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Madama Butterfly en Quincena Musical (13-08-2019)

Este año la Quincena Musical donostiarra nos ofrecía como ópera escenificada una de las obras más representadas del repertorio operístico de todos los teatros del mundo, “Madama Butterfly” de Giacomo Puccini, ópera que ya tuve ocasión de ver unos cuantos años atrás en la propia Quincena. El atractivo de esta función (de las dos funciones que se ofrecen en esta edición de la quincena habría que decir, aunque aquí comentemos la del estreno) era el protagonismo de nuestra paisana Ainhoa Arteta. 

Como viene siendo habitual, la representación operística se ofreció en plena Semana Grande donostiarra, con lo bueno y lo malo que ello supone. Al menos queda agradecer que en esta ocasión la función del estreno no haya sido en sábado, coincidiendo a la misma hora que el chupinazo de las fiestas. Así al menos tenemos oportunidad de disfrutar de ambas cosas, y sería de desear que esta situación se repita en futuras ediciones. 

Vamos ya a pasar a comentar la función de ayer, no sin antes dejar, como siempre, un enlace a la ficha de la producción. 

La dirección escénica de Emilio López y la escenografía de Manuel Zuriaga resultaban efectivas en un primer acto que podríamos definir como “conservador”, visualmente hermoso y muy japonés. Por el contrario, en el segundo y tercer acto pasábamos a ver una casa destruida por la bomba atómica de Nagasaki, lo que ya nos provoca una notable incongruencia histórica: tres años antes de la bomba no podía haber en Nagasaki un barco de la marina americana, ni un cónsul en la ciudad. Pudiera haber tenido sentido si ya el primer acto se hubiera situado en la miseria de la posguerra, pero así resulta imposible. Por otro lado, al margen de resultar el segundo acto excesivamente oscuro, se hacía poco creíble que Butterfly y Suzuki recojan todas las flores de un jardín que, de estar como el resto de la casa, debería estar calcinado. Como aciertos, señalar el uso de una bailarina (Fátima Sanlés) durante el bellísimo coro a bocca chiusa, emulando a un ave (o a una mariposa tal vez) con esos largos velos, asesinada justo al finalizar el coro, así como el suicidio de Butterfly, a posta directamente ante la mirada de un impotente Pinkerton, como diciéndole “Desgraciado cobarde (vamos a usar palabras más suaves de las que le corresponderían al personaje), mi venganza será que no puedas borrar de tu mente la imagen de verme abrirme en canal ante ti”. 

La Orquesta Sinfónica de Euskadi respondió con corrección a la dirección de Giuseppe Finzi, con una notable tendencia al exceso de volumen. La dirección de Finzi fue en general bastante pesante, falta de dramatismo, lo que hacía que la obra quedara en demasiados momentos fría en exceso. Correcta también la participación del coro Easo en los papeles de los familiares de Cio-Cio San (en este sentido “Madama Butterfly” requiere un amplio plantel de comprimarios que apenas cantan a solo), pero poco audible en el citado coro a bocca chiusa, uno de los momentos más bellos de la ópera. 

Ana Cristina Marco supo sacar partido al brevísimo papel de Kate, haciéndose oír en todas sus intervenciones. Bien Isaac Galán en su doble papel como Comisario Imperial y Príncipe Yamadori, mejor en todo caso en el segundo, que le ofrece más posibilidades expresivas. Suficientemente autoritario fue el Bonzo de Fernando Latorre, si bien desde arriba del auditorio un poquito más de potencia habría redondeado la actuación (quizá desde la arte inferior del auditorio no habría que decir lo mismo). 

Francisco Vas fue un Goro quizá en exceso histriónico (no sé si por culpa suya o de la dirección escénica) y más tendente a lo grotesco que lo malvado que demuestra ser el personaje al final del segundo acto, pero supo sacar partido a su personaje tanto a nivel vocal como escénico, siendo en este sentido quizá el que realizó la labor más meritoria. 

Grata sorpresa la Suzuki de Cristina Faus, de voz hermosa, potente, bien proyectada y más que solvente a nivel expresivo. Los fuertes aplausos del público compensaron una actuación magnífica, que destacó en especial en sus escenas con Butterfly, como los finales de los actos II y III, que se encontraron entre los mejores momentos de la función. 

Insuficiente el Sharpless de Gabriel Bermúdez, con una voz afóna, sin cuerpo, de timbre poco atractivo. No es Sharpless un papel que permita un gran lucimiento vocal, pero sí interpretativo, necesitando una voz redonda, gruesa, cálida, que se echó en falta en el joven barítono. En el segundo y el tercer acto consiguió por momentos alguna frase bien lograda, pero en general pasó muy desapercibido en un papel realmente hermoso. 

Irregular el Pinkerton de Marcelo Puente. El tenor frasea con gusto, la voz es potente, pero quizá demasiado oscura, y el registro agudo aparece mal emitido (¿por oscurecer la voz tal vez?). Tuvo sus mejores momentos en el primer acto, donde en general no tiene tantas ascensiones al agudo, logrando bellos momentos en el largo dúo de amor, pero en el tercer acto pasó más desapercibido. 

Ainhoa Arteta regresaba a la quincena tras su última participación en 2015, también con un rol pucciniano, en este caso Tosca. Lo hacía en este caso con un papel que debutaba recientemente, esta Madama Butterfly que le lleva a sus límites vocales e interpretativos. La voz ya muestra claramente el paso de los años, con un agudo a veces difícil y muy vibrado, y como resultado acortó las frases en agudo (el do final del dúo del primer acto o el Sib del final del “Un bel dì vedremo”, al margen de evitar el Reb optativo del final del “Ancora un paso or via”). Pero su talento vocal en interpretativo quedó a la vista en sus magníficas frases en piano (como ese comienzo del “Un bel dì”). En todo caso, Arteta recuerda por momentos a Tebaldi: es en determinadas frases donde consigue sacar lo máximo de sí, más que en arias o grandes momentos. Así, por ejemplo, su “quando fa la nidiatail petirosso”, con un pianísimo casi mágico, fue mejor que todo el “Un bel dì” posterior, sin que esto signifique que no estuviera a la altura en el aria. Fue en todo caso en el tercer acto donde dio lo mejor de sí, con un “Piccolo Iddio” desgarrador, con momentos en los que se notaba que su implicación dramática ponía incluso en peligro su canto; conseguía con ello emocionarnos más si cabe con esa derrumbada Madama Butterfly que nos estaba haciendo sufrir. Arteta volvió así a demostrar que ahora es en el verismo donde nos da sus mejores momentos, y sólo cabe esperar poder seguir disfrutando de su arte el mayor tiempo posible. 

Antes de concluir habría que destacar lo avanzado de Puccini en su concepción dramática, y en concreto en esta “Madama Butterfly” en la que la heroina es la mujer y el hombre es el anti-héroe, pintado como un despreocupado egoísta, mientras a ella la adornan todas las virtudes imaginables, salvo por el hecho de que, a sus 15 años (La edad de los juegos y las golosinas, como se menciona en el libreto) resulta demasiado ingenua. El papel del hombre y la mujer cambia tanto desde Verdi (o Wagner) hasta Puccini que es lo que hace que las obras del de Lucca puedan resultar tan actuales. 

El público donostiarra tenía ganas de “Madama Butterfly” y así lo demostró llenando el Kursaal. Pese a la actitud poco aconsejable de cierto sector del público (cotorreos a lo largo de la función, algún tarareo y, como no, un móvil sonando de forma más que audible en el momento “preciso”), los aplausos fueron contundentes. En mi caso queda decir que ellas les ganaron por goleada a ellos. Puccini lleva a las mujeres al poder, y ellas aprovecharon la oportunidad. 

Crédito fotográfico: Quincena Musical. 

Crónica: Mahler Chamber Orchestra en Quincena Musical (01 y 02-08-2019)

Este 2019 la Quincena Musical celebra su edición número 80. Y la encargada de inaugurar tan destacada edición ha sido la Mahler Chamber Orchestra, dirigida por el joven director moravo Jakub Hrusa, emergente figura de la dirección orquestal que era sin duda uno de los principales atractivos de ambos conciertos (porque el programa, a priori, me resultaba bastante poco atractivo en general, pero bueno, como en otros casos, eso es un tema estrictamente personal). 

La Mahler Chamber Orchestra, como ya hemos mencionado, ofreció dos conciertos en el Kursaal, los días 1 y 2 de agosto. Comenzamos por orden con el concierto del día 1, del que dejamos aquí un enlace del programa. 

El concierto se abría con la obertura de “Las Hébridas” de Felix Mendelsson, quizá la pieza que mejor conozco de todas las que formaban el programa, y la que más me gusta. Siempre he pensado que Mendelssohn está muy infravalorado en su labor como compositor orquestal, y esta obertura, una de sus obras más célebres, es buena prueba de ello. La obra requiere (como otras de las interpretadas en ambos programas) una orquesta de mayores dimensiones que la Mahler Chamber Orchestra, con una sección de cuerdas más nutrida, por lo que por momentos se percibían ciertos desequilibrios sonoros entre familias de instrumentos. Hrusa, con su movimiento dinámico y enérgico, enfatizó quizá demasiado apianar en no pocos momentos, en una obra que yo concibo más dramática, más sonora. Por lo demás, su dirección fue siempre enérgica y la orquesta respondió a gran nivel. 

A continuación le llegaba el turno al primer concierto de piano de Chopin. Y para mi sorpresa veo que a la orquesta se añaden dos trompas más y un trombón, y yo pensando ¿para qué se metía Chopin en estos berenjenales cuando sabía perfectamente que lo de orquestar no era lo suyo? ¿Por qué tanta parafernalia? Porque luego la orquesta suena casi como un conjunto carente de entidad propia, un mero acompañante en el que no se notan diferentes texturas sonoras; la orquesta es un cuerpo único. Pero, además, lo de las grandes estructuras tampoco era muy cómodo para el pianista polaco, y eso se nota en este debut en el campo concertístico, en una obra mucho menos lograda que su segundo concierto (por cierto, tercera vez que veo el primero, frente a una única que he podido ver el segundo, una de mis obras favoritas de Chopin).

¿Y por qué digo todo esto? Porque hay que ser un pianista muy, muye expresivo y muy habituado a la interpretación chopiniana para sacar adelante una obra que, de lo contrario, se hace aburrida. Yo tuve que recurrir a las grabaciones de dos chopinianos de pro como Zimerman y Blechacz para conseguir apreciar la obra. Y la presencia de un pianista asiático no parecía indicar que las cosas fueran a ir por esos lugares: habría más exhibición técnica que poesía. 

Pero claro, el joven coreano Seong-Jin Cho ganó el premio Chopin de Varsovia en 2015, por lo que se supone que algo de pianismo chopiniano habrá en su interpretación. El primer movimiento pasó sin pena ni gloria, con lucimiento técnico y una precisión pasmosa, pero sin alma, sin esa poesía que impregna la obra del polaco, y eso pese a un razonablemente buen uso del rubato. Más poesía hubo en el segundo movimiento, aunque siempre sabía a poco. En el tercer movimiento dio la exhibición técnica que esperábamos, siendo lo mejor de un concierto perfectamente acompañado por Hrusa y la orquesta. No deja de sorprender que lo mejor de Cho fuera su propina, un nocturno de Chopin interpretado impecablemente, con toda esa poesía que requiere la obra. Visto lo visto, quizá el problema sea del concierto en sí…

Terminaba el programa de este primer concierto la cuarta sinfonía de Beethoven. Obra de transición entre el clasicismo y el romanticismo, la orquesta de cámara parecía invitar a una visión más clásica, pero la enérgica dirección de Hrusa nos llevó por terrenos mucho más románticos, lo que en mi caso es siempre de agradecer. Ya es perfectamente sabido que Beethoven llevaba al máximo las exigencias interpretativas de los músicos, y aquí la orquesta demostró su enorme valía superando todos los escollos de la partitura, destacando por igual cuerdas, maderas y metales, además del percusionista. Magnífica interpretación, sin duda. 

Pasamos al segundo concierto, el del día dos, dejando de nuevo un enlace al programa. En esta ocasión acompañaba a la Mahler Chamber Orchestra el Orfeón Donostiarra, la Escolanía Easo y la sección de jóvenes cantantes femeninas de las misma formación. 

El programa se abría con el Te Deum de Dvorak, obra que en no pocos momentos nos recuerda a su celebérrima sinfonía del nuevo mundo, con esas sonoridades no sabemos si checas o americanas. La orquesta de nuevo demostró su gran nivel, junto a un Orfeón que se lució como pocas veces antes recordaba: desde el pianísimo más sutil hasta unos atronadores fortísimos. Hay que destacar la rotunda sonoridad de las notas altas de las sopranos y, en especial, de los tenores, que brillaron como no recordaba haberlos escuchado.

Junto a ellos, el bajo Adam Plachetka superó con solvencia su difícil parte, mientras la soprano Katerina Knezikova lució un timbre hermosísimo y una emisión impecable, sin excesivos vibratos, con agudos magníficos y capaz tanto del matiz más sutil como de conseguir hacerse oír sobre los fortes de orquesta y coro. Una soprano a la que seguir, desde luego. 

Después le llegó el turno a los Psalmus Hungaricus de Zoltán Kodály, compositor del que, confieso, nunca había escuchado ninguna obra. Se apreciaban ciertos elementos de vanguardia en medio de una atmósfera de carácter nacionalista húngaro. Dificultad añadida para los coros, que tuvieron que cantar pues en húngaro (a diferencia de en la obra de Dvorak, donde el checo que sería de esperar es sustituido por el litúrgico latín). Volvió a brillar el Orfeón, acompañado en este caso por los miembros jóvenes del coro Easo, que no tuvieron mucha ocasión de lucimiento, al cantar casi todo el tiempo junto al coro de adultos.

El tenor Gyula Rab solventó su difícil participación con una emisión un tanto discutible, no bien proyectada, pero con un idiomatismo lógico. 

Cerraba el concierto la segunda sinfonía de Schumann. Ay, Schummann… ¿Qué te he hecho yo para que nos llevemos así de mal? Es que no hay forma, no consigo entrar en el universo sinfónico del alemán. De nuevo, la interpretación orquestal fue de altísimo nivel, con un visible entusiasmo por parte de Hrusa. Los aplausos a la conclusión demostraron la gran satisfacción del público con el cometido de la Mahler Chamber Orchestra… aunque también hicieron acto de presencia los móviles sonando y las toses, las competiciones de toses en especial en el eterno final en pianísimo de la obra de Kodály. La orquesta no ofreció ninguna propina en ambos conciertos, por desgracia.

Comienza así esta 80 edición de la Quincena, con un alto nivel musical por parte de la Mahler Chamber Orchestra y de su director, Jakub Hrusa, que esperamos se mantenga a lo largo de la edición. 

Crédito fotográfico: Quincena Musical.

Crónica: Mendi-Mendiyan en Kursaal (29-06-2019)

Parece que estemos condenados a ver la poca ópera vasca (poca pero con unos cuantos títulos a tener en cuenta) en versión concierto. Era por tanto de agradecer poder disfrutar de una versión escenificada de “Mendi-Mendiyan”, obra maestra de un jovencísimo José María Usandizaga que, incomprensiblemente, sigue siendo desconocida para el público operístico, incluso para el vasco.

