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100 años sin Francisco José I de Austria (21-11-2016)


Un día como hoy de hace 100 años moría, a los 86 años, el hombre que había dirigido buena parte del destino de Europa en el siglo XIX y que seguiría haciéndolo durante parte del siglo XX (para mal en la mayoría de los casos): el Emperador Francisco José I de Austria.




Ya hablamos de sus orígenes, primeros años de reinado y situación familiar (como su matrimonio con Isabel de Baviera, la famosa Sissi) en este post, que conviene leer antes de seguir con este.

Francisco José I de Austria no era un personaje propio de su tiempo, era un ser anacrónico que buscaba recuperar la gloria del Imperio. Y es que desde el siglo XV los Habsburgo han controlado el área centroeuropea. Pero una serie de sucesos le llevarán a perder cada vez más control en la región.

En sus inicios, Francisco José se apoya fundamentalmente en el Vaticano (que es quien rige en la práctica las leyes civiles del país) y en Rusia, que le ayuda a derrotar a la desleal Hungría. Pero Francisco José comete el error de no apoyar a su aliada en la Guerra de Crimea, lo que provoca el aislamiento del Imperio, que además se encuentra en una situación de debilidad económica que obliga a subir los aranceles, lo que le genera oposición interna por parte de los liberales.

Francisco José I de Austria trata de mantener el equilibrio interno del Imperio, pero la política exterior no le es favorable. En 1848 gana la guerra que le declara Victor Manuel de Saboya (futuro Victor Manuel II de Italia) en un intento de arrebatarle el Milanesado. Pero la situación cambia cuando, en 1859, Napoleón III de Francia se alía con Victor Manuel y, el 24 de junio, derrotan a las tropas imperiales en la batalla de Solferino. Napoleón III redacta un tratado de paz que no satisface a Victor Manuel pero que perjudica claramente a Francisco José, el Tratado de Zurich, que Francisco José se ve obligado a firmar el 10 de noviembre de 1859. Por este tratado terminan las guerras de Austria contra Francia y Saboya. Francia le quita a Saboya Niza y, atención, Saboya (la casa real pierde su territorio original… ¡como para estar satisfecho Victor Manuel, claro!), pero lo que ahora será el Piamonte se anexionará el Milanesado que estaba en manos de Austria (tras una curiosa maniobra, en la que primero Austria cede el Milanesado a Francia y luego Francia se lo cede al Piamonte), además de los ducados de Parma y Toscana, controlados por ramas laterales de los Habsburgo, y el ducado de Parma, en manos de los Borbones. Austria mantiene sólo el Véneto de entre sus posesiones italianas (cosa que tampoco agrada a Victor Manuel, que ansía tener ese territorio también bajo su control). El nuevo Reino de Italia ya está en marcha.

Mientras tanto, en los territorios alemanes, los enfrentamientos entre Austria y Prusia, la nueva potencia dominante, crecen. Prusia, en su afán por hacerse con el control de los estados alemanes, empuja a Austria a apoyarle en la guerra contra Dinamarca conocida como Guerra de los Ducados, en 1864, por la que Dinamarca, derrotada, pierde el Schleswg-Holstein, su frontera sur:

Para aclarar el mapa, la frontera original es la línea violeta, pero tras la guerra, Dinamarca pierde los territorios en azul (la frontera actual es la línea blanca). Los territorios se reparten entre Austria (Ducado de Holstein, el de más al sur) y Alemania (Ducados de Schleswig, el de más al norte, y Lauenburg, uno más pequeño en el sureste).

Pero no deja de ser todo una estrategia de Prusia, ya que ninguno de los dos estados queda satisfecho por el reparto. Otto von Bismarck, canciller prusiano, entabla negociaciones con Napoleón III de Francia en caso de guerra contra Austria: Francia permanecerá al margen, y Prusia se compromete a ayudar al Reino de Italia para anexionarse el Véneto (abriendo así dos frentes ante Austria para facilitar su victoria). Napoleón espera una guerra larga en la que le toque actuar de intermediario y conseguir concesiones territoriales, contando con la derrota de Prusia… pero el buen ojo de Napoleón III es comparable al de Francisco José I de Austria: miopía absoluta.

Prusia provoca la guerra contra Austria al entorpecer la gestión austriaca sobre el ducado y, finalmente, tras asegurarse de la no intervención de Rusia, enviar tropas para la anexión.

Austria protesta en la Confederación Germánica (por cuyo control lucha contra Prusia), siendo apoyada por varios estados alemanes, y finalmente declara la guerra el 14 de junio de 1866. Grave error que pagará muy caro, porque Prusia, gracias a un sistema ferroviario que consigue transportar tropas rápidamente, invade parte de Bohemia (mientras de paso conquista el Ducado de Hannover, que había apoyado a Austria) y avanza hacia Eslovaquia. Mientras tanto, Italia avanza sin mucho éxito por los valles del Trentino, que Garibaldi quiere anexionar.

Tras sufrir numerosas pérdidas humanas en su ejército, la derrota austriaca en la batalla de Lámacs, el 22 de julio, obliga a Austria a solicitar un armisticio con Prusia. En sólo 7 semanas Prusia ha derrotado al todopoderoso Imperio Austriaco.

Las consecuencias para Austria son la desaparición de la Confederación Germánica (sustituída por la Confederación Alemana del Norte, liderada por Prusia, que se ha anexionado buena parte de los estados septentrionales de Alemania, que será el germen del Imperio alemán que surgirá tras la Guerra Franco-Prusiana de 1871), con su pérdida de control sobre los estados alemanes, y la pérdida del Véneto (pese a que el armisticio se firme demasiado pronto como para que Italia consiga conquistar el Trentino, que permanece en manos Austriacas).

La debilidad interna en la que queda el Imperio lleva a un aumento de los movimientos nacionalistas que termina en 1867 con la transformación en el Imperio Austro-Húngaro, dando una notable autonomía a Hungría, aunque siga bajo el control de Francisco José I de Austria, que se aferrará a ese control.

Tras la pérdida del dominio austriaco sobre centroeuropa, los esfuerzos de Francisco José I de Austria se centran ahora en aumentar su control sobre los Balcanes. Tras algunas negociaciones entre Rusia y Austria, comienza la Guerra ruso-turca de 1877-1878, que llevará a la independencia de Rumanía, Bulgaria, Serbia y Montenegro. El avance ruso llega a tal punto que son los ingleses los que impiden que éstos lleguen a la misma Estambul.

Y es que Rusia quiere aumentar su control sobre los Balcanes para asegurarse una salida al Mediterráneo (que no tiene; la salida al Mar Negro se ve bloqueada por los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, controlados completamente por el Imperio otomano), pero sus avances asustan a las potencias europeas, que convocan el congreso de Berlín entre junio y julio de 1878 para modificar el Tratado de san Stefano con el que terminó la Guerra. Y es que al Reino Unido no le interesaba un debilitamiento excesivo del Imperio otomano, y quiere alejar los máximo posible a los rusos del Bósforo. De ahí que Bulgaria se divida en dos, una provincia otomana y un estado títere del sultán, mientras Serbia permanecerá bajo control ruso. Pero aquí es donde entra en escena Austria, que buscando aumentar su dominio en la zona, consigue el control de Bosnia-Herzegovina, gracias al apoyo de Alemania, que traiciona a una ilusa Rusia que esperaba su apoyo. El destino del Impero Austro-Húngaro queda así ligado al apoyo de Alemania, mientras el movimiento paneslavista que viene desde Rusia fomenta los nacionalismos en los estados balcánicos.

Mientras, Francisco José I de Austria sufre varios reveses familiares. El primero, en 1867, fue la ejecución en México de su segundo hermano, Maximiliano, que había sido coronado Emperador de México a instancias de Napoleón III pero que lo abandonó cuando ya no le interesaba y fue derrotado por el presidente Benito Juarez. Francisco José mantenía una relación muy estrecha con su hermano, por lo que su pérdida resultó muy dolorosa.

A la muerte del heredero al trono, su único hijo, el Archiduque Rodolfo, en 1889 (del que hablábamos en el post que enlacé al comienzo), se sumó el asesinato, en 1898, de su esposa Isabel por parte del anarquista italiano Luigi Lucheni en Ginebra. Pese a que Sissi apenas estaba en Viena, pasando su vida viajando, Francisco José estaba enamorado de su esposa, por lo que su muerte le afectó profundamente.

Pero además la muerte de su único hijo abría un importante problema sucesorio. Y es que, dado que la ley impedía que una de sus hijas heredara el trono, había que buscar un heredero barón en su familia. Ya hemos dicho que su hermano Maximiliano había muerto ejecutado en 1867, sin descendencia. Francisco José I de Austria tenía otros dos hermanos, pero el pequeño, Luis Victor, con quien no mantenía tan buenas relaciones, fue apartado de cualquier posibilidad de heredar el trono: había rechazado casarse con Isabel de Brasil (bajo propuesta de su hermano Maximiliano para poder sucederle como emperador de México) y era conocido por todos que era homosexual. Un escándalo en 1877 provocó su caída en desgracia, al ser sorprendido manteniendo sexo con un menor en los baños centrales de Viena, lo que provocó que el emperador lo “exiliara” al castillo de Klessheim, cerca de Salzburgo, donde Luis Victor moriría en 1919.

A Francisco José I de Austria le quedaba pues un hermano, el tercero, Carlos Luis:

Pero Carlos Luis murió de tifus en 1896, si bien en 1889 ya había renunciado a su derecho al trono en favor de su hijo mayor, Francisco Fernando.

Pero Francisco Fernando no era del agrado del emperador, y además estaba empeñado en casarse con la condesa Sofía Chotek, que no tenía el rango necesario para ser emperatriz. Francisco José se negó a conceder el permiso del matrimonio hasta que la insistencia del Papa león XIII, del emperador alemán y del ruso le convencieron de que era mejor aceptar ese matrimonio, a cambio de que fuera morganático, es decir que ella no tendría el mismo estatus que él y que sus descendientes no tendrían ningún derecho al trono.

Mientras tanto, las tensiones nacionalistas no hacen más que crecer, por lo que Francisco José, en un intento de frenar la expansión nacionalista serbia, decide hacer algo que estaba contemplado en el Tratado de Berlín: anexionarse Bosnia-Herzegovina el 6 de octubre de 1908. Serbia se altera, y es apoyada por Rusia (y, sorprendentemente, por Italia, en teoría aliada de Austria y Alemania, que busca mantener el statu quo en la región), Reino Unido se mantiene neutral y Alemania, pese a su apoyo a Austria, frena los deseos de su Jefe del Estado Mayor del Ejército Franz Conrad von Hötzendorf de comenzar una guerra contra Serbia, mientras retiene por el otro lado a Rusia. Pero la llama está a punto de prender.

