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Crónica: Lau noten opera en Quincena Musical (Ensayo: 24-08-2019)

Vaya por delante que no tenía previsto escribir nada sobre este “Lau noten opera”. A fin de cuentas, no pude conseguir entrada para la función, y lo que vi fue el ensayo de la víspera (gracias por adelantado a Miren y a Arkaitz por avisarme). Y no me parece justo juzgar una representación viendo sólo el ensayo. Pero es que creo que la propuesta fue tan original y el resultado tan bueno que me veo obligado a divulgarlo. 

Proyecto más bien de última hora (no estaba incluido en la programación oficial cuando cogimos los abonos) y representada en un lugar inhabitual, una sala del centro cultural Tabakalera, “Lau noten opera” es la versión traducida al euskera de “Four note opera”, ópera minimalista del compositor Tom Johnson, estrenada en 1972 y que suele representarse traducida al idioma local, en este caso el euskera. Dada la presencia del propio Tom Johnson en el ensayo y en la función, deduzco que la representación no se habrá tomado excesivas libertades, manteniéndose fiel al original. Y digo “deduzco” porque no he conseguido encontrar ninguna grabación completa de la obra, tan solo algunos fragmentos en Youtube. 

Por tanto, vamos a ver si he entendido bien la obra: Lau noten opera, compuesta sobre las 4 notas del título, es una sátira del propio mundo de la ópera (algo tan frecuente en el cine y tan infrecuente todavía en la ópera, donde nos tomamos aun demasiado en serio). Tenemos cuatro solistas, descritos con bastante mala baba: una diva-soprano insoportable, caprichosa y bastante mete-mano, con es manita escapándose siempre al culito del tenor (en vista de las últimas noticias, quizá sería más apropiado que fuera el tenor el “salido”); una mezzo juerguista; un tenor gafe, con ganas de un protagonismo que no tiene, y un barítono aburrido. Aparece por ahí un bajo que no sé qué pinta y que apenas suelta un par de frases. Y Luego el director, que para qué sirve, pues para lo que todos piensan: para nada, para hacer el tonto, mover las manos, echar la bronca a los solistas cuando no le siguen y boicotear a la soprano. Y, entre medias, algunos números musicales que nos describen qué son unas variaciones, el desarrollo del interludio de piano y otros aspectos musicales de la obra. Imprescindible entender el idioma para poder seguir el desarrollo, desde luego. 

Antes de comenzar la crónica dejamos, como siempre, un enlace a la ficha de la producción. 

Genial la propuesta escénica de Ekaitz Unai González, con esa especie de cuatro tronos para los solistas, con una dirección de actores absolutamente genial, aprovechando la bis cómica de todos ellos. Magnífica la iluminación, el vestuario, en general todos los elementos escénicos que engloba una producción de ópera. Pocos medios, buenas ideas y resultados excepcionales. Y, pese a ser un ensayo, no hubo ningún corte, ninguna pausa en toda la obra, salvo en los saludos finales (gran idea por cierto proyectar los nombres de quien estaba saludando en ese momento). 

La labor de dirección musical recaía supuestamente en manos de Arkaitz Mendoza, aunque en esta ocasión su labor, como ya hemos comentado, fue nula, ya que no hay orquesta a la que dirigir. Pero lo que se requería de él en esta ocasión era una labor actoral que el director de orquesta demostró tener buenas dotes. Verle jugando con aquel chupachups gigante (mayor que la cabeza de Kojak, que ya es decir) para boicotear a la diva resultaba grotesco y divertido a la vez. Quien sabe si, además de un magnífico director de orquesta, tenemos además a un interesante actor… 

La labor de acompañamiento musical recaía por tanto en el pianista Pedro José Rodríguez, que en general pasó desapercibido en la función salvo en los momentos en los que apuntaba la duración de alguno de los pasajes, involucrándose así brevemente en el desarrollo dramático de la obra. Su labor de acompañamiento fue impecable, y tuvo su pequeño momento de gloria en el interludio para piano, que tampoco presenta grandes dificultades virtuosísticas al tratarse de una obra minimalista. 

El bajo Pedro Llarena apenas tiene, como he dicho, un par de frases en la obra. Aparece en algunos momentos paseándose por la sala, deteniéndose todo en ese momento, por lo que no me queda claro si es un solista o representa a un petulante crítico musical (si ese es el caso, no pienso sentirme identificado). Exigua labor difícil de juzgar. 

Probablemente ha sido la mejor función que le he escuchado nunca a Fernando Latorre. En el programa figura como barítono, aunque que yo recuerde siempre le había escuchado como bajo. Su parte es musicalmente una de las más extensas de la obra (quizá la más extensa), y demostró no tener ningún problema vocal para afrontar su partitura y unas dotes escénicas magníficas. 

Menos suerte tenía Beñat Egiarte, ya que su parte es breve y bastante “penosa”. Es la primera vez que he tenido ocasión de escuchar al tenor, y con esta función me quedo sin saber qué tal canta. Eso sí, los gallos a posta los borda (en su único monólogo tiene que gallear para ridiculizar aún más a los tenores… pobrecitos. Bueno, fama de “buenorro” por lo menos sí que se llevaba, siendo objeto de deseo constante de la soprano, aunque no le hiciera gracia). Algo apurado en los agudos de las variaciones (agudos breves y con saltos constantes, nada fáciles obviamente), destacó en su faceta actoral, sobre todo en ese cuarteto en el que él no canta y al final se suicida a lo Madama Butterfly. En fin, que espero poder escucharle de nuevo en algún papel con más enjundia para comprobar su talento canoro, porque el actoral/cómico está fuera de toda duda. 

Marifé Nogales cantaba de mezzo o por momentos de contralto, en una tesitura más grave de la que le había escuchado hasta la fecha, superándola con solvencia. Escénicamente era la locura personificada; no reírse con ella era absolutamente imposible. 

Miren Urbieta-Vega era la insoportable diva-soprano que hace lo que quiere y que sólo quiere lucirse. Quizá por ello tiene el aria de más lucimiento de la obra, que resolvió con la solvencia que esperábamos de ella, con buen registro agudo y picados. Y.como el resto, genial en la faceta escénica. 

Las risas de los pocos asistentes al ensayo se contagiaron a sus protagonistas.., y oye, encajaba muy bien. El público se divirtió, y los solistas parece que también, que tienen el mismo derecho que el resto a hacerlo. Desconozco el resultado de la función propiamente dicha, pero la falta de entradas demuestra que había interés por la propuesta.

Y, si había interés, sólo me queda volver a reclamar repetir la función de Lau noten opera, y, si fuera posible, hacer funciones escolares, ya que es una obra genial para que los alumnos sepan qué es una ópera de una forma diferente, divertida, con menos naftalina, más libre incluso en lo que a espacios se refiere. Y cuando el trabajo escénico y actoral es tan sumamente genial, es una pena que se pierda tan rápido, con todo el potencial que ofrece. 

Crédito fotográfico: Quincena Musical.

Madama Butterfly en Quincena Musical (13-08-2019)

Este año la Quincena Musical donostiarra nos ofrecía como ópera escenificada una de las obras más representadas del repertorio operístico de todos los teatros del mundo, “Madama Butterfly” de Giacomo Puccini, ópera que ya tuve ocasión de ver unos cuantos años atrás en la propia Quincena. El atractivo de esta función (de las dos funciones que se ofrecen en esta edición de la quincena habría que decir, aunque aquí comentemos la del estreno) era el protagonismo de nuestra paisana Ainhoa Arteta. 

