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200 años del estreno de La Cenerentola (25-01-2017)


Un día como hoy hace 200 años se estrenaba una de las obras maestras de Gioacchino Rossini, La Cenerentola. Vamos a recordarla contando detalles sobre su composición y contando su argumento.




En 1816, Rossini había estrenado “Il barbiere di Siviglia” en el Teatro Argentina de Roma, y pese al fracaso del día del estreno, ya desde la segunda función la ópera fue un enorme éxito. El Teatro Valle, también en Roma, mantenía una rivalidad con el Teatro Argentina, por lo que deciden contratar a Rossini para que les componga una ópera.

¿Qué tema elegiría Rossini para esta nueva ópera, que habría de ser también una comedia? Tras descartar un libreto de Gaetano Rossi, se elige como trama el cuento de La Cenicienta de Charles Perrault, escribiendo el libreto Jacopo Ferretti. Pero necesidades técnicas (falta de recursos, básicamente) obligan a suprimir cualquier elemento mágico o sobrenatural de la trama, por lo que Ferretti se aleja bastante del cuento original, inspirándose en otros dos libretos de ópera, los de “Cendrillon” de Charles Guillaume Etienne para la ópera de Nicolò Isouard de 1810 y el de “”Agatina, o la virtù premiata” de Francesco Fiorini para la ópera de Stefano Pavesi de 1814. Así, se sustituye al hada madrina por un consejero del príncipe, y la madrastra se convierte en padrastro.

La composición de La Cenerentola es muy rápida, apenas 3 semanas. Es por ello que Rossini se autorrecicla, arreglando pasajes de otras óperas suyas (de los que ya hablaremos llegado el momento) y asignando a su ayudante Luca Agolini la composición de los recitativos, así como de dos arias menores, las de Clorinda (una de las hermanastras) y Alidoro (el consejero).

El estreno tiene lugar finalmente el 25 de enero de 1817 en el Teatro Valle, dirigido por el propio Rossini y con la contralto Geltrude Righetti Giorgi (quien también estrenó el papel de Rossina en el Barbiere) en el papel protagonista. El estreno no fue un gran éxito (aunque sin llegar al escándalo del estreno del Barbiere) pero no tarda mucho en triunfar, estrenándose en pocos años por toda Italia, Europa y América.

Cuando en 1820 La Cenerentola se representa en el Teatro Apollo de Roma, teniendo a un gran bajo en el papel de Alidoro, Rossini decide darle más peso al personaje componiendo él mismo una nueva aria de lucimiento que sustituiría a la que había compuesto Agolini. Este aria será una de las piezas más brillantes del compositor, sin duda.

Tras la caída en el olvido de las óperas de Rossini, desde la segunda mitad del siglo XIX, La Cenerentola fue recuperada especialmente a partir de los años 50, siendo a día de hoy una ópera muy frecuente en el repertorio (la segunda más representada de Rossini tras el Barbiere), muestra de la genialidad de la partitura.

Antes de repasar el argumento de la ópera dejo un enlace con el libreto de la ópera.

La Cenerentola comienza con una genial obertura en la que vamos a escuchar entre otros el tema del concertante del final del primer acto. Pese a todo, la obertura es un préstamo de una ópera anterior de Rossini, “La Gazetta”. La escuchamos dirigida por Alberto Zedda:

Comenzamos el primer acto de La Cenerentola. Estamos en el ruinoso palacio de Don Magnifico, Barón de Montefiascone. Sus dos hijas, Clorinda y Tisbe, se pasan el día presumiendo, creyéndose las mejores jovencitas de la zona. Escuchamos la breve introducción con dos especialistas en los papeles de las hermanastras, Margherita Guglielmi como Clorinda y Laura Zannini como Tisbe:

Mientras tanto, su hermanastra Angelina, La Cenerentola del título, está trabajando como una sirvienta, y canta una canción sobre un rey que, aburrido de estar solo, tuvo que elegir entre tres chicas, eligiendo a la inocencia y la virtud. Sus hermanastras no le dejan cantar, pero son interrumpidos por un mendigo que viene a pedirles una limosna; las hermanas lo desprecian, pero Angelina le da a escondidas un café y un trozo de pan. Lo que ninguna sabe es que el presunto mendigo es en realidad Alidoro, el consejero del príncipe de Salerno, que ha venido a ver cómo son las jóvenes de la casa.

Las hermanas, al ver que Angelina le ha dado algo de comer al mendigo, se disponen a castigarla, pero son interrumpidas por un grupo de caballeros que anuncian que en un momento aparecerá el Príncipe Ramiro buscando a las jóvenes de la casa para invitarlas a una fiesta que va a dar, en la que elegirá a la más bella como esposa. Las dos hermanas, alteradísimas, se preocupan de adornarse, agobiando a Angelina con sus órdenes.

Escuchamos esta escena, desde el monólogo de Angelina “Una volta c’era un Rè”, con Elina Garanca como Angelina:

Angelina despide al mendigo, que le promete que su vida va a cambiar.