La política de Francisco Fernando es más bien pacifista y federalista. Fue él quien evitó la participación de Austria en las Guerras de los Balcanes de 1912 y 1913, que terminaron por expulsar casi en su totalidad a los Otomanos de Europa y diseñaron prácticamente el mapa actual de la región, con la independencia de Albania defendida por Italia.

Esto no contenta a los nacionalistas serbios, que en su idea de construir la Gran Serbia quieren anexionarse Bosnia-Herzegovina. Y así fue como, durante una visita a Sarajevo, la capital de la provincia austriaca de Bosnia-Herzegovina, el 28 de junio de 1914, un miembro del grupo terrorista nacionalista serbio “Mano negra”, Gavrilo Princip, dispara a Francisco Fernando y a su esposa Sofía, que mueren poco después.

Francisco José I de Austria no puede dejar pasar el hecho de que un pro-serbio (que, por cierto, no será condenado a muerte por ser menor de edad) haya asesinado a su heredero, por lo que envía un ultimatum a Serbia, que ésta rechaza, lo que lleva finalmente a la declaración de Guerra el 28 de julio (algo que Hötzendorf llevaba años esperando).

Austria contaba con tener el apoyo de los miembros de la Triple Alianza: Italia y Alemania. El Kaiser alemán no dudó en apoyar el castigo a Serbia, esperando que Rusia se mantendría al margen, pero su sorpresa fue que esto no sucedió: Rusia envía tropas a Serbia, y pese a los esfuerzos tanto del Kaiser como del Zar, comienza la movilización de tropas por parte de ambos bandos, mientras Francia se prepara para la revancha contra Alemania tras su derrota en la Guerra Franco-Prusiana de 1871. Alemania, viéndose en peligro por las movilizaciones de tropas, exige que éstas se detengan, pero al no suceder esto, declara la guerra a Rusia el 1 de agosto y, al invadir Bélgica, declara la guerra a Francia el 3 de agosto, lo que provoca que Reino Unido, temeroso de el aumento de la hegemonía alemana en Europa, declare la guerra a Alemania el 4 de agosto. Ha comenzado la Gran Guerra, la que ahora conocemos como I Guerra Mundial.

Francisco José I de Austria, que llega al poder gracias a la Revolución de 1848, termina su carrera con la I Guerra Mundial. Pero no vivirá para ver su derrota: El 21 de noviembre de 1916 moría en Viena a los 86 años, en paz mientras Europa se desangraba y una entera generación de alemanes, austriacos, franceses o ingleses desaparecía en las trincheras de esa tremenda atrocidad que fue la I Guerra Mundial. Una vida nada fácil, con graves problemas familiares (el heredero al trono será finalmente un nieto de Carlos Luis, Carlos, hijo de Otto, que tampoco tenía las simpatías del emperadory que había muerto en 1906) no justifica a un personaje incapaz de hacer frente a los avances del mundo de su época, que se mantenía anclado al pasado y que pecó de pasividad ante las reclamaciones nacionalistas de los territorios bajo su control y de precipitarse en su declaración de guerra a Serbia (aunque aquí es Alemania la que tiene una gran culpa, ya que esperaba aumentar so dominio sobre Europa de forma más rápida a través de la guerra). Las consecuencias de su política terminaron con la II Guerra Mundial o con las recientes guerras de los Balcanes, extendiendo su influencia hasta casi un siglo después de su muerte. Una marca de sangre y muerte que permanecerá siempre sobre su figura.

 



El Cardenal Rampolla, el hombre que nunca fue Papa


Siempre me ha gustado la frase que, en “Ángeles y demonios”, dice Robert Langdon (el personaje protagonista, interpretado por Tom Hanks en la versión cinematográfica, que es la que yo conozco) dirigiéndose al comandante de la guardia suiza: “¿No conocen su propia historia?”. Y es que, como en tantos y tantos otros casos, para entender un poco mejor la situación actual en el seno del Vaticano, con esa lucha por el poder entre ultraconservadores y “progresistas”, es necesario conocer la historia del papado en los últimos siglos. Por eso he elegido hablar hoy del Cardenal Rampolla, un caso emblemático de esta lucha por el poder que viene de muy lejos.




Mariano Rampolla del Tindaro nació el 17 de agosto de 1843 en la localidad siciliana de Polizzi Generosa, en el seno de una familia aristocrática. Realiza sus estudios religiosos en el seminario Collegio Capranica de Roma. Ordenado sacerdote en 1866, entra en la Pontifica Accademia Ecclesiastica, institución católica destinada a la preparación del servicio diplomático del Vaticano, lo que le permite ascender rápidamente en el seno de la Curia Romana. El 1 de diciembre de 1882 es nombrado arzobispo de Heraclea por el papa León XIII, y pocos días después, el 19 de diciembre, es nombrado nuncio apostólico en España, momento en el que se le asigna como asistente a otro graduado del Collegio Capranica, Giacomo della Chiesa (personaje del que hablaremos más adelante, que además de ser su gran colaborador, llegará a ser nombrado papa con el nombre de Benedicto XV). El 14 de marzo de 1887 deja ambos puestos, el de arzobispo y nuncio, al ser nombrado Cardenal Presbítero de Santa Cecilia de nuevo por León XIII. Este Papa le tendrá en tan alta estima que pocos meses después, el 3 de junio, es nombrado secretario de estado del Vaticano, el puesto de más alta autoridad tras el Papa y su más fiel colaborador, puesto que desempeñará hasta la muerte del Papa. Y es por esto que el Cardenal Rampolla era el claro favorito para sucederle.

Pero tenemos que comprender bien el contexto histórico en el que nos encontramos, en pleno siglo XIX. Es éste un siglo lleno de cambios, cada vez más rápidos y radicales, que ya comenzaron en el siglo anterior con la revolución francesa y con la independencia de las colonias americanas, los Estados Unidos de América, de régimen republicano. En el siglo XIX se suceden revoluciones de tipo liberal, regímenes republicanos o monarquías menos autoritarias, de tipo constitucional y/o parlamentario, junto con un nuevo modelo económico, el capitalismo, basado en una revolución industrial que trajo nuevos problemas sociales con los movimientos obreros y nuevas ideologías, comunistas y anarquistas. Además, comienza a discutirse seriamente sobre la laicidad del estado y la libertad de culto, de conciencia y de otros tipos. Y la iglesia tiene que hacer frente a todos estos cambios, y a otros asuntos más.

Los primeros Papas del siglo XIX habían sido moderadamente “progresistas” en algunos de estos aspectos, pero entonces, el 2 de febrero de 1831, Bartolomeo Alberto Cappellari es nombrado Papa con el nombre de Gregorio XVI:

Su elección fu larga y difícil, ya que el candidato preferido, Giacomo Giustiniani, había sido vetado por el absolutista Fernando VII de España, que le culpaba de instigar las revoluciones liberales de los años anteriores. Gregorio XVI demostró ser un Papa mucho más próximo a la ideología ultraautoritaria de Fernando VII, llevando a cabo una política ultraconservadora, atacando la libertad religiosa, la separación entre iglesia y estado y las injerencias de los estados en los nombramientos de las jerarquías eclesiásticas de sus correspondientes territorios. Rompió así relaciones diplomáticas con Portugal (apoyando al absolutista Miguel frente a su sobrina, la Reina María II) y con España (dónde apoyaba al bando absolutista Carlista frente a Isabel II), también con Prusia por los matrimonios mixtos y con Rusia por la persecución a los católicos rutenos. Únicamente en su lucha contra la esclavitud se movió en posiciones menos conservadoras. Sus 15 años de papado parecerían más propios del siglo XVII que del momento en el que se encontraba.

A la muerte de Gregorio XVI, fue elegido para sucederle Giovanni Maria Mastai Ferretti, que eligió como nombre Pío IX (el de los piononos tan ricos de Granada):

Sus comienzos fueron de corte más o menos liberal, permitiendo una mayor participación ciudadana en la política de los Estados Pontificios o suprimiendo el gueto judío de Roma, para lo cual tuvo que luchar contra la conservadora Curia Romana. Pero al estallar la revolución de 1848 e instaurarse la república en Roma, que obliga al Papa a huir a Gaeta y pedir ayuda a las potencias extranjeras, su inicial progresismo mutó a un conservadurismo propio de su predecesor Gregorio XVI. Entre sus principales acciones se encuentra la aprobación del Syllabus, un documento de 80 puntos que condena algunas de las ideologías del momento, como la libertad de culto y de conciencia, la masonería y las sociedades secretas, la separación entre iglesia y estado o el racionalismo, afirmando que el Papado es incompatible con las ideas del mundo moderno. En la encíclica asociada a este documento, la Quarta Cura de 1864 condena el socialismo y el liberalismo económico. Logra también la desaparición del jansenismo, considerado por muchos como un catolicismo calvinizado. De hecho, en 1869 convoca el Concilio Vaticano I, que no llega a terminar, en el que se condena el galicanismo (doctrina francesa la autonomía de la iglesia nacional francesa con respecto al papa) y el racionalismo de Descartes, y se confirma la infalibilidad papal, aumentando así su poder, que veía en peligro con la expansión de Victor Manuel II, que ya había conquistado buena parte de los territorios de los Estados Pontificios y que concluirá el 20 de septiembre de 1870 con la toma de Roma, lo que obliga a concluir sin terminar el Concilio. El Papa se encierra en los palacios Vaticanos, impidiendo la participación de los católicos en la vida política italiana (lo que suponía no reconocer la legitimidad del estado italiano, que le había arrebatado al Papa su “poder temporal”, su poder político sobre cierto territorio, poder que no se recuperará hasta los Pactos de Letrán de 1929 que firman Benito Mussolini u el papa Pío XI y que reconocen la independencia de Ciudad del Vaticano como un microestado). Pío IX muere en 1878 tras 31 años de papado, el más largo del que haya constancia.

