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Crónica: Otello de Verdi en Baluarte (03-02-2019)

En medio de un temporal de frío, viento y nieve, arriesgarse a viajar en coche de San Sebastián a Pamplona se antoja casi un suicidio, y más si cabe ante el riesgo de heladas nocturnas. Y, aún así, el Otello de Verdi que se ofrecía en el Baluarte tenía demasiada buena pinta como para perdérselo. 

Nos es Otello una ópera fácil de montar, y menos aún conseguir un reparto que sepa hacerle justicia a la partitura; la orquesta y el coro tienen participaciones importantes y nada fáciles. Y sí Yago es un papel difícil, no hablemos ya del protagonista Otello, que a lo largo de la historia ha encontrado muy, pero muy, pocos tenores capaces de hacerle justicia (si ni Corelli ni Bergonzi se atrevieron a interpretarlo, al margen del tardío y fallido intento de Bergonzi a sus 76 años). Que una temporada modesta como la pamplonesa se arriesguen a programarla es un riesgo de gran magnitud; que, además, resulte una noche casi histórica, es un éxito de magnitudes épicas, que no hace sino confirmar la necesaria cooperación de las diferentes asociaciones musicales de la capital navarra (en este caso, la Fundación Baluarte y la AGAO) para poder sacar adelante producciones de gran interés y calidad. 

Ya comentamos en este blog la historia y el argumento del Otello verdiano en este post. Por ello pasamos directamente a comentar la función de ayer, no sin antes dejar un enlace de la ficha técnica del programa. 

La escenografía de Miguel Massip emplea la mitad del casco de un barco, idónea sin duda para el “Esultate” inicial, que va cambiando en función de las escenas que se desarrollan a lo largo de la acción, siendo en especial afortunado para la escena en la que Otello escucha a escondidas la conversación entre Yago y Cassio. No es una escenografía bonita, pero sí eficaz. Las proyecciones de la tormenta en los laterales del auditorio no resultaban muy realistas, se notaba demasiado que estaban realizadas con ordenador (bastaba con acercarse estos días a Donostia para conseguir unas buenas imágenes de un temporal marítimo). Especialmente acertada la iluminación, con esos destellos emulando los rayos de la tormenta. 

Destacable la dirección escénica de Alfonso Romero Mora, siguiendo en todo momento las indicaciones del libreto y beneficiada por el buen saber hacer de los solistas. 

Ramón Tebar dirigió con fuera a una Orquesta Sinfónica de Navarra que sonó potente, dramática, destacando la magnífica labor de las cuerdas graves tanto en el preludio del dúo del primer acto como en el intermedio orquestal del cuarto. Tebar lució talento concertador y, pese a algún momento de abuso de volumen que perjudicó a los solistas, su labor fue sobresaliente, destacando un cuarto acto particularmente lento pero no por ello menos tenso, y sí particularmente hermoso. 

El coro de la AGAo respondió a las dificultades de la partitura con solvencia. Quizá el coro femenino del segundo acto fue la peor intervención de la noche, pero destacaron en el primer acto y, en especial, en el concertante del tercer acto, llenando el auditorio con un volumen potente y bien engastado. Ese concertante fue sin duda uno de los mejores momentos de la noche. 

De entre los solistas, solventes los comprimarios. Correcto Gerard Farreras como Montano y la breve intervención del heraldo. Sonoro y con la necesaria autoridad el Ludovico de Jeroboám Tejera. Poco audible en el segundo acto, la Emilia de Mireia Pinto destacó más en el cuarto acto, resultando dramáticamente convincente. Manuel de Diego quedó algo falto de volumen como Roderigo, pero resolvió con corrección su participación, no muy extensa.

Francisco Corujo forzó la voz para conseguir hacerse oír como Cassio. Algo justito en el primer acto, mejoró notablemente en el tercero, destacando en su dúo con Yago. Corujo es un artista sutil que sabe frasear con gusto, y consiguió así darle a Cassio una entidad dramática considerable a un personaje generalmente bastante inerte. 

El de Yago es un papel sumamente complicado: los grandes actores suelen tener problemas vocales tanto por el volumen como por la amplia tesitura que requiere el papel, mientras las grandes voces a menudo resultan monocordes en un papel que exige un gran talento interpretativo. Las no muchas veces que había escuchado con anterioridad a Ángel Ódena cabría incluirlo en este segundo grupo: gran voz pero dramáticamente bastante ausente. Hasta la función de anoche. Porque a su enorme voz, tanto de volumen como de extensión, sumó un canto sutil, creando un Yago terroríficamente pérfico, sibilino, tétrico, siniestro. Correcto, pero sin destacar, en el brindis, nos regaló un Credo magistral y un “Era la notte” casi susurrado, absolutamente brillante. Un placer sin duda haber podido disfrutar de un Yago de altísimo nivel canoro e interpretativo. 

A Svetlana Aksenova se le notó la falta de italianidad en su voz eslava: al margen de algún portamento fuera de lugar, su timbre es un tanto desigual, con graves oscuros, casi de mezzo-soprano, mientras el registro agudo suena en ocasiones peligrosamente apurado, y a su voz le Falta esa redondez característica de las grandes sopranos italianas, ese terciopelo. Y, pese a todo, fue una Desdemona convincente. Correcta en el dúo de amor, consiguió hacerse oír en ese maravilloso concertante final del tercer acto y resultar emotiva en su gran escena del cuarto acto. Habría resultado mucho más convincente si no hubiera tenido a su lado a dos monstruos canoros como fue el caso. 

Y llegamos a ese fenómeno vocal llamado Gregory Kunde. Más de 17 años hace que lo descubrí gracias a su grabación de “Lakmé”, cuando cantaba roles de tenor lírico-ligero. Reconvertida su carrera en tenor spinto, nos ha regalado grandes noches, pero de todas las que he podido disfrutar, esta se encuentra sin duda entre las mejores. Se nota el paso de los años, la voz es por momentos tremolante, el registro grave no tiene la fuerza necesaria… pero el americano sabe disimular sus defectos y potenciar sus virtudes con suma inteligencia. Por no extendernos demasiado (porque su intervención da para párrafos y párrafos comentándola), su “Dio mi potevi scagliar” fue el de un tenor lírico, sutil, sensible, doliente, pero con la pegada necesaria en los agudos (ese “O gioia” final, potente, perfectamente atacado y colocado), mientras su “Niun mi tema” fue un recital interpretativo, demostrando cómo debe morir Otello. Si sus “Un bacio… un bacio ancora” del dúo del primer acto ya habían sido sobresalientes, aquí fueron mágicos, hasta el punto de que consiguieron emocionarme. 

