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Crónica: El castillo de Barba Azul en Quincena Musical (24-08-2019)

No, no era “El castillo de Barba Azul” la única obra que se representaba en el concierto del día 24. A fin de cuentas, apenas dura una hora, así que había que completar el programa con otras obras. Pero hay que reconocer que la ópera de Bartók era el gran atractivo de este concierto que ofrecía la Orquesta Sinfónica de Euskadi, con su titular Robert Treviño a la cabeza. 

Antes de comentar el concierto dejamos, como siempre, un enlace del programa. 

Abría el concierto la Suite Vasca, Op. 5, de Pablo Sorozabal. Obra para orquesta y coro, que contaba con la participación de la Coral Andra Mari. Se trata de una obra compuesta por tres canciones: Kattalin, la nana Kun Kun y Sorgin dantza, o danza de brujas. La primera, para coro masculino, la segunda para coro femenino y la tercera para coro mixto. La coral demostró su solvencia en el repertorio vasco, destacando sin duda en la final Sorgin dantza. En el resto, mejor ellas en Kun Kun que ellos en Kattalin, donde las voces agudas sonaban un tanto pálidas. Perjudicados todos ellos, en todo caso, por una orquesta que sonaba idiomática, sí, pero pasada de decibelios también, ocultando en no pocas ocasiones al coro (que tampoco era pequeño). Por cierto, otra ocasión perdida de poder sacar del baúl de los recuerdos la maravillosa “Gernika”, una de las obras maestras del compositor donostiarra que parece que a nadie interese recuperar; habría sido una propina espectacular. 

Siguió la interpretación de la versión orquestada de “Gaspard de la Nuit” de Maurice Ravel. No soy yo muy fan de Ravel, pero hay que reconocer que la Orquesta alcanzó momentos de no poca belleza en la primera de las tres piezas que componen la obra, “Ondine”, de marcada estética impresionista.

Tras el intermedio llegaba el plato fuerte: El castillo de Barba Azul, única obra del compositor húngaro Béla Bartók. Obra temprana, de sonoridad netamente romántica (algo no tan habitual en Bartók) y marcada atmósfera simbolista que recuerda no poco a “Pélleas et Melisande” de Debussy, compartiendo ambas ser de las obras de sonoridad más romántica de sus respectivos compositores. Pero, a diferencia de la obra de Debussy, “El castillo de Barba Azul” es una obra breve, de apenas una hora de duración, y que requiere la participación de sólo dos solistas, Barba Azul y su esposa Judith, sin coro. 

La obra se compone del inicio, la entrada en el castillo del título, y la apertura de las siete puertas de éste. No faltan momentos espectaculares, como la apertura de la quinta puerta, que requirió reforzar los metales, que tocaron desde los accesos al auditorio. El efecto fue escalofriante, pero de nuevo la batuta de Treviño no controló el exceso de volumen de la orquesta, lo que perjudicó a los solistas. 

Los dos solistas de este “El castillo de Barba Azul” eran la mezzo Rinat Shaham y el bajo Mikhail Petrenko. Él ejerció además las funciones de narrador al comienzo de la obra. Su voz recitada no sonaba especialmente oscura, y cantando quizá le faltaba un poco más de cuerpo en una voz que sonaba sin duda muy eslava, pero su interpretación fue muy matizada, ofreciendo un retrato de Barba Azul más bien doliente y temeroso, quizá menos poderoso de lo habitual, pero interesante en todo caso. A su lado, Rinat Shaham lució un timbre opulento y hermoso (aunque eso no le impisidó que la orquesta la tapara por momentos), con un canto tampoco carente de intención y una versión llena de autoridad de su Judith. Ambos solistas hicieron la versión muy disfrutable, al margen de la propia belleza de la partitura (destacar la apertura de la cuarta puerta, que la orquesta interpretó con solvencia). 

