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Crónica: Orchestre de Paris en la Quincena Musical (20 y 21/08-2019)

La Orchestre de Paris, bajo la batuta de Daniel Harding, ofrecía dos conciertos en esta Quincena Musical, el segundo de ellos fuera de abono, y en ambos pudimos comprobar puntos comunes (la teatralización de las obras interpretadas) y otros discordantes: nada tenía que ver el tamaño de la orquesta para interpretar a Beethoven o a Britten. 

Comenzamos a comentar el primero de los conciertos, del día 20. Dejamos, como siempre, un enlace del programa. 

Ludwig van Beethoven es uno de los protagonistas de la presente edición de la Quincena Musical (y eso que el Año Beethoven será el año que viene, coincidiendo con el 250 aniversario de su nacimiento), y la Orchestre de Paris no era ajena a estos programas comenzando el concierto con una de sus sinfonías más conocidas (y logradas, si se me permite), la sexta, que conocemos como “Pastoral”. 

No es fácil convencer en una obra tan conocida y con tantas referencias discográficas. Y Harding puso empeño en intentarlo, eso sin duda. Pese a un tamaño orquestal muy reducido (unos 50 músicos, con una sección de cuerdas quizá en exceso minimizada) y a un juego de texturas por momentos muy sutil, que podría intentar anteponer los aspectos más clásicos de la obra, la dirección de Harding enfatizaba los aspectos más románticos, con un magnífico uso de rubatos y pausas, y tempos en general moderados, salvo la introducción del segundo movimiento, un tanto apresurada de más. 

Pero algo pasaba en la orquesta, algo que no es fácil de definir pero que impidió que la interpretación fuera memorable. Alguna desafinación en las maderas durante la transición del 4º al 5º movimiento, desequilibrios sonoros, momentos que sonaban raros a los oídos acostumbrados a la obra… podría incluso pensarse en falta de calidad de la orquesta, algo que quedaría desmentido en las siguientes obras. No puedo explicar el por qué, pero la interpretación se quedó un poco en un “quiero y no puedo”. 

Resultados que nada tuvieron que ver con los que obtuvieron en la segunda parte del programa, la sinfonía concertante “Harold en Italia” de Hector Berlioz. He de reconocer que con Berlioz me pasa lo mismo que con Schumann, no consigo entrar en su universo musical. Pero la verdad es que disfruté bastante con la interpretación de esta obra. 

Cuando Daniel Harding entró para dar comienzo a la obra (con una orquesta mucho más nutrida, casi un 50% más grande), el solista de viola, Antoine Tamestit, no entró con él. La Orchestre de Paris comenzó la interpretación y entonces entra el solista, paseando, emulando el viaje de Harold por Italia. Y tocaba mientras recorría el escenario, salía espantado al escuchar la orgía y concluía, junto con otros tres instrumentistas de la sección de cuerda, tocando desde uno de los palcos del Kursaal. Porque la versión tan poco estática que se nos ofreció nos hacía seguir ese viaje de Harold, de alguna forma poder comprender mejor ese programa que Berlioz toma como referencia para escribir la obra. 

Tamestit estuvo en ese sentido impecable tocando mientras paseaba por el escenario, en una obra ingrata y no especialmente lucida (ya se dio cuenta de ello Paganini, quien se la había encargado a Berlioz). Y La Orchestre de Paris lució aquí una cara mucho más eficaz, con momentos realmente magníficos (los bailes del tercer movimiento o la orgía del cuarto, por destacar alguno). El resultado de esta interpretación invitaba al optimismo para el siguiente concierto, la gran prueba de fuego.

Y es que este año la Quincena Musical programaba, fuera de abono, una obra tan compleja como es el War Requiem de Benjamin Britten, acompañada por el Orfeón Donostiarra y su sección juvenil, el Orfeoi Txiki. Dejamos de nuevo un enlace del programa. 

Ya conocemos lo conservador que es el público donostiarra, y Britten no entra dentro de su repertorio. Era por tanto una apuesta tal vez arriesgada, aunque siempre beneficiada por la presencia del tan querido Orfeón (que debutaba la obra, por otro lado). Quizá por ello se explique ver un auditorio casi completamente lleno. La cuestión es si ese público saldría convencido.

El enorme tamaño de la orquesta exigía ocupar el espacio del foso además del escenario, por lo que el director y las primeras filas de músicos se situaban al mismo nivel que la primera fila del público. En este caso sospecho que era de agradecer poder estar sentado mucho más arriba en el auditorio, para poder captar mejor a la orquesta en su conjunto. 