Y es que la música del donostiarra presenta una madurez y una combinación de estilos realmente magistral. Escuchamos a los impresionistas franceses, a los veristas y post-veristas italianos (había algún momento que recordaba enormemente a “L’amore dei tre Re” de Montemezzi, ópera que no había sido aún estrenada para cuando se estrenó “Mendi-Mendiyan”), todo sin perder momentos de aliento vasco que no podían faltar en la obra. La orquestación es compleja y densa, mientras la escritura vocal es a menudo inclemente con los intérpretes. 

Pasamos a comentar la función, no sin antes dejar, como siempre, un enlace del programa. 

Decía que es poco frecuente disfrutar de una ópera vasca escenificada, siendo esta una infrecuente excepción. Por desgracia, el aspecto escénico fue el más flojo. La escenografía de Susanne Gschweider era fea, con una especie de caserío de metacrilato y metal en los actos segundo y tercero (con el metal reflejando la luz de los focos de forma bastante molesta), mientras en el primer acto se desaprovechaba la ocasión de poder jugar con cualquier elemento ecologista que se podría extraer de la obra al enseñarnos una montaña de plástico negro. Quizá lo más acertado fue esa lluvia que caía al comienzo de la obra, tan típica de la Gipuzkoa en la que transcurre la acción (de hecho, tras unos días de excesivo calor, esa tarde de sábado se presentaba fresca y comenzaba a chispear levemente). Tampoco la dirección escénica de Calixto Bieito aportó gran cosa, salvo por la obvia relación entre el lobo y Gaizto (un elemento simbolista muy presente en la obra). El pequeño Txiki surgiendo de debajo del plástico, Andrea bailando sobre las dobleces de éste, con momentos de visible dificultad de movimiento, o, lo peor, pareciendo coquetear con el aizkolari y el dantzari, algo que no se ajusta a la historia de la mujer perdidamente enamorada, aportaron muy poco al desarrollo dramático.

Musicalmente la cosa fue diferente, y es que este “Mendi-Mendiyan” salió impecable. En buena medida gracias a la labor de la Orquesta Sinfónica de Bilbao y a su director, Erik Nielsen, que sacaron todo el partido a una música colorista, destacando en especial el comienzo del tercer acto y la escena final. 

La participación del coro se circunscribe únicamente al tercer acto, pero aquí su participación es destacada, con esa romería “Korrika bide txigorretatik”, quizá el momento más colorista de la obra. Y la Sociedad Coral de Bilbao estuvo sin duda a la altura de las circunstancias, al igual que en el Ave Maria posterior. 

Pasamos a los solistas. Adecuado José Manuel Díaz como Kaiku, con un canto suficientemente detallista. Muy adecuada tímbricamente Olatz Saitua como Txiki, consiguiendo hacerse oír pese a su pequeña voz. 

Gexan Etxabe, que se hacía cargo del villano de “Mendi-Mendiyan”, Gaizto, superó las exigencias dramáticas que le hacían pasearse a cuatro patas por el escenario simulando al lobo. Vocalmente destacó en su monólogo del tercer acto, sonando más dolido que malvado. 

Gran trabajo el de Christopher Robertson como el abuelo Juan Cruz. A parte de una pronunciación en euskera más que correcta, su canto fue cálido y entrañable, como le corresponde al personaje, el cariñoso y preocupado abuelo de Txiki y Andrea. Si bien la franja aguda le puso en algún aprieto, en la zona central de la tesitura la voz sonaba con un color agradable y con la potencia de voz necesaria. 

Acostumbrado a verle siempre cantando partes de comprimario, esta era una gran ocasión de poder escuchar a Mikeldi Atxalandabaso cantando un papel protagonista. Sorprendió que en sus primeras frases la orquesta le tapara, conocida su potencia y proyección en lugares de acústica aún más inclemente que el Kursaal, como es el Euskalduna bilbaino. Pasados esos excesos orquestales, demostró su enorme talento en su aria del segundo acto, impecablemente cantada y, sobre todo, interpretada con gran gusto. Igualmente magnífico en el dúo con Andrea del tercer acto, superó luego con algunas dificultades la inclemente tesitura de la escena de su muerte, con esos terroríficos agudos. Ya sólo el hecho de haberlo superado demuestra que es un cantante que no sólo nos ofrece esos grandes comprimarios que le hemos escuchado, sino que puede ser un importante protagonista, porque voz y talento tiene de sobra para papeles de más enjundia. 

La parte más complicada de “Mendi-Mendiyan” se la lleva, en todo caso, el personaje de Andrea, interpretado por Ausrine Stundyte. Su pronunciación en euskera era mejorable, pero ya sólo por el hecho de haber podido aprenderse el libreto en un idioma tan complicado como es el euskera tiene un enorme mérito. Y más cuando, en su canto, se percibía perfectamente la intención del texto. Su tesitura es tan complicada como la del tenor, y superó todos los escollos, aunque brillaba más cuando cantaba en la zona central de la tesitura. Su aria del primer acto fue casi mágica, maravillosamente cantada e interpretada, siendo uno de los mejores momentos de la noche. 

Tras haber sido representada en dos funciones en el Arriaga de Bilbao, para representar este “Mendi-Mendiyan” en Donostia se escogió el auditorio “grande”, el Kursaal, con el riesgo que esto supone. Hay que decir que el auditorio no se llenó, pero la asistencia fue en todo caso más que notable, y el público en general aplaudió y braveó al finalizar la función, y todo pese a que se representó del tirón, sin intermedio en la hora y 3 cuartos de duración aproximada (si nuestras vejigas han sobrevivido a esto, sobrevivirán también a un primer acto de “Parsifal”, digo yo). 

Éxito de público y, sin duda, éxito musical. Porque la obra lo vale. Pero seguimos ignorándola, al igual que otras joyas de nuestro patrimonio musical vasco. Si en París, Berlín o Viena pueden escuchar óperas en ruso, checo, polaco o húngaro, también podrían escuchar sin problemas una ópera en euskera. Pero claro, si no las representamos ni aquí, no esperaremos que ellos lo hagan. Este proyecto era por tanto sumamente necesario, pero es imprescindible que continúe, que este “Mendi-Mendiyan” se lleve a otras ciudades y que se representen otras óperas vascas. El público se merece disfrutar de estas joyas casi desconocidas. 

Crónica: Kamerata Euskdivarius en Donostia (02-06-2019)

Día de descubrimientos el de ayer. Reconozco que desconocía la existencia de la Semana Musical Aita Donostia de la capital gipuzkoana, que va por su duodécima edición, y a la que acudía por primera vez. Desconocía también la existencia de un compositor llamado Alexander Arutiunian. Pero, sobre todo, no sabía en qué consistía eso de “Kamerata Euskdivarius”, aunque ya había tenido noticias de la agrupación vía Facebook. 

Lo importante era a fin de cuentas que quien dirigía era Arkaitz Mendoza, y no es ninguna novedad que es un director al que admiro mucho. Él dirige este nuevo proyecto de orquesta de cámara que ha comenzado a funcionar este mismo año, y que recibe el nombre de Kamerata Euskdivarius. No pude acudir a su debut, pero esta vez no me apetecía perdérmelo, en parte porque siempre había visto a Arkaitz dirigiendo zarzuela, como acompañante de voces, como concertador, pero con poco espacio para lucirse como director de orquesta, y esta era por tanto una ocasión perfecta para verle en un programa digamos más ambicioso. 

El concierto tuvo lugar en la donostiarra Iglesia de los Padres Capuchinos, que tampoco conocía, y que demostró tener una acústica más que aceptable. La Kamerata Euskdivarius afirma querer romper las tradiciones conservadoras de la música clásica, vistiendo de forma más informal de lo normal (en eso tienen todo mi apoyo) y tocando de pie casi todos los instrumentistas (mis lumbares no están tan de acuerdo con esa decisión), lo que evitaba problemas de espacio. Hay que recordar en todo caso que no es una gran agrupación, se definen como orquesta de cámara a fin de cuentas, y esto se notó a lo largo del concierto. 

Concierto que, con una duración aproximada de una hora, sin descanso, ofreció dos obras. La primera, el concierto de trompeta del ya citado Alexander Arutiunian, compuesto en 1950 por el compositor armenio que contaba entonces con 30 años y que es su obra más conocida. La escuché unos días antes en casa (intento ir a los conciertos lo mejor preparado posible) y me pareció una obra interesante, si bien bastante breve, unos 15 minutos de duración. Nicolas Zubia como solista sacó adelante los pasajes más exigentes de la partitura, con una sonoridad brillante (tampoco esperas otra cosa de una trompeta, pero bueno…). No me explayaré más en comentar su interpretación por mi absoluto desconocimiento del funcionamiento de los instrumentos de metal, pero creo que el resultado por su parte fue más que notable. La Kameraa Euskdivarius respondió a buen nivel, destacando la participación de las trompas. 

La segunda parte del concierto era probablemente la prueba de fuego: la primera sinfonía de Brahms, obra de gran envergadura que además es mi sinfonía favorita del hamburgués. Y fue aquí donde se notó más que es una orquesta de cámara, ya que con 8 primeros violines, 6 segundos etc, las maderas, los metales y los timbales cobraron por momentos excesivo protagonismo, al no respetarse los equilibrios de textura orquestal, y por momentos llegué a perderme un poco en lo que estaba escuchando, pese a ser una obra que conozco bastante bien (perderme yo, no la orquesta, por si es necesario matizar). 

Un más que interesante primer movimiento, con buena labor de las maderas (no tanto, por desgracia, y más visto lo anterior, de las trompas, con algún desafine o portamento poco afortunado) y con Arkaitz Mendoza controlando la situación hasta sacarse de la manga un magnífico crescendo que me dejó casi boquiabierto por la sorpresa y el magnífico efecto conseguido. Correcto el segundo movimiento (el menos interesante en mi opinión), cobrando protagonismo el buen hacer del concertino.

El tercer movimiento es una joya en sí mismo. Los tempos elegidos por Arkaitz Mendoza eran por lo general bastante fluidos (y más para alguien acostumbrado a escuchar las lentas versiones de Celibidache o de Bernstein), y de hecho el tema A del movimiento fue en general bastante rápido, pero al llegar al tema B (maravilloso, una de las melodías más hermosas compuestas por Brahms) el tempo no fue tan apresurado y se consiguió lucir esa belleza melódica a la perfección.

Y llegamos al cuarto movimiento, probablemente el más ambicioso de la obra. Magnífica labor de trombones y trompas (de nuevo, por fin) en el comienzo. Bien delineados los temas principales, llegamos a esa impresionante coda, en mi opinión de lo mejor que escribió Brahms en su vida (y conste que me encanta Brahms, así que es mucho decir), y el resultado fue espectáculo puro. Con tempos moderados y algún instante inusualmente lento, fue todo lo impactante que tiene que ser tan soberbio instante. Un final magnífico que demostró que la Kamerata Euskdivarius tiene un nivel considerable de calidad musical y que Arkaitz Mendoza es un director al que no perder la pista, con esa forma suya tan intensa de dirigir (espero que al terminar fuera directo a la ducha, porque estaba empapado de sudor). 

Para el año que viene, la Kamerata Euskdivarius ya anuncia una integral de las sinfonías de Beethoven. Proyecto sin duda muy ambicioso pero que se antoja más que interesante (prefiero no pensar en cómo puede salir su versión de la sexta o de la séptima, porque tienen un pintón de esos que da hambre), y más después de ver un concierto como éste en el que pude disfrutar como un enano; por la música, desde luego (bendito Brahms), pero sin duda también por la interpretación. Un gran descubrimiento y una magnífica noticia para la vida cultural de nuestra ciudad. 

Crónica: Pablo Ferrández y la OSE en Donostia (27-05-2019)

Hacía ya unos cuantos años que no iba a ningún concierto de la temporada de la Orquesta Sinfónica de Euskadi (les he visto en otras ocasiones, como la Quincena Musical o la temporada operística de ABAO). Básicamente por tres motivos: tiempo, dinero y pereza. Probablemente los tres motivos por los que los aficionados a la música no acuden a todos los conciertos que tienen a su alcance. Pero en esta ocasión el concierto bien lo valía, por darnos la oportunidad de ver en vivo a Pablo Ferrández, joven estrella del chelo. 

Y aquí he de hacer un poco de historia personal: en mi adolescencia, cuando comenzó mi pasión por la música, comencé a estudiar chelo, con mediocres resultados. Quedó claro entonces que debía focalizar más mi pasión por la música por la parte teórica y la docencia frente a la parte práctica. Pero, pese a ello, la música para chelo ha seguido acompañándome desde entonces, aunque ahora mismo sea incapaz de sacar ni una nota mínimamente agradable del instrumento. No negaré que me da cierta envidia ver a Pablo Ferrández, 6 años más joven que yo, tocar con esa absoluta destreza que me deja completamente fascinado. 

La obra elegida era el gran concierto para chelo de la historia de la música, el de Antonin Dvorak. Sin duda mi obra favorita para chelo solista. Una obra que pone a prueba tanto el talento virtuosístico del intérprete como su capacidad expresiva, con momentos de exquisito lirismo, a veces casi desagarrado, frente a otros de gran dificultad técnica. Es una de esas obras en las que el solista tiene que demostrar que es algo más que una máquina de emitir notas, aunque sea a enorme velocidad: tiene que transmitir, que emocionar. Tiene que pasar de intérprete a artista, en resumen. Y no quería desaprovechar esta oportunidad de comprobar en vivo si Pablo Ferrández es sólo un gran virtuoso (“sólo”, como si fuera poco) o si consigue traspasar esa barrera que lo convierta en artista. 

Comenzaba su intervención en el primer movimiento demostrando gran destreza técnica, dominio de las dobles cuerdas, fuerza, velocidad (en algún momento incluso mucho más rápido de lo que estoy acostumbrado a escuchar). Virtuosismo, a fin de cuentas. Pero entonces llega la exposición del tema B del movimiento, y las tornas cambian: técnicamente menos compleja, requiere una sonoridad de gran calidez, una cuidada línea melódica, un sonido mucho más suave. Y ahí Pablo Ferrández parecía apenas rozar con suavidad las cuerdas de su instrumento, con un vibrato impecable y un fraseo emotivo, en absoluto precipitado. Alcanzó momentos de enorme belleza, al igual que sucedería después en el segundo movimiento. 

Pero, al menos en mi opinión, la gran prueba de fuego de este concierto es su tercer movimiento: de enorme exigencia técnica, como corresponde a un movimiento rápido, concluye de forma extraña con una coda añadida con posterioridad, dedicada por Dvorak a su recién fallecida cuñada, de quien había estado enamorado en su juventud. Una coda dolorosa, sufriente, dramática pero sin estridencias, siempre con un fraseo suave. Y, de nuevo, después de demostrar su absoluto dominio técnico del chelo, Pablo Ferrández nos regaló en esta coda momentos prácticamente mágicos. Una de las últimas notas que interpretó parecía detenerse en el tiempo, tal fue la lentitud con la que atacó el final, y parecía que ni siquiera estuviera rozando las cuerdas, tal era la suavidad de su movimiento de arco. Sí, el madrileño es un gran virtuoso, pero su madurez interpretativa, con sólo 28 años, nos demuestra que tenemos a un artistazo de enorme talla al que esperemos tener ocasión de volver a escuchar en vivo en el futuro, porque tiene muchísimo que ofrecernos. 

A su lado, Robert Treviño dirigía a una Orquesta Sinfónica de Euskadi que demostró un buen nivel, destacando las trompas y las maderas en la introducción y la concertino en sus diálogos con el chelo. Treviño abusó quizá un tanto de una sonoridad excesiva en los momentos orquestales, pero en general se cuidó bien de no tapar a Pablo Ferrández, aunque, por las características propias del instrumento, hubo en el primer acto algún momento en el que el flautín se hizo demasiado presente. Orquesta y director contribuyeron a hacer del concierto una ocasión más que disfrutable.

