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Crónica: Budapest Festival Orchestra en Quincena Musical (26/27-08-2018)


Regresaba, otro año más, Ivan Fischer con la Budapest festival Orchestra a la Quincena Musical donostiarra, lo que siempre es una gran noticia tratándose de un director muy interesante y de una magnífica orquesta. La orquesta ofreció dos conciertos consecutivos, que comentaremos en una única crónica.




El primer concierto, el día 26 (enlace del programa) fue sumamente original, ya que, aprovechando las dotes pedagógicas de Fischer, hizo un repaso a la tradición musical popular húngara y su lugar en la música clásica. Fischer presentó a Jenö Lisztes, intérprete de un instrumento tradicional del folclore cíngaro, el címbalo húngaro, que tocó una breve improvisación para que pudiéramos conocer un instrumento por lo demás desconocido aquí, similar a la cítara bávara, para luego dar paso a la Primera Rapsodia Húngara de Liszt, en la que el intérprete improvisó diversas cadencias solistas cual si de un piano se tratara. La interpretación orquestal fue magnífica, dadas las prestaciones musicales que ofrece, en un concierto que ya se avistaba que iba a ser todo menos “ortodoxo”.

Y es que, a continuación, Fischer presentó a József Csócsi Lendval, un tradicional violinista de orquesta folclórica húngara, para que interpretara, como es habitual en este tipo de formaciones populares, la 1ª Danza Húngara de Brahms con sus improvisaciones y variaciones, mientras la orquesta intentaba seguirle. Algo similar sucedió con la siguiente obra, la 3ª Rapsodia Húngara de Franz Liszt, en la que, de pronto, se detuvo la obra en un momento que tiene una melodía tradicional húngara, para que el violinista realizara unas improvisaciones antes de retomar la pieza.

A continuación, el director presentó a József Landval, hijo del anterior y que ha realizado estudios clásicos de conservatorio a parte de lo aprendido de su padre. Considerando que esta combinación era perfecta para los Aires Gitanos de Pablo Sarasate, fue el solista elegido para interpretara dicha pieza con absoluta maestría. La primera parte concluía con padre e hijo interpretando, acompañados de la orquesta, la Danza Húngara nº 11 de Brahms.

Fue sin duda una experiencia sumamente interesante el poder conocer de esta forma la música tradicional húngara, tan cercana a la Budapest Festival Orchestra, y su influencia en el repertorio clásico, una especie de ruptura entre las mal denominadas “música culta” y “música popular”.

La segunda parte del concierto fue mucho más tradicional, con una impecable interpretación de la 1ª sinfonía de Brahms, que he de confesar que es mi favorita del compositor. Con unas cuerdas que sonaban a gloria y unas acertadísimas maderas, Fischer impuso un ritmo razonablemente relajado que culminó con una electrizante coda final simplemente espectacular. El maestro húngaro volvía a regalarnos una gran noche en Donostia.

El siguiente día, la misma Budapest Festival Orchestra ofrecía un segundo concierto, absolutamente tradicional en su concepto (enlace del programa). La primera parte constaba de las Vísperas Solemnes del Confesor, misa de Wolfgang Amadeus Mozart. A una orquesta de dimensiones reducidas se unía un Orfeón Donostiarra tal vez demasiado numeroso para la obra, que en todo caso resolvió con corrección la parte, en especial los ocho solistas que abrían cada sección a capella en unos fragmentos que emulaban al canto gregoriano).

La obra requiere de cuatro solistas, aunque únicamente la soprano tiene un papel de cierta enjundia. Christina Landshamer se hizo cargo de la parte con una voz tímbricamente hermosa pero de limitado volumen, si bien hay que reconocer que superó con solvencia los pasajes de coloratura de su intervención solista.

Del resto de solistas, voz bella pero muy pequeña la de la Mezzo Olivia Vermeulen. La voz del Bajo Konstantin Wolff sonaba basta y falta del legato necesario para su parte. La voz más interesante era la del joven tenor donostiarra Xabier Anduaga, siendo la suya la más audible de todas (cosa poco frecuente en un tenor lírico-ligero) que llenaba por completo el auditorio Kursaal. Sólo queda esperar poder volver a verlo próximamente en algún papel de más enjundia.

En la segunda parte, Fischer regresaba a Mahler, compositor que ya había interpretado en ediciones anteriores en la Quincena (recuerdo una magnífica 3ª hace unos años y una espectacular “Titán” hace ya más años), en este caso con la menos ambiciosa de todas, la 4ª. Los tempos elegidos por el director fueron pausados, relajados, sin romper con ello la tensión de la obra, pero alcanzando momentos de una belleza sublime, en especial en el 3º acto. La Budapest Festival Orchestra volvió a lucirse al completo con esta obra. Christine Landshamer volvió a demostrar un gusto exquisito pero una voz limitada de volumen en su intervención en el movimiento final.

El público del día 27 no estuvo, por desgracia, a la altura: toses sin disimulo, papeles de caramelos, ruidos al abanicarse, aplausos fuera de tiempo (no hablo de al concluir un movimiento, sino incluso cuando la música todavía seguía sonando) y una estampida general al concluir la obra, sin esperar a los saludos. Y, pese a todo, el público habitual aplaudió como es debido a una orquesta y un director de un nivel difícil de encontrar en la Quincena. Sólo nos queda esperar que la Quincena Musical vuelva a contar en lo sucesivo, como ha sucedido hasta ahora, con esta Budapest festival Orchestra y con Ivan Fischer en las próximas ediciones, porque sus conciertos son casi siempre memorables.



Crónica: Rotterdams Philharmonisch Orkest en Quincena Musical (24-08-2018)


No es la primera vez que nos visita en la Quincena Musical Donostiarra la Rotterdams Philharmonisch Orkest, y, por ello, a causa de su centenario, la quincena quiso regalarles, al comienzo del concierto, un regalo de cumpleaños, en voz de los niños del Coro Easo. Un niño, solista, cantó el Zorionak zuri (versión en euskera del Cumpleaños feliz) con voz temblorosa pero de gran belleza, y el resto del coro entonó una canción holandesa, que desconozco, con muy buen nivel. En Donostia contamos con grandes formaciones corales, y además con un magnífico coro de voces blancas que es siempre un placer escuchar, y no sé si les sacamos todo el partido que sería de desear.




Vamos ya con el concierto que nos ofrecía la Rotterdams Philharmonisch Orkest, y, por ello, antes de nada dejo un enlace con el programa.

La del canadiense Yannick Nézet-Séguin es sin duda una de las mejores batutas que he tenido ocasión de escuchar en los años que llevo asistiendo ala Quincena Musical. En mis tímpanos aún perduran los ecos de aquella monumental 3ª sinfonía de Mahler que nos regaló años atrás. Volvíamos así a disfrutar de su movimiento enérgico y preciso, de su dramatismo interpretativo. Pero no solo.

Y es que el concierto comenzaba con la sinfonía 35, “Haffner”, de Mozart. La orquesta, con muchos menos miembros que en las obras posteriores, respondió con brillantez a la energía transmitida por la batuta. Tempos fluidos, interpretados con absoluta corrección por la orquesta que demostró su gran nivel. Quizá los hiper-románticos como yo echáramos de menos más rubato en el primer movimiento, pero estilísticamente estaría fuera de lugar, y la versión que ofreció Nézet-Séguin fue más ortodoxa, pero siempre disfrutable.

Seguía esa poco agradecida obra que es el 2º concierto para piano de Franz Liszt. Una obra técnicamente complicadísima para el pianista, que aparece eclipsado por una orquesta apabullante, en una obra que parece más bien una sinfonía concertante. Los solistas de la orquesta supieron lucirse en sus momentos en solitario: clarinete, trompa, oboe, chelo… mientras Yefim Bronfman hacía frente a la tremenda partitura que tenía por delante. La complicidad con Nézet-Séguin fue más que evidente, complementándose ambos a la perfección. Como propina, Bronfman ofreció el mítico “Clair de lune” de Debussy (la primera vez que lo escucho en vivo, he de confesar) en el que compensó un ritmo un tanto apresurado con un fraseo de gran delicadeza que permitió que fluyera la magia en una obra tan fascinante incluso para los poco adeptos a la música de Debussy como yo.

La segunda parte del concierto era, en mi opinión, la más atractiva: la 4ª sinfonía de Tchaikovsky, una obra que he tenido ocasión de ver varias veces con desiguales resultados. Las exigencias orquestales son notables, y la Rotterdams Philharmonisch Orkest las solventó sin aparente dificultad, con unas cuerdas compactas, unas maderas sabiendo sacar partido a sus partes, unos metales en general afinados y una percusión solventando las enormes dificultades que les presenta la partitura, en especial a los timbales y, sobre todo, a los platillos en ese vertiginoso movimiento final.

Los tempos elegidos por Nézet-Séguin eran por lo general fluidos, aunque el rubato estaba bien empleado. Tras un espectacular primer movimiento llegó un segundo más delicado, quizá un tanto apresurado pero interpretado de una forma que no había escuchado nunca, realmente fascinante. En el tercer movimiento hubo momentos en los que los pizzicatti de las cuerdas apenas resultaron audibles, pero para eso ya se desquitaron en el tremendo movimiento final, lleno de fuerza y potencia orquestal.

En este movimiento, espectacular per se, se corre el riesgo de quedarse en lo superficial, de no adentrarse en la historia que nos cuenta la obra. No fue el caso del director canadiense: supo sacar el máximo partido al rubato cada vez que aparecía de nuevo el tema del destino, el tema que abría el primer movimiento. Así, esa lucha contra el destino apareció remarcada, destacando más aún el espectacular final, la victoria de la voluntad frente al destino.

El público respondió, como cabía esperar, con entusiasmo; es lógico dado el efecto que produce la obra, pero también por el resultado ofrecido por orquesta y director.