Como viene siendo habitual, la representación operística se ofreció en plena Semana Grande donostiarra, con lo bueno y lo malo que ello supone. Al menos queda agradecer que en esta ocasión la función del estreno no haya sido en sábado, coincidiendo a la misma hora que el chupinazo de las fiestas. Así al menos tenemos oportunidad de disfrutar de ambas cosas, y sería de desear que esta situación se repita en futuras ediciones. 

Vamos ya a pasar a comentar la función de ayer, no sin antes dejar, como siempre, un enlace a la ficha de la producción. 

La dirección escénica de Emilio López y la escenografía de Manuel Zuriaga resultaban efectivas en un primer acto que podríamos definir como “conservador”, visualmente hermoso y muy japonés. Por el contrario, en el segundo y tercer acto pasábamos a ver una casa destruida por la bomba atómica de Nagasaki, lo que ya nos provoca una notable incongruencia histórica: tres años antes de la bomba no podía haber en Nagasaki un barco de la marina americana, ni un cónsul en la ciudad. Pudiera haber tenido sentido si ya el primer acto se hubiera situado en la miseria de la posguerra, pero así resulta imposible. Por otro lado, al margen de resultar el segundo acto excesivamente oscuro, se hacía poco creíble que Butterfly y Suzuki recojan todas las flores de un jardín que, de estar como el resto de la casa, debería estar calcinado. Como aciertos, señalar el uso de una bailarina (Fátima Sanlés) durante el bellísimo coro a bocca chiusa, emulando a un ave (o a una mariposa tal vez) con esos largos velos, asesinada justo al finalizar el coro, así como el suicidio de Butterfly, a posta directamente ante la mirada de un impotente Pinkerton, como diciéndole “Desgraciado cobarde (vamos a usar palabras más suaves de las que le corresponderían al personaje), mi venganza será que no puedas borrar de tu mente la imagen de verme abrirme en canal ante ti”. 

La Orquesta Sinfónica de Euskadi respondió con corrección a la dirección de Giuseppe Finzi, con una notable tendencia al exceso de volumen. La dirección de Finzi fue en general bastante pesante, falta de dramatismo, lo que hacía que la obra quedara en demasiados momentos fría en exceso. Correcta también la participación del coro Easo en los papeles de los familiares de Cio-Cio San (en este sentido “Madama Butterfly” requiere un amplio plantel de comprimarios que apenas cantan a solo), pero poco audible en el citado coro a bocca chiusa, uno de los momentos más bellos de la ópera. 

Ana Cristina Marco supo sacar partido al brevísimo papel de Kate, haciéndose oír en todas sus intervenciones. Bien Isaac Galán en su doble papel como Comisario Imperial y Príncipe Yamadori, mejor en todo caso en el segundo, que le ofrece más posibilidades expresivas. Suficientemente autoritario fue el Bonzo de Fernando Latorre, si bien desde arriba del auditorio un poquito más de potencia habría redondeado la actuación (quizá desde la arte inferior del auditorio no habría que decir lo mismo). 

Francisco Vas fue un Goro quizá en exceso histriónico (no sé si por culpa suya o de la dirección escénica) y más tendente a lo grotesco que lo malvado que demuestra ser el personaje al final del segundo acto, pero supo sacar partido a su personaje tanto a nivel vocal como escénico, siendo en este sentido quizá el que realizó la labor más meritoria. 

Grata sorpresa la Suzuki de Cristina Faus, de voz hermosa, potente, bien proyectada y más que solvente a nivel expresivo. Los fuertes aplausos del público compensaron una actuación magnífica, que destacó en especial en sus escenas con Butterfly, como los finales de los actos II y III, que se encontraron entre los mejores momentos de la función. 

Insuficiente el Sharpless de Gabriel Bermúdez, con una voz afóna, sin cuerpo, de timbre poco atractivo. No es Sharpless un papel que permita un gran lucimiento vocal, pero sí interpretativo, necesitando una voz redonda, gruesa, cálida, que se echó en falta en el joven barítono. En el segundo y el tercer acto consiguió por momentos alguna frase bien lograda, pero en general pasó muy desapercibido en un papel realmente hermoso. 

Irregular el Pinkerton de Marcelo Puente. El tenor frasea con gusto, la voz es potente, pero quizá demasiado oscura, y el registro agudo aparece mal emitido (¿por oscurecer la voz tal vez?). Tuvo sus mejores momentos en el primer acto, donde en general no tiene tantas ascensiones al agudo, logrando bellos momentos en el largo dúo de amor, pero en el tercer acto pasó más desapercibido. 

Ainhoa Arteta regresaba a la quincena tras su última participación en 2015, también con un rol pucciniano, en este caso Tosca. Lo hacía en este caso con un papel que debutaba recientemente, esta Madama Butterfly que le lleva a sus límites vocales e interpretativos. La voz ya muestra claramente el paso de los años, con un agudo a veces difícil y muy vibrado, y como resultado acortó las frases en agudo (el do final del dúo del primer acto o el Sib del final del “Un bel dì vedremo”, al margen de evitar el Reb optativo del final del “Ancora un paso or via”). Pero su talento vocal en interpretativo quedó a la vista en sus magníficas frases en piano (como ese comienzo del “Un bel dì”). En todo caso, Arteta recuerda por momentos a Tebaldi: es en determinadas frases donde consigue sacar lo máximo de sí, más que en arias o grandes momentos. Así, por ejemplo, su “quando fa la nidiatail petirosso”, con un pianísimo casi mágico, fue mejor que todo el “Un bel dì” posterior, sin que esto signifique que no estuviera a la altura en el aria. Fue en todo caso en el tercer acto donde dio lo mejor de sí, con un “Piccolo Iddio” desgarrador, con momentos en los que se notaba que su implicación dramática ponía incluso en peligro su canto; conseguía con ello emocionarnos más si cabe con esa derrumbada Madama Butterfly que nos estaba haciendo sufrir. Arteta volvió así a demostrar que ahora es en el verismo donde nos da sus mejores momentos, y sólo cabe esperar poder seguir disfrutando de su arte el mayor tiempo posible. 

Antes de concluir habría que destacar lo avanzado de Puccini en su concepción dramática, y en concreto en esta “Madama Butterfly” en la que la heroina es la mujer y el hombre es el anti-héroe, pintado como un despreocupado egoísta, mientras a ella la adornan todas las virtudes imaginables, salvo por el hecho de que, a sus 15 años (La edad de los juegos y las golosinas, como se menciona en el libreto) resulta demasiado ingenua. El papel del hombre y la mujer cambia tanto desde Verdi (o Wagner) hasta Puccini que es lo que hace que las obras del de Lucca puedan resultar tan actuales. 

El público donostiarra tenía ganas de “Madama Butterfly” y así lo demostró llenando el Kursaal. Pese a la actitud poco aconsejable de cierto sector del público (cotorreos a lo largo de la función, algún tarareo y, como no, un móvil sonando de forma más que audible en el momento “preciso”), los aplausos fueron contundentes. En mi caso queda decir que ellas les ganaron por goleada a ellos. Puccini lleva a las mujeres al poder, y ellas aprovecharon la oportunidad. 

