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Crónica: Otello de Verdi en Baluarte (03-02-2019)

En medio de un temporal de frío, viento y nieve, arriesgarse a viajar en coche de San Sebastián a Pamplona se antoja casi un suicidio, y más si cabe ante el riesgo de heladas nocturnas. Y, aún así, el Otello de Verdi que se ofrecía en el Baluarte tenía demasiada buena pinta como para perdérselo. 

Nos es Otello una ópera fácil de montar, y menos aún conseguir un reparto que sepa hacerle justicia a la partitura; la orquesta y el coro tienen participaciones importantes y nada fáciles. Y sí Yago es un papel difícil, no hablemos ya del protagonista Otello, que a lo largo de la historia ha encontrado muy, pero muy, pocos tenores capaces de hacerle justicia (si ni Corelli ni Bergonzi se atrevieron a interpretarlo, al margen del tardío y fallido intento de Bergonzi a sus 76 años). Que una temporada modesta como la pamplonesa se arriesguen a programarla es un riesgo de gran magnitud; que, además, resulte una noche casi histórica, es un éxito de magnitudes épicas, que no hace sino confirmar la necesaria cooperación de las diferentes asociaciones musicales de la capital navarra (en este caso, la Fundación Baluarte y la AGAO) para poder sacar adelante producciones de gran interés y calidad. 

Ya comentamos en este blog la historia y el argumento del Otello verdiano en este post. Por ello pasamos directamente a comentar la función de ayer, no sin antes dejar un enlace de la ficha técnica del programa. 

La escenografía de Miguel Massip emplea la mitad del casco de un barco, idónea sin duda para el “Esultate” inicial, que va cambiando en función de las escenas que se desarrollan a lo largo de la acción, siendo en especial afortunado para la escena en la que Otello escucha a escondidas la conversación entre Yago y Cassio. No es una escenografía bonita, pero sí eficaz. Las proyecciones de la tormenta en los laterales del auditorio no resultaban muy realistas, se notaba demasiado que estaban realizadas con ordenador (bastaba con acercarse estos días a Donostia para conseguir unas buenas imágenes de un temporal marítimo). Especialmente acertada la iluminación, con esos destellos emulando los rayos de la tormenta. 

Destacable la dirección escénica de Alfonso Romero Mora, siguiendo en todo momento las indicaciones del libreto y beneficiada por el buen saber hacer de los solistas. 

Ramón Tebar dirigió con fuera a una Orquesta Sinfónica de Navarra que sonó potente, dramática, destacando la magnífica labor de las cuerdas graves tanto en el preludio del dúo del primer acto como en el intermedio orquestal del cuarto. Tebar lució talento concertador y, pese a algún momento de abuso de volumen que perjudicó a los solistas, su labor fue sobresaliente, destacando un cuarto acto particularmente lento pero no por ello menos tenso, y sí particularmente hermoso. 

El coro de la AGAo respondió a las dificultades de la partitura con solvencia. Quizá el coro femenino del segundo acto fue la peor intervención de la noche, pero destacaron en el primer acto y, en especial, en el concertante del tercer acto, llenando el auditorio con un volumen potente y bien engastado. Ese concertante fue sin duda uno de los mejores momentos de la noche. 

De entre los solistas, solventes los comprimarios. Correcto Gerard Farreras como Montano y la breve intervención del heraldo. Sonoro y con la necesaria autoridad el Ludovico de Jeroboám Tejera. Poco audible en el segundo acto, la Emilia de Mireia Pinto destacó más en el cuarto acto, resultando dramáticamente convincente. Manuel de Diego quedó algo falto de volumen como Roderigo, pero resolvió con corrección su participación, no muy extensa.

Francisco Corujo forzó la voz para conseguir hacerse oír como Cassio. Algo justito en el primer acto, mejoró notablemente en el tercero, destacando en su dúo con Yago. Corujo es un artista sutil que sabe frasear con gusto, y consiguió así darle a Cassio una entidad dramática considerable a un personaje generalmente bastante inerte. 

