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Crónica: La Boheme en ABAO-OLBE (23-10-2018)


Permitidme que os cuente una historia; que os cuente Mi historia. tenía yo 14 años cuando mi profesora de música en el instituto (la misma que me convenció de estudiar musicología para ser profesor de música) nos pidió que representáramos un fragmento de ópera en playback. Yo llevaba unos 3 años y medio empezando a escuchar eso que llaman “música clásica” y era el único de clase que tenía unas mínimas nociones de qué era eso de la ópera, aunque era un campo que todavía tenía que descubrir. Algún tiempo antes, por casualidad, había visto por televisión un cuarto acto de “La Boheme” de Puccini, en aquella época en la que la televisión pública emitía ópera a horarios razonables (tiempo después supe que el reparto lo formaban Aquiles Machado y Leontina Vaduva, si la memoria no me falla), y me encantó, así que quise que la escena que representáramos para la actividad de clase fuera esa escena final de “La Boheme”.




En aquella época en la que Spotify y Youtube nos sonarían a chiste, la profesora me prestó una grabación de “La Boheme”, con unos nombres para mí desconocidos por aquella época: Tullio Serafin, Renata Tebaldi, Carlo Bergonzi… el resto es historia: Tebaldi es mi soprano favorita, Bergonzi mi tenor favorito y “La Boheme” (cuya historia y argumento comentamos en este post) mi ópera favorita. Entonces era jovencito, inocente, y tenía mucho, mucho que aprender, pero por encima de todo era apasionado. Ahora soy menos joven, la inocencia ha dejado paso a una sinceridad a veces incómoda y he aprendido mucho, aunque me quede todavía mucho más por seguir aprendiendo, pero algo no ha cambiado: la pasión con la que vivo la ópera.  Llevo nada menos que 19 años escuchando “La Boheme” y la sigo amando como el primer día… o más incluso, si cabe. Y, casualidades de la vida, de los más o menos 75 títulos de ópera diferentes que he tenido ocasión de escuchar en vivo, “La Boheme” es la que he visto en más ocasiones: con esta suman 6. Y sin viajar, todas ellas en Euskadi: 3 en Donostia, 1 en Irun y 2 en Bilbo. Y, en la mayoría, el resultado ha sido siempre el mismo: frialdad.

Y es que representar “La Boheme” es mucho más arriesgado de lo que a priori pudiera parecer en una ópera tan popular, tan del gusto del público. Y más en un lugar como la ABAO, en el que, en función de sus posibilidades técnicas y económicas, las exigencias van a ser siempre mayores que en asociaciones más modestas. La anterior representación bilbaina, en 2013, me dejó absolutamente frío, con el gran dolor que me supuso que Inva Mula, a quien tenía muchas ganas de ver en vivo, me decepcionara de esa forma (mucha mejor impresión me dejó poco después como la Nedda de Pagliacci, afortunadamente). En el tiempo en el que ha transcurrido desde esa primera representación de “La Boheme” que vi en ABAO, no hemos tenido ocasión de ver ninguna ópera de Wagner, sólo una de Strauss (Salomé), nada de ópera eslava y sólo un Mozart, “Don Giovanni”. Y, aún así, se opta por repetir el título de siempre, con el riesgo que esto supone para el verdadero aficionado a la ópera.

Y es ahora cuando me toca dejar libre esa sinceridad a veces incómoda: ABAO-OLBE, esta vez sí, lo ha conseguido. Nos ha regalado una magnífica y emocionante función de “La Boheme”.

Como ya me he enrollado demasiado, vamos ya a comentar la función, en lazando como siempre la página de la  producción.

La escenografía de Francesco Zito era razonablemente tradicional, siendo lo mejor el segundo acto. Quizá esas vigas metálicas en la buhardilla de los bohemios del primer y cuarto acto me trasladaran del barrio latino a una arquitectura más industrial, lo que en mi opinión le restaba romanticismo a la escena, pero es una apreciación meramente personal. Mario Pontiggia firma una correcta dirección artística, sacando partido a las escenas, casi de comedia, de los cuatro bohemios, o al enorme conjunto del Café Momus.