Y de nuevo aquí se teatralizó bastante la obra en la forma de situar a los músicos, con la soprano, que canta el texto tradicional del Requiem junto con el coro, situada en medio de este, mientras que el tenor y el barítono, que cantan un poema de Wilfred Owen, se situaban ante la orquesta, mientras el Orfeoi Txiki cantaba fuera de escena. El resultado dramático fue por momentos escalofriante, dando aún más sentido al concepto tan peculiar de la obra. Sirva como ejemplo ese momento en el que los dos solistas hablan del relato del sacrificio de Isaac pero cambian la historia: el anciano no obedece la voz del ángel, y manda a los niños a morir (a la guerra, se entiende), y en ese momento se escucha al coro infantil cantar su parte del requiem. Como en la mayor parte del repertorio “contemporáneo” (si es que todavía se puede dar este adjetivo a Britten y a una obra que se acerca ya a los 60 años de vida), gana visto en vivo frente a la escucha desde casa. Y gracias a esa teatralización que ofrecieron, pudimos disfrutar aún más de la obra. 

La Orchestre de Paris demostró aquí un gran nivel musical en todas sus secciones, cuerdas, maderas, vientos, percusión, arpa, piano y órgano, y más si tenemos en cuenta que es una partitura sumamente exigente, ecléctica en su estilo, tan difícil de clasificar. Lo mismo cabe decir del Orfeón, que volvió a lucir su atronadora potencia en los momentos más dramáticos y esos pianos de infarto, como en el “amen” final que casi parecían inaudibles. Gran nivel igualmente el del Orfeoi Txiki. Tenemos en Donostia magníficas agrupaciones corales, incluso en las complicadas áreas de las voces blancas, de las que no sí si somos plenamente conscientes. 

De los solistas, destacar la flexibilidad vocal de Emma Bell, de bello timbre y potencia descomunal, consiguiendo hacerse oír desde el fondo del escenario por encima de orquesta y coro, pero siendo capaz de modular al mismo tiempo, con un legato y una técnica siempre impecable. Voz clara, muy británica, la del tenor Andrew Staples, que supo sacar un gran partido dramático de su texto. Florian Boesch tenía quizá un timbre más oscuro del esperado, pero dramáticamente respondió igualmente de forma impecable, consiguiendo momentos muy emotivos en sus momentos a dúo. 

Los aplausos del público demostraron que la obra había gustado lo suficiente. Desde luego, a nivel musical el concierto tuvo un altísimo nivel, y sólo queda esperar que la Quincena Musical se atreva a programar obras más ajenas al repertorio de siempre, porque al final el público responde. Atrevimiento en repertorio sinfónico pero también en el operístico (si el War requiem ha funcionado, ¿por qué no lo va a hacer alguna de las grandes óperas de Britten?). Sin duda, este War requiem dejó un buen sabor de boca en los aficionados, y gracias a él la Orchestre de Paris convenció como no lo había conseguido con el Beethoven del día anterior (sí con el Berlioz, en todo caso). 

Crédito fotográfico: Quincena Musical.

4º centenario de la muerte de William Shakespeare (23-04-2016)


Fue seguramente el más grande dramaturgo de la historia. Tan grande fue, tal es la magnitud y la calidad de sus obras, que hasta se duda de que realmente fuera él el autor de ellas; un simple actor teatral de Stratford-upon-Avon, casi analfabeto, sin apenas cultura, no puede haber escrito semejantes obras… o al menos eso piensan algunos. Pero qué más da que fuera ese actor el autor, qué más nos da los debates sobre su vida privada (religión, orientación sexual), el autor de las obras teatrales que se consideran escritas por William Shakespeare es y será siempre un absoluto referente de los que es el teatro.




No deja de resultar curioso, por tanto, que tras su muerte, y a lo largo de los siglos XVII y buena parte del XVIII, su figura permaneciera ignorada: su tipo de teatro no era bien visto por los moralistas de la época. Será a finales del siglo XVIII cuando nuevas generaciones, cada vez más asociadas al romanticismo, recuperará sus obras: ahí estarán Goethe o Schiller, por ejemplo. Y es que William Shakespeare fue de alguna forma un adelantado a s tiempo, y sus obras tienen un componente romántico difícil de entender en alguien que vivió casi dos siglos antes de que surgiera este movimiento artístico.