Proseguía la segunda parte del concierto (dejamos un enlace del programa), ya sin Pablo Ferrández, con una obra me temo poco frecuente en nuestras latitudes, la segunda sinfonía de Edward Elgar. La orquesta respondió impecable a los momentos más grandiosos de la obra (destacar la percusión en el tercer acto), y Treviño dirigió con pulso, aunque quizá se hubiera preferido algo más de lentitud en la introducción. El problema de la obra, en mi opinión, es que le falta todo eso que hace grande a su hermana mayor, la primera sinfonía del inglés: esa flema tan británica, esa grandiosidad Eduardiana, pero también esa hondura dramática que impregna un tercer movimiento de desgarradora belleza, que en esta segunda no aparece por ningún lugar. Es de agradecer, en todo caso, poder escuchar una obra de Elgar, poco frecuente en nuestra tierra fuera de las famosas Variaciones Enigma (puestos a pedir, ojalá tenga ocasión de escuchar pronto en vivo esa primera sinfonía que aún no he podido ver… y, puestos a pedir, vamos a intentar popularizar también a otros compositores poco interpretados aquí, con Sibelius a la cabeza). 

Tal vez consciente de que la sinfonía no iba a despertar el furor del público (a diferencia de lo ocurrido con Pablo Ferrández, largamente ovacionado y braveado al concluir el concierto de chelo), Robert Treviño ofreció una propina que me resultó inesperada (la reacción del público no fue tan cálida como para dar propinas). Más Elgar, pero esta vez un Elgar que sí entusiasme al público: el final de la primera marcha de Pompa y Circunstancia. Hubo quien en el público comenzó a dar palmas durante ese magnífico tema central tan británico (habría sido quizá más adecuado haber cantado aquello de “Land of Hope and Glory… si es que nos supiéramos la letra, claro). Primera ocasión en la que escuchaba la pieza en vivo (bueno, al menos una parte de ella) y casi consiguió ponerme la carne de gallina… no lo voy a negar, en general Elgar es un compositor que me encanta (por desgracia, esa segunda sinfonía es una de sus obras que menos me entusiasman). Y aquí sí, el público respondió de forma más enfervorecida. 

En resumen, pudimos disfrutar de una obra poco popular, lo que ya de por sí es un atractivo en sí mismo, y de una obra mucho más popular pero en manos de un músico, o mejor dicho un artista, Pablo Ferrández, que supo sacar el máximo partido imaginable a esa pieza que nos sabemos casi de memoria. Un gran concierto de alto nivel musical que bien mereció la pena la inversión de tiempo, dinero y el “esfuerzo” de salir de casa. Para repetir, sin duda alguna. 

Crónica: Katuska de Sasibil en Donostia (28-12-2018)

Hace escasos tres días dedicábamos un post para recordar el 30 aniversario de la muerte del compositor Pablo Sorozabal. Era por lo tanto de esperar que la donostiarra Asiciación Lírica Sasibil aprovechara la conmemoración para recordar a quien, junto con Usandizaga, es el más grande compositor que ha dado la capital gipuzkoana. La elegida para el acontecimiento ha sido la primera obra lírica de Sorozabal, la conocida “Katiuska”. 

El estreno contó con la asistencia del nieto del compositor y con un Victoria Eugenia razonablemente lleno y dispuesto a disfrutar. Y alegra además comprobar que la edad media del público empieza a reducirse ligeramente, demostrando que el género tiene todavía futuro por delante. 

Vamos ya a describir la función en cuestión.

Ya conocemos las escenografías de Sasibil, sencillas, dados los medios. En este caso resultaba más sencilla de resolver al transcurrir los dos actos en el mismo escenario, una posada por la que desfilan fugitivos de la nueva Rusia Soviética y los oficiales que los persiguen. Poco atrezzo era necesario, apenas algunas mesas y sillas y una estufa, y con pocos elementos más se resolvía la función sin dificultad. La dirección escénica de Josean García resaltaba los elementos cómicos y resultó igualmente solvente.

Gran trabajo el de la orquesta, en este caso ampliada por arpa, piano, mandolina y una percusión mayor de la habitual (pandereta…) para describir el ambiente ruso de la obra. Gracias a la dirección de Arkaitz Mendoza consiguió que la tensión no decayera en ningún momento, acompañando con corrección a los cantantes (algún desajuste, en general al comienzo de la obra, achacable a la necesaria falta de ensayos) y destacando en los momentos solistas, el preludio del segundo acto y la repetición orquestal de fox-trot, ambos momentos más que disfrutables. Pese a algún puntual abuso de volumen, en general Mendoza supo controlar a los músicos para no tapar a los solistas (esos gestos al acompañar la primera romanza de la protagonista en sus pianísimos lo decían todo), y sólo nos queda celebrar el gran nivel de la formación, que nos permite augurar nuevas grandes funciones por lo que a ellos respecta. 

Tras un comienzo con algún que otro desajuste, el coro de la asociación rindió igualmente a gran nivel, consiguiendo salir de aquel perpetuo canto en forte al que nos tenían acostumbrados. Van sin duda por buen camino, y esperemos que esta senda continúe a más en próximas funciones. 

Aunque en otras ocasiones lo haya considerado superfluo, en esta ocasión agradecí la participación del ballet de la escuela de música y danza de Donostia, con participaciones tanto en los ritmos eslavos de la canción ucraniana del comienzo del segundo acto como, en especial, del fox-trot. El vestuario, en este segundo caso, resulto especialmente adecuado para trasladarnos a ese París de la belle-epoque. 

Aparecieron por el escenario diversos figurantes que funciones actorales o, a lo sumo, alguna pequeña intervención cantada, que resolvieron con gracia sus partes y sobre los que poco más se puede decir. 

Pasando a los secundarios, especialmente conseguido el acento catalán de David Sentinella como Amadeo Pich, especialmente hilarante. Ángel Walter como Bruno Brunovich demostró igualmente sus grandes dotes cómicas, aunque vocalmente se echó en falta un poco más de volumen (perjudicado probablemente en los Kosakos de Kazan por el bailoteo que se marcaba), algo aplicable al Boni de Juan Carlos Barona, bien cantado en todo caso. María Jesús Gurrutxaga demostró que es una gran actriz cómica que canta más como actriz que como cantante. Alicia Montesaquiu fue una Olga sobrada de voz en todas sus intervenciones. Las escenas de las que se hicieron cargo estos intérpretes, los Kosakos de Kazan, el cuarteto “Rusita, rusa divina” y el fox-trot “A París me voy” fueron todos ellos momentos muy disfrutables. 

Vamos ya con los papeles protagonistas. Grata sorpresa facundo Muñoz como el Príncipe Sergio, con una voz desenvuelta, de timbre hermoso y solvente en el agudo, cuyas intervenciones cantadas se antojaron escasas vistos los resultados. 

Antonio Torres, como Pedro Stakof, comenzó correcto con su romanza “Calor de nido”, pero a medida que la voz calentaba sus prestaciones mejoraron hasta lucirse en “La mujer rusa” y en el dúo con Katiuska del segundo acto. Voz potente, de agudo poderoso aunque en ocasiones algo opaco, a su “Calor de nido” le faltó quizá una mayor capacidad de apianar, por lo que, como ya hemos mencionado, su participación mejoró en el segundo acto en este sentido. Fue el más aplaudido de la noche, y sin duda su labor resultó notable.

Ana Nebot, en el papel protagonista de Katiuska, tuvo algún tropiezo con los diálogos (no fue la única, también hay que decirlo). Vocalmente, su voz tiene un vibrato un tanto excesivo para mis gusto, que se notó bastante en su primera romanza, “Vivía sola”. En todo caso, no tiene problemas de tesitura y, con la voz más caliente, su romanza del segundo acto “Noche hermosa” fue un momento muy disfrutable de la función, cantada con buen gusto y absoluta solvencia vocal. 

Digno recuerdo esta “Katiuska” para nuestro ilustre paisano Pablo Sorozabal. De nuevo Sasibil nos ha vuelto a regalar una función de zarzuela muy disfrutable y con un nivel musical en absoluto acorde con sus medios económicos. El público cantando los Kosakos de Kazan durante los aplausos demostró que había disfrutado, y seguro que el compositor estaría satisfecho si hubiera podido verlo. 

Crónica: Film Symphony Orchestra 2018-2019 en Donostia (18-11-2018)


En 1968, John Williams recibía su primera nominación al Oscar, en este caso a mejor banda sonora adaptada, por el drama “El valle de las muñecas” (estrenada en 1967, ya sabemos que los Oscars se entregan al año siguiente del estreno). Este año se cumplían pues 50 años de esta primera nominación al Oscar (la primera de 51, de los que ha ganado 5). Por este motivo, la gira de la Film Symphony Orchestra 2018-2019 está íntegramente dedicada a Williams y dividida en dos programas, que se presentan en otoño y primavera, respectivamente.




Ya sabemos que John Williams es un compositor muy querido por la Film Symphony Orchestra: ya nos presentaron la integral de “La música de las Galaxias”, y otras obras suyas están siempre presentes en sus giras. Esto provoca una sensación de repetición de las mismas piezas, por lo que había que buscar una forma de innovar, de aportar algo nuevo: además de lagunas de las bandas sonoras más conocidas del compositor, que no podían faltar, se incluyen también temas menos conocidos de sus grandes películas y las bandas sonoras de películas menos conocidas. Así se mantiene ese enfoque didáctico que siempre aportan los conciertos de esta orquesta, apoyados por las explicaciones que, antes de cada pieza, añade el director Constantino Martínez-Orts que, pese a que el sonido en esta ocasión no funcionó demasiado bien, siempre añaden detalles interesantes.

Comenzamos ya a comentar el desarrollo de este concierto de la Film Symphony Orchestra 2018-2019, que comenzaba con “Summon the heroes”, el tema que Williams compuso para la inauguración de los Juegos Olímpicos de 1996 en Atlanta. Sin metales en el escenario, estos se dispusieron en las rampas de acceso al auditorio, para dar esa impresión de música envolvente que debió tener en el estadio de Atlanta. Una música que busca y consigue ser grandilocuente y en la que destacan, por supuesto, los metales, en especial un solo de trompeta impecablemente interpretado por el solista.

Seguía el tema principal de “Atrápame si puedes”, en la que Williams vuelve a incluir un instrumento solista, como tantas veces en su carrera (violín en “La lista de Schlinder”, piano en “Las cenizas de Angela”, clarinete en “La terminal”…), pero en este caso un instrumento menos frecuente en las orquestas, un saxofón, que transmite la idea de fuga constante del protagonista. A continuación escuchamos algunos temas extraídos de “Lincoln”, una partitura clásicamente americana, en la que se escuchan constantemente ecos de Aaron Copland (yo no los encontré de Samuel Barber, como también mencionó Martínez-Orts).

El Scherzo para motocicleta y orquesta de “Indiana Jones y la última cruzada” (no sólo mi favorita de la saga, también la que tiene una mejor banda sonora, en mi opinión) puede sonar a pieza desconocida, pero basta empezar a escucharla para situarnos en esa fuga en moto con sidecar de los nazis que emprenden Junior y el profesor Atila. La pieza combina la tensión propia de la fuga con el humor que impregna la escena (esa emulación de torneo medieval, la seriedad de papá Jones ante la sonrisa de satisfacción de su hijo por haberse deshecho de sus perseguidores)  y fue un momento muy disfrutable de la noche. Claro que, puestos a interpretar un tema de esta película, yo hecho de menos los temas del Grial (esos que escuchamos en el el tema principal de la película, fácilmente encontrable en Youtube).

El tema principal de “La ladrona de libros” era completamente desconocido para mí (no he visto la película), y me recordó mucho al de “Las cenizas de Angela”. Mucho más identificable fue el tema de “Tiburón”, con unas magníficas cuerdas graves.

El tema “La rebelión renace” del octavo episodio de “Star Wars” no me resultó familiar, y no es lo heroico que uno cabría esperar, su épica es mucho más calmada, más oscura, describiendo más la dignidad de unos rebeldes conscientes de sus pocas posibilidades pero que se niegan a rendirse. Algo distinto a lo que sucedía con el tema principal de “El mundo perdido”, a priori desconocido pero luego rápidamente identificable, en el que la percusión, en especial bombo y gong, cobraron un gran protagonismo.

“Un horizonte muy lejano” es una película más bien floja, pero no lo es la banda sonora de Williams, con su tema de amor y, en especial, unos temas célticos en los que percusión, arpa y violines supieron aprovechar su oportunidad de lucimiento. Y concluía la primera parte del programa, antes del intermedio, con el tema de Hedwig de “Harry Potter y la piedra filosofal”, impecablemente ejecutado por toda la orquesta en una pieza nada fácil pero que consigue transportarnos a un mundo mágico sin ningún esfuerzo por parte del oyente.

Abría la segunda parte del concierto de la Film Symphony Orchestra 2018 un tema igualmente desconocido, el de la película “Los cowboys” (me la he apuntado como asignatura pendiente), un curioso western con una partitura que sigue de alguna forma las líneas generales de los westerns de Elmer Bernstein pero con un toque de humor muy interesante.

El tema principal de “La lista de Schlinder”, bellísimo pero desgarrador al mismo tiempo, está protagonizado por un violín solista, interpretado por el concertino de la orquesta, que sacó el partido dramático de la partitura con un buen uso del vibrato, aunque para mi gusto tocó demasiado legato.

La suite de “Mi amigo el gigante” es otra de esas piezas poco conocidas de Williams, en la que los grotescos gestos dirigiendo de Martínez-Orts transmitieron a la perfección la figura del gigante bonachón que nos describe la música. Completamente distinta a la emoción que debe transmitir la siguiente obra, el tema principal de “Nacido el 4 de julio”, con un dramático comienzo de trompeta solista (¿siguiendo el camino de Mahler tal vez?) y un tema central mucho más dramático.

Frenético el ritmo que tuvo que llevar la orquesta para interpretar el tema de los informativos de la NBC “The mission theme”, de nuevo con resultados impecables. Aunque si hubo un momento en el que la orquesta estuvo realmente sublime fue en la marcha de “1941”, de ritmo rápido y constantes juegos de colores instrumentales, en una prueba de fuego para concertar a los instrumentos con precisión.

“Flight to neverland” es probablemente el tema más conocido de “Hook”, que es una de las mejores partituras, en mi opinión, de Williams (claro que a mí es una película que me encanta, debo de ser de los pocos), y aquí fueron las maderas, en especial flautas y flautines, los que cobraron el mayor protagonismo.

El concierto concluía con dos temas imprescindibles: la marcha de “Superman” y la de “Star Wars”, que se encuentran entre las favoritas de un público cada vez más encendido. Pese a algún puntual desafine de los metales, el resultado de ambas interpretaciones fue magnífico y fueron un digno colofón a un concierto que nos ofreció músicas famosísimas junto a otras desconocidas para la mayoría del público.

Esta primera parte de la gira de la Film Symphony Orchestra 2018-2019 terminó con dos propinas ya habituales en la formación: la marcha imperial de “Star Wars” y el tema de la cantina de Mos Eisley, de corte jazzístico. Perfectos para dejar al público con aún mejor sabor de boca y con ganas de más. Sólo nos queda esperar a la segunda parte del programa, en abril, para seguir disfrutando con más música cinematográfica de John Williams.