La Orquesta Sinfónica de Euskadi, en su regreso a la temporada de ABAO, sonó como nunca antes la había escuchado (ni en ópera ni en repertorio sinfónico). Cabría pensar que fue un milagro si no se conoce a Pedro Halffter, que llevaba la batuta. Experto pucciniano como ya hemos tenido ocasión de escuchar en su “Manon Lescaut” bilbaina (o allá por 2009 en la mágica “La fanciulla del West” que ofreció en Sevilla), no sólo escuchamos a un hábil concertador (pese a algún desajuste puntual en el dúo de Mimì y Marcello del tercer acto), sino que la orquesta, con esa rica y colorista orquestación tan innovadora en la época y que marcará el rumbo posterior de Puccini (que alcanzará sus cumbres en la citada Fanciulla y en la magistral “Turandot”) adquirió un protagonismo inusitado, con unos rubatos casi mágicos- Con unas cuerdas en estado de gracia, unos metales cálidos (y, por encima de todo, afinados), unas maderas atinadas y una percusión precisa, hubo momentos absolutamente mágicos, como ese preludio orquestal al “Sono andati”, que dejaba la carne de gallina. De hecho, me atrevería a decir que el público fue injusto con Halffter durante los saludos, ya que no se escuchó ni un solo Bravo, y fue quizá quien más se los merecía.

El Coro estuvo siempre acertado en sus participaciones, tanto en el tercer acto como, en especial, en el complicado segundo acto, en esa sucesión de escenas, casi de viñetas, que se suceden una tras otra con diferentes personajes en cada caso. Buena labor igualmente la del coro infantil de la Sociedad Coral de Bilbao.

Vamos ya con los solistas. Fernando Latorre asumía, sorprendentemente, los papeles cómicos de Alcindoro y Benoît. Y si bien en el caso de éste último recurrió a comicidades, gallos a posta incluidos, su Alcindoro fue mucho más serio, mucho más comedido de lo habitual. De hecho, apenas se movía de la silla en la que se pasó sentado casi todo el segundo acto. Quizá ello le restó posibilidades de lucimiento cómico, pero ofreció en todo caso una visión interesante del personaje, siempre cantado con corrección.

Correcto fue igualmente el Schaunard de David Menéndez, destacando como intérprete tanto el las partes más cómicas como en las más dramáticas, estando vocalmente siempre solvente, aunque quizá algo escaso de volumen en el primer acto.

Grata sorpresa el Colline del polaco Krzysztof Baczyk, nombre a recordar (si es que es posible, con esta grafía tan complicada), que cantó con gusto y una voz rotunda y redonda, sabiendo sacar partido de su breve aria “Vecchia zimarra”.

Jessica Nuccio fue una Musetta escénicamente irreprochable, si bien vocalmente destacó más en las partes más dramáticas del cuarto acto. Al resto de sus intervenciones les faltó más chispa (Su vals quedó un poco pobre), y en el cuarteto final del tecer acto, si visualmente la atención se iba a Marcello y ella frente a las dos estatuas de sal de Rodolfo y Mimì, Arteta e Ilincai se los comieron vocalmente.

Algo similar le ocurría al Marcello de Artur Rucinski. Irreprochable como actor, vocalmente se quedaba más justito, con una voz no especialmente bella, sin cuerpo, con volumen bastante reducido. Consiguió dar una buena réplica a Ilincai en esa maravilla que es el “O Mimì, tu più non torni”, pero en el dúo con Mimì del tercer acto desapareció ante el torrente vocal de Arteta.Y en el segundo acto, frases como ese “Gioventù mia” pasaron casi completamente desapercibidas por la falta de cuerpo de su voz

Era a priori una buena noticia contar con el Rodolfo del tenor rumano Teodor Ilincai, a quien hace unos años tuvimos ocasión de escuchar en Donostia una “Tosca” de nuevo junto a Arteta. La voz tiene un timbre bello, un agudo fácil y un buen volumen. Pero su Rodolfo fue algo irregular: en los dos primeros actos, la zona central y de paso no estaba bien resuelta, el sonido no salía liberado y a menudo oscurecía el timbre, frente a un agudo mucho mejor resuelto, aunque el Do de “la speranza” fuera demasiado breve. Se esforzó por matizar, lo que es siempre de agradecer. En el tercer y el cuarto acto, su rendimiento fue mucho mejor, en todo caso, siendo un digno partenaire de Arteta. Por destacar algo, el dúo-terzetto del tercer acto y el ya citado “Oh MImì, tu più non torni”, podrían encontrarse entre los mejores momentos de una interpretación de muy buen nivel.

