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Crónica: Pablo Ferrández y la OSE en Donostia (27-05-2019)

Hacía ya unos cuantos años que no iba a ningún concierto de la temporada de la Orquesta Sinfónica de Euskadi (les he visto en otras ocasiones, como la Quincena Musical o la temporada operística de ABAO). Básicamente por tres motivos: tiempo, dinero y pereza. Probablemente los tres motivos por los que los aficionados a la música no acuden a todos los conciertos que tienen a su alcance. Pero en esta ocasión el concierto bien lo valía, por darnos la oportunidad de ver en vivo a Pablo Ferrández, joven estrella del chelo. 

Y aquí he de hacer un poco de historia personal: en mi adolescencia, cuando comenzó mi pasión por la música, comencé a estudiar chelo, con mediocres resultados. Quedó claro entonces que debía focalizar más mi pasión por la música por la parte teórica y la docencia frente a la parte práctica. Pero, pese a ello, la música para chelo ha seguido acompañándome desde entonces, aunque ahora mismo sea incapaz de sacar ni una nota mínimamente agradable del instrumento. No negaré que me da cierta envidia ver a Pablo Ferrández, 6 años más joven que yo, tocar con esa absoluta destreza que me deja completamente fascinado. 

La obra elegida era el gran concierto para chelo de la historia de la música, el de Antonin Dvorak. Sin duda mi obra favorita para chelo solista. Una obra que pone a prueba tanto el talento virtuosístico del intérprete como su capacidad expresiva, con momentos de exquisito lirismo, a veces casi desagarrado, frente a otros de gran dificultad técnica. Es una de esas obras en las que el solista tiene que demostrar que es algo más que una máquina de emitir notas, aunque sea a enorme velocidad: tiene que transmitir, que emocionar. Tiene que pasar de intérprete a artista, en resumen. Y no quería desaprovechar esta oportunidad de comprobar en vivo si Pablo Ferrández es sólo un gran virtuoso (“sólo”, como si fuera poco) o si consigue traspasar esa barrera que lo convierta en artista. 

Comenzaba su intervención en el primer movimiento demostrando gran destreza técnica, dominio de las dobles cuerdas, fuerza, velocidad (en algún momento incluso mucho más rápido de lo que estoy acostumbrado a escuchar). Virtuosismo, a fin de cuentas. Pero entonces llega la exposición del tema B del movimiento, y las tornas cambian: técnicamente menos compleja, requiere una sonoridad de gran calidez, una cuidada línea melódica, un sonido mucho más suave. Y ahí Pablo Ferrández parecía apenas rozar con suavidad las cuerdas de su instrumento, con un vibrato impecable y un fraseo emotivo, en absoluto precipitado. Alcanzó momentos de enorme belleza, al igual que sucedería después en el segundo movimiento. 

Pero, al menos en mi opinión, la gran prueba de fuego de este concierto es su tercer movimiento: de enorme exigencia técnica, como corresponde a un movimiento rápido, concluye de forma extraña con una coda añadida con posterioridad, dedicada por Dvorak a su recién fallecida cuñada, de quien había estado enamorado en su juventud. Una coda dolorosa, sufriente, dramática pero sin estridencias, siempre con un fraseo suave. Y, de nuevo, después de demostrar su absoluto dominio técnico del chelo, Pablo Ferrández nos regaló en esta coda momentos prácticamente mágicos. Una de las últimas notas que interpretó parecía detenerse en el tiempo, tal fue la lentitud con la que atacó el final, y parecía que ni siquiera estuviera rozando las cuerdas, tal era la suavidad de su movimiento de arco. Sí, el madrileño es un gran virtuoso, pero su madurez interpretativa, con sólo 28 años, nos demuestra que tenemos a un artistazo de enorme talla al que esperemos tener ocasión de volver a escuchar en vivo en el futuro, porque tiene muchísimo que ofrecernos. 

A su lado, Robert Treviño dirigía a una Orquesta Sinfónica de Euskadi que demostró un buen nivel, destacando las trompas y las maderas en la introducción y la concertino en sus diálogos con el chelo. Treviño abusó quizá un tanto de una sonoridad excesiva en los momentos orquestales, pero en general se cuidó bien de no tapar a Pablo Ferrández, aunque, por las características propias del instrumento, hubo en el primer acto algún momento en el que el flautín se hizo demasiado presente. Orquesta y director contribuyeron a hacer del concierto una ocasión más que disfrutable.

Proseguía la segunda parte del concierto (dejamos un enlace del programa), ya sin Pablo Ferrández, con una obra me temo poco frecuente en nuestras latitudes, la segunda sinfonía de Edward Elgar. La orquesta respondió impecable a los momentos más grandiosos de la obra (destacar la percusión en el tercer acto), y Treviño dirigió con pulso, aunque quizá se hubiera preferido algo más de lentitud en la introducción. El problema de la obra, en mi opinión, es que le falta todo eso que hace grande a su hermana mayor, la primera sinfonía del inglés: esa flema tan británica, esa grandiosidad Eduardiana, pero también esa hondura dramática que impregna un tercer movimiento de desgarradora belleza, que en esta segunda no aparece por ningún lugar. Es de agradecer, en todo caso, poder escuchar una obra de Elgar, poco frecuente en nuestra tierra fuera de las famosas Variaciones Enigma (puestos a pedir, ojalá tenga ocasión de escuchar pronto en vivo esa primera sinfonía que aún no he podido ver… y, puestos a pedir, vamos a intentar popularizar también a otros compositores poco interpretados aquí, con Sibelius a la cabeza). 