Y, si el concierto comenzaba con una celebración, concluía con una despedida, la de Nézet-Séguin al frente de la Rotterdams Philharmonisch Orkest para ocupar un nuevo cargo en el MET. Así, como propina, ofreció una pieza hasta cierto grado sorprendente: el preludio del 3º acto de La Traviata. No la obertura, más conocida, más alegre, no; el triste preludio que nos anuncia la muerte de Violetta. La delicadeza de su forma de dirigir transmitió una enorme sensibilidad que se agradece en una obra tan escuchada y maltratada.

Tras este concierto, sólo nos queda esperar que esta despedida no suponga un no retorno del director canadiense, que siempre nos regala grandes veladas.



Emil Gilels en el centenario de su nacimiento (19-10-2016)


La escuela pianística de Rusia ha sido ya desde el siglo XIX muy prestigiosa, dando nombres tan destacables como los hermanos Anton y Nikolai Rubinstein, Sergei Rachmaninov o, ya a comienzos del siglo XX, Vladimir Horowitz, por citar sólo algunos de los más famosos y destacables. Pero en la segunda década del siglo XX vinieron al mundo dos de los más grandes pianistas de los que hay registro sonoro; el primero sería Sviatoslav Richter, y el segundo, nacido un año después, será el que hoy nos ocupa en el centenario de su nacimiento: Emil Gilels.




Emil Grigoryevich Gilels nació en la ciudad Ucraniana de Odesa, por aquel entonces parte de ese Imperio Ruso que estaba a punto de desaparecer, en el seno de una familia judío-lituana. Emil Gilels tuvo una hermana 3 años menor, Elizabeth, que fue violinista, y con la que le vemos en esta foto:

Emil Gilels poseía oído absoluto, por lo que sus padres le llevaron a estudiar a los 5 años con el pedagogo y pianista Yakob Tkach, cuya estricta enseñanza desarrolló inmediatamente la técnica del pequeño Emil, que en pocos meses aprendió a tocar obras de Clemente o de Mozart, para sorpresa de un profesor que se dio cuenta de que Gilels había nacido para ser pianista.

En mayo de 1929, con sólo 12 años, Emil Gilels da su primer concierto público, entrando ese mismo año en el conservatorio de Odesa, donde se graduará en 1935. Bertha Reingbald será su profesora. Aún siendo menor de la edad estipulada, Gilels participa en concursos de piano de Ucrania, dejando claro su enorme talento.

Algo que demuestra ese talento es el hecho de que, en 1932, el famoso pianista polaco Arthur Rubinstein visitó Odesa y se llevó una gran impresión al ver tocar a Emil. Ambos serán amigos hasta la muerte de Arthur, quien años después confesaría que, si aquel joven pecoso de larga cabellera pelirroja hubiera ido en ese momento a Estados Unidos, él habría tenido que marcharse… razón no le faltaba, desde luego.

En 1932 conoce en Moscú a Heinrich Neuhaus, famoso profesor del conservatorio de Moscú, y en 1933 gana por unanimidad un prestigioso concurso de piano en la capital rusa y que le lanza a la fama en toda la URSS, pero Gilels, a quien Bertha Reingbald le había enseñado a no dar demasiados conciertos, agobiado por el estrés que le provoca toda esa actividad, vuelve al conservatorio de Ucrania. Eso sí, tras graduarse, vuelve a Moscú como estudiante de postgrado con Neuhaus, donde coincidirá con otro destacado alumno, Sviatoslav Richter, de quien también será gran amigo toda su vida (curioso que no hubiera rivalidad entre dos genios de su altura).

En 1938 gana otro concurso en Bruselas, y ese mismo año termina sus estudios en Moscú, pero la gira que tiene planeada en América se cancela por el inicio de la II Guerra Mundial. Pese a todo, Gilels es ya una celebridad, hasta el punto de que un exiliado Sergei Rachmaninov, escuchando por la radio los conciertos de Gilels, le envía una medalla y un diploma que él había recibido para simbolizar su puesto como sucesor de Anton Rubinstein; Rachmaninov considerará a Gilels su sucesor.

En 1944 Emil Gilels estrena la sonata para piano nº 8 de Sergei Prokofiev, y durante la guerra da conciertos en el frente para alentar a las tropas. Forma también en 1945 un trío junto a su cuñado, el violinista Leonid Kogan, y el chelista Mstislav Rostropovich.

En 1955, Emil Gilels será, junto con el violinista David Oistrakh, el primer músico soviético al que se le permite hacer giras en Occidente, donde arrasa por donde pasa. En Estados Unidos, sorprendido de su éxito, afirmará que eso es porque todavía no han escuchado a Richter (pero Richter viajará poco a Estados Unidos y fracasara inicialmente en el Reino Unido, a diferencia de Gilels). Realiza también un gran trabajo discográfico, tanto como solista como acompañando al Amadeus Quartet o junto al trío ya mencionado. Además, en sus últimos años, Gilels dará conciertos junto a su hija Elena, nacida en 1948 de su segundo matrimonio.

En 1981, Emil Gilels sufre un infarto durante un recital en Amsterdan, y su salud se deteriora, aunque su muerte fue inesperada, durante un chequeo médico en Moscú el 14 de octubre de 1985, a pocos días de cumplir 69 años. Su amigo Richter llegó a hablar de negligencia médica como causa de la muerte, aunque al parecer se trata sólo de rumores.

Pese a una carrera no excesivamente larga (no fue tan longevo, que digamos), Emil Gilels nos dejó una extensa discografía que nos permite disfrutar de su arte y de su estilo técnicamente perfecto y de gran dramatismo.

Comenzamos escuchándole en repertorio barroco, en concreto con Johann Sebastian bach, en esta Fuga BWV 532:

Destaca también como intérprete de Domenico Scarlatti, del que le escuchamos la sonata L118:

Vamos a escucharle ahora tocar obras de Wolfgang Amadeus Mozart. Comenzamos con el concierto de piano nº 21:

Le vamos a escuchar ahora junto al trío que formaba con Kogan y Rostropovich en el trío K564:

Y ahora vamos a verle tocar junto a su hija Elena el concierto para dos pianos K365:

Pero si hay un compositor en el que destacara Emil Gilels, ese es Ludwig van Beethoven. Lo comprobamos primero escuchando su mítica versión del concierto para piano nº 5 dirigida por Günter Wand:

Su estilo es prefecto para las sonatas de piano de Beethoven, capaz de solventar las grandes dificultades técnicas y el gran vistuosismo que requieren con una fuerza y un dramatismo que extraen al máximo toda la expresividad de estos. Y por encima de todas, destaca su interpretación de la sonata nº 8, “Patética”, en una versión referencial:

En vez de sólo escucharlo, ahora vamos a verlo con la sonata “Waldstein”, nº 23:

Y le escuchamos también en una sonata muy distinta, la “Claro de luna”, nº 14, donde tiene que sacar a relucir un pianismo más pausado, más poético, que si bien no era su mayor virtud, aquí demuestra que puede seguir siendo poco menos que referencial con ese delicado 1º movimiento de una belleza indescriptible:

Le escuchamos también junto a su cuñado, el violinista Leonid Kogan, interpretando la sonata para piano y violín “Kreutzer”:

Pasamos a Franz Schubert, del que vamos a escuchar primero la versión que Emil Gilels interpreta de los Momentos musicales:

Y escuchamos también una de sus más célebres participaciones junto al Amadeus Quartet, la grabación del quinteto con piano “La trucha”:

Afortunadamente, Emil Gilels no se olvidó de Felix Mendelssohn en su repertorio, que incluía las romanzas sin palabras, de la que vemos esta magnífica versión del Spinnerlied:

Y escuchamos también su versión del 1º concierto para piano:

Robert Schumann fue otro de los compositores en los que más destacó Emil Gilels. Lo comprobamos primero con estos Estudios sinfónicos:

Y le vemos ahora interpretara el concierto para piano, en una versión delicada y lenta para lo que era habitual en él, aunque con un tecleado siempre potente:

Aunque frecuente en su repertorio, no es Frederic Chopin el compositor que mejor se adaptaba al estilo de Emil Gilels, al que quizá le faltaba un punto más de delicadeza y poesía que necesita la música del polaco. Pese a todo, nos regala algunas versiones nada desdeñables de sus obras, como esta Sonata nº 3:

En cambio, en esta versión de la Polonesa Heroica se echa en falta un poco más de rubato, aunque técnicamente la versión es intachable:

En esta interpretación de la balada nº 1 se observa que su tecleado es, como ya mencionamos antes, potente, quizá demasiado para extraer todo el contenido poético de la obra de Chopin, aunque no por ello deja de haber momentos casi mágicos en su interpretación (esta es una de mis obras favoritas de Chopin, raro sería que no me gustara nada de su interpretación…), pese a otros momentos de ritmo un tanto apresurado:

Pero cuando llegamos a Franz Liszt, la cosa cambia. Aquí su estilo pianístico se adapta perfectamente a la obra del húngaro, como comprobamos en esta magnífica versión de la famosa Rapsodia Húngara nº 2:

Aunque especialmente célebre es su interpretación de la Rapsodia Húngara nº 9:

Escuchamos ahora su versión de la sonata para piano:

Y terminamos con el endiabladamente complicado Valse oubliée nº 1:

 Johannes Brahms es otro de los compositores a los que va asociado el nombre de Emil Gilels, cosa que no es difícil entender escuchando, por ejemplo, esta magnífica interpretación de su 2º concierto para piano:

Vamos a verle ahora interpretando las Baladas:

Y le vemos por último interpretar las Fantasías op. 116, donde en ese juego de matices expresivos destaca de nuevo ese tecleado potente, de gran dramatismo:

Vamos a escucharle ahora en el 2º concierto para piano de Camille Saint-Saëns:

Pasamos a Edvard Grieg, del que veremos a Emil Gilels tocar el concierto para piano:

Es un lujazo poder ver esas manos recorriendo todo el teclado con esa perfección técnica…

Gilels fue un destacado intérprete de la obra para piano del noruego, como por ejemplo sus piezas líricas, pero le vamos a escuchar en este Nocturno en el que se muestra especialmente delicado en una versión simplemente maravillosa:

De Claude debussy vamos a escuchar su versión del “Claire de lune” que sería interesante comparar con la de su amigo Richter, tan distintas ambas entre sí, Richter más comedido y poético, Gilels dibujando un juego de sonidos cual si de una cascada de agua se tratara con ese ritmo mucho más rápido:

Y le escuchamos también interpretar otra obra de Debussy, “Pour le piano”:

 Pero si por algo destacó Emil Gilels fue por sus interpretaciones de compositores rusos y/o soviéticos de los siglos XIX y XX. Y comenzamos con Piotr Ilich Tchaikovsky, del que nos regaló algunas de las mejores versiones del famosísimo primer concierto para piano:

Escuchamos también el trío con piano junto a Kogan y Rostropovich:

Otra gran figura del pianismo ruso fue Alexander Scriabin, del que Emil Gilels interpretó numerosas obras, como estos 5 preludios, op. 74:

Y escuchamos también la sonata para piano nº 3:

Famosa fue también su magnífica interpretación de la Sonata “Reminiscenza” de Nikolai Medtner:

Obviamente, la obra de Sergei Rachmaninoff fue también uno de los caballos de batalla de Emil Gilels, como muestra esta versión mítica de su 3º concierto para piano, dirigido por André Cluytens, una de las mejores versiones de este concierto:

Y le vemos también en uno de sus preludios, el op. 23 nº 5:

Su estilo virtuoso y enérgico se adapta a la perfección a las obras de Rachmaninoff, como hemos comprobado.

Ya hemos mencionado antes que Emil Gilels estrenó la sonata para piano nº 8 de Sergei Prokofiev, otro compositor muy importante en su repertorio, así que vamos a escuchar esa sonata:

Vamos a verle también tocar la sonata nº 3:

Le escuchamos también tocando su 3º concierto de piano:

Vamos ahora con sus interpretaciones de obras de Dmitri Shostakovich, comenzando con su segunda sonata para piano:

Le escuchamos también el Preludio y fuga nº 24:

Y por último, el 2º trío con piano, de nuevo junto a Kogan y Rostropovich:

Emil Gilels interpretó también obras de Aram Khachaturian, como la sonata para piano de la que en este vídeo escuchamos el primer movimiento (en youtube están los otros dos restantes):

Y terminamos con la interpretación que Emil Gilels hizo de la 4ª sonata para piano de Mieczyslaw Weinberg:

Como hemos podido observar, Emil Gilels fue un intérprete referencial tanto de Beethoven como del repertorio ruso, además de uno de los grandes intérpretes de compositores como Schumann, Brahms o Liszt. Dejó afortunadamente una amplia discografía y un buen número de recitales grabados en vídeo (se pueden ver en youtube) que, cien años después de su nacimiento, nos permiten seguir disfrutando de su arte.



130 años sin Franz Liszt (31-07-2016)


A la sombra de tantos compositores contemporáneos, en los que él mismo influyó (y a muchos de los cuales ayudó a comenzar sus carreras), la figura de Franz Liszt ha quedado en la historia casi como la de un compositor de segunda, destacándose sólo su carrera como virtuoso del piano. Pero es que resulta que Liszt es uno de mis compositores favoritos, y dado que hoy se cumplen 30 años de su muerte, es de rigor repasar su vida y su obra.




Ferenc Liszt (el nombre húngaro de Franz Liszt) nació en la entonces localidad húngara de Doborján (actualmente conocida por su nombre alemán, Raiding, perteneciente al estado austriaco de Burgenland) el 22 de octubre de 1811. Su familia provenía de la Baja Austria, siendo su bisabuelo el que emigró a Hungría, mientras su padre adaptaba la grafía original de su apellido, List, a la húngara Liszt. En todo caso, en Doborján no se hablaba húngaro, sino alemán, que será el idioma materno de Liszt (aprenderá algo de húngaro hacia el final de su vida, en los años 70).

Su padre era un destacado músico que trabajaba al servicio de la Casa de Esterházy. Ya desde los 6 años, Franz Liszt demostró su inclinación y talento por la música, por lo que su padre comenzó a enseñarle a tocar el piano, demostrando el pequeño Franz ser un auténtico niño prodigio (en realidad fue un prodigio toda su vida).

En 1820, a los 9 años, dio sus primeros conciertos en público, que llamaron la atención de todos, incluyendo los propios Estesházy. Así, Adam consigue el permiso de sus patronos para que el niño pueda ir a estudiar a Viena. La familia no puede hacerse cargo de los honorarios que pide Johann Nepomuk Hummel, pero por el contrario Karl Czerny se ofrece a darle clase gratis. Y también recibió clases de composición por parte de Anonio Salieri. En 1822 da su primer concierto público en Viena, donde conoció en persona a Beethoven y a Schubert (de quien fue un gran defensor toda su vida).

Pero en 1823 los Esterházy se niegan a concederle un año más de permiso al niño, por lo que su padre se retira del servicio y acompaña a su hijo en las giras de conciertos que va a dar, primero en Pest, luego en Viena y, tras dar conciertos en Munich, Augsburgo, Stuttgart y Estrasburgo, llega a París el 20 de septiembre de 1823. No tarda en aprender francés, que se convertirá en su lengua principal (domina además el Italiano y habla también inglés). Allí, Adam se lleva la sorpresa de que Luigi Cherubini, director del conservatorio de París, rechace admitir a Liszt en él, ya que está prohibida la admisión de extranjeros. Así que su propio padre continúa dándole clases de piano, mientras que a partir de 1824 recibirá clases de composición de Anton Reicha y Ferdinando Paër; Liszt compone diversas obras en este período que no tienen éxito; destaca la que será su única ópera, “Don Sanche”, que compone con la ayuda de Paër, estrenada el 17 de octubre de 1825 con el famoso tenor Adolphe Nourrit en el papel protagonista, pero la ópera tampoco consigue triunfar. Escuchamos su overtura:

Estos fracasos llevan a que Liszt se desinterese cada vez más por la música y se interese por la carrera religiosa (era un ferviente católico), pero su padre se lo impide y le obliga a seguir con su carrera como concertista. Entonces, en 1827, el joven Franz Liszt enfermó y se trasladó con su padre a la ciudad-balneario de Boulogne-sur-Mer para recuperarse; pero durante su convalecencia es su padre el que enferma de tifus y muere.

Así concluye la carrera concertística de Liszt. regresa a París junto a su madre y se dedica a dar clases de piano, que le agotan físicamente y al parecer le hacen adicto al tabaco y el alcohol. Su inseguridad le lleva a interesarse de nuevo por el sacerdocio, pero esta vez es su madre quien le desanima (necesita el sustento que consiga su hijo para sobrevivir).

En París entabla amistad con Chrétien Urham, un violinista de origen alemán y gran defensor de la música de Schubert, quien le adentra en la música del romanticismo. Conoce también a personalidades como Victor Hugo, Heinrich Heine o Hector Berlioz, y aprovecha este periodo para suplir sus carencias educativas (su infancia dando giras de conciertos le había impedido recibir una educación normal) leyendo mucho (cosa que continuará haciendo toda su vida).

El 20 de abril de 1832 asiste a un concierto del célebre violinista Niccolò Paganini, que encandilaba al público con su forma de tocar. Franz Liszt decide entonces hacer lo mismo como pianista. En parís había en esos momentos un buen número de virtuosos del piano (entre los que destaca Sigismund Thalberg), cada uno especializado en un aspecto técnico del piano; pero Liszt los cultiva todos, y con una personalidad atractiva y una considerable belleza física, provoca la locura del público.

En 1833 realiza una transcripción para piano de la Sinfonía fantástica de Berlioz, entonces poco conocida, para contribuir a hacerla más famosa y ayudar así a su amigo, tocando a menudo la obra en sus conciertos.

Por las mismas fechas conoce a Frederic Chopin, que también se encontraba en París, y lejos de establecerse una rivalidad entre ambos, se hicieron amigos; de hecho, el estilo poético de Chopin terminará influyendo en Liszt.

Desde 1833, Franz Liszt mantiene una relación sentimental con la condesa Marie d’Agoult, quien tras abandonar a su esposo se irá a Ginebra junto a Liszt. Allí Liszt trabaja como profesor en el conservatorio de la ciudad y compone sus primeras obras de madurez, alejadas de las fantasías de sus períodos previos, como las Harmonías poéticas y religiosas:

Con Marie, Franz Liszt tiene 3 hijos: Blandine en 1835, Cosima en 1837 y Daniel en 1839. Pero la relación entre ambos se enfría ese mismo año, y Liszt, al enterarse de las dificultades económicas que habíapara el monumento conmemorativo de Beethoven en Bonn, vuelve a dar giras de conciertos, mientras Marie vuelve con sus hijos a París. Se separarán definitivamente en 1844.

Liszt viaja por toda Europa dando conciertos, ganando tanto dinero que en general lo dedica a causas humanitarias o sociales, desde la construcción de la Escuela Nacional de Música Húngara o las obras para concluir la construcción de la enorme catedral de Colonia hasta ayudas para las víctimas del incendio de Hamburgo de 1842.

A Liszt le cuesta encontrar compañeros que compartan escenario con él en la gran cantidad de conciertos que da (unos 4 por semana), por lo que será el “inventor” de concepto actual de recital de piano. La histeria que provocaba en sus conciertos se adelanta en un siglo a la que provocarán las estrellas del rock a partir de Elvis y The Beatles. El público se peleaba por conseguir sus guantes, que acababan destrozados.