Probablemente, la prueba de fuego de cualquier función de “Otello” es ese dúo final del segundo acto entre Otello y Yago que termina con el juramento “Si, pel ciel marmoreo giuro”. Por lo general, o falla en tenor, o falla el barítono. Ayer ambos estuvieron simplemente perfectos, y sólo queda decir que me quedé con ganas de pedir un bis. Así que podríamos decir que la función de ayer no fue de nota, no, fue de matrícula de honor. De matrícula no ya para Pamplona, sino para cualquier gran teatro de ópera del mundo. Mis más sinceras felicitaciones a quienes han estado detrás de estas funciones, porque han hecho un verdadero milagro. 

Creo que nunca había visto el Baluarte tan lleno, apenas había alguna localidad suelta libre. La media de edad también era considerablemente menor de la habitual. El público disfrutó, y se notó en los aplausos finales. La sobredosis de toses (algo más comprensibles de lo habitual por la situación climática) no consiguió eclipsar a la música. Fue, por tanto, un éxito en todos los sentidos, que sólo nos queda esperar que se repita en las próximas temporadas pamplonesas. 

Crónica: estreno de Don Perlimplín en Baluarte (15-06-2018)


No es fácil a día de hoy acudir a un estreno operístico, y menos cuando vives en provincias, alejado de los grandes teatros del género. Así pues, se hacía necesario ignorar los inconvenientes de viajar hasta Pamplona (el tiempo no acompañaba para conducir por la A-15, con lluvia y, por momentos, niebla cerrada) para asistir al estreno de “Don Perlimplín” de Josep Vicent Egea, ópera basada en la obra teatral de Federico García Lorca “Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín”.




Este era así el segundo estreno absoluto al que he tenido ocasión de acudir, siendo el primer estreno escenificado y de un compositor vivo (el anterior estreno fue una versión den concierto de “Juan José”, la ópera que Pablo Sorozabal no consiguió ver representada). Era por tanto una ocasión que se presentaba atractiva. La asociación de Fundación Baluarte y Ópera de Cámara de Navarra (que, colaborando con AGAO en el futuro, presentan propuestas más que interesantes para la próxima temporada) había hecho un importante esfuerzo de publicidad para atraer al público a dicho estreno.

Pues bien, algo no funcionó, porque, pese a un precio de entradas bastante razonable, el auditorio Baluarte no sé si llegaría a ocupar un tercio de su aforo. Seamos sinceros: esta situación se habría repetido igualmente si la ciudad elegida para el estreno hubiera sido Donostia o Bilbo. El problema es el mismo en todas: el público. Ese público que sigue considerando la ópera como un acto social en el que dejarse ver, y al que acuden sólo a ver los 4 títulos de siempre, repetidos hasta la nausea. Para quienes amamos la ópera como lo que es, un acto artístico, al que se va a disfrutar de la música, de la escenografía y de todo lo que envuelve dicho espectáculo, la situación se vuelve cada vez más irritante.

Porque, pese a no ser una obra conservadora per se, este “Don Perlimplín” no carecía de interés. Toda la partitura era perfectamente escuchable para unos oídos razonablemente conservadores. El argumento deduzco que será sobradamente conocido para quienes tengan una mayor cultura literaria que yo, y desde luego es igualmente digerible incluso para las mentalidades más arcaicas. Había pocos elementos que pudieran impedir a alguien disfrutar del espectáculo que se estaba representando. Y su duración la hacía aún más digerible: apenas hora y cuarto; vamos, que si no te está gustando, tampoco te vas a morir por aguantar ese rato en el auditorio. Y, aún así, el público no respondió. Lástima, pero bueno, dejémoslo claro: ellos se lo pierden.

Como siempre, dejamos un enlace de la producción.

La puesta en escena de Koldo Tainta era preciosista, aunque me resultó difícil captar el sentido de aquella semiesfera (emulando a la luna, deduzco) flotando en medio de una piscina en la que paseaba por momentos el ballet o la propia Belisa. La dirección escénica de Pablo Ramos resultó efectiva con los 4 solistas.

El propio compositor dirigía a la Orquesta Sinfónica de Navarra. Siendo él el director, poco cabría objetar al hecho de transmitir su propia visión musical de la obra. En todo caso, la obertura fue una sucesión de números musicales que me resultaron inconexos. En el resto de la obra, acompañó en general con solvencia a los cantantes. No consigo entender tampoco la inclusión de unas txalapartas en la obra.

Los duendes de la obra original son aquí interpretados por dos bailarinas del grupo Kukai Dantza, Leire Otamendi y Lierni Kamio, que recitan sus frases, en lugar de utilizar un coro tradicional. El problema es que sus voces no fueron audibles en todo momento, en especial cuando miraban hacia el fondo del escenario.

La ópera requiere de 4 solistas. La mezzo Julia Farrés se hizo cargo con solvencia de su breve cometido como la madre de Belisa. Más oportunidad de lucimiento tuvo Marta Infante como la criada Marcolfa, con un bello monólogo al que supo extraer una gran carga emocional, con una voz oscura pero bien emitida.

Auxiliadora Toledano se hacía cargo del papel de Belisa. La voz es bellísima, y en escena se desenvolvía con enorme soltura. Supo transmitir los aires andaluces que requiere su monólogo y solventó las exigencias en el registro agudo que le exige el papel. Por desgracia, su voz no resultaba audible en todo momento; es una voz pequeña, que se perdía a veces en medio de la orquesta o con el ruido de los zapateados del ballet y de la propia escenografía (esa lluvia cayendo sobre la piscina).