Vincenzo Gioacchino Raffaele Luigi Pecci fue elegido Papa a continuación, adoptando el nombre de León XIII:

La política de este Papa (y por tanto la del Cardenal Rampolla, que fue su secretario de estado) fue muy distinta a la de su predecesor (exceptuando en el tema italiano, en el que León XIII mantuvo sus reclamaciones sobre la soberanía papal en los Estados Pontificios). Destaca su encíclica Rerum Novarum de 1891, considerada la primera encíclica social de la iglesia. En ella defiende la propiedad frente al socialismo, pero condena el capitalismo y a las élites que se enriquecen a costa de las clases obreras, que deben tener unos salarios y condiciones laborales dignas, defendidas por el estado. Promueve además la creación de sindicatos católicos, impulsando así el catolicismo social que ya había cobrado importancia en Alemania durante el papado de Pío IX. Por otra parte, durante su papado tiene lugar la reconciliación del papado con numerosos estados (Alemania, Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, España), destacando especialmente el caso francés, reconociendo la Tercera república (en la que tuvo gran importancia la labor del Cardenal Rampolla), algo que al sector más conservador de la iglesia francesa no le gustó nada…

Cuando León XIII fue elegido Papa contaba con 68 años, por lo que no se esperaba un papado especialmente largo, pero para sorpresa de todos, vivió hasta los 93 años, por lo que, con 25 años de papado, el suyo fue hasta el momento el segundo más largo tras el de su antecesor Pío IX (superado posteriormente por el de Juan Pablo II, el que beatificó a Pío IX). Y en el posterior cónclave para elegir a su sucesor, el Cardenal Rampolla era el gran favorito.

Es bien sabido que quien entra Papa en un cónclave sale cardenal, y eso era evidente en el caso del Cardenal Rampolla, que contaba con muchos enemigos entre el sector más conservador de la iglesia (empezando por la Action française, movimiento de extrema derecha que nunca perdonó a León XIII y al Cardenal Rampolla el reconocimiento de la tercera república). Pero tampoco había en ese momento un rival que pudiera hacerle frente a Rampolla: el patriarca de Venecia, Giuseppe Melchiorre Sarto, el cardenal Serafino Vannutelli, visto con buenos ojos por el sector austriaco, y, sobre todo, Girolamo Maria Gotti, Prefecto de la Congregación para la propagación de la fe, de perfil conservador pero considerado un buen administrador.

El primer escrutinio dio como ganador al Cardenal Rampolla, con 24 votos, frente a los 17 de Gotti, los 5 de Sarto y los 4 de Vannutelli (y otros 12 votos para diferentes candidatos que sumaron uno o dos votos). Con un resultado insuficiente, comienzan los movimientos para recabar más votos.

En la segunda votación, ese mismo día (1 de agosto de 1903), el Cardenal Rampolla aumenta a 29 los votos conseguidos. Gotti pierden uno, logrando 16, mientras Sarto duplica y sube a 10. Vannutelli, con un único voto, desaparece de las opciones de papables.

Gotti ha perdido un voto, lo que le hace cada vez menos papable. Los rivales de Martelli tendrán que buscar otro nombre para hacerle frente. Algunos de los partidarios de Gotti ya habían pasado a apoyar a Sarto, por temor a una posible victoria de Rampolla.

Pero el 2 de agosto, cuando se va a producir la 3ª votación, aparece el cardenal arzobispo de Cracovia, Jan Puzyna de Kosielsko, con el veto al Cardenal Rampolla por parte de Francisco José I de Austria. El cardenal había esperado hasta ese momento para conseguir evitar el nombramiento de Rampolla antes de que fuera demasiado tarde. Este veto lo tenían concedido los reyes de España y Francia, así como el Emperador del Sacro Imperio (siendo sustituido por el Emperador de Austria). ¿Por qué motivo vetaba el emperador a Rampolla? Probablemente porque lo veía demasiado pro-francés y anti-austriaco, por su perfil progresista frente a un emperador ultraconservador, o incluso por las acusaciones de su pertenencia a la masonería; pero al parecer había también un motivo de carácter personal: tras la misteriosa muerte del archiduque Rodolfo (tema que ya tratamos en este post), al parecer el Cardenal Rampolla se opuso a que el Archiduque fuera enterrado en suelo sagrado (en la cripta de los Habsburgo) por su condición de suicida, algo que el Emperador no le perdonó (pese a que las conclusiones de la investigación del Vaticano permitieran que el Archiduque fuera enterrado en la cripta).

El veto no gustó nada a los demás cardenales: el secretario del cónclave, Rafael Merry del Val, tiró el papel al suelo, obligando a Puzyna a recogerlo. Pero el daño ya estaba hecho.

En esta tercera votación, el Cardenal Rampolla mantiene sus 29 votos: no consigue ganar ninguno más. Sus posibilidades se agotan. Emerge por el contrario Sarto, que con 21 votos arrebata a Gotti el segundo puesto; Gotti baja hasta los 9 votos, mientras otros 3 cardenales consiguen un voto cada uno.

En la cuarta votación, el mismo 2 de agosto, el Cardenal Rampolla obtiene 30 votos (uno más), mientras Sarto le pisa los talones con 24 y Gotti se desploma hasta los 3. De los 3 cardenales que consiguieron un voto en la anterior votación, uno mantiene el voto y los otros dos llegan a dos cada uno.

Está claro que el Cardenal Rampolla tiene demasiados enemigos, demasiados cardenales que no quieren verle como Papa, y sólo faltaba unir esos votos contrarios en la figura de otro posible candidato. Y las 4 votaciones han demostrado que ese candidato es Sarto, que en la quinta votación se pone ya en cabeza con 27 votos, 3 más que Rampolla. Finalmente, la mañana del 4 de agosto, en la 7ª votación, Sarto consigue 50 votos (frente a 10 de los incondicionales de Rampolla) y es proclamado Papa con el nombre de Pío X:

La primera decisión de Pío X es suprimir el derecho a veto de los gobernadores seglares. Pero con ese nombre ya nos podemos imaginar por dónde van los tiros: su ideología es mucho más próxima a la de Pío IX que a la de León XIII: un papa populista, pero ultra conservador, que hará lo posible por alejar al Cardenal Rampolla del poder. Le da un cargo menor, como Prefecto de la Congregación para el mantenimiento de la Fábrica de la Basílica de San Pedro (nombre rimbombante donde los haya que sirve no sé para qué). No será hasta 1908 que le dé un puesto más importante, como secretario de la congregación del Santo Oficio, y en 1912 como archivista y bibliotecario de la iglesia.

El Cardenal Rampolla murió el 16 de diciembre de 1913 en Roma, a los 70 años, siendo sepultado en la iglesia de Santa Cecilia in Trastevere, de la que fue titular como cardenal y de la que vemos su tumba:

Una prueba de la animadversión de Pío X hacia el Cardenal Rampolla la sufrió quien fuera su secretario, Giacomo della Chiesa, que fue nombrado por el Papa Arzobispo de Bolonia en 1907 (en presencia del propio Cardenal Rampolla). Este puesto iba siempre acompañado del nombramiento cardenalicio, pero Pío X se negó a otorgárselo hasta la muerte del Cardenal Rampolla, consiguiendo el nombramiento el 25 de mayo de 1914; Pío X no quería dos Rampolla en su colegio cardenalicio, ya que consideraba a della Chiesa muy próximo a Rampolla. Eso sí, de poco le sirvió a Pío X (que fue el más reciente Papa canonizado hasta las recientes canonizaciones de Juan XXIII y Juan Pablo II), ya que, a su muerte, ese mismo año, della Chiesa será su sucesor con el nombre de Benedicto XV. Pero esa ya es otra historia que trataremos en su momento.

El caso del Cardenal Rampolla nos permite de alguna forma ver las guerras en ocasiones bastante sucias por el poder que hay en el seno de la iglesia católica en su pugna entre conservadores y progresistas, pugna que hoy día sigue de actualidad y que veremos en qué desemboca. En todo caso, este repaso a la historia del Vaticano nos permite comprender mejor estos conflictos.



El Archiduque Rodolfo de Habsburgo y la tragedia de Mayerling


Ya dije en el post dedicado a la cripta imperial de Viena que en otro post hablaría de uno de los personajes más fascinantes (en mi opinión, claro) enterrados en ella, el Archiduque Rodolfo de Habsburgo, hijo de Francisco I de Austria y Sissi. Pues bien, ha llegado el momento.




Pero por la trascendencia que tuvieron los sucesos que acabaron con la vida del Archiduque, es necesario explicar antes el contexto histórico, comprender el reinado de su padre, por lo que vamos a retroceder un poco más en el tiempo y contar la historia del Emperador.

Cuando nace Francisco José, en 1830, hijo mayor de Francisco Carlos de Habsburgo y de Sofía de Baviera, nada indicaba que terminaría siendo emperador. Y es que Francisco Carlos era el segundo hijo del Emperador Francisco II, que tras la derrota en las guerras napoleónicas y la desaparición del Sacro Imperio Romano Germánico pasó a ser Francisco I de Austria. El sucesor natural del Emperador era su hijo mayor, Fernando I. Pero la endogamia familiar resultó en un emperador mentalmente inestable, incapaz realmente de gobernar, por lo que, en un intento de evitar que el absolutismo pudiera entrar en crisis, se creó un consejo real que ejercía la regencia, encabezado por el canciller Metternich. Además, Fernando no tuvo descendencia con su mujer, María Ana de Saboya (hay de hecho dudas sobre si el matrimonio llegó a ser consumado…). Y así, en este clima absolutista, se desata la Revolución de 1848. Desde Francia se extiende a michos otros rincones de Europa, afectando de lleno al Imperio Austriaco. Era en general una revolución de carácter liberal, que quería acabar con el absolutismo, pero en el caso del Imperio Austriaco se añadía el factor nacionalista, ya que el imperio era un conglomerado de distintas nacionalidades (germanos, checos, eslovacos, polacos, ucranianos, rumanos, serbo-croatas, eslovenos, italianos… y sobre todo ha de destacarse a los húngaros).

El Emperador se enfrentaba a tres serios problemas: el primero, la revolución liberal vienesa, de carácter fundamentalmente burgués, que buscaba acabar con el absolutismo imperial; el segundo, los intentos de las distintas regiones de separarse, de independizarse, destacando el caso húngaro, que en ausencia de burguesía fue dirigido por una nobleza que en la práctica inicia una guerra de independencia, con lo que el Imperio corre el serio riesgo de desmembrarse; y el tercero, relacionado con el anterior, es la revolución en los estados alemanes, que buscan su unificación. Y Austria era un estado alemán, que corría el riesgo de ser absorbido por una gran Alemania.

Fernando así se ve obligado a forzar la dimisión de Meternich y a formar nuevos gobiernos de carácter liberal, cuatro en pocos meses, pero de poco sirve, la debilidad del imperio es cada vez mayor. La represión liderada por el general Radetzky en Italia provoca la dimisión de muchos miembros liberales del gobierno, que queda así de nuevo en manos absolutistas.  Así fue como un influyente miembro del gobierno, el príncipe Felix de Schwarzenberg, instaura una dictadura que presiona a Fernando a abdicar en favor de su joven sobrino de 18 años.