Crónica: Los Gavilanes de Sasibil (15-09-2018)


Con sólo dos días de diferencia, la donostiarra Asociación Lírica Sasibil ofrecía un segundo título zarzuelístico tras “El Caserío“, en este caso el no menos famoso “Los gavilanes”, de Jacinto Guerrero. Los resultados no alcanzaron el mismo nivel de calidad, pero seguimos encontrándonos ante un espectáculo que bien mereció la pena.




Antes de comentar la función, dejamos como siempre un enlace de la producción.

La puesta en escena de “Los Gavilanes” fue muy similar a la de “El Caserío”; no hay ni presupuesto ni capacidad técnica ni, en este caso, tiempo, para poder pedir más. Un escenario sencillo, realista, que quizá no aporte novedades pero que, desde luego, tampoco molesta al desarrollo dramático de la obra, lo que siempre se agradece. La dirección escénica, en manos de Josean García, enfatiza los aspectos cómicos de una obra que no lo es tanto, con momentos realmente logrados en este sentido.

La Orquesta de Sasibil, de nuevo bajo la batuta de Arkaitz Mendoza, volvió a brillar. Algún pequeño desajuste puntual no afectó al buen resultado orquestal, pese al poco tiempo disponible para ensayar la obra. Los momentos instrumentales de la partitura volvieron a brillar con luz propia, mientras durante el resto de la función, Mendoza demostró su habilidad concertadora. Y si bien en este caso hubo momentos en los que la orquesta tapó a algún solista, me temo que no fue problema de la orquesta.

Grata sorpresa la que me dio el Coro de Sasibil. Si en mi anterior crónica mencionaba su tendencia al canto permanente en forte, aquí matizaron mucho más, con momentos en piano casi siempre resueltos de forma más que correcta. Si en el equipo estable de Sasibil la parte que más miedo me daba era el coro a la hora de asumir proyectos más ambiciosos con solvencia, en esta ocasión me han demostrado que podrían estar a la altura sin problemas.

El numeroso elenco de cantantes secundarios y actores fue, como era de esperar, correcto, destacando siempre la faceta actoral de los mismos, pero sin notables problemas canoros. DEstacar, por encima de todos, la magistral labor cómica de Rafael Álvarez de Luna como el Alcalde Clarivan y de Ángel Walter como el Sargento de Gendarmes Triquet, que en sus intervenciones cómicas hicieron estallar las carcajadas del público gracias a sus tablas escénicas. Nos regalaron algunos de los mejores momentos de la noche, en especial en los discursos previos al descubrimiento de la placa en homenaje a Juan.

Fue, por desgracia, el cuarteto vocal el que más bajó el nivel con respecto al Caserío previo.

Elisa di Pietro, como la joven Rosaura, lució una voz de timbre hermoso y se defendía bien en la faceta de actriz, pero a su voz le falta la potencia necesaria para hacerse oír en todo momento. En este sentido, mejor su “No hay por qué gemir” del primer acto que sus intervenciones en el acto III, donde sería de desear una voz de mayor volumen para los momentos más dramáticos.

Javier Agulló, como Gustavo, lució una voz de tenor fresca, brillante, de agudo fácil, pero con momentos de afinación preocupante. Como desconozco si esto puede deberse a algún problema puntual o no, prefiero no hacer más valoraciones al respecto.

Alberto Arrabal lució su enorme torrente vocal en el papel de Juan, el “gavilán” que da título a la obra. Enfatizó la parte más agresiva del personaje, y brilló en los actos II y III. Quizá el problema vino en el primer acto, cuando, con la voz todavía sin calentar, se enfrenta a la página más famosa de “Los gavilanes”, la romanza “Mi aldea”, en la que supo lucir voz (magnífico el agudo final), pero a la que le faltó un poco más de sutileza interpretativa. Ya he observado en ocasiones anteriores que Arrabal necesita calentar la voz para dar lo mejor de sí, y por ello el Juan de “Los Gavilanes” le pone las cosas muy difíciles, si bien su canto fue siempre solvente.

Amparo Navarro corría con el papel de Adriana, el antiguo amor de Juan y Madre de Rosaura. La voz es más que interesante con un magnífico centro, si bien los extremos son más problemáticos: un grave apenas audible y un agudo tirante. Correcta en el “Amigos, siempre amigos”, tuvo su mejor momento en el tercer acto, donde su desgarrador dramatismo disimulaba los puntuales problemas vocales, y en todo caso fue probablemente la triunfadora de la noche.

El público, numeroso pero sin llegar a llenar el teatro, como fue el caso de “El Caserío”, se comportó en esta ocasión mejor (apenas hubo tarareos, nos ahorramos móviles sonando y gente respondiendo a las llamadas…), rió y disfrutó. Y, como aspecto destacable, en un público que en su mayoría peina canas (si es que peina algo), se veían más jóvenes de lo habitual en la zarzuela. Algo que sin duda invita al optimismo: podemos estar ante una nueva generación de melómanos, de aficionados a la zarzuela, y posiblemente también a la ópera, a los que habrá que buscar la forma de fidelizar, ya que son el público del futuro. Quizá los enormes esfuerzos de la Asociación Lírica Sasibil empiecen a dar más fruto del que imaginábamos…



Crónica: El Caserío de Sasibil (13-09-2018)


No hay duda de que “El Caserío”, la más famosa de las zarzuelas del alavés Jesús Guridi, es una de las favoritas del público donostiarra, por lo que era una apuesta segura para la Asociación Lírica “Sasibil” incluirla entre los dos títulos que representa en esta semana especial de zarzuela en la capital gipuzkoana. Pocas veces he visto el Teatro Victoria Eugenia tan lleno de público como ayer, si acaso alguna vez anterior.




Ahora la cuestión era que musicalmente los resultados estuvieran a la altura de la acogida del público. Es sabido que, en un título que por sí sólo va a atraer a un público dispuesto a disfrutar, se puede bajar el nivel musical sin que suponga un fracaso de público. Es decir, estos casos son los ideales para “bajar la guardia”. Pues bien, este no fue ni de lejos el caso de estas funciones de “El Caserío”, que han gozado de un nivel musical de enorme nivel.

Antes de comentar la función, dejo como siempre un enlace de la producción.

Ya conocemos como son las producciones de Sasibil: paneles laterales y de fondo (en esta ocasión incluso con una proyección en el tercer acto para simular la lluvia) y algunos elementos de atrezzo. Escenografía tradicional y simple, pero hay que recordar que el escenario del Victoria Eugenia no da para más, y resulta siempre efectiva.

La dirección escénica de Josean García fue, como siempre, hilarante. Ya sabemos que el fundador de Sasibil domina el mundo de la zarzuela, y sabe sacar toda la chispa cómica que suelen tener estas obras, y más en una tan cercana, con el juego de estereotipos vascos, el uso de palabras en euskera y similares. La colaboración de solistas y actores a este respecto fue fundamental, y en este sentido todo fue sobre ruedas. Los varios actores (Ana Miranda como Eustasia, Ekaitz González de Urretxu como Manu, Miguel Ángel Jiménez como Don Leoncio e Iñaki Álvarez como el Secretario) estuvieron magníficos en su labor, siempre cómica. Habría que destacar igualmente de forma positiva la labor de los 8 bailarines de la Eskola Dantza Taldea en sus bailes vascos del segundo acto.

La orquesta de Sasibil brilló a muy alto nivel bajo la dirección de un Arkaitz Mendoza en estado de gracia, dirigiendo con gestos enérgicos que denotaban su entusiasmo ante la partitura que tenía por delante. Y consiguió lo que se requiere en estos casos: pasar desapercibido durante los momentos vocales, acompañando con precisión a los solistas sin taparlos, pero brillando en los momentos orquestales. A este respecto, subrayar el magnífico preludio del segundo acto, realmente brillante, con una orquesta respondiendo a un nivel que me sorprendió (para bien, obviamente). No hubo errores, ni desequilibrios tímbricos, pese al más bien reducido número de músicos en el foso, que tampoco da para más.

El coro de Sasibil estuvo correcto, aunque con una marcada tendencia a cantar siempre en forte. Les falta una mayor sutileza, aunque superaron todas su participaciones sin errores llamativos. Es en todo caso, el aspecto en el que Sasibil más tendría que trabajar para igualar el nivel del coro con el del resto de participantes del espectáculo.

Vamos ya con los 5 solistas.

Klara Mendizabal fue una hilarante Inocencia, genial como actriz, y perfecta en su única intervención cantada en su dúo con Txomin del 3º acto. Demostró que un papel cómico no está reñido con un buen canto, como ha sido tan habitual en la zarzuela.

Lo mismo se puede decir del Chomin de Iker Casares, todo un animal escénico, que además resuelve con absoluta solvencia todas sus intervenciones cantadas, sin recurrir a bufonadas para disimular técnicas mediocres, ya que no tiene nada que disimular.

Uno ve a Igor Peral y lo asocia automáticamente con José Miguel, el Txikito de Arrigorri. Igualmente gran actor, su voz pide papeles de mayor enjundia. Su sensibilidad en su romanza “Yo no sé qué veo en Ana Mari” contrasta con el arrojo en el duelo de bertsolaris o en la escena final, con agudos potentes y bien proyectados, aunque quizá su mejor momento fuera el dúo del primer acto con Ana Mari, donde ambos estuvieron realmente brillantes (se me ponía la carne de gallina por momentos escuchándolo).

Ya sabemos que Miren Urbieta-Vega es una cantante de muy alto nivel, y no encuentra en Ana Mari momentos para lucirse como ella puede. Su romanza “En la cumbre del monte” fue correcta, desde luego, pero en exceso breve. Supo sacar partido, eso sí, de sus dúos con José Miguel en el primer acto, y con Santi en el segundo, espléndida en ambos. Como actriz se le vio más incómoda, con algún atropello en los recitados. Pero es una voz a tener en cuenta, y un lujo su presencia en este “El caserío”.

Por último, Gerardo Bullón fue un Santi al que sólo cabría reprochar que es demasiado joven para el papel, y escénicamente se nota. Es igualmente un magnífico actor, aunque su papel no da tanto juego cómico como otros, pero si por algo destaca es por una voz noble, potente, de timbre bello y en general sin problemas de tesitura, excepto en algún agudo algo problemático. Magnífico en su romanza “Sasibil, mi caserío”, no fue menos su ya citado dúo con Ana Mari y una magnífica escena final.

No queda otra que felicitar a Sasibil por su éxito. No por su éxito de público (evidente) o por su éxito económico (que eso lo desconozco), sino por su éxito artístico, al regalarnos una función de zarzuela de muy alto nivel, con cantantes, sospecho, infrautilizados. Yo, que siempre tiraré a la ópera (aunque la zarzuela me encante igualmente), veo el equipo de esta producción perfecto para una representación de “L’amico Fritz” de Mascagni que seguiría teniendo el mismo alto nivel que es el que uno espera que debería tener nuestra ciudad.



Crónica: WDR Sinfonieorchester Colonia en Quincena Musical (31-08 y 01-09-2018)


En la Quincena Musical donostiarra hemos recibido ya en varias ocasiones a la WDR Sinfonieorchester Colonia y a su director, Jukka-Pekka Saraste. Y, en todas las ocasiones anteriores, los resultados no habían sido satisfactorios para mi gusto, ya que el finlandés tiende a abusar de unos tempos rápidos en exceso, perdiéndose la línea melódica de las obras que interpreta, hasta llegar a estropearlas del todo. No eran por tanto las expectativas muy altas para estos dos conciertos.




Pero lo peor era en este caso el repertorio escogido, que si cabe me alejaba más de los conciertos, con obras en general que me atraen poco o nada. Aunque esto representaba una ventaja para Saraste, ya que al menos iba a resultar difícil que me enfadara por los resultados, en obras que conozco poco.

El programa del primer concierto lo abría el 1º concierto para piano de Brahms, obra compleja pero, en mi opinión, bastante por debajo del segundo concierto (y del genial concierto para violín). Aquí los tempos fueron más bien rápidos, pero al menos no vertiginosos, siempre más llamativos en el Adagio central que en los movimientos más rápidos. No sé cuánto influyó en los tempos el pianista Igor Levit, que se enfrentaba a una partitura compleja pero no demasiado lucida. Su lectura fue sin duda correcta, pero un tanto falta de magia (magia que sí lució en la propina, desconozco cuál, en la que escuchamos a un pianista sensible y delicado, que quizá no encontraba en el concierto de Brahms un buen vehículo de lucimiento), y Saraste y la WDR Sinfonieorchester Colonia no ayudaron a alcanzar esa magia que se espera de una obra que, si bien no es genial, sí que tiene un notable nivel de calidad.

La segunda parte del concierto la ocupaba la no muy extensa “Consagración de la Primavera” de Igor Stravinsky. No soy yo nada fan del ruso, y mucho menos de esta obra, que me deja siempre absolutamente frío (estamos hablando siempre de criterios absolutamente personales y, por tanto subjetivos; no digo que la obra sea mala, obra de un mal compositor, sólo digo que no me llega). Y ese fue el resultado final: frialdad. Ruido, quizá en exceso, y una lectura superficial de la obra, la misma impresión que me transmite siempre el director finlandés.

Y llegamos ya al segundo concierto que ofrecía la WDR Sinfonieorchester Colonia, en este caso con una única obra: el Requiem de Berlioz. Y se repite el problema anterior: Hector Berlioz es, probablemente, de entre todos los grandes compositores románticos, con el que menos empatizo. Su obra me aburre, y este Requiem, o Gran Misa de Muertos, no es la excepción. Encuentro la obra un absoluto sinsentido, en la que la música no me transmite lo que canta el coro (a diferencia de los Requiems de Mozart o Verdi, por ejemplo), con algunos momentos melódicos de notable belleza, pero sin sentido dramático, y otros de gran aparatosidad (6 timbaleros, 4 platillos…), mucho ruido y, al final, pocas nueces. Además, los tempos apresurados de Saraste rompieron con el dramatismo implícito en la introducción.

La orquesta se distribuyó de forma extraña tanto en el escenario (con las tubas debajo de los umbrales de las puertas) como en el propio auditorio, desde el que tocaban trompetas y trombones, lo que produjo una cierta confusión y algunos momentos más bien borrosos. También el tenor, Maximilian Schmitt, cantó desde algún lugar del auditorio que fui incapaz de localizar. Bueno, para paliar el soporífero hastío que estaba sufriendo, era un entretenimiento intentar encontrarlo, pero si me despistan así en una obra que me gusta, me puedo cabrear mucho. Sinceramente, no encuentro el sentido a estos jueguecitos.

Y, para colmo, tampoco ha sido la vez que mejor he visto al Orfeón Donostiarra, con unas entradas que me parecieron titubeantes y con unos tenores que sonaban pálidos en exceso (puede ser que la obra lo requiera, lo desconozco, sólo comento lo que oí). Destacaba el Orfeón en los fortes, pero no tanto en los pasajes en piano, que siempre han sido una de sus grandes virtudes. Hay que mencionar además que la WDR Sinfonieorchester Colonia tapó en varias ocasiones al coro cuando cantaba en forte, y mira que eso es difícil, porque el Orfeón en los fortes es atronador, como ya sabemos quienes les hemos escuchado en otras ocasiones. No es esto, por tanto, demérito del Orfeón, sino un problema de una orquesta en exceso desatada.

