Archivo de la etiqueta: Eugène Scribe

225 aniversario de Giacomo Meyerbeer (05-09-2016)


Fue uno de los autores más representados (si no el que más) de todo el siglo XIX, y pese a todo hoy día sigue casi en el olvido. Aunque sus obras comienzan a volver a verse con una mayor frecuencia que en las últimas décadas del siglo XX, las óperas de Giacomo Meyerbeer siguen siendo una de las asignaturas pendientes del teatro actual. Y es que Meyerbeer es uno de los más grandes autores operísticos del siglo XIX, sin duda.




Giacomo Meyerbeer se llamaba en realidad Jakob Liebmann Beer, y había nacido el 5 de septiembre de 1791 (hoy hace 225 años) en la localidad prusiana de Tasdorf, cerca de Berlín, en el seno de una rica familia judía, hijo del industrial Judah Herz Berg y de Amalia Wulff, descendente también de una familia de banqueros y judíos; podemos ver un retrato de la madre pintado en 1803:

La familia mantenía buenas relaciones con la corte, además de tener una estrecha relación con los hermanos Alexander y Wilhelm von Humbolt, además de ser muy influyentes en la comunidad judía (en su casa había una sinagoga privada). Por ello es normal que los hijos de la familia (otros hermanos suyos fueron también destacados en otras áreas, el astrónomo Wilhelm Beer, nacido en 1797, y el escritor Michael Beer, nacido en 1800; Giacomo, pese a ser mayor, sobrevivió a ambos) recibieran una esmerada formación. En el caso de Jakob, destaca ya desde joven su formación musical, estudiando piano con Franz Lauska y recibiendo lecciones del célebre Muzio Clementi cuando éste estuvo en Berlín. Prueba de su temprana inclinación musical la encontramos en este retrato de 1803 (con 12 años), en el que se le ve ante un piano:

En 1801 dara su primer concierto público como pianista en Berlín, y poco después estudiará con Antonio Salieri y con Carl Friedrich Zelter, mientras el afamado compositor de la época Louis Spohr le organza conciertos en Berlín, Viena y Roma, ya que por estas fechas Meyerbeer es considerado un virtuoso del piano.

Entre 1810 y 1812 se forma en Darmstadt con Georg Joseph Vogler, teniendo como compañero de clase y amigo a Carl Maria von Weber. Esta formación incluye no sólo música práctica, sino también aspectos organizativos y de publicidad. El joven Jakob ya tiene decidido dedicarse a la música, pero duda si como pianista o como compositor. De estos años datan algunas obras para piano, incluyendo un concierto para piano y orquesta, por desgracia perdido, además de un quinteto para clarinete dedicado al clarinetista Heinrich Baermann (para quien Weber también compondrá sus conciertos para clarinete):

A todo esto, tras la muerte de su abuelo materno, Liebmann Meyer Wulff en 1811, el joven Jakob cambia su apellido por el de Meyerbeer, uniendo así los apellidos materno y paterno.

Por esta época comienza también a interesarse por la ópera, y bajo la influencia de su amigo Weber, compone y estrena algunas óperas, que son un fracaso. Meyerbeer se da cuenta de que lo mejor que puede hacer es viajar a Italia para estudiar el estilo de las óperas italianas, por lo que, tras pasar por Londres y París, llega a Italia hacia 1816, en el momento de máximo prestigio de Gioacchino Rossini, que ese año estrenaría “Il barbiere di Siviglia” y “Otello”. En 1816 Meyerbeer escribe precisamente una cantata en italiano, Gli amori di Teolinda, de la que escuchamos un aria en la voz de Julia Varady:

En 1817 italianiza su nombre, pasando a ser conocido como Giacomo Meyerbeer, y estrena su primera ópera italiana, “Romilda e Constanza”, con libreto de gaetano Rossi, con quien mantendrá una estrecha relación hasta la muerte de Rossi. El propio Rossi será el libretista de su siguiente ópera, “Semiramide Riconosciuta”, estrenada en Turín el 3 de febrero de 1819:

En esta, como en las demás óperas de su etapa italiana, se percibe la influencia de Rossini, pese a conservar vestigios de su formación germana.

Ese mismo 1819 estrena una nueva ópera, de nuevo con libreto de Rossi, “Emma di Resburgo”, de la que escuchamos la obertura:

En 1820 estrena en La Scala de Milán la ópera “Margherita d’Anjou”, con libreto de Felice Romani, de la que escuchamos el final del 1º acto:

En la misma Scala estrena en 1822 “L’esule di Granata”, también con libreto de Romani:

Pero quizá la más significativa de las óperas de la etapa italiana de Giacomo Meyerbeer sea “Il crociato in Egitto”, de nuevo con libreto de Rossi, estrenada en La Fenice de Venecia el 7 de marzo de 1824, siendo probablemente la última ópera compuesta para un castratto, en el personaje de Armando, del que aquí escuchamos el Rondo finale cantado por la mezzo-soprano Diana Montague:

Vamos a escuchar también el aria del tenor, Adriano, que canta Bruce Ford:

Es contratado para componer una “Ines de Castro” con libreto de Salvatore Cammarano para 1826, pero Giacomo Meyerbeer se encuentra frustrado por sentir que durante su estancia italiana no ha podido ser él mismo, haber tenido que crear una personalidad musical propia para el estilo italiano, y se siente atraído por esa Francia que visitó en su infancia, por lo que se traslada a París, siguiendo a Rossini.