Ainhoa Arteta se hacía cargo de la protagonista Mimì. Y quizá sufre el mismo problema que tenía la Tebaldi en su grabación del 58 que mencionaba al comienzo: la voz en este momento de su carrera es demasiado grande, demasiado spinto, para los primeros actos de la ópera. Y eso se notaba en sus constantes esfuerzos por adelgazar la voz, en los recursos constantes a un piano que le obligaba a abusar del vibrato. Lo que no quita que en ese climax del “Si, mi chiamano Mimì” alcanzara la extraordinarias cotas de calidad a las que nos tiene acostumbrada. la gran actriz seguía siempre ahí, con esa inteligencia que tiene a la hora de “decir” tantas y tantas frases. Pero su Mimì se destapó del todo en el tercer acto: brutal, desgarrador su dúo con Marcello, al igual que sus intervenciones en el trío posterior. Al concluir un “D’onde lieta uscì” que fue pura magia, no pude evitar que un lagrimón me cayera del ojo. Con ella es imposible no empatizar con su Mimì. Llegada al cuarto acto, su voz iba muriendo con el personaje de forma absolutamente magistral. Su “Sono andati” fue igualmente magnífico, y si bien el vibrato en el registro agudo resulta preocupante, en ese momento poco importaba, su interpretación te hacía ignorar cualquier objeción vocal que se le pudiera poner. Llegó incluso a contagiar su tuberculosis a un público que empezó a toser a lo loco en dicho dúo…

Éxito de público, como demostraron los aplausos y braveos. Esa era la parte fácil. ¿Éxito a nivel musical? Esa es la parte complicada, pero la que importa a quien escribe estas líneas. Con el presupuesto que maneja ABAO-OLBE, se puede correr el riesgo de buscar a figuras mediáticas, a “divas”, para encargar a Mimì. Pero probablemente ninguna de ellas estaría al nivel de Arteta. El acierto, en esta ocasión, de ABAO, ha sido saber buscar a una pareja protagonista de gran nivel, y de acompañarlos por una batuta que más que batuta parecería la varita mágica de Harry Potter. Arteta, Halffter e incluso Ilincai fueron los que consiguieron regalarnos una noche mágica, con una ópera tan manida que ya se corre el riesgo de aburrir con ella. No fue el caso, ayer escuchamos una Boheme nueva, una Boheme real, una Boheme con la que meternos en la piel de Rodolfo y de Mimì, una Boheme con la que volver a sentir la pasión que sentimos cuando descubrimos la ópera, con la que volver a enamorarnos. No creo que el camino que deba seguir ABAO sea el de arriesgar lo menos posible en repertorio y repetir cada pocos años los mismos títulos de siempre, porque el milagro no se produce demasiadas veces. Pero, por suerte para todos, ayer sí se produjo el milagro. Seguro que, si Puccini hubiera tenido ocasión de escuchar estas funciones, se sentiría orgulloso.



200 años del estreno de La Cenerentola (25-01-2017)


Un día como hoy hace 200 años se estrenaba una de las obras maestras de Gioacchino Rossini, La Cenerentola. Vamos a recordarla contando detalles sobre su composición y contando su argumento.




En 1816, Rossini había estrenado “Il barbiere di Siviglia” en el Teatro Argentina de Roma, y pese al fracaso del día del estreno, ya desde la segunda función la ópera fue un enorme éxito. El Teatro Valle, también en Roma, mantenía una rivalidad con el Teatro Argentina, por lo que deciden contratar a Rossini para que les componga una ópera.

¿Qué tema elegiría Rossini para esta nueva ópera, que habría de ser también una comedia? Tras descartar un libreto de Gaetano Rossi, se elige como trama el cuento de La Cenicienta de Charles Perrault, escribiendo el libreto Jacopo Ferretti. Pero necesidades técnicas (falta de recursos, básicamente) obligan a suprimir cualquier elemento mágico o sobrenatural de la trama, por lo que Ferretti se aleja bastante del cuento original, inspirándose en otros dos libretos de ópera, los de “Cendrillon” de Charles Guillaume Etienne para la ópera de Nicolò Isouard de 1810 y el de “”Agatina, o la virtù premiata” de Francesco Fiorini para la ópera de Stefano Pavesi de 1814. Así, se sustituye al hada madrina por un consejero del príncipe, y la madrastra se convierte en padrastro.