Toni Marsol interpretaba al protagonista, Don Perlimplín. Es un papel más bien recitado, en el que supo lucir una buena presencia escénica y una voz hermosa, de emisión noble, de barítono lírico. Pero supo igualmente lucirse en los momentos más exigentes de la partitura, esos dúos con Belisa, en especial el último, en los que la línea melódica compuesta por Egea alcanza una belleza digna de recordarse, y que resultaron lo mejor de la noche, y lo mejor de la ópera, todo sea dicho.

¿Mereció la pena acudir al estreno? Sin ninguna duda. Y no sólo por el hecho de que fuera un estreno, sino por poder disfrutar de una obra que llega a tener momentos de gran belleza que le hacen merecer una, esperemos, futura buena andadura por otros teatros.



Crónica: Recital de Bryn Terfel en Baluarte (14-04-2018)


No cabe duda de que el galés Bryn Terfel es una de las voces más interesantes del panorama operístico actual, por lo que su recital en el Baluarte pamplonés era una cita ineludible para cualquier operófilo. Era el momento de quitarse los miedos que siempre trae el conducir por la A-15, que me las juega siempre que voy a algún concierto a la capital navarra, pero que en esta ocasión supo portarse bien y no darme sustos en el trayecto.




El  recital, como tal (cuyo programa enlazo aquí), es una especie de batiburrillo de diversas óperas (porque desgraciadamente no hubo nada de musical en todo el recital) que cimientan el repertorio de una voz tan difícil de clasificar como la del galés. La selección de las piezas era por tanto arbitraria, sin sentido ni unidad temática o estilística: el objetivo era que Terfel pudiera lucirse.

El recital se complementaba con diversos pasajes orquestales que permitían descansar al cantante. Ocasiones para poder comprobar el rendimiento de la Orquesta Sinfónica de Navarra, bajo la batuta del también galés Gareth Jones. Y así, el recital se abría con una correcta lectura de la Obertura del “Don Giovanni” de Mozart, buen preludio para la primera aria que nos iba a cantar Terfel, la de Leporello de la misma ópera, “Madamina, il catalogo è questo”, en la que Bryn Terfel lució toda su vis cómica y su complicidad con el público, sacando un libro que hacía las veces de catálogo, o enseñando fotos de mujeres en el móvil (todas ellas eran cantantes de ópera, pero era difícil poder distinguir bien los rostros salvo que estuvieras justo delante suyo), amén de una gestualidad muy teatral que añadía más gracia si cabe a la pieza. El “problema” es la visión siempre extrovertida del barítono, así como de una visión de Leporello bastante basta, tendente al volumen excesivo, sin duda impactante pero carente de elegancia. Claro que quizá Leporello no es un personaje ni remotamente elegante…

Siguió una correcta lectura de la bellísima polonesa de “Eugene Onegin” de Tchaikovsky, con una muy buena respuesta orquestal (destacar el momento solista de los chelos, de gran calidez) pero al que la rutinaria dirección de Jones le quitó toda la gracia. Por otra parte, era una pieza absolutamente inconexa con el resto del recital (ya que, por desgracia, Terfel no cantó nada del “Boris Godunov”…)

Volvía a salir al escenario Bryn Terfel para interpretar a los dos diablos más famosos de la ópera, el de Gounod y el de Boito. Dos papeles de bajo que dejaron en evidencia las limitaciones de Terfel en la zona más baja de su registro, que atacaba de forma no del todo ortodoxa; además, en los pasajes más rápidos, se veía un tanto atropellado con la letra. Y, pese a todo, su gestualidad, su socarronería, encajaban como un guante a tan diabólicos personajes; sólo le faltaba haberse puesto una diadema con cuernitos para terminar de identificarse con el personaje. Su “Le veau d’or” del “Faust” de Charles Gounod fue sin duda correcta, mientras su “Son lo spirito che nega” del “Mefistofele” de Arrigo Boito fue rematada con unos silbidos ensordecedores, luciendo de nuevo en su interpretación un derroche de mala baba y un canto potente, poderoso (sin duda una de sus mayores bazas) y extrovertido.

Entre ambas arias, Terfel introdujo una pieza del para mí desconocido Kurt Weill (un compositor del que no había escuchado nada hasta dos días antes del concierto, para prepararme), “Die Moritat von Mackie Messer” de “Die Dreigroschenoper”, una pieza absolutamente genial a la que el galés sabe sacar todo el partido imaginable, siendo quizá lo mejor de todo el programa.

Seguía, metida probablemente más por ser una pieza conocida que por cualquier otro motivo, la famosísima obertura de “Nabucco” de Giuseppe Verdi, en la que la orquesta supo lucirse (mención especial para maderas y percusión) pese a la asepsia de la dirección.

Terminaba la primera parte con uno de los roles fetiche de Bryn Terfel, el protagonista del “Falstaff” verdiano. Terfel pasaba de papeles de bajo cantante a un papel de barítono más o menos bufo, dejando claro lo difícil que resulta clasificar su voz. Salió con una importante barriga artificial, interactuó con el público (hablando en ocasiones en inglés y en otras en español… cómo no citar los pinchos, las patatas bravas que tanto habrían entusiasmado a Falstaff) y dio una lección de interpretación a su “L’onore! Ladri!”, luciendo un poderoso registro agudo (que además atacaba de forma mucho más acertada que el grave) y unos recursos cómicos absolutamente impecables. Fue otro gran momento del recital.

La segunda parte del programa estaba completamente dedicada a Wagner. Comenzaba la orquesta con el preludio del 3º acto de “Lohengrin”, de nuevo con una corrección rutinaria, antes de dar paso de nuevo a Bryn Terfel, que cantaba el “Was duftet doch der Flieder” de “Die Meistersinger von Nürnberg”, demostrando que esos papeles de bajo-barítono se adaptan mejor a su vocalidad que los de bajo o barítono plenos. Su Sachs puede ser discutible en su enfoque interpretativo (a fin de cuentas, es su forma de entender el personaje, simplemente), pero desde luego vocalmente resultó irreprochable.

