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170 años de la muerte de Frédéric Chopin (17-10-2019)

Es probablemente uno de los compositores más famosos de la historia. Nadie como él representa al compositor romántico, con su vida breve, su poco fortuna en el amor y sus partituras para piano que parecen poesías musicales. Cuando se cumplen 170 años de su temprana desaparición repasamos la gran obra de Frédéric Chopin. 

Frédéric Chopin tenía como nombre completo en polaco Fryderyk Franciszek Chopin, y nació probablemente el 1 de marzo de 1810 (su acta bautismal sitúa la fecha de nacimiento el 22 de febrero, pero podría tratarse de un error del cura) en la localidad polaca de Zelazowa Wola, a menos de 60 km de Varsovia, por aquel entonces parte del Gran Ducado de Varsovia establecido por Napoleón. En concreto nació en la finca que allí tenía el Conde Fryderyk Skarbek, quien sería su padrino y de quien tomaría su nombre:

Casa natal de Chopin.

Su padre, Nicolas Chopin, era originario de Lorena, aunque con ancestros polacos, y se trasladó a Polonia en 1787, a los 16 años, para defender la causa polaca. Allí trabajó como profesor de francés y como tutor para las familias aristócratas polacas. En 1806 se casó con Tekla Justyna Krzyżanowska, miembro de una familia aristócrata arruinada, y al momento del nacimiento de Fréderic ambos trabajaban para los Skarbek. Frédéric tenía una hermana mayor, Ludwika, nacida en 1807, y después tendría dos hermanas menores, Isabella en 1811 y Emilia en 1812. Nicolás insistió en que la familia hablara en polaco, que así fue el idioma materno de Frédéric.

Pocos meses después de su nacimiento, en octubre, la familia se mudó a Varsovia, donde Nicolás obtuvo un puesto como profesor de francés en el Liceo de Varsovia, situado en el Palacio Sajón, destruido por los Nazis en 1944. Por ello la familia vivía en terrenos del propio palacio. Ya desde muy temprana edad la salud de Frédéric demostró ser bastante mala. 

En la familia reinaba un rico ambiente cultural. Su madre enseñaba a tocar el piano, y fue su primera profesora, pero entre 1816 y 1821 recibió lecciones del pianista checo Wojciech Zywny, gran admirador de la música de Johann Sebastian Bach y de Wolfgang Amadeus Mozart, lo que será determinante en la carrera de Chopin. Su hermana Ludwika también estudia piano con Zwyny, así que los dos hermanos tocaban en ocasiones dúos. En 1817 Chopin comienza a dar conciertos para la aristocracia polaca e incluso para los rusos, por lo que adquiere fama como niño prodigio y es conocido como “el pequeño Chopin”, y también compone sus primeras obras, en general polonesas. Si bien la mayoría de ellas se encuentran perdidas, sobrevive alguna, como la polonesa en Sol menor B1:

Ese mismo año el Palacio Sajón es requisado por los rusos y el Liceo de Varsovia se traslada al Palacio Kazimierz, y la familia Chopin se instala en un edificio adyacente. Allí estudia Frédéric entre 1823 y 1826, graduándose cum laude, antes de comenzar a estudiar en el Conservatorio de Varsovia teoría musical y composición con Józef Elsner, con quien ya había estudiado con anterioridad. También hay que destacar sus veraneos rurales entre 1824 y 1828. En 1824 y 1825 pasó el verano en la pequeña localidad de Szafarnia en casa de Dominik Dziewanodowski, militar polaco cuyo hijo era compañero de estudios de Chopin; estas vacaciones ponen a Frédéric en contacto con la música popular polaca, algo que será determinante en su carrera posterior. Además, escribe cartas a su familia con tal nivel literario en polaco que muestran su enorme talento como escritor. 

En 1827 muere su hermana Emilia, que ya había destacado como escritora pese a contar con sólo 14 años, víctima probablemente de la tuberculosis. Como la familia es incapaz de seguir viviendo en el mismo sitio donde murió la pequeña, se trasladan a un nuevo apartamento en el Palacio Krasinski, en el que hasta el año 2014 había un pequeño museo. La buhardilla de la casa era utilizada por Nicolas como casa de huéspedes, y algunos de los jóvenes que por allí pasaron fueron amigos de Chopin incluso en su estancia parisina. 

En 1828 y 1829 Chopin viaja a Berlín, donde entra en contacto con la ópera, género que siempre le apasionará (aunque no haga ningún intento por componer ninguna, pese a que Elsner quiso convertirlo en un compositor de ópera polaca), además de conocer a músicos como Felix Mendelssohn. Siendo huésped del príncipe Antoni Radziwill en 1829 compuso para él y su hija la introducción y polonesa brillante para chelo y piano, que escuchamos aquí interpretada por Daniil Shafran al chelo y Anton Ginsburg al piano:

Todavía ligado a las formas clásicas, Frédéric Chopin compone en 1828 su primera sonata para piano, que escuchamos aquí interpretada por Leif Ove Andsnes:

La visita de Niccolò Paganini a Varsovia en 1829 impresiona a Chopin, y buscando explotar la capacidad técnica del piano en imitación de Paganini compone su primer estudio, Op. 10 nº 1, conocido como “La cascada”, que escuchamos interpretado por Vladimir Ashkenazy:

Mientras, el prestigio de Chopin va en aumento, y personalidades vienesas quieren que dé algún concierto en la ciudad. En agosto de 1829, poco después de graduarse en el Conservatorio con excelentes informes sobre sus aptitudes musicales, da dos conciertos en la ciudad, estrenando sus Variaciones para piano y orquesta sobre “La ci darem la mano” del “Don Giovanni” de Mozart, que escuchamos aquí interpretadas por Emil Gilels:

Mientras tanto, en Varsovia tiene su primer gran amor, con la estudiante de canto Konstancja Gladkowska, amor que finalizará con el viaje de Frédéric Chopin de 1830. Este amor le inspira a componer su primer vals, aunque en su catálogo figure como op. 70 nº 3, que escuchamos a continuación interpretado por Arthur Rubinstein:

De esta época datan obras como la canción “Cuando el sol está en el cielo”, op. 74 nº 1, que escuchamos cantada por Elzbieta Szmytka con Malcolm Martineau al piano:

También inspirado por su primer amor escribe el segundo movimiento de su segundo concierto para piano (segundo por fecha de publicación, porque fue compuesto e interpretado antes que el primero). Este concierto, una de las mejores obras de Chopin en mi opinión, se estrenó el 17 de marzo de 1830 con el propio Chopin al piano, consiguiendo un gran éxito. Escuchamos la magnífica versión que interpreta el pianista polaco Rafal Blechacz:

Pocos meses después, el 11 de octubre, estrena en el Teatro Nacional de Varsovia, en el que será uno de sus últimos conciertos en la ciudad, su primer concierto para piano, que escuchamos aquí en la sobresaliente interpretación del también polaco Krystian Zimerman:

Frédéric Chopin, ya definitivamente decidido a ser compositor, decide entonces realizar un viaje de estudios por Europa. La primera idea es ir a Berlín, invitado de nuevo por Antoni Radziwill, pero finalmente se decanta por regresar a Viena y de allí pasar a Italia. Pasa primero por la ciudad polaca de Kalisz, donde se le une su amigo Titus Wojciechowski, y de allí, haciendo escala en Wroklaw, Dresde y Praga llega a Viena el 22 de noviembre de 1930. Poco se imagina que nunca volverá a pisar su Polonia natal. 

Y es que el 29 de noviembre comienza el Levantamiento de noviembre contra el dominio ruso sobre Polonia. Wojciechowski parte de inmediato para alistarse, pero consigue convencer a Chopin de que se quede en Viena. Nunca volverán a verse, aunque seguirán en contacto por carta. La insurrección es aplastada en 1831 y Rusia pasa a ocupar Polonia, que desaparece como estado, causando una gran angustia en Chopin. 

Su estancia en Viena tampoco es provechosa: el público prefiere los valses orquestales que se han puesto de moda gracias a Joseph Lanner y Johann Strauss Sr., y tampoco el mundo cultural se le presenta favorable. Además, pese a su interés por la ópera, no demuestra el mismo interés por la música sinfónica del momento. Apenas da conciertos en la capital austriaca, pero compone algunas de sus obras más célebres, como su Balada nº 1, que escuchamos interpretada por Krystian Zimerman: 

También compone su estudio op. 10 nº 12, conocido como “Revolucionario”, descargando en él sus emociones sobre la revolución polaca, que escuchamos interpretado por Sviatoslav Richter:

De esta época datan también sus primeros nocturnos, op. 9. Escuchamos el primero de ellos interpretado por Claudio Arrau:

Sus planes de viajar a Italia se ven detenidos por la difícil situación política, por lo que decide ir a París, si bien en su pasaporte figurará que es sólo como escala para ir a Londres. De camino pasa por Munich y por Stuttgart, ciudad en la que sufre una crisis nerviosa al enterarse del fracaso del levantamiento de Varsovia. Llega a París en septiembre de 1831, poco antes de la llegada de numerosos expatriados polacos con los que mantendrá contacto constante. A partir de entonces pasa a escribir su nombre de manera definitiva como Frédéric Chopin, traducción francesa de su nombre polaco. Obtiene la nacionalidad francesa en 1835. Su negativa a regularizar con el Imperio Ruso la situación de su pasaporte le impidió poder regresar a su Polonia natal. 

París es en esos momentos la capital cultural de Europa, y muchos de los grandes artistas del continente se encuentran allí o no tardarán en hacerlo. Gracias a ello Chopin conoce y entabla amistad con escritores como Heinrich Heine, Victor Hugo, Honoré de Balzac o Alfred de Vigny, pintores como Eugène Delacroix y compositores como Hector Berlioz, Gioacchino Rossini, Ferdinand Hiller o Franz Liszt, y unos años más tarde también Vincenzo Bellini. Incluso se plantea estudiar piano con Friedrich Kalkbrenner, quien le propone estudiar 3 años, aunque finalmente esto no suceda. Sus artículos sobre música le traen la admiración incluso de Robert Schumann, mientras sus conciertos son un gran éxito que le permite vivir de sus propios ingresos y no de las ayudas de su padre de forma definitiva. Además adquiere gran fama como profesor de piano de hijos de aristócratas, aunque nunca fue de su agrado, al considerar que esos jóvenes no tenían talento, y si iban a sus clases era sólo porque sus padres tenían el dinero para pagarlas. Pero donde Chopin se encuentra más cómodo no es en las grandes salas de concierto, sino en las pequeñas veladas en casa de aristócratas, artistas y magnates, con pocos asistentes, donde tanto su estilo intimista de tocar como sus obras brillan con luz propia. 

Entre las primeras obras que escribió tras su llegada a París figura su estudio Op. 10 nº 3, conocido como “Tristesse”, en el que, en vez de desarrollar el virtuosismo enfatiza el legato en el tecleo. Lo escuchamos tocado por Sviatoslav Richter:

Compone también sus mazurcas op. 24, que escuchamos interpretadas por Rafal Blechacz:

Y las polonesas op. 26, de las que escuchamos la primera, interpretada por Vladimir Horowitz:

Tras una gira por Alemania en 1834, de vuelta a París estrena su Andante Spianato y Gran Polonesa Brillante. La Polonesa, compuesta hacia 1830, es una obra para piano con acompañamiento orquestal, aunque como suele ser habitual en las obras de Chopin, la orquesta tiene poca relevancia; el andante, una suerte de introducción compuesta en 1835, adquiere aquí unas dimensiones considerables y una enorme belleza. Escuchamos la obra interpretada por Claudio Arrau:

También de 1835 datan sus dos nocturnos op. 27, que escuchamos interpretados por Maria Joao Pires:

La salud de Frédéric Chopin entra en declive en invierno de 1835, por lo que redacta su testamento. Su compromiso con la joven Maria Wodzinska también se rompe a causa de su mala salud en 1837. Pese a esa mala salud consigue viajar a Leipzig en 1836, donde se encuentra con Schumann, a quien le presenta los esbozos de la revisión de su primera balada, que se publica ese año a su regreso a París. 