La composición de La Cenerentola es muy rápida, apenas 3 semanas. Es por ello que Rossini se autorrecicla, arreglando pasajes de otras óperas suyas (de los que ya hablaremos llegado el momento) y asignando a su ayudante Luca Agolini la composición de los recitativos, así como de dos arias menores, las de Clorinda (una de las hermanastras) y Alidoro (el consejero).

El estreno tiene lugar finalmente el 25 de enero de 1817 en el Teatro Valle, dirigido por el propio Rossini y con la contralto Geltrude Righetti Giorgi (quien también estrenó el papel de Rossina en el Barbiere) en el papel protagonista. El estreno no fue un gran éxito (aunque sin llegar al escándalo del estreno del Barbiere) pero no tarda mucho en triunfar, estrenándose en pocos años por toda Italia, Europa y América.

Cuando en 1820 La Cenerentola se representa en el Teatro Apollo de Roma, teniendo a un gran bajo en el papel de Alidoro, Rossini decide darle más peso al personaje componiendo él mismo una nueva aria de lucimiento que sustituiría a la que había compuesto Agolini. Este aria será una de las piezas más brillantes del compositor, sin duda.

Tras la caída en el olvido de las óperas de Rossini, desde la segunda mitad del siglo XIX, La Cenerentola fue recuperada especialmente a partir de los años 50, siendo a día de hoy una ópera muy frecuente en el repertorio (la segunda más representada de Rossini tras el Barbiere), muestra de la genialidad de la partitura.

Antes de repasar el argumento de la ópera dejo un enlace con el libreto de la ópera.

La Cenerentola comienza con una genial obertura en la que vamos a escuchar entre otros el tema del concertante del final del primer acto. Pese a todo, la obertura es un préstamo de una ópera anterior de Rossini, “La Gazetta”. La escuchamos dirigida por Alberto Zedda:

Comenzamos el primer acto de La Cenerentola. Estamos en el ruinoso palacio de Don Magnifico, Barón de Montefiascone. Sus dos hijas, Clorinda y Tisbe, se pasan el día presumiendo, creyéndose las mejores jovencitas de la zona. Escuchamos la breve introducción con dos especialistas en los papeles de las hermanastras, Margherita Guglielmi como Clorinda y Laura Zannini como Tisbe:

Mientras tanto, su hermanastra Angelina, La Cenerentola del título, está trabajando como una sirvienta, y canta una canción sobre un rey que, aburrido de estar solo, tuvo que elegir entre tres chicas, eligiendo a la inocencia y la virtud. Sus hermanastras no le dejan cantar, pero son interrumpidos por un mendigo que viene a pedirles una limosna; las hermanas lo desprecian, pero Angelina le da a escondidas un café y un trozo de pan. Lo que ninguna sabe es que el presunto mendigo es en realidad Alidoro, el consejero del príncipe de Salerno, que ha venido a ver cómo son las jóvenes de la casa.

Las hermanas, al ver que Angelina le ha dado algo de comer al mendigo, se disponen a castigarla, pero son interrumpidas por un grupo de caballeros que anuncian que en un momento aparecerá el Príncipe Ramiro buscando a las jóvenes de la casa para invitarlas a una fiesta que va a dar, en la que elegirá a la más bella como esposa. Las dos hermanas, alteradísimas, se preocupan de adornarse, agobiando a Angelina con sus órdenes.

Escuchamos esta escena, desde el monólogo de Angelina “Una volta c’era un Rè”, con Elina Garanca como Angelina:

Angelina despide al mendigo, que le promete que su vida va a cambiar.