Una cabalgata de “Die Walküre” impecable (remarcables en este caso los siempre atinados metales) pero siempre dirigidos sin chispa ni gracia, dieron paso al plato fuerte del programa, la despedida de Wotan, el final de esa Walkiria. Nunca había tenido la ocasión de escuchar esta pieza en vivo, y algunos de los pasajes orquestales consiguieron ponerme la carne de gallina, pese a la aburridísima lectura del conjuro de fuego. En cuanto a Terfel, su visión de Wotan resultaba quizá demasiado agresiva, aunque también es cierto que el volumen de la orquesta le obligaba a forzar el volumen de su enorme voz, que aún así tuvo algún problema puntual para hacerse oír. Y, pese a todo, supo regalarnos algún pianísimo de emisión mejorable pero dramáticamente emotivo. Había escuchado algún vídeo del propio Terfel cantando esta pieza, y he de decir que en vivo me sorprendió gratamente, ya que le vi mucho más adecuado vocalmente que en esos vídeos, a parte de vocalmente sobrado de medios.

Bryn Terfel sabe, con su carácter extrovertido, su voz poderosa y su talento interpretativo, meterse al público en el bolsillo, y el del Baluarte supo responder con un prolongado aplauso que fue compensado con dos únicos vises que supieron a poco. Primero, Terfel nos regaló los oídos con una bellísima nana de su Gales natal, “Suo-gan”, cantada en galés (ese idioma que a los que no somos galeses nos parece impronunciable), en la que, por fin, lució unas bellísimas medias voces, en ocasiones problemáticas en su emisión pero siempre bellísimas, consiguiendo un resultado casi mágico. Y Terfel remató el recital con la canción “My little welsh home” que a mí me hizo rememorar la mítica “Qué verde era mi valle” del genial John Ford. Terfel lleva esas canciones en su corazón, y supo demostrarlo con su canto. Puede que no fueran las propinas que el público hubiera deseado, pero el resultado fue absolutamente satisfactorio, saliendo a la luz el mejor Terfel, el intérprete sutil e introvertido que se había echado de menos en el recital. Dos canciones bellísimas, sin posibilidades de lucimiento vocal, cantadas por el simple placer que le da hacerlo, y que consigue transmitir al público.

Una noche, en resumen, para disfrutar de un intérprete de enorme magnetismo, gigantesca voz y gran flexibilidad estilística, con momentos más y menos logrados, pero siempre disfrutables, además de el acompañamiento de una magnífica Orquesta Sinfónica de Navarra que brilló a un altísimo nivel.



Crónica: Eldar Nebolsin en Fundación Baluarte (15-12-2017)


La orquesta sinfónica de Navarra, dirigida por Juanjo Mena, traía un concierto dedicado íntegramente a Ludwig van Beethoven. No es el de Bonn un compositor al que he tenido muchas ocasiones de escuchar en vivo: la primera sinfonía suya que escuché en vivo fue la 1ª, luego he escuchado la 3ª (2 veces), la 9ª (otras dos veces) y en verano incorporé la 6ª. Y además tuve ocasión de ver su  4º concierto para piano (crónica aquí). Escuchar la magnífica 7ª sinfonía en vivo tenía su atractivo, aunque mayor era poder escuchar el 5º concierto para piano, lo único de la obra concertante de Beethoven que me apasiona (quizá por ser realmente el único concierto plenamente romántico de su obra), pero el principal motivo para ir a Pamplona a este concierto era tener por fin la ocasión de escuchar al pianista Eldar Nebolsin.




Antes de nada dejo un enlace del programa.

Ya he mencionado que el Emperador es una obra que me encanta. Combina ese virtuosismo tan característico de Beethoven con una vena poética no tan frecuente en su obra. Y quizá lo que más me sorprendió de Eldar Nebolsin fue que enfatizara mucho más el segundo aspecto frente al primero. No faltó, desde luego, exhibición de técnica y virtuosismo en, por ejemplo, esos acordes iniciales previos al ritornello orquestal introductorio, pero en cuanto la parte pianística comienza su verdadera andadura, ese virtuosismo dio paso a un magnífico uso del rubato, a un tecleo de enorme suavidad, en ocasiones apenas audible, como un leve susurro, a unos tempi razonablemente pausados… hubo momentos de pura magia, en los que la obra sonaba como a nueva para mis oídos. El virtuosismo tuvo de nuevo su lugar en el tercer movimiento, por supuesto (hablamos de Beethoven, un compositor tremendamente exigente con los músicos), pero en el primer y segundo movimientos fue la poesía, la magia, la fantasía la que se apropió del teclado.

Por desgracia, el acompañamiento de Juanjo Mena y la Orquesta Sinfónica de Navarra no acompañaba como era debido. Tempi rápidos que contrastaban demasiado con los elegidos por Nebolsin, falta de chispa o de poesía en la interpretación, algún desafine en los metales… aquello parecía un collage, una combinación de dos estilos que no encajan entre sí. En mi opinión, una lástima, porque en cuanto la orquesta sonaba, se acababa la magia.

Terminaba Eldar Nebolsin su participación con una propina, una Bagatella de Beethoven, por supuesto, de nuevo interpretada impecablemente.

Llegados ya a la segunda parte del programa, Juanjo Mena pareció sentirse más cómodo con la sinfonía del alemán. Los tempi elegidos fueron de nuevo más bien rápidos (al menos si los comparamos con versiones históricas, como la imprescindible de Furtwängler), siendo quizá de agradecer esos tempi en los dos últimos movimientos y no especialmente molesto en el primero.  Por el contrario, el segundo movimiento sí me resultó en exceso rápido, perdiendo esa poesía que tiene el que para muchos es el mejor movimiento lento de las sinfonías de Beethoven. La orquesta respondió con solvencia, salvo las trompas, que desafinaron notoriamente al final del primer movimiento. Fue en general una interpretación disfrutable, con sus más y sus menos.

Parece que estoy condenado a llevarme siempre una impresión agridulce de Juanjo Mena cuando se trata de Beethoven (cabe recordar su reciente “Fidelio” donostiarra); no recordaba, en cambio, que fue él quien dirigió aquellas inolvidables funciones del “Billy Budd” de Britten en Bilbao, que tanto me gustaron que fui dos veces. A ver si en futuras ocasiones mi impresión vuelve a ser tan favorable como aquella primera vez. Por el contrario, en el caso de Eldar Nebolsin, tal fue la sorpresa que me supuso escucharle, casi hasta el desconcierto (quizá porque me esperaba un pianismo mucho más extrovertido por su parte) que espero poder volver a verle para comprobar de verdad cuál es su estilo pianísitico; el de ayer fue más que satisfactorio, desde luego.