Y así es como un joven guapete, elegante, todo un caballero, pero también un personaje que parece nacido cinco siglos atrás, obtiene la corona imperial: Francisco José I:

No, ahorraos el suspiro, en el retrato tenía 21 años, pero con la edad se puso muy feo, y además era un personaje de mucho cuidado.

Sería un criajo al llegar al trono imperial, pero no dudó en sofocar con sangre y fuego las revoluciones, especialmente en el caso de Hungría. Antes la incapacidad de su ejército, pidió la ayuda del zar de Rusia, con lo que en 1849 los húngaros son derrotados. El 6 de octubre de 1849 es fusilado en Pest, mientras 13 líderes militares fueron fusilados o ahorcados en Arad (actual Rumanía) bajo las burlas de los austriacos: son los conocidos como 13 mártires de Arad. Francisco José suprime el rango de reino que todavía conserva Hungría y da comienzo a un período de restauración del absolutismo y de centralismo político, en el que el alemán se convierte en el idioma de enseñanza obligatoria en todo el imperio. Y todo esto sin haber llegado todavía a los 20 años…

El Imperio austriaco estaba en esos momentos prácticamente aislado políticamente del resto de estados europeos, rivales todos, con la excepción de Rusia. Pero cuando en 1853 Francisco José rechaza ayudarles en la Guerra de Crimea, su aislamiento es ya total. Sería un trabajador incansable, un hombre de despacho, pero su gestión no pudo ser más funesta.

Pero ese mismo 1853 hay otro importante asunto que capta nuestra atención. y es que el Emperador tiene ya 23 años, y ya va siendo hora de que se case, ya que necesita tener un heredero que le suceda. Su madre, Sofía de Baviera, hija del Rey Maximiliano I de Baviera, busca como candidata a una de sus sobrinas, hija de su hermana Ludovica y del duque Maximiliano de Baviera. La elegida es la hija mayor, Elena, que cuenta con 19 años. El principal problema es que no ha sido educada como se esperaría de una emperatriz, por lo que su madre le somete a un rápido proceso de aprendizaje del ceremonial propio de la corte. Se planea un encuentro en la bellísima ciudad austriaca de Bad Isch, al que Elena decide acudir acompañada de su hermana pequeña de 16 años, Isabel. Tremendo error por su parte…

Y es que Francisco José no se fijó para nada en Elena, sino que cayó rendido al encanto de la pequeña Isabel. Para decepción de todos, decide casarse con ella. Pero si ya hemos mencionado que Elena no había sido educada como cabría esperar de una corte europea, lo mismo nos podemos esperar de Isabel, que había pasado buena parte de su vida en el campo, alejada de la corte de sus primos, el Emperador de Austria y el Rey de Baviera.

¿Era Isabel, más conocida como Sissi, tan guapa como para que el emperador cayera a sus pies? Pues no lo sé, juzgad vosotros mismos:

La ciudad de Viena a veces parece un parque temático dedicado a la figura de la Emperatriz. Por supuesto, se visitan sus habitaciones en el Palacio de Schönbrunn, mientras la audioguía te cuenta todos los detalles imaginables sobre ella, desde su dieta hasta sus hábitos. Y no hablemos ya del Palacio de Hofburg, en el que hay un museo dedicado enteramente a la Emperatriz en el que podemos ver incluso el estilete con el que la asesinó el anarquista italiano Luigi Lucheni el 10 de septiembre de 1898 (Sissi tenía entonces 60 años). Y es que la fama que trajo a la figura de Sissi las películas alemanas de los años 50 que protagonizaron Romy Schneider y Karlheinz Böhm (hijo, por cierto, del director de orquesta Karl Böhm) parece que no pasa de moda, y su figura adorna casi cualquier recuerdo imaginable en las tiendas de souvenirs de toda la ciudad.

Pero las películas idealizan mucho su historia de amor, por supuesto. No se puede negar que Francisco José estaba enamorado de ella, y que seguramente los primeros años fueron razonablemente felices, aunque ella nunca llevó bien el asfixiante protocolo de la corte vienesa y añoraba la libertad que había tenido en su infancia en las montañas bávaras. Aún así, al año siguiente de su matrimonio tuvieron a su primera hija, Sofía Federica, en 1855, y un año después nació la segunda hija, Gisela.

Sissi le tenía un gran cariño a Hungría, y preparó un viaje en 1857 junto al Emperador en el que se empeñó en llevar consigo a sus dos hijas. Pero en el viaje ambas pequeñas enfermaron, seguramente de tifus: Gisela lo supero, pero Sofía Federica murió con sólo 2 añitos… Sissi no se recuperaría nunca de la depresión que sufrió a consecuencia de este hecho, pero le trajo también otras consecuencias: su suegra (que para colmo era su tía), un personaje tan insoportable como su hijo, le prohibió a Sissi encargarse de la crianza de Gisela y también del hijo que tuvo un año después, en 1558, el Archiduque Rodolfo de Habsburgo (heredero al trono, ya que las mujeres no podían ocuparlo, cosas de la Ley Sálica). Por este motivo, Sissi y sus hijos tuvieron relaciones distantes durante toda su vida; solo mantendría una estrecha relación con una cuarta hija, nacida 10 años después del heredero, en 1868, María Valeria.

Pero la señora suegra Sofía la lió todavía más: tras el nacimiento de Rodolfo le convenció a Sissi de que no volviera a quedarse embarazada. Algo que suponía un gran riesgo: si el heredero moría antes que su padre (cosa nada extraña, por cierto), iba a haber problemas… y creedme que los hubo. Para poder evitar nuevos embarazos, en aquella época la única solución era la abstinencia, por lo que Sissi se encargó de buscarle una amante a su marido (cosa que se dice que él no llevó muy bien) y tuvo la excusa perfecta para permanecer cada vez más apartada de la corte, a menudo realizando largos viajes.

Así, la crianza que sufrió Rodolfo lo marcaría de por vida. Se le educó para ser un férreo emperador absolutista, pero en el fondo se parecía más a su madre, tanto en temperamento como en ideales políticos. Y es que no hay que olvidar que, por muy absolutista que fuera Francisco José, defendiendo la legitimidad divina de su autoridad, otros miembros de la corte no compartían esas formas de pensar, empezando por su hermano Maximiliano (futuro emperador de México). Y tampoco la propia Sissi, que amaba enormemente Hungría y que consiguió lo que casi parecía un milagro: en el año 1867 Hungría recupera la categoría de reino que había perdido 18 años atrás, siendo entonces un imperio dual, conocido como Imperio Austro-Húngaro. Rodolfo se uniría a grupos liberales y nacionalistas húngaros, para enfado de su padre.

Además, era un mujeriego, y su matrimonio en 1881 con la princesa Estefanía de Lieja, hija de Leopoldo II de Bélgica, fue un desastre. Las infidelidades fueron constantes. Y más desde que en 1888 conoció a una baronesa húngara, María Vetsera, de 17 años:

Y aquí surge la tragedia: la noche del 30 de enero de 1889, ambos aparecen muertos en el pabellón de caza de Mayerling, próximo a Viena. Y entonces se habló de un pacto de suicidio, aunque lo cierto es que nadie se creyó que el joven Archiduque fuera a suicidarse…

Hay varias películas que narran lo que pudo suceder esa noche, quizá la más destacada “Mayerling” de Terence Young, con una crepuscular Ava Gardner muy adecuada como Sissi, el gran James Mason como un severo Francisco José y una pareja protagonista llena de encanto, Omar Sharif y Catherine Deneuve. En ella se sigue con la hipótesis del suicidio, a consecuencia de la obligación a la que Francisco José somete a Rodolfo de no volver a ver a María: ella toma veneno y el se pega un tiro en la cabeza, mientras escuchamos el adagio del Spartacus de Katchaturian… todo muy bonito, todos muy guapos… pero todo muy poco creíble.

Y es que desde el primer momento nadie se creyó la historia del suicidio (lo que se contó fue que ambos tenían heridas de bala en la cabeza, por lo tanto habría que entenderlo como un pacto de suicidio en el que Rodolfo primero dispara a su amante y luego se suicida, ya que la pistola estaba a su lado). Se ocultaron los detalles del suceso, se hablaba de la presencia de extraños en Mayerling y de la presencia de heridas en el cuerpo de Rodolfo (incluso de que le habrían cercenado una mano de un sablazo y la habrían sustituido con un guante relleno de paja). Por otra parte, si se trataba de suicidas, no podían ser sepultados en suelo sagrado, pero Francisco José se empeñó en que Rodolfo fuera enterrado en la cripta de los capuchinos de Viena, el panteón imperial de Habsburgo, por lo que el Vaticano tuvo que abrir una investigación, que terminó con el permiso para que fueran enterrados en tierra sagrada (pese a la oposición del cardenal Rampolla, lo que le costaría a éste el papado años después… pero ya hablaremos de eso en otro momento). María fue enterrada en el monasterio de Heiligenkreuz:

Ahora vamos a ver qué podemos explicar de lo que pasó.

En el año 1945, cuando la II Guerra Mundial estaba a punto de concluir, el monasterio de Heiligenkreuz fue bombardeado por tropas soviéticas, y una bomba desplazó la placa de granito que cubría la tumba de María Vetsera. Un joven físico que estaba en el lugar, Gerd Holler, fue llamado para examinar los restos de la baronesa antes de volver a enterrarlos, y comprobó que sus huesos no presentaban heridas de bala, lo que echaba por tierra la idea de que Rodolfo le hubiera disparado. María no murió a consecuencias de un disparo. Holler esperó a que se abriese el archivo secreto vaticano para comprobar los resultados de la investigación que se realizó para ver si sus cuerpos podían ser enterrados en terreno sagrado, y esta investigación había llegado a la conclusión de que la pistola sólo había sido disparada una vez. Y la víctima habría sido Rodolfo. Es por ello que su cabeza estaba vendada cuando el cuerpo fue presentado en Viena:

Si María no murió a consecuencias de un disparo, la información inicial era falsa. Y a ver, no es una cosa en la que sea fácil equivocarse. Por lo tanto, desde el principio se quiso ocultar algo. Si el cuerpo de Rodolfo presentaba magulladuras y heridas, impropias de un suicidio por disparo, María podría haber muerto a consecuencia de una paliza. Y la presencia de extraños en Mayerling añade credibilidad a la idea del asesinato.

Pero entonces el asunto es ¿quién querría matar al Archiduque Rodolfo de Habsburgo? Por lo general se barajan dos opciones. Por un lado, se sospecha de los servicios secretos austriacos, que acabando con él eliminaban a un incómodo liberal del seno de la familia imperial, con lo que las políticas absolutistas de Francisco José presentarían menos objeciones. Por otra, se acusa a los servicios secretos franceses, que estaban deseosos de que Rodolfo diera un golpe para acabar con la política absolutista de su padre, pero el Archiduque se negaba a hacerlo y los franceses terminarían desesperando.