Crédito fotográfico: Quincena Musical. 

Crónica: La Boheme en ABAO-OLBE (23-10-2018)


Permitidme que os cuente una historia; que os cuente Mi historia. tenía yo 14 años cuando mi profesora de música en el instituto (la misma que me convenció de estudiar musicología para ser profesor de música) nos pidió que representáramos un fragmento de ópera en playback. Yo llevaba unos 3 años y medio empezando a escuchar eso que llaman “música clásica” y era el único de clase que tenía unas mínimas nociones de qué era eso de la ópera, aunque era un campo que todavía tenía que descubrir. Algún tiempo antes, por casualidad, había visto por televisión un cuarto acto de “La Boheme” de Puccini, en aquella época en la que la televisión pública emitía ópera a horarios razonables (tiempo después supe que el reparto lo formaban Aquiles Machado y Leontina Vaduva, si la memoria no me falla), y me encantó, así que quise que la escena que representáramos para la actividad de clase fuera esa escena final de “La Boheme”.




En aquella época en la que Spotify y Youtube nos sonarían a chiste, la profesora me prestó una grabación de “La Boheme”, con unos nombres para mí desconocidos por aquella época: Tullio Serafin, Renata Tebaldi, Carlo Bergonzi… el resto es historia: Tebaldi es mi soprano favorita, Bergonzi mi tenor favorito y “La Boheme” (cuya historia y argumento comentamos en este post) mi ópera favorita. Entonces era jovencito, inocente, y tenía mucho, mucho que aprender, pero por encima de todo era apasionado. Ahora soy menos joven, la inocencia ha dejado paso a una sinceridad a veces incómoda y he aprendido mucho, aunque me quede todavía mucho más por seguir aprendiendo, pero algo no ha cambiado: la pasión con la que vivo la ópera.  Llevo nada menos que 19 años escuchando “La Boheme” y la sigo amando como el primer día… o más incluso, si cabe. Y, casualidades de la vida, de los más o menos 75 títulos de ópera diferentes que he tenido ocasión de escuchar en vivo, “La Boheme” es la que he visto en más ocasiones: con esta suman 6. Y sin viajar, todas ellas en Euskadi: 3 en Donostia, 1 en Irun y 2 en Bilbo. Y, en la mayoría, el resultado ha sido siempre el mismo: frialdad.

Y es que representar “La Boheme” es mucho más arriesgado de lo que a priori pudiera parecer en una ópera tan popular, tan del gusto del público. Y más en un lugar como la ABAO, en el que, en función de sus posibilidades técnicas y económicas, las exigencias van a ser siempre mayores que en asociaciones más modestas. La anterior representación bilbaina, en 2013, me dejó absolutamente frío, con el gran dolor que me supuso que Inva Mula, a quien tenía muchas ganas de ver en vivo, me decepcionara de esa forma (mucha mejor impresión me dejó poco después como la Nedda de Pagliacci, afortunadamente). En el tiempo en el que ha transcurrido desde esa primera representación de “La Boheme” que vi en ABAO, no hemos tenido ocasión de ver ninguna ópera de Wagner, sólo una de Strauss (Salomé), nada de ópera eslava y sólo un Mozart, “Don Giovanni”. Y, aún así, se opta por repetir el título de siempre, con el riesgo que esto supone para el verdadero aficionado a la ópera.

Y es ahora cuando me toca dejar libre esa sinceridad a veces incómoda: ABAO-OLBE, esta vez sí, lo ha conseguido. Nos ha regalado una magnífica y emocionante función de “La Boheme”.

Como ya me he enrollado demasiado, vamos ya a comentar la función, en lazando como siempre la página de la  producción.

La escenografía de Francesco Zito era razonablemente tradicional, siendo lo mejor el segundo acto. Quizá esas vigas metálicas en la buhardilla de los bohemios del primer y cuarto acto me trasladaran del barrio latino a una arquitectura más industrial, lo que en mi opinión le restaba romanticismo a la escena, pero es una apreciación meramente personal. Mario Pontiggia firma una correcta dirección artística, sacando partido a las escenas, casi de comedia, de los cuatro bohemios, o al enorme conjunto del Café Momus.

La Orquesta Sinfónica de Euskadi, en su regreso a la temporada de ABAO, sonó como nunca antes la había escuchado (ni en ópera ni en repertorio sinfónico). Cabría pensar que fue un milagro si no se conoce a Pedro Halffter, que llevaba la batuta. Experto pucciniano como ya hemos tenido ocasión de escuchar en su “Manon Lescaut” bilbaina (o allá por 2009 en la mágica “La fanciulla del West” que ofreció en Sevilla), no sólo escuchamos a un hábil concertador (pese a algún desajuste puntual en el dúo de Mimì y Marcello del tercer acto), sino que la orquesta, con esa rica y colorista orquestación tan innovadora en la época y que marcará el rumbo posterior de Puccini (que alcanzará sus cumbres en la citada Fanciulla y en la magistral “Turandot”) adquirió un protagonismo inusitado, con unos rubatos casi mágicos- Con unas cuerdas en estado de gracia, unos metales cálidos (y, por encima de todo, afinados), unas maderas atinadas y una percusión precisa, hubo momentos absolutamente mágicos, como ese preludio orquestal al “Sono andati”, que dejaba la carne de gallina. De hecho, me atrevería a decir que el público fue injusto con Halffter durante los saludos, ya que no se escuchó ni un solo Bravo, y fue quizá quien más se los merecía.

El Coro estuvo siempre acertado en sus participaciones, tanto en el tercer acto como, en especial, en el complicado segundo acto, en esa sucesión de escenas, casi de viñetas, que se suceden una tras otra con diferentes personajes en cada caso. Buena labor igualmente la del coro infantil de la Sociedad Coral de Bilbao.

Vamos ya con los solistas. Fernando Latorre asumía, sorprendentemente, los papeles cómicos de Alcindoro y Benoît. Y si bien en el caso de éste último recurrió a comicidades, gallos a posta incluidos, su Alcindoro fue mucho más serio, mucho más comedido de lo habitual. De hecho, apenas se movía de la silla en la que se pasó sentado casi todo el segundo acto. Quizá ello le restó posibilidades de lucimiento cómico, pero ofreció en todo caso una visión interesante del personaje, siempre cantado con corrección.

Correcto fue igualmente el Schaunard de David Menéndez, destacando como intérprete tanto el las partes más cómicas como en las más dramáticas, estando vocalmente siempre solvente, aunque quizá algo escaso de volumen en el primer acto.

Grata sorpresa el Colline del polaco Krzysztof Baczyk, nombre a recordar (si es que es posible, con esta grafía tan complicada), que cantó con gusto y una voz rotunda y redonda, sabiendo sacar partido de su breve aria “Vecchia zimarra”.

Jessica Nuccio fue una Musetta escénicamente irreprochable, si bien vocalmente destacó más en las partes más dramáticas del cuarto acto. Al resto de sus intervenciones les faltó más chispa (Su vals quedó un poco pobre), y en el cuarteto final del tecer acto, si visualmente la atención se iba a Marcello y ella frente a las dos estatuas de sal de Rodolfo y Mimì, Arteta e Ilincai se los comieron vocalmente.