Mientras, en 1826, poco después de morir su padre, de visita en Alemania, se casa con Minna Mosson, un matrimonio en principio de conveniencia que resultará ser feliz para ambos; tendrán 5 hijos (dos niños muertos en la infancia y tres niñas, las menores, que llegaron a adultas).

En 1826 muere su amigo Weber, y su viuda le solicita terminar la ópera que éste dejó sin terminar, “Die drei Pintos”, pero la falta de material original de Weber le impide llevar a cabo el proyecto (cosa que finalmente hará Gustav Mahler muchos años después).

Al comienzo de su etapa parisina todavía se interesa por componer una ópera de estilo italiano, pero el panorama musical parisino en esos años cambia notablemente: el estreno en 1828 de “La muette de Portici” de Daniel Auber y en 1829 del “Guillaume Tell” de Rossini traen un nuevo estilo, conocido como “Grand’Opera”, óperas de temática histórica, de gran duración, con 5 actos, grandes escenas corales, ballets y otros momentos de gran impacto. Y aquí es donde Meyerbeer, combinando los estilos italiano, francés y alemán, encuentra por fin su sitio y su estilo.

Su primer trabajo será “Robert le diable”, con un libreto de Eugène Scribe, que originalmente iba a constar de tres actos y estaba pensada para la Opéra-Comique, pero Giacomo Meyerbeer le convencerá a Scribe de convertirla en una grand-opera en 5 actos, basada en la leyenda que convertía al duque Roberto de Normandía en el mismo diablo. El estreno tiene lugar el 21 de noviembre de 1831, con el gran tenor Adolphe Nourrit como protagonista, siendo un éxito en París que admirarán tanto Chopin como Liszt.

Escuchamos el aria del bajo Bertrand “Nonnes qui reposez” en la voz de Samuel Ramey:

Y ahora escuchamos el aria de Isabelle, “Robert, toi que j’aime” en la espectacular versión de Beverly Sills:

La ópera mantiene influencias weberianas, así como elementos de la ópera italiana y francesa, beneficiándose de los avances técnicos que hay en la ópera de París que permiten puestas en escena visualmente innovadoras.

El éxito le lleva a ser condecorado con la Légion d’Honeur en 1832. Además, la competencia es poca: sólo Daniel Auber y el también judío Jacques Frmental Halévy se adaptan a los gustos de la burguesía francesa que acude a ver estas grand’operas; la mayoría de los compositores franceses prefieren el ámbito de la opéra-comique.

Halévy estrena en 1835 “La Juive”, su obra maestra, sobre la intolerancia religiosa hacia los judíos durante el concilio de Constanza. Giacomo Meyerbeer empleará un tema también ambientando en la intolerancia religiosa, pero en este caso, evitando la temática judía, se ambienta en las guerras de religión francesas entre católicos y hugonotes en torno a la matanza de la noche de San Bartolomé. Con libreto de nuevo de Eugène Scribe, el 29 de febrero de 1836 estrena en la Ópera de París su obra maestra, “Les Huguenots” de la que ya hablamos en profundidad en este post.

Aún así vamos a repasar algunos de los mejores momentos de esta ópera, empezando por el aria de la reina Margarita “O beau pays de la Touraine” cantada por Joan Sutherland:

Escuchamos ahora el dificilísimo papel protagonista del tenor Raoul de Nangis, base del tenor heroico de corte belcantista que tanto se va a emplear en la ópera francesa. Escuchamos en concreto el aria “Plus blanche” en su traducción italiana cantada por Alfredo Kraus:

Y por último el bellísimo dúo de amor en la maravillosa interpretación del gran Niccolai Gedda acompañado de Enriqueta Tarres; atención especial a ese sobreagudo del sueco, simplemente perfecto, además de sus mágicas medias voces:

El estreno en París, con Nourrit y Cornélie Falcon, fue todo un éxito, siendo además la primera ópera en superar las mil representaciones, en 1906, prueba de la gran fama que tuvo en su época, siendo admirada incluso por Hector Berlioz. En Alemania, en cambio, no tiene éxito: la temática de la ópera impide, por causa de la censura, que sea estrenada en Berlín y otras ciudades, y Meyerbeer choca con la envidia de Gaspare Spontini, el maestro de capilla de la corte berlinesa.

Giacomo Meyerbeer se encuentra desde luego mejor valorado en París, donde además de prestigio goza de una posición económica impensable en otros muchos músicos (pudiendo pagar la multa que contrajo al retrasarse en la composición de “Les huguenots”, o ayudar económicamente al poeta Heinrich Heine, a quien admiraba, aunque no siempre fuera correspondido ). Trabaja en nuevos proyectos cuando, en 1839, conoce a Richard Wagner, de quien leerá el libreto de Rienzi y ayudará a su estreno en Dresde. De hecho, Rienzi muestra una gran influencia de Meyerbeer (y es una magnífica ópera injustamente vilipendiada por los wagnerianos más puristas).