Y ahora nos vienen con que se han encontrado con unas cartas escritas por María Vetsera despidiéndose de su familia, volviendo a la hipótesis del suicidio… vamos, que seguimos sin saber lo que pasó. Sería interesante poder analizar los restos de Rodolfo (desconozco si está embalsamado o no) para ver si nos añade alguna respuesta. Mientras tanto, el misterio pervive.

Por lo demás, la muerte del heredero, el Archiduque Rodolfo de Habsburgo, afectó enormemente a su madre, que a partir de entonces vistió siempre de negro. Y afectó a la sucesión real, que pasó al sobrino del Emperador, Francisco Fernando, aunque Francisco José no le tuviera en alta estima… en todo caso, su asesinato en 1914 en Sarajevo impidió su llegada al trono… y terminó con la I Guerra Mundial y, de paso, con la dinastía Habsburgo. Siglos de historia que desaparecían de forma trágica. Continuamos contando la historia de Francisco José en este post.



Turismo en Viena: la Cripta imperial de los Habsburgo.


¿Por qué vamos a hablar en este post sobre la Cripta Imperial de los Habsburgo? Bueno, seguro que a todos nos ha pasado que, al volver de unas vacaciones, la primera pregunta con la que nos encontramos es: ¿Qué es lo que más te ha gustado? Ay, cuánto nos gusta jerarquizar, hacer listas… (vale, lo confieso, a mí también…. ya saldrán listas en este blog, ¡ya saldrán!) Pero lo cierto es que es una pregunta que me resulta muchas veces difícil de responder: muchas veces ves cosas muy distintas, de estilos y épocas muy variados, y por lo tanto citar a uno por delante del otro me resulta un poco como “menospreciar”, “infravalorar” esas otras épocas o estilos… por ejemplo: ¿qué te ha gustado más de Roma: la Roma antigua, la gótica, la renacentista, la barroca… ? Pues cada una es distinta y me influye de distinta forma, no voy a elegir una de ellas por encima de las otras.




Bueno, me preguntaréis que a qué viene esta chapa. Pues bien, en octubre del año pasado por fin me animé a viajar a zona germanoparlante, cosa que me daba un poco de miedo porque no sé alemán y mi inglés tampoco es maravilloso… pero vamos, que tenía delito que en 29 años de vida todavía no hubiera pisado Viena, la ciudad de a música. Una semanita en la que pude ver como el 80-90% de las cosas que quería (y la primera vez que fui a la ópera fuera de España, a un Turandot en la Volksoper al que volvería ahora mismo). Y claro, lo típico, a la vuelta “¿Qué es lo que más te ha gustado?” Pues el Schönbrunn, obviamente. Y la catedral. Pero hubo un lugar, no demasiado conocido (no esperéis que os lleven en uno de estos circuitos de “Las ciudades imperiales”, eso seguro), que me fascinó. Una visita de esas que te “dan hambre”, que abren tu curiosidad y te obligan a investigar tantas y tantas cosas cuando vuelves a casa… aprendí historia de Austria y del Sacro Imperio como no lo habría hecho de otra forma. Y ese lugar es la Kapuzinergruft, o cripta de la Iglesia de los Capuchinos (iglesia que no visité, por cierto), que es la cripta imperial de los Habsburgo. Quizá fue porque cuando fui apenas sabía de su existencia, por lo que todo lo que me fui encontrando fue una verdadera sorpresa. Lo cual tiene sus ventajas, pero también sus inconvenientes, ya que me perdí demasiados detalles interesantes. Así que tenéis dos opciones, ir y sorprenderos o leer este artículo y saber lo que os vais a encontrar… o mejor aún, ir leyendo esta información durante la visita, como si de una visita guiada se tratara.  Pero antes de describir la visita, permitidme hacer un poquito de historia.

Al igual que la monarquía inglesa o los Trastamara castellanos, los Habsburgo carecían de un panteón real, un emplazamiento en el que todos los emperadores fueran enterrados (como por ejemplo sí tenían los monarcas franceses en la Basílica de Saint-Denis). Así, por ejemplo, Federico III fue enterrado en la catedral de Viena, Maximiliano I en la capilla del castillo de Wiener Neustadt, Carlos I en España en el Monasterio de El Escorial y Fernando I, Maximiliano II y Rodolfo II en la catedral de Praga. Hasta la llegada de Matías, que es el emperador que nos interesa.

Pero hay algo más que tener en cuenta: tras la aparición del Luteranismo, el Sacro Imperio sufrió numerosas guerras que culminaron con la Dieta de Augsburgo de 1555: en esta, tras ser recientemente derrotado, Carlos V (Carlos I de España) tuvo que aceptar la existencia de principados luteranos (sólo luteranos, no calvinistas) bajo su imperio, partiendo de una ley básica: era el príncipe el que tenía la potestad de elegir la religión de sus súbditos, católica o luterana. El problema principal se dio en Austria, bajo control directo de los emperadores Habsburgo, católicos, donde el pueblo era, en su mayoría, luterano. Carlos V abdica en 1.558 cediendo el trono imperial a su hermano Fernando I, más conciliador con los luteranos, quien a su muerte es sucedido por su hijo Maximiliano II, acusado por muchos de ser pro-protestante (entre esos muchos, por supuesto, estaba el Papa, ¡faltaría más!). Así que su entorno se encargó de que sus hijos fueran educados es la más estricta ortodoxia católica. Y así fue como, a su muerte, su hijo Rodolfo II vuelve a la ortodoxia, dando origen a la religiosa guerra de los 30 años. Rodolfo II muere sin descendencia en 1.612, y es sucedido por su hermano, Matías. Y así entramos ya en materia:

Viendo que su hermano no iba a tener descendencia y que, por tanto, le iba a tocar a él sucederle, se casa en 1.611 (a los 54 años, nada menos) con su prima, Ana de Tirol, hija del Archiduque Fernando II y nieta por tanto del Emperador Fernando I, quien tenía 26 años. Matrimonio inútil, ya que no tuvieron descendencia, por lo que a la muerte de Matías el trono imperial pasó a su primo, el Emperador Fernando II.

Ana de Tirol, al igual que su madre, la italiana Ana Catalina Gonzaga, era muy “piadosa”, una católica devota, y recordemos que por esas fechas Viena era una ciudad fundamentalmente luterana. Es por eso que, en 1.617, asigna un terreno dentro de las murallas de la capital, cerca del palacio imperial de Hofburg, para la construcción de un convento capuchino en el que, además, quería ser enterrada junto a su esposo en la cripta de la iglesia, justo bajo la capilla imperial. La cripta no era más que la tumba de la pareja, ya que, al no tener descendencia, no había hijos junto a los que ser enterrados.

Ana morirá sólo un año después, en diciembre de 1.618, con la iglesia apenas comenzada, y su esposo Matías la siguió pocos meses después, en marzo de 1.619. Cumpliendo con su deseo fueron enterrados en la cripta de una iglesia que tardará años en ser concluida, especialmente por la Guerra de los 30 años que afectaba al imperio. La iglesia será consagrada por Fernando II en 1.632. Pero en principio hasta aquí llega su historia como Panteón Imperial, ya que Fernando II construyó un mausoleo junto a la Catedral de Graz. Pero su hijo y heredero, Fernando III, decide por edicto que a partir de su reinado, la cripta de los Capuchinos se convierta en el panteón imperial de los Habsburgo. Y así es como su hijo, Leopoldo I, realiza en 1.657 la primera ampliación de la cripta.

Hasta aquí los antecedentes y el contexto histórico de la Cripta Imperial de los Habsburgo. Vamos ya con la visita.

La Iglesia de los Capuchinos, bajo la que se encuentra la Cripta Imperial de los Habsburgo, está muy céntrica, nos la vamos a encontrar si bajamos de la catedral hacia la Albertina, el Hofburg, la Staatsoper y la estación de metro Karlsplatz, a mano derecha. Está en la Neue Markt Platz, justo al comienzo de la Tegetthoffstrasse (la calle que nos lleva directamente a la Albertina y a la oficina de turismo). El precio de entrada a la cripta es de 5 euros, con descuento si tienes la Vienna Card. Como ya mencioné al principio, no es un lugar muy frecuentado por turistas (aunque siempre va a haber visitantes), por lo que se puede recorrer con absoluta tranquilidad (salvo quizá en temporada alta, no lo sé porque estuve en fechas menos habituales, aunque aún así era difícil moverse por el Hofburg o el palacio de Schönbrunn). En una media hora (45 minutos como mucho) se visita con tranquilidad, salvo que quieras fijarte en todos y cada uno de los detalles, claro.

Las fotos que acompañan al texto están en algunos casos extraídas de wikipedia, pero en otros son las fotos que yo mismo hice durante la visita. Ergo, a diferencia del Escorial, aquí sí se pueden hacer fotos. Otras diferencias con el Panteón del Escorial son:

-El Panteón del Escorial es jerarquizado: reyes y reinas madres de rey en el panteón de los reyes, infantes y reinas que no fueron madres de rey en el panteón de los infantes. En Viena no hay separación, padres e hijos están todos juntos sin importar el puesto que ocuparan (o incluso que ni siquiera nacieran vivos). En total aquí reposan los cuerpos de 142 personas, más las urnas con corazones o restos incinerados de otras 4. La sepultura más reciente data de 2011, la del Archiduque Otto, hijo mayor del último emperador, Carlos I. Y todavía hay una plaza reservada para la esposa de Carl Ludwig, otro de los hijos de Carlos I, la archiduquesa Yolanda. Pero en general la mayoría de los miembros actuales de la familia Habsburgo prefieren ser enterrados en la Abadía de Muri, en Suiza, donde a parte de los corazones del último emperador, Carlos,  y de su esposa, la emperatriz Zita, están enterrados dos de sus hijos.

-No sé por qué estúpida razón, en el Escorial los reyes no están embalsamados, sino que se dejan “pudrir” sus cuerpos hasta que solo quedan los huesos, que son depositados en el ataúd correspondiente. Algo extraño porque el embalsamamiento era habitual entre los reyes de Castilla, Aragón, Francia… y entre los propios Habsburgo. De hecho, pocos son los cuerpos de la Cripta Imperial que no fueron embalsamados (entre estos últimos estarían José II, el monarca ilustrado, y sus dos esposas). Eso sí, en la mayoría de los casos las vísceras fueron extraídas y depositadas en urnas en la cripta ducal de la Catedral de Viena, en el pasillo que conduce al sepulcro del emperador Federico III, y que podemos visitar en el recorrido de las catacumbas de la Catedral. Y la mayoría de los corazones fueron de igual modo depositados en urnas y guardados en la Herzgruft de la Augustinenkirche, junto al Hofburg (esta no pude visitarla, se puede visitar pero los horarios y días de apertura son muy reducidos, y hay que informarse con antelación).