Mientras sus hermanas siguen pidiéndole sus ropas y sus joyas. Cuando ella les llama “hermanas” se gana la bronca de ellas por no ser digna de ser considerada familia suya. Mientras, se dan cuenta de que tienen que despertar a su padre para informarle de la llegada del príncipe, y como siempre, se pelean por ver quién es la que va a despertarle. No hace falta: con el ruido Don Magnifico se despierta y sale furioso, abroncando a sus hijas por haberle despertado de un bello sueño que él interpreta como su ascenso social hasta la realeza. Tenemos así la primera de las arias de Don Magnifico, “Miei rampolli femminini”, que escuchamos a Paolo Montarsolo:

 Don Magnifico y las hermanas se retiran cada uno a su habitación, que tienen que prepararse y ponerse guapos para el príncipe.

Aaperece entonces un escudero, que no es tal; en realidad es el Príncipe de Salerno, Ramiro, que ha decidido disfrazarse para poder observar a las jóvenes; la ley le obliga a casarse, cosa que le desespera, porque no asume casarse sin amor, y Alidoro le ha dicho que en esa casa encontrará a una joven buena.

Entra Entonces Angelica canturreando su canción, pero al ver al “escudero” la bandeja que lleva se le cae al suelo. Él le pregunta si acaso es un monstruo,ella distraída le responde que sí (así se liga, sí señor), luego se corrige, y ambos observan la reacción del otro y comienzan a sentir algo raro… nace el amor, vamos.

Pero el “escudero” pregunta por Don Magnifico, y Angelica le dice que él y sus hijas están en sus habitaciones. Ante la pregunta de quién es ella, contesta que su madre era viuda y se casó con el barón. Las hermanastras la reclaman, pero los dos están ya un poco embobados.

Escuchamos la escena cantada por Joyce diDonato y Lawrence Browlee:

Angelina se va, y Ramiro se queda fascinado con la joven, pese a sus humildes ropas. Espera a Don Magnifico, para decirle que el “príncipe” (en realidad su mayordomo, Dandini, disfrazado) llegará en un momento; cuando el barón sale, la impresión de Ramiro no es nada positiva.

Entra el coro de caballeros anunciando la llegada del falso príncipe, que cuenta como ha buscado entre todas las bellezas del reino pero no ha encontrado ninguna digna de él, y las dos petardas hermanas le hacen la pelota, mientras Dandini responde con galantería, pero temiendo en lo que pueda acabar esa farsa. Escuchamos el aria de Dandini “Come un’ape” cantada por Sesto Bruscantini:

El príncipe tiene que casarse porque su padre acaba de morir,  si no se casa quedará desheredado, de ahí la desesperación por encontrar esposa. Dandini se lleva a las dos jóvenes a su carruaje, mientras Angelina vuelve a salir para darle el bastón y el sombrero a su padre. Ramiro, que estaba esperando volver a verla, se da cuenta de que el barón la maltrata.

Angelina le pide a Don Magnifico permiso para ir a la fiesta, pero él se niega y la insulta. Entra Dandini buscando al barón y se encuentra con el panorama de que una de las chicas no puede ir al baile, porque según Don Magnifico es una sierva que no vale nada; incluso Dandini y Ramiro tienen que detenerlo para que no golpee a la joven. Escuchamos esta parte con Jennifer Larmore como Angelina, Rockwell Blake como Ramiro, Alessandro Corbelli como Dandini y Carlos Chausson como Don Magnifico:

Aparece entonces Alidoro, afirmando que en el registro aparecen tres hermanas; la que falta, obviamente, es Angelina, pero Don Magnifico miente diciendo que la tercera murió y amenaza a Angelina para que no abra la boca. Tras unos momentos de incertidumbre, Don Magnifico de nuevo ataca a Angelina, provocando la ira del resto, hasta el punto de que Dandini tiene que agarrar al barón y llevárselo, seguido por Ramiro y Alidoro. Escuchamos el quinteto con Joyce DiDonato como Angelina, Juan Diego Flórez como Ramiro, David Menéndez como Dandini, Bruno de Simone como Don Magnifico y Simón Orfila como Alidoro (ir al minuto 53:27):

Este quinteto es una de las mejores piezas de conjunto que escribió Rossini, sin duda.

Aparece entonces de nuevo el mendigo que le dice que a Angelina que la acompañe al baile del príncipe. Angelina, enfadada, le echa, pensando que se está vengando por haberle dado poco de comer, pero entonces él revela su verdadera identidad: es Alidoro.