Vamos a repasar la influencia de las obras de William Shakespeare en la música, centrándonos en la ópera, para ver cómo surge ese renacimiento de su obra y su popularidad a partir del siglo XIX.

Es una lástima que Shakespeare todavía no fuera un autor popular en la época de, por ejemplo, Händel (mejor no imaginarnos lo que habría sido un Julio Cesar o un Marco Antonio y Cleopatra en sus manos), o de Mozart (qué bien le habría quedado La fierecilla domada, por ejemplo). Pero aquí cabe na curiosidad: el libretista de las grandes óperas de Mozart, Lorenzo da Ponte, escribe un libreto basado en La comedia de los errores, al que le pondría música un tal Stephen Storace, compositor inglés todavía menos longevo que Mozart (murió en 1796 a punto de cumplir los 34 años); la ópera, titulada “Gli equivoci”, se estrenó en Viena el 7 de diciembre de 1786. Vamos a escuchar a continuación la obertura:

El primer gran compositor en prestar atención a William Shakespeare fue seguramente Antonio Salieri, con ese Falstaff (adaptación de la genial comedia “Las alegres comadres de Windsor”, quizá la más popular de las obras de Shakespeare en la ópera) que estrenó en 1799:

Una vez entrado de lleno el romanticismo, Shakespeare se convierte en un autor muy apreciado (Schubert utilizó poemas suyos para sus lieder, por ejemplo). Y ahí tenemos a Ludwig van Beethoven, que no compuso más que una ópera, pero sí que compuso obras orquestales de carácter programático, y de entre ellas destacamos esa adaptación del Coriolano shakespeariano en esta magnífica obertura:

Carl Maria von Weber compondrá una ópera (su última ópera, de hecho) titulada Oberon, pero no tiene nada que ver con el protagonista de “El sueño de una noche de verano”. Por el contrario, Felix Mendelssohn sí que utilizará como referente esta comedia para componer la música de escena de “Ein Sommernachtstraum”, que compuso en 1842, pero para la que aprovechó esa genial obertura que había compuesto en 1826 (con 17 añitos…). Escucharla nos demuestra el enorme talento de este músico un tanto infravalorado en mi opinión y que consigue transmitirnos la emoción de estar una noche en medio de un bosque encantado, sobre todo en ese maravilloso y mágico final, dirigida por el gran Otto Klemperer:

En 1949, Otto Nicolai estrenará su última ópera (moriría apenas dos meses después del estreno, sin llegar a cumplir los 39 años), Die lustigen Weiber von Windsor (de nuevo basada en “Las alegres comadres de Windsor”), su obra más recordada hoy día gracias a su popular obertura. Así que, en vez de la obertura, vamos a escuchar el brindis de Falstaff “Als Büblein klein” en la voz del gran Gottlob Frick:

Pero ya años antes, en 1834, Richard Wagner había compuesto una ópera, su segunda ópera (estrenada en 1836) inspirada en la comedia de William Shakespeare “Medida por medida”; será “Das Liebesverbot” o “La prohibición de amar”. Es una de las óperas menos populares de Wagner, desde luego, pero vamos a escuchar su obertura:

En Francia William Shakespeare también será un autor popular entre los compositores de ópera de mediados del siglo XIX, sobre todo. Tenemos, por ejemplo, ese “La tempesta” (basada, obviamente, en “La tempestad” de Jacques Fromental Halévy. Y en 1862, Hector Berlioz, que compondrá también poemas sinfónicos y oberturas basados en obras de Shakespeare, estrenará su ópera “Béatrice et Bénédict”, basada en “Mucho ruido y pocas nueces” (aunque omite de la trama los episodios más dramáticos, como la traición del bastardo Don Juan y la fingida muerte de Hero, centrándose exclusivamente en la parte más cómica, en ese odio que termina siendo amor entre los dos protagonistas), de la que escuchamos el aria de Hero “Je vais le voir”cantada por Kathleen Battle:

En 1868, Ambroise Thomas se enfrenta a la que para muchos es la obra maestra de William Shakespeare, “Hamlet”. No es una adaptación excesivamente afortunada, ya que se pierde mucho la tensión y el factor dramático de la obra en medio de ese melifluo melodismo francés, pero nos deja algunos grandes momentos, como esa escena de locura de Ophelia, que escuchamos en la magnífica interpretación de Joan Sutherland:

