal. El escenario y el foso son de menores dimensiones, pero la acústica es mucho mejor, qué duda cabe, lo que benefició a todos los participantes. Y quien esto escribe era quien estaba más arriba de todos los asistentes (las localidades más caras estaban agotadas, pero las más baratas del piso superior apenas estaba ocupadas, y en el tercer piso, detrás mío, había dos filas completas vacías), y no tuve ningún problema para oír a solistas y orquesta.

La escenografía de La tabernera del puerto de ayer fue sencillita, con dos paredes laterales, cada una perteneciente a los dos locales de la acción, la Taberna del puerto y el café El vapor. Perfecta para el primer y el tercer acto, en el segundo hay que echarle un poquito más de imaginación, ya que transcurre en el interior de la taberna, pero el decorado no cambia; sólo se añaden mesas  y sillas. Pero bueno, tampoco molesta. En el dúo del comienzo del 3º se iluminaba únicamente el centro del escenario, dejándose ver la barca en la que navegan los dos protagonistas. Quizá unas telas azules moviéndose con ayuda de algún ventilador habrían dando un puntito más a la escenografía sin complicarse demasiado, pero en todo caso fue una escenografía más que solvente que nos sitúa muy bien en la acción. La dirección escénica de Josean García fue impecable, beneficiándose del talento interpretativo de los solistas.

La orquesta de Sasibil comenzó con un desafino de los metales justo al comienzo de ese preludio de La tabernera del puerto en el que no tarda en incorporarse el coro con ese “Eres blanca y hermosa” (los problemas con los metales se repiten una y otra vez en la mayoría de las orquestas que he escuchado recientemente), pero durante el resto de la función nos ofrecieron una gran interpretación, ayudados sin duda por la labor del director de orquesta Arkaitz Mendoza, un magnífico concertador (confieso que al comienzo del segundo acto estaba más pendiente del foso que del escenario para ver como el maestro Mendoza daba las indicaciones al coro en los acompañamientos a la romanza de Marola; era un placer ver cómo controlaba orquesta y cantantes con un resultado muy superior al de la representación de Lasarte, beneficiado sin duda por haber habido más ensayos que en aquella ocasión) que además nos regaló un par de momentos bellísimos, la introducción al dúo del tercer acto y el intermedio posterior. La orquesta sonó dramática cuando tenía que sonar y los crescendos del final de cada acto, aunque suenen ya a recurso demasiado utilizado, sonaron de maravilla. Los aplausos para orquesta y director fueron sin duda insuficientes. Y hay que apuntarse definitivamente el nombre de Arkaitz Mendoza como alguien a seguir en el futuro, que seguro que nos da unas cuantas alegrías.

El coro de Sasibil no es el sumun de la delicadeza pero resulta cumplidor. En todo caso, como bien pudo notarse en el salve marinero del primer acto, mejor ellas que ellos. Tampoco cuenta La tabernera del puerto con grandes números corales, siendo sus participaciones a menudo más de acompañamiento de los solistas en sus romanzas, y ahí en algunos casos les sobró un poquito de volumen.

Pasamos a los solistas. De entre los comprimarios (que en La tabernera del puerto cantan poco o directamente nada), destacar siempre el Ripalda de Iker Casares, en un papel que le da pocas opciones de lucimiento y que sabe a poco (sólo canta el terceto del segundo acto, y acostumbrado a las grabaciones discográficas, casares canta hasta demasiado bien), pero en el que casi ejerce de robaescenas gracias a una comicidad escénica divertidísima (me temo que en el backstage su comicidad es más terrorífica). Espero poder escucharle algún día en un papel con más enjundia.

La pareja de Chinchorro y Antigua fue un poco desequilibrada. El previsto Chinchorro de Josean García fue sustituido (desconozco los motivos, ya que salió a saludar en su faceta de director de escena) por, si la memoria no me falla, Rafael Álvarez, que encaja con la visión tradicional del personaje, de gran comicidad y un canto un tanto “discutible” que tampoco extraña en un personaje perpetuamente borracho. A su lado, Haizea Muñoz (muy jovencita para el personaje) fue una Antigua escénicamente divertidísima, pero cuando tocaba cantar… pues cantaba demasiado bien. No pongo reparos ni a la visión tradicional de estos personajes ni al hecho de que se prefiera cantarlos bien, pero juntar a uno de cada no encajaba del todo. En todo caso, ambos hicieron reír al público, que es a fin de cuentas para lo que están estos personajes, el contrapunto cómico a la pareja de enamorados sufridores protagonistas de La tabernera del puerto.