Tal vez consciente de que la sinfonía no iba a despertar el furor del público (a diferencia de lo ocurrido con Pablo Ferrández, largamente ovacionado y braveado al concluir el concierto de chelo), Robert Treviño ofreció una propina que me resultó inesperada (la reacción del público no fue tan cálida como para dar propinas). Más Elgar, pero esta vez un Elgar que sí entusiasme al público: el final de la primera marcha de Pompa y Circunstancia. Hubo quien en el público comenzó a dar palmas durante ese magnífico tema central tan británico (habría sido quizá más adecuado haber cantado aquello de “Land of Hope and Glory… si es que nos supiéramos la letra, claro). Primera ocasión en la que escuchaba la pieza en vivo (bueno, al menos una parte de ella) y casi consiguió ponerme la carne de gallina… no lo voy a negar, en general Elgar es un compositor que me encanta (por desgracia, esa segunda sinfonía es una de sus obras que menos me entusiasman). Y aquí sí, el público respondió de forma más enfervorecida. 

En resumen, pudimos disfrutar de una obra poco popular, lo que ya de por sí es un atractivo en sí mismo, y de una obra mucho más popular pero en manos de un músico, o mejor dicho un artista, Pablo Ferrández, que supo sacar el máximo partido imaginable a esa pieza que nos sabemos casi de memoria. Un gran concierto de alto nivel musical que bien mereció la pena la inversión de tiempo, dinero y el “esfuerzo” de salir de casa. Para repetir, sin duda alguna. 

In Memoriam: Nicolai Gedda (08-01-2017)


Cuando cualquiera se introduce en el mundo de a ópera, hay siempre algún cantante que influye desde el comienzo en su pasión por el género y en su forma de ver la ópera. En mi caso hay unos cuantos cantantes que han marcado mi vida como operófilo, siendo uno de los más importantes el gran Nicolai Gedda. Hace unos días nos enteramos de que había muerto hace más de un mes, el 8 de enero, así que vamos a dedicarle un post para recordar a un artista al que nunca debemos olvidar.




El nombre de nacimiento de Nicolai Gedda era Harry Gustaf Nikolai Gädda (cambiaría años después el apellido por Gedda). Nació el 11 de julio de 1925 en Estocolmo, en el seno de una familia pobre, de madre sueca y padre de origen ruso. Fue por ello adoptado por su tía Olga Gädda y el marido de ésta, Michael Ustinov (pariente del actor Peter Ustinov). El pequeño Nicolai era bilingüe desde su niñez, hablando el sueco y el ruso. En 1929 se trasladan a Leipzig, donde añade un nuevo idioma, el alemán.

Su padre adoptivo había cantado como bajo en el coro de cosacos del Don, y canta en el coro de la iglesia ortodoxa de Leipzig. Por influencia de sus padres adoptivos, Nicolai Gedda estudia música y canta en un cuarteto de niños.

En 1934, con la llegada de Adolph Hitler al poder, la familia abandona Alemania y regresa a Estocolmo. Gedda canta en el coro de la iglesia, pero un accidente vocal le hace abandonar la carrera de canto, y comienza a trabajar en un banco. Mientras, en la escuela aprendió inglés, francés y latín, además de estudiar italiano por su cuenta. Desde joven Nicolai Gedda era políglota.

Un día le dice a un cliente que está buscando un profesor de canto, y éste le aconseja que busque a Carl Martin Öhman, antiguo Heldentenor que ya había descubierto al otro gran tenor sueco de la historia, Jussi Björling, y que más tarde descubriría al gran bajo finés Martti Talvela. Öhman se entusiasma al escucharle y lo toma como aprendiz (no tenía mal ojo este hombre, desde luego).

En abril de 1952 debuta en la Ópera de Estocolmo cantando en sueco el papel protagonista de “Le postillon de Lonjumeau” de Adolphe Adam. Su éxito fue inmediato, y no tardó en grabar el aria “Mes amis”, la más famosa de la ópera, en sueco, con un Re sobreagudo que ya nos muestra su increíble habilidad en el registro sobreagudo:

Con una voz maleable y un dominio de tantos idiomas, su repertorio fue inmenso,tanto en ópera como en lied y repertorio de concierto. Tanto la temprana grabación del Dimitri en un Boris Godunov protagonizado por Boris Christoff, como el ser descubierto por Herbert von Karajan, lanzaron desde el comienzo su carrera discográfica, una de las más abundantes en un cantante de ópera. Publica sus memorias en 1977 con la ayuda de la escritora Aino Sellermark, con la que finalmente se casará en 1997.