Crónica: I Capuleti ed I Montecchi en Baluarte (14-01-2017)


Viajar de Donostia a Iruña por esa carretera realmente horrible que es la A-8 en pleno temporal es una cosa de esas que apetece bien poco. Pero tampoco hay muchas oportunidades de poder ver I Capuleti ed I Montecchi en vivo, así que no era una ocasión para dejar que la pereza te venza.




Creo que este I Capuleti ed I Montecchi es el título operístico número 64 que veo en vivo, y en previsión de que pasen muchos años antes de volver a tener ocasión de verlo (ahora sólo falta que me la programen en Bilbo o en Donostia el año que viene y tenga que comerme mis palabras), decidí arriesgarme a coger el coche, viendo que no parecía haber nieve en la carretera (el riesgo de niebla existe hasta en verano, así que eso ya es inevitable), esperando que la función mereciera la pena. Cosa que, en general, resultó ser así.

Se representaba este I Capuleti ed I Montecchi de Vincenzo Bellini en versión concierto. Supongo que la Fundación Baluarte se habrá ahorrado así una considerable cifra económica frente a una obra escenificada, pero las versiones en concierto ni son el ideal operístico (la ópera es teatro a fin de cuentas, y no me esperaría ir al teatro a ver “Romeo y Julieta” y ver a los actores recitando el texto delante del escenario, sin interactuar entre ellos y con la escenografía. Pues lo mismo en la ópera), ni están carentes de ciertos problemas: si la interpretación de los cantantes, pese a la falta de movimiento escénico, en este caso se resolvió razonablemente bien, el problema de tener la orquesta en el escenario en lugar de en el foso, con mayor libertad sonora, sí que afectó al resultado global.

Dejo antes de nada un enlace de la producción.

El director Antonello Allemandi dirigía a la Orquesta Sinfónica de Navarra. La orquesta respondió con solvencia, con remarcables solos de trompa o de clarinete, y Allemandi demostró conocer el estilo belcantista, con una obertura muy bien resuelta, y acompañando con corrección los momentos más líricos de la partitura, pero en los más dramáticos, así como en las caballettas, se pasaba de decibelios, tapando a los cantantes, que se veían muy perjudicados por tener a la orquesta tocando a pleno volumen detrás de ellos. Ese fue seguramente el mayor error de la función.

La parte masculina del Orfeón Pamplonés cumplió con solvencia su parte, aunque de nuevo resultó por momentos excesivamente sonoro, no tanto por falta de matices (supieron apianar en el cortejo fúnebre de Julieta) como quizá por un número excesivo de miembros cantando, tapando en exceso a los solistas en las caballettas y escenas de conjunto.

Del pequeño elenco de 5 solistas, lo peor fueron los 2 bajos. Lo de Miguel Ángel Zapater como Lorenzo fue opuesto al belcanto: un canto rudo, sin legato, apurado en la zona alta de la tesitura. El Capellio del brasileño Luiz-Ottavio Faria fue vocalmente imponente, aunque su canto es más estentóreo que belcantista, algo más perdonable en su caso dada la ingratitud de su personaje, que no deja de ser el villano de la ópera.

El trío protagonista lo formaban tres cantantes navarros que demostraron un alto nivel. El tenor José Luis Sola se encargaba de la parte de Tebaldo. Sola es un cantante al que he visto ya en unas cuantas ocasiones (creo que esta es la cuarta ve que le escucho en vivo, a la espera de volver a hacerlo en febrero en el Don Giovanni bilbaino), y siempre me deja un buen sabor de boca. Canta con gusto, domina el estilo belcantista, no tiene problemas de tesitura (pese a que, desconozco el motivo, sus sobreagudos resulten casi inaudibles, aunque no por ello se amedrenta, lanzándose al sobreagudo al final de su caballetta, aunque apenas fue audible) y su fraseo quizá un tanto cortante en su dúo con Romeo del segundo acto tampoco me pareció inadecuado, aunque no sea lo propio del belcanto. Es desde luego Sola un tenor al que sigo teniendo en muy alta estima.

El papel de Giulietta recayó en la soprano Sabina Puértolas, que demostró también un dominio del belcanto, cantando con gusto, apianando, dominando las coloraturas. No arriesgó mucho en el sobreagudo, siendo quizá la zona alta de su tesitura la más problemática, al sonar más opaca. Sus intervenciones solistas resultaron sobresalientes en todo caso, así como sus dúos con Romeo.

En estos I Capuleti ed I Montecchi, Bellini escribe la parte de Romeo para una Mezzo-Soprano, algo que, aunque llamativo, no es extraordinario, si tenemos en cuenta que en esa época los personajes de hombre joven los solían interpretar mujeres, y que Romeo tiene unos 17 años, aunque para la visión actual resulte un tanto extraño. Esta parte fue interpretada por Maite Beaumont, que si bien en su aria de introducción no me llamó especialmente la atención (resultado correcta en todo caso), a medida que avanzaba la ópera fue despegando hasta ser posiblemente la mejor del reparto, brillante en sus dúos con Giulietta y en la escena final. Fue además seguramente la mejor en el aspecto interpretativo, algo que se notaba por ejemplo en la actitud con la que se alejaba del atril cuando concluía sus intervenciones. Fue la gran triunfadora de la noche, y con razón sin duda.

Función de I Capuleti ed I Montecchi con sus luces y sus sombras, aunque aquí las luces consiguieron brillar lo suficiente como para eclipsar las sombras. Una función más que disfrutable que hizo que mereciera la pena el desplazamiento.



Crónica: Gregory Kunde en el Baluarte de Pamplona (06-10-2016)


Ver en vivo a Gregory Kunde es una de esas cosas que no se pueden pasar por alto. En una época en la que apenas hay tenores spinto capaces de superar con corrección los grandes papeles verdianos y veristas, Kunde brilla como lo hacían los grandes tenores históricos, y eso asegura que cada función suya que tengas ocasión de ver va a ser algo casi histórico y desde luego muy difícil de repetir en el futuro, en vista del panorama actual.