No voy a decir por tanto que haya sido un final decepcionante, ya que me lo esperaba, pero si un final triste, lejos de otros magníficos conciertos finales que hemos disfrutado en años anteriores. Sólo nos queda esperar que el año que viene sea más (no he podido ir a muchos conciertos este año, por desgracia) y, sobre todo, mejor.



Crónica: Budapest Festival Orchestra en Quincena Musical (26/27-08-2018)


Regresaba, otro año más, Ivan Fischer con la Budapest festival Orchestra a la Quincena Musical donostiarra, lo que siempre es una gran noticia tratándose de un director muy interesante y de una magnífica orquesta. La orquesta ofreció dos conciertos consecutivos, que comentaremos en una única crónica.




El primer concierto, el día 26 (enlace del programa) fue sumamente original, ya que, aprovechando las dotes pedagógicas de Fischer, hizo un repaso a la tradición musical popular húngara y su lugar en la música clásica. Fischer presentó a Jenö Lisztes, intérprete de un instrumento tradicional del folclore cíngaro, el címbalo húngaro, que tocó una breve improvisación para que pudiéramos conocer un instrumento por lo demás desconocido aquí, similar a la cítara bávara, para luego dar paso a la Primera Rapsodia Húngara de Liszt, en la que el intérprete improvisó diversas cadencias solistas cual si de un piano se tratara. La interpretación orquestal fue magnífica, dadas las prestaciones musicales que ofrece, en un concierto que ya se avistaba que iba a ser todo menos “ortodoxo”.

Y es que, a continuación, Fischer presentó a József Csócsi Lendval, un tradicional violinista de orquesta folclórica húngara, para que interpretara, como es habitual en este tipo de formaciones populares, la 1ª Danza Húngara de Brahms con sus improvisaciones y variaciones, mientras la orquesta intentaba seguirle. Algo similar sucedió con la siguiente obra, la 3ª Rapsodia Húngara de Franz Liszt, en la que, de pronto, se detuvo la obra en un momento que tiene una melodía tradicional húngara, para que el violinista realizara unas improvisaciones antes de retomar la pieza.

A continuación, el director presentó a József Landval, hijo del anterior y que ha realizado estudios clásicos de conservatorio a parte de lo aprendido de su padre. Considerando que esta combinación era perfecta para los Aires Gitanos de Pablo Sarasate, fue el solista elegido para interpretara dicha pieza con absoluta maestría. La primera parte concluía con padre e hijo interpretando, acompañados de la orquesta, la Danza Húngara nº 11 de Brahms.

Fue sin duda una experiencia sumamente interesante el poder conocer de esta forma la música tradicional húngara, tan cercana a la Budapest Festival Orchestra, y su influencia en el repertorio clásico, una especie de ruptura entre las mal denominadas “música culta” y “música popular”.

La segunda parte del concierto fue mucho más tradicional, con una impecable interpretación de la 1ª sinfonía de Brahms, que he de confesar que es mi favorita del compositor. Con unas cuerdas que sonaban a gloria y unas acertadísimas maderas, Fischer impuso un ritmo razonablemente relajado que culminó con una electrizante coda final simplemente espectacular. El maestro húngaro volvía a regalarnos una gran noche en Donostia.

El siguiente día, la misma Budapest Festival Orchestra ofrecía un segundo concierto, absolutamente tradicional en su concepto (enlace del programa). La primera parte constaba de las Vísperas Solemnes del Confesor, misa de Wolfgang Amadeus Mozart. A una orquesta de dimensiones reducidas se unía un Orfeón Donostiarra tal vez demasiado numeroso para la obra, que en todo caso resolvió con corrección la parte, en especial los ocho solistas que abrían cada sección a capella en unos fragmentos que emulaban al canto gregoriano).

La obra requiere de cuatro solistas, aunque únicamente la soprano tiene un papel de cierta enjundia. Christina Landshamer se hizo cargo de la parte con una voz tímbricamente hermosa pero de limitado volumen, si bien hay que reconocer que superó con solvencia los pasajes de coloratura de su intervención solista.

Del resto de solistas, voz bella pero muy pequeña la de la Mezzo Olivia Vermeulen. La voz del Bajo Konstantin Wolff sonaba basta y falta del legato necesario para su parte. La voz más interesante era la del joven tenor donostiarra Xabier Anduaga, siendo la suya la más audible de todas (cosa poco frecuente en un tenor lírico-ligero) que llenaba por completo el auditorio Kursaal. Sólo queda esperar poder volver a verlo próximamente en algún papel de más enjundia.

En la segunda parte, Fischer regresaba a Mahler, compositor que ya había interpretado en ediciones anteriores en la Quincena (recuerdo una magnífica 3ª hace unos años y una espectacular “Titán” hace ya más años), en este caso con la menos ambiciosa de todas, la 4ª. Los tempos elegidos por el director fueron pausados, relajados, sin romper con ello la tensión de la obra, pero alcanzando momentos de una belleza sublime, en especial en el 3º acto. La Budapest Festival Orchestra volvió a lucirse al completo con esta obra. Christine Landshamer volvió a demostrar un gusto exquisito pero una voz limitada de volumen en su intervención en el movimiento final.

El público del día 27 no estuvo, por desgracia, a la altura: toses sin disimulo, papeles de caramelos, ruidos al abanicarse, aplausos fuera de tiempo (no hablo de al concluir un movimiento, sino incluso cuando la música todavía seguía sonando) y una estampida general al concluir la obra, sin esperar a los saludos. Y, pese a todo, el público habitual aplaudió como es debido a una orquesta y un director de un nivel difícil de encontrar en la Quincena. Sólo nos queda esperar que la Quincena Musical vuelva a contar en lo sucesivo, como ha sucedido hasta ahora, con esta Budapest festival Orchestra y con Ivan Fischer en las próximas ediciones, porque sus conciertos son casi siempre memorables.



Crónica: Rotterdams Philharmonisch Orkest en Quincena Musical (24-08-2018)


No es la primera vez que nos visita en la Quincena Musical Donostiarra la Rotterdams Philharmonisch Orkest, y, por ello, a causa de su centenario, la quincena quiso regalarles, al comienzo del concierto, un regalo de cumpleaños, en voz de los niños del Coro Easo. Un niño, solista, cantó el Zorionak zuri (versión en euskera del Cumpleaños feliz) con voz temblorosa pero de gran belleza, y el resto del coro entonó una canción holandesa, que desconozco, con muy buen nivel. En Donostia contamos con grandes formaciones corales, y además con un magnífico coro de voces blancas que es siempre un placer escuchar, y no sé si les sacamos todo el partido que sería de desear.




Vamos ya con el concierto que nos ofrecía la Rotterdams Philharmonisch Orkest, y, por ello, antes de nada dejo un enlace con el programa.

La del canadiense Yannick Nézet-Séguin es sin duda una de las mejores batutas que he tenido ocasión de escuchar en los años que llevo asistiendo ala Quincena Musical. En mis tímpanos aún perduran los ecos de aquella monumental 3ª sinfonía de Mahler que nos regaló años atrás. Volvíamos así a disfrutar de su movimiento enérgico y preciso, de su dramatismo interpretativo. Pero no solo.

Y es que el concierto comenzaba con la sinfonía 35, “Haffner”, de Mozart. La orquesta, con muchos menos miembros que en las obras posteriores, respondió con brillantez a la energía transmitida por la batuta. Tempos fluidos, interpretados con absoluta corrección por la orquesta que demostró su gran nivel. Quizá los hiper-románticos como yo echáramos de menos más rubato en el primer movimiento, pero estilísticamente estaría fuera de lugar, y la versión que ofreció Nézet-Séguin fue más ortodoxa, pero siempre disfrutable.

Seguía esa poco agradecida obra que es el 2º concierto para piano de Franz Liszt. Una obra técnicamente complicadísima para el pianista, que aparece eclipsado por una orquesta apabullante, en una obra que parece más bien una sinfonía concertante. Los solistas de la orquesta supieron lucirse en sus momentos en solitario: clarinete, trompa, oboe, chelo… mientras Yefim Bronfman hacía frente a la tremenda partitura que tenía por delante. La complicidad con Nézet-Séguin fue más que evidente, complementándose ambos a la perfección. Como propina, Bronfman ofreció el mítico “Clair de lune” de Debussy (la primera vez que lo escucho en vivo, he de confesar) en el que compensó un ritmo un tanto apresurado con un fraseo de gran delicadeza que permitió que fluyera la magia en una obra tan fascinante incluso para los poco adeptos a la música de Debussy como yo.

La segunda parte del concierto era, en mi opinión, la más atractiva: la 4ª sinfonía de Tchaikovsky, una obra que he tenido ocasión de ver varias veces con desiguales resultados. Las exigencias orquestales son notables, y la Rotterdams Philharmonisch Orkest las solventó sin aparente dificultad, con unas cuerdas compactas, unas maderas sabiendo sacar partido a sus partes, unos metales en general afinados y una percusión solventando las enormes dificultades que les presenta la partitura, en especial a los timbales y, sobre todo, a los platillos en ese vertiginoso movimiento final.

Los tempos elegidos por Nézet-Séguin eran por lo general fluidos, aunque el rubato estaba bien empleado. Tras un espectacular primer movimiento llegó un segundo más delicado, quizá un tanto apresurado pero interpretado de una forma que no había escuchado nunca, realmente fascinante. En el tercer movimiento hubo momentos en los que los pizzicatti de las cuerdas apenas resultaron audibles, pero para eso ya se desquitaron en el tremendo movimiento final, lleno de fuerza y potencia orquestal.

En este movimiento, espectacular per se, se corre el riesgo de quedarse en lo superficial, de no adentrarse en la historia que nos cuenta la obra. No fue el caso del director canadiense: supo sacar el máximo partido al rubato cada vez que aparecía de nuevo el tema del destino, el tema que abría el primer movimiento. Así, esa lucha contra el destino apareció remarcada, destacando más aún el espectacular final, la victoria de la voluntad frente al destino.

El público respondió, como cabía esperar, con entusiasmo; es lógico dado el efecto que produce la obra, pero también por el resultado ofrecido por orquesta y director.

Y, si el concierto comenzaba con una celebración, concluía con una despedida, la de Nézet-Séguin al frente de la Rotterdams Philharmonisch Orkest para ocupar un nuevo cargo en el MET. Así, como propina, ofreció una pieza hasta cierto grado sorprendente: el preludio del 3º acto de La Traviata. No la obertura, más conocida, más alegre, no; el triste preludio que nos anuncia la muerte de Violetta. La delicadeza de su forma de dirigir transmitió una enorme sensibilidad que se agradece en una obra tan escuchada y maltratada.

Tras este concierto, sólo nos queda esperar que esta despedida no suponga un no retorno del director canadiense, que siempre nos regala grandes veladas.



Crónica: L’Italiana in Algeri en Quincena Musical (11-08-2018)


La ópera escenificada regresaba un año más a la Quincena Musical Donostiarra con una joya como es “L’Italiana in Algeri” de Rossini. Y me duele decir esto, pero regresaba la ópera escenificada, por desgracia.




Vaya por delante: “L’Italiana in Algeri” es una verdadera joya de la ópera bufa. De hecho, es en mi opinión la mejor de las óperas cómicas de Rossini, superior por tanto al Barbiere y a Cenerentola, aunque sea menos conocida que éstas, y es una ópera hilarante ya por sí sola. La genialidad cómica del maestro de Pesaro aparece claramente en el concertante onomatopéyico del final del primer acto, en el quinteto del café o en el trío “Pappataci”, cargada de ironía, mala baba y un cierto toque feminista que ridiculiza bastante a las figuras masculinas, en especial a los babosos que se desmayan al paso de la mujer deseada de turno.

Antes de pasar a comentar la función dejo un enlace con el programa de la misma.

Montar una ópera escenificada en el Kursaal no es una tarea fácil, por las reducidas dimensiones de su escenario, que carece de fondo para guardar posibles cambios de escena, por lo que ésta ha de ser muy sencilla. Claudio Hanczyc supera este hándicap con el uso de unos fondos que emulan una pérgola de aires árabes y con pequeños elementos de atrazzo, además de aprovechar la corbata del escenario a letón bajado para escenas de carácter más “íntimo”. El resultado fue correcto, realzado por la iluminación de Sebastián Marrero.

La dirección escénica de Joan Anton Rechi fue tópica, pero, lo peor de todo, fue molesta para el desarrollo correcto dela función. Los italianos seductores que desmayan a su público lanzando besitos aburren, pero ya convertir a Lindoro en una especie de crooner cantando su arias con micro (de figuración) en mano, emulando más a Sandro Giacobbe y su Jardín prohibido que a Frank Sinatra era un absoluto sinsentido que desvirtúa lo que sucede en su primer aria, “Languir per una bella”. El continuo movimiento de cantantes, figurantes y coro dificultaba el canto, y además los ruidos resultantes de las pisadas y saltos molestaban la audición de la música. Mustafá correteando en plena clase de aerobic podía tener su gracia, pero que apareciera por detrás durante la segunda aria de Lindoro de nuevo distraía de lo que de verdad importa, pàra luego entrar de nuevo en escena a ritmo del “Carros de fuego” de Vangelis interpretado por el clavicordio; el propio clavicordio luego interpretó el tono de llamada de Nokia en referencia al constante uso de teléfonos (fijos, de los de cable y ruidita, pero utilizados como si fueran móviles) por parte de los personajes, en especial Mustafá, que carecía completamente de sentido. El vestuario de Mercè Paloma tampoco aportaba nada: ni se intuía el ambiente árabe: ellos de traje, y los figurantes con un aspecto estrambótico, que uno ya no sabía si aquello era un burdel o un festival de Drag-Queens. No faltaron algunos detalles que pueden resultar más o menos conseguidos, como ese cobarde Taddeo disfrazado de mujer para no ser descubierto por los piratas, para luego tener que pedir ayuda a Isabella para quitarse el traje (los hombres, siempre incapaces que soltar un traje femenino…), o incluso Mustafá cayéndose de la silla podían tener cierta gracia, pero si Mustafá se cae porque en medio del concertante de las onomatopeyas tenemos a los cantantes jugando al juego de las sillas, sin parar de moverse, dificultando así su canto, pues poco me aporta; ya me río suficiente con el libreto, la verdad. El problema, al final, no es que te pueda gustar o no la propuesta, es que musicalmente afectó al nivel de solistas y coro, y eso no lo puedo perdonar.

Pasamos ya a la parte musical, que a fin de cuentas es la que importa. La orquesta Sinfónica de Euskadi respondió con solvencia, pero sin chispa, a las indicaciones del director Paolo Arrivabeni, que pasaba de ritmos exasperantemente lentos (la introducción o el breve monólogo de Mustafá en el quinteto del Café) a otros apresurados, como el final del primer acto. No supo, por otro lado, controlar el volumen de la orquesta, que tapó a los solistas en más de una ocasión.

El Coro Easo no tuvo su mejor noche, perjudicado en buena medida por la dirección escénica. Al dar más importancia al movimiento que al canto (no olvidemos que son cantantes, no bailarines), el control del volumen se hacía complicado, y así taparon a los solistas en varias ocasiones y les faltó la delicadeza de canto que requieren determinados momentos.

Pasamos ya a los solistas. Correcta sin más la Zulma de Alejandra Acuña en un papel que tampoco le da mucho juego. Más apurada se vio a Arantza Ezenarro como Elvira, con problemas en el ataque de los agudos en su primera intervención e incapaz de asumir la parte de soprano que le corresponde en las escenas de conjunto, donde sus agudos no resultaban audibles.