Su vida cambia en 1847, cuando en un concierto en Kiev conoce a la princesa Corline zu Sayn-Wittgenstein, de la que se enamora y con quien permanecerá la mayor parte del resto de su vida. Ese mismo año da su último concierto público (retirándose de la vida concertística a los 35 años, en la plenitud de su carrera). Recibe una oferta de la Gran Duquesa Maria Pavlóvna de Rusia para establecerse en Weimar, donde permanecerá hasta 1861. Allí será maestro de capilla, dará clases de piano a, entre otros, su futuro yerno Hans von Bülow y contribuirá al estreno de Tannhauser en 1849 y dirigirá él mismo el de Lohengrin en 1850 (mientras el autor, Richard Wagner, estaba en el exilio).

Pero si por algo destacan estos años es por su obra compositiva, en la que compone o arregla buena parte de sus obras más conocidas. Destaca el desarrollo del poema sinfónico como pieza programática, idea odiada por el sector más conservador (aunque me gustaría saber qué diferencia hay entre los poemas sinfónicos de Liszt y las overturas de Mendelssohn, por ejemplo). De entre ellos destaca el famosísimo “Les preludes”:

Entre 1848 y 1858 Liszt compone en total 12 poemas sinfónicos. Les preludes es uno de los primeros; Die Ideale, uno de los últimos. En ellos vemos su talento orquestador (influenciado por Berlioz) y su gran dramatismo, lleno de contrastes de volumen, ritmo, tonalidad o armonía, anticipándonos a figuras como Mahler o Richard Strauss. Escuchamos ese Die Ideale, dirigido por Kurt Masur:

Los poemas sinfónicos son obras de estructura libre, lo que no significa que Liszt renuncie a las formas clásicas, que a menudo emplea en sus obras, pero lo hace con una mayor libertad que otros compositores, cosa que se percibe también en otras dos obras que compone en este periódo, sus dos sinfonías. La primera de ellas es la Sinfonía fausto, de 1854 (aunque la revisará en 1861), con 3 movimientos y un final coral:

Entre 1855 y 1856 compone la Sinfonía Dante, que al igual que la anterior tiene un marcado carácter programático:

En esas fechas reescribe sus dos conciertos para piano. El primero (aunque cronológicamente sea el segundo), que había compuesto en 1849, lo reescribe en 1856. Se lo escuchamos a Sviatoslav Richter:

En 1849 reescribe su segundo concierto para piano, de 1839, que consta en realidad de cuatro movimientos sucesivos sin interrupción. Se lo escuchamos a Martha Argerich:

De 1859 es también la obra para piano y orquesta Totentanz, que le escuchamos a György Cziffra:

De su obra para piano destaca la sonata en Si, de nuevo en un único movimiento, liberándose de las formas clásicas. Se la escuchamos a Krystian Zimerman:

En 1851 compondrá una de sus obras maestras de virtosismo pianístico, los 12 estudios de ejecución trascendental, que le escuchamos a Claudio Arrau:

Terminará en esos años también los dos primeros volúmenes de sus Años de peregrinaje, Suiza e Italia respectivamente. Escuchamos a Lazar Berman tocar un fragmento del primero, la Pastoral:

Por esas fechas compone también la mayor parte de sus 19 rapsodias húngaras para piano (las dos últimas serán ya de los años 80). Escuchamos algunas de ellas de nuevo con Cziffra:

Con posterioridad, Franz Doppler adapta 6 de estas rapsodias (la 2, 5, 6, 9, 12 y 14) para orquesta, siendo estas adaptaciones revisadas por el propio Franz Liszt. La más famosa es sin duda la 2ª:

La 14 fue también adaptada como obra para piano y orquesta, la Fantasía Húngara, que escuchamos interpretada por Sviatoslav Richter:

En 1850 había compuesto también los 3 Liebesträume, de los cuales el 3º es justamente famoso por su belleza poética. Se lo escuchamos a Artur Rubinstein:

También Franz Liszt compone numerosos arreglos para piano de obras de otros compositores, así como paráfrasis, de entre las que podemos destacar esta magnífica, de 1859, sobre temas del “Rigoletto” de Verdi; toma en concreto el tema del cuarteto “Bella figlia dell’amore” y lo adapta al piano, consiguiendo que no echemos de menos ni las voces ni la orquesta en un ejercicio simplemente magistral, que escuchamos de nuevo interpretado por Cziffra:

Pero todo se iba a torcer. Franz Liszt y Caroline querían casarse, ya que ambos eran actólicos y querían legalizar su unión, pero ella estaba ya casada y su esposo seguía vivo. Así que se inició un largo proceso para anular su matrimonio previo, cosa que se logró en 1860. La idea era casarse el 22 de octubre de 1861 en Roma, el día que Liszt cumplía 50 años, pero entonces presiones del esposo de la princesa y del zar de Rusia anularon el permiso que el Vaticano había dado para el matrimonio, que nunca se realizará.

Fueron años difíciles para Liszt, quien había visto morir a dos de sus hijos (Daniel en 1859, con sólo 20 años, y Blandina en 1862. Franz Liszt quiere retirarse a una vida solitaria, para lo que se establece en un monasterio franciscano de Roma, donde toma las órdenes menores (aunque nunca llegará a sacerdote). En esos años dirige conciertos en Roma y compone mayoritariamente oratorios, como el Cantico del Sol di San Francesco d’Assisi, de 1862:

En 1865 salta el escándalo cuando su hija Cosima comienza una relación con Richard Wagner, casándose en 1870. Las relaciones entre Liszt y Wagner se enfriarán (el carácter de Wagner tampoco ayuda), y no volverán a la normalidad hasta 1872.

En 1869 Franz Liszt es invitado de nuevo a Weimar para dar clases de piano , y en 1871 también le invitan en Budapest, por lo que Liszt pasará los siguientes años a caballo entre estas 3 ciudades en lo que él llamó “triple vida”, en la que además hace paradas para visitar a su hija y su yerno Wagner en Bayreuth (donde apoya a Wagner para la construcción de su teatro) y Venecia. Pese a la edad y las malas condiciones de los viajes en esa época, hacía un mínimo de 6.500 km al año. En esta época da sus últimos conciertos públicos, pero destaca sobre todo por su labor didáctica con un buen puñado de alumnos llamados a continuar el legado pianístico de Liszt.

Sus obras compositivas sufren una importante evolución en esta época. En 1877 termina su tercera parte de los Años de peregrinaje, en los que nos encontramos con estos “Jeus d’eau a la Villa d’Este” que nos anuncian ya el impresionismo de Debussy, y que escuchamos en la versión de Claudio Arrau:

De 1881 en “Nuages gris”, una obra muy alejada de su virtuosismo anterior, pero con unas armonías muy innovadoras y un estilo ya mucho más sombrío, propio del difícil estado anímico en el que se encuentra. Escuchamos la versión de Richter:

En un estilo igualmente sombrío son las dos piezas que componen “La lugubre gondola”, de la que aquí escuchamos la 2ª (seguida de Nuages gris y otra obra tardía de Liszt) en la versión de Zimerman:

En 1885 compone su “Bagatela sin tonalidad”, un breve vals de gran riqueza cromática, que no es propiamente atonal (y mucho menos disonante al estilo de Schönberg), pero sí que rehuye una tonalidad musical concreta; el musicólogo Fétis la denominará “omnitónica”:

De su obra orquestal, destaca la orquestación de sus “Valses Mefisto” para piano, de 1881; escuchamos aquí el magnífico primer vals:

En 1882 compone su último poema sinfónico, “De la cuna a la tumba”; no creo tener que añadir nada visto el título al estado anímico del compositor. Como no consigo un vídeo completo en youtube, lo tengo que poner en tres partes:

Si por mí fuera habría puesto la integral de poemas sinfónicos, pero 3 horas de duración resultan excesivas… pero es que son unas obras que merecen tanto la pena, y que se escuchan tan poco (con la excepción de Les preludes)…

Franz Liszt había gozado de un razonable estado de salud (y mantenía su esbelta figura de juventud, así como su llamativa melena, aunque ya blanca). Pero una caída en 1881 en el hotel en el que se alojaba en Weimar se complicó en graves problemas de salud que arrastraría por el resto de su vida y que oscurecerían su estado de ánimo. Su yerno Wagner murió en 1883 en Venecia. Liszt le sobrevivirá 3 años. Al parecer, estando en Bayreuth para acudir al festival junto a su hija Cosima, contrajo una neumonía, que al parecer no fue ben tratada y que lo llevó a la tumba el 31 de julio de 1886, a los 74 años. Fue enterrado en el Alter Friedhof de Bayreuth:

Por desgracia, Franz Liszt no llegó a tiempo de poder registrar sus interpretaciones en audio, con lo que nos perdemos poder conocer mejor su estilo interpretativo, que podemos deducir gracias a sus alumnos, y que debió ser el mejor que se había visto hasta el momento. Liszt fue una persona generosa con muchos músicos contemporáneos (Berlioz y Wagner entre ellos, pero también otros muchos), que contribuyó a redescubrir a otros compositores del pasado al incorporarlos a su repertorio (Schubert en especial, pero también Bach o Händel, por ejemplo) y que, como compositor, no sólo demostró su gran talento como pianista, sino también como orquestador, además de adelantarse a su tiempo en su estilo. Fue en mi opinión uno de los más grandes compositores del romanticismo, y como tal he querido recordarlo.



25 años sin Claudio Arrau (09-06-2016)


El 9 de junio de 1991 moría en Austria un pianista histórico, quizá lo más próximo que vamos a poder escuchar nunca del estilo pianístico de Franz Liszt: nos dejaba el gran Claudio Arrau, pianista de técnica excepcional y cuidada interpretación.