-Otra diferencia fundamental es que esta cripta vienesa se va ampliando según las necesidades, por lo que nos vamos a encontrar con una gran diversidad estilística, tanto en arquitectura como en el diseño de los sarcófagos/ataúdes. Eso sí, todos los ataúdes menos uno (que enseguida notaréis cuál es) son metálicos. La excepción es uno de piedra. Dentro de estos ataúdes metálicos (de cobre, bronce, otras aleaciones diversas o incluso de plata), reforzados en su interior, los cuerpos reposan en ataúdes de madera más pequeños. Por lo demás, todos los ataúdes están debidamente candados, para evitar los posibles desastres que podríamos causar curiosos como yo intentando abrirlos…

Se hace necesaria una pequeña explicación: ¿Por qué estas comparaciones constantes con el panteón real de El Escorial? Muy sencillo: es el otro panteón real que construyen los Habsburgo (los de la rama española, pero Habsburgo al fin y al cabo) en el siglo XVII.

Y una última explicación: la cripta imperial de los Habsburgo ha tenido numerosos problemas de conservación y de “sobrepoblación”, por lo que ha tenido que ser restaurada (muchos sarcófagos, dañados por la humedad, estaban corroídos, e incluso habían sufrido robos en sus decoraciones. Ahora vuelven a lucir impecables), ampliada (la “nueva bóveda”) y reorganizada. Ya iremos añadiendo detalles a medida que avancemos en la visita.

Dejo antes de seguir un enlace a la página oficial de la cripta imperial de los Habsburgo, con información de horarios y tarifas (página disponible en alemán e inglés).

Venga, vamos a entrar de una vez.

Bien, esta es la fachada de la iglesia. Si queréis visitar la iglesia, entrad por la puerta del medio, la del pórtico. Pero si lo que vamos a visitar es la Cripta imperial de los Habsburgo, entonces tenemos que entrar por la puerta de la derecha. Ahí está la taquilla (donde os darán un folleto con un plano de todas las tumbas, un sencillo árbol genealógico de los Habsburgo y un pequeño resumen en 9 idiomas, incluido el español) y las escaleras por las que descenderemos al plano subterráneo (hay ascensor para minusválidos, que pueden realizar sin problemas todo el recorrido). Una vez abajo atravesamos un pasillo moderno y, de pronto, tras atravesar una puerta… ¡viajamos al pasado de golpe!

Este es el plano dela Cripta Imperial de los Habsburgo, al que vamos a volver muy a menudo a lo largo del post para orientarnos por las distintas estancias de la cripta, por lo que os tocará andar subiendo y bajando según leáis la descripción del recorrido… pero no se puede hacer otra cosa.

Bien, hemos entrado por esa zona rayada que está justo sobre la B. Pero vamos a ignorar esta parte de momento y nos vamos directos a la A, que encontraremos justo de frente.

A: Bóveda de los fundadores.

Este es el núcleo original del panteón, ya que en esta pequeña estancia, unida por un pasillo al resto del panteón, es donde se encuentran los sepulcros de Matías y Ana.

Como bien se puede ver, son ataúdes muy sencillos de ornamentación. Y olvidaos de acercaros más, porque la verja suele estar cerrada (por lo menos así estaba cuando yo estuve). No conviene entretenernos más aquí, porque nos queda mucho por ver. Mencionar en todo caso que el diseño podría recordarnos al de la Cripta de la catedral de Viena, al panteón de Federico III, con la diferencia de que en este caso no hay ataúdes de los descendientes de la pareja, ya que no los tuvieron, como ya hemos dicho.

C: Cripta de Leopoldo y B: Columbario.

A la derecha de la puerta por la que hemos accedido encontramos 12 nichos en la pared, en dos grupos de 6, separados por una urna que contiene el corazón de María Ana, hija de Leopoldo I y reina de Portugal al casarse con Juan V (el cuerpo de la reina está sepultado, obviamente, en el panteón de los Braganza en el Monasterio de Sao Vicente de Fora, en Lisboa). Los nichos de la pared son de factura reciente, hechos en los años 60, para ubicar en ellos los restos de 12 niños que anteriormente estaban ubicados a lo largo de la cripta de Leopoldo en ataúdes que carecían de mayor interés, por lo que fueron recolocados en 12 nuevos ataúdes idénticos.

4 de estos niños eran hijos de Fernando III, otros siete eran hijos de Leopoldo I y el restante es un nieto de este último. El más afortunado, el archiduque Felipe Augusto, llegó a vivir dos años. Otros, como el nieto de Leopoldo, que ni siquiera tiene nombre, murieron con un solo día de vida. Las tasas de mortalidad infantil en la época eran altísimas incluso entre las familias reales, como bien prueba este triste columbario. Este es uno de los motivos de la gran cantidad de hijos que tuvieron muchos de estos emperadores para asegurarse un sucesor (para hacerse una idea, la famosa emperatriz María Teresa tuvo 16 hijos, nada menos. Los emperadores lo tenían más fácil ya que a menudo se casaban más de una vez, pero en el caso de María Teresa los tuvo ella solita, con lo peligrosos que eran los partos en la época).

Si seguimos por la bóveda nos vamos a encontrar con los ataúdes de varios archiduques y archiduquesas (hijos de los emperadores, para entendernos), las 3 esposas del emperador Fernando III, las tres de Leopoldo I y dos tumbas en las que nos vamos a detener un poquito más:

Este sencillo ataúd es el del Emperador Fernando III, en cuyo reinado concluiría la Guerra de los 30 años.

Próximo al anterior está este ataúd perteneciente al hijo mayor de Fernando III, Fernando IV, rey de Hungría y de Bohemia, pero no emperador, ya que murió antes que su padre. Este es el primer caso en el que las vísceras, el corazón y el cuerpo se entierran en los tres lugares distintos que mencionamos más arriba (es el primer caso porque, recordemos, murió antes que su padre, al que aplicaron el mismo proceso):

El ataúd de Fernando IV es el tercero por la izquierda. El primero por la izquierda, del que se ve la mitad, es el de su padre, Fernando III, del que ya hemos hablado. El segundo es el de la Archiduquesa María Antonia, hija de Leopoldo I (nieta por tanto de Fernando III y sobrina de Fernando IV) y esposa del Elector de Baviera Maximiliano II Manuel. El de Fernando IV es el más sencillito de todos, en parte debido al hecho de ser uno de los primeros (si no el primero) que se diseñaron. Contrasta con el que se ve a su derecha, mucho más ornamentado: pertenece al Archiduque Leopoldo Juan, único hijo varón de Carlos VI, que murió con sólo 6 meses de edad pero que en categoría de príncipe heredero tiene un ataúd decorado como se merece. Su muerte, por cierto, supuso la firma de la pragmática sanción que permitiera a su hermana María Teresa ser la heredera de la corona austriaca, aunque la cosa terminó con la Guerra de Sucesión Austriaca.

Curiosamente, uno de los ataúdes más llamativos es el de la princesa María Amalia, hija del Emperador Carlos VI. Y digo curiosamente porque sólo vivió 6 años, pero aún así mirad que bellísimo ataúd (claro que es de época posterior a los que acabamos de ver):

Aunque esta parte sea conocida como bóveda leopoldina, haciendo referencia a su constructor, el emperador Leopoldo I, que la construyó en 1657 y la amplió en 1701, sus restos no reposan aquí, sino en la siguiente parte del panteón.

D: Bóveda Carolina.

Seguimos nuestro recorrido por la Cripta Imperial de los Habsburgo en esta nueva bóveda, que es en realidad una extensión de la anterior, realizada entre 1710 y 1720 por Lucas de Hildebrandt, quién es también el autor del ataúd del emperador José I.

Empezamos por la derecha: tras un pequeño ataúd de un niño (el archiduque Leopoldo José, hijo de José I, que apenas vivió un año) y la urna con el corazón de la emperatriz Guillermina Amalia, esposa de José I (que fundó el convento de las Salesas de Viena, donde pasó sus últimos años y fue enterrada), nos encontramos con este imponente ataúd:

Este es el ataúd que Hildebrandt realizó para José I. Este emperador fue uno de los principales protagonistas de la guerra de sucesión española, ya que quería colocar a su hermano, el archiduque Carlos, como rey tras la muerte sin descendencia de Carlos II de España, frente al otro pretendiente, Felipe de Anjou. Pero tras 6 años de reinado murió sin descendencia, por lo que su hermano Carlos pasó a ser emperador (Carlos VI), sus aliados en la guerra (sobre todo Gran Bretaña, pero también Holanda) le abandonaron y al final quien consiguió la corona de España fue el candidato francés, Felipe V.

Por cierto, en este ataúd nos encontramos con uno de los elementos decorativos más habituales en esta bóveda: las calaveras:

Y justo a su lado, nos encontramos con este maravilloso sarcófago:

Es el de la emperatriz Isabel Cristina de Brunswick, esposa de Carlos VI. Este es el primero de los sarcófagos que realizó el maestro estañero Balthasar Ferdinand Moll. Y si este os parece espectacular, ¡esperad a ver el de su marido! De todas formas, de este ataúd destacan las figuras veladas de las esquinas:

Vámonos ahora a la pared de enfrente. El primer ataúd que nos encontramos es éste:

De nuevo la calavera, el águila, la cruz, la corona… este es el, llamémoslo así, ataúd bisagra, ya que pertenece al emperador Leopoldo I, que fue, si recordamos, el que mandó construir la bóveda anterior, por lo que es un intermedio entre el austero estilo anterior y el barroco de esta sala. De su reinado destaca que le tocó hacer frente al segundo sitio de Viena por parte de los Otomanos. Cerca estuvo de perderse la ciudad, pero a última hora la ayuda polaca y de algunos principados alemanes, que atacaron el campamento turco y los derrotaron en apenas media hora, consiguió salvar la ciudad.