Correcto el Haly de Sebastià Peris, con gracia escénica y un canto razonablemente bueno, sacando adelante sin problemas su pequeña aria “Le femine d’Italia”.

Magnífico, como era de esperar, el Taddeo de Joan Martín-Royo, gran cantante y genial actor cómico; difícil saber qué se le da mejor, cantar o mover el pié durante la primera aria de Isabella. En su interpretación, comicidad y gracia a raudales. La voz es bella, de timbre netamente baritonal, y se maneja con idéntica soltura en pasajes legato como en los momentos de sillabato. Por ponerle un pero, su voz desaparecía bastante en las escenas de conjunto, y el coro le tapó en el final de su aria.

El Lindoro de Santiago Ballerini fue, por encima de todo, muy audible. Sorprende en un contraltino semejante volumen vocal, que llenaba todo el auditorio del Kursaal, algo nada fácil, siendo además el que mejor se hacía oír en las escenas de conjunto. Y, pese al volumen de su voz, ésta es sumamente flexible en las coloraturas. Supo matizar y cantar a media voz la segunda estrofa del “Languir per una bella”, pero cuando canta en forte, el agudo es atacado de forma bastante basta, lo que afea su línea de canto. En todo caso, un cantante al que habrá que seguir la pista.

Mustafá es un papel bombón para un bajo ligero con dotes bufas, y Nahuel di Piero supo sacarle mucho partido. Si bien al principio el agudo sonaba problemático, a medida que la voz calentaba este problema desaparecía, como pudimos comprobar en su juramento como Pappataci. Resolvió con solvencia las nada fáciles coloraturas, en ocasiones a un ritmo excesivamente lento, pero su complicada aria “Gia d’insolito ardore” fue uno de los mejores momentos de la noche. Escénicamente hizo un enorme esfuerzo que le trajo más méritos como actor que como cantante, ya que al final tanto movimiento afectaba negativamente a su canto, irremediablemente. Pero en todo caso otro cantante al que seguir la pista.

La veterana Marianna Pizzolato se hacía cargo del papel protagonista de Isabella. Lució tablas, estilo, buenas coloraturas, implicación con el personaje ya desde su primera intervención, llena de intenciones. El centro y el grave son sus bazas fuertes, y supo aprovecharlas. El agudo, por el contrario, es inexistente, y ella fue lo suficientemente inteligente como para evitarlo, aunque eso le suponga un menor lucimiento. Le falta así mismo un mayor volumen que le permita hacerse oír en las escenas de conjunto.

En resumen, una función más que correcta musicalmente hablando, enturbiada por la dirección escénica. Triste es decirlo, pero de haber sido una versión en concierto, habríamos salido ganando y nos habríamos reído igualmente. No, en la ópera no vale todo, la música está por encima que los intentos de un director de escena por dejar su sello personal aún a cuenta de entorpecer el canto y los demás aspectos musicales.



Crónica: Orphée et Eurydice de Opus Lirica en Donostia (03-06-2018)


Mis prioridades musicales pasan siempre por el romanticismo o sus herederos. Es decir, en el ámbito de la música instrumental, mis intereses comienzan con Beethoven (y, sobre todo, con Schubert); en el de la ópera, con Rossini. Apenas hago excepción con algunas obras de Mozart, y, en este caso, cuanto más tardías, mejor (es decir, La Flauta mágica, el Concierto de clarinete y el Requiem ocuparían los primeros puestos). Por ello, el “Orphée et Eurydice” de Gluck que nos ha presentado este fin de semana la Asociación donostiarra Opus Lirica se sale de mis intereses musicales, al haber sido estrenada, en su versión original italiana, en 1762, y en su adaptación francesa en 1774.




Sirva esto para destacar mi desconocimiento de la obra en general y del estilo de la ópera de este periodo. Sí, por supuesto, como intento hacer siempre, me preparé y escuché varias versiones antes de ir a verla en vivo, pero en general escuché grabaciones de la versión italiana, con contratenores en el papel protagonista. De ahí que todo lo que comente en esta crónica deba ser tomado con precaución, ya que en estos repertorios me encuentro considerablemente perdido.

Antes de nada, dejamos, como siempre, un enlace a la ficha técnica de la producción.

Marta Eguillor se hacía cargo tanto de la dirección escénica como de la escenografía. No había ningún elemento que nos llevara a la antigüedad clásica en la que transcurre la acción, y sí algún elemento fuera de contexto, anacrónico, como un elemento tan cristiano como la cruz de flores que señala la tumba de Eurydice. Bien resuleta me pareció la escena de la entrada de Orphée en los infiernos, pero no comprendí el sentido de la escenografía de los campos eliseos. La dirección escénica y el vestuario parecían llevarnos a elementos sadomasoquistas (con la lira de Orphée convertida en un tatuaje a sablazos en su espalda), máscaras de cuero, cadenas, Orphée siendo paseado como un perro… Rompedora y original, sin duda, pero en mi limitada visión, no le encontré sentido. Y mucho menos a esa orgía final que, más que el triunfo del amor, señalaba más al triunfo de la licenciosidad (por decirlo de manera fina). Como no es mi fuerte, me abstendré de comentar nada referente a la coreografía.

La Orquesta Opus Lirica respondió a buen nivel a las exigencias de la partitura. La dirección de Lara Diloy fue correcta, destacando la lograda obertura (sigo sin entender la necesidad de aprovecharla para poner proyecciones o representar algo de la acción; quizá soy demasiado idealista, pero quiero pensar que cualquier persona con un mínimo nivel conoce la historia de Orfeo y Euridice, pilar básico de la cultura clásica, pero es que la proyección tampoco me contaba nada de esa historia). Por lo demás, la orquesta no tapó a los cantantes y, en general, los acompañó de forma satisfactoria.

El Coro ADAO respondió a un nivel satisfactorio, del que cabría destacar su participación en el primer acto, que me pareció estilísticamente muy adecuada al periodo. Es cierto que tiene que mejorar, pero las primeras veces que los escuchamos no podríamos imaginarnos que llegarían al nivel actual, así que en principio tendremos que ser positivos de cara al futuro.

“Orphée et Eurydice” requiere de sólo 3 solistas, siendo además dos de ellos bastante episódicos. En el breve papel de amor destacó la soprano Alicia Amo, que, si bien con una voz un tanto vibrada, lució buen gusto y solvencia vocal para superar el papel.

Ainhoa Garmendia fue una Eurydice más que notable. Tras unas frases iniciales mejorables en los ataques al agudo, calentó la voz y nos regaló una Eurydice matizada, doliente, de exquisito fraseo y ese uso tan suyo de esos pianísimos casi mágicos que le permitieron destacar en un papel que tampoco ofrece mucho juego. Su presencia en los repartos es siempre garantía de buen hacer, y nos lo ha vuelto a demostrar en este papel que al final sabe a poco.

Como Orphée, Matteo Mezzaro llevaba el peso de toda la función, y ahí radica el principal problema, ya que su voz de tenor lírico no es la propia de un haute-contre que requiere el papel. En el aria “L’espoir renaît dans mon âme” se le vio incómodo con las difíciles coloraturas, que solventó como buenamente pudo. El registro agudo se veía siempre apurado, al límite, incómodo. Su canto pecó en exceso de monótono, siempre en forte, hasta que en el tercer acto intentó matizar algo más, consiguiéndolo a veces con éxito (alguna frase rematada en mixto, como la previa a la famosa aria “J’ai perdu mon Eurydice”) y otras con menos éxito (algún falsete mal resuelto). En su favor, decir que su línea de canto fue impecable, ausente de cualquier vestigio de fraseo veristoide. Destacar, en el caso de los tres solistas, la dificultad añadida de tener que cantar en posturas incómodas que imponía la dirección escénica.

En fin, organizar en una temporada apenas recién nacida como la donostiarra un “Orphée et Eurydice” es un riesgo importante. En lo artístico, el riesgo se superó con corrección. En lo económico ya no tengo ni idea. Pero vamos a lo de siempre, si los supuestos operófilos de la ciudad sólo saben ir a la ópera a ver los mismos 10 títulos de siempre, peor para ellos, ellos se lo pierden (y quien esto dice no es muy dado a este repertorio, como ya he mencionado). Y también es responsabilidad de los gestores culturales el educar a ese público para que consiga ampliar su estrechez de miras.



Crónica: La Boheme de Opus Lirica en Donostia (02-03-2018)


Creo que ya había mencionado en alguna otra ocasión que “La Boheme” de Giacomo Puccini es mi ópera favorita. No es nada extraño, es la ópera favorita de muchísimos operófilos. Quizá por ello es también la ópera que más veces he tenido ocasión de ver en vivo (con la de ayer suman 5, superando a “La Traviata” con 4). Pero lo sorprendente es que nunca me he emocionado cuando la he visto en vivo (lo sorprendente es que la única vez que he llorado a lagrimones en la ópera fuera hace 9 años en Sevilla con “La fanciulla del West”, también de Puccini, una ópera en la que no muere nadie). Y ayer, por fin, me emocioné; no hasta el punto de llorar a lagrimones, pero sí que se me inundaron los ojos.




“La Boheme”, cuyo argumento comentamos ya en este post, era una apuesta segura para esta nuevo año de la incipiente temporada operística que intenta programar Opus Lirica en la capital donostiarra, en un esfuerzo casi titánico por la falta de ayudas institucionales y los considerables problemas económicos que ello supone. Y el resultado ha sido más que satisfactorio.

Antes de comentar la función dejamos como siempre un enlace del programa.

La producción es una colaboración con la Ópera de Cámara de Navarra, perteneciendo a esta agrupación el director de escena Pablo Ramos. Su labor fue impecable, destacando los momentos que más juego cómico dan: Mimì perdiendo la llave a posta o ese Alcindoro pagando la enorme cuenta que le han endosado los cuatro bohemios y compañía. La escenografía de Raúl Arraiza y Koldo Tainta fue eficaz para las casi nulas posibilidades que ofrece el Kursaal, con unos paneles móviles que simulaban distintos ambientes, beneficiándose de la proyección de David Bernués que conseguía que, en el tercer acto, por ejemplo, uno de esos paneles, con unas escaleras, pareciera adoquinado. No es una producción bonita, pero al menos sí efectiva.

La Orquesta Opus Lirica rindió a buen nivel, sin desajustes ni desafines, pero la batuta de José Rafael Pascual Villaplana fue muy mejorable: tempos arbitrarios, a menudo lentos en exceso, frente a alguno otro demasiado rápido, y especialmente desajustado con los cantantes en el primer acto, en el que los solistas tenían que ir siguiéndole a causa de los desajustes obvios, aunque la cosa mejoró bastante a partir del “Si, mi chiamano Mimì”. Además, la orquesta sonó en demasiadas ocasiones a un volumen excesivo que llegaba a tapar a algunos solistas, aunque, por otro lado, eso permitió apreciar detalles de la orquestación pucciniana que suelen pasar desapercibidos (y que nos demuestran la genialidad de un Puccini muy anterior al de Turandot o incluso La fanciulla, pero igualmente innovador, ya que esa orquestación no suena a Verdi,pero tampoco a Wagner, ni a los franceses, ni a Mahler, y nos adelanta lo que desarrollará años después).

El Coro ADAO ha mejorado ostensiblemente desde sus primeras funciones, y ayer el segundo acto fue superado con solvencia. Especial atención, como era de esperar tras su trabajo en “Carmen”, la de la Escolanía Easo, impecables, y sonando con una naturalidad que no tienen los coros infantiles discográficos; visto su nivel, creo que hay que sacarles el mayor partido posible y poder disfrutarlos en la prueba de fuego de un coro infantil: el final del Mefistofele de Boito. Puestos a pedir…

Jagoba Fadrique, director del coro ADAO, encarnó el doble papel de Alcindoro y Benoit tirando de bis cómica, gallos tradicionales incluidos, y resultó solvente, aunque los papeles no le den juego para lucirse.

Interesante la voz de César San Martín como Schaunard, sonora y en manos de un intérprete sutil que supo sacarle partido a un personaje que me parece muy interesante. Menos brilló el Colline de Alessandro Tirotta, con una voz sin brillo, de timbre un tanto claro en exceso y con algún problema en el registro agudo. Cantó con mucho gusto su breve monólogo “Vecchia Zimarra”, en pianísimo, pero tuvo algún problema vocal. Aprobado.

Muy bien Helena Orcoyen como Musetta, pese a un vibrato algo excesivo en el agudo, que por otra parte no molesta en la parte más histérica del personaje, que por otra parte fue la más lograda, aunque supo resulta emotiva en el último acto.

Grata sorpresa la del barítono Andrei Bondarenko como Marcello: voz noble, lírica, de timbre bello y claro, que se hacía oír en el Kursaal sin problemas, pese a la problemática acústica, y sin forzar el instrumento. De hecho, fue en las pocas frases en las que forzó el instrumento, en el segundo acto, donde peor estuvo. Interpretativamente le faltó un poco más de ironía en el acto segundo y en el cuarteto final del tercero, estando más efectivo en las partes más dramáticas. Pero fue una voz muy disfrutable en todo caso.

El valor de Francisco Corujo no tiene nombre. Nunca le había escuchado previamente, pero ayer la sensación que me dio es que su voz es casi la de un tenore di grazia, muy alejada del tenor lírico con cuerpo vocal que exige Rodolfo. Atreverse a cantar un papel así en un lugar del tamaño del Kursaal ya es tener valor, pero hacerlo en su estado (megafonía avisó que se encontraba indispuesto a causa del brutal cambio de clima, y el catarro se hizo evidente en toda su intervención) son si cabe palabras mayores. No tiene demasiado sentido, por tanto, comentar una intervención realizada muy por debajo de sus posibilidades reales y destacar los aspectos negativos, que eran lógicos. Por comentar algo: en su aria “Che gelida manina”, tras un Sib muy justito en “Chi son”, me resultó sorprendente la aparente facilidad con la que atacó los nada fáciles La del “Talor dal mio forziere”, mientras el Do de pecho de “la speranza” aguantó pese a un breve instante en el que pareció que fuera a romperse. Intérprete de gran gusto, su mejor momento, siempre con las limitaciones propias de su situación, fue el “Oh Mimì, tu più non torni”, luciendo medias voces en mixto de gran belleza, muy bien acompañado por Bondarenko, todo sea dicho.

Tras su Micaela en la pasada “Carmen” me quedé un tanto preocupado por el estado vocal de Ainhoa Garmendia, que está en ese difícil tránsito de soprano lírico-ligera a lírica pura, sin llegar a ser ninguna de las dos: los agudos ya no tienen el brillo de antaño, no siempre salen limpios, pero tampoco tiene los graves necesarios para un papel como Mimì y la voz tampoco va sobrada de peso. Y, pese a todo, su Mimì fue memorable, porque Garmendia es una artista que saca adelante el papel sacando el mayor partido a sus recursos vocales, en especial su capacidad para matizar. Correcta en el “Sì, mi chiamano Mimì” (confieso que por momentos llegó a ponerme la carne de gallina), fue a más a partir del tercer acto. Magnífica en el dúo con Marcello, se salió en la bellísima “Donde lieta uscì”, rematada con un “Addio senza rancor” en un pianisimo interminable de esos que son pura magia, y consiguió emocionarme. En el cuarto acto, tras superar el “Sono andati” que pone a prueba su tesitura grave, se fue apagando ya desde las últimas frases del dúo, rematando así con suma credibilidad la escena de su muerte, con esas frases apenas susurradas (pero siempre audibles) que inundaron mis ojos (y no creo haber sido el único). Habrá que ver qué tal se desenvuelve en futuros compromisos, pero esta Mimì la ha superado con sobresaliente.