Claudio Arrau nació en la ciudad chilena de Chillán (su casa natal es hoy día un museo dedicado a su figura) el 7 de  febrero de 1903. Apenas un año después su padre murió en un accidente de caballo, por lo que su madre tuvo que dedicarse a dar clases de piano, de las que se benefició el niño Arrau, quien con 5 años ya dio un concierto en su ciudad. Niño prodigio, con sólo 8 años recibió una beca para estudiar en Berlín con Martin Krause, quien a su vez había sido alumno de Franz Liszt, por lo que podemos imaginarnos que la forma de tocar de Arrau debía asemejarse a la de Liszt (a quien, por desgracia, nunca podremos escuchar, ya que murió en 1886, años antes de que hubiera grabaciones fonográficas). En 1914 (con 11 años solamente) dio su primer concierto en Berlín. Cuando en 1918 muere Martin Krause a causa de la fiebre española, Claudio Arrau decide no tomar clase con ningún otro profesor, tal era la estima en la que tenía a su maestro. En 1919 y 1920 ganará el premio Liszt (cuyo primer puesto llevaba desierto 45 años… él lo ganó dos años consecutivos, podemos hacernos una idea de su enorme talento).

En los siguientes años conseguirá el puesto de profesor de piano y hará numerosas giras. En 1937 se casa con la mezzo-soprano Ruth Schneider, de origen judío, lo que les obligará a trasladarse a Estados Unidos en 1941 huyendo del nazismo, consiguiendo la doble nacionalidad chileno.americana en 1979. La pareja tendrá 3 hijos.

Algunos críticos afirman que el estilo interpretativo de Arrau cambió tras la muerte de su madre (tras la que se mantuvo aislado durante dos semanas), cambiando a un estilo más introspectivo. En todo caso, es cierto que, al haber aprovechado sus años de niñez para desarrollar una espectacular técnica, durante el resto de su vida se centró en los aspectos interpretativos: persona de gran cultura, se centraba mucho en los aspectos históricos que rodeaban las obras que tocaba, haciendo sus interpretaciones muy peculiares, con rubatos y ritmos a menudo más lentos de lo normal.

Su repertorio fue fundamentalmente romántico, aunque en sus primeros años interpretó la obra completa para teclado de Bach (en concreto, en una serie de conciertos en 1935). Posteriormente rehusaba interpretar a Bach, considerando (acertadamente en mi opinión) que el piano no es un instrumento adecuado para su música, aunque en 1991 grabó algunas de sus obras. También había realizado otras grabaciones de música de Bach en 1945, como esta Fantasía cromática y Fuga en Re menor, BWV 903, que escuchamos ahora:

Pasamos a Mozart, de quien Claudio Arrau grabó la integral de sonatas para piano. De todas ellas vamos a escuchar la nº 8:

Pero quizá fue Ludwig van Beethoven el compositor en el que más destacó. Grabó en varias ocasiones sus 5 conciertos para piano, así como una integral de sus sonatas para piano y las sonatas para piano y violín. Empezamos viendo ese maravilloso concierto que es el número 5, el conocido como “Emperador”:

Escuchamos ahora una magnífica versión de la sonata para piano número 14, la “Claro de luna” con un magnífico primer movimiento de gran emoción:

Y a continuación le podemos ver interpretar la sonata número 21, “Waldstein”; mejor no quitar la vista de sus dedos, de la agilidad pero también de las pausas o el cuidado en el tecleo en los momentos más sutiles:

Rematamos su interpretación de Beethoven escuchándole junto al violinista Joseph Szigety la sonata para violín y piano número 9, “Kreutzer”:

Claudio Arrau también interpretó a menudo música de Carl Maria von Weber, hoy día un tanto olvidada, como este Konzertstück que escuchamos a continuación:

Pasamos ahora a Schubert. Escuchamos el primer movimiento de la fantasía Wanderer, una interpretación de ritmo pausado, tremendamente sutil en la repetición del tema principal y rica en rubatos:

Y vamos a escuchar también la bellísima interpretación del Impromptu número 3:

No fue en cambio un intérprete habitual de música de Felix Mendelssohn, pero vamos a verle tocar su “Rondo Capriccioso”:

Pero yo descubrí a Claudio Arrau con Chopin. Grabó buena parte de la obra para piano del polaco, así que tendremos que seleccionar algunas de las mejores obras… de mis obras favoritas, para entendernos. Empezamos con el segundo concierto para piano (lo confieso, uno de mis conciertos de piano favoritos):

A continuación escuchamos el Andante Spianato en la que sin duda es una de las mejores interpretaciones de esta bellísima obra (junto con las de Zimerman y Richter; yo me quedo con la de Richter, pero cualquiera de las 3 es magnífica):

Su integral de los nocturnos es simplemente referencial, mucho más lenta y poética que la tan alabada de Rubinstein. Escuchamos el primero de esos nocturnos:

Escuchamos ahora el famoso estudio “Tristesse”, con unos magníficos, aunque apenas perceptibles, rubatos; simplemente magnífico:

Termino este repaso a sus interpretaciones de Chopin con la obra con la que descubrí a Arrau, las baladas; me quedo en concreto con la 1ª, mi favorita de todas. Aunque en este caso prefiero la interpretación de Zimerman, Arrau no se queda atrás, desde luego:

Pasamos a otro de los compositores más frecuentados por Claudio Arrau, Robert Schumann. Otra de las primeras obras en las que le escuché fue en ese magnífico concierto para piano de Schumann que escuchamos a continuación, simplemente referencial:

Vamos a continuación con las Kinderszenen. En concreto recomiendo ese mágico Träumerei (minuto 6:38), delicia pura, con ese estilo delicado que caracteriza a Arrau:

Podríamos poner muchas más obras de Schumann, pero es que no acabamos. Porque llegamos por fin a Franz Liszt, ese pianista al que está ligado a través de su maestro Martin Krause. Y es que Arrau es probablemente heredero del estilo pianístico de Liszt. La espectacularmente complicada técnica  pianística del compositor húngaro no trae problemas a Arrau, que supera los enormes desafíos que suponen las obras pianísticas del compositor. Lo podemos comprobar, por ejemplo, en ese magnífico primer concierto para piano que escuchamos a continuación:

Vamos ahora con la no menos complicada sonata para piano:

Seguimos con ese maravilloso Liebestraum:

Vamos ahora con otra de sus obras emblemáticas, los 12 estudios de ejecución transcendental. Para no ponerlos todos, escuchamos uno de ellos, La campanella:

Y terminamos con Liszt volviendo a deleitarnos con ese movimiento de manos, siempre preciso y de enorme agilidad, en una pieza de sus Años de peregrinaje, en concreto los Juegos de agua en la Villa d’Este que vemos a continuación:

Pasamos a Johannes Brahms, del que en este caso vamos a escuchar una magnífica versión del segundo concierto para piano:

Vamos ahora con el concierto de piano de Edward Grieg, con un maravilloso segundo movimiento:

No podía faltar en el repertorio de Claudio Arrau el primer concierto para piano de Tchaikovsky, que escuchamos a continuación:

En el repertorio ruso (en el que falta, extrañamente, Rachmaninov) podemos escuchar también su interpretación del Islamey de Balakirev:

Interpretó también música de Isaac Albéniz, como esas suites de Iberia de las que escuchamos “Triana”:

En música más moderna, Arrau interpretó con cierta frecuencia música de Ferrucio Busoni, como esta elegía nº 5:

También interpretó música de Arnold Schoenberg, como estas tres piezas para piano:

Escuchamos a continuación música de Richard Strauss, en concreto “Burleske” para piano y orquesta, grabado en 1945, estando el compositor todavía vivo:

Seguimos con una obra que Sophie Menter, quien al igual que Martin Krause fue también alumna de Liszt, compuso especialmente para Arrau, este vertiginoso vals:

Y terminamos con música francesa. Claudio Arrau interpretaba a Ravel y, sobre todo, a Debussy, así que vamos a escucharlo en la que quizá sea la pieza para piano más famosa del francés, el “Clair de lune”, grabada en el mismo año de su muerte. El ritmo pausado y el uso del rubato es simplemente espectacular, aunque la sección central es quizá excesivamente lenta en mi opinión (por eso prefiero la versión de Richter):

Activo hasta sus últimos meses de vida, Claudio Arrau murió a los 88 años en Mürzzuschlag, Austria. Según su voluntad, fue enterrado en el Cementerio Municipal de Chillán, en el que también se encuentran los restos del tenor Ramón Vinay.

Su forma de entender cada obra musical puede desde luego ser discutible (es algo totalmente subjetivo), pero desde luego es de agradecer ese enfoque siempre personal de todo lo que interpretaba; frente a esta nueva hornada de pianistas chinos que son máquinas de solfeo capaces de tocar a toda velocidad pero sin darles nada de personalidad a lo que tocan, el estilo interpretativo de Claudio Arrau es pura poesía, un estilo que habría que recuperar para dotar a la música romántica (repertorio principal de Arrau) de la expresividad que le caracteriza. Arrau es, sin duda, uno de los más grandes pianistas de los que se conservan registros fonográficos, por suerte muchos, para poder disfrutar de su arte.



Gianandrea Gavazzeni 20 años después de su muerte (05-02-2016)


Un día como hoy pero hace 20 años, en 1996, nos dejaba en su ciudad natal, Bergamo, uno de los directores operísticos italianos más importantes de todo el siglo XX, Gianandrea Gavazzeni. Una figura controvertida, cierto, pero recordada hoy día por su gran labor recuperadora de no pocos títulos infrecuentes en su época.