El Abel de Klara Mendizabal lució desenvoltura escénica, pero a la hora de cantar le faltaba un poco de volumen. Por lo demás, fue un interesante Abel (mucho mejor que el de la grabación discográfica de Kraus, desde luego), con un timbre que se asociaba sin problemas al del muchacho enamoradizo.

El veterano Carlos London interpretó a Simpson. La voz no es ya todo lo fresca que sería de desear, especialmente en los agudos, pero su timbre oscuro y sus tablas escénicas nos permitieron disfrutar de un buen Simpson que sacó adelante con solvencia su bellísima romanza “La luna es blanca, muy blanca”.

Como Juan de Eguía contamos con el vozarrón de Alberto Arrabal. Su mayor problema es precisamente controlar ese vozarrón de gran volumen. En la pasada Marina me dejó con la sensación de que necesita calentar para poder controlar bien el torrente vocal, pero en La tabernera del puerto empieza ya con la habanera “Bajo otros soles” en la que se requiere un canto más bien delicado, y… pues lo consiguió, sin duda. Magnífico en la habanera (ya como gusto personal, prefiero el agudo final en pianisimo frente al forte en el que lo dio), sin problemas en su romanza del segundo acto (salvo algún agudo no del todo bien emitido en la improvisación final), estuvo de nuevo contenido en el dúo con Marola del final del segundo acto. Escénicamente da el pego a la perfección. Pero la prueba de fuego llega en el tercer acto: en La tabernera del puerto hay un momento clave en el que tienen que emocionarte, porque sino puedes salir totalmente indiferente, y ese es el monólogo de Juan del 3º acto. Y no diré que Arrabal me hiciera llorar… pero casi. Esa forma de decir “Los ojos de Juan de Eguía ya saben lo que es llorar” y todo lo que sigue fue escalofriante. Si no braveé al final del monólogo fue por vergüenza, no por falta de ganas. Magnífico, sin más.

Como Leandro contamos de nuevo con Igor Peral. Ya comenté las veces anteriores que le he escuchado que su emisión me preocupa un poco (he mencionado que suena un poco engolado… no sé si es la definición correcta, más bien es que en la zona central parece que no consigue emitir su voz del todo bien, como si se la comiera un poco), pero la mejoría que he observado esta vez ha sido considerable. El centro suena mejor, más liberado, pero es que el agudo… todavía me pitan los oídos de los pepinazos que soltó en ese magnífico “No puede ser”… ¡Qué squillo, por favor! Y para compensar, el fraseo en la parte central de la romanza en ese “Los ojos que lloran no saben mentir” fue igualmente magnífico. Una magnífica interpretación del Leandro que me hace esperar poder volver a escucharle en algún papel de peso (y no de comprimario, como en alguna otra ocasión), que seguro que bordará.

Tardé un poco en acostumbrarme a la Marola, la tabernera del puerto, de Miren Urbieta-Vega: no es que cantara mal, no es que no tuviera las notas del papel ni que fuera mala actriz, es que su timbre me resultaba un tanto demasiado oscuro para lo que estoy acostumbrado en este papel. Se hizo oír sin problemas sobre el coro femenino en el final del primer acto, mostrando desenvoltura escénica, superó sin dificultades las coloraturas de “En un país de fábula” y destacó en el final del segundo acto. Pero donde ya me convenció del todo, ya acostumbrado al color de su voz, fue en el dúo con Leandro del 3º acto, quizá lo mejor de toda la función. Y es que, pese a no tener esa voz de tiple tan asociada a la zarzuela, al final demostró ser una gran Marola que fue evidente que gustó al público.