Tristemente, la respuesta del público no ha sido tan positiva como la de Carmen; no es que el Kursaal estuviera vacío (no vamos a rememorar los negros recuerdos de aquel primer “Elissir”), pero aún así había demasiadas localidades libres. Esperemos que sea algo puntual, pero, en todo caso, a los donostiarras (y de los alrededores) que no vayan por desidia, sólo se les puede decir “Vosotros os lo perdéis”.



Crónica: Bamberger Symphoniker en Kursaal (09-11-2017)


Kursaal eszena nos traía el otro día a la prestigiosa Bamberger Symphoniker con un programa atractivo por incluir obras de dos compositores por desgracia poco habituales por estos lares, Jean Sibelius y Bedrich Smetana, aunque del primero se ofreciera su obra más popular por aquí, el concierto de violín (que creo que con esta es la tercera vez que veo en vivo, sin haber tenido en cambio ocasión de ver la mayoría de sus sinfonías).




Antes de pasar a comentar el concierto, dejo un enlace del programa del concierto.

Para el concierto de Sibelius contaban como solista con la veterana Viktoria Mullova. La violinista de origen ruso lució un sonido potente y absoluta solvencia técnica en los pasajes más virtuosos, pero su visión de la obra fue más dramática que lírica, y ahí pesaba en su contra el recuerdo de aquella mágica interpretación que hace unos años escuchamos a Sergey Khatchatryan en el mismo escenario, delicada y lírica, simplemente maravillosa. Mullova, por el contrario, demostraba que probablemente en otros repertorios habría podido lucirse mucho más (pienso en los conciertos de Brahms o Tchaikovsky, por ejemplo), siendo el tercer movimiento el más logrado de la obra. No es desde luego un problema de la violinista, que estuvo impecable en su ejecución, sino en un diferente concepto, una diferente visión de la obra.

La Bamberger Symphoniker cobró quizá un protagonismo excesivo bajo la batuta de Jakub Hrusa, que impuso unos tempi bastante lentos y que dio rienda suelta al volumen orquestal, que por momentos, en el tercer acto, llegaba a resultar excesivo para una obra tan intimista como esta. De nuevo, para mí el problema está en el concepto de la obra.

Tras una propina de Mullova (pieza que desconozco) y el intermedio de rigor, la Bamberger Symphoniker interpretó las 4 primeras piezas de Má vlast (o “Mi patria”) del checo Bedrich Smetana. Se trata de cuatro obras de cuidada orquestación, de gran lucimiento, más impactantes que intimistas, pero siempre de gran belleza melódica. Y aquí, de nuevo con unos tempi más bien lentos (al menos comparados con los que empleaba Kubelik, la máxima referencia en la dirección de obras de compositores checos), Hrusa sacó el máximo rendimiento de la orquesta, con unas cuerdas magníficas, unas maderas que sonaban a gloria, unos metales afinados y dos arpas situadas una a cada lado de la orquestas para envolverla con su sonido, protagonista en el comienzo de la primera pieza, “El alto castillo”. La pieza más conocida, la segunda, el “Moldava”, fue magníficamente interpretada, pero es que en general las cuatro nos permitieron disfrutar de un gran nivel orquestal (que mereció los aplausos del público, recompensados con dos propinas; juraría que la segunda era una danza húngara de Brahms, mientras la primera, aunque me resultaba familiar, no pude identificarla).

El problema de estas piezas es que nos resultan totalmente ajenas. Las historias que cuentan o los paisajes que describen pueden resultar familiares para los checos, pero no para nosotros. Sí, escuchar ese Moldava te transporta inmediatamente a Praga, a Cesky Krumlov o a Melnik, pero ¿qué hay del resto? ¿Cómo vamos a saber que ese Alto castillo es Visehrad si no se nos menciona en el programa? ¿Quién es Sarka, además de la protagonista de la ópera más conocida de Fibich, igual de desconocida aquí? Yo personalmente hubiera agradecido acompañar las interpretaciones con imágenes de los lugares o las historias que describen estas piezas de claro carácter programático que desconocemos, para así poder entenderlas mejor.

En todo caso, fue un concierto muy disfrutable por la gran labor de la Bamberger Symphoniker y de Viktoria Mullova, que nos permitía ampliar nuestros horizontes musicales hacia territorios poco frecuentados como el nórdico o el checo (exceptuando a Dvorak). Uno de esos conciertos que un donostiarra no debería perderse.



Crónica: Film Symphony Orchestra 2017 en Donostia (04-11-2017)


Como en los últimos años, muchos fans esperábamos ansiosos la llegada del tour de la Film Symphony Orchestra 2017 al Kursaal de Donostia, a la espera de ver con qué nuevas obras del repertorio de las bandas sonoras cinematográficas nos iban a sorprender.




Ya algunos de los títulos anunciados sonaban atractivos, como la magnífica banda sonora de “Éxodo”, la de “Bailando con lobos” o la última ganadora del Óscar, “La la land” (que no me quito de la cabeza desde el concierto), aunque para mí el mayor atractivo era la banda sonora de mi película favorita, “Casablanca”.

Con un Kursaal razonablemente lleno, Constantino Martínez-Orts ofrecía una breve introducción a cada una de las obras interpretadas, que combinaban algunos clásicos con otras más actuales y algunos guiños frikis que permiten atraer a un público joven al que, entre pieza y pieza conocidas por ellos, se les descubre alguna joya del pasado que seguro no conocen. Hay que destacar, por cierto, una nada desdeñable mejora técnica en la orquesta, ya que los numerosos desafines de los metales de conciertos pasados esta vez casi desaparecieron, lo que siempre es de agradecer.

Comenzaba el concierto de la Film Symphony Orchestra 2017 precisamente con la partitura que el gran Max Steiner (en mi opinión, el mejor compositor de bandas sonoras de la historia) compuso para la mítica “Casablanca”. No es, desde luego, una de las mejores partituras de Steiner, que recurre aquí a dos temas ya existentes como leitmotivs de la partitura: la mítica “As time goes by” como tema de amor y el himno francés “La marsellesa” como tema de libertad, de lucha contra la opresión nazi, aunque incorporando otros temas de estilo árabe o el tema de la historia de amor de París. La orquesta estuvo a la altura de la pieza musical, comenzando con buen pie el concierto, y sólo nos queda esperar volver a escuchar más obras de Max Steiner en futuras giras (“Jezabel”, “Belinda”, “Murieron con las botas puestas”, “King Kong”, “Helena de Troya”, “La extraña pasajera” o “Pasaje a Marsella” podrían ser buenas opciones, aunque yo me quedo con la espectacular partitura de “Centauros del desierto”).

Seguía el concierto con la otra gran pieza del Hollywood clásico, una partitura ganadora del Oscar en 1960 pero no muy conocida por el gran público, la que Ernest Gold compuso para la magnífica “Éxodo” de Otto Preminger. Un tema principal de gran belleza melódica no exento de cierto aire épico, en el que se escuchó demasiado el sonido de esa percusión que busca un aire exótico. Y es que, en mi opinión, el principal problema de la orquesta es que su sección de cuerda es en exceso reducidas (los 4 contrabajos y 6 chelos deberían ser 8 y 10, respectivamente, y lo mismo es aplicable a violines y violas), y fue quizá en esta partitura en la que más se notó esa desigualdad de balance de colores orquestales, faltando ese plus de sonoridad que debería haber puesto la carne de gallina al público, aunque la ejecución fuera siempre impecable.

Continuaba el concierto con un clásico más moderno, una de las mejores partituras de John Barry, el tema de John Dunbar de “Bailando con lobos”, rematado con un magnífico solo de trompeta. Aquí sí que hubo la emoción requerida en una pieza igualmente bellísima. A ver si pronto les escuchamos el tema principal de “Nacida libre”, ya puestos.

No puede faltar John Williams en  ningún concierto de la Film Symphony Orchestra, y en esta ocasión aparecía en dos ocasiones. siendo la primera el tema principal de “Tiburón”, esa partitura que le lanzó a la fama y con la que el público pudo comprobar el increíble talento del compositor, al poder sentir esa sensación de tensión, de peligro inminente, sin ver las imágenes del film. De nuevo, impecable ejecución.

A continuación escuchamos la suite de “Pearl Harbour” de Hans Zimmer, que para mi gusto resultó demasiado larga.

Seguimos escuchando dos temas de “Rogue One”, la última película estrenada de Star Wars. El trabajo de Michael Giacchino, definido como “digno” por Martínez-Orts, no es fácil de juzgar sin acompañarlo de las imágenes, ya que a fin de cuentas una partitura funciona si acompaña a la película como es debido, pero en todo caso se percibió el gran talento del compositor en el tema de la esperanza, con ese cambio constante de sonoridades orquestales, con solos de varios instrumentos, mientras que la nueva marcha imperial resultaba un tanto convencional. Tengo que volver a ver la película (que me encantó y que en mi opinión dejó al episodio VII a la altura del polvo) para poder juzgar mejor el trabajo de Giacchino, pero disfruté mucho de la ejecución de la orquesta.

Seguía la segunda partitura de John Williams de la noche, la de “Hook”, película que, a diferencia de tantos cinéfilos, me encanta. Pese a un tempo un tanto apresurado, la orquesta superó sin problemas las dificultades de una pieza tan rítmicamente inestable para poder definir ese vuelo hacia Neverland que tan bien refleja la partitura, y que a los Peter Pan que habíamos entre el público nos hizo volar.

Terminaba la primera parte con el famosísimo tema principal de “Rocky”, de Bill Conty, suficientemente cañero como para dejar al público con un buen sabor de boca para poder volver del intermedio con ganas de más.

La segunda mitad de este tour de la Film Symphony Orchestra 2017 comenzaba con el que para mí fue el mayor descubrimiento de la noche, la genial partitura de “Tomsbtone” de Bruce Broughton, con una magnífica ejecución de los numerosos temas de la suite, incluyendo el tempo de vals.

Se incluyó a continuación una suite de la partitura de “Up”, que le valió a Michael Giacchino su hasta ahora único Oscar. Una magnífica partitura, sin duda.

Disfrutamos seguidamente de una partitura del gran Ennio Morricone, el Oboe de Gabriel de “La Misión” (ante la imposibilidad de interpretar el tema principal de la película sin coro), con un solo de oboe maravillosamente ejecutado por el solista de la orquesta en un momento poco menos que mágico. Y qué bonita es la partitura de Morricone, por favor…

Seguía el concierto con una pieza un tanto bizarra, “La máquina de escribir”, de Leroy Anderson, para máquina de escribir y orquesta, que fue a continuación usada en la película “Lío en los grandes almacenes” de Jerry Lewis. Uno de los percusionistas interpretaba la parte de la máquina de escribir, además de intentar imitar, con bastante gracia, la interpretación de Lewis. Un momento divertido y curioso de una pieza musical que debería ser bastante más conocida, por cierto.

Escuchamos a continuación una suite de “Titanic”, partitura de James Horner famosa por su canción “My heart will go on” pero que, como partitura, considero bastante sobrevalorada, teniendo Horner partituras mucho mejores (La de “Willow”, por ejemplo).

Pasó en mi opinión si pena ni gloria la breve “Yo soy Iron Man”, de la película del super-héroe de Marvel, compuesta por John Debney, por mucho uso de guitarra y bajo eléctrico que incorpore.

Llegaba por fin uno de los principales atractivos de la noche, el epílogo orquestal de la maravillosa “La la Land”, partitura de Justin Hurwitz de gran simplicidad, cierto, pero también de exquisita belleza que justamente le valió el Oscar. Me resultaba difícil no bailar al ritmo de las canciones que sonaban en la película y que recogía de nuevo este epílogo orquestal que tan amargo sabor de boca nos dejó cuando vimos la película en el cine.

Terminaba el concierto de la Film Symphony Orchestra 2017 con la partitura que Hans Zimmer compuso para “El hombre de acero”, partitura larga y compleja que exigió el máximo a la orquesta. Deduzco que, a consecuencia del cansancio acumulado por los músicos tras esta partitura, la orquesta sólo ofreció dos propinas, ambas muy aplaudidas por el público: el tema principal de la serie “Juego de tronos”, brillantemente ejecutado”, y el tema de la cantina del episodio IV de “Star Wars”, que tanto había triunfado en la anterior gira.

Como siempre, terminamos el concierto con ganas de más, esperando ver qué novedades nos traen en la gira del año que viene. Yo espero que escuchemos más clásicos, a Steiner, a Bernstein (“Los 10 mandamientos” o “Matar a un ruiseñor”, por ejemplo) o a Rosza, así como a los, si no me equivoco, hasta ahora inéditos Korngold, Newman, Waxman o Tiomkin, y de paso tener algún descubrimiento, como en todos los conciertos hasta ahora. En definitiva, el concierto de la Film Symphony Orchestra 2017 fue musicalmente impecable y absolutamente disfrutable tanto para los melómanos como para los cinéfilos, y más para los que somos ambas cosas.



Crónica: Giulio Cesare en el Kursaal (20-10-2017)


El “Giulio Cesare” de Georg Friedrich Händel que se ofrecía ayer en el auditorio Kursaal de Donostia (el título completo es en realidad “Giulio Cesare in Egitto”, aunque lo conozcamos más en su forma abreviada) era mi primera incursión en vivo en una ópera barroca, un repertorio con el que no tengo una especial afinidad.




No es muy frecuente en mí que escuche música anterior a Mozart (siendo el salzburgués la única excepción que hago previa al siglo XIX, que es musicalmente hablando mi siglo favorito). Es obviamente un simple problema personal: yo busco emoción en la música, y el barroco no me la transmite (algo completamente subjetivo, sin duda). Puedo en ocasiones apreciar la belleza de la música, pero no paso de ahí, y cuando eso se traduce en horas de música, termina resultándome eterno.

Y, aún así, quise acudir a este “Giulio Cesare”. En primer lugar, porque, siendo considerada la mejor de las óperas de Händel, quizá podría hacerme cambiar de opinión con respecto a la ópera barroca de la que tanto tengo que aprender. Y, por otro lado, porque como aficionado a la ópera no me parece buena idea rechazar de inmediato una representación operística sólo porque el título en cuestión se salga de mis coordenadas. Como muchos me dirán, hay que salir de la zona de comodidad, por lo menos de vez en cuando. Y si la encargada de poner música a la representación es una institución como la Accademia Bizantina, la calidad musical está asegurada, y no conviene desperdiciar estas ocasiones.

La ópera se ofrecía en versión concierto, con la pequeña orquesta ocupando una pequeña parte del enorme escenario que se abría tras ellos y a sus costados, lo que sin duda dificultaba la proyección del sonido. Habría que preguntarse si el Kursaal era el lugar más adecuado para la representación de una ópera barroca, y más en vista de que el público, que no llenaba el auditorio, se fue yendo en desbandada a partir del único intermedio, y después, en medio de los dos últimos actos, en ocasiones de forma molestamente ruidosa, dejando bastante que desear en cuanto a educación. Quizá el más recogido Teatro Victoria Eugenia habría sido un lugar más adecuado, limitando además la asistencia a quienes de verdad querían y a la ópera y no a un evento social.