En octubre de 1836, en una fiesta a la que ha sido invitado por Liszt y por su amante Marie d’Agoult, Frédéric Chopin conoce a la escritora George Sand. La primera impresión de ambos no es buena, aunque las cosas cambiarán en el futuro. 

En junio de 1837 viaja a Londres junto al fabricante de pianos Camille Pleyel. El viaje resulta productivo en su faceta como compositor: compone, entre otras obras, los dos nocturnos op. 32, que escuchamos de nuevo interpretados por Maria Joao Pires:

Y también compone su segundo Scherzo, que escuchamos interpretado por Krystian Zimerman:

De vuelta en París vuelve a encontrarse con George Sand y a partir de entonces va surgiendo el amor, que durará 8 años, entre 1838 y 1846. Como su salud sigue siendo problemática los médicos le recomiendan pasar el invierno de 1838 en Mallorca. Allí van Chopin y Sand junto a los dos hijos de ella, Maurice, que también tiene problemas de salud, y Solange. Pasan un tiempo en Palma, pero cuando la población descubre que no están casados se vuelve tan hostil que se trasladan a la Cartuja de Valldemosa. Los problemas de salud no mejoran: el invierno es especialmente lluvioso, y Chopin está descontento con los médicos locales. Además, tiene problemas para conseguir un piano. Y, pese a todo, es un invierno muy prolífico. En él compone sus preludios op. 28, que escuchamos interpretados por Daniil Trifonov:

Y también su segunda balada, que escuchamos interpretada por Krystian Zimerman:

Finalmente el mal tiempo provoca que George Sand decida que se marchen antes de lo previsto. Pasan por Barcelona y Marsella, donde Chopin permanece varios meses convaleciente. Pese a ello, consigue participar en el funeral del tenor Adolphe Nourrit tocando el órgano, algo sumamente raro. 

Frédéric Chopin pasa los veranos desde 1839 en la casa de campo que tiene George Sand en Nohant. Allí termina en 1839 su segunda sonata, que incorpora la marcha fúnebre que había compuesto años atrás en recuerdo a los caídos en la revolución polaca. Escuchamos la sonata interpretada por Arturo Benedetti Michelangeli:

Los siguientes años los pasa Chopin dedicados a la enseñanza y la composición. De 1840 data el vals op. 42, que escuchamos interpretado por Sergei Rachmaninoff:

De 1841 es su tercera balada, que escuchamos interpretada por Krystian Zimerman:

Del mismo año son los dos nocturnos op. 48, de los que escuchamos el primero interpretado por Claudio Arrau:

De 1842 son las tres mazurcas op. 50, que escuchamos interpretadas por Rafal Blechacz:

Del mismo año es su cuarta balada, que escuchamos interpretada por Krystian Zimerman:

Y también su famosa Polonesa Heroica, que escuchamos interpretada por Rafal Blechacz:

De 1843 son sus dos nocturnos op. 55, de los que escuchamos el segundo interpretado por Emil Gilels:

Si bien hacía mucho tiempo que Frédéric Chopin había abandonado el uso de las grandes formas clásicas, en las que no conseguía brillar tanto como en esas formas menores y más libres que tanto popularizo, en 1844 compone todavía una tercera sonata para piano, que escuchamos en este caso interpretada por Krystian Zimerman:

Pero su vida privada pasa por malos momentos. Chopin se encuentra con que Sand tiene dos hijos que ya tienen cierta edad; parece que hay un problema de celos entre él y Maurice, el mayor. Por otro lado, cuando Solange decide casarse, él se pone de su parte frente a Sand, lo que enfría la relación de la pareja. En el último verano que pasa en Nohant, en 1846, compone sus dos nocturnos op. 62, que escuchamos interpretados por Maria Joao Pires:

El golpe de gracia en su relación con George Sand tiene lugar en 1847, cuando ella publica su novela “Lucrézia Floriani”, en la que ridiculiza a Chopin. Todos sus amigos reconocen en la relación de sus dos protagonistas a Sand y Chopin, y al final él rompe con ella. 

De esta época datan sus tres valses op. 64, que incluyen el famoso “Vals del minuto”. Escuchamos los tres valses interpretados por Rafal Blechacz:

En febrero de 1848 estrena una de sus últimas obras, la sonata para chelo y piano, que escuchamos interpretada por Mstislav Rostropovich al chelo y Martha Argerich al piano:

Los veraneos en Nohant habían sido buenos para su salud, pero al no ir en 1847, la cosa fue a peor. Además, el 22 de febrero estalla en París la Revolución de 1848, y en abril Chopin viaja a Londres huyendo de la violencia. En la capital británica da conciertos y clases, pero no se siente contento con la situación. En verano viaja a Escocia, donde dará dos conciertos en otoño. Su último concierto público tendrá lugar en Londres el 16 de noviembre, pero su estado de salud es ya terminal. 

De regreso en París, Frédéric Chopin es casi incapaz de dar clases, pero recibe muchas visitas de sus amigos. En junio su hermana Ludwika viaja a París con su familia para cuidarle, y será ella quien no le permita a George Sand visitarlo. Una pericarditis causada por su tuberculosis le terminó causando la muerte tras una larga agonía a las 2 de la mañana del 17 de octubre. Siguiendo sus deseos, se extrajo su corazón para que pudiera ser llevado a Polonia, algo que hizo su hermasa en 1850, siendo depositado en la Iglesia de la Santa Cruz de Varsovia. Su cuerpo, por el contrario, fue enterrado en el cementerio parisino de Père-Lachaise:

La vida de Chopin fue en general bastante trágica, lo que probablemente influyó en su obra, especialmente sensible y poética. Aunque sólo componía para piano y prefería las formas pequeñas que le daban más libertad, fue un compositor fundamental en el desarrollo del romanticismo, y en absoluto podrá decirse que está sobrevalorado. 