El de Yago es un papel sumamente complicado: los grandes actores suelen tener problemas vocales tanto por el volumen como por la amplia tesitura que requiere el papel, mientras las grandes voces a menudo resultan monocordes en un papel que exige un gran talento interpretativo. Las no muchas veces que había escuchado con anterioridad a Ángel Ódena cabría incluirlo en este segundo grupo: gran voz pero dramáticamente bastante ausente. Hasta la función de anoche. Porque a su enorme voz, tanto de volumen como de extensión, sumó un canto sutil, creando un Yago terroríficamente pérfico, sibilino, tétrico, siniestro. Correcto, pero sin destacar, en el brindis, nos regaló un Credo magistral y un “Era la notte” casi susurrado, absolutamente brillante. Un placer sin duda haber podido disfrutar de un Yago de altísimo nivel canoro e interpretativo. 

A Svetlana Aksenova se le notó la falta de italianidad en su voz eslava: al margen de algún portamento fuera de lugar, su timbre es un tanto desigual, con graves oscuros, casi de mezzo-soprano, mientras el registro agudo suena en ocasiones peligrosamente apurado, y a su voz le Falta esa redondez característica de las grandes sopranos italianas, ese terciopelo. Y, pese a todo, fue una Desdemona convincente. Correcta en el dúo de amor, consiguió hacerse oír en ese maravilloso concertante final del tercer acto y resultar emotiva en su gran escena del cuarto acto. Habría resultado mucho más convincente si no hubiera tenido a su lado a dos monstruos canoros como fue el caso. 

Y llegamos a ese fenómeno vocal llamado Gregory Kunde. Más de 17 años hace que lo descubrí gracias a su grabación de “Lakmé”, cuando cantaba roles de tenor lírico-ligero. Reconvertida su carrera en tenor spinto, nos ha regalado grandes noches, pero de todas las que he podido disfrutar, esta se encuentra sin duda entre las mejores. Se nota el paso de los años, la voz es por momentos tremolante, el registro grave no tiene la fuerza necesaria… pero el americano sabe disimular sus defectos y potenciar sus virtudes con suma inteligencia. Por no extendernos demasiado (porque su intervención da para párrafos y párrafos comentándola), su “Dio mi potevi scagliar” fue el de un tenor lírico, sutil, sensible, doliente, pero con la pegada necesaria en los agudos (ese “O gioia” final, potente, perfectamente atacado y colocado), mientras su “Niun mi tema” fue un recital interpretativo, demostrando cómo debe morir Otello. Si sus “Un bacio… un bacio ancora” del dúo del primer acto ya habían sido sobresalientes, aquí fueron mágicos, hasta el punto de que consiguieron emocionarme. 

Probablemente, la prueba de fuego de cualquier función de “Otello” es ese dúo final del segundo acto entre Otello y Yago que termina con el juramento “Si, pel ciel marmoreo giuro”. Por lo general, o falla en tenor, o falla el barítono. Ayer ambos estuvieron simplemente perfectos, y sólo queda decir que me quedé con ganas de pedir un bis. Así que podríamos decir que la función de ayer no fue de nota, no, fue de matrícula de honor. De matrícula no ya para Pamplona, sino para cualquier gran teatro de ópera del mundo. Mis más sinceras felicitaciones a quienes han estado detrás de estas funciones, porque han hecho un verdadero milagro. 

Creo que nunca había visto el Baluarte tan lleno, apenas había alguna localidad suelta libre. La media de edad también era considerablemente menor de la habitual. El público disfrutó, y se notó en los aplausos finales. La sobredosis de toses (algo más comprensibles de lo habitual por la situación climática) no consiguió eclipsar a la música. Fue, por tanto, un éxito en todos los sentidos, que sólo nos queda esperar que se repita en las próximas temporadas pamplonesas. 