Repasar el repertorio de Nicolai Gedda es realmente arduo, pero vamos a hacer lo que podamos. Hay que destacar que, al tener un repertorio tan amplio, interpretó óperas poco conocidas, como por ejemplo “Le devin du village” de Jean-Jacques Rousseau:

Llegó a cantar incluso alguna ópera barroca, como “Platée” de Rameau, de la que se conserva grabación, además de óperas de Christoph Willibald Gluck, como “Orfeo ed Euridice”, de la que escuchamos el famoso “J’ai perdu mon Euridice”:

Cantó también la “Iphigénie en Tauride”, de la que escuchamos el aria “Unis dès la plus tendre enfance”:

Y por último la ópera “Alceste”, de la que escuchamos “Bannis le crainte et les alarmes”:

Nicolai Gedda fue un destacado intérprete de óperas de Mozart, como por ejemplo el Belmonte de “Die Entführung aus dem Serail”, de la que escuchamos el aria “Ich baue ganz”, tan a menudo cortada por aquella época por su dificultad, con unas coloraturas complicadas que Gedda solventa sin aparente dificultad:

Le escuchamos también cantar el aria “Fuor dal mar” de la ópera Idomeneo, otra prueba de fuego para las agilidades vocales:

No dejamos las coloraturas, ya que ahora le escuchamos la no menos peliaguda “Il mio tesoro intanto” de “Don Giovanni”:

En un estilo mucho más delicado, le escuchamos ahora cantar “Un’aura amorosa” de “Così fan tutte”:

Cantó también el Tito de “La clemenza di Tito”, del que escuchamos el aria “Se all’Impero”:

Y le vemos ahora interpretar al Tamino de “Die Zauberflöte“:

No fue el repertorio italiano el mejor de Nicolai Gedda, pero aún así dejó algunas grabaciones interesantes y otras referenciales. Comenzamos por sus interpretaciones rossinianas. Además de grabar “Il turco in Italia” junto a Maria Callas en una grabación tan cortada que le quitan su aria, le tenemos cantando el Almaviva de “Il barbiere di Siviglia“, de la que llegó incluso a cantar la habitualmente cortada aria “Cessa di più resistere”, aunque totalmente fuera de estilo. Le escuchamos cantando el aria “Ecco ridente in cielo”:

Referencial fue su grabación del “Guillaume Tell” (en el francés original, en una época en la que lo habitual era cantarla en su traducción italiana), en la que nos regala muchos grandes momentos en los que lucir sus espectaculares agudos, destacando sin duda en su gran aria “Asile héréditaire” y la posterior caballetta, en la que luce un espectacular do de pecho final que mantiene durante unos 10 segundos:

Y, pese a todo, estos no son los agudos más espectaculares de Nicolai Gedda, que se lucirá todavía más en obras de Vincenzo Bellini. Le escuchamos primero cantar el aria de la por aquel entonces poco habitual “I Capuleti ed i Montecchi”:

Es cierto que a día de hoy no suena tan adecuado estilísticamente, pero para aquella época no se puede pedir mucho más.

Sin duda mejor de estilo nos lo encontramos en ese “Ah, perchè non posso odiarti” de “La sonnambula”, junto a Joan Sutherland:

Pero esto no es nada comparado con lo que hacía en “I Puritani”. Escuchamos primero el dúo “Vieni fra queste braccia”, en vivo, junto a Joan Sutherland:

Os prometo que no he escuchado unos re sobreagudos tan flipantes como los suyos.

Y ahora escuchamos su “Credeasi misera” en su grabación en estudio junto a Beverly Sills:

El re bemol ya es flipante, pero, gracias a su dominio del canto en mixto, Nicolai Gedda es de los pocos que se lanzan al fa sobreagudo. Que sene bonito o no es discutible; que lo suyo es uno vozarrón como los hay pocos es indiscutible.

Pasamos a las óperas de Gaetano Donizetti. En sus numerosos recitales, Gedda grabó el aria de “La favorita”:

Vamos a verle ahora cantar la famosa “Una furtiva lagrima” de “L’elissir d’amore”:

Le escuchamos ahora cantar junto a Mirella Freni el dúo “Tornami a dir che m’ami” de “Don Pasquale”:

Y por último le escuchamos junto a una de sus parejas discográficas habituales, Beverly Sills, en el dúo de “Lucia di Lammermoor”:

Pasamos a Giuseppe Verdi, compositor al que Nicolai Gedda se suele asociar por dos papeles; el primero sería el Duca di Mantova en “Rigoletto”, del que escuchamos el dúo “È il sol dell’anima” junto a la soprano Reri Grist:

Y el otro es el Alfredo de “La Traviata”, del que vamos a escuchar el dúo “Un dì felice” junto a Anna Moffo:

Pero Nicolai Gedda, por sorprendente que pueda parecer, cantó algunos otros roles verdianos. El más obvio es el Riccardo de “Un ballo in maschera”, del que escuchamos el aria “Ma se m’è forza perderti”:

Magnífico uso de medias voces, por cierto.