Mientras sus hermanas siguen pidiéndole sus ropas y sus joyas. Cuando ella les llama “hermanas” se gana la bronca de ellas por no ser digna de ser considerada familia suya. Mientras, se dan cuenta de que tienen que despertar a su padre para informarle de la llegada del príncipe, y como siempre, se pelean por ver quién es la que va a despertarle. No hace falta: con el ruido Don Magnifico se despierta y sale furioso, abroncando a sus hijas por haberle despertado de un bello sueño que él interpreta como su ascenso social hasta la realeza. Tenemos así la primera de las arias de Don Magnifico, “Miei rampolli femminini”, que escuchamos a Paolo Montarsolo:

 Don Magnifico y las hermanas se retiran cada uno a su habitación, que tienen que prepararse y ponerse guapos para el príncipe.

Aaperece entonces un escudero, que no es tal; en realidad es el Príncipe de Salerno, Ramiro, que ha decidido disfrazarse para poder observar a las jóvenes; la ley le obliga a casarse, cosa que le desespera, porque no asume casarse sin amor, y Alidoro le ha dicho que en esa casa encontrará a una joven buena.

Entra Entonces Angelica canturreando su canción, pero al ver al “escudero” la bandeja que lleva se le cae al suelo. Él le pregunta si acaso es un monstruo,ella distraída le responde que sí (así se liga, sí señor), luego se corrige, y ambos observan la reacción del otro y comienzan a sentir algo raro… nace el amor, vamos.

Pero el “escudero” pregunta por Don Magnifico, y Angelica le dice que él y sus hijas están en sus habitaciones. Ante la pregunta de quién es ella, contesta que su madre era viuda y se casó con el barón. Las hermanastras la reclaman, pero los dos están ya un poco embobados.

Escuchamos la escena cantada por Joyce diDonato y Lawrence Browlee:

Angelina se va, y Ramiro se queda fascinado con la joven, pese a sus humildes ropas. Espera a Don Magnifico, para decirle que el “príncipe” (en realidad su mayordomo, Dandini, disfrazado) llegará en un momento; cuando el barón sale, la impresión de Ramiro no es nada positiva.

Entra el coro de caballeros anunciando la llegada del falso príncipe, que cuenta como ha buscado entre todas las bellezas del reino pero no ha encontrado ninguna digna de él, y las dos petardas hermanas le hacen la pelota, mientras Dandini responde con galantería, pero temiendo en lo que pueda acabar esa farsa. Escuchamos el aria de Dandini “Come un’ape” cantada por Sesto Bruscantini:

El príncipe tiene que casarse porque su padre acaba de morir,  si no se casa quedará desheredado, de ahí la desesperación por encontrar esposa. Dandini se lleva a las dos jóvenes a su carruaje, mientras Angelina vuelve a salir para darle el bastón y el sombrero a su padre. Ramiro, que estaba esperando volver a verla, se da cuenta de que el barón la maltrata.

Angelina le pide a Don Magnifico permiso para ir a la fiesta, pero él se niega y la insulta. Entra Dandini buscando al barón y se encuentra con el panorama de que una de las chicas no puede ir al baile, porque según Don Magnifico es una sierva que no vale nada; incluso Dandini y Ramiro tienen que detenerlo para que no golpee a la joven. Escuchamos esta parte con Jennifer Larmore como Angelina, Rockwell Blake como Ramiro, Alessandro Corbelli como Dandini y Carlos Chausson como Don Magnifico:

Aparece entonces Alidoro, afirmando que en el registro aparecen tres hermanas; la que falta, obviamente, es Angelina, pero Don Magnifico miente diciendo que la tercera murió y amenaza a Angelina para que no abra la boca. Tras unos momentos de incertidumbre, Don Magnifico de nuevo ataca a Angelina, provocando la ira del resto, hasta el punto de que Dandini tiene que agarrar al barón y llevárselo, seguido por Ramiro y Alidoro. Escuchamos el quinteto con Joyce DiDonato como Angelina, Juan Diego Flórez como Ramiro, David Menéndez como Dandini, Bruno de Simone como Don Magnifico y Simón Orfila como Alidoro (ir al minuto 53:27):

Este quinteto es una de las mejores piezas de conjunto que escribió Rossini, sin duda.

Aparece entonces de nuevo el mendigo que le dice que a Angelina que la acompañe al baile del príncipe. Angelina, enfadada, le echa, pensando que se está vengando por haberle dado poco de comer, pero entonces él revela su verdadera identidad: es Alidoro.