Comenzaba la crónica hablando del distinto criterio que tengo a la hora de escribir una crónica en función de los medios. Pues bien, la función de ayer de La tabernera del puerto no tendría los mejores medios imaginables, pero su nivel estuvo desde luego muy por encima de lo que a priori se esperaría, sin desmerecer de un teatro de más prestigio que nuestro Victoria Eugenia. Una función para disfrutar como un enano y perfecta para recordar a nuestro paisano Sorozabal en un año tan especial, cosa que debemos agradecer a Sasibil. Ahora no estaría mal terminar el año con algo de Usandizaga, para rematar…



Crónica: “Marina” de Arrieta en Donostia (07-09-2016)


En este 2016 en el que Donostia es Capital Europea de la Cultura, la asociación local de zarzuela, la Asociación Lírica Sasibil, ha organizado dos programas en una misma semana, tarea nada fácil para una organización como ésta: dejando la zarzuela “La alegría de la huerta” para el fin de semana, se embarcaron también en la representación de la versión operística de “Marina” de Emilio Arrieta los días 6 y 7 de septiembre en el Teatro Victoria Eugenia. Yo fui a la segunda función.




Confieso que no conocía Marina, y estuve escuchándola unos días antes para prepararme. Y no, no es una obra maestra del género, pero eso no quita que tenga momentos de gran inspiración, además de permitir el lucimiento de sus intérpretes, en especial el papel protagonista de Marina, una soprano de coloratura de factura más bien belcantista (aunque la ópera fuera estrenada en fechas tan tardías como 1871).

Antes de nada dejo un enlace del programa de la función.

No es el Victoria Eugenia un teatro muy apropiado para representaciones operísticas, por las reducidas dimensiones tanto de escenario como de foso orquestal. Así, la puesta en escena fue muy sencilla, con palés de madera apilados formando torres, consiguiendo de una forma un tanto sui generis el ambiente costero en el que transcurre la acción.

Sobre la orquesta, la propia de la asociación, dirigida por Arkaitz Mendoza, sonó en el preludio un tanto falta de chispa, causada en mi opinión por una sección de cuerdas demasiado reducida (desconozco si es por el tamaño de la propia orquesta o el del foso que no permitía un plantel más amplio), pero en el resto de la función cumplió su labor con acierto. Arkitz Mendoza se dedicó a acompañar a los cantantes, sin taparles en ningún momento, lo que es de agradecer, al margen de que, a diferencia de La tabernera del puerto de hace unos meses, aquí se notaba que había habido más ensayos y por tanto la coordinación fue perfecta en todo momento.

Sobre el coro, también el propio de la asociación, decir que tiende a cantar demasiado en forte, pero cumplió con su papel con corrección, salvo en algún desajuste al comienzo del “La novia no parece”.

Del reparto, nada que decir sobre los pocos comprimarios, salvo quizá destacar el buen hacer del Capitán Alberto de Eneko San Sebastián.

Y vamos ya con el cuarteto protagonista. El más flojo fue el Pascual de Iosu Yeregui; sinceramente, no sé cuál es su problema, si es que no imposta bien la voz, o si es que intentaba oscurecer artificialmente su timbre para sonar a verdadero bajo (que no sonaba como tal). Por lo demás, hay que decir que no tuvo problemas con la tesitura en ningún momento, al margen de que se debería mejorar la emisión de ciertas notas.

Como Roque, Alberto Arrabal paseó su enorme voz y su gran talento interpretativo por el escenario. En el primer acto fue donde estuvo más flojo, con algunos agudos emitidos de forma algo tosca. Una vez la voz calentó, sus prestaciones subieron de nivel en el segundo y, sobre todo, el tercer acto, con una magnífica intervención en el Brindis y un bellísimo “Dichoso aquel que tiene”, con la dificulad que le supone recoger su enorme voz para cantar en piano, y que en mi opinión fue uno de los mejores momentos de la noche. Lo cierto es que yo veo en Roque a un barítono más lírico, y en ese sentido a Arrabal el papel se le quedaba pequeño.