A continuación tenemos dos ataúdes de archiduquesas, la primera, María Isabel, hija de Leopoldo I, y la segunda, María Ana, hija de Carlos VI. Y llegamos, por fin, a la verdadera joya de esta bóveda, y uno de los más impresionantes ataúdes de toda la Cripta Imperial de los Habsburgo:

Pongo la foto de Wikipedia porque la que hice yo no está tan bien iluminada… fijaos bien en esta obra maestra del estañero Moll. Esta es la tumba del emperador Carlos VI, ese que, al suceder a su hermano José I, se quedó sin el trono español. Aún así, con la guerra aumentó considerablemente los dominios de los Habsburgo, y fue quien llevó a Viena la escuela de equitación española (esa que a veces sale en el concierto de año nuevo) y que se puede visitar en el Hofburg.

Es de destacas que cada esquina del ataúd está rematada por una calavera coronada, cada una distinta, ya que representa las cuatro coronas de Carlos: la Imperial, la de Austria, la de Hungría y la de Bohemia:

¿Tanta calavera y demás os ha resultado quizá un tanto macabro? Pues no os preocupéis, porque de golpe vamos a pasar ¡a la gloria celestial!

E: Cripta de María Teresa.

Me vais a permitir un pequeño aporte musical para meternos en ambiente:

La elección no es casual, obviamente. A parte de que la exquisita belleza del fragmento encaja muy bien con el lugar, aquí reposan los emperadores contemporáneos de Mozart y para quienes realizó algunas obras: María Teresa y su hijo José I.

Como ya he dicho, el contraste con las bóvedas anteriores es mayúsculo: estamos en pleno rococó, ya que esta cripta fue construida por orden de la emperatriz María Teresa en 1753 y diseñada por el arquitecto Jean-Nicolas Jadot de Ville-Issey, de origen Lorenés (compatriota del consorte de la MariTere), quien trabajó por ejemplo en el Castillo de Buda o en el propio Schönbrunn. Bajo el patio de la sacristía construyó una cúpula que permite la entrada de luz natural a través de sus óculos, por lo que esta bóveda está mucho más iluminada que las anteriores; de toda la Cripta Imperial de los Habsburgo, esta es la única estancia que cuenta con iluminación natural. Además, frente a las desnudas paredes de las bóvedas precedentes, la cúpula está decorada con un fresco pintado por Josef Mildorfer:

Nada más entrar, justo de frente, nos encontramos con el sarcófago de José I (cuidado, no os tropecéis con él):

Espantoso, ¿verdad? Pues responde a la ideología ilustrada del emperador, que de hecho rechazó ser embalsamado (y que embalsamaran también a sus dos esposas, que le dejaron sin descendencia, por cierto). Su empeño por modernizar y racionalizar el estado, como uno de los principales representantes del despotismo ilustrado, le llevaron a estas simplificaciones de ornamentación. El contraste con su mamá es brutal.

Antes de pasar al centro (que seguro que vuestros ojos ya se dirigen directos allí), vamos a fijarnos brevemente en una pequeña habitación a la derecha, donde está sepultada la única persona no perteneciente a la familia Habsburgo: la condesa Karoline von Fuchs Mollard, quien fuera institutriz de la emperatriz María Teresa y de sus hijos. Tal debía de ser el cariño que le tenía la emperatriz que quiso que fuera enterrada junto a ella.

Y sí, venga, vamos ya al centro:

El maestro estañero Moll se enfrentó aquí al difícil trabajo de realizar este sarcófago doble destinado a la emperatriz María Teresa y a su esposo, el “emperador” Francisco I de Lorena. Y, sin ninguna duda, la mayor obra maestra de la Kapuchinengruft en su conjunto.

Carlos VI murió sin ningún hijo varón, por lo que antes de morir derogó la ley sálica que impedía que una hija pudiera heredar la corona imperial. De esta forma, su hija mayor, María Teresa, era la heredera al trono, pero no todos aceptaron esta decisión, y así estalla la Guerra de sucesión austriaca, en la que las principales potencias europeas se aliaron a favor o en contra de María Teresa. Su peor enemigo, Federico II de Prusia, aprovechó para arrebatarle Silesia, y aprovechando su matrimonio con una hija del Emperador José I, Carlos de Baviera fue coronado Emperador como Carlos VII. Pero a la muerte de este, en 1745, y con la firma del tratado de paz de Aquisgrán en 1748, María Teresa consigue el trono imperial para su esposo, Francisco I, aunque en la práctica fue ella la que desempeñó las funciones de gobierno.

Aún así, María Teresa se empeñó en recuperar Silesia, lo que provocó la Guerra de los 7 años, que en realidad fue más una guerra entre Gran Bretaña (aliada de María Teresa) y Francia (su enemiga) por sus colonias.

María Teresa fue quién comenzó la labor reformadora ilustrada que luego seguiría su hijo, José II, pero también quién anexionó Bohemia y Moravia a Austria, perdiendo así la categoría de reinos, que por el contrario sí conservaría Hungría. Y fue una muy destaca figura en la Europa de la época y, tras Sissi, la emperatriz más recordada. Y en 20 años tuvo nada menos que 16 hijos, de los cuales 10 llegaron a edad adulta. Famosa es su penúltima hija, María Antonieta, que se casaría con el delfín Luís, futuro Luis XVI, que murió guillotinada durante la revolución francesa. Varios de sus hijos están enterrados en esta bóveda alrededor de su sarcófago.

Así destaca el primer sarcófago de la derecha:

Es el sepulcro de Carlos José, el segundo hijo de María Teresa. De carácter totalmente opuesto al de su hermano mayor, José II, era alegre, bromista, y se ganaba fácilmente el cariño de la gente, por lo que era el hijo favorito de María Teresa. Pero los dos hermanos se odiaban mutuamente. Por desgracia, poco antes de cumplir 16 años murió a consecuencia de una enfermedad que abunda en esta cripta: la viruela. María Teresa cayó en una profunda depresión por la pérdida de su hijo favorito.

Vamos ahora al fondo, justo detrás del sarcófago de los emperadores. Destacan:

Emperatriz María Josefa de Baviera, segunda esposa de José II. Era hija del ya mencionado emperador Carlos VII de Baviera, que fue el primer emperador no Habsburgo desde 1.438 (y sería el último). Su esposo, que había estado profundamente enamorado de su primera esposa, nunca la amó, y ni siquiera fue a su funeral. De hecho, se negó a visitarla durante su enfermedad terminal (viruela, de nuevo), por lo que fue atendida por su suegra María Teresa y por su cuñada la archiduquesa María Isabel, quienes contrajeron al enfermedad, aunque la superaron.

Justo a su lado:

Emperatriz Isabel de Borbón-Parma, primera esposa de José II. Muy amada por su esposo, contrajo la viruela durante el embarazo, y murió 5 días después del parto. Su hija María Cristina vivió pocas horas, y se encuentra enterrada en un pequeño ataúd justo debajo del de su madre. En esta foto de wikipedia se puede ver la pequeña caja sobresaliendo por debajo de la de su madre:

Y a continuación, siempre de derecha a izquierda:

Este bellísimo sarcófago pertenece a la archiduquesa María Teresa, hija mayor de José II e Isabel de Borbón-Parma, quien murió por una pleuritis a los 7 años. El retrato de la niña durmiente es de una delicadeza magistral.

En resto de personas enterradas en esta cripta carecen de interés, en algunos casos se trata de niños que incluso ya nacieron muertos. Así que abandonamos por la derecha la bóveda rococó para adentrarnos en una nueva época y un nuevo estilo artístico.

F: Cripta de Francisco, G: Cripta de Fernando y K: Cripta Toscana. 

Seguimos nuestro recorrido por las siguientes estancias de la Cripta Imperial de los Habsburgo. Y Si en la cripta anterior poníamos música de Mozart, aquí podríamos poner algo de Schubert, ya que nos hemos metido de lleno en el romanticismo del siglo XIX. Y es que estas criptas (realizada la primera, la de Francisco, en 1.824 por Johann Aman y las otras dos en 1.840 por Johann Höhne) están realizadas en un estilo llamado Biedermeier, típico de la Viena de la primera mitad del siglo XIX, un estilo fundamentalmente burgués, romántico, que en arquitectura se caracteriza por su simplicidad ornamental y gran elegancia (Si queréis saber más sobre el estilo Biedermeier, es muy recomendable la visita al Museo de Viena, en la Karlsplatz, junto a la iglesia de San Carlos Borromeo).

Empezamos por la cripta de Francisco:

En el centro destaca el sarcófago de Francisco II/I, obra Pietro Nobile, situado sobre un pedestal de piedra. Francisco II fue el último emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, eliminado por Napoleón tras la victoria en Austerlitz. Se vio de hecho obligado a entregar a una de sus hijas como esposa para el emperador francés, de quien fue uno de sus mayores enemigos. Pero gracias a la labor del canciller Metternich en el Congreso de Viena pudo recuperar la mayor parte de los territorios perdidos desde la revolución francesa, con la excepción de Bélgica, por lo que pasó a ser emperador de Austria, siendo como tal denominado Francisco I. En su largo reinado de 47 años se casó 4 veces, y de hecho sus cuatro esposas están sepultadas a su alrededor (en la foto se puede ver cómo sobresalen por detrás del sarcófago imperial dos de los sarcófagos de sus esposas).

A la derecha vemos una puerta: ignorémosla. Nos conduce a la ultima estancia de toda la Cripta Imperial de los Habsburgo, por la que saldremos, así que mejor continuar de frente para completar el recorrido.

Pasamos así a la bóveda de Fernando:

Este es el sepulcro de Fernando I. Al igual que el anterior, el ataúd metálico descansa sobre un bello pedestal de piedra. La incapacidad mental de este Emperador provocó que quien en realidad gobernara fuera el canciller Metternich. Tras la caída en desgracia de éste durante la revolución de 1848, el emperador se vio forzado a abdicar en favor de su sobrino, Francisco José I.

A su lado:

El ataúd de su única esposa, María Ana de Cerdeña. No tuvieron descendencia.

En las cuatro esquinas de la cripta hay unos nichos donde reposan los restos de nada menos que 37 miembros de la familia real. Muchos de ellos niños, pero algunos mucho más longevos (una archiduquesa de 84 años, nada menos). Nada destacable.