Tenemos en este momento el aria que compuso Luca Agolini, “Vasto teatro è il mondo”:

Pero escuchamos ahora el aria que escribió Rossini en 1820, en la que Alidoro le dice a Angelina que en el cielo hay un Dios que ve todo su dolor y que se encarga de que su suerte cambia, y aparece un carro para llevarla al palacio. Escuchamos esta maravillosa aria (de las mejores que compuso Rossini”, “Là del ciel nell’arcano profondo”, cantada por Michele Pertusi:

Cambiamos de escena. Estamos en el palacio. Dandini se deshace de Don Magnifico mandándolo a la bodega para que se emborrache con la excusa de nombrarlo bodeguero, y siguiendo órdenes de Ramiro, intenta conocer a las dos hermanas, que se pelean por sus favores.

Mientras, en las bodegas, Don Magnifico se ha puesto las botas a vino, y los caballeros le nombran bodeguero, por lo que él promulga su primera ley: ejecutar a quien mezcle el vino con agua, nada menos. Escuchamos esta segunda aria de Don Magnifico cantada por Giuseppe Taddei:

De vuelta al palacio, Dandini huye desesperado de las dos hermanas; Ramiro le pregunta cómo son y Dandini le dice que son absolutamente insoportables, lo que desespera a Ramiro, que confía en las palabras de Alidoro de que en esa casa hay una chica que merece la pena. Aparecen entonces las dos hermanas que casi despedazan a Dandini, que les dice que sólo se pueda casar con una, y que la otra se la dará a su amigo, señalando a Ramiro, cosa que ellas rechazan por ser un escudero plebeyo. Escuchamos el dúo “Zitto zitto, piano piano” con el que comienza el finale del primer acto de La Cenerentola con Ramón Vargas y Alessandro Corbelli:

Escuchamos ya de tirón el resto del final. Se escucha llegar a alguien. Alidoro afirma que es una desconocida dama cubierta por un velo. Las hermanas ya se ponen celosas, para alegría de Alidoro (como si no se hubieran delatado ya ante el príncipe justo antes al despreciarlo por plebeyo…). Entra la desconocida, que no es otra que Angelina, vestida con la ropa que le ha cedido Alidoro, y al quitarse el velo todos quedan sorprendidos por distintos motivos. Ramiro cree reconocerla, mientras las hermanas dudan de si es Angelina. Llega Don Magnifico avisando que la cena está lista, pero se queda anonadado al ver a la joven que se parece tanto a Cenerentola. Dandini mete prisa para ir a cenar (para una vez que hace de príncipe piensa aprovecharlo), y todos creen estar soñando y con miedo a despertar. Vamos al vídeo (minuto 1:18:20):

Terminado el primer acto de La Cenerentola, comenzamos el segundo.

Don Magnifico está con sus dos hijas, temiendo que se estén burlando de ellos y sobre todo mosqueado por el parecido de la joven con su criada. Pero confía en que el príncipe caiga rendido ante alguna de sus dos hijas y ya se prepara para su acomodado futuro. Escuchamos la tercera aria de Don Magnifico, “Sia qualunque delle figlie” cantada por Enzo Dara:

Las hermanas vuelven a pelearse y se van. Entonces aparece Ramiro, enamorado de la joven desconocida, que le recuerda ala criada que conoció antes. Se esconde al oír que llega la joven junto a Dandini, y escucha como rechaza al “príncipe” porque está enamorado de su escudero (es decir, de Ramiro,el verdadero príncipe). Ramiro sale de su escondite y le declara su amor, pero ella le dice que primero tiene que ver su fortuna, encontrarla, y para hacerlo le da como prueba uno de los dos brazaletes que lleva (la censura no permitía quitarse un zapato en el teatro, así que otra vez nos cambian el cuento) y sale huyendo. Dandini se da cuenta de que su papel como príncipe ha terminado (aunque le tocará hacer de testigo en la boda). Ramiro vuelve a asumir sus funciones de príncipe, y siguiendo el consejo de Alidoro de hacer lo que le aconseje su corazón, decide librarse de las dos petardas y salir en busca de su amada. Escuchamos así el aria “Sì, ritrovarla io giuro” cantada por Javier Camarena:

Alidoro está preparado para hacer volcar la carroza del príncipe junto a la casa de Don Magnifico para que así pueda encontrar a Angelina.