El Jorge de Quintín Bueno fue también de menos a más, aunque en su caso los problemas fueron notorios durante toda la función. Y es que ya desde su entrada, con el “Costas las de Levante”, pudimos comprobar que su voz es apenas audible en el registro central, mejorando notablemente en una zona aguda emitida limpiamente y de considerable volumen. Cuanto más aguda fuera la parte que cantaba, mejor sonaba, hasta el punto de rematar con un sobreagudo (¿un Re bemol podría ser?) el segundo acto.

Y terminamos con la protagonista, la Marina de Ximena Agurto, voz de soprano más bien ligera, sin problemas para las páginas de coloratura que tiene su papel. Canta con gusto y sin problemas de tesitura, siendo mejores sus agudos en pianísimo (bellísimo el del final del “Pensar en él”) que en forte, que sonaban un poco demasiado vibrados. Pero en general la suya fue una interpretación de muy buen nivel.

Lo cierto es que, en mi opinión, pudimos disfrutar de una buena función, con momentos muy disfrutables y un trío protagonista que en general cumplió con creces lo que les pedían sus personajes. Pese al poco aforo (el tercer piso del teatro estaba prácticamente vacío), diría que la unción fue un éxito a la hora de recuperar el patrimonio zarzuelero (y en este caso también operístico español) que tanto necesita de la labor de asociaciones como esta para recuperar el lugar que le corresponde. Esperemos que la próxima tenga más éxito de audiencia para poder seguir.



Crónica: La tabernera del puerto de Sasibil en Lasarte (09-04-2016)


La Asociación Lírica “Sasibil” es una asociación donostiarra cuyo fin es promover la zarzuela tanto en la propia Donostia como en otros lugares en los que han hecho representaciones de zarzuela. Hasta la fecha, yo había estado sólo en una representación hecha por Sasibil, una “Luisa Fernanda” en el Teatro Victoria Eugenia de la capital gipuzkoana. Teniendo en cuenta los medios y el nivel de la agrupación, la recuerdo como una experiencia satisfactoria (recuerdo que me emocioné con el “Subir, subir y luego caer” de Andeka Gorrotxategi; aunque sólo fuera por eso, ya merecía la pena haber ido). Por eso tenía tantas ganas de poder disfrutar de La tabernera del puerto (la segunda vez que vería en vivo esta zarzuela), aunque en un lugar tan extraño como la Manuel Lekuona Kultur-etxea (casa de cultura en euskera) de Lasarte-Oria, localidad de 18.000 habitantes vecina de Donostia. Los precios de las entradas eran razonables y tampoco me pillaba lejos, así que no me lo iba a perder.




La primera sorpresa: claro, no hay foso para la orquesta, así que ésta se situaba justo delante de la primera fila en el espacio que quedaba hasta el escenario. Obviamente, ahí no entraba una orquesta sinfónica. Y como el anfiteatro no está inclinado, pues aunque estuvieras en las filas de atrás, estabas a la misma altura que la orquesta y el director. Y sí, el director tapaba un poquito la vista del escenario, por momentos, sobre todo para los que estábamos en las localidades más centradas. Pero bueno, males menores.

El lugar no permite escenografías complicadas, pero las resolvieron bien: en los laterales del escenario, la taberna por un lado y el Café del vapor por el otro; en medio, una plaza con unas escaleras detrás y el dibujo de unos mástiles de fondo. Perfecta para el primer acto y para el segundo cuadro del tercero. En el segundo acto se llena la plaza de mesas y bueno, como apaño vale para que parezca la taberna. Lo complicado era el primer cuadro del tercer acto, que transcurre en el mar; pues bien, se abrió el telón solamente hasta la mitad, dejando ver el lugar que ocupa la plaza, con una txalupa en primer plano y sin iluminar el fondo. Con la tormenta, los intérpretes agitaban barca y mástil, y ya tenemos tormenta. Un tanto rudimentario, vale, pero bien resuelto, y más en vista de las obvias limitaciones técnicas y de espacio. Con un poco de imaginación se puede conseguir sacar adelante cualquier reto, desde luego. No queda más que felicitar a la asociación por la eficacia de la escenografía en un escenario a priori nada propicio.