Crónica: La Boheme de Opus Lirica en Donostia (02-03-2018)


Creo que ya había mencionado en alguna otra ocasión que “La Boheme” de Giacomo Puccini es mi ópera favorita. No es nada extraño, es la ópera favorita de muchísimos operófilos. Quizá por ello es también la ópera que más veces he tenido ocasión de ver en vivo (con la de ayer suman 5, superando a “La Traviata” con 4). Pero lo sorprendente es que nunca me he emocionado cuando la he visto en vivo (lo sorprendente es que la única vez que he llorado a lagrimones en la ópera fuera hace 9 años en Sevilla con “La fanciulla del West”, también de Puccini, una ópera en la que no muere nadie). Y ayer, por fin, me emocioné; no hasta el punto de llorar a lagrimones, pero sí que se me inundaron los ojos.




“La Boheme”, cuyo argumento comentamos ya en este post, era una apuesta segura para esta nuevo año de la incipiente temporada operística que intenta programar Opus Lirica en la capital donostiarra, en un esfuerzo casi titánico por la falta de ayudas institucionales y los considerables problemas económicos que ello supone. Y el resultado ha sido más que satisfactorio.

Antes de comentar la función dejamos como siempre un enlace del programa.

La producción es una colaboración con la Ópera de Cámara de Navarra, perteneciendo a esta agrupación el director de escena Pablo Ramos. Su labor fue impecable, destacando los momentos que más juego cómico dan: Mimì perdiendo la llave a posta o ese Alcindoro pagando la enorme cuenta que le han endosado los cuatro bohemios y compañía. La escenografía de Raúl Arraiza y Koldo Tainta fue eficaz para las casi nulas posibilidades que ofrece el Kursaal, con unos paneles móviles que simulaban distintos ambientes, beneficiándose de la proyección de David Bernués que conseguía que, en el tercer acto, por ejemplo, uno de esos paneles, con unas escaleras, pareciera adoquinado. No es una producción bonita, pero al menos sí efectiva.

La Orquesta Opus Lirica rindió a buen nivel, sin desajustes ni desafines, pero la batuta de José Rafael Pascual Villaplana fue muy mejorable: tempos arbitrarios, a menudo lentos en exceso, frente a alguno otro demasiado rápido, y especialmente desajustado con los cantantes en el primer acto, en el que los solistas tenían que ir siguiéndole a causa de los desajustes obvios, aunque la cosa mejoró bastante a partir del “Si, mi chiamano Mimì”. Además, la orquesta sonó en demasiadas ocasiones a un volumen excesivo que llegaba a tapar a algunos solistas, aunque, por otro lado, eso permitió apreciar detalles de la orquestación pucciniana que suelen pasar desapercibidos (y que nos demuestran la genialidad de un Puccini muy anterior al de Turandot o incluso La fanciulla, pero igualmente innovador, ya que esa orquestación no suena a Verdi,pero tampoco a Wagner, ni a los franceses, ni a Mahler, y nos adelanta lo que desarrollará años después).

El Coro ADAO ha mejorado ostensiblemente desde sus primeras funciones, y ayer el segundo acto fue superado con solvencia. Especial atención, como era de esperar tras su trabajo en “Carmen”, la de la Escolanía Easo, impecables, y sonando con una naturalidad que no tienen los coros infantiles discográficos; visto su nivel, creo que hay que sacarles el mayor partido posible y poder disfrutarlos en la prueba de fuego de un coro infantil: el final del Mefistofele de Boito. Puestos a pedir…

Jagoba Fadrique, director del coro ADAO, encarnó el doble papel de Alcindoro y Benoit tirando de bis cómica, gallos tradicionales incluidos, y resultó solvente, aunque los papeles no le den juego para lucirse.

Interesante la voz de César San Martín como Schaunard, sonora y en manos de un intérprete sutil que supo sacarle partido a un personaje que me parece muy interesante. Menos brilló el Colline de Alessandro Tirotta, con una voz sin brillo, de timbre un tanto claro en exceso y con algún problema en el registro agudo. Cantó con mucho gusto su breve monólogo “Vecchia Zimarra”, en pianísimo, pero tuvo algún problema vocal. Aprobado.