Algo similar le ocurría al Marcello de Artur Rucinski. Irreprochable como actor, vocalmente se quedaba más justito, con una voz no especialmente bella, sin cuerpo, con volumen bastante reducido. Consiguió dar una buena réplica a Ilincai en esa maravilla que es el “O Mimì, tu più non torni”, pero en el dúo con Mimì del tercer acto desapareció ante el torrente vocal de Arteta.Y en el segundo acto, frases como ese “Gioventù mia” pasaron casi completamente desapercibidas por la falta de cuerpo de su voz

Era a priori una buena noticia contar con el Rodolfo del tenor rumano Teodor Ilincai, a quien hace unos años tuvimos ocasión de escuchar en Donostia una “Tosca” de nuevo junto a Arteta. La voz tiene un timbre bello, un agudo fácil y un buen volumen. Pero su Rodolfo fue algo irregular: en los dos primeros actos, la zona central y de paso no estaba bien resuelta, el sonido no salía liberado y a menudo oscurecía el timbre, frente a un agudo mucho mejor resuelto, aunque el Do de “la speranza” fuera demasiado breve. Se esforzó por matizar, lo que es siempre de agradecer. En el tercer y el cuarto acto, su rendimiento fue mucho mejor, en todo caso, siendo un digno partenaire de Arteta. Por destacar algo, el dúo-terzetto del tercer acto y el ya citado “Oh MImì, tu più non torni”, podrían encontrarse entre los mejores momentos de una interpretación de muy buen nivel.

Ainhoa Arteta se hacía cargo de la protagonista Mimì. Y quizá sufre el mismo problema que tenía la Tebaldi en su grabación del 58 que mencionaba al comienzo: la voz en este momento de su carrera es demasiado grande, demasiado spinto, para los primeros actos de la ópera. Y eso se notaba en sus constantes esfuerzos por adelgazar la voz, en los recursos constantes a un piano que le obligaba a abusar del vibrato. Lo que no quita que en ese climax del “Si, mi chiamano Mimì” alcanzara la extraordinarias cotas de calidad a las que nos tiene acostumbrada. la gran actriz seguía siempre ahí, con esa inteligencia que tiene a la hora de “decir” tantas y tantas frases. Pero su Mimì se destapó del todo en el tercer acto: brutal, desgarrador su dúo con Marcello, al igual que sus intervenciones en el trío posterior. Al concluir un “D’onde lieta uscì” que fue pura magia, no pude evitar que un lagrimón me cayera del ojo. Con ella es imposible no empatizar con su Mimì. Llegada al cuarto acto, su voz iba muriendo con el personaje de forma absolutamente magistral. Su “Sono andati” fue igualmente magnífico, y si bien el vibrato en el registro agudo resulta preocupante, en ese momento poco importaba, su interpretación te hacía ignorar cualquier objeción vocal que se le pudiera poner. Llegó incluso a contagiar su tuberculosis a un público que empezó a toser a lo loco en dicho dúo…

Éxito de público, como demostraron los aplausos y braveos. Esa era la parte fácil. ¿Éxito a nivel musical? Esa es la parte complicada, pero la que importa a quien escribe estas líneas. Con el presupuesto que maneja ABAO-OLBE, se puede correr el riesgo de buscar a figuras mediáticas, a “divas”, para encargar a Mimì. Pero probablemente ninguna de ellas estaría al nivel de Arteta. El acierto, en esta ocasión, de ABAO, ha sido saber buscar a una pareja protagonista de gran nivel, y de acompañarlos por una batuta que más que batuta parecería la varita mágica de Harry Potter. Arteta, Halffter e incluso Ilincai fueron los que consiguieron regalarnos una noche mágica, con una ópera tan manida que ya se corre el riesgo de aburrir con ella. No fue el caso, ayer escuchamos una Boheme nueva, una Boheme real, una Boheme con la que meternos en la piel de Rodolfo y de Mimì, una Boheme con la que volver a sentir la pasión que sentimos cuando descubrimos la ópera, con la que volver a enamorarnos. No creo que el camino que deba seguir ABAO sea el de arriesgar lo menos posible en repertorio y repetir cada pocos años los mismos títulos de siempre, porque el milagro no se produce demasiadas veces. Pero, por suerte para todos, ayer sí se produjo el milagro. Seguro que, si Puccini hubiera tenido ocasión de escuchar estas funciones, se sentiría orgulloso.



Crónica: Manon de Massenet en ABAO-OLBE (23-01-2018)


No sé exactamente cuál es mi problema con la historia de Manon Lescaut que escribe el abate Prévost, pero ni la “Manon” de Massenet ni la “Manon Lescaut” de Puccini son óperas que me gusten mucho; de hecho, más bien me aburren, lo que no deja de ser sorprendente tratándose de dos de mis compositores de ópera favoritos. En el caso de Massenet, por ejemplo, pondría muy por delante no sólo la obvia “Werther”, sino otros títulos menos conocidos como “Thais” o “Esclarmonde” (de cuyo dúo final ya intuimos algunas melodías en el dúo de Saint-Sulpice de Manon). En todo caso, hablando de la ópera de Massenet, se trata de una obra muy famosa que todavía no había tenido ocasión de escuchar en vivo, así que iba con bastantes ganas a la función de ABAO.




Antes de comentar la función dejo como siempre un enlace de la producción.

La dirección de escena situó la acción en el Rococó francés, como corresponde. En ese sentido fue especialmente adecuado el vestuario. La escenografía fue efectiva: unos paneles iban tapando la escena, permitiendo un rápido cambio de mobiliario (bastante reducido, por otro lado), que permitió que apenas hubiera pausas técnicas por cambio de escenario, lo que es de agradecer en una ópera que dura dos horas y media. Quizá algo excesiva, en todo caso, la entrada de Manon en un globo en la escena de Cours-la-Reine. La dirección escénica fue en general acertada, aunque no entiendo esa costumbre de poner a los cantantes a actuar sobre el escenario durante los preludios; en mi opinión, despistan demasiado.

Quizá lo mejor de la noche fuera la soberbia dirección orquestal de Alain Guingal, conocedor de la obra a la perfección, que transmitió la ligereza de la música, con un preludio que sonaba más a a Rococó que a finales del siglo XIX. Acompañó perfectamente a los solistas, controlando el volumen para no taparlos, y su estilo fue impecable en todo momento. La Orquesta Sinfónica Verum respondió con absoluta corrección, sin ningún defecto a destacar.

Muy bien igualmente ese coro de la Ópera de Bilbao que tantos disgustos nos ha solido dar en otras ocasiones. Parece que tenemos motivos para ser optimistas, porque “Manon” tiene momentos corales bastante destacables, y fueron superados con solvencia.

Correctos los personajes menores. Insoportables, como deben ser, Ana Nebot, Itziar de Unda y María José Suárez como Poussette, Javotte y Rosette, personajes chirriantes como pocos.

No tengo ninguna predilección por Fernando Latorre, y de hecho se ha llevado alguna mala crítica por mi parte en otras ocasiones, pero las últimas veces que le he oído le he visto mejor a nivel canoro. Ayer fue sin duda un solvente Brétigny, que no es un papel muy complejo, pero su canto y su emisión no resultaron molestos.