Tenemos en este momento el aria que compuso Luca Agolini, “Vasto teatro è il mondo”:

Pero escuchamos ahora el aria que escribió Rossini en 1820, en la que Alidoro le dice a Angelina que en el cielo hay un Dios que ve todo su dolor y que se encarga de que su suerte cambia, y aparece un carro para llevarla al palacio. Escuchamos esta maravillosa aria (de las mejores que compuso Rossini”, “Là del ciel nell’arcano profondo”, cantada por Michele Pertusi:

Cambiamos de escena. Estamos en el palacio. Dandini se deshace de Don Magnifico mandándolo a la bodega para que se emborrache con la excusa de nombrarlo bodeguero, y siguiendo órdenes de Ramiro, intenta conocer a las dos hermanas, que se pelean por sus favores.

Mientras, en las bodegas, Don Magnifico se ha puesto las botas a vino, y los caballeros le nombran bodeguero, por lo que él promulga su primera ley: ejecutar a quien mezcle el vino con agua, nada menos. Escuchamos esta segunda aria de Don Magnifico cantada por Giuseppe Taddei:

De vuelta al palacio, Dandini huye desesperado de las dos hermanas; Ramiro le pregunta cómo son y Dandini le dice que son absolutamente insoportables, lo que desespera a Ramiro, que confía en las palabras de Alidoro de que en esa casa hay una chica que merece la pena. Aparecen entonces las dos hermanas que casi despedazan a Dandini, que les dice que sólo se pueda casar con una, y que la otra se la dará a su amigo, señalando a Ramiro, cosa que ellas rechazan por ser un escudero plebeyo. Escuchamos el dúo “Zitto zitto, piano piano” con el que comienza el finale del primer acto de La Cenerentola con Ramón Vargas y Alessandro Corbelli:

Escuchamos ya de tirón el resto del final. Se escucha llegar a alguien. Alidoro afirma que es una desconocida dama cubierta por un velo. Las hermanas ya se ponen celosas, para alegría de Alidoro (como si no se hubieran delatado ya ante el príncipe justo antes al despreciarlo por plebeyo…). Entra la desconocida, que no es otra que Angelina, vestida con la ropa que le ha cedido Alidoro, y al quitarse el velo todos quedan sorprendidos por distintos motivos. Ramiro cree reconocerla, mientras las hermanas dudan de si es Angelina. Llega Don Magnifico avisando que la cena está lista, pero se queda anonadado al ver a la joven que se parece tanto a Cenerentola. Dandini mete prisa para ir a cenar (para una vez que hace de príncipe piensa aprovecharlo), y todos creen estar soñando y con miedo a despertar. Vamos al vídeo (minuto 1:18:20):

Terminado el primer acto de La Cenerentola, comenzamos el segundo.

Don Magnifico está con sus dos hijas, temiendo que se estén burlando de ellos y sobre todo mosqueado por el parecido de la joven con su criada. Pero confía en que el príncipe caiga rendido ante alguna de sus dos hijas y ya se prepara para su acomodado futuro. Escuchamos la tercera aria de Don Magnifico, “Sia qualunque delle figlie” cantada por Enzo Dara:

Las hermanas vuelven a pelearse y se van. Entonces aparece Ramiro, enamorado de la joven desconocida, que le recuerda ala criada que conoció antes. Se esconde al oír que llega la joven junto a Dandini, y escucha como rechaza al “príncipe” porque está enamorado de su escudero (es decir, de Ramiro,el verdadero príncipe). Ramiro sale de su escondite y le declara su amor, pero ella le dice que primero tiene que ver su fortuna, encontrarla, y para hacerlo le da como prueba uno de los dos brazaletes que lleva (la censura no permitía quitarse un zapato en el teatro, así que otra vez nos cambian el cuento) y sale huyendo. Dandini se da cuenta de que su papel como príncipe ha terminado (aunque le tocará hacer de testigo en la boda). Ramiro vuelve a asumir sus funciones de príncipe, y siguiendo el consejo de Alidoro de hacer lo que le aconseje su corazón, decide librarse de las dos petardas y salir en busca de su amada. Escuchamos así el aria “Sì, ritrovarla io giuro” cantada por Javier Camarena:

Alidoro está preparado para hacer volcar la carroza del príncipe junto a la casa de Don Magnifico para que así pueda encontrar a Angelina.

Mientras, Dandini lamenta su mala suerte de haber bajado de príncipe de nuevo a mayordomo. Pero aparece Don Magnifico, que todavía no sabe nada, impaciente por saber quién de sus dos hijas es la elegida. Dandini le dice que le va a decir algo que le va a sorprender (y Don Magnifico piensa si le va a pedir que se case con él… no tiene remedio, no), pero primero quiere saber cuáles son sus exigencias para que una de sus hijas sea la esposa del príncipe, y el barón comienza su retahíla de estridencias, a las que Dandini contesta que no se las puede conceder porque ni él mismo las tiene, ya que no es un príncipe, sino un mayordomo. Don Magnifico estalla en cólera, pero Dandini lo echa del palacio. Escuchamos el dúo “Un segreto d’inportanza” con Enzo dara como Don Magnifico y Alessando Corbelli como Dandini (minuto 1:55:10):