Mientras, Dandini lamenta su mala suerte de haber bajado de príncipe de nuevo a mayordomo. Pero aparece Don Magnifico, que todavía no sabe nada, impaciente por saber quién de sus dos hijas es la elegida. Dandini le dice que le va a decir algo que le va a sorprender (y Don Magnifico piensa si le va a pedir que se case con él… no tiene remedio, no), pero primero quiere saber cuáles son sus exigencias para que una de sus hijas sea la esposa del príncipe, y el barón comienza su retahíla de estridencias, a las que Dandini contesta que no se las puede conceder porque ni él mismo las tiene, ya que no es un príncipe, sino un mayordomo. Don Magnifico estalla en cólera, pero Dandini lo echa del palacio. Escuchamos el dúo “Un segreto d’inportanza” con Enzo dara como Don Magnifico y Alessando Corbelli como Dandini (minuto 1:55:10):

Cambiamos de escena. Volvemos a estar en el Palacio del Barón. Angelina está cantando de nuevo su canción, pero acaricia su brazalete en espera de que su amado llegue a rescatarla. Aparecen Don Magnifico y sus hijas, enfadadísimos porque se creen burlados por Dandini. Entonces estalla una tempestad, en la que tenemos un pasaje orquestal que escuchamos dirigido por Claudio Abbado:

En medio de la tormenta, Alidoro hace volcar la carroza del príncipe, que va acompañado por Dandini. Se refugian en casa de Don Magnifico, donde él y sus hijas se asombran al saber que el verdadero príncipe es el que creían escudero. Llaman a Angelina para que lleve un sillón al príncipe para que se siente; ella se lo lleva a Dandini, pero le corrigen: el príncipe es Ramiro, quien reconoce el brazalete que lleva ella. Todos se sienten confusos, y tenemos así el magnífico sexteto “Questo e un nodo” (a modo de trabalenguas) que escuchamos con Marilyn Horne como Angelina, Francisco Araiza como Ramiro, Enzo Dara como Dandini y Samuel Ramey como Don Magnifico:

Las hermanas y Don Magnifico entonces empiezan a insultar a Angelina, pero el príncipe ahora sale en su defensa, y la propia Angelina tiene que suplicar el perdón para su familia ante el airado Ramiro, quien ante el desprecio de ellos afirma que se va a casar con Angelina. Don Magnifico afirma que entre sus hijas habrá una opción mejor, pero entonces Ramiro le recuerda que ellas le despreciaron por ser un plebeyo escudero. Ya está todo decidido: Angelina reinará junto a Ramiro. Escuchamos la escena con Cecilia Bartoli, Raúl Giménez, Enzo Dara y Alessandro Corbelli:

Ramiro se lleva a Angelina, seguidos por Dandini y Don Magnifico. Se quedan las dos hermanas y aparece entonces Alidoro, que les recuerda cómo le despreciaron cuando les pidió limosna, y que ahora tendrán que humillarse para conseguir el perdón. Tisbe acepta, pero Clorinda se resiste. Y aquí es donde va la otra aria de Agolini, “Sventurata! Mi credea” para Clorinda (aria que no se suele incluir en las representaciones actuales de La Cenerentola, y no nos perdemos nada, sinceramente):

Llegamos a la última escena de La Cenerentola. Estamos en el palacio de Ramiro. Don Magnifico y sus hijas solicitan el perdón de Angelina, que se lo concede, recuerda su triste pasado y que ya no volverá a estar triste trabajando en la cocina. El rondò final es una reelaboración del de Almaviva en “Il barbiere di Siviglia”. Escuchamos así el final “Nacqui all’affano” cantado por una histriónica Cecilia Bartoli, una máquina de ametrallar notas:

 Terminamos como siempre con un Reparto Ideal de La Cenerentola:

Angelina: Cecilia Bartoli.

Ramiro: Juan Diego Flórez.

Dandini: Sesto Bruscantini.

Don Magnifico: Paolo Montarsolo.

Alidoro: Michele Pertusi.

Crónicas de La Cenerentola:

ABAO-OLBE 22-11-2016.

Opus Lírica 14-05-2017