Muy bien Francisco Vas como Guillot de Monfortaine, tanto a nivel actoral como vocal, en un  personaje más bien caricaturesco que se adapta muy bien a su estilo interpretativo. Supo sacarle mucho jugo a sus intervenciones, y fue merecidamente premiado por ello en los aplausos finales.

Grata sorpresa el bajo Roberto Tagliavini como Comte Des Grieux. Una buena voz, que no sonaba artificialmente oscurecida, y una correcta técnica le hicieron destacar notablemente en un papel que, por otra parte, tampoco tiene muchas posibilidades de lucimiento. Esperemos verle en papeles de más enjundia en el futuro.

Manel Esteve cantaba la parte de Lescaut. Sigue en mi memoria grabado a fuego aquel Silvio de “Pagliacci” de hace 3 años, en el que estuvo magistral. Aquí, como Lescaut, no tenía las mismas posibilidades de lucimiento, pero se desenvolvió bien en un papel que no estoy seguro que se adapte perfectamente a su vocalidad (Lescaut es un barítono más bien agudo), pero al que dio todas las notas, le dio gracia y buen estilo francés. Muy buena interpretación la suya.

Parece que la ABA tiene gafe con los repartos, ya que esta temporada hemos tenido bastantes cambios sobre los planteles previstos. En este caso, por indisposición de Celso Albelo, se buscó como sustituto a Michael Fabiano, prestigioso tenor que cantó años atrás el Edgardo de “Lucia di Lammermoor” dejando muy buen recuerdo entre el público bilbaino. Sonaba a priori una buena sustitución, pero en la práctica fue una absoluta decepción. Como ya se notaba en aquella Lucia, su registro agudo no es muy amplio, y así, en el “Nous vivrons a Paris” tuvo ya un muy desagradable agudo (mal acompañado por la Lungu, con demasiado vibrato en ese momento). En el segundo acto tiró de falsete para poder cantar las frases en pianísimo, lo que le disimuló los agudos, pero en todo caso dejó a la vista sus carencias técnicas, ya que una cosa es cantar en mixto esos pianísimos, y otra hacerlo en falsete, y en ese “Il y faut encore” fue muy evidente el uso del falsete. U en la escena de Saint-Sulpice ya quedó abiertamente al desnudo: pésimo “Ah, fuyez, douce image”, aria complicada con esos Sib que hay que atacar directamente, tras un silencio, y que en su caso salían pálidos, opacos, sin gracia y forzadísimos. En el dúo que seguía volvió a destrozar los agudos de forma muy evidente, y su canto no fue un dechado de buen gusto y delicadeza, sino más bien rudo, alejado del estilo francés. Sus intervenciones en los dos últimos actos, mucho menos comprometidas, fueron mejor resueltas, pero no aliviaban la mala impresión que había dejado en su gran escena del 3º acto.

El papel protagonista de Manon fue interpretado por la soprano Irina Lungu. Tardó en calentar la voz, no se hizo oír del todo bien en “Je suis encore tout étourdie”, con unos agudos demasiado vibrados en el primer acto, y sacó adelante el segundo acto y la escena de Cours-la-Reine con absoluta solvencia vocal, tanto en coloraturas como en tesitura, lanzándose con valor a los sobreagudos, pero le faltó emoción. Se le notaba interpretativamente fría en ese “Profitons bien de la jeunesse” que algunos tanto sentimos cuando vemos que se nos escapa de las manos. Pero de golpe, con el cambio de escena del tercer acto, al pasar de Cours-la-Reine a Saint-Sulpice, vimos a otra soprano: vocal y dramáticamente se comió a Fabiano, y estuvo absolutamente impecable en el resto de la ópera, incluyendo un dúo final en el que volvió a tener algún problema para hacerse oír al cantar en pianísimo, pero que resultó emotivo y vocalmente sobrada de medios. No deja de sorprender en una soprano de su estilo que estuviera mejor en los pasajes más líricos que en los que requieren de más coloraturas y sobreagudos, teniendo ella ambos de sobra. Confieso que, de una frialdad inicial, terminó conquistándome, tarea nada fácil para una Manon.

En fin, una Manon un tanto agridulce, en especial por la decepción de Fabiano, de quien esperaba mucho más. De no haber sido por él (y es difícil imaginar lo que habría podido el inicialmente previsto Albelo), probablemente las impresiones habrían resultado mucho más positivas, porque hubo muchos momentos que merecieron la pena.



Crónica: Le nozze di Figaro en Quincena Musical (13-08-2017)


Volvía la ópera escenificada a la Quincena (que no a Donostia) después de que el año pasado nos hubiéramos quedado sin ella. Poca originalidad en la elección: si el año paso de ofreció el “Don Giovanni” de Mozart”, este se representaba otra ópera del salzburgués, “Le nozze di Figaro” (ópera mucho más interesante en mi opinión). En los años que llevo como abonado de la Quincena Musical Donostiarra, creo que Mozart ha sido el compositor del que más óperas se han representado (he visto además Flauta y Rapto). No pensaba yo que el público donostiarra fuera tan adicto a Mozart, pero lo cierto es que el Kursaal se veía lleno a rebosar. De un público, eso sí, ruidoso hasta el horror: desde móviles sonando hasta objetos cayendo y los odiosos envoltorios de caramelos abriéndose lo más lentamente posible para que el ruido se prolongue eternamente, sin contar con la sección de pneumología del hospital, que se hizo notar ayer de una forma notablemente escandalosa.




Antes de nada un comentario: estamos en plena Semana Grande Donostiarra, y ya sabemos que la tradición manda que a las 10:45 hay que estar en algún buen lugar para poder ver el concurso internacional de fuegos artificiales; como mínimo, en la zona del Hotel Londres o en el puerto, y mejor aún en la playa de la Concha. Se anunció que la ópera acababa a las 10:30, aunque según la duración que especificaba en el programa de mano debería haber acabado a las 10:15. Con media hora todavía da tiempo a llegar a un buen sitio; con 15 minutos, como no corras, imposible. Pues bien, ayer salimos a las 10:45. Imposible moverse. Tocaba ver los fuegos desde el mismo Kursaal. No entiendo la obsesión de la Quincena por programar la ópera siempre durante la semana grande y luego andar tan apurados (el público empezaba a levantarse y salir corriendo en cuanto terminaron los últimos acordes).

Vamos ya con lo que importa, la función de ayer (la primera de las dos previstas). Y, antes de nada, dejamos un enlace con la producción.

La escenografía de Dante Ferretti y Francesca Lo Schiavo era sencilla pero efectiva para la poca capacidad que tiene el escenario del Kursaal. El vestuario de Mauricio Galante era adecuado en formas pero no en color, con ese abuso de rosas y rojos que se contagiaba incluso a las pelucas, que deberían ser invariablemente blancas. La dirección escénica de Giorgio Ferrara brilló por su ausencia: ignorancia absoluta de las indicaciones del libreto, sosez, todo parecía funcionar gracias a las dotes artísticas del reparto más que a la dirección, salvo algún momento más afortunadamente resuelto, como la huida de Cherubino saltando del balcón, saltando en este caso del escenario al patio de butacas.