Giacomo Meyerbeer en ese momento se encuentra dudando sobre qué nuevo libreto usar para su próxima ópera; le tienta el “Vasco da Gama” que ha escrito Scribe, pero tiene en mente a la Falcon como protagonista, y la pérdida de voz de la soprano le hace rechazar (por el momento) este libreto para trabajar en otro también de Scribe, “le prophète”, ambientada en las guerras de religión alemanas entre los anabaptstas y la figura histórica de Jean de Leiden; Meyerbeer en sus grand’operas emplea siempre el enfrentamiento entre dos facciones, pero también la figura del héroe solitario enfrentándose a la maldad de quienes le rodean, afectado siempre por su condición de judío (es difícil saber hasta qué punto sufrió antisemitismo o era más bien un problema más “hipocondriaco”).

“Le prophète” se estrenará finalmente en París el 16 de abril de 1849 con gran éxito, siendo admirada de nuevo por Liszt, no así por Wagner, que atacará sin piedad a Meyerbeer (y a otros compositores judíos como Mendelssohn), siendo el causante en parte de su posterior caída en desgracia.

La ópera goza en la actualidad de un fragmento famosísimo, la orquestal Marcha de la coronación:

Del protagonista, el tenor Jean de Leiden, destaca el aria “Roi du ciel”, que escuchamos de nuevo en la voz de uno de los mejores intérpretes de Meyerbeer tras la II Guerra Mundial, Nicolai Gedda:

Otro de los momentos más impactantes es el aria (y sobre todo la caballetta) de Fidès, la madre de Jean, cantada en el estreno por Pauline Viardot, y que escuchamos en la voz de Marilyn Horne:

Y terminamos con el ballet de los patinadores:

Pero antes del estreno de “Le prophète”, la situación en Berlín había cambiado para Giacomo Meyerbeer: con el nuevo rey, Federico Guillermo IV, el régimen se hace más liberal, y Spontini dimite de su cargo; “Les huguenots” se estrena finalmente en Berlín en 1842, y Meyerbeer consigue algunos trabajos en la corte, incluyendo la dirección de la Staatsoper Unter den Linden. Inlcuso compone un singspiel, titulado “Ein Feldlager in Schlesien”.

Sus siguientes óperas parisinas no se encuentran ya en el género de la grand’opera, sino en el de la ópera cómica. la primera será “L’etoile du nord”, estrenada el 16 de febrero de 1854, mientras que su adaptación italiana será estrenada en Londres en 1855. De esa adaptación escuchamos el aria del tenor “Disperso il crin” en la voz de Bruce Ford:

El 4 de abril de 1859 estrena “Dinorah”, también una ópera cómica famosa por el aria de la soprano “Ombre légère” que le escuchamos a Natalie Dessay:

Los últimos años de Meyerbeer sufrirá problemas de salud (o de hipocondria), lo que unido a la muerte de Scribe le aleja de la ópera para componer obras orquestales, como la Marcha de coronación para Guillermo I:

Compone también una Obertura festiva para la exposición internacional de Londres de 1862:

Y compone también música litúrgica, tanto judía como cristiana.

En sus últimos años retoma el libreto de “Vasco da Gama” que había escrito Scribe para componer la que será su última ópera, “L’Africaine”. Giuseppe Verdi le visitará poco antes de su muerte, encontrándoselo postrado en la cama pero trabajando febrilmente. Finalmente, Giacomo Meyerbeer murió en París el 2 de mayo de 1864, a los 72 años. Rossini, que no se había enterado de la noticia, fue a visitarlo al día siguiente, prueba de la gran admiración que despertaba entre otros músicos. El 6 de mayo, un tren especial trasladó el cuerpo del compositor de París a Berlín, donde fue enterrado en el panteón familiar del cementerio judío:

Finalmente, gracias al empeño de François-Joseph Fétis, “L’Africaine” se estrenó en París a modo póstumo el 2 de abril de 1865, adaptando el material existente, del que Meyerbeer no dejó una versión definitiva. Escuchamos algunos fragmentos de esta ópera, comenzando por el aria del barítono, “All’erta marinar”, en la versión italiana, cantada por Titta Ruffo:

Escuchamos ahora el aria de la soprano Selika “Sur mes genoux” cantada por Leontyne Price:

Y terminamos con la parte más famosa, el aria de Vasco da Gama “O paradis”, cantada por el mítico Georges Thill:

Es cierto que representar las grandes óperas de Meyerbeer no es fácil, tanto por el coste escénico como por la dificultad vocal de sus personajes, pero sin duda en uno de los personajes más importantes de la historia de la ópera, que influyó en muchos compositores, desde Verdi o Wagner hasta las siguientes generaciones de compositores franceses, y de por sí ya son obras magníficas que habría que recuperar.