La representación de este Giulio Cesare presentaba cortes en la partitura, incluyendo la supresión de dos personajes (Curio y Nireno), además del coro. Con una duración de en torno a tres horas (más un intermedio de 20 minutos tras el primer acto), faltaban unos 45 minutos de la obra original. Algo que los neófitos podemos agradecer quizá, pero que sin duda molestará a los más acostumbrados a la música de Händel. En todo caso, pese a que se agradeciera poder salir del Kursaal a una hora razonable (en torno a las 10:30, ya que la ópera comenzaba a las 7), los cortes en los recitativos, sumados a la elección de la versión concierto, sin escenografía ni dirección actoral, nos complicaba poder seguir la trama de la ópera, que aparecía desdibujada y a menudo inconexa, resultando por momentos difícil saber qué había sucedido o cuándo se cambiaba de ubicación.

Musicalmente hablando, la Accademia Bizantina dirigida por Ottavio Dantone desde el clave respondió magníficamente a la partitura, destacando sin duda los momentos solistas de flauta o trompa, así como el arpa y el laúd, aunque habría que decir que en general todos los instrumentistas respondieron a gran nivel. Se echó en falta en Dantone una mayor chispa en las arias más agitadas, las que demandan más bravura, pero en todo caso musicalmente resultó un trabajo notable.

Con la supresión de dos personajes y del coro, la función quedaba en manos de seis solistas. Dado mi nulo conocimiento de la ópera barroca y su estilo canoro, mis apreciaciones sobre ellos deben entenderse siempre desde una impresión en absoluto profesional.

Riccardo Novaro se hacía cargo del papel de Achille. No tiene una voz de bajo, lo que se notó en especial en unos graves feos y mal emitidos, mejorando su canto en la zona más aguda de la tesitura. Consiguió lucirse considerablemente en la escena de su muerte.

El Ptolomeo del contratenor Filippo Mieccia sonaba problemático: los graves estaban en registro de pecho, mientras los agudos sonaban agrios y un tanto desagradables. Resolvió las coloraturas de su parte sin aparente dificultad, pero los problemas ya mencionados le hicieron situarse entre los peores de la noche.

A la Cornelia de Delphine Galou le faltaron, por un lado, una voz de más volumen, ya que no conseguía hacerse oír con claridad (aunque se percibía una voz de gran belleza tímbrica) y, por otro, un timbre en exceso claro para el personaje, sonando de hecho más claro que el de Sesto. No se le puede discutir su buen gusto cantando, pero sí su adecuación al papel.

Julie Boulianne se hacía cargo del papel de Sesto, que resolvió con corrección, aunque dadas las características del papel se podría haber esperado que se luciera más, que le sacara más partido.

La Cleopatra de Emöke Barath fue lo mejor de la función, con una voz bella, sin problemas en las coloraturas y con un canto delicado y de gran belleza. Su “V’adoro pupille” fue un regalo para los oídos, simplemente exquisito.

El contratenor Lawrence Zazzo corría con el papel protagonista de Giulio Cesare. La voz, a diferencia de la de Ptolomeo, presentaba una mayor homogeneidad de color, aunque el extremo agudo tampoco fuera deslumbrante. Se manejó sin problemas en las imposibles coloraturas del papel, de gran virtuosismo, y fue un intérprete entregado tanto canora como  escénicamente, siendo el que más y mejor se movió por el escenario. Muy buena su labor, destacando su aria “Va tacito e nascosto”.

La ópera en sí se me hizo larga (lo cual no resulta sorprendente), pese a contar con varios momentos muy disfrutables. Siendo mi primer contacto con la ópera barroca, no se puede esperar mucho por mi parte, aunque no tengo intención de renunciar a nuevas ocasiones de ver óperas barrocas; nunca se sabe si mi opinión sobre ellas puede terminar cambiando.



Crónica: “Bohemios” en Donostia (09-09-2017)


Como cada año, la Asociación Lírica “Sasibil” abre la temporada con una representación de zarzuela en el teatro Victoria Eugenia. En este caso tocaba “Bohemios”, de Amadeu Vives. No suelen ser las elecciones de Sasibil zarzuelas poco conocidas, pero para quienes tenemos todavía mucho trabajo por delante en este repertorio, no sirve para descubrir joyas como esta obra.




Antes de nada, una reflexión: cada año suelen darse más de mil representaciones de operetas vienesas como “La viuda alegre” de Léhar o “El murciélago” de Strauss. Ellos saben cuidar su patrimonio, mientras aquí seguimos menospreciando la zarzuela, género a menudo considerado menor (incluso por los propios compositores en algunos casos) pero que esconde páginas realmente inspiradas que merecerían una mucho mayor difusión, tanto entre nuestras fronteras como en el exterior. A todo esto, no estaría de más que las funciones de Sasibil aparecieran en Operabase, la página web imprescindible para estadísticas, para poder dejar el pabellón zarzuelero algo más alto dentro de su exigüidad.

Vamos ya con la crónica de la función. Y, como siempre, antes de empezar dejamos un enlace del programa.

La escenografía de “Bohemios”, dividida en tres escenas, fue sencilla pero cuidada: muy bien resuelta la primera escena con sus dos partes diferenciadas, la habitación de Roberto y la escalera. Sencilla la segunda escena en la calle y más barroca la tercera, con la orquesta tocando en escena. La dirección escénica corría a cargo de Iosu Yeregui, a quien estamos más acostumbrados a ver cantando como bajo. Al margen de la comicidad lograda por los actores, habría que destacar en este sentido la aparición de actores en la platea del teatro en el intermedio entre la primera y la segunda escena, que resultó eficaz para animar al público.

Arkaitz Mendoza dirigía la Orquesta de Sasibil, de modestas dimensiones, con su precisión habitual, siempre atento a los cantantes (algo que se pudo ver mejor que nunca en esa tercera escena en la que dirigía en el propio escenario, haciendo sus pinitos como actor; ya sólo nos falta que cante…), marcándole las entradas. Idéntica precisión se percibía con los miembros de la orquesta, que respondieron con buen nivel, en especial en los pasajes operísticos que se insertaron en la acción; a destacar la introducción de la Barcarola de “Les contes d’Hoffmann” de Offenbach o el impecable solo de clarinete dela introducción del “E lucevan le stelle” de “Tosca” de Puccini, pese al ritmo lento en exceso elegido. Era también en esos momentos operísticos en los que más se notaba el desequilibrio orquestal, con obras que exigen más efectivos en el foso. En todo caso, visto lo visto, apetece ver a Mendoza dirigir algo de más enjundia… una “Tosca” completa, por ejemplo.

El Coro de Sasibil no tuvo su mejor noche. Ellas estuvieron correctas, pero a ellos se les notó incómodos en la zona aguda en el coro de la segunda escena. Muy bien, en cambio, el Bohemio de Eneko San Sebastián en la misma escena.

Buen trabajo actoral el de Koldo Torres como Marcelo y,sobre todo, el de Ángel Walter como Girard, uno de los que más carcajadas provocó en el público.

Los breves papeles de Juana y Pelagia fueron interpretados por Klara Mendizabal y Paula Iragorri, un tanto histriónicas en algún momento. Su falta de entidad vocal fue compensada con la incorporación de la citada Barcarola de Offenbach, muy bien resuelta por Mendizabal en la zona aguda, mientras en el caso de Iragorri se echó de menos algo más de seducción al comienzo, algo más de cuerpo vocal, mejorando notablemente a medida que avanzaba la canción.

Algo similar le ocurrió a Consuelo Garrés como Pelagia, un papel vocalmente minúsculo, al que se le añadió el aria “O mio babbino caro” del “Gianni Schicchi” Pucciniano, que cantó sin problemas de voz, pero sin apianar en los agudos, que es lo que le da la gracia a una página tan conocida.

Magnífico interpretativamente el Víctor de Iker Casares, con una comicidad que aparentemente le sale natural. Vocalmente resolvió con solvencia su participación en la introducción de la obra, haciéndose oír incluso cuando cantaba junto a Roberto (con e torrente de voz que tenía su intérprete). No tan bien resuelta su participación en la segunda escena, en la que no se le escuchó del todo bien.

David Baños se hacía cargo del papel de Roberto. Con problemas en las partes habladas, en las que se atascó en demasiadas ocasiones, supo lucirse vocalmente, con una voz potente, de agudo fácil aunque algo forzado en su emisión, algo que se notó en especial en ese “E lucevan le stelle” que se le añadió. Mejor en mi opinión en las partes zarzueleras (en especial en el final) que en la ópera.

Lo mejor de la noche fue en mi opinión la Cosette de Elisa de Pietro, de voz bella y coloratura fácil y perfectamente audible, destacando en especial en su bellísima romanza “La niña de los ojos azules”, en la que sólo le faltó arriesgar algo más en el agudo.

El público, de edad notablemente más avanzada que el que suele acudir a la ópera (asignatura pendiente de la zarzuela, sin duda, el tema de la edad media del público), disfrutó, se rió y dio rienda suelta a su dudosa educación entrando tarde, hablando y hasta cantando en medio de la función. Simplemente desesperante, casi me arruinan una noche zarzuelera más que digna, que me dejó un muy buen sabor de boca. Claro que con una obra tan bella como “Bohemios” no es difícil.



Crónica: Orquesta sinfónica de Cincinnaty en Quincena Musical (29, 30-08-2017)


La presente edición de la Quincena Musical Donostiarra terminaba con dos conciertos de la Orquesta sinfónica de Cincinnati. Si mi memoria no falla, es la primera vez que tengo ocasión de escuchar a una orquesta norteamericana en vivo, y los conciertos se presentaban interesantes aunque sólo fuera por comprobar el tópico de la gran calidad de los metales de las orquestas estadounidenses.




El concierto del día 29 (de cuyo programa dejo un enlace) comenzaba con una primera mitad muy yanky: Bernstein y Copland.

Leonard Bernstein es sin duda una de las figuras musicales más importantes de Norteamérica en el siglo XX. La obra elegida no deja de resultar curiosa: la suite de la banda sonora de “On the waterfront” (en España conocida como “La ley del silencio”), la única banda sonora que compuso (a diferencia de su compañero Copland, que compuso varias). No es una película que me guste, y de hecho ni siquiera recuerdo la banda sonora; probablemente porque mientras la veo estoy más preocupado de sacar los terribles fallos interpretativos de mi nada admirado Marlon Brando. Influye en mi aversión a esta película el nada disimulado intento de su director, Elia Kazan, de justificar su injustificable actitud durante la Caza de Brujas. No me queda más que lamentar que Bernstein no compusiera alguna banda sonora para otra película que me resulte más tentadora. Aquí, la música, que incluye un saxo, es en general tensa, con cierta tendencia al ruido, con poco desarrollo melódico, y la suite se hizo un tanto larga pese a la impecable labor de la Orquesta sinfónica de Cincinnati, dirigida con energía por Louis Langrée.

Seguía una obra de menor duración, “Lincoln Portrait” de Aaron Copland. Una obra patriótica y patriotera, que por momentos suena demasiado a alguna marcha de John Philip Sousa, con esa tendencia tan yanki de idealizar, en exceso probablemente, a Lincoln. La obra requiere de un narrador que repasa brevemente detalles de la vida del presidente y cita algunos de sus discursos (destacando el último, el de la batalla de Gettysburg), labor que le fue encomendada a Charles Dance, conocido por su papel de Tywin Lannister en la poplar serie “Juego de tronos”. No se puede negar que, pese a su breve cometido, el actor británico le puso ganas a su interpretación, que fue considerablemente aplaudida por el público (que, sospecho, en su mayoría no será muy asiduo a ver las guerras entre Lannister, Stark, Baratheon y demás familias del universo de George R. R. Martin).

La segunda parte del concierto no resultó tan satisfactoria, alejada la Orquesta sinfónica de Cincinnati de ese repertorio americano en el que tanto destaca. No fue con la magistral 5ª sinfonía de Piotr Ilich Tchaikovsky donde mejores resultados podían demostrar; no por la falta de talento musical (confirmando el tópico de la calidad de los metales en el espectacular solo de trompa del segundo acto, pura magia la que vivimos en ese momento) como en el aspecto expresivo: mira que a mí me gustan tempos lentos (como los que elegía el referencial en este repertorio Leonard Bernstein), pero es que Louis Langrée se pasó de lentitud, llegando en los dos primeros actos a perder la tensión. Quizá la parte más interesante de la ejecución fue el 4º movimiento, espectacular e impactante, con un magnífico trabajo de los metales.

Concluía el concierto con una propina: la genial obertura de “Candide” de Bernstein, impecable y con una percusión al máximo en una partitura tremendamente compleja por sus constantes cambios de color orquestal y de ritmo. Ahora sí volvíamos a disfrutar de lo que mejor sabe hacer la Orquesta sinfónica de Cincinnati.

El concierto del día siguiente (de cuyo programa dejo el enlace) se abría con una breve obra de John Adams, “Short ride in a fast machine”, que me dejó bastante indiferente.

A continuación venía el gran atractivo del concierto (y probablemente de la quincena en general): poder ver en vivo a ese gran violinista que es Renaud Capuçon. Desgraciadamente, la obra elegida, el primer concierto para violín de Max Bruch, no es especialmente interesante (sólo tiene cierta gracia el tercer movimiento). Una lástima que no hubiera elegido un repertorio más acorde con la orquesta (ese concierto de Korngold que ha grabado en disco y que es sublime, o el no menos maravilloso de Barber). En todo caso, Capuçon demostró que, pese a su impecable técnica, no destaca tanto por su virtuosismo (que lo tiene) como por una expresividad casi diría “a la antigua”, la de los grandes. Expresividad que demostró aún más si cabe en la propina que ofreció (desconozco cuál fue la pieza), sensible y delicada , de esas a las que tanto partido sabe sacar el francés. Fue un verdadero lujo poder escucharle, y sólo me queda esperar poder volver a escucharlo en directo en un repertorio más interesante (y poder escuchar también a su hermano, el chelista Gautier, otro musicazo).

Tras lo sucedido el día anterior, miedo me daba lo que iba a escuchar en la segunda parte del concierto. Porque sí, la 9ª sinfonía de Antonin Dvorak es la “Sinfonía del nuevo mundo”, pero más por evocarnos el ambiente americano que por sonar propiamente americana; no deja de ser a fin de cuentas una sinfonía muy europea y, por encima de todo, muy checa. Y se confirmaron mis sospechas. Unas cuerdas graves en estado de gracia comienzan los primeros acordes del primer movimiento a un ritmo exasperantemente lento, que no acelera en todo el primer movimiento. Algo similar ocurrió en el segundo, pese a que el solo de corno inglés (impecablemente ejecutado, por cierto) podía haber sido algo más lento; el resto del movimiento sí fue lento en exceso. La cosa remontó en el tercer y, sobre todo, en el cuarto movimiento, dejando finalmente un buen sabor de boca con ese magnífico final. No, no cabe duda de la enorme capacidad musical de la Orquesta sinfónica de Cincinnati, pero hablar de s adecuación estilística al repertorio europeo es ya otro tema.

La propina ofrecida fue, de nuevo, la obertura de Candide, esta vez con un mensaje del director, en inglés, contra el odio y el oscurantismo en un mensaje deduzco que dirigido al presidente americano, el ominoso Donald Trump, al que no le vendría nada mal ver el “Candide” de Bernstein (no hablemos ya de leer la obra de Voltaire) para ver si así asoma por su cerebro algún atisbo de inteligencia.

Y así termina una nueva edición de la quincena que ha pasado sin pena ni gloria: sin sombras, cierto, pero también sin luces, sin ningún concierto realmente memorable o mágico (algo que si sucedió por ejemplo el año pasado). Ahora nos toca esperar hasta el año que viene para saber qué nos deparará la próxima edición; más y, esperemos, mejor.