Cambiamos de escena. Volvemos a estar en el Palacio del Barón. Angelina está cantando de nuevo su canción, pero acaricia su brazalete en espera de que su amado llegue a rescatarla. Aparecen Don Magnifico y sus hijas, enfadadísimos porque se creen burlados por Dandini. Entonces estalla una tempestad, en la que tenemos un pasaje orquestal que escuchamos dirigido por Claudio Abbado:

En medio de la tormenta, Alidoro hace volcar la carroza del príncipe, que va acompañado por Dandini. Se refugian en casa de Don Magnifico, donde él y sus hijas se asombran al saber que el verdadero príncipe es el que creían escudero. Llaman a Angelina para que lleve un sillón al príncipe para que se siente; ella se lo lleva a Dandini, pero le corrigen: el príncipe es Ramiro, quien reconoce el brazalete que lleva ella. Todos se sienten confusos, y tenemos así el magnífico sexteto “Questo e un nodo” (a modo de trabalenguas) que escuchamos con Marilyn Horne como Angelina, Francisco Araiza como Ramiro, Enzo Dara como Dandini y Samuel Ramey como Don Magnifico:

Las hermanas y Don Magnifico entonces empiezan a insultar a Angelina, pero el príncipe ahora sale en su defensa, y la propia Angelina tiene que suplicar el perdón para su familia ante el airado Ramiro, quien ante el desprecio de ellos afirma que se va a casar con Angelina. Don Magnifico afirma que entre sus hijas habrá una opción mejor, pero entonces Ramiro le recuerda que ellas le despreciaron por ser un plebeyo escudero. Ya está todo decidido: Angelina reinará junto a Ramiro. Escuchamos la escena con Cecilia Bartoli, Raúl Giménez, Enzo Dara y Alessandro Corbelli:

Ramiro se lleva a Angelina, seguidos por Dandini y Don Magnifico. Se quedan las dos hermanas y aparece entonces Alidoro, que les recuerda cómo le despreciaron cuando les pidió limosna, y que ahora tendrán que humillarse para conseguir el perdón. Tisbe acepta, pero Clorinda se resiste. Y aquí es donde va la otra aria de Agolini, “Sventurata! Mi credea” para Clorinda (aria que no se suele incluir en las representaciones actuales de La Cenerentola, y no nos perdemos nada, sinceramente):

Llegamos a la última escena de La Cenerentola. Estamos en el palacio de Ramiro. Don Magnifico y sus hijas solicitan el perdón de Angelina, que se lo concede, recuerda su triste pasado y que ya no volverá a estar triste trabajando en la cocina. El rondò final es una reelaboración del de Almaviva en “Il barbiere di Siviglia”. Escuchamos así el final “Nacqui all’affano” cantado por una histriónica Cecilia Bartoli, una máquina de ametrallar notas:

 Terminamos como siempre con un Reparto Ideal de La Cenerentola:

Angelina: Cecilia Bartoli.

Ramiro: Juan Diego Flórez.

Dandini: Sesto Bruscantini.

Don Magnifico: Paolo Montarsolo.

Alidoro: Michele Pertusi.

Crónicas de La Cenerentola:

ABAO-OLBE 22-11-2016.

Opus Lírica 14-05-2017



Crónica: Don Pasquale de Opus Lirica en Donostia (09-10-2016)


Opus Lirica prosigue con su encomiable labor de conseguir una temporada de Ópera estable en Donostia, y así este año ya se anuncia una breve temporada (la primera de, esperemos, muchas por delante) con 3 títulos más o menos “de repertorio”, modestos en los medios pero que pueden dar buenos resultados. Y así ha comenzado esta mini-temporada con un “Don Pasquale” (cuyo argumento comentamos en este post) muy apetitoso, con el atractivo principal de contar con Carlos Chausson como protagonista.




El exitazo de la anterior producción de “La Traviata” (crónica aquí) no ocultaba que se trataba de un éxito puntual, más debido al tirón del título que a un público fiel de considerables dimensiones en la capital gipuzkoana, que ya ha olvidado la época en la que grandes cantantes venían a cantar aquí. Por ello, se ha preferido representar la ópera en el Teatro Victoria Eugenia, de capacidad considerablemente inferior al Auditorio Kursaal, pero que tiene un foso y un escenario suficientes para representar “Don Pasquale”. Y aún así, pese a una asistencia razonablemente buena, se veían demasiados huecos (especialmente arriba, en las localidades más baratas, que estaba casi desierto); nada que ver con los llenos del Kursaal con “La Traviata”. Queda mucho trabajo por hacer, me temo.

Vamos ya a lo que nos interesa, el resultado de la representación. Porque es aquí donde radica el éxito de la producción, y lo que nos ayuda a ver si merece la pena seguir adelante con el proyecto o no. ¿Tuvimos una función de nivel suficiente? ¿Una función a la que el aficionado a la ópera, que se mueva en los teatros del entorno más o menos cercano (100-200 km a la redonda) le merezca la pena ir?