Soprende mucho más escuchar a dos voces tan líricas como la suya y la del barítono Hermann Prey en papeles tan pesados como los de “La forza del destino”, pero aquí les tenemos cantando el dúo “Solenne in quest’ora” (en alemán) y saliendo bien parados en el intento:

También cantó la no muy frecuente “I vespri siziliani”, de la que escuchamos el aria “Giorno di pianto”:

Y ya el remate: ¿Nicolai Gedda cantando el Radames de Aida? Pues sí, y lo tenemos precisamente cantando el dúo final de la ópera; no es su voz la de Radames, desde luego, pero cumple:

Le escuchamos ahora en la grabación que hizo del aria de “La Gioconda” de Amilcare Ponchielli, “Cielo e mar”, en una grabación muy temprana (1953), por lo que su voz, muy lírica, no tiene todavía la fuerza necesaria para el personaje, aunque alcanza momentos de gran belleza, gracias a una depurada técnica en el ataque de los agudos que le permite el bello pianísimo final:

Le escuchamos ahora en repertorio verista, cantando el “Amor ti vieta” de la “Fedora” de Umberto Giordano:

Con 75 años, la voz se ha agrandado, aunque tiembla mucho más que años atrás, pero por lo menos ahora da el pego en papeles más spinto.

Y le escuchamos también cantar el mucho más lírico lamento di Federico “È la solita storia del pastore” de “L’Arlesiana” de Francesco Cilea:

Nicolai Gedda cantó y grabó arias de algunas óperas de Puccini, como el famoso “Nessun dorma” de “Turandot”, y lo más alucinante es que suena con el metal necesario para el papel; podría parecer un simple capricho, pero el resultado es realmente notable:

Le escuchamos también el aria “E lucevan le stelle” de “Tosca” con 61 años de nada… :

Y le tenemos también cantando el “Donna non vidi mai” de “Manon Lescaut”:

Pero Nicolai Gedda será recordado por dos óperas de Puccini. La primera, “La Boheme“, de la que escuchamos el aria “Che gelida manina”, en una versión llena de entusiasmo y con unos magníficos ataques al agudo:

Y el otro papel pucciniano es el Pinkerton de “Madama Butterfly”, que grabó junto a Maria Callas, junto a quien le escuchamos en el largo dúo final del primer acto:

Pasamos ya al repertorio francés, en el que Nicolai Gedda fue uno de los más importantes tenores posteriores a la II Guerra Mundial. Y empezamos escuchándole en “La dame blanche” de François-Adrien Boïeldieu, en el aria “Viens, gentille dame”, en una versión espectacular por el dominio de las medias voces:

Nicolai Gedda ha sido uno de los últimos tenores en interesarse por la en otra época famosa ópera “Fra Diavolo” de Daniel Auber, grabando una integral  de la que escuchamos el aria “J’ai revu nos amis”:

Y grabará además una magnífica versión, estilísticamente muy superior a la posterior de Alfredo Kraus, de la bellísima aria de “Masaniello”, también de Auber, “Du pauvre seul ami fidèle”, con un uso casi mágico de las medias voces:

Como ya le hemos escuchado cantar “Le postillon de Longjumeau” de Adam, pasamos a Giacomo Meyerbeer, compositor del que Nicolai Gedda ha sido quizá el mejor intérprete de la discografía. Echándose en falta una grabación suya de “Robert le diable”, pasamos a su espectacular Raoul de Nangis de “Les huguenots“, del que escuchamos el fantástico dúo “Tu làs dit” junto a Enriqueta Tarrés, en el que pasa de unas espectaculares medias voces a un potente Re bemol sobreagudo perfecto de afinación y emisión:

Contrasta con el Jean de Leyden de “Le prophète”, de carácter mucho más heroico en el aria “Roi du ciel”, en la que luce potencia y flexibilidad vocal al mismo tiempo:

Y terminamos escuchando su versión del aria de Vasco da Gama “O paradis” de “L’Africaine”, aunque desconozco si llegó a cantar esta ópera completa (cosa que sí hizo con las dos anteriores):

Hector Berlioz fue otro compositor al que Nicolai Gedda le prestó mucha atención. Le escuchamos primero catar el aria “Seul pour lutter” de “Benvenuto Cellini”:

Le escuchamos ahora el aria “Nature immense” de “La damnation de Faust”:

Y terminamos escuchando el dúo “Nuit d’ivresse” de “Les Troyens” junto a Shirley Verrett:

Pasamos a Georges Bizet, para poder escuchar su insuperable versión del aria de Nadir “Je crois entendre encore” de “Les pêcheurs de perles” y comprobar qué es eso del canto en “mixto”: es una técnica de canto intermedia entre el registro de pecho y el falsete, en el que se pasa la resonancia a la cabeza, consiguiendo un sonido más agudo que el registro de pecho pero sin una pérdida de color tan acusada como en el falsete. Este tipo de registro se usa para alcanzar notas sobreagudas (como el fa de I Puritani que ya escuchamos), pero es fundamental en la ópera francesa para poder cantar notas agudas en pianísimo, algo que sería imposible en el registro de pecho. Y así, mientras que tenores como Kraus o Albelo lanzan el Do final de pecho, casi como un cañonazo, completamente fuera de estilo, y otros como Alagna o Villazón dan el agudo en un horrible falsete, Gedda nos demuestra cómo hay que cantar esta maravillosa aria:

Al enfrentarse al papel de Don José en “Carmen”, la visión de Gedda es mucho más lírica, menos verista de lo habitual. Puede que en los momentos más dramáticos su voz se quede algo corta de potencia, pero su versión del aria de la flor es de una delicadeza sublime, apianando en los agudos y con un final mágico, usando de nuevo el mixto:

Para comprobar qué tal se maneja en los momentos más dramáticos vamos a escucharle en el dúo final, en vivo, junto a la Carmen de Fiorenza Cossotto (y dirigidos por su amigo Georges Prêtre, que murió 4 días antes que Gedda):

Yo diría que supera la prueba con creces…

Le escuchamos ahora en otra de esas arias en las que el canto a media voz es fundamental, “Ele ne croyait pas” de la “Mignon” de Ambroise Thomas:

Y de nuevo dominando el pianisimo en mixto en la bellísima “Vainement, ma bien aimée” de la ópera “Le Roy d’Ys” de Édouard Lalo:

Charles Gounod fue otro compositor fundamental en la carrera de Nicolai Gedda, en especial por su “Faust”, ópera que Gedda cantó en innumerables ocasiones. Le escuchamos cantar el aria “Salut, demeure chaste et pure”, donde, en este caso, pasa del estilismo para soltar un do de pecho como un cañonazo. Ortodoxo no es, pero el resultado no deja de ser magnífico:

Para compensarlo, le tenemos cantando el aria “Ah, leve-toi, soleil” del “Romeo et Juliette” terminada en un bellísimo pianísimo:

Y le escuchamos también cantar el aria “Anges du paradis” de la ópera “Mireille”, dando otra lección de estilo de canto francés:

Nicolai Gedda también cantó la magnífica ópera “Lakmé” de Léo Delibes, de la que escuchamos el dúo del primer acto junto a Mariella Devia:

Nicolai Gedda fue un destacado intérprete del Hoffmann de “Les contes d’Hoffmann” de Jacques Offembach, de la que escuchamos el dúo “C’est une chanson d’amour” junto a Victoria de los Ángeles:

Y del mismo Offembach le escuchamos cantar en alemán el aria “Au mont Ida” de la opereta “La belle Helene”:

Llegamos a Jules Massenet, otro compositor fundamental en el repertorio de Nicolai Gedda, en parte por el Des Grieux de “Manon”, en la que volvía a lucir sus magníficos pianísimos en el aria “En fermant les yeux”:

Y por otra por “Werther”, uno de sus mejores papeles; escuchamos una sorprendente versión de la famosa aria “Pourquoi me reveiller” en la que apiana en el primer estribillo:

Gedda también cantó el Nicias de “Thais” o el príncipe de “Cendrillon”.

Le escuchamos ahora en otra ópera casi desconocida, “Parmavati” de Albert Roussel, junto a Marilyn Horne:

Terminamos el repaso a sus intervenciones de ópera francesa con el “Pélleas et Mélisande” de Claude Debussy, acompañado de Anna Moffo:

Pasamos al repertorio alemán, en el que a menudo Nicolai Gedda es también un intérprete referencial. Y comenzamos con una rareza, una grabación del aria de Florestan del “Fidelio” de Beethoven, un rol que se antoja en exceso pesado para Gedda, pero en el que de nuevo sorprende por su flexibilidad:

Nicolai Gedda fue también un destacado intérprete de obras de Weber, cantando incluso las casi olvidadas “Euryanthe” o “Abu Hasan”. Pero le escuchamos en la mucho más famosa “Der Freischütz”, en el aria Durch die Wälder”:

Y Nicolai Gedda fe un destacado intérprete de complicadísimo papel de Huon de “Oberon”, un papel heroico de coloratura, como demuestra en el aria “Von Jugend auf in dem Kampfgefild”:

Nicolai Gedda también cantó la hoy prácticamente olvidada “Martha” de Friedrich von Flotow, de la que escuchamos el dúo “Letzte Rose” junto a Anneliese Rothenberger, una de sus parejas discográficas habituales:

Y le escuchamos ahora de nuevo junto a Anneliese Rothenberger en la ópera “Undine” de Albert Lortzing:

Nicolai Gedda cantó unas cuantas de estas óperas alemanas románticas hoy día olvidadas; otra fue “Der Barbier von Bagdag” de Peter Cornelius, de la que escuchamos el aria “Von deinen Fenster”:

Y nos dejó una versión referencial de la bellísima “Magische Töne” de “Die Königin von Saba” de Karl Goldmark, con un magnífico Do final en mixto:

No fue Nicolai Gedda un cantante interesado en Wagner, decía que sus óperas no terminaban nunca. pero aún así, por suerte, llegó a cantar “Lohengrin”. Comprobamos los resultados en las grabaciones de sus dos monólogos, empezando por este magnífico “In fernem Land”:

Y seguimos con un bellísimo “Mein lieber Schwan”:

Nicolai Gedda también grabó la infrecuente “Palestrina” de Hans Pfitzner, de la que escuchamos “Wie schön ist’s” junto a Dietrich Fischer-Dieskau:

Interpretó un breve papel en la grabación de “Das Wunder der Heliane” de Korngold en sus últimos años. Y fue un destacado intérprete de música de Richard Strauss, aunque cantara pocas de sus óperas, destacando el tenor italiano de “Der Rosenkavalier” con el aria “Di rigori armato il seno”:

Y también grabó la ópera “Capriccio”:

En el campo de la opereta austriaca dejó numerosas grabaciones, como la de “Die Fledermaus” de Johann Strauss junto a Elisabeth Schwarzkopf:

O, también de Johann Strauss, “Eine Nacht in Venedig”, junto a Anneliese Rothenberger:

Destacó también en las operetas de Franz Léhar, en especial con su magnífica versión de “Dein ist mein ganzes herz” de “Das Land des Lächelns”:

Le escuchamos ahora junto a Anneliese Rothenberger en el vals “Lippen schweige” de “Die lustige Witwe”:

Le escuchamos ahora en la opereta “Giudita”:

Y le escuchamos ahora las czardas de “Gräfin Mariza” de Emmerich Kálmán:

En el ámbito de la ópera eslava, Nicolai Gedda cantó el “Dalibor” de Bedrich Smetana, además de esta curiosa versión en inglés de “La novia vendida”, junto a Giorgio Tozzi:

En el repertorio ruso, Nicolai Gedda destacó interpretando el papel de Sobinin en “Una vida por el zar” de Mikhail Glinka:

Le escuchamos ahora en su primera grabación de ópera, el Dimitri del “Boris Godunov” de Modest Mussorgsky, en el dúo de “amor” junto a Eugenia Zareska en una versión magnífica, en especial en la parte final:

Le escuchamos ahora la canción india de “Sadko” de Nikolai Rimski-Korsakov:

Nicolai Gedda fue un magnífico Lensky del “Eugen Onegin” de Piotr Ilich Tchaikovsky, apenas superado por uno o dos tenores. Escuchamos la maravillosa romanza “Kuda vi udalilis”:

Destaca también la integral que grabó de “Iolanta” del mismo compositor, dirigida por Mstislav Rostropovich, con el que también grabó óperas “Guerra y Paz” de Prokofiev o “Lady Macbeth of Mtsensk” de Dmitri Shostakovich junto a Galina Vishnevskaya:

En 1958 graba la ópera americana “Vanessa” de Samuel Barber, compuesta expresamente para él. Escuchamos el quinteto de esta ópera:

Y Leonard Bernstein contó con él para la grabación de su ópera-musical “Candide”, de la que escuchamos el “What’s the use” junto a Christa Ludwig:

El repertorio de Nicolai Gedda no termina en la ópera, cantó también oratorios y obras religiosas, lied e incluso canciones populares. No tenemos ya espacio para un análisis exhaustivo, por lo que nos centraremos en un pequeño puñado de piezas que merece la pena recordar. Y comenzamos con “Messiah” de Georg Friedrich Händel, del que escuchamos “Ev’ry valley”:

Le escuchamos ahora en el “Ingemisco” del Requiem de Verdi, en una magnífica versión por el uso de medias voces:

Y escuchamos también sus incursiones en la canción napolitana con esta versión del “Non ti scordar di me” de Ernesto de Curtis:

No puedo evitar poner también esta hilarante versión del dúo bufo de los gatos de Rossini, junto a Federica von Stade, cantada casi toda en falsete:

Le escuchamos ahora cantar un lied de Franz Schubert, del que fue un gran intérprete, como demuestra en este “Du bist die Ruh”:

Y ahora un lied de Richard Strauss, “Ständchen”:

Y seguimos con la “Vocalise” de Sergei Rachmaninov:

Vamos ahora con el más célebre lied de Edvard Grieg, “Jeg elsker dig”, que Nicolai Gedda canta en el noruego original:

Vamos con la chanson francesa, comenzando con la “Chanson triste” de Henri Duparc:

Seguimos con el “Air grave” de Francis Poulenc:

Y seguimos con esta preciosa versión de “L’heure exquise” de Reynaldo Hahn:

Pasamos a Edward Elgar y su cantata “The dream of Gerontius”, de la que escuchamos “I went to sleep”:

Le escuchamos ahora en una canción tradicional irlandesa, “Down by the Salley gardens”:

Y terminamos con el “Granada” de Agustín Lara, con una pronunciación española muy superior a la de no pocos cantantes italianos, por ejemplo:

En total hemos escuchado a Nicolai Gedda cantar en 9 idiomas: italiano, francés, alemán, ruso, inglés, sueco, noruego, latín y español. Difícil superar ese récord.

Retirado desde el año 2003, nunca había sido una persona que se preocupara por la fama (pese a su impresionante discografía, quizá la más abundante en el mundo de la ópera) por lo que pasó bastante desapercibido, pese a recibir algunos honores, como la Legión de honor francesa en 2010. Quizá por ello la noticia de su muerte se hizo pública un mes después (ya habían circulado en 2015 falsos rumores de su muerte). El 8 de enero un infarto terminaba con su vida a los 91 años en su casa de Tolochenaz, en el cantón suizo de Vaud.