Crónica: Mahler Chamber Orchestra en Quincena Musical (01 y 02-08-2019)

Este 2019 la Quincena Musical celebra su edición número 80. Y la encargada de inaugurar tan destacada edición ha sido la Mahler Chamber Orchestra, dirigida por el joven director moravo Jakub Hrusa, emergente figura de la dirección orquestal que era sin duda uno de los principales atractivos de ambos conciertos (porque el programa, a priori, me resultaba bastante poco atractivo en general, pero bueno, como en otros casos, eso es un tema estrictamente personal). 

La Mahler Chamber Orchestra, como ya hemos mencionado, ofreció dos conciertos en el Kursaal, los días 1 y 2 de agosto. Comenzamos por orden con el concierto del día 1, del que dejamos aquí un enlace del programa. 

El concierto se abría con la obertura de “Las Hébridas” de Felix Mendelsson, quizá la pieza que mejor conozco de todas las que formaban el programa, y la que más me gusta. Siempre he pensado que Mendelssohn está muy infravalorado en su labor como compositor orquestal, y esta obertura, una de sus obras más célebres, es buena prueba de ello. La obra requiere (como otras de las interpretadas en ambos programas) una orquesta de mayores dimensiones que la Mahler Chamber Orchestra, con una sección de cuerdas más nutrida, por lo que por momentos se percibían ciertos desequilibrios sonoros entre familias de instrumentos. Hrusa, con su movimiento dinámico y enérgico, enfatizó quizá demasiado apianar en no pocos momentos, en una obra que yo concibo más dramática, más sonora. Por lo demás, su dirección fue siempre enérgica y la orquesta respondió a gran nivel. 

A continuación le llegaba el turno al primer concierto de piano de Chopin. Y para mi sorpresa veo que a la orquesta se añaden dos trompas más y un trombón, y yo pensando ¿para qué se metía Chopin en estos berenjenales cuando sabía perfectamente que lo de orquestar no era lo suyo? ¿Por qué tanta parafernalia? Porque luego la orquesta suena casi como un conjunto carente de entidad propia, un mero acompañante en el que no se notan diferentes texturas sonoras; la orquesta es un cuerpo único. Pero, además, lo de las grandes estructuras tampoco era muy cómodo para el pianista polaco, y eso se nota en este debut en el campo concertístico, en una obra mucho menos lograda que su segundo concierto (por cierto, tercera vez que veo el primero, frente a una única que he podido ver el segundo, una de mis obras favoritas de Chopin).

¿Y por qué digo todo esto? Porque hay que ser un pianista muy, muye expresivo y muy habituado a la interpretación chopiniana para sacar adelante una obra que, de lo contrario, se hace aburrida. Yo tuve que recurrir a las grabaciones de dos chopinianos de pro como Zimerman y Blechacz para conseguir apreciar la obra. Y la presencia de un pianista asiático no parecía indicar que las cosas fueran a ir por esos lugares: habría más exhibición técnica que poesía. 

Pero claro, el joven coreano Seong-Jin Cho ganó el premio Chopin de Varsovia en 2015, por lo que se supone que algo de pianismo chopiniano habrá en su interpretación. El primer movimiento pasó sin pena ni gloria, con lucimiento técnico y una precisión pasmosa, pero sin alma, sin esa poesía que impregna la obra del polaco, y eso pese a un razonablemente buen uso del rubato. Más poesía hubo en el segundo movimiento, aunque siempre sabía a poco. En el tercer movimiento dio la exhibición técnica que esperábamos, siendo lo mejor de un concierto perfectamente acompañado por Hrusa y la orquesta. No deja de sorprender que lo mejor de Cho fuera su propina, un nocturno de Chopin interpretado impecablemente, con toda esa poesía que requiere la obra. Visto lo visto, quizá el problema sea del concierto en sí…

Terminaba el programa de este primer concierto la cuarta sinfonía de Beethoven. Obra de transición entre el clasicismo y el romanticismo, la orquesta de cámara parecía invitar a una visión más clásica, pero la enérgica dirección de Hrusa nos llevó por terrenos mucho más románticos, lo que en mi caso es siempre de agradecer. Ya es perfectamente sabido que Beethoven llevaba al máximo las exigencias interpretativas de los músicos, y aquí la orquesta demostró su enorme valía superando todos los escollos de la partitura, destacando por igual cuerdas, maderas y metales, además del percusionista. Magnífica interpretación, sin duda. 

Pasamos al segundo concierto, el del día dos, dejando de nuevo un enlace al programa. En esta ocasión acompañaba a la Mahler Chamber Orchestra el Orfeón Donostiarra, la Escolanía Easo y la sección de jóvenes cantantes femeninas de las misma formación. 

El programa se abría con el Te Deum de Dvorak, obra que en no pocos momentos nos recuerda a su celebérrima sinfonía del nuevo mundo, con esas sonoridades no sabemos si checas o americanas. La orquesta de nuevo demostró su gran nivel, junto a un Orfeón que se lució como pocas veces antes recordaba: desde el pianísimo más sutil hasta unos atronadores fortísimos. Hay que destacar la rotunda sonoridad de las notas altas de las sopranos y, en especial, de los tenores, que brillaron como no recordaba haberlos escuchado.

Junto a ellos, el bajo Adam Plachetka superó con solvencia su difícil parte, mientras la soprano Katerina Knezikova lució un timbre hermosísimo y una emisión impecable, sin excesivos vibratos, con agudos magníficos y capaz tanto del matiz más sutil como de conseguir hacerse oír sobre los fortes de orquesta y coro. Una soprano a la que seguir, desde luego. 