La Orquesta Sinfónica de Euskadi sonó bien, aunque con algún desajuste en la obertura, donde maderas y metales se hicieron oír demasiado por encima de los chelos. La dirección orquestal de la taiwanesa Yi-Chen Lin pecó de irregular: tras un inicio de obertura brillante, la segunda parte se hizo tan pesada como una marcha de elefantes. Y algo similar ocurrió en el resto de la ópera: momentos afortunados y otros (demasiados) en los que faltaba esa chispa inherente a la genial partitura de Mozart.

La participación del coro Easo fue anecdótica, y eché de menos una mayor cantidad de coristas, ya que el “Amanti costanti” se me quedó bastante pobre. La inclusión de 4 bailarines me pareció un sinsentido que no aportaba nada.

Vamos ya con el reparto.

Correcto el Don Curzio de Gerardo López, recurriendo a tartamudeos y tics cómicos tan frecuentemente asociados al personaje. Rudo vocalmente el Antonio de Fernando Latorre, ajeno al canto mozartino incluso en un papel ya de por sí rudo como este.

Al Don Basilio de Juan Antonio Sanabria le cortaron el aria del 4º acto (algo siempre imperdonable), por lo que es difícil calificarlo. Lo encontré solvente en el trío-cuarteto del primer acto. Muy justita la pareja formada por el Don Bartolo de Valeriano Lanchas y la Marzellina de Marina Rodríguez-Cusí. Él demostró nula capacidad de sillabatto en su aria del primer acto, a parte de tener una dicción italiana bastante incomprensible, y vocalmente no dijo nada. La voz de ella sonaba completamente agotada, y quizá agradeció no cantar su aria del cuarto acto.

Grata sorpresa la Barbarina de Belén Roig: con una presencia fresca y joven, su voz era perfecta para el personaje y cantó con solvencia y gusto sí pequeña aria del cuarto acto, que en este caso afortunadamente no fue cortada.

Desigual el Cherubino de Clara Mouriz: escénicamente era perfecto, dando vida al adolescente hormonado y casi hiperactivo con absoluta credibilidad. Vocalmente la cosa no fue tan bien: el timbre es perfecto para el papel, pero sus dos maravillosas arias no fueron satisfactorias: en el “Non so piú” se le vio incómoda en los agudos, mientras en el “Voi che sapete” un exceso de vibrato perjudicó la línea de canto. Mejor en el resto de sus intervenciones, que son pocas y mucho menos comprometidas, además de lucir sus dotes como actriz en los recitativos.

El papel de Susanna corría a cargo de Katerina Tretyakova. Tardó en calentar la voz, pero una vez lo consiguió demostró su capacidad canora y un timbre bello y fresco. En el aria “Deh vieni, non tardar” abusó de portamentos, pero en general su participación fue notable, en especial en los dos últimos actos.

El Conde de Lucas Meachem no apuntaba maneras al principio, ya que la voz, grande y de bello timbre, no sonaba flexible, pero de nuevo, tras calentar la voz, la cosa mejoró, logrando superar con nota esa prueba de fuego que es el aria “Vedró mentr’io suspiro”, justamente recompensada por los aplausos del público.

Carmela Remigio, que cantaba la parte de la Condesa, comenzó también más bien floja en un “Porgi amor” demasiado vibrado y sin gracia, mejorando a medida que avanzaba la ópera hasta cantar un solvente “Dove sono” y destacar en los números de conjunto.

El mejor de la noche fue sin duda el Figaro de Simón Orfila, mucho mejor que en su reciente Leporello en Bilbao. En la línea de los Figaros con voz de bajo como Siepi o Ramey, fue quien mejor comenzó la función, sin necesidad de calentar la voz. Divertido como actor, abusó un tanto del canto en forte, pero supo matizar en una magnífica “Aprite un po’ quegl’occhi”, de lo mejor de la noche.

En resumen, si la primera mitad de este “Le nozze di Figaro” sobrevivió gracias a la música de Mozart, la segunda remontó el vuelo, con buenos momentos musicales. Prueba superada un poco por los pelos. Mejor que muchas de las últimas óperas que non han ofrecido en la Quincena (salvo la espectacular “Tosca” de hace dos años), pero todavía esperamos más, tanto en nivel como en “riesgo” en el repertorio.



Crónica: Andrea Chenier en ABAO-OLBE (23-05-2017)


Tendría yo 17 años, 18 como mucho, cuando vi la película “Philadelphia” (que no había vuelto a ver hasta hace unos dos meses, por cierto), y fue gracias a esa película que descubrí la existencia de una ópera titulada “Andrea Chenier”. En aquella época en la que no existía Spotify ni Youtube (o al menos yo no lo conocía), la única opción de poder escuchar una ópera nueva era cogerla prestada en la biblioteca, y poco tardaría en coger la versión que tenían de esta ópera, que no tardó en convertirse en una de mis favoritas. Por eso, como ya dije en este post dedicado al 120º aniversario del estreno de la ópera, era la que más ganas tenía de ver en vivo. 65 óperas y distintas, y todavía me faltaba Andrea Chenier. Ya son 66, por fin incluyendo la lista la ópera de Giordano.




Andrea Chenier se estrenó en 1896, el mismo año que La Boheme de Puccini. Y es difícil imaginarse dos óperas tan distantes que persigan el mismo objetivo: emocionar al público. La Boheme, y Puccini en general, lo hace a través de su bellísimo melodismo; Giordano a través del impacto vocal y dramático. Probablemente si esta ópera la hubiera compuesto Puccini, habría sido un desastre; no pega con su estilo. Pero Giordano eleva un libreto un tanto discutible a niveles mágicos aprovechando al máximo las frases más grandilocuentes y llevando a los cantantes al límite de su resistencia vocal, con agudos que suenan como cañonazos, y que estremecen el cuerpo del oyente como si de verdad recibiera un disparo de cañón. Es indispensable por tanto contar con interpretes a la altura vocal e interpretativa para que el resultado sea satisfactorio.

Este Andrea Chenier es el cierre de la temporada 65 de ABAO-OLBE. No creo ser sospechoso de parcialidad con la institución bilbaina: en mis crónicas cuento sin reparos lo que me gusta, pero también lo que no, y no he tenido reparos en decir que ciertas funciones han sido verdaderos fracasos. Pues bien, en mi opinión, en este caso la ABAO se ha asegurado un triunfo absoluto, y con ello un cierre más que digno a una temporada llena de altibajos.

Antes de comentar la función dejo un enlace de la ficha artística y técnica.

La escenografía de Ricardo Gómez Cuerda presentaba un salón de un palacio nobiliar en el primer acto, con un plano inclinado al que no consigo encontrar el sentido. En los siguientes actos, este escenario se iba adaptando a las nuevas localizaciones (una calle de París, el tribunal popular, la cárcel) en un estado de cada vez mayor decadencia. Como si quisiera describir una decadencia cronológica que tampoco entiendo, porque eran tan decadentes los últimos días del terror de Robespierre (al que le quedaban, literalmente, 3 días) como los últimos días de la nobleza pre-revolucionaria. En todo caso, hay que reconocer el respeto por las indicaciones del libreto (el sofá del principio es azul), al igual que hacía la dirección de escena de Alfonso Romero Mora, eficaz y creíble, en parte gracias al talento de los intérpretes. Quizá lo más chocante es el asesinato de Bersi por parte del Incredibile, que no recuerdo que se mencione en el libreto.