La orquesta propia de Sasibil, modestita en su tamaño, fue dirigida por Arkaitz Mendoza. ¡Bravo por él! Sonó maravillosamente (salvando algún desafine de una trompeta, me parece), consiguió no tapar a los cantantes (y era difícil conseguirlo en un lugar así) y consiguió unos crescendos al final de los actos escalofriantes. Los desajustes con los cantantes parece que se debieron a la imposibilidad de realizar ensayos, y tampoco fueron muy serios. Y es que en los pasajes orquestales sonaron tan bien…

El coro, también propio de Sasibil, cumplió con solvencia (se ve que están acostumbrados al repertorio), aunque la sección masculina me pareció un pelín escasa de miembros; unos pocos marineros más no habrían sobrado. Muy bien no sólo en las escenas corales, sino también en los acompañamientos de los solistas a boca cerrada (en el “En un país de fábula” y en el “La luna es blanca, muy blanca”).

Y vamos ya con los solistas. Antes de nada, decir que, al no haber programa de mano, tendría problemas para saber quiénes fueron los intérpretes (se dijo en voz alta sus nombres antes de la función, pero como para ponerse a apuntarlos…), de no ser porque el tenor Igor Peral ha puesto el reparto (aunque falten los comprimarios) en el Facebook. Así que gracias a él puedo hacer la crónica.

La pareja cómica de Chinchorro y Antigua la interpretaban Josean García y Ana Miranda. Él es el fundador de Sasibil, y se le notaba muy cómodo en su parte, tanto en lo actoral como cantando. Ana Miranda era también una cómica genial, aunque en la parte vocal fuera un poco desajustada de ritmo. Pero claro, en estos personajes no importa tanto cómo cantan sino su vis cómica, su talento como actores, y además son dos borrachos, que como si tienen una voz cazallera, no pasa nada. Sacaron las carcajadas del público, que es lo que tienen que hacer.

ENORME Iker Casares como Ripalda. Y digo enorme porque es un papelito de nada, pero es que él lo hizo destacar. Perfecto como actor, cantó además perfectamente el trío cómico del segundo acto. En serio, muy bien.

Izaskun Kintana se hizo cargo de la parte del muchacho Abel. Su pequeña estatura ayudaba a colar como chavalín (aunque una gorra no le habría venido mal). De nuevo, muy bien como actriz y como cantante. Uno de los momentos más cómicos de la noche lo protagonizaron ella e Iker Casares cuando, al final del trío cómico, van a darle un besito en la mejilla a Marola, cada uno por un lado, y ella hace la cobra y terminan dándose un pico… es lo que tiene la zarzuela, que gags de esos ayudan mucho a sacar adelante la función.

Simpson, un personaje que siempre funciona muy bien, lo cantó Jesús Lumbreras. Leo por ahí que es barítono; por tesitura Simpson tampoco es tan grave como para darle problemas, es más un tema de timbre: el de Simpson tiene que ser un timbre oscuro. Y el de Lumbreras ayer lo fue. Sacó adelante sin problemas su maravillosa romanza “La luna es blanca, muy blanca” y sus participaciones en la habanera del primer acto. Y además, su personaje es el hilo conductor de la zarzuela, y lo sacó adelante con talento interpretativo.