Después le llegó el turno a los Psalmus Hungaricus de Zoltán Kodály, compositor del que, confieso, nunca había escuchado ninguna obra. Se apreciaban ciertos elementos de vanguardia en medio de una atmósfera de carácter nacionalista húngaro. Dificultad añadida para los coros, que tuvieron que cantar pues en húngaro (a diferencia de en la obra de Dvorak, donde el checo que sería de esperar es sustituido por el litúrgico latín). Volvió a brillar el Orfeón, acompañado en este caso por los miembros jóvenes del coro Easo, que no tuvieron mucha ocasión de lucimiento, al cantar casi todo el tiempo junto al coro de adultos.

El tenor Gyula Rab solventó su difícil participación con una emisión un tanto discutible, no bien proyectada, pero con un idiomatismo lógico. 

Cerraba el concierto la segunda sinfonía de Schumann. Ay, Schummann… ¿Qué te he hecho yo para que nos llevemos así de mal? Es que no hay forma, no consigo entrar en el universo sinfónico del alemán. De nuevo, la interpretación orquestal fue de altísimo nivel, con un visible entusiasmo por parte de Hrusa. Los aplausos a la conclusión demostraron la gran satisfacción del público con el cometido de la Mahler Chamber Orchestra… aunque también hicieron acto de presencia los móviles sonando y las toses, las competiciones de toses en especial en el eterno final en pianísimo de la obra de Kodály. La orquesta no ofreció ninguna propina en ambos conciertos, por desgracia.

Comienza así esta 80 edición de la Quincena, con un alto nivel musical por parte de la Mahler Chamber Orchestra y de su director, Jakub Hrusa, que esperamos se mantenga a lo largo de la edición. 

Crédito fotográfico: Quincena Musical.

Emil Gilels en el centenario de su nacimiento (19-10-2016)


La escuela pianística de Rusia ha sido ya desde el siglo XIX muy prestigiosa, dando nombres tan destacables como los hermanos Anton y Nikolai Rubinstein, Sergei Rachmaninov o, ya a comienzos del siglo XX, Vladimir Horowitz, por citar sólo algunos de los más famosos y destacables. Pero en la segunda década del siglo XX vinieron al mundo dos de los más grandes pianistas de los que hay registro sonoro; el primero sería Sviatoslav Richter, y el segundo, nacido un año después, será el que hoy nos ocupa en el centenario de su nacimiento: Emil Gilels.




Emil Grigoryevich Gilels nació en la ciudad Ucraniana de Odesa, por aquel entonces parte de ese Imperio Ruso que estaba a punto de desaparecer, en el seno de una familia judío-lituana. Emil Gilels tuvo una hermana 3 años menor, Elizabeth, que fue violinista, y con la que le vemos en esta foto:

Emil Gilels poseía oído absoluto, por lo que sus padres le llevaron a estudiar a los 5 años con el pedagogo y pianista Yakob Tkach, cuya estricta enseñanza desarrolló inmediatamente la técnica del pequeño Emil, que en pocos meses aprendió a tocar obras de Clemente o de Mozart, para sorpresa de un profesor que se dio cuenta de que Gilels había nacido para ser pianista.

En mayo de 1929, con sólo 12 años, Emil Gilels da su primer concierto público, entrando ese mismo año en el conservatorio de Odesa, donde se graduará en 1935. Bertha Reingbald será su profesora. Aún siendo menor de la edad estipulada, Gilels participa en concursos de piano de Ucrania, dejando claro su enorme talento.

Algo que demuestra ese talento es el hecho de que, en 1932, el famoso pianista polaco Arthur Rubinstein visitó Odesa y se llevó una gran impresión al ver tocar a Emil. Ambos serán amigos hasta la muerte de Arthur, quien años después confesaría que, si aquel joven pecoso de larga cabellera pelirroja hubiera ido en ese momento a Estados Unidos, él habría tenido que marcharse… razón no le faltaba, desde luego.

En 1932 conoce en Moscú a Heinrich Neuhaus, famoso profesor del conservatorio de Moscú, y en 1933 gana por unanimidad un prestigioso concurso de piano en la capital rusa y que le lanza a la fama en toda la URSS, pero Gilels, a quien Bertha Reingbald le había enseñado a no dar demasiados conciertos, agobiado por el estrés que le provoca toda esa actividad, vuelve al conservatorio de Ucrania. Eso sí, tras graduarse, vuelve a Moscú como estudiante de postgrado con Neuhaus, donde coincidirá con otro destacado alumno, Sviatoslav Richter, de quien también será gran amigo toda su vida (curioso que no hubiera rivalidad entre dos genios de su altura).

En 1938 gana otro concurso en Bruselas, y ese mismo año termina sus estudios en Moscú, pero la gira que tiene planeada en América se cancela por el inicio de la II Guerra Mundial. Pese a todo, Gilels es ya una celebridad, hasta el punto de que un exiliado Sergei Rachmaninov, escuchando por la radio los conciertos de Gilels, le envía una medalla y un diploma que él había recibido para simbolizar su puesto como sucesor de Anton Rubinstein; Rachmaninov considerará a Gilels su sucesor.

En 1944 Emil Gilels estrena la sonata para piano nº 8 de Sergei Prokofiev, y durante la guerra da conciertos en el frente para alentar a las tropas. Forma también en 1945 un trío junto a su cuñado, el violinista Leonid Kogan, y el chelista Mstislav Rostropovich.

En 1955, Emil Gilels será, junto con el violinista David Oistrakh, el primer músico soviético al que se le permite hacer giras en Occidente, donde arrasa por donde pasa. En Estados Unidos, sorprendido de su éxito, afirmará que eso es porque todavía no han escuchado a Richter (pero Richter viajará poco a Estados Unidos y fracasara inicialmente en el Reino Unido, a diferencia de Gilels). Realiza también un gran trabajo discográfico, tanto como solista como acompañando al Amadeus Quartet o junto al trío ya mencionado. Además, en sus últimos años, Gilels dará conciertos junto a su hija Elena, nacida en 1948 de su segundo matrimonio.