Muy bien Helena Orcoyen como Musetta, pese a un vibrato algo excesivo en el agudo, que por otra parte no molesta en la parte más histérica del personaje, que por otra parte fue la más lograda, aunque supo resulta emotiva en el último acto.

Grata sorpresa la del barítono Andrei Bondarenko como Marcello: voz noble, lírica, de timbre bello y claro, que se hacía oír en el Kursaal sin problemas, pese a la problemática acústica, y sin forzar el instrumento. De hecho, fue en las pocas frases en las que forzó el instrumento, en el segundo acto, donde peor estuvo. Interpretativamente le faltó un poco más de ironía en el acto segundo y en el cuarteto final del tercero, estando más efectivo en las partes más dramáticas. Pero fue una voz muy disfrutable en todo caso.

El valor de Francisco Corujo no tiene nombre. Nunca le había escuchado previamente, pero ayer la sensación que me dio es que su voz es casi la de un tenore di grazia, muy alejada del tenor lírico con cuerpo vocal que exige Rodolfo. Atreverse a cantar un papel así en un lugar del tamaño del Kursaal ya es tener valor, pero hacerlo en su estado (megafonía avisó que se encontraba indispuesto a causa del brutal cambio de clima, y el catarro se hizo evidente en toda su intervención) son si cabe palabras mayores. No tiene demasiado sentido, por tanto, comentar una intervención realizada muy por debajo de sus posibilidades reales y destacar los aspectos negativos, que eran lógicos. Por comentar algo: en su aria “Che gelida manina”, tras un Sib muy justito en “Chi son”, me resultó sorprendente la aparente facilidad con la que atacó los nada fáciles La del “Talor dal mio forziere”, mientras el Do de pecho de “la speranza” aguantó pese a un breve instante en el que pareció que fuera a romperse. Intérprete de gran gusto, su mejor momento, siempre con las limitaciones propias de su situación, fue el “Oh Mimì, tu più non torni”, luciendo medias voces en mixto de gran belleza, muy bien acompañado por Bondarenko, todo sea dicho.

Tras su Micaela en la pasada “Carmen” me quedé un tanto preocupado por el estado vocal de Ainhoa Garmendia, que está en ese difícil tránsito de soprano lírico-ligera a lírica pura, sin llegar a ser ninguna de las dos: los agudos ya no tienen el brillo de antaño, no siempre salen limpios, pero tampoco tiene los graves necesarios para un papel como Mimì y la voz tampoco va sobrada de peso. Y, pese a todo, su Mimì fue memorable, porque Garmendia es una artista que saca adelante el papel sacando el mayor partido a sus recursos vocales, en especial su capacidad para matizar. Correcta en el “Sì, mi chiamano Mimì” (confieso que por momentos llegó a ponerme la carne de gallina), fue a más a partir del tercer acto. Magnífica en el dúo con Marcello, se salió en la bellísima “Donde lieta uscì”, rematada con un “Addio senza rancor” en un pianisimo interminable de esos que son pura magia, y consiguió emocionarme. En el cuarto acto, tras superar el “Sono andati” que pone a prueba su tesitura grave, se fue apagando ya desde las últimas frases del dúo, rematando así con suma credibilidad la escena de su muerte, con esas frases apenas susurradas (pero siempre audibles) que inundaron mis ojos (y no creo haber sido el único). Habrá que ver qué tal se desenvuelve en futuros compromisos, pero esta Mimì la ha superado con sobresaliente.

Tristemente, la respuesta del público no ha sido tan positiva como la de Carmen; no es que el Kursaal estuviera vacío (no vamos a rememorar los negros recuerdos de aquel primer “Elissir”), pero aún así había demasiadas localidades libres. Esperemos que sea algo puntual, pero, en todo caso, a los donostiarras (y de los alrededores) que no vayan por desidia, sólo se les puede decir “Vosotros os lo perdéis”.