Con Nicolai Gedda se nos va un cantante polifacético, de espectacular voz y técnica impecable que le permitía adaptarse a casi cualquier estilo. Un artista que merece ser recordado por su enorme contribución al mundo de la música.



Resumen de la Quincena musical 2015


Llevo ya unos cuantos años de abonado a la quincena musical, y siendo sincero, la de este año no resultaba especialmente atractiva (al margen de Tosca, obviamente), y más comparándola con la del año pasado. Y bueno, ha habido sorpresas agradables, hay que reconocerlo, pero también decepciones esperadas. Ya antes de nada aviso que sólo he ido al Kursaal (me hubiera gustado ir a ver el recital de Bros del Victoria Eugenia, pero no podía ese día). Así que aquí va mi crónica de los conciertos de la Quincena Musical 2015 a los que acudí.




Mi Quincena empezó el día de la inauguración, 1 de agosto, con el concierto de la Mahler Chamber Orchestra dirigida por Manfred Honeck. Yo soy muy romántico, pero poco clásico, así que no era desde luego un concierto de mi estilo. Fe hecho, con el 1º concierto de piano de Beethoven (que interpretaba el pianista Till Fellner) me quedaba dormido (parece que este año he estado muy cansado, porque no ha sido la única vez). Vamos, que la obra es aburrida con ganas (y mira que a mí el 5º me encanta, pero desde luego el 1º… ). Mejor la Júpiter de Mozart, pero sin duda la parte que más disfruté fue la sinfonía Clásica de Prokofiev, en una interpretación vibrante y llena de vida. Visto el panorama, preferí perderme el concierto del siguiente día con idéntica orquesta y director interpretando obras de Haydn y Mozart.

El siguiente concierto fue la Tosca a la que ya dedicamos una entrada aparte.

Pasamos ya al día 17, con la Filarmónica de San Petersburgo dirigida por Yuri Termikanov. La primera parte del programa estaba dedicada a Ravel, con quien tampoco empatizo, precisamente. De nuevo, me quedaba dormido con el “Ma mère l’oye”. Luego llegó el gran atractivo del concierto, ese grandísimo pianista que es Javier Perianes, para tocar el concierto de piano en Sol Mayor de Ravel. Es la tercera vez que veo a Perianes en vivo, y siempre merece la pena, aunque la obra no me convenza. Pero el segundo movimiento, de gran belleza y lirismo, se ajustaba como un guante al estilo del onuvense, y la verdad es que fue un enorme placer escucharle. A pesar de ello, la verdad, hubiera preferido escucharle en otra cosa (Grieg, Chopin o, por qué no, los conciertos de Mendelssohn, que están tan olvidados).

La segunda parte del concierto le tocó el turno  Elgar (este sí, una predilección personal), en concreto a las Variaciones Enigma. No hay duda de que la de San Petersburgo es una orquesta de gran calidad, que bajo la batuta de Termikanov nos dio una interpretación musical impecable. La pega: la falta de flema, de estilo británico. Las Enigma son una obra 100% victoriana que pide ese estilo tan característico inglés que, por ejemplo, tan bien le daba el referencial Barbirolli. En todo caso fue más que disfrutable. Me imagino que el problema estilístico desaparecería en el concierto del día siguiente, con extractos de Romeo y Julieta y la cantata Alexander Nevsky (con Ekaterina Gubanova nada menos) de Prokofiev, pero problemas de última hora me impidieron poder ir, cosa que me fastidió bastante.

El siguiente concierto fue el Mendi-Mendiyan de Usandizaga al que también le dedicamos una entrada aparte.

El martes 25 venía Alberto Zedda con la orquesta de Cadaqués a dar un concierto rossiniano, cómo no. Yo no podía ir al concierto, así que al recibir un mail avisando que existía la posibilidad de ir al ensayo ese mismo día al mediodía, no dudé en apuntarme… ¡y no me arrepiento en absoluto! Junto al Orfeón donostiarra, interpretaban primero la cantata “La morte di Didone”, con María José Moreno de solista. Al ser un ensayo, la Moreno no cantó a plena voz, pero aún así estuvo espectacular. Y luego el Stabat Mater, otra obra que no conocía (sí, es delito, ya me he dado cuenta), en el que a la Moreno se sumaron Marianna Pizzolato, Celso Albelo y Fernando Latorre, que sustituía a última hora al previsto Nicola Alaimo. ¡Flipé! Primero, por la energía de Zedda, que a sus 87 años dirigío el Stabat Mater sentado, sí, pero dando botes en la silla, y moviendo los brazos con una energía que ya quisiera tener yo con casi un tercio de su edad. Este hombre lleva a Rossini en la sangre, no cabe duda, y ha sido un privilegio poder verlo en vivo aunque sea en un ensayo. Y luego los solistas, todos ellos sobresalientes. Claro, descubrir ese “Cujus animam” con un Albelo exultante (reconozcamos que es un lujazo para Donostia haber podido contar con él) cantándolo a plena voz (menos el ReB sobreagudo del final, que dio en falsete… en el concierto, donde ya lo dio de pecho, aquello debió sonar como un cañonazo, estoy seguro). A la salida aproveché para saludarlo brevemente, y espero poder volver a oírle pronto.