Siguiendo el orden en el que salieron a saludar (que no es el orden que yo seguiría, pero bueno), pasamos a Leandro, que lo interpretaba Igor Peral. Su nombre me sonaba, pero no sabía de qué… acabo de enterarme que fue el Gastone de La Traviata donostiarra de la que escribí crónica hace dos meses. Entonces dije que “me sonaba engolado, pero bien resuelto”. Pero claro, no es lo mismo el Gastone verdiano, cortito, muy central, que este Leandro, con muchos más graves y agudos. Al margen de que escénicamente quedaba perfecto como Leandro, sus primeras frases cantadas (en el dúo con Marola… “Todos lo saben, es imposible disimular) mis impresiones fueron similares: canta bien, pero suena algo engolado. Los graves no parecen ser su mejor baza (y las primeras frases del dúo del 3º acto son peliagudas por esa zona), pero en cuanto sube al agudo, parece que la voz se libera y suena mucho mejor. Su “No puede ser” fue muy aplaudido (claro que si subo yo a cantarlo estando afónico también me aplauden… ese público que va sólo a la zarzuela al final aplaude los pasajes que conoce, al margen de que hayan estado bien o mal cantados). Merecidamente, he de decir. No lo voy a comparar con el de Javier Camarena que escuché dos días antes (no tiene sentido); se enfrentó con valentía a los agudos y en la parte central de la romanza se esforzó por matizar, por apianar. No voy a decir que me emocionara; eso ya lo había hecho (junto a Marola, los dos) en el dúo del primer acto, que desde el “Marinero, vete a la mar” fue quizá lo mejor de toda la noche. Ahí ambos estuvieron perfectos, y las voces empastaban muy bien. Y con lo que me gusta a mí ese dúo, pues disfruté como un enano. Es además un tío muy majete, por cierto.

El papelón de Juan de Eguía lo cantó Alberto Arrabal. Vozarrón, simplemente. Incluso se sacó algunos agudos de la chistera tanto en la habanera como en su romanza del segundo acto. La faceta extrovertida, fanfarrona, le pegaba muy bien tanto a su interpretación como a su canto (por momentos se diría que el papel le iba pequeño). Incluso matizar un poquito más en la habanera no habría quedado mal. En la romanza del segundo acto se le vio comodísimo, y muy bien también en el final del segundo acto. Pero, curiosamente, lo mejor fue su romanza del tercer acto, donde tuvo que contenerse más pero que resultó muy emotiva: en esa romanza hay que emocionar (que nuestros ojos, igual que los de Juan de Eguía, sepan lo que es llorar), y él lo hizo.

Y termino con Marola, cantada por Ruth Terán. Ya desde el dúo del primer acto dije: su “En un país de fábula” va a ser fabuloso. Y lo fue. Sin problemas de tesitura, con el volumen suficiente para hacerse oír (aunque en los dúos con Leandro tenía que esforzarse más por hacerse oír, sin conseguirlo siempre), físicamente perfecta (ya sabemos que el físico en la ópera y zarzuela no debería importar, pero es que una Marola fea o entradita en años como que no pega ni con cola), con una voz bellísima y muy buen gusto… Lástima que su romanza no fuera demasiado aplaudida (será que no es tan conocida como las otras…). Ella redondeó un cuarteto protagonista, en mi opinión, impecable. Demasiado lujo desde luego para un lugar como Lasarte: en Viena, o hasta en Madrid, podríamos pedir más; aquí nos esperaríamos mucho menos, algo casi mediocre para llenar el cupo, y no fue así ni de lejos.

Un buen tirón de orejas para el público, por cierto, Al margen de las toses, los móviles y demás cosas habituales, hubo encima tarareos y, peor aún, cotorreos; por un momento, creo que en el tercer acto, parecía que estuviéramos en un bar de los “murmullos” que se oían; hasta en el cine hay más silencio. tenía detrás mío a dos hombres que estaban todo el rato silenciando a unas abuelas ultra-ruidosas al lado suyo, y cuando comienza la orquesta con el preludio del tercer acto (que mira que es bonita), le hacen callar a una, y ella protesta: “Pero si todavía no ha empezado”. ¡Estuve a punto de girarme y comérmela! Y los aplausos antes de tiempo, sobre todo en la romanza de Juan del tercer acto, que él todavía no había terminado su último “Piedad” y ya todo el mundo aplaudiendo… lo que nos va a costar educar al público… a mí lo que me va a costar es una úlcera, al paso que vamos.

Esta La tabernera del puerto se va a representar en algún pueblo gipuzkoano más a finales de año, pero espero algo más: siendo este 2016 Donostia la capital europea de la cultura, siendo Sorozabal, junto con Usandizaga, su más notable compositor, siendo esta Tabernera, en mi opinión, su obra maestra, y en un año en el que acabamos de celebrar el 80 aniversario de su estreno, sería de cajón que se represente también en la capital gipuzkoana. No desaprovechemos la ocasión, por favor.