Yo ya había visto previamente a Gregory Kunde 4 veces, todas ellas en Bilbao (“Les vêpres siciliennes”, “Cavalleria rusticana”-“Pagliacci”, “Roberto Devereux” y “Manon Lescaut“, y a la espera del próximo “Andrea Chenier”; por desgracia me perdí el Requiem de Verdi), y siempre fueron grandes funciones. Por eso, el recital que daba en el Baluarte de Iruña era una cita imprescindible.

El recital servía como presentación del nuevo disco que ha grabado junto a la Orquesta Sinfónica de Navarra dirigida por Ramón Tebar, que está compuesto por buena parte del nuevo repertorio que, a un ritmo vertiginoso, ha ido incorporando el tenor norteamericano en los últimos años, repertorio centrado en Verdi y en el verismo. Como le mencionaba al propio Kunde a la salida (sí, por fin, a la 5ª, he conseguido saludarle), me resulta alucinante escucharle ahora en este repertorio cuando yo le conocí gracias a esa grabación de “Lakmé” de Delibes junto a Natalie Dessay y que tiene ya 19 años. Su voz actual no tiene absolutamente nada que ver con la que tenía entonces, y pensar en aquella época que iba a cantar estos papeles debería sonar a chiste… ¡pero no sólo los canta, sino que además los borda!

Bueno, vamos ya al recital. Gregory Kunde estaba acompañado por la Orquesta Sinfónica de Navarra dirigida por Ramón Tebar y por el Orfeón Pamplonés. Para dejar descansar al tenor, se intercalaban arias con fragmentos orquestales y corales. Dejo un enlace con el programa del concierto.

La primera parte fue más floja que la segunda. Comenzó con la obertura de “I Vespri siciliani” de Verdi, correctamente interpretada (aunque yo hubiera preferido la de Nabucco, ya puestos) y bien dirigida por Tebar. Tras ella apareció Kunde para cantar el “Se quel guerrier io fossi – Celeste Aida” de la Aida verdiana. Ya en las primeras notas del recitativo se notó el enorme caudal de voz de Kunde, que llenaba la sala, además de un cuidado fraseo muy verdiano. Solventó el aria con gusto, con esos Sib como cañonazos… pero hubo algún detalle que nos hacía intuir cierta fatiga en un cantante con una agenda casi imposible; y es que, al rematar el aria con el Sib que se supone que tiene que incluir un diminuendo para concluir en pianísimo, Kunde hizo el forte y el piano, pero sin diminuendo, pasando de golpe de una a otra. Un detalle no muy relevante (podría haberlo hecho todo en forte, como hacen tantos…) pero que hacía temer que esta no iba a ser su noche.

Prosiguió el coro con la marcha triunfal de Aida, que sacaron adelante con mejores intervenciones por parte de ellas que de ellos, muy bien acompañados por una orquesta que sonó magnífica toda la noche (aunque por momentos, demasiado presente, con demasiado volumen).

Vuelve a salir Gregory Kunde, y un magnífico clarinete solista (que tuvo otras ocasiones de lucimiento a lo largo de la noche) nos anuncia el “E lucevan le stelle” de “Tosca”. La interpretación fue magnífica, perfectamente cantada… lo malo es que en Kunde, este aria sabe a poco. Ya le llegarían mejores oportunidades para lucirse más adelante.

Una nueva intervención de la orquesta, la obertura de “Luisa Miller” (curiosa elección), de nuevo brillantemente interpretada, dio paso al final de la primera parte, compuesta por la escena del tenor de “Il Trovatore”. Tratándose de Kunde, uno espera un “Di quella pira” espectacular, pero curiosamente lo mejor fue el aria, el “Ah, sì, ben mio”, cantada con absoluto dominio del canto verdiano, casi recordando a maestros estilísticos como Pavarotti o incluso al gran Bergonzi, de una forma que ya no se canta, desde luego. Al llegar la caballetta, demostró todo su arrojo tanto al cantar con precisión las semicorcheas como al no omitir sus frases mientras canta el coro, aunque apenas se le oía. Kunde salió perjudicado por el hecho de tener a la orquesta en el escenario en lugar de en el foso, con lo que ésta le tapaba por momentos, y el coro masculino fue quizá demasiado ruidoso (¿tal vez demasiado numeroso?), pero los mayores problemas se le notaron al afrontar los dos Does de pecho, bien emitidos y potentes, pero muy breves, lo que hacía más evidente la fatiga del cantante. Por otra parte, no hubo repetición de la caballetta, por lo que nos perdimos las variaciones que Kunde suele introducir en la repetición.

El público dejó de aplaudir en seguida, sin permitir que Kunde y Tebar, que habían salido del escenario, volvieran a salir para saludar. Por lo que pude oír a mi alrededor, había gente del público que no se había enterado de que ahí terminaba la primera parte… simplemente desesperante.

Comienza la segunda parte. Y esta fue mucho mejor que la primera, hay que reconocerlo. Comenzó con una magnífica versión de la obertura de “La forza del destino”, de estas que te ponen la carne de gallina, y siguió al más alto nivel cuando aparece Gregory Kunde y nos desgrana cada frase del “La vita è inferno – O tu che in seno”. A priori podría parecer la parte que menos le iba a Kunde, y en cambio fue probablemente lo mejor de la noche. Aquí la orquesta (magníficas maderas, de nuevo) le acompañó mucho mejor, sin taparle, y Kunde dio una lección de canto e interpretación en un momento casi mágico. En ese momento comenzaron a oírse más bravos desde el auditorio, que habían comenzado tímidamente con su “Il Trovatore”. El público ya se iba calentando.

Siguió el celebérrimo coro “Va, pensiero” de “Nabucco”, que me emocionó. No puedo decir más.

