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Crónica: Ein deutsches Requiem en el Kursaal (19-12-2016)


El osético Tugan Sokhiev es uno de los directores de orquesta que más alegrías me han dado de todos los que he podido escuchar en vivo. En mi memoria quedan sus numerosas participaciones en la Quincena Musical Donostiarra (inolvidables sus interpretaciones de Tchaikovsky, por ejemplo), así como aquel maravilloso “Boris Godunov” de Pamplona en el que le acompañaba el orfeón Donostiarra con el que repetía colaboración en esta ocasión para este Ein deutsches Requiem de Johannes Brahms. El concierto tenía por lo tanto dos grandes atractivos, director y coro, que, como era previsible, no decepcionaron.




El concierto venía a ser de alguna forma el cierre a este año de la capitalidad europea de la cultura donostiarra, por lo que contar con la que quizá sea la institución musical más destacable de la capital gipuzkoana, el Orfeón Donostiarra, era poco menos que un imprescindible. La elección del programa podría ser en todo caso discutible: ¿cuál es el motivo de la elección de esta obra? ¿Habría sido más adecuado la elección de alguna obra de un compositor local? ¿Tenía algún significado más “simbólico” la elección de este Ein deutsches Requiem que el pobre programa de mano no explicaba?

Ein deutsches Requiem (un réquiem alemán) de Johannes Brahms es una maravillosa obra para orquesta, coro y solistas (soprano y barítono) dividida en 7 partes, alejada de la típica estructura de los réquiems litúrgicos, mucho más luminosa y esperanzadora en su mensaje, con textos íntegramente extraídos de la Biblia (apócrifos incluidos). La parte coral, en especial, da unas grandes posibilidades de lucimiento a un coro de nivel, y cuando esto se consigue, el resultado será siempre un conciertos absolutamente disfrutable, como fue el caso.

Dejo antes de nada un enlace con el programa del concierto.

Tugan Sokhiev dirigía con mano de hierro a la Orchestre National du Capitole de Toulouse, de la que es el director titular. La orquesta respondía a las indicaciones del director con absoluta fidelidad, alternando momentos de gran lirismo (como la primera parte) con otros más dramáticos, como la segunda parte , el famoso y bellísimo “Denn alles Fleisch”. Destacar la labor de los metales, impecables y que no se hicieron notar tocando con demasiado volumen, además de unas cuerdas, en especial en las secciones más graves, que sonaron maravillosamente ya desde los primeros acordes. Se nota que la coordinación con el director es absoluta, porque la orquesta respondía sin problemas a la personal visión que Sokhiev plasmó de la obra en esta ocasión.

Es la tercera vez que veo al Orfeón Donostiarra cantar Ein deutsches Requiem (vamos, las tres veces que he visto esta obra en vivo ha sido con ellos), y ya sé perfectamente que bordan esta obra, con esos juegos de dinámicas desde los susurros casi inaudibles con los que comienza la obra hasta los pasajes en forte en el que el sonido es simplemente apabullante. Magníficos tanto en la conclusión de la segunda parte como en la fabulosa fuga que cierra la sexta parte, en las que habría que destacar en especial la impecable labor de las voces masculinas, que en esta ocasión se hicieron notar (para bien) como no recordaba haberles oído, siempre más eclipsados por las voces femeninas. Fue un verdadero placer escucharles en esta ocasión.

Ya hemos mencionado que Ein deutsches Requiem requiere dos solistas: un barítono para las partes tercera y sexta, y una soprano para la quinta. Y los solistas elegidos para la ocasión superaron con corrección pero sin brillo sus partes. En el caso del barítono, Garry Magee, comenzó algo flojo, con agudos entubados y una voz que no terminaba de sonar brillante, hasta que calentó la voz y pudimos escuchar a un solvente barítono lírico de buenas maneras, lo suficientemente expresivo, que consiguió salvar su parte. En el caso de la soprano, Claudia Barainsky, tuvo que lidiar con la ingrata parte que tiene en esta obra, breve pero siempre en la zona aguda del registro, que tiene que cantar en piano. Si en las anteriores ocasiones que he escuchado esta obra las sopranos padecían de un insoportable vibrato que afeaba el resultado, en el caso de Barainsky ese vibrato no resultaba tan excesivo y por lo menos su intervención no molestó, que no es poco en esta obra.

El público amenizó la velada con un concierto de toses, como siempre en el momento más oportuno (sí, lo sé, con este tiempo todos estamos con catarro y no siempre se puede evitar toser, pero la discreción…), por no hablar de los móviles que no pararon de sonar durante el concierto. Lamentable.

Fue por tanto un concierto en general de muy alto nivel, un concierto para disfrutar (quizá no tanto para aplaudir a rabiar, no es esta una obra que despierte el aplauso tan fácilmente) que supone un digno cierre a esta capitalidad europea de la cultura con la calidad musical que se espera de una ciudad como Donostia.