En 1981, Emil Gilels sufre un infarto durante un recital en Amsterdan, y su salud se deteriora, aunque su muerte fue inesperada, durante un chequeo médico en Moscú el 14 de octubre de 1985, a pocos días de cumplir 69 años. Su amigo Richter llegó a hablar de negligencia médica como causa de la muerte, aunque al parecer se trata sólo de rumores.

Pese a una carrera no excesivamente larga (no fue tan longevo, que digamos), Emil Gilels nos dejó una extensa discografía que nos permite disfrutar de su arte y de su estilo técnicamente perfecto y de gran dramatismo.

Comenzamos escuchándole en repertorio barroco, en concreto con Johann Sebastian bach, en esta Fuga BWV 532:

Destaca también como intérprete de Domenico Scarlatti, del que le escuchamos la sonata L118:

Vamos a escucharle ahora tocar obras de Wolfgang Amadeus Mozart. Comenzamos con el concierto de piano nº 21:

Le vamos a escuchar ahora junto al trío que formaba con Kogan y Rostropovich en el trío K564:

Y ahora vamos a verle tocar junto a su hija Elena el concierto para dos pianos K365:

Pero si hay un compositor en el que destacara Emil Gilels, ese es Ludwig van Beethoven. Lo comprobamos primero escuchando su mítica versión del concierto para piano nº 5 dirigida por Günter Wand:

Su estilo es prefecto para las sonatas de piano de Beethoven, capaz de solventar las grandes dificultades técnicas y el gran vistuosismo que requieren con una fuerza y un dramatismo que extraen al máximo toda la expresividad de estos. Y por encima de todas, destaca su interpretación de la sonata nº 8, “Patética”, en una versión referencial:

En vez de sólo escucharlo, ahora vamos a verlo con la sonata “Waldstein”, nº 23:

Y le escuchamos también en una sonata muy distinta, la “Claro de luna”, nº 14, donde tiene que sacar a relucir un pianismo más pausado, más poético, que si bien no era su mayor virtud, aquí demuestra que puede seguir siendo poco menos que referencial con ese delicado 1º movimiento de una belleza indescriptible:

Le escuchamos también junto a su cuñado, el violinista Leonid Kogan, interpretando la sonata para piano y violín “Kreutzer”:

Pasamos a Franz Schubert, del que vamos a escuchar primero la versión que Emil Gilels interpreta de los Momentos musicales:

Y escuchamos también una de sus más célebres participaciones junto al Amadeus Quartet, la grabación del quinteto con piano “La trucha”:

Afortunadamente, Emil Gilels no se olvidó de Felix Mendelssohn en su repertorio, que incluía las romanzas sin palabras, de la que vemos esta magnífica versión del Spinnerlied:

Y escuchamos también su versión del 1º concierto para piano:

Robert Schumann fue otro de los compositores en los que más destacó Emil Gilels. Lo comprobamos primero con estos Estudios sinfónicos:

Y le vemos ahora interpretara el concierto para piano, en una versión delicada y lenta para lo que era habitual en él, aunque con un tecleado siempre potente:

Aunque frecuente en su repertorio, no es Frederic Chopin el compositor que mejor se adaptaba al estilo de Emil Gilels, al que quizá le faltaba un punto más de delicadeza y poesía que necesita la música del polaco. Pese a todo, nos regala algunas versiones nada desdeñables de sus obras, como esta Sonata nº 3:

En cambio, en esta versión de la Polonesa Heroica se echa en falta un poco más de rubato, aunque técnicamente la versión es intachable:

En esta interpretación de la balada nº 1 se observa que su tecleado es, como ya mencionamos antes, potente, quizá demasiado para extraer todo el contenido poético de la obra de Chopin, aunque no por ello deja de haber momentos casi mágicos en su interpretación (esta es una de mis obras favoritas de Chopin, raro sería que no me gustara nada de su interpretación…), pese a otros momentos de ritmo un tanto apresurado:

Pero cuando llegamos a Franz Liszt, la cosa cambia. Aquí su estilo pianístico se adapta perfectamente a la obra del húngaro, como comprobamos en esta magnífica versión de la famosa Rapsodia Húngara nº 2:

Aunque especialmente célebre es su interpretación de la Rapsodia Húngara nº 9:

Escuchamos ahora su versión de la sonata para piano:

Y terminamos con el endiabladamente complicado Valse oubliée nº 1:

 Johannes Brahms es otro de los compositores a los que va asociado el nombre de Emil Gilels, cosa que no es difícil entender escuchando, por ejemplo, esta magnífica interpretación de su 2º concierto para piano:

Vamos a verle ahora interpretando las Baladas:

Y le vemos por último interpretar las Fantasías op. 116, donde en ese juego de matices expresivos destaca de nuevo ese tecleado potente, de gran dramatismo:

Vamos a escucharle ahora en el 2º concierto para piano de Camille Saint-Saëns:

Pasamos a Edvard Grieg, del que veremos a Emil Gilels tocar el concierto para piano:

Es un lujazo poder ver esas manos recorriendo todo el teclado con esa perfección técnica…

Gilels fue un destacado intérprete de la obra para piano del noruego, como por ejemplo sus piezas líricas, pero le vamos a escuchar en este Nocturno en el que se muestra especialmente delicado en una versión simplemente maravillosa:

De Claude debussy vamos a escuchar su versión del “Claire de lune” que sería interesante comparar con la de su amigo Richter, tan distintas ambas entre sí, Richter más comedido y poético, Gilels dibujando un juego de sonidos cual si de una cascada de agua se tratara con ese ritmo mucho más rápido:

Y le escuchamos también interpretar otra obra de Debussy, “Pour le piano”:

 Pero si por algo destacó Emil Gilels fue por sus interpretaciones de compositores rusos y/o soviéticos de los siglos XIX y XX. Y comenzamos con Piotr Ilich Tchaikovsky, del que nos regaló algunas de las mejores versiones del famosísimo primer concierto para piano:

Escuchamos también el trío con piano junto a Kogan y Rostropovich:

Otra gran figura del pianismo ruso fue Alexander Scriabin, del que Emil Gilels interpretó numerosas obras, como estos 5 preludios, op. 74:

Y escuchamos también la sonata para piano nº 3:

Famosa fue también su magnífica interpretación de la Sonata “Reminiscenza” de Nikolai Medtner:

Obviamente, la obra de Sergei Rachmaninoff fue también uno de los caballos de batalla de Emil Gilels, como muestra esta versión mítica de su 3º concierto para piano, dirigido por André Cluytens, una de las mejores versiones de este concierto:

Y le vemos también en uno de sus preludios, el op. 23 nº 5:

Su estilo virtuoso y enérgico se adapta a la perfección a las obras de Rachmaninoff, como hemos comprobado.

Ya hemos mencionado antes que Emil Gilels estrenó la sonata para piano nº 8 de Sergei Prokofiev, otro compositor muy importante en su repertorio, así que vamos a escuchar esa sonata:

Vamos a verle también tocar la sonata nº 3:

Le escuchamos también tocando su 3º concierto de piano:

Vamos ahora con sus interpretaciones de obras de Dmitri Shostakovich, comenzando con su segunda sonata para piano:

Le escuchamos también el Preludio y fuga nº 24:

Y por último, el 2º trío con piano, de nuevo junto a Kogan y Rostropovich:

Emil Gilels interpretó también obras de Aram Khachaturian, como la sonata para piano de la que en este vídeo escuchamos el primer movimiento (en youtube están los otros dos restantes):

Y terminamos con la interpretación que Emil Gilels hizo de la 4ª sonata para piano de Mieczyslaw Weinberg:

Como hemos podido observar, Emil Gilels fue un intérprete referencial tanto de Beethoven como del repertorio ruso, además de uno de los grandes intérpretes de compositores como Schumann, Brahms o Liszt. Dejó afortunadamente una amplia discografía y un buen número de recitales grabados en vídeo (se pueden ver en youtube) que, cien años después de su nacimiento, nos permiten seguir disfrutando de su arte.



25 años sin Claudio Arrau (09-06-2016)


El 9 de junio de 1991 moría en Austria un pianista histórico, quizá lo más próximo que vamos a poder escuchar nunca del estilo pianístico de Franz Liszt: nos dejaba el gran Claudio Arrau, pianista de técnica excepcional y cuidada interpretación.




Claudio Arrau nació en la ciudad chilena de Chillán (su casa natal es hoy día un museo dedicado a su figura) el 7 de  febrero de 1903. Apenas un año después su padre murió en un accidente de caballo, por lo que su madre tuvo que dedicarse a dar clases de piano, de las que se benefició el niño Arrau, quien con 5 años ya dio un concierto en su ciudad. Niño prodigio, con sólo 8 años recibió una beca para estudiar en Berlín con Martin Krause, quien a su vez había sido alumno de Franz Liszt, por lo que podemos imaginarnos que la forma de tocar de Arrau debía asemejarse a la de Liszt (a quien, por desgracia, nunca podremos escuchar, ya que murió en 1886, años antes de que hubiera grabaciones fonográficas). En 1914 (con 11 años solamente) dio su primer concierto en Berlín. Cuando en 1918 muere Martin Krause a causa de la fiebre española, Claudio Arrau decide no tomar clase con ningún otro profesor, tal era la estima en la que tenía a su maestro. En 1919 y 1920 ganará el premio Liszt (cuyo primer puesto llevaba desierto 45 años… él lo ganó dos años consecutivos, podemos hacernos una idea de su enorme talento).

En los siguientes años conseguirá el puesto de profesor de piano y hará numerosas giras. En 1937 se casa con la mezzo-soprano Ruth Schneider, de origen judío, lo que les obligará a trasladarse a Estados Unidos en 1941 huyendo del nazismo, consiguiendo la doble nacionalidad chileno.americana en 1979. La pareja tendrá 3 hijos.

Algunos críticos afirman que el estilo interpretativo de Arrau cambió tras la muerte de su madre (tras la que se mantuvo aislado durante dos semanas), cambiando a un estilo más introspectivo. En todo caso, es cierto que, al haber aprovechado sus años de niñez para desarrollar una espectacular técnica, durante el resto de su vida se centró en los aspectos interpretativos: persona de gran cultura, se centraba mucho en los aspectos históricos que rodeaban las obras que tocaba, haciendo sus interpretaciones muy peculiares, con rubatos y ritmos a menudo más lentos de lo normal.

Su repertorio fue fundamentalmente romántico, aunque en sus primeros años interpretó la obra completa para teclado de Bach (en concreto, en una serie de conciertos en 1935). Posteriormente rehusaba interpretar a Bach, considerando (acertadamente en mi opinión) que el piano no es un instrumento adecuado para su música, aunque en 1991 grabó algunas de sus obras. También había realizado otras grabaciones de música de Bach en 1945, como esta Fantasía cromática y Fuga en Re menor, BWV 903, que escuchamos ahora:

Pasamos a Mozart, de quien Claudio Arrau grabó la integral de sonatas para piano. De todas ellas vamos a escuchar la nº 8:

Pero quizá fue Ludwig van Beethoven el compositor en el que más destacó. Grabó en varias ocasiones sus 5 conciertos para piano, así como una integral de sus sonatas para piano y las sonatas para piano y violín. Empezamos viendo ese maravilloso concierto que es el número 5, el conocido como “Emperador”:

Escuchamos ahora una magnífica versión de la sonata para piano número 14, la “Claro de luna” con un magnífico primer movimiento de gran emoción:

Y a continuación le podemos ver interpretar la sonata número 21, “Waldstein”; mejor no quitar la vista de sus dedos, de la agilidad pero también de las pausas o el cuidado en el tecleo en los momentos más sutiles:

Rematamos su interpretación de Beethoven escuchándole junto al violinista Joseph Szigety la sonata para violín y piano número 9, “Kreutzer”:

Claudio Arrau también interpretó a menudo música de Carl Maria von Weber, hoy día un tanto olvidada, como este Konzertstück que escuchamos a continuación:

Pasamos ahora a Schubert. Escuchamos el primer movimiento de la fantasía Wanderer, una interpretación de ritmo pausado, tremendamente sutil en la repetición del tema principal y rica en rubatos:

Y vamos a escuchar también la bellísima interpretación del Impromptu número 3:

No fue en cambio un intérprete habitual de música de Felix Mendelssohn, pero vamos a verle tocar su “Rondo Capriccioso”:

Pero yo descubrí a Claudio Arrau con Chopin. Grabó buena parte de la obra para piano del polaco, así que tendremos que seleccionar algunas de las mejores obras… de mis obras favoritas, para entendernos. Empezamos con el segundo concierto para piano (lo confieso, uno de mis conciertos de piano favoritos):

A continuación escuchamos el Andante Spianato en la que sin duda es una de las mejores interpretaciones de esta bellísima obra (junto con las de Zimerman y Richter; yo me quedo con la de Richter, pero cualquiera de las 3 es magnífica):

Su integral de los nocturnos es simplemente referencial, mucho más lenta y poética que la tan alabada de Rubinstein. Escuchamos el primero de esos nocturnos:

Escuchamos ahora el famoso estudio “Tristesse”, con unos magníficos, aunque apenas perceptibles, rubatos; simplemente magnífico:

Termino este repaso a sus interpretaciones de Chopin con la obra con la que descubrí a Arrau, las baladas; me quedo en concreto con la 1ª, mi favorita de todas. Aunque en este caso prefiero la interpretación de Zimerman, Arrau no se queda atrás, desde luego:

Pasamos a otro de los compositores más frecuentados por Claudio Arrau, Robert Schumann. Otra de las primeras obras en las que le escuché fue en ese magnífico concierto para piano de Schumann que escuchamos a continuación, simplemente referencial:

Vamos a continuación con las Kinderszenen. En concreto recomiendo ese mágico Träumerei (minuto 6:38), delicia pura, con ese estilo delicado que caracteriza a Arrau:

Podríamos poner muchas más obras de Schumann, pero es que no acabamos. Porque llegamos por fin a Franz Liszt, ese pianista al que está ligado a través de su maestro Martin Krause. Y es que Arrau es probablemente heredero del estilo pianístico de Liszt. La espectacularmente complicada técnica  pianística del compositor húngaro no trae problemas a Arrau, que supera los enormes desafíos que suponen las obras pianísticas del compositor. Lo podemos comprobar, por ejemplo, en ese magnífico primer concierto para piano que escuchamos a continuación:

Vamos ahora con la no menos complicada sonata para piano:

Seguimos con ese maravilloso Liebestraum:

Vamos ahora con otra de sus obras emblemáticas, los 12 estudios de ejecución transcendental. Para no ponerlos todos, escuchamos uno de ellos, La campanella:

Y terminamos con Liszt volviendo a deleitarnos con ese movimiento de manos, siempre preciso y de enorme agilidad, en una pieza de sus Años de peregrinaje, en concreto los Juegos de agua en la Villa d’Este que vemos a continuación:

Pasamos a Johannes Brahms, del que en este caso vamos a escuchar una magnífica versión del segundo concierto para piano:

Vamos ahora con el concierto de piano de Edward Grieg, con un maravilloso segundo movimiento:

No podía faltar en el repertorio de Claudio Arrau el primer concierto para piano de Tchaikovsky, que escuchamos a continuación:

En el repertorio ruso (en el que falta, extrañamente, Rachmaninov) podemos escuchar también su interpretación del Islamey de Balakirev:

Interpretó también música de Isaac Albéniz, como esas suites de Iberia de las que escuchamos “Triana”:

En música más moderna, Arrau interpretó con cierta frecuencia música de Ferrucio Busoni, como esta elegía nº 5:

También interpretó música de Arnold Schoenberg, como estas tres piezas para piano:

Escuchamos a continuación música de Richard Strauss, en concreto “Burleske” para piano y orquesta, grabado en 1945, estando el compositor todavía vivo:

Seguimos con una obra que Sophie Menter, quien al igual que Martin Krause fue también alumna de Liszt, compuso especialmente para Arrau, este vertiginoso vals:

Y terminamos con música francesa. Claudio Arrau interpretaba a Ravel y, sobre todo, a Debussy, así que vamos a escucharlo en la que quizá sea la pieza para piano más famosa del francés, el “Clair de lune”, grabada en el mismo año de su muerte. El ritmo pausado y el uso del rubato es simplemente espectacular, aunque la sección central es quizá excesivamente lenta en mi opinión (por eso prefiero la versión de Richter):

Activo hasta sus últimos meses de vida, Claudio Arrau murió a los 88 años en Mürzzuschlag, Austria. Según su voluntad, fue enterrado en el Cementerio Municipal de Chillán, en el que también se encuentran los restos del tenor Ramón Vinay.

Su forma de entender cada obra musical puede desde luego ser discutible (es algo totalmente subjetivo), pero desde luego es de agradecer ese enfoque siempre personal de todo lo que interpretaba; frente a esta nueva hornada de pianistas chinos que son máquinas de solfeo capaces de tocar a toda velocidad pero sin darles nada de personalidad a lo que tocan, el estilo interpretativo de Claudio Arrau es pura poesía, un estilo que habría que recuperar para dotar a la música romántica (repertorio principal de Arrau) de la expresividad que le caracteriza. Arrau es, sin duda, uno de los más grandes pianistas de los que se conservan registros fonográficos, por suerte muchos, para poder disfrutar de su arte.