Gregory Kunde volvía para cantar un aria de la “Manon Lescaut” pucciniana, a priori la que menos le iba de las 3 (tras haberle escuchado la ópera completa en Bilbao, no dejó de extrañarme que no eligiera el “Ah, Manon, mi tradisce” o el “Non, pazzo son”, que le dan mucho más juego), pero que también es la más famosa, el “Donna non vidi mai”. Grata sorpresa, me dejó mucho mejor sabor de boca que cuando se la escuché en Bilbao. Al aria le siguió el intermezzo de la misma ópera, que fue, junto con la ya mencionada obertura de “La forza del destino”, la parte que mejor interpretó la orquesta, con esos ritmos más bien pausados de Ramón Tebar que sacaron a la luz toda la belleza de esta inspiradísima página pucciniana, de lo mejor de una ópera bastante ladrillaco. Pese a los excesos de volumen en el acompañamiento de algunas arias, lo cierto es que Tebar demostró todo su talento (que no es poco, precisamente) a lo largo de la noche, aunque en especial en los dos momentos orquestales que he mencionado.

Y llega uno de los momentos más esperados por mi parte, el aria de “Pagliacci” “Vesti la giubba”, que me había dejado ojiplático en Bilbao. Pues el efecto se repitió. Kunde se salió, lució una envidiable anchura vocal, un cuidado fraseo, una vibrante interpretación y vocalmente solventó el aria casi sin despeinarse. Los aplausos y bravos van ya caldeándose.

El coro cantó a continuación sin pena ni gloria el “Fuoco di gioia” del “Otello” verdiano para dar paso a la última aria del programa, la tremenda “Dio mi potevi scagliar”, también de Otello. Gregory Kunde ha hecho de este Otello uno de los caballos de batalla de su carrera en los últimos años, y desde luego dudo que tenga rival en este papel, y ayer demostró por qué. Más lírico que Del Monaco, con una línea de canto siempre cuidadísima, interpretando cada frase, jugando con los acentos y solventando todas las dificultades de la partitura, terminando con un “Oh gioia” bien mantenido y que sonaba como un cañonazo. Sí, sí, así es como tiene que sonar Otello.

Tras los numerosos aplausos y bravos, el cansancio del tenor provocó que de las tres propinas previstas se pasase sólo a una (nos quedamos sin “Romeo et Juliette” y, lo peor de todo, sin “La fanciulla del West”; confieso que eso sí que me dolió); como no podía ser de otra forma, la propina tenía que ser el celebérrimo “Nessun dorma”, algo con lo que ya contábamos en vista de que uno de los vídeos promocionales del concierto recogía la parte final de este vídeo (desde el minuto 5 más o menos):

El cansancio de Gregory Kunde se notó en el acortamiento del “Vincerò!” final, con el la (en la sílaba “rò”) muy breve, aunque con el sib (en el “ce”) bastante más prolongado. El único pero que se le puede poner. He escuchado unos cuantos “Nessun dorma” en mi vida, a grandes tenores (Fabio Armiliato, Marcello Giordani, Neil Shicoff), pero os puedo asegurar que ninguno se acercaba a lo que escuchamos ayer. Sí, en el vídeo suena muy bien… ¡pero hay que escuchárselo en directo! Fue simplemente impresionante. El público, que hasta entonces había sido más bien respetuoso con los finales orquestales, aquí no espero a que terminara la música para ponerse a aplaudir y bravear, y en vista de que nos íbamos a perder esos bellos acordes finales, pues ya opté por hacer lo mismo, por desgañitarme braveando y, en cuanto terminó la música, ponerme en pie, como ya empezaba a hacer parte del auditorio, hasta que todo el público en pie despidió como es debido a un tenor casi histórico, al que ya es un mito de mi generación (de esa generación que no tuvo la ocasión de escuchar en vivo a Pavarotti, por ejemplo).

Confieso que salí del concierto perdido entre las nubes, casi hiperventilando, después de haber desfrutado de semejante “Nessun dorma” (que, como no, es un aria que me vuelve loco). Y conseguir poder saludar por fin a Gregory Kunde, tener su firma y hacerme una foto con él (cosa que compensó la larga espera y el frío que hacía por la noche en Iruña) fue ya el remate de una noche mágica. Así sí que vuelve uno feliz a casa pese a tener una hora de camino conduciendo. Y si mañana volviera a dar el mismo recital, allí volvería a estar yo, encantado de la vida. Porque no sé si nos damos cuenta de los grande, grande, pero grande de verdad que es Kunde. Hacedme caso, no desaprovechéis cualquier oportunidad que tengáis de escucharle en vivo: no os arrepentiréis.



Crónica: Nabucco en Fundación Baluarte de Pamplona


Reconozcámoslo: un Nabucco de Verdi siempre apetece. No sé, igual es que a mí me gusta mucho ese Verdi chimpunero, de fanfarrias y platillos, pero es que, tras dos óperas más bien flojuchas, Oberto y Un giorno di regno (muy lejos de la calidad de las obras maestras de Bellini y Donizetti), Verdi encuentra con su tercera ópera su estilo propio y ese enorme talento que ira mejorando con el tiempo, cierto, pero que ya en este Nabucco demuestra que con su poca experiencia, cuando hay inspiración, se pueden hacer maravillas. Y así serían sus siguientes años, en los que combinaría obras llenas de inspiración (Ernani, I due Foscari, Attila, I Masnadieri, Luisa Miller y, sobre todo, Macbeth… yo incluiría Stiffelio en la lista, por cierto) con otras de puro trámite, flojitas (Giovanna d’Arco, Il Corsaro…), hasta que llegara con su trilogía popular al más alto nivel, del que luego apenas bajaría.




Tengo gafe por lo visto cada vez que voy a Pamplona a algún concierto: bueno, ayer en el camino llovía, aunque ni comparación con aquel recital de Roberto Alagna, hace años ya, en el que conduciendo no veía ni 5 metros por delante gracias al chaparrón que caía… vamos, que da bastante pereza salir de casa, tener por delante una hora de viaje conduciendo y meterte en el caos circulatorio de la capital navarra (no me gusta nada conducir por Pamplona, la verdad) para encima llegar justo justo a tiempo para coger una entrada (y encontrarme con que las más baratas estaban encima agotadas… cuando así de casa todavía quedaban unas cuantas… mala noticia para mí, buena para la ópera, en todo caso) y sentarme a ver lo que me iban a ofrecer.