Para hablar de la bóveda Toscana hay que dar una pequeña explicación histórica:

A la muerte sin descendencia de Gian Gastone de’Medici (cuya homosexualidad era sobradamente conocida por todos), el trono del gran ducado de Toscana recayó sobre Francisco de Lorena, esposo de la emperatriz María Teresa. Este proclamó sucesor suyo en el gran ducado a su tercer hijo, Leopoldo. El problema fue que, al morir el mayor, José II, sin descendencia (y recordando que el segundo murió antes de cumplir los 16 años), Leopoldo pasó a ser emperador. Así que éste cedió el ducado a su segundo hijo, Francisco III de Toscana, que no se encuentra enterrado aquí, sino en la cappella medicea de la Iglesia de San Lorenzo de Florencia. Pero sus herederos, así como algunos duques de Módena, están sepultados en esta bóveda toscana. Pero no nos vamos a detener en estos (entre otras cosas porque no se puede acceder a esta cripta, por lo que sólo los vamos a poder ver de lejos), salvo en los 4 que se encuentran junto a la cripta de Fernando:

Estéticamente no son nada destacables, como podéis comprobar por vosotros mismos. Pero quienes aquí yacen tienen una importancia histórica que merece mencionarse:

Empezando por la izquierda nos encontramos con los ataúdes de Alberto de Sajonia-Teschen y de su esposa María Cristina. Esta era la hija favorita de María Teresa, por lo que la emperatriz hizo con ella una excepción: impidió todos los acuerdos matrimoniales que quería alcanzar su padre, para así permitirle el privilegio único de casarse por amor. Y María Cristina escogió al conde Alberto, un conocido coleccionista de arte que reunió un importante número de grabados y dibujos que actualmente se encuentran expuestos en su palacio, la galería Albertina. Además, dado que la única hija que tuvo la pareja murió al día de nacer, su cuñado, Leopoldo, permitió que adoptaran a uno de sus hijos, Carlos, conocido por tanto como Carlos de Sajonia-Teschen, de quien hablaremos más adelante.

Los dos últimos sarcófagos pertenecen precisamente al emperador Leopoldo II y su esposa María Luisa, hija de Carlos III de España. Pasaron buena parte de su vida en Florencia como Grandes Duques de Toscana hasta que la muerte sin descendencia de José II les hizo asumir la corona imperial, que ostentaría dos años, en los que tuvo que hacer frente a la amenaza de la revolución francesa (recordemos que era hermano de la reina María Antonieta de Francia), donde siempre se negó a intervenir (cosa que cambiaría con la ejecución de la reina, pero eso ya sucedería durante el reinado de su hijo Francisco).

Pasemos a la siguiente bóveda.

H: Nueva bóveda.

Este es el espacio más reciente de la Cripta Imperial de los Habsburgo, realizado por el arquitecto Karl Schwanzer entre 1960 y 1962 en un estilo muy austero, con paredes de cemento que pretende evocar la solemnidad de la muerte… y que lo convierten en un espacio muy poco interesante. El objetivo de este espacio fue por una parte solucionar los problemas de humedad que estaban corroyendo muchos sarcófagos y por otra parte disponer de más espacio para recolocar bastantes cuerpos que atestaban los otros espacios de la cripta. Es por esto que, a diferencia del criterio cronológico que hemos visto hasta ahora, aquí impera un criterio temático.

Por cierto, como bien se nota en la foto, al ir la iluminación dirigida hacia arriba, los sarcófagos permanecen bastante oscuros, lo que dificulta poder hacer fotos decentes.

Comenzamos por la pared que tenemos justo a la izquierda de la puerta de entrada, la “pared de los Obispos”, ya que en ella están alojados los Habsburgo que emprendieron la carrera eclesiástica. Aquí se sigue un criterio cronológico de izquierda a derecha. Así, empezando por la izquierda, nos encontramos con Leopoldo Guillermo, hermano del emperador Fernando III, quien abandonó la carrera eclesiástica para emprender la carrera militar durante la guerra de los 30 años, y que es uno de los ocupantes más antiguos de la cripta.

El siguiente es su sobrino, Carlos José, hijo de Fernando III, quien poco antes de cumplir los 13 años fue nombrado arzobispo de Olomuc, obispo de Passau y Wroclaw y Gran maestre de la orden Teutónica. Murió a los 15 años, así que podemos dudar de su capacidad para desempeñar esos cargos…

En la foto vemos el sarcófago de este arzobispo en primer término, cortado. El siguiente, de mucha más interesante decoración, pertenece a Carlos José de Lorena, arzobispo de Tréveris. Este no es un Habsburgo, pero era el tío de Francisco I, el marido de María Teresa, y por eso fue sepultado aquí (originalmente fue sepultado en la cercana Minoritenkirche, siendo trasladado aquí un año después).

El siguiente es Maximiliano Francisco, Obispo de Colonia, que fue el más joven de los hijos de María Teresa. Y terminamos con Rodolfo, arzobispo de Olomuc y cardenal, hijo menor de Leopoldo II. Amigo íntimo de Beethoven, quien le dedicó el Trío Archiduque y la Missa solemnis.

Nos ponemos de espaldas a la pared de los obispos y avanzamos. A la derecha nos encontramos con un único ataúd:

Se trata de María Luisa, hija de Francisco II y segunda esposa de Napoleón Bonaparte, con lo que fue emperatriz de los franceses. Tras la derrota de Napoleón, ella conservó el título honorífico de emperatriz y además se le otorgó el ducado de Parma. Tuvo un hijo con Napoleón, Napoleón II, rey de Roma, que pasó la mayor parte de su existencia en Viena, donde murió de tuberculosis a los 21 años. Sobre la teoría que le hace padre de Maximiliano de México ya hablaremos en otra ocasión. En todo caso, su cuerpo fue sepultado aquí, en concreto en la bóveda de Francisco, hasta que en 1.940 un tal Adolf Hitler decidió trasladar sus restos a París para enterrarlo junto a su padre (será que quería congraciarse con el emperador francés… ). Bueno, pues ¡aquí hay alguien que reclama su devolución a Viena! En todo caso, su corazón continúa en la ciudad, en la Herzgruft de la Augustinenkirche.

Vámonos ahora a la pared de enfrente, esta sí, mucho más ocupada.

Los primeros sarcófagos contienen restos de la familia de Carlos de Sajonia-Teschen. Este Carlos fue un héroe militar durante las guerras napoleónicas, ya que, pese a perder las batallas, causó grandes bajas entre el ejército francés.

Pero justo en medio de la pared, frente a María Luisa, destaca una tumba por encima de todas:

Aquí está un personaje que no sé bien por qué me despierta una gran simpatía: el emperador Maximiliano de México. Hermano de Francisco José I, quien le cedió el gobierno de los territorios italianos del Imperio (Lombardía y Véneto), Napoleón III lo hizo coronar emperador de México en su intento por controlarlo para su beneficio. Pero Maximiliano intentó modernizar y desarrollar el estado mexicano, por lo que Napoleón, con serios problemas en Europa, le retiró el apoyo (¿sabría que podía ser el hijo de su primo?), y los republicanos mexicanos, liderados por Benito Juarez, y ahora con el apoyo de unos Estados Unidos que por fin salían de la guerra civil, derrotaron a las fuerzas imperiales y fusilaron al emperador, quien murió sin descendencia por la esterilidad de su mujer, Carlota de Bélgica.

Del resto, familiares de Carlos de Sajonia-Teschen, algunos miembros de la rama Toscana y la primera esposa de Carlos Luis, hermano de Francisco José, no hay mucho que destacar.

La pared del fondo está destinada a los familiares directos del emperador Francisco José I: su padre, Francisco Carlos, tercer hijo de Francisco II; un hijo de este, nacido muerto; la mujer de Francisco Carlos y madre de Francisco José I y de Maximiliano de México, Sofía de Baviera, hija de Maximiliano I de Baviera y, por tanto tía de su nuera Sissi; el tercero de los hijos de la pareja, Carlos Luís, padre de Francisco Fernando, cuyo sarcófago vemos a continuación:

Su segunda mujer (y madre de sus hijos) María Anunciada de Borbón-Dos Sicilias; el Archiduque Otto “el hermoso”, segundo hijo de Carlos Luís y padre de Carlos I, el último emperador; y la esposa de este, María Josefa de Sajonia. Sólo falta aquí el último hermano de Francisco José, Luis Víctor, el favorito de su madre, que por la considerable diferencia de edad mantenía relaciones distantes con sus hermanos; reconocido homosexual, se vio envuelto en un escándalo de pederastia por el que fue recluido en un aislado palacio al que solo podían acceder mujeres y que, siendo el último de los hermanos en morir, fue enterrado en el cementerio de Wals-Siezenheim, cerquita de Salzburgo.

I: Cripta de Francisco José:

Llegamos al que quizá sea el punto más turístico de la Cripta Imperial de los Habsburgo. Esta sala fue mandada construir por el emperador Francisco José I, junto con la capilla anexa, en 1.908-1.909  con diseño de  Cajo Perisic en estilo Secesión, con paredes cubiertas de mármol. Aquí reposan tres personas:

El vivo de la foto soy yo, obviamente. ¿Recordáis que al comienzo decíamos que todos los sarcófagos son metálicos menos uno, que es de piedra? Pues ahí lo tenéis: el de Francisco José I, quién llegó a ser emperador a los 18 reprimiendo sangrientamente la revolución de 1.848 y que terminó sus 68 años de reinado con la I Guerra Mundial (y de quien hablamos en este post). A la izquierda, su prima y mujer, Isabel de Baviera, la famosa Sissi, y a la derecha, su desgraciado hijo, el archiduque Rodolfo (cuya historia contamos en este post). Pero bueno, os voy a hacer una confesión: si me dejaran abrir UN único ataúd, no dudaría la respuesta: el del archiduque Rodolfo. Sí, tengo un puntillo macabro un tanto extraño…

J: Capilla:

Llegamos a la última estancia de la Cripta Imperial de los Habsburgo. Nada más cruzar la puerta, a la derecha tenemos un busto de Carlos I:

Carlos I fue el último emperador, que tras perder la I Guerra Mundial terminó exiliado en Madeira, donde aún continúa enterrado.

A la izquierda tenemos una placa en la pared que recuerda a Francisco Fernando y su esposa Sofía, cuyo asesinato en Sarajevo en 1.914 desencadenó la I Guerra mundial. Ellos no están enterrados aquí, sino en el castillo de Artstetten. No olvidemos que, a fin de cuentas, era un matrimonio morganático que nunca fue del agrado de su tío Francisco José I, por lo que Sofía no podía ser enterrada aquí. Junto a la placa  está la tumba de Carlos Luís, hijo mayor de Carlos I, y un espacio para su esposa, Yolanda, quien todavía está con vida. Y a su lado:

La tumba de la emperatriz Zita de Borbón-Parma, esposa de Carlos I, y por tanto última emperatriz, que murió en 1.989.

De frente, junto al altar, las tumbas de Otto, otro de los hijos de Carlos I, y su esposa Regina.

Y ya saliendo por la puerta que hay junto al busto de Carlos terminamos nuestra visita. Por esta visita guiada cobro 10 euros, y acepto propinas, que sus horas me he pegado para escribir esto y merezco una recompensa….  Bromas aparte, si habéis conseguido leer todo esto ya os merecéis un premio.