Dejo primero un enlace de la producción.

La escenografía fue modesta pero efectiva. Unos paneles móviles permitían cambiar la ambientación desde la sala de estar de Don Pasquale a su dormitorio o su jardín. Pocos elementos, que no requieren de una gran capacidad escénica, que funcionaron perfectamente en todos los momentos de la función. 4 o 5 muebles completaban la ambientación. Sencillez de medios para un resultado más que correcto.

Sobre la dirección de escena, que corría a cargo de Pierre-Emmanuel Rousseau (al igual que la escenografía y el vestuario), funcionó igualmente bien en la faceta cómica, ayudada por el talento escénico de los intérpretes, que conseguían sacar las carcajadas del público (que es lo que uno espera de “Don Pasquale”, a fin de cuentas). Pero… algo no me gustó: no es por puritanismo, pero ver a Malatesta y Norina metiéndose mano… si lo hacen Norina y Ernesto no pasa nada, pero con Malatesta no, por favor. Que es amigo de Ernesto, y quiero pensar que amigo de verdad. Y ya el remate, cuando al final de la ópera Norina se va con el mayordomo… no sé si es que nos la quiso pintar como ninfómana, pero desde luego yo no conseguí entrar en ese juego de coqueteos varios de la protagonista. Igual en esto soy algo purista, puede ser…

La orquesta Opus Lirica, dirigida por Andrea Albertin, funcionó con solvencia a lo largo de toda la función, con una obertura lo suficientemente vibrante, sin pasarse de velocidad y con el rubato adecuado. Durante el resto de la función acompañó a los cantantes, sin taparles en prácticamente ningún momento, lo que siempre es de agradecer. Destacar por otro lado el bellísimo solo de trompeta del comienzo del 2º acto, interpretado sin fallos ni desafines. Un pequeño pero: la guitarra de la serenata “Com’è gentile”, que no logré ver en el foso, se oía demasiado poco.

El coro Tempus Ensamble, dirigido por Jagoba Fadrique, no tiene mucha oportunidad de lucimiento en esta ópera. Es de reducidas dimensiones y habría que verle en obras con más peso para comprobar si la sensación que me dio de abusar demasiado del canto en forte es real o no.

Y Jagoba Fadrique no sólo dirigía el coro, además hizo la función de figurante y cantó (es un decir) el único comprimario de la ópera, el Notario. Digo lo de que es un decir que cantó porque apenas tiene dos frases y nadie se entera si las canta o las recita. Tendremos ocasión de escucharle en papeles con más posibilidades de lucimiento para poder entrar en la calidad de su canto, porque en este “Don Pasquale” no se puede decir nada de él, ni para bien ni para mal.

De los 4 protagonistas, el punto negro, el más flojo, fue el Ernesto del tenor Jorge Franco. El timbre de su voz es blancuzco, pálido, más o menos lo que cabría esperar en un contraltino, pero el problema es una emisión complicada, una incapacidad de proyectar la voz, de dejar que fluya desde su boca, que hacía que su volumen fuera escaso; intentaba paliarlo en los momentos que se requiere una mayor robustez vocal con un fraseo más, digamos, agresivo, cosa que tampoco le va al personaje. Y es una lástima, porque tiene la voz para el papel, y remató la cabaletta (sin repetición, eso sí, algo para mí imperdonable) con un Re sobreagudo que no es una tontería. Pero tiene que mejorar la emisión y proyección de su voz.

Gratísima sorpresa (bueno, no tan sorpresa, ya pude verle en el ensayo del miércoles para comprobarlo) el Malatesta de Joan Martín-Royo. Empezó cantando el “Bella siccome un angelo”. Parece que esto no quiere decir nada, pero no nos engañemos; este aria es una prueba de fuego. En casi cualquier aria para barítono se puede recurrir a trucos veristoides o efectismos que emocionen al público y que disimulen una técnica de canto mediocre, pero aquí nada de eso funciona: o cantas bien el aria, o la has pifiado. Y él la cantó con solvencia y una bella voz, y siempre teniendo en cuenta que la canta justo al principio de la ópera, todavía sin calentar la voz. Supo hacerse presente a lo largo de toda la representación con su canto y con su vis cómica que competía con la del mismísimo Carlos Chausson. Magnífico el dúo del 3º con éste, demostrando capacidad para el canto sillabatto; se notó que es un digno alumno del gran Chausson. Sólo esperar que vuelva por aquí en más ocasiones (y creo que mis deseos se harán realidad…)