Nacido en Bergamo el 25 de julio de 1909, estudia composición en Milán con Ildebrando Pizzetti, además de ser asiduo a las funciones que en aquella época dirigía Arturo Toscanini en La Scala. En principio se dedica a la composición, llegando incluso a componer una ópera, pero cada vez se centra más en su labor como director de orquesta hasta abandonar definitivamente la composición en 1949. Ya por esas fechas había dirigido en la Scala, donde será un director asiduo en incluso ostentará el cargo de Director artístico entre 1966 y 1968.

Aunque asociado siempre a la ópera, también dirigió repertorio sinfónico romántico, y como muestra este Tontentanz de Franz Liszt de 1962 con Arturo Benedetti Michelangeli al piano:

No era Gianandrea Gavazzeni alguien precisamente muy “ortodoxo” en lo de seguir la partitura escrupulosamente, algo que para él iba en contra de los valores estéticos de la música (y no seré yo quien le lleve la contraria en este aspecto…)

Pasando a su faceta de director operístico, destaca dirigiendo las obras de su maestro Pizzetti, como ese “Assassinio nella Cattedrale” del que escuchamos un fragmento del estreno, en 1958:

Del mismo Pizzetti estrena en 1961 “Il calzare d’argento”, del que pongo la grabación completa (hora y media), aunque os aconsejo ir directamente al aria del tenor (un Giuseppe di Stefano cantando a lo bestia, como era él… pero a mí me gusta), más o menos por el minuto 26:

Destacó, por supuesto, como director de óperas veristas, como Pietro Mascagni, con esta Iris que protagonizaba  un perfecto Giuseppe di Stefano, como muestra su aria “Apri la tua finestra”:

Famosa es también su grabación en estudio (pese a lo poco que le gustaban los estudios de grabación) de “L’amico Fritz“, que protagonizaban unos jóvenes Luciano Pavarotti y Mirella Freni. El Intermezzo es buena muestra de su labor:

También grabó en estudio una Cavalleria rusticana con Pavarotti, además de dirigirla en vivo en numerosas ocasiones, como esta de Milán de 1963 en la que escuchamos el dúo que cantan Giulietta Simionato y Franco Corelli:

Y de otro compositor verista, Umberto Giordano, tenemos una grabación en estudio de “Andrea Chenier” protagonizada nada menos que por Mario del Monaco y Renata Tebaldi, de la que vamos a escuchar el último acto:

En la Scala de Milán dirigía a menudo títulos hoy infrecuentes, como esa “Francesca da Rimini” de Riccardo Zandonai que protagonizaron Magda Olivero y Mario del Monaco:

En 1964 dirige también el “Mefistofele” de Arrigo Boito, con ese regalo para los oídos que es el Fausto de Carlo Bergonzi, al que escuchamos el epílogo desde el “Giunto sul passo estremo” que frasea a placer, junto al Mefistofele de Nicolai Ghiaurov:

Como director habitual de la Scala, Gianandrea Gavazzeni protagonizó notables veladas, como la de 1989 con esa “Adriana Lecouvreur” de Mirella Freni que está disponible en DVD y de la que aquí vemos la segunda aria de la protagonista:

De su labor como director pucciniano podemos recordad, por ejemplo, esa Tosca de 1959 con Giuseppe di Stefano, Renata Tebaldi y Ettore Bastianini, de la que escuchamos el comienzo del 2º acto:

O el Turandot de 1964 con Franco Corelli y Birgit Nilsson. O ese Trittico de 1983, disponible en DVD, y del que aquí escuchamos el dúo de “Suor Angelica” con Rosalind Plowright y Dunja Vejzovich:

En estudio gravó una “Madama Butterfly” en 1954 con Victoria de los Ángeles y Giuseppe di Stefano. El dúo del final del primer acto suena con ellos más bello que nunca:

En 1957 graba en estudio “La Gioconda” de Ponchielli con Mario del Monaco y Anita Cerquetti. Escuchamos el ballet de esta grabación:

Por supuesto que Gianandrea Gavazzeni dirigió numerosas óperas de Verdi, pero lo más destacable es su incorporación de títulos poco habituales como ese “I Masnadieri” de 1972, del que escuchamos el aria del protagonista del primer acto, cantada por el tenor Gianni Raimondi:

O ese “Gerusaleme” de 1963 que protagonizaba Leyla Gencer, soprano con la que colaboró a menudo:

O ese “I vespri siziliani de 1970” en el que Leyla Gencer borda su bolero (pese al pésimo sonido):

Tuvo también incursiones en ópera francesa, como ese Esclarmonde de Jules Massenet en el que dirigió a su última esposa, Denia Mazzola, en 1993 (interesantísima ópera a recuperar), o ese “Les Huguenots” de Giacomo Meyerbeer (en italiano) de 1962, con un reparto estelar en el que escuchamos aquí en su dúo a Franco Corelli y Giulietta Simionato:

Pero si por algo destacó Gianandrea Gavazzeni fue por recuperar títulos en su época infrecuentes del belcanto italiano.

Comenzamos con Gioacchino Rossini, con ese “Il Turco in Italia” que repuso en 1954 con Maria Callas, del que escuchamos la obertura:

Aunque nada mejor que verlo en acción, en este ensayo de la obertura de “L’Italiana in Algeri”:

De Vincenzo Bellini fue un asiduo intérprete de “Norma”, como esta de 1977 protagonizada por Montserrat Caballé:

Pero si hay dos bergamascos famosos, esos son Gianandrea Gavazzeni y Gaetano Donizetti, así que es lógico esperar que Gavazzeni le prestara gran atención a su paisano.

Quizá su grabación más memorable sea ese “L’elissir d’amore” con Carlo Bergonzi y Renata Scotto, disponible también en DVD. Veamos el dúo cómico de Nemorino y Belcore, con Bergonzi y Giuseppe Taddei:

Pero si en algo destaca Gavazzeni es en recuperar óperas desconocidas de su paisano, como esa “Anna Bolena” de 1957 protagonizada nada más y nada menos que por Maria Callas, gracias a quienes descubrimos una caballetta final tan espectacular como este “Coppia iniqua” que cierra la ópera:

O ese “Belisario” de 1969 protagonizado por Leyla Gencer:

O la “Maria di Rohan”, de 1974, en este caso protagonizada por Renata Scotto:

O, por terminar, ese “Poliuto” de 1993 que protagonizó su esposa, Denia Mazzola:

Y es que 84 años dedicados a estudiar la música dan para mucho…

De hecho, personalmente, en este repaso a la trayectoria de Gianandrea Gavazzeni, me ha sorprendido ver que él era el director de no pocas grabaciones y funciones que ya conocía pero que desconocía que las dirigía él… fue un maestro en el podio, y esta es simplemente una discreta forma de recordarle como la gran figura que siempre fue.



El nacimiento de las bandas sonoras: Max Steiner versus Erich Wolfgang Korngold

[vc_row][vc_column][vc_column_text]Hoy hablamos de Max Steiner y de Erich Wolgang Korngold como padres de las Bandas Sonoras. Y es que A día de hoy nos parece que una buena banda sonora es indispensable para acompañar debidamente a una película, pero esto no fue así desde el principio.




Y es que la música era indispensable para acompañar al cine mudo, que al carecer de sonido podía resultar un tanto “aburrido” sin ella. Camile Saint-Saëns es considerado el primer gran compositor en componer para el cine, de hecho. Pero con la aparición del cine sonoro, en 1927, todo cambió. Triunfó un nuevo género, imposible en el cine mudo, como era el musical, pero los demás géneros se despojaron de la música como elemento narrativo; si se escuchaba música, es porque salía en la propia pantalla. Las bandas sonoras se limitaban apenas a un tema inicial en los títulos de crédito y a otro tema al final de la película.

El primero en cambiar esta situación fue el norteamericano Alfred Newman en 1931 con la música que compuso para el film “La calle”, donde la música adquiere más relevancia. Pero serán dos importantes nombres de los años 30 los que evolucionen la banda sonora sentando las bases de lo que conocemos hoy: Max Steiner y Erich Wolfgang Korngold. Repasaremos en este post su trayectoria y destacaremos sus similitudes y diferencias.

Y comenzamos con el primero de los dos, Max Steiner:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_single_image source=”external_link” external_img_size=”full” alignment=”center” custom_src=”http://filmmusiccritics.org/wp/wp-content/uploads/2010/11/Max_Steiner.jpg”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Maximilian Raoul Steiner nació en Viena el 10 de mayo de 1888. Su familia estaba muy vinculada al mundo de la música vienesa, e incluso su padrino fue Richard Strauss. Su precocidad musical se ve claramente en el hecho de que terminó un curso de 4 años en la Academia imperial de música de Viena en un único año. Estudió de hecho con Gustav Mahler, y así, con 15 años, compone y estrena una opereta. El éxito le lleva a Londres, donde reside unos años, pero entonces comienza la I Guerra Mundial. Él, como austriaco, es encarcelado como enemigo, pero su amistad con el Duque de Westminster le salva: éste le ayuda a viajar a Estados Unidos, a donde llega en diciembre de 1914.

Una vez en Nueva York, sin dinero, trabaja como director de orquesta y arreglista en los musicales y operetas que se representan en Broadway, donde permanecerá hasta 1929. Pero entonces un compositor con el que había colaborado, Harry Tierney, le propone unirse al departamento musical del estudio cinematográfico RKO. Steiner su muda a California en 1929 y trabaja en bandas sonoras como las de Cimarrón o Ave del Paraíso. En 1932 produce su primera partitura importante, en “La melodía de la vida” de Gregory La Cava:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=ERT9isi_PBc”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Con esta partitura, Steiner comienza a sentar las bases de lo que será su idea compositiva, acompañando a la película completa, idea que desarrollará aún más al año siguiente, 1933, con una de sus partituras más famosas y desde luego la más importante que se había hecho hasta la fecha, “King Kong”:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=S8NsEXwoIuY”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Problemas de producción del film provocaron que pidieran a Steiner que volcara todo su talento en la música. Y Steiner aplica en esta partitura su concepto musical tardorromántico, de impactante acompañamiento dramático y rica orquestación (una orquesta de 80 músicos, una locura para el Hollywood de la época). El resultado fue tal que muchos críticos creen que parte del éxito del film residió precisamente en la música que compuso Steiner. Incluso el actor y músico Oscar Levant afirmó que era “una sinfonía acompañada por una película”.