Pero la que quizá sea la mejor adaptación francesa de una obra de William Shakespeare se había estrenado una año antes, en 1867: era el “Roméo et Juliette” de Charles Gounod, que cuenta con no pocos grandes momentos, como el aria de Juliette “Je veux vivre”, la balada de la reina Mab de Mercutio, el aria “Ah, leve-toi, soleil” de Romeo, el dúo “Ange adorable”, el dúo “Nuit d’Hymenée”, el aria de Romeo “Salit, tombeau”… pero vamos a escuchar el final del 3º acto, cuando Romeo, tras matar a Tybalt, es exiliado. Un joven Roberto Alagna interpreta a Romeo:

Magnífico ese Do de pecho final…

Y vamos a ver también la escena final, con la muerte de ambos amantes, de nuevo con Roberto Alagna, pero en otra función años posterior, junto a su pareja por aquel entonces, Angela Gheorghiu:

En los siguientes años no hay nada reseñable (Massenet no adapta a Shakespeare, gran desgracia), pero en 1935 el venezolano de nacimiento pero afincado en París Reynaldo Hahn estrena “Le marchand de Venise”, ópera totalmente olvidada a día de hoy:

¿Y mientras tanto en Italia qué pasaba? Pues en 1816 Gioacchino Rossini estrena su adaptación de “Otello“, muy poco fiel a la original, en la que la trama cambia demasiado: la figura de Yago, mucho menos malvada, tiene mucha menor importancia frente a la de Rodrigo, rival de Otello por el amor de Desdemona. Incluso compone un final alternativo feliz, en el que Otello descubre la verdad a tiempo antes de matar a Desdemona. Escuchamos para empezar el dúo de Otello y Rodrigo (algo que no tendría cabida si se respetara la obra original) en las voces de Gregory Kunde (Otello) y Juan Diego Flórez (Rodrigo), puro lujo de canto rossiniano:

Y escuchamos ahora la maravillosa canción del sauce en voz de Mariella Devia:

Por el contrario, ese “I Capuleti ed i Montecchi” de Vincenzo Bellini no se basa en el “Romeo y Julieta” de William Shakespeare, sino en las historias tradicionales italianas sobre los amantes veroneses (en las que se inspiró Shakespeare para escribir su obra maestra, la mejor de sus obras en mi opinión).

Será el gran Giuseppe Verdi el que le dé la atención a las obras de William Shakespeare y el que esté a la altura de ellas. La primera adaptación de una obra de Shakespeare que realizará será la magnífica “Macbeth“, de 1847, una de las mejores óperas de su etapa juvenil. En ella destaca el dibujo psicológico de la pareja protagonista, que veremos primero en Lady Macbeth, en su aria inicial “Vieni, t’afretta”, que escuchamos en la terrorífica voz de Liudmyla Monastyrska:

Escuchamos ahora la bellísima aria “Pietà, rispeto, amore” de Macbeth, cantada por Renato Bruson:

Y no puedo contenerme a compartir esa escena que cierra el primer acto, en la que Macduff descubre el cuerpo asesinado del Rey Duncano, terminando en un magnífico concertante. De nuevo Renato Bruson es Macbeth, Maria Guleghina Lady Macbeth, Roberto Alagna Macduff y Carlo Colombara Banco:

Verdi acarició durante años la idea de componer una ópera sobre El rey Lear, pero por desgracia no fue capaz de llevarla a término… habría sido una maravilla, seguro. Y más sabiendo lo que terminaría haciendo al final de su vida.

Y es que el libretista Arrigo Boito realizó dos magníficas adaptaciones de grandes obras de William Shakespeare, muy fieles al original. La primera, ese “Otello” que se estrena en 1887 y que será la penúltima ópera de Verdi. En mi opinión, la mejor adaptación de una obra de Shakespeare a la ópera. Aquí Yago es el villano que tiene que ser, como comprobamos en este “Credo in un Dio crudel” que canta Sherrill Milnes:

El final del segundo acto es uno de los momentos en los que mejor se percibe la fidelidad a la obra original (ese momento en el que Otello suelta al cielo todo su amor…), que vemos con Tito Gobbi como Yago y el insuperable Mario del Monaco como Otello:

Y mientras tenemos a una entrañable Desdemona que de nuevo tiene su mejor momento en esa Canción del sauce que escuchamos a Renata Tebaldi:

La segunda de estas colaboraciones será la última ópera de Verdi, Falstaff, de 1893, magnífica adaptación de “Las alegres comadres de Windsor”, aunque con algunos pasajes extraídos de “Enrique IV”, ya que Boito simplifica la acción para hacerla más adecuada a la ópera. Aunque es una ópera que no tiene pérdida, escuchamos la escena final, que es una auténtica maravilla:

 Tras Verdi, la siguiente corriente operística italiana, la verista, no se fija en Shakespeare, al preferir tramas más realistas, pero compositores posteriores volverán a él, como es el caso de Riccardo Zandonai, que en 1922 estrena una nueva adaptación de “Giulietta e Romeo”, ópera poco conocida (Zandonai es un compositor prácticamente olvidado hoy día, salvo alguna reposición ocasional de la magnífica “Francesca da Rimini”), de la que destaca el aria de Romeo ante la tumba de Julieta, y que escuchamos en la voz, de nuevo (el papel de Romeo le va bien por todos lados) de Roberto Alagna:

Pero Shakespeare no es desconocido ni siquiera en el mundo eslavo, como demuestra ese “Boure” de Zdenek Fibich, de 1894, inspirado en “La tempestad”, de la que escuchamos su introducción:

Ya en pleno siglo XX, el sueco Kurt Atterberg vuelve a adaptar “La tempestad” en su “Stormen”, de 1947, de la que no encuentro ningún fragmento. También Shostakovich hará una adaptación muy libre de Macbeth en su “Lady Macbeth of Mtsensk”.

Pero serán sobre todo compositores británicos y americanos los que adapten ahora las obras de Shakespeare.

De entre los ingleses, Frederick Delius estrena en 1907 “A vilage Romeo and Juliet”, basada en un texto posterior al de Shakespeare, por lo que la ignoraremos. Su paisano Ralph Vaughan Williams compone, entre 1924 y 1928, una nueva adaptación de “Las alegres comadres de Windsor” con “Sir John in love”. Toca compartir la ópera completa:

El Troilus and Cressida de William Walton está inspirado en el poema de Chaucer en vez de en la obra de Shakespeare. Por el contrario Benjamini Britten sí que adapta una obra de Shakespeare, en este caso el sueño de una noche de verano, en su “A Midsummer Night’s Dream” estrenado en 1960, en el que le da el papel de Oberon al primer contratenor moderno, Alfred Deller. Escuchamos el comienzo del primer acto:

Al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos, Samuel Barber estrenará en 1966 su adaptación de “Marco Antonio y Cleopatra”, “Anthony and Cleopatra”, muy fiel a la obra de William Shakespeare. Escuchamos a Leontyne Price cantando la parte de Cleopatra:

Años antes, en 1957, se había estrenado en Broadway la adaptación que Leonard Bernstein (con libreto nada más y nada menos que de Stephen Sondheim) de Romeo y Julieta, pero trasladando la acción a la Nueva York contemporánea, con disputas entre americanos y puertorriqueños, en “West Side Story”. Es más un musical que una ópera, desde luego, pero merece la pena incluirla aquí. Vamos a escuchar el precioso dúo “Somewhere” en dos voces nada operísticas, Barbra Streisand y Josh Groban:

Pero nos falta una de las grandes obras de William Shakespeare que aún no hemos visto convertida en ópera… El rey Lear. Será en 1978 cuando el compositor alemán Aribert Reimann estrene su ópera “Lear”, cuyo papel protagonista estrenará el gran barítono Dietrich Fischer-Dieskau, al que escuchamos cantar la escena final de la ópera:

Terminamos con una ópera aún más reciente, “The tempest”, de Thomas Adès, estrenada en 2004:

Hemos hecho un repaso por la obra de William Shakespeare a través de sus adaptaciones operísticas. Es cierto que se echan de menos algunas obras (especialmente las obras históricas, como Ricardo III, por ejemplo), que podemos disfrutar en interesantes adaptaciones cinematográficas. Pero este repaso nos sirve para darnos cuenta de la enorme influencia que tuvo Shakespeare en el teatro, así como en el movimiento romántico, ya que en sus obras vemos a alguien muy adelantado a su época. Shakespeare es en mi opinión el mejor dramaturgo de la historia (se nota que soy muy romántico, lo sé), y como tal hay que recordarle: ya sea a través de leer sus obras, verlas en teatro, en cine o en ópera, siempre vamos a disfrutar. Porque, 400 años después de su muerte, nadie ha conseguido superarle.