Ainhoa Garmendia, el alma de Opus Lirica, está en el difícil momento de cambio de registro: la lírico-ligera de antaño ha pasado a ser una lírica pura, como ya nos demostró en “La Traviata”. Quizá por eso no brilló tanto como en aquella ocasión. Y no porque cantara mal, que no lo hizo, sino porque no pudo lucir tanto una de sus mayores virtudes, ese buen gusto a la hora de matizar y de apianar que tan bien lució con su Violetta. Quizá el momento en el que menos brilló fue precisamente en su aria de entrada, “Son anch’io”, uno de los pasajes más ligeros. Y no, de nuevo, no es que la cantara mal (si hay que poner algún pero, quizá un par de agudos atacados demasiado en forte que estéticamente no quedan muy bien a tanto volumen, y que es lo que me hace verla más como lírica pura que como lírico-ligera), simplemente no pudo lucirse tanto. Se lució más en otros momentos, donde sus dotes como actriz brillaron, con su gran capacidad cómica y su entrega. Y magnífica su intervención final, por cierto. Cantó, sacó adelante el papel con buen nivel y ahora nos queda esperar que con su Micaela de “Carmen” vuelva a emocionarnos como con su Violetta.

Y terminamos con el protagonista, con el Don Pasquale del gran Carlos Chausson. Ya tuve ocasión de escucharle el papel el año pasado en Pamplona (crónica aquí). y no hay mucho más que añadir. Voz de gran volumen, artista absoluto sobre las tablas tanto en su faceta canora, dominando todos los recovecos del canto bufo, como en la actoral, con una comicidad hilarante y una energía que nos hace si cabe lamentar más su cercana retirada. Escuchar (y ver) a Chausson es un lujo de esos que no podemos perdernos, que hay que aprovechar mientras podamos, y tenerlo en Donostia es casi un sueño.

Un par de detallitos más: comenté al hilo de “La Traviata” que Opus Lirica tenía algunas cosas que mejorar. Pues bien, los subtítulos de la ópera en esta ocasión han funcionado mucho mejor, y conseguir programas de mano no ha sido tan difícil como en aquella ocasión (aunque no estaba sobre cada asiento… la Quincena Musical me tiene muy mal acostumbrado, lo reconozco). Vamos mejorando, y con el rodaje se irá mejorando más todavía. Sólo un detalle que me mosquea: durante el ensayo del miércoles al que asistí (sólo se podía durante el I acto, pero bueno), al terminar el primer cuadro y caer el telón, una silla quedaba fuera del telón y un operario tenía que salir a retirarla; pues bien, no sé que ha pasado pero no se ha arreglado el problema y en la función ha vuelto a pasar lo mismo. Y ahora queda otra cosa que arreglar: los altos precios. Ya sé que de financiación no andarán nada bien, pero que las entradas más baratas cuesten 45 euros para alguien sin curro como yo pues tampoco es lo más atractivo imaginable…

Así que a la pregunta que hacía al comienzo de si lo que Opus Lirica nos ha ofrecido merece el desplazamiento (que en mi caso no es necesario, vivo a 20 minutos en bus), mi respuesta es: a este Don Pasquale, sin duda, sí. Y es que, en mi opinión, Opus Lirica tiene que intentar ser atractiva para esos aficionados a la ópera de fuera de Donostia, del resto de Euskadi, Navarra y Francia, y pienso que quizá arriesgando un poquito con títulos poco frecuentes podrían conseguir buenos éxitos a este respecto. Pero claro, mientras falte un público donostiarra fiel, es normal que estas cosas den miedo y que se tire al “sota, caballo y rey” de siempre. Y si tenemos en cuenta que le público donostiarra todavía tiene bastante que aprender… (hubo momentos en los que allí arriba, en el 3º piso, me sentí en el zoo, en la pajarera, rodeado de loritos que no callan durante toda la función… mi esfuerzo me costó contenerme, la verdad). Pero bueno, vamos a ver qué tal funcionan estos primeros pasos. Yo por ahora soy optimista.



Crónica: Il barbiere di Siviglia en ABAO-OLBE


Llegamos al último título de la presente temporada de ABAO-OLBE, que nos ha traído funciones memorables (Manon Lescaut, Roberto Devereux y al parecer también esa Sonnambula que la gripe me impidió ver) y otro francamente olvidable (el Don Carlos). Por desgracia, el cierre de la temporada, con la muy popular Il barbiere di Siviglia, no se encuentra entre las memorables (aunque siempre mejor que el Don Carlos, desde luego). Yo me preguntaba por qué no habían programado alguna otra ópera de valor más seguro (quizá ese repartazo de la Manon Lescaut) para asegurarse un final de temporada memorable (que los hemos tenido, y no pocos, en los años que llevo abonado), pero claro, yo ignoro el tema de fechas disponibles de cantantes, que la dirección si que habrá tenido en cuenta a la hora de programar las óperas.




Sí, Il barbiere di Siviglia (cuyo argumento e historia ya comentamos en este post) es una ópera muy popular, lo que se tradujo en un Euskalduna lleno como no recordaba haberlo visto (al menos en la función del martes); sospecho que de haberse programado otra ópera de Rossini no habría habido semejante acogida, aun en una comedia de similar calidad como L’Italiana in Algeri o un drama como la maravillosa Semiramide. Lo que quizá faltaba en esta producción era nombres de más categoría en el reparto (con la excepción de Carlos Chausson). Dejo aquí el enlace de la producción.