El éxito le trajo un gran prestigio, pero también un enorme trabajo, ya que era el responsable musical de los estudios. Entre sus siguientes éxitos en 1934 destacan “Cautivo del deseo” y su primera colaboración con John Ford, “La patrulla perdida”, con la que obtuvo su primera nominación al Oscar. Ese mismo año tuvo otra nominación por la adaptación musical de “La alegre divorciada”, que protagonizaban la pareja de moda del musical de baile, Fred Astaire y Ginger Rogers, para quienes realizó más adaptaciones (la genial “Sombrero de copa” entre ellas).

Trabajar con Ford no le dio malos resultados. Vuelve a hacerlo en 1935 con “El delator”, por la que Ford gana el Oscar a mejor director, Victor McLaglen el de mejor actor… y Steiner el de mejor Banda sonora (aunque en esa época el Oscar no se entregaba al compositor, sino al estudio).[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=slAAQVAFASQ”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]El éxito y su amistad con David O. Selznick le llevan a dejar en 1937 la RKO y a firmar por la Warner, para la que compondrá unas 140 bandas sonoras. Pero ya en 1936 se estrena su primer trabajo en la Warner, en una película protagonizada por Errol Flynn (Steiner compone varias bandas sonoras de las películas de Flynn), “La carga de la brigada ligera”, por la que vuelve a ser nominado al Oscar:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=g6kId7Ugk-k”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Sorprende de esta partitura su capacidad para acoplarse al ritmo del caminar de los soldados o del galope de los caballos, con esa capacidad descriptiva que tanto caracteriza el estilo de Steiner. Ese mismo año estuvo nominado también por su trabajo en “El jardín de Alá”, protagonizada por Charles Boyer y Marlene Dietrich, en la que su estilo musical se adapta a las sonoridades árabes que requiere la ambientación, como en esta escena:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=FPaEllkOh84″][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Repitió nominación en 1937 por “La vida de Emile Zola”, que protagonizaba Paul Muni, y de nuevo en 1938 por “Jezabel”, en la que vuelve a trabajar con Bette Davis en uno más de los melodramas en los que colaborarán. Se trata de una partitura brillante, como la de este bellísimo vals:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=Wk6I7YDf3hg”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Por desgracia no encuentro en youtube la escena que me hubiera gustado poner, esa en la que a Henry Fonda le pica un mosquito, para ver cómo destaca la música ese instante fundamental en el posterior desarrollo de la historia.

La Warner estaba empeñada en tener el mejor equipo de compositores de todos los estudios (por ello Korngold también trabajará para ellos), y por eso no es de extrañar que cuidaran también el aspecto musical de ese proyecto que llevaban años acariciando, mimando… y es que una película tan esperada como “Lo que el viento se llevó” requería una partitura a su altura. ¿Lo consiguió Steiner? Juzgad por vosotros mismos:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=N_Z4DmualTc”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Se trata de una partitura extensa (tiene que cubrir las aproximadamente 4 horas que dura la película), llena de leitmotivs como este asociado a Tara, que aún no siendo un personaje, sino un lugar, tiene una gran importancia en la historia. Y es que qué sería de escenas como esta sin esa música:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=gn26pEDEhyY”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Quitadme la fotografía y la música y ¿qué me queda? Y es que sigo pensando que la película es un tostón infumable, pero el trabajo de Steiner es de tal envergadura que en mi opinión es la mejor banda sonora nunca compuesta.

Y ese año, Steiner estuvo de nuevo doblemente nominado al Oscar (la otra nominación fue por “Amarga victoria”, de nuevo junto a Bette Davis), pero incomprensiblemente no ganó; el premio fue para Herbert Stothart por “El mago de Oz”. Vale, el de mejor canción para “Over de rainbow” es indiscutible, pero comparar ambas partituras da risa…

En 1940 vuelve a colaborar con Bette Davis en “La carta”, por la que repite de nuevo nominación. Y lo será de nuevo en 1941 por “El sargento York”, pero en mi opinión ese año tiene una partitura mucho más interesante. Y es que vuelve a trabajar para Errol Flynn en “Murieron con las botas puestas”, una partitura que me encanta y de la que escuchamos aquí la suite:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=EDoYuGrU6E0″][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Resulta my fácil distinguir los temas asociados a los indios, los temas militares y, sobre todo, ese bellísimo tema de amor que escucharemos, por ejemplo, en ese encuentro nocturno de Custer con su amada, interpretada, cómo no, por Olivia de Havilland. La inspiración melódica de Steiner alcanza unas cotas de belleza difícilmente superables.

Y a estas alturas, con un talento fuera de dudas, con tantos grandes trabajos y nominaciones al Oscar, es difícil entender por qué sólo había ganado una vez… pero por fin Max Steiner iba a recibir el reconocimiento que se merecía. Y es que en 1942 vuelve a componer la partitura que acompaña a otro de esos melodramas en los que brilla Bette Davis, “La extraña pasajera”:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=In-UUA0BDM0″][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Y esta vez sí, con esta partitura de gran belleza melódica se lleva su segundo Oscar. Merecidamente, sin duda.

Y repitió nominación en 1943 (aunque por una película estrenada en 1942, no entiendo por qué entró en los premios del año siguiente), por una película mítica… Casablanca:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=JsjPVNJlk_I”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]La película ganó 3 Oscars (película, director y guión), pero no el de banda sonora. Y no deja de ser lógico, ya que buena parte de la banda sonora no es original, sino adaptación de canciones ya existentes. No es la única vez que Steiner utiliza canciones ya existentes en sus bandas sonoras (lo hace en Murieron con las botas puestas o en Desde que te fuiste, por ejemplo), pero es que aquí esas canciones son en buena parte los temas principales, funcionan como los leitmotivs: la Marsellesa como ese canto a la libertad, y el As time goes by como el tema de amor.

Si hasta ahora relacionamos a Steines con películas protagonizadas por Errol Flynn o por Bette Davis (para quien ese mismo 1943 compone la de “Alarma en el Rin”), a partir de ahora lo asociaremos también al nombre de Humphrey Bogart. Así, repite con buena parte del equipo de Casablanca en 1944 en otro film bélico, Pasaje a Marsella:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=ymNpbG7WKUA”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]De nuevo, entre ritmos miliares, nos regala con otro bello tema de amor para señalar la historia de Bogart con Michèlle Morgan.

Pero 1944 es su año por otra gran partitura, de una película bélica digámoslo… diferente. “desde que te fuiste” es la historia de la familia que un soldado americano deja en casa: la esposa, Claudette Colbert, y las hijas, Jennifer Jones y Shirley Temple. Para ella, Steiner compone una rica partitura que podemos escuchar a continuación:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=GDdnWTL1SJY”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Desde esa cita a la canción de cuna de Brahms como referencia a los niños que se quedan sin sus padres, esos ritmos bailables que escuchamos en esos momentos en los que la abnegada esposa busca consuelo en el viejo amigo (interpretado por Joseph Cotten) del que casi se enamora, hasta ese uso entre cómico y grotesco del fagot para el perro… pero sobre todo ese tema central, de una bellísima melancolía, que nos recuerda la soledad dela protagonista.

Steiner gana aquí su 3º (y último Oscar). La película, que en su día fue un éxito dada la situación de guerra que vivía Estados Unidos, está hoy bastante olvidada (no es la mejor de la época, desde luego), pero la partitura merece ser recordada como una de las más brillantes de Steiner.

Tras ese tercer Oscar, su carrera sigue con las adaptaciones musicales de “Rhapsody in blue” o de “Noche y día” (esa especie de biopic sobre Cole Porter que protagoniza Cary Grant), con nuevas nominaciones al Oscar (sin mayor relevancia) y con más films de Bogart, como “El sueño eterno” o “Cayo largor”, aunque la más remarcable será posiblemente la de “El tesoro de Sierra Madre”, de 1948:

[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=PbeCSLG8Brk”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Ciertos aires mexicanos y otros más ligeros, más aventureros, no eclipsan el opresivo tema central, de gran dramatismo, buen símbolo para la ambición y la codicia que se crea entre esos buscadores de oro en las colinas mexicanas.

Pero la nominación al Oscar en ese mismo 1948 le viene por otro fil, “Belinda”:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=XvdgXadzvQY”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]De nuevo otra bellísima melodía, de carácter casi infantil para describir la inocencia de esa jovencita sordomuda ingenua y ajena a la realidad que es Belinda (aunque la interprete la no tan jovencita Jane Wyman…)

En 1949 vuelve a estar nominado por el último melodrama de Bette Davis para la Warner, “Más allá del bosque”, y repite nominación en 1950 por la genial partitura de “El halcón y la flecha”:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://vimeo.com/150420087″][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]En los 50 sigue trabajando y recibiendo nominaciones al Oscar, pero en mi opinión si siguiente partitura relevante es la que le trae su penúltima nominación al Oscar, en 1954: “El motín del Caine”, de nuevo con Humphrey Bogart:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=5Yzez9h9x7M”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]En este caso la música nos sitúa en el ambiente militar en el que la película tiene lugar.

Su última nominación fue en 1955 por “Más allá de las lágrimas”, pero será al año siguiente cuando vuelva a regalarnos dos grandes partituras a la altura de su enorme talento.