Después llegó lo que yo más temía, los dos conciertos dirigidos por Jukka-Pekka Saraste dirigiendo a la Orquesta Sinfónica de Radio Colonia. Y es que hace pocos años ya vino a la quincena con una 9ª de Beethoven que me cabreó sobremanera. Y es que hacer lo que hizo con el 3º movimiento (quizá el más hermoso de toda la sinfonía, de una belleza melódica poco frecuente en la obra de Beethoven), a toda velocidad, eliminando todo el lirismo y poesía, es para mí imperdonable. Y viendo esa forma de dirigir, que yo defino como “tener pulgas en el culo” por el tema de ir siempre corriendo, como huyendo, pues lo siento, pero no la aguanto.

Y mis temores se confirmaron. El día 26 comenzamos con el concierto de violín de Bartok que interpretó el violinista Kristóf Baráti, sobre el que no voy a hablar por mi desconocimiento de la obra. Pero luego venia el plato fuerte, otra predilección personal, la 7ª sinfonía de Anton Bruckner. El primer movimiento fue aceptable, pero al llegar a la estrella, el 2º, empezaron las prisas, el excesivo volumen de los metales, la ausencia de lirismo pero también del alto grado de dramatismo del movimiento, sustituido por la asepsia y el ruido. Opté por no aplaudir al final (y yo soy de los que salen de los conciertos con las manos rojas). El resto del público sí aplaudió, pero no sirvió de nada, no hubo propina.

Y el día 28 volvía de nuevo Saraste, en un concierto fuera de abono pero de tal atractivo que no se podía faltar: el Requiem alemán de Brahms, cantado además por el Orfeón Donostiarra (uno de mis primeros conciertos como abonado de la quincena fue de hecho este mismo requiem con el Orfeón, del que guardo muy buen recuerdo). Y claro, el Orfeón estaba exultante, pero Saraste… vamos, orquesta y coro iban cada uno a su bola. Escuchar en esa primera parte, “Selig sind, die da Leid tragen”, al orfeón sonando como un susurro frente a una orquesta demasiado ruidosa, para luego en los fortísimos, ver como el coro SE COMÍA a la orquesta… las prisas en la segunda parte, “Denn alles Fleisch, es ist wie Gras”, que es mi favorita, ya arruinaron la obra, por no hablar de la vertiginosa fuga de la tercera parte… lástima, porque coro, solistas y orquesta rindieron a gran nivel, pero si el director va errado,poco se puede hacer.

Con este triste panorama llegamos al concierto de clausura, a la espera de que levantara el nivel (que no será la primera vez que así sucede). Vasily Petrenko dirigía a la Orquesta Filarmónica de Oslo. Las obras a interpretar: concierto de violín de Brahms y 4ª sinfonía de Tchaikovsky (en ambos casos, si la memoria no me falla, es la 4ª vez que las veo en vivo, empatando así con la Titan de Mahler como las obras que más veces he visto en vivo… y no me importaría verlas más veces pero ya mismo, creo que se me entiende). La solista del concierto de violín era Vilde Frang, que lució delicadeza y lirismo en los dos primeros movimientos de una enorme belleza. Pero claro, al llegar al celebérrimo tercer movimiento, pues esas virtudes se convierten en defectos: le faltaba fuerza, volumen, garra. Muchos seguro que no perdonan esto; para mí, en cambo, no me estropearon los bellísimos momentos que disfruté en los 2 primeros movimientos, que son igual de maravillosos aunque sean menos conocidos.

Y ya la orquesta sola, comenzó Tchaikovsky. No sé por qué no termino de empatizar con el primer movimiento de esta sinfonía, así que poco que decir salvo que fue satisfactorio. Pero llegamos al segundo, la prueba de fuego. Y aquí la velocidad fue la adecuada para destacar el delicadísimo lirismo, la belleza melódica del andantino que tantos directores aceleran y echan a perder. Y ya en el 4º movimiento echaron todo lo que quedaba: velocidad de vértigo en un pasaje tan sumamente difícil, perfectamente interpretada, que enfervoreció al público. Y nos regalaron dos propinas: “En la mañana” del “Peer Gynt” de Grieg (confieso que me emocioné)  y una danza húngara de Brahms (me esperaba que siguieran con Grieg con un En la caverna del rey de las montañas, pero bueno…). Pues sí, el concierto de clausura fue del nivel esperado (mis manos hinchadas a la salida eran buena prueba de ello).

En resumen: teniendo en cuenta los conciertos a los que falté, lo mejor ha sido las dos óperas y el concierto de clausura. No incluyo el concierto de Zedda por haber estado sólo en el ensayo.

A ver qué tal viene la del año que viene. Por el momento se oye que viene Ivan Fischer, quien siempre me ha dejado un muy buen sabor de boca, así que a lo espero con ganas.