Quizá lo de los nombres de relumbrón lo fiaron a la producción de Emilio Sagi. El problema es que, sinceramente, a mí Sagi no me gusta. Demasiado naif (esos trajes rojos y rosas de Figaro y el conde al final de la ópera me hacían daño en los ojos), y además confiando buena parte de la comicidad a un grupo de actores que se paseaban por el escenario durante el I acto y que a mí más que hacerme reír me molestaban. La comicidad de esta ópera hay que extraérsela a los intérpretes, cosa que funcionó apenas en los protagonistas, arrasados por la maestría de Chausson.

José Miguel Pérez Sierra dirigía a la Orquesta Sinfónica de Navarra, que respondió correctamente. Los tempos del director, a menudo bastante rápidos,eran en cambio en ciertos momentos un tanto lentos o con rubatos extraños. Funcionó desde luego mejor cuando acompañaba a los cantantes (salvo alguna descoordinación puntual, como en el Largo al Factotum) que en los momentos solistas, con una obertura a la que le faltó un poquito más de chispa. Pero en general el resultado fue correcto, y desde luego no molestó.

De los comprimarios destacaré primero el Fiorello de Alberto Arrabal, en un papel que le queda pequeño por todos lados (después de haber disfrutado hace un mes de su Juan de Eguía…) y en el que se hizo notar en sus escasas intervenciones (le cortaron su último recitativo, de hecho). Su voz no es la de Fiorello, pero se hizo oír perfectamente sobre el coro en la escena tras la cavatina del conde, algo que no se puede decir del tenor. Supo a muy poco, la verdad.

Y destacar también la magnífica Berta de Susana Cordón, escénicamente divertidísima y vocalmente espléndida tanto en su aria como en los concertantes, en los que se hizo oír mucho más que los protagonistas. Un 10 para ella.

De los 5 protagonistas, hubo un importante punto negro: el conde de Almaviva de Michele Angelini. Pese a un timbre feo (me recordaba bastante al de Luigi Alva), la voz se maneja perfectamente en las coloraturas (salvo los trinos que se comió en la caballeta) y tiene un buen registro agudo, que se encargó de lucir en las muchas variaciones que introdujo (lo que le jugó una mala pasada en el dúo con Figaro, en el que se le escapó un gallo), y resolvió el difícil “Cessa di più resistere”. El problema es que su voz no es que sea pequeña, es que es casi inaudible. Había que hacer un buen esfuerzo para escucharle en sus momentos solistas; en los de conjunto parecía que hiciera playback, movía la boca pero no se le oía. En el trío con Rossina y Figaro intentó sacar artificialmente más volumen, y el resultado fue si cabe peor, forzado y con el agudo mal emitido. Ya sabemos que la acústica del enorme Euskalduna es criminal, pero no estoy seguro de que siquiera en un teatro más pequeño su volumen sea suficiente, lo cual es un serio problema.

Nicola Ulivieri se encargó de la parte de Don Basilio. Canta bien y tiene presencia escénica, pero en el aria de La Calunnia le falta la rotundidad vocal que se necesita para redondear la página (por otro lado uno de los momentos mejor resueltos escénicamente). Aprobó, pero desaprovechó su momento de lucimiento.

Marco Caria fue un Figaro con demasiada voz y al que le faltaba más chispa cómica, sobre todo en su presentación con el largo al Factotum. Lo de demasiada voz se le notó mucho en el “Zitto zitto, piano piano”, en el que tenía que hacer un gran esfuerzo por controlar su gran caudal vocal en un momento que requiere lo contrario. No canta mal, pero no me parece que Figaro sea su papel.

Annalisa Stroppa, afortunadamente una mezzo-soprano, fue Rosina. Bella voz, sin problemas de tesitura, con capacidad para la coloratura, su Rosina fue correcta en todo momento, y no falta de cierta comicidad. Se le podía pedir más, pero fue una Rosina más que digna.

Pero quien arrasó, quien se llevó el favor del público, fue el gran Carlos Chausson. Voz potentísima que se hacía oír incluso cuando estaba de espaldas al público, vis cómica impresionante, con un dominio escénico digno de alguien con sus muchos años de experiencia, domina además el papel vocalmente, con un excelente canto sillabatto (aunque se le notaba algo ahogado, lógico a su edad). Un Bartolo que hay que ver, porque pocos habrá de su nivel canoro e interpretativo. Al final de su aria fue largamente aplaudido y braveado (frente a la desidia de las arias anteriores, en este caso acabé con las manos rojas de aplaudir), igual que en los saludos finales. Él fue en realidad el protagonista de este “Il barbiere di Siviglia” que, sin su presencia, habría quedado un tanto pálido. Disfrutemos del tiempo que le quede en activo (parece que ya poco), porque es un seguro de canto e interpretación impecable.

