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Crónica: Turandot en la Arena di Verona (05-07-2018)


Turandot es una de esas óperas que, por muy vistas que estén, siempre apetecen ver. Por eso, era una buena ocasión, aprovechando mis vacaciones en Verona, para estrenarme en la ópera en Italia, ya que en las anteriores ocasiones que he visitado el país, no había tenido finalmente ocasión de acudir a una función operística.




Ya sabemos que el Festival de la Arena de Verona es algo un tanto especial: lleno de turistas que a menudo van por primera vez a la ópera, en un espacio al aire libre, con acústica discutible y una enorme capacidad de público, con un enorme escenario lleno de posibilidades escenográficas, pero que al mismo tiempo cuenta con el handicap de no tener un telón, lo que complica los cambios de escenografía.

El ambiente previo a la ópera, al menos para quienes ocupábamos las localidades más baratas, esas que, al no estar numeradas, imponen acudir al recinto con bastante tiempo de antelación si se quiere conseguir una localidad más o menos aceptable, fue muy animado, con grupos de coros juveniles amenizándonos la espera con su canto. Al menos para mí resultaba una novedad.

Analizamos ya la función, y como siempre dejo el enlace de la producción.

La puesta en escena de Zeffirelli es muy inteligente, al contar con un decorado delantero con pequeñas modificaciones y otro, por detrás, más espectacular, el salón del trono, lo que permitía que los cambios de escena resultaran muy rápidos, evitando pausas extensas, como sucedió en otros espectáculos.

La orquesta de la Arena de Verona sonó magnífica bajo la batuta de Francesco Ivan Ciampa, que extrajo sonoridades bellísimas de la que posiblemente sea la mejor partitura orquestal de Puccini. Acompañó con genialidad a los solistas, consiguiendo no taparlos, pese a la implacable acústica del lugar.

El coro de la Arena sonó igualmente de lujo. Si bien en los momentos en los que cantaban fuera de escena su canto resultaba algo pelín de delicadeza, en el resto de sus intervenciones brillaron a altísimo nivel, destacando un bellísimo “Perché tarda la luna”. Correcto el coro infantil en sus breves intervenciones, aunque no hubiera sobrado que hubiera más cantantes infantiles.

Pasamos a los solistas. Mal el Mandarino de Gianluca Breda, poco audible y con agudos problemáticos. Antonello Ceron fue un destacado Emperador Altoum, siempre audible pese a cantar desde el fondo del escenario.

Del trío de consejeros, destacó el Ping de Federico Longhi, siempre audible y con una noble línea de canto, en la que destacó un bellísimo “Ho una casa nell’Honan”. Peor los tenores, el Pong de Francesco Pittari y el Pang de Marcello Nardis.

Giorgio Giuseppini fue un notable Timur, de canto noble, de timbre redondo y bello, sabiendo sacarle partido a un papel poco agradecido.

La Liù de Ruth Iniesta fue todo un lujo. La voz puede que por momentos requiera más cuerpo, en especial en el tercer acto, pero es que el el primero estuvo a un altísimo nivel. Ya desde una de sus primeras frases, desde ese pianísimo en el “m’hai sorriso” resultó emocionante, y remató el acto con un “Signore ascolta” de manual. En el tercero, en ese maravilloso “Tanto amore segreto”, le faltó un poco de peso vocal, pero de nuevo superó con nota las últimas frases, con esos pianísimos mágicos y perfectamente proyectados, rematando la función con un “Tu che di gel sei cinta” realmente bueno. Fue en mi opinión la mejor de la noche.

El Calaf de Murat Karahan pecó de irregular. En el primer acto, su voz apenas resultaba audible, y su “Non piangere Liù” no fue aplaudido. Mejoró notablemente en el segundo acto, con unos agudos liberados y una voz más sonora, siendo audible incluso en sus réplicas a Altoum, que cantó de espaldas al público. Se lanzó con valentía al Do de pecho de “Ti voglio ardente d’amor”. Lo mejor que se puede decir de su “Nessun dorma” es que lo cantó, esto es, que en vez de querer lucir voz a toda costa, se esforzó por matizar, marcándose unos magníficos pianísimos, incluyendo en el primer “vinceró”, y el público respondió pidiendo un bis que Karahan concedió. A partir de ahí las cosas volvieron a ser como al comienzo: en el dúo con  Turandot su voz a menudo resultaba poco audible. Irregular, como ya hemos mencionado, pero con momentos realmente memorables.

La Turandot de Rebeka Lokar se manejaba mejor en los pasajes más líricos que en los más dramáticos. Su “In questa regia” fue correcto, pero se notaba su incomodidad en el extremo agudo, demasiado vibrado. Mejor fue su dúo con Calaf y, en especial, esa última frase, “Il suo nome ‘e amor”, que resultó simplemente maravillosa.

Sólo queda decir que esta Turandot me supo a poco, que habría vuelto a escucharla entera inmediatamente después. Pese a los problemas acústicos, fue una función memorable, la mejor manera que podía tener de estrenarme en la ópera en Italia.