La Orquesta Sinfónica de Bilbao, dirigida por Stefano Ranzani, respondió adecuadamente a la difícil partitura de Giordano, aunque algo falta de brillo en ciertos momentos y en exceso ruidosa en otros, aunque hay que reconocer que consiguieron no tapar a los cantantes en casi ningún momento. Buen trabajo en especial de los vientos.

El Coro de Ópera de Bilbao se vio en problemas en la pastoral del primer acto (perjudicados por el ritmo excesivamente rápido elegido por Ranzani), peligrando el pianísimo final que se rompió en muchas voces. Mucho mejor su rendimiento en el juicio del tercer acto y, en especial, en el desfile del segundo, cuando pudimos escuchar al coro con una calidad pocas veces vista.

Vamos con el extenso elenco de solistas. Gexan Etxabe se hacía cardo de tres breves papeles, siendo el más destacado el de Schmidt, el carcelero del 4º acto. Solvente, pero abusando del parlato. Errónea, en mi opinión la elección usar al mismo solista, José Manuel Díaz, para dos papeles tan distintos como Fléville y Fouquier-Tinville: uno requiere un canto muy delicado, mientras el otro es pura violencia en la voz. En el Fléville se le notó incómodo, le faltaba poesía, lirismo, delicadeza (yo habrá probado a darle el papel a Manel Esteve), mientras que como Fouquier-Tinville,sin ser su canto del todo ortodoxo, transmitió la autoridad y la maldad del personaje.

Correcto Fernando Latorre como el grotesco Mathieu. Manel Esteve supo a poco como Roucher, un papel que no permite juego vocal ni interpretativo. Con el buen sabor de boca queme dejó con su Silvio de Pagliacci, sólo queda esperar a la temporada que viene para verle en papeles de mayor enjundia.

Mireia Pinto fue una Bersi correcta, pero apenas audible en su breve monólogo del segundo acto. Mejor en el resto de sus intervenciones.

Francisco Vas es, ya sabemos, un lujo en esos papeles de tenor secundario a los que saca todo el partido vocal y escénico. Aquí, como Abate e Incredibile, abusó de caricaturizar en exceso a ambos personajes, pero vocalmente resultó impecable.

La veterana Elena Zilio ejercía de Condesa y de Madelon, dos papeles opuestos. Su voz se notaba gastada, con dificultades para el canto legato. Su Condesa fue casi esperpéntica, de nuevo en exceso caricaturizada, mientras que su Madelon, pese a notarse problemas vocales, consiguió ser todo lo emotiva que exige el personaje.

Vamos ya con el trío protagonista. Y comenzamos con Ambrogio Maestri, que debutaba un papel bombón como es el Carlo Gerard. La voz y la técnica de Maestri son muy a tener en cuenta en un panorama baritonal más bien gris. Se lució ya vocal e interpretativamente en el monólogo inicial, aunque se le veía incómodo en el registro agudo, atacado siempre con la ayuda de apoyaturas. Su “Nemico della patria” le dio problemas en los agudos finales, pero por lo demás estuvo perfectamente cantado e interpretado. Como actor falló más en el dúo con Maddalena inmediatamente posterior, donde se notaba que todavía no tenía del todo asimilado el papel, que necesitará trabajarlo en más ocasiones para sacar todo el partido a las magníficas frases que tiene. Pero en general dejó muy buen sabor de boca.

Anna Pirozzi es una soprano italiana de las de antes: voz grande, técnica impecable, legato, buen gusto cantando, capacidad de apianar hasta los límites de lo audible, proyección impecable… supo sacarle partido incluso a las frases más olvidables del primer acto, regalándonos en su momento culminante, “La Mamma morta”, una versión vocalmente irreprochable, quizá algo falta de más emoción, pero magnífica, al igual que el anterior dúo con Gerard.

Gregory Kunde es un fenómeno de la naturaleza. Con un agudo potente, pero un centro-grave más pobre sonoramente, su capacidad para pasar de un repertorio lírico-ligero a uno spinto es simplemente fascinante. Además, sorprende, siendo americano, su excelente pronunciación italiana y un fraseo con gusto. En su primer monólogo, el terrible “Un dì all’azzurro spazio”, que pasa de golpe de frases casi recitadas a otras con tremendas ascensiones al agudo, me quedé un poco frío, dudando si nos iba a dar una gran noche o no; no sé si fue culpa suya o mía (confieso que es el aria que menos me emociona de las 4 que tiene Chenier). Todo cambió con un brillante “Credo ad una posanza arcana”, un vibrante “Sì, fu soldato” y un “Come un bel dì di maggio” espectacularmente cantado, uno de los mejores momentos de la noche. Kunde sigue más la estela de Gigli o de Bergonzi que la de Corelli o del Monaco: matiza, frasea, colorea las frases, sin recurrir a fortes continuos o esperar al agudo (su mejor baza, por otro lado) para lucirse.

¿Me falta algo? Sí, no he dicho nada de los dúos de Chenier y Maddalena, los momentos más logrados de la ópera. En el del segundo acto Kunde y Pirozzi lo dieron todo, con unas medias voces mágicas (el monólogo de Maddalena que hay en mitad del dúo fue otro regalo para los oídos que nos hizo la Pirozzi). Parecía que ambos compitieran por ver quién lo hacía mejor; ambos lo dieron todo y el resultado fue espectacular, emocionante, desde el pianisimo de ella en el “spero in te” hasta el crescendo de él en el “Ora soave”, rematado por un potente agudo al unísono en el “Fino a la morte insiem”. Y en ese espectáculo que es el dúo final ya el resultado fue apoteósico. Con unos agudos que llenaban el enorme Euskalduna (con esa pésima acústica que le afecta), empecé a temblar de la emoción. La orquesta respondió de la mejor manera en los acordes finales para rematar un final de esos que se qudan grabados en los tímpanos de la audiencia, pero que te dejan con ganas de más.

Difícil imaginarse una mejor forma de estrenarse en directo con Andrea Chenier, sin duda. Mi más sincero agradecimiento a la ABAO por este regalo. Y a ver si el año que viene el nivel se mantiene (en especial en esa Norma con idéntica pareja protagonista).



Crónica: Lucrecia Borgia en ABAO-OLBE (25-10-2016)


Comienza una nueva temporada de ABAO-OLBE. Y si en la temporada anterior flojearon la primera y la última delas óperas que se representaron, en esta a priori todas cuentan con por lo menos un cantante de gran atractivo. En el caso de la Lucrecia Borgia de Donizetti que abre la temporada, fueron dos los cantantes de renombre con los que contamos, Elena Mosuc y Celso Albelo. Para bien y para mal. Porque lo cierto es que, a causa de ellos, salí de la ópera bastante preocupado.




No vamos a entrar en el argumento de la ópera, poco menos que infumable por muy basado en una obra teatral de Victor Hugo que esté. Por esa visión probablemente equivocada de una pérfida y envenenadora Lucrecia Borgia, por lo poco probable que es que hubiera podido conocer a un hijo dela edad del Gennaro que aquí se nos presenta (la hija del papa Alejandro VI murió con 39 años), o por ese monumental gazapo que encontramos en el dúo de Lucrecia con su marido Alfonso d’Este, en el que ella le menciona como su “cuarto marido”, cuando fue el 3º  último (siendo el primero Giovanni Sforza, del que se divorció, y el segundo el pobre Alfonso de Aragón, asesinado por Cesar Borgia pese a los esfuerzos de Lucrecia por evitarlo (por lo visto era muy guapete el chaval y a Lucrecia le gustaba de verdad…). En esta ópera la historia vale poco, hay que dejarse llevar por la magia del belcanto, por las bellas melodías escritas por un gaetano Donizetti en buen momento de inspiración, que crea aquí una de sus grandes óperas dramáticas.