Hacía unos años que habíamos perdido en la Quincena Musical la costumbre de programar una segunda ópera, en versión concierto. Esto nos permite alejarnos a un repertorio no siempre tan habitual (no es El castillo de Barba Azul una ópera infrecuente a nivel internacional, pero quizá en España sí lo sea), y por lo menos algunos aficionados agradecemos esta oportunidad. Esperemos que la Quincena recupere esta antigua costumbre y podamos seguir disfrutando de obras no tan frecuentes como las que se programan representadas. De hecho, en mi opinión, este “El castillo de Barba Azul” ha sido, junto con el “War requiem” de Britten, la obra más interesante que se programa en la presente edición de la Quincena Musical. 

Crédito fotográfico: Quincena Musical.

Crónica: Ivan Fischer en la Quincena musical (20 al 23-08-2016)


Cada vez que el director húngaro Ivan Fischer viene a la Quincena Musical Donostiarra con su Budapest Festival Orchestra ya sabemos que nos vamos a encontrar con unos conciertos de gran nivel. En mi memoria resuena todavía aquella “Titan” de Mahler con la que terminó la Quincena de 2011 y que fue no sólo el mejor concierto de aquella edición, sino uno de los mejores a los que he podido asistir nunca.




De ahí mis ganas de volver a escucharles en los 3 conciertos que nos han ofrecido los días 20, 21 y 23 de agosto, con un repertorio ciertamente variado, entre los que destacaba el del día 21, la 3ª sinfonía de Mahler (que ya escuchamos hace pocos años dirigida por Yannick Nézet-Séguin, otro de esos conciertos de los que conservo un magnífico recuerdo). En esta crónica comentaré mis impresiones sobre los tres conciertos.

El primero, el del día 20, de cuyo programa dejo aquí el enlace, constaba de una primera parte de poco interés para mí, con el Juego de cartas de Igor Stravisnky y el 3º concierto para piano de Béla Bartók, dos compositores con los que empatizo más bien poco. Dos obras que no conocía y sobre las que poco puedo decir, al margen de que se notaba la solvencia tanto de la orquesta como del pianista húngaro Dénes Várjon, el solista del concierto de Bartók, que ofreció como propina una delicada obra de Janacek (agradecer desde aquí a la propia Quincena sus rápidas contestaciones vía twitter sobre cuáles eran las propinas que se han ofrecido en los conciertos).

La segunda parte, mucho más interesante para mí, era la 8ª sinfonía de Antonin Dvorak (de quien, por cierto, este año se cumple el 175 aniversario de su nacimiento), obra que el propio Ivan Fischer ya había interpretado anteriormente en la Quincena. Su complicidad con el compositor checo es obvia, la interpretación fue sobresaliente, con esos rubatos que tanto caracterizan su forma de dirigir, así como el cuidado de dinámicas y matices (inolvidable el solo de chelos en pianísimo que casi parecía un susurro). De propina, hizo cantar a las mujeres del coro un Moravian duet del mismo Dvorak que resultó realmente hermoso (y qué bien cantaban, por cierto).

Del segundo concierto, el día 21, dejo aquí el enlace del programa, compuesto exclusivamente por la 3ª sinfonía de Gustav Mahler, la más larga de todas las que compuso. No había hueco para otras obras ni para una propina, es una obra agotadora para director y músicos.

Acompañaba a la Budapest Festival Oschestra la sección femenina del Orfeón Donostiarra y los niños del Orfeoi Txiki para el 5º movimiento, así como la contralto Gerhild Romberger para los movimientos 4º y 5º. Apariciones en ambos casos episódicas, si mucha enjundia (aunque Romberger resolvió perfectamente su cometido con una voz que sonaba muy apropiada para el cometido). No estamos ante la 2ª sinfonía, con un requerimiento coral mucho mayor, y tratándose del Orfeón sabía a poco, pero eso va implícito en la obra.

Realmente, en la 3ª sinfonía destacan por encima del resto el primero y el último de los 6 movimientos de los que consta la obra (y que ocupan más o menos la mitad de la obra). El primer movimiento está lleno de contrastes, de juegos tímbricos, de una gran dificultad, pero Ivan Fischer no perdió el control en ningún momento. Quizá el mayor defecto fue, con un espacio en el escenario un tanto reducido, situar a la percusión en primera fila, a la izquierda del director, tras los primeros violines, por lo que en ciertos momentos la caja se hizo oír demasiado. Pecado menor en una interpretación que cortaba el aliento.