No es Nabucco (cuyo argumento repasamos en este post) una ópera fácil de montar para agrupaciones que cuentan con medios más bien modestos; requiere un grupo de solistas de muy alto nivel que no están desde luego al alcance de teatros de menor categoría (lo que es el caso, nos guste o no asumirlo), así que conseguir un resultado, digamos de alguna forma, “digno”, no es tarea fácil; esto no es “La Traviata”, “La Boheme” o “L’elissir d’amore”, óperas más fáciles de montar. Y al comienzo de la función, me temí que el resultado no fuera a ser digno. Por suerte, esas primeras impresiones fueron equivocadas, por lo menos en parte.

Antes de nada, dejamos un enlace de la producción.

La escenografía era muy sencilla: quizá lo más eficaz fuera esa cortina trasera que emulaba las dos tablas de la ley, que se abría en el momento en el que Nabucco hace su primera aparición en el templo de Jerusalén. Apenas había más elementos en esa escenografía: unas sillas que salían por los aires al comienzo del tercer acto y algunos elementos de influencia asiria (Nabucco es rey de Babilonia, pero el libreto juega con una falsa ambigüedad ya que a menudo se refiere a él como rey de Asiria, siendo esta afirmación totalmente errónea, ya que fue el propio padre de Nabucodonosor, Nabopolasar, el artífice de la caída y fin del Imperio Nuevo Asirio, dando lugar al Imperio Neobabilónico). El vestuario era actual, pero no se sugería ninguna metáfora o reinterpretación de la historia. Buen trabajo de iluminación (magnífico el comienzo del “Va, pensiero”) y correcta dirección de actores (a cargo de Emilio Sagi), con una muy bien resuelta escena final del segundo acto, cuando dios castiga a Nabucco por su soberbia y le arrebata la corona.

La orquesta sinfónica de Navarra fue uno de los puntos más grises de la noche; bueno, en realidad no fue culpa de la orquesta, que sonar sonó bien, sino de su director, Gianluca Marcianò, aburrido, sin chispa ni gracia. La introducción de la obertura fue excesivamente rápida, para luego aburrir con la lentitud de los acordes finales del “Salgon già”, por ejemplo. La orquesta no puede aburrir en una ópera como esta, y por desgracia lo hizo. Y, para colmo, en numerosos momentos tapaba a los cantantes.

El Orfeón Pamplonés tenía la complicada tarea de sacar adelante la extensa y magnífica parte coral de esta ópera. Ya desde el mismo comienzo se escuchó un coro bien conjuntado, de agudos penetrantes, bien conjuntado… el “Va, pensiero”, quizá la parte más famosa del aria, fue casi perfecto (lo que ya de por sí hace que merezca la pena haber ido a la función), y el “Immenso Jehovah” simplemente escalofriante. Bravo por ellos, un magnífico trabajo del coro.

Pasamos a los solistas. De los comprimarios, mejor la Anna de Sara Rossini y el Abdallo de Jorge Rodríguez-Norton que el Gran Sacerdote babilonio de Miguel Ángel Zapater, de voz cada vez más ajada.

La Fenena fue cantada por la mezzo María Luisa Corbacho, de voz bella y capaz de sacar adelante un papel que tampoco es especialmente complicado. Muy bien resuelta su aria del 4º acto, cantada para colmo encima de una silla y con la soga de la horca al cuello (y yo mientras temblando… como la silla se rompa o se caiga, vamos a tener problemas…). No es Fenena un papel que, mal cantado te estropee la ópera, pero su labor fue más que digna.

Mal, en cambio, el Ismaele de Enrique Ferrer; el centro sonaba más o menos correcto, pero la zona aguda sonaba pálida, sin squillo, inaudible en las escenas con el coro. En todo caso, de nuevo, no es el personaje de Ismaele el que te estropea la ópera.

Y es que en Nabucco hay tres personajes de gran nivel vocal que, o son bien resueltos, o esos sí que te estropean la función. Y ahí he de decir que, en mi opinión, dos de ellos salvaron los papeles… el tercero ya no tanto.

Ese tercero era el bajo, Ismaele, vocalmente quizá el más interesante de todos los personajes de la ópera, cantado por Ernesto Morillo. Su primera intervención, ese “Freno al timor” fue muy flojito, con una voz muy desigual en los registros, tremolante… en un pasaje tan jugoso (con esa bellísima aria y la espectacular caballetta posterior) quedó muy gris. Su aria del III acto (justo tras el Va, pensiero), “Del futuro nel buio discerno” mejoró, pero su mejor momento fue, sin duda, su plegaria del acto segundo, “Tu sul labbro dei veggenti”, cantada con mucho gusto, a media voz. Fue ese momento el que más le acercó al aprobado.

Abigaile es un papel temible para cualquier soprano, y Maribel Ortega se enfrentó a él con valentía, con unos agudos potentes, capacidad de coloratura y buenos cambios de registro. Muy bien cantada su aria “Anch’io dischiuso un giorno” y la temible caballetta “Salgon già del trono aurato”, aunque su mejor momento quizá fuera su intervención del final de la ópera, ya moribunda, cantada con gusto, con voz bien modulada. Notable interpretación la suya.

El papel protagonista de Nabucco lo interpretaba el barítono Damiano Salerno. La voz sonaba bella, lírica, la técnica era correcta, se proyectaba bien, no forzaba para sonar más potente… a cambio, le faltaba la autoridad que demanda el personaje. A su “Chi mi toglie”, siempre cantado con corrección, le faltaba más garra, más potencia, igual que a la caballetta “O prodi miei, seguitemi”. Mucho más cómodo en un “Dio di Giuda” que me dejó muy buen sabor de boca. Como en todo, es cuestión de gustos, pero yo prefiero un Nabucco bien cantado aunque le falte un poco más de voz que un barítono que por sonar potente fuerza y es técnicamente reprochable. Así que teniendo en cuenta sus limitaciones vocales, fue un Nabucco muy satisfactorio.

Así que ahí volvía yo en coche a casa, cansado, con la sensación de haber estado en una función no memorable, desde luego, pero sí con algunos (varios) momentos que hicieron que mereciera la pena el desplazamiento. Que es lo que vale, a fin de cuentas.