Y así termina la temporada. Con ganas de algo más “potentillo”, a la espera de que comience la próxima. Que esperemos que nos dé tantas (o más) alegrías que esta… y menos disgustos, ya puestos.



Crónica: Don Pasquale en la AGAO (25-10-2015)


Puede resultar curioso que hasta la fecha hubiera visto en vivo dos óperas de Donizetti y en cambio tres de Bellini… curiosidades de la vida haber visto sólo 2 del muy prolífico bergamasco. Por eso, al presentarse la oportunidad de ver una tercera, el Don Pasquale (cuyo argumento comentamos en este post), la propuesta se me hacía más que atractiva, aunque supusiera conducir hasta Pamplona, ciudad en la que, lo confieso, todavía me pierdo. Y más cuando las veces previas que había ido a algún concierto a la capital navarra, siempre había sido en el Baluarte, así que ayer era la primera vez que pisaba el Teatro Gayarre.




Me sorprendió el reducido tamaño de éste (diría que menor que el donostiarra Victoria Eugenia, que conozco mucho mejor), aunque eso tiene sus ventajas, ya que aunque estaba arriba del todo, en última fila, el sonido llegaba perfectamente. Nada que ver por supuesto con un auditorio como el Baluarte o el Kursaal, no digamos ya el Euskalduna.

Antes de comenzar la crónica, dejo un enlace del programa.

Desconozco los detalles técnicos del teatro, pero la puesta en escena fue efectiva, con no pocos detalles más que interesantes (desde esos falsos micrófonos que los solistas usaban cual si fueran cantantes de Swing, hasta la trompeta solista del aria de Ernesto sentada en una estación de ferrocarril cual si fuera un mendigo, pasando por esa simulación de autobús que resultó hilarante). La mayor pega que se le podría poner es que a menudo esos gags quitaban la atención de los solistas. Pero desde luego, si el objetivo era hacer reír al público (no olvidemos que Don Pasquale es una de las grandes comedias de la ópera italiana), lo consiguieron.

La orquesta sinfónica de Navarra respondió muy bien a la dirección de Miquel Ortega, quien dirigió con precisión la partitura, con chispa y unos magníficos crescendos, y que en el resto de la ópera acompañó muy bien a los solistas. Bravo por el maestro catalán.

El coro de la AGAO cumplió con su papel, salvo por el “pequeño” detalle de comerse demasiado al solista en el “Com’è gentil”.

Y vamos ya con los solistas:

El más flojo del cuarteto fue el Doctor Malatesta de Marcin Bronikowski. Comenzó la función con el “Bella sicome un angelo” sin calentar, con la voz dura, incómodo en un papel tan belcantista (una pena, el aria es preciosa). Una vez la voz calentó el nivel subió, resolviendo la parte interpretativa con gracia y la canora con solvencia, salvo los agudos de las coloraturas del final de segundo acto.

El Ernesto lo cantó José Luis Sola. Su complicidad con Carlos Chausson fue magnífica, brillando en los dúos con él. Correcto en sus momentos solistas, “Sogno soave e casto” y “Cercherò lontana terra”. Resulta curioso que los agudos sonaban muy justitos de volumen, parecía como si tuviera problemas en el extremo agudo… y llega a la caballetta y se lanza al Reb sobreagudo así, por las buenas… no fue un cañonazo, pero fue un agudo correcto. Así que no es un problema de agudos… su voz resulta un tanto particular, igual que su técnica, pero es un cantante más que solvente, que se crecía en las escenas de conjunto. Muy bien su “Com’è gentil” y ya magnífico el “Tornami a dir che m’ami”. En los saludos finales salió muy bien parado, y en mi opinión justamente.

La Norina de Ruth Iniesta fue un lujazo. La voz sonaba potente en todo el teatro, y la interpretación fue brillante en todo momento. No merece la pena decir nada más de ella, salvo que estuvo de 10. Creo que con eso ya está todo dicho.

Y habría sido la gran triunfadora de la noche de no ser por un señor de 65 años que les robó  todos. El Don Pasquale del gran Carlos Chausson no fue de 10, fue de matrícula. Voz potente que se comía al reto del reparto en las escenas de conjunto, vis cómica impecable, actor maravilloso, luciendo canto sillabato en el dúo con Malatesta de esos que se escuchan pocas veces, con una fortaleza física envidiable… creo que tranquilamente podría entrar entre los mejores Don Pasquales de los que tenemos registros (lista que podría encabezar Sesto Bruscantini). Cantó, actuó y se llevó los mayores Bravos de la noche. Es la tercera vez que le veo en vivo y espero que no sea la última, porque está a la altura de los grandes. De hecho, consiguió lo que parecía imposible: que Don Pasquale me diera pena y todo.

En resumen, una velada de risas y buena música que bien hizo que mereciera la pena el viaje. Repetiría, sin ninguna duda. No falta sino dar las gracias a la AGAO y a los intérpretes por la gran noche que nos regalaron.