Antes de comenzar con la crónica dejo aquí el enlace de la producción.

La escenografía de Angelo Sala era más bien fea, y excesivamente oscura la iluminación de Fabio Rossi. Quizá el momento más bello fue la fiesta de la Negroni al final de la ópera. Eficaz el vestuario y buen trabajo la dirección escénica de Francesco Bellotto, siguiendo las indicaciones de la ópera. Y por si al alguien le mosquea la “insinuación” (con morreo incluido) de que Gennaro y Orsini son algo más que “amigos”, sólo decir que, aunque no esté escrito con esa intención, no hay que tener la mente muy sucia para poder ver algo así en el libretto, y recordar que, por otra parte, en el momento en el que se sitúa la acción, en el renacimiento italiano, una relación así tampoco habría sido extraña, ni mucho menos. Buena idea, por otro lado, la incorporación de dos actores, una mujer y un niño, que deduzco representaban a la joven Lucrecia con el pequeño Gennaro, destacando en especial el trabajo del niño (ni idea del nombre).

José Miguel Pérez Sierra volvía a la ABAO tras los buenos resultados en sus trabajos belcantistas anteriores (de muy buen recuerdo desde luego el I Puritani de 2014 con la misma pareja protagonista). Dirigía en esta ocasión a la Orquesta Sinfónica de Euskadi, que en esta ópera tiene pocas oportunidades de lucimiento, al carecer incluso de obertura. Pérez Sierra se preocupa de acompañar a los cantantes, consiguió en general no taparlos y consiguió destacar especialmente en la introducción orquestal al aria final de Lucreca Borgia, “Era desso il figlio mio”, realmente bellísimo y con unas cuerdas desgarradoras. Poco más se puede decir sobre la orquesta en esta obra.

El coro de Ópera de Bilbao resolvió su parte con corrección, aunque con ciertos desajustes. Sin ser de las peores funciones que recordamos los aficionados más o menos recientes, no nos permite volver a ver esa mejoría que habíamos visto en títulos anteriores. Veremos si esa mejoría se plasma mejor en próximas óperas (cuidado con la escena final de Stiffelio…)

El plantel de comprimarios en esta ópera es muy extenso. Solvente el cuarteto de amigos de Gennaro y buena labor la de Fernando Latorre (un cantante al que confieso que no he tenido en alta estima hasta que las últimas veces que le he podido ver me ha sorprendido gratamente) como Gubetta. Lujazo el Rustighello de Mikeldi Atxalandabaso (como siempre), luciendo proyección de voz y canto perfecto en un papel que sabe a poco.

Del cuarteto protagonista, el más flojo fue el Alfonso d’Este del joven bajo-barítono croata Marko Mimica. En un papel tan difícilmente clasificable como este, no tuvo problemas de tesitura (si obviamos que no se lanzó al agudo al final de la caballetta, agudo que dudo que esté en la partitura aunque no creo ser el único que lo echara de menos), pero la emisión de la voz es forzada, con un timbre mate al que, sobre todo, le faltó la nobleza necesaria en su gran momento, “Vienni, la mia vendetta”.

La mezzo Teresa Iervolino interpretaba al personaje travestido de Maffio Orsini. Comenzó la función más bien flojita, con un volumen apenas audible, pero parece que sólo necesitaba calentar la voz. Correcta ya en el “Nella fatal di Rimini”, mejoró todavía más en el “Maffio orsini, signora, son io”. Magnífico dúo con Gennaro en el segundo acto y en el bellísimo brindis “Il segreto per esser felice”, luciendo habilidad para la coloratura y un timbre agradable que quedaba perfecto para el papel. Lució además buena desenvoltura escénica.

El papel de Lucrecia Borgia lo cantaba Elena Mosuc, de la que guardamos un muy buen recuerdo por su Rigoletto y, sobre todo, por su I Puritani, de nuevo junto a Albelo. ESta vez su estado vocal me resultó preocupante. Comenzó con un vibrato excesivo, aunque resolvió correctamente el “Com’è bello”. Mejoró sin duda en el trío del tercer acto y en el dúo con Gennaro del final del acto, y lució todas sus virtudes en esa gran escena final que es el “Era desso il figlio mio”, con filados y messa di voce a placer, además de una impecable coloratura, aunque desgraciadamente de poco volumen. Pero faltaban aquellos sobreagudos espectaculares que lució en I Puritani: aquí los sobreagudos, que los hubo, pasaban más sin pena ni gloria. Triunfó más por su implicación interpretativa que por la pura exhibición vocal,lo que no es un problema, pero me preocupa ver que su voz haya perdido tanto brillo y volumen en las coloraturas en tan poco tiempo.

Y dejo para el final el Gennaro de Celso Albelo, que fue lo mejor de la noche, pero también lo más preocupante. Domina el estilo belcantista como pocos, recordando en varios momentos al mismísimo Kraus. La voz, de timbre hermoso y juvenil, se hace oír sin problemas, por lo que sus constantes mezza voce eran un auténtico placer (aunque abusara un poquito de ellas… no entiendo el uso de una mezza voce en el primer “Sono un Borgia”, que en mi opinión requiere justo lo contrario). Su “Di pescator ignobile”, cantado completo en mezza voce fue simplemente delicioso. Perfecto en los momentos más intensos del primer acto, resolvió el “T’amo qual s’ama un angelo” a un nivel al que pocos (si acaso alguien a parte de Kraus) han llegado. Y el remate fue ese dúo final cantado tirado en el suelo, a media voz, entrecortada para interpretar la muerte de su personaje, en la que confieso que me emocioné (¿Emocionarme con Lucrecia Borgia? Parece casi imposible…). ¿Dónde está entonces el problema? Pues ya se vio perfectamente el el “Di pescator ignobile”: en medio de todas esas frases a media voz, al llegar al agudo, lo lanza en forte, mal atacado, que afeó bastante el resultado. Mejor fue el sobreagudo con el que cerró el primer acto junto con la Mosuc. Pero de nuevo en el “T’amo qual s’ama un angelo” volvieron a notarse los problemas con el agudo, emitido siempre en forte y que sonaba muy forzado. Y eso en alguien que ha tenido un sobreagudo casi milagroso es desde luego para preocuparse. Me temo que los papeles más lírico-ligeros ya no están a su alcance. Aunque, por suerte, en el repertorio de tenor lírico belcantista no tiene competencia, por voz, estilo y gusto interpretativo.

Sensación agridulce, por tanto, al terminar esta Lucrecia Borgia. Muy disfrutable, desde luego (salvo detalles ya mencionados), pero con ese miedo por Albelo y Mosuc, a los que seguramente todos queremos volver a escuchar de nuevo, siempre que su voz por lo menos mantenga la calidad actual. Esperemos que así sea y que volvamos a disfrutar de grandes noches belcantistas con estos dos magníficos cantantes.