La primera se sale bastante de su ámbito, al ser una de esas películas histórico-épicas que asociamos más a la música de Miklós Rózsa que a la suya. Pero La partitura de “Helena de Troya” es otra joya de su producción:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=bd5Sq225JTE”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]La música nos traslada muy bien a épocas remotas y lugares exóticos.

Pero ese mismo 1956 compone una de sus grandes obras maestras. Y es que después de muchos años, el gran John Ford vuelve a contar con él para componer la partitura de la que será una de sus mejores películas, ese maravilloso Western protagonizado por John Wayne titulado “Centauros del desierto”:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=ccPBMI9Lixo”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Es una partitura bellísima, pero Ford no está satisfecho. Y es que su forma de entender la banda sonora difiere sustancialmente. Para Steiner, la música debe realzar las emociones, enfatizarlas, mientras que para Ford las imágenes bastan por sí mismas (por algo su fotografía es de un enorme preciosismo,con esos claroscuros que casi recuerdan a Caravaggio), por lo que prefiere a otros compositores como Alfred Newman o Victor Young. O incluso prescinde de ellos, como sucede en esa joya suya que es “El último Hurra”, protagonizada por Spencer Tracy en 1958 y en la que ni se menciona en los créditos quien es el autor de las escasas notas musicales que suenan en algún momento de la película.

Lo extraño no es que Max Steiner no fuera nominado al Oscar, es que la película no recibió ninguna nominación, cosa que hoy consideramos absolutamente incomprensible.

Todavía tendrá tiempo de componer algunas notables partituras En 1959 compone el que será uno de sus mayores éxitos, “En una isla tranquila al sur”, protagonizada por el joven galán del momento, Troy Donahue:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=zAwZ7hCxNVo”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Y en 1961 volverá a poner música a otra película protagonizada por Troy Donahue, “Parrish”:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=UYiARPSdNTU”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Compondrá todavía hasta 1965, pero los años 60 cambian el concepto de Banda sonora en el cine, y Steiner ya no encaja con los nuevos modelos (aunque otros seguirán su estela en el futuro).

Tras unos últimos años de silencio, Max Steiner muere a los 83 años, el 28 de diciembre de 1971, en Hollywood, y está enterrado en un nicho del Gran Mausoleo del Forest Lawn Memorial Park de Glendale, California.

Pasamos ahora a Erich Wolfgang Korngod:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_single_image source=”external_link” external_img_size=”full” alignment=”center” custom_src=”https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/a/a4/Erich_Wolfgang_Korngold_01.jpg/250px-Erich_Wolfgang_Korngold_01.jpg”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Korngold nace en Brno (actualmente en la República Checa, en aquella época parte del Imperio Austro-Húngaro) el 29 de mayo de 1897 en el seno de una familia de tradición músical. Niño prodigio, estudia con Alexander von Zemlinsky y estrena sus primeras obras a temprana edad. En 1920, con sólo 23 años, estrena su obra maestra, la ópera “Die tote Stadt”, que por suerte se está recuperando actualmente. Ya en su época fue alabada por Richard Strauss o por Giacomo Puccini. Trabaja también como arreglista de operetas, y es así como Max Reinhardt le llama para arreglar la música de Mendelssohn para “El sueño de una noche de verano” que iba a dirigir junto a William Dieterle. Korngold consigue un contrato muy interesante: podrá trabajar desde Viena sin apenas pisar Estados Unidos, y tndrá plena autoridad para elegir las películas en las que quiere trabajar. Y así llega su primera banda sonora original, “El capitán Blood”, debut cinematográfico de Errol Flynn y Olivia de Havilland, en 1935:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=4mSRwrNo09g”][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]En 1936 compone la música de otra película de época, “El caballero Adverse”, protagonizada por Fredric March y de nuevo Olivia de Havilland:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=vtBfBlJMSt0″][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Por esta partitura gana su primer Oscar.

Su siguiente trabajo es una partitura más que interesante, de nuevo en esas películas de época que tan bien se le dan, ese “El príncipe y el mendigo” que protagoniza, de nuevo, Errol Flynn:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=HkdPdi0S7Y8″][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Para su próximo prooyecto, decide cambiar las condiciones: quiere mudarse a Hollywood: la situación en Viena se está poniendo peligrosa. Y lo hace justo a tiempo: al poco de abandonar Viena, se produce el Anschluss, la anexión de Austria a la Alemania Nazi, y la condición de judío de Korngold le hubiera puesto en gran peligro. Ya en Estados Unidos, Korngold compone una genial banda sonora, de gran complejidad, para ese “Robin de los bosques” que protagonizan Errol Flynn y Olivia de Havilland, que le valdrá su segundo Oscar, y el primero que recoge el compositor en lugar del estudio.[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=uT6dLPfSCL8″][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Ya aficando en Estados Unidos, en 1939 compone dos grandes bandas sonoras. La primera de ellas, “La vida privada de Elizabeth y Essex, protagonizada por Errol Flynn y Bette Davis, le vuelve a dar una nominación al Oscar:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=3OOYbkWjKKo”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Pero a mí la que más me gusta es la de “Juarez”, con Paul Muni como Benito Juarez, Brian Aherne como Maximiliano de México y Bette Davis como su esposa Carlota. Desde ese tema mexicano hasta la cita de “La paloma” de Sebastián Iradier, los aires marciales que acompañan a la guerra final y la ejecución de Maximiliano y, sobre todo, el bellísimo tema de amor:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=-Xtp1f-bLPk”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]En 1940 recibe su última nominación al Oscar por “El halcón de mar”, de nuevo protagonizada por Errol Flynn:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=Phv5mSGcaes”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]En 1941 escribe una partitura mucho más dramática y opresiva para “El lobo de mar” destacando el ambiente que reina en el barco de ese malvado Edward G. Robinson:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=fHzOHQB-2bw”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]En 1942 escribe una de sus partituras más conocidas para una película que no conozco de nada, Kings row:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=AJwa9mX0bxA”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]En 1943 compone otra de sus obras maestras, para el melodrama “La ninfa constante”, que protagonizan Joan Fontaine y Charles Boyer, que le permite explotar sus grandes dotes como melodista:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=Zo3BvRzuvaM”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]La última partitura que vamos a destacar es la de “Decepción”, de 1946, en la que Paul Henreid interpreta a un chelista y Claude Rains al director de orquesta, por lo que el chelo tiene una gran importancia en la partitura, como en el concierto que escuchamos en esta escena:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_video link=”https://www.youtube.com/watch?v=of0Ou4HVld8″][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Pero al padre de Korngold nunca le gustó que su hijo se dedicara a componer bandas sonoras, así que a su muerte, Korngold decide volver a Viena para componer música de concierto. Allí se encuentra con que su estilo musical tardorromántico no gusta a un público acostumbrado a música más vanguardista, por lo que termina volviendo a Hollywood, aunque sólo partyicipará en una nueva película, Magic Fire, adaptando música de Wagner y haciendo un cameo como el director de orquetsa Hans Richter. Muere en Hollywood el 29 de noviembre de 1957, con 60 años, y es enterrado en el Hollywood forever cementery:[/vc_column_text][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_single_image source=”external_link” external_img_size=”full” alignment=”center” custom_src=”http://image2.findagrave.com/photos/2001/222/korngolderich.jpg”][vc_empty_space][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]Steiner y Korngold tienen en común no pocas cosas. Ambos provienen de familias de origen judío muy vinculadas al mundo musical del Imperio Austro-Húngaro en el que nacieron. Por ello su formación musical es la de tradición tardorromántica que seguían Mahler, Zemlinsky o Richard Strauss. Y ambos llevaron este mismo estilo a América, aunque Steiner lo haría unos 20 años antes que Korngold. Pero su forma de entender la banda sonora es diferente.

Ya hemos mencionado que la intención de Steiner era destacar con su música el dramatismo de ciertas escenas, aumentar la emoción que siente el espectador en los distintos momentos de la película, además de ambientarla. Korngold entiende las bandas sonoras de manera muy distinta: para él son como óperas sin palabras, describen la acción a la manera de un poema sinfónico de Liszt o de Richard Strauss. La música de Korngold se puede escuchar en una sala de conciertos al margen de las imágenes de la película y aún así se puede de alguna forma seguir el argumento de la historia; con la de Steiner esto es imposible, porque su finalidad es muy distinta, no es una música independiente de lasimágenes como la de Korngold.

Cuál de los 2 estilos gusta más es cuestión de gustos; yo en lo que respecta a bandas sonoras me quedo con Steiner (soy muy fan de Die Tote Stadt y del concierto de violín de Korngold, porque era un magnífico compositor, pero como autor de bandas sonoras en mi opinión peca de ambicioso). Además, no deja de resultar curioso que, teniendo Korngold la posibilidad de elegir los títulos en los que quería trabajar, a diferencia del multitarea Steiner, las películas para las que trabajó Korngold permanezcan hoy, en su mayoría, casi olvidadas, frente a los grandes éxitos que protagonizó Steiner. Steiner era de alguna forma el artesano, mientras que Korngold era el artista, pero quizá el tiempo no les ha tratado como tales. En todo caso, ambos son fundamentales para el desarrollo de las bandas sonoras, y su estilo será continuado por gente como Maurice Jarre (en sus bandas sonoras sinfónicas, no en las de sintetizador), John Barry, Ennio Morricone, John Williams, James Horner, Hans Zimmer o Michael Giacchino, por ejemplo. El legado de estos dos maestros de la música sigue vivo tanto a través de su obra como de su influencia en las generaciones futuras. Y seguramente la mayoría de fans de las bandas sonoras de “Star Wars” o de “El señor de los anillos” ignoren que, sin Steiner y Korngold, no serían lo que hoy conocemos.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]