Y sobre el último movimiento… de una belleza sublime, interpretado con una enorme expresividad por un Ivan Fischer que lo expresa todo con sus movimientos, sólo puedo decir que salí conmocionado, emocionado, casi a punto de llorar. Es, se supone, lo que debe conseguir la obra de Mahler, pero sólo si está bien interpretada, y en esta ocasión lo estuvo al nivel de los más grandes directores. Mis temblorosas piernas tuvieron problemas para bajar las escaleras del Kursaal a la salida… pero hubiera repetido si hubiera habido la oportunidad de hacerlo, porque es una experiencia única. Probablemente el mejor concierto de esta edición de la Quincena.

El tercer concierto, del día 23, fue más accidentado. Dejo aquí el enlace ya corregido del programa, que no es el original. Una enfermedad del bajo Neal Davies no sólo provocó su sustitución por José Antonio López, sino también un cambio en el programa, que debía comenzar con el aria de concierto para bajo “Per questa bella mano” KV612, con un contrabajo obligatto que se quedó sin poder lucirse… o no tanto. Y es que el aria fue sustituida por la obertura de “La flauta mágica”, muy bien interpretada, a un ritmo razonable (no tan lento como Klemperer, por supuesto, pero tampoco a esas velocidades de vértigo que tanto gustan a los historicistas) y en la que, de pronto, se escuchó un sólo de contrabajo que para nada aparece en la partitura, y que debió ser una especie de compensación al solista (desconozco si lo que tocó pertenece al aria omitida, que por otra parte no conozco).

Escuchamos después el bellísimo Concierto para clarinete, interpretado por Ákos Ács, miembro de la propia Budapest Festival Orchestra con brillantez. Para mi gusto, el famoso 2º movimiento fue un pelín rápido de ritmo, pero es puro subjetivismo.

El repaso a este último año de Mozart (hace 225 años precisamente), la segunda parte del concierto era ni más ni menos que el Requiem, una de las obras más brillantes del de Salzburgo. El Collegium Vocale Gent fue el coro elegido para la ocasión, con sus 12 hombres y 12 mujeres repartidos entre el resto de músicos de la orquesta (con una distribución también un tanto extraña). En el comienzo parecía una decisión no muy acertada, ya que en el requiem la orquesta tapó por momentos al coro, pero poco después se demostró el acierto: el coro jugaba sin problemas con las dinámicas, y se les oía a la perfección desde los pianísimos hasta los fortes más potentes, integrándose además como un único elemento con la orquesta, consiguiendo una mejor fusión del sonido. Si hay que destacar un momento, me quedaría con el final del Kyrie.

Los solistas fueron la soprano Lucy Crowe, la mezzo Barbara Kozelj, el tenor Jeremy Ovenden y el ya mencionado bajo José Antonio López, que rompía el estilo mozartino de los otros tres solistas (de los que habría que destacar la labor de la soprano). Así, el “Tuba mirum” no sonó como nos esperábamos (pese al espectacular solo de trombón, realmente maravilloso); mejoró durante el resto de la obra, pero no conseguía sonar mozartino. Seguramente esa enfermedad de Neal Davies trastocó los planes de Ivan Fischer, aunque el resultado fue más que satisfactorio (ya es cuestión de gustos elegir el Mozart o el Mahler… yo me emociono mucho más con Mahler, pero a quien le pase al contrario seguro que también acabó igual de satisfecho que yo).

Desde que soy abonado de la Quincena Musical Donostiarra (y ya hace unos cuantos años… desde 2008 o 2009, no lo sé seguro), pocos directores me habían hecho disfrutar tanto como Ivan Fischer; solo Tugan Sokhiev y Nézet-Séguim, muy por encima de directores mucho más prestigiosos como Barenboim o Gergiev. Esta nueva visita de Ivan Fischer a la Quincena ha sido un lujazo difícil de describir, y sólo me queda esperar que vuelva muchas veces más, porque sus conciertos son seguro de disfrute absoluto. En la 3ª de Mahler se pudo sentir como pocas veces la magia de la música.