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125 años del estreno de Thaïs (16-03-2019)

A día de hoy, la ópera “Thäis” de Jules Massenet es recordada por la famosa “meditación” para solo de violín y orquesta, representada habitualmente en las salas de conciertos. Pero la ópera en sí, si bien se sigue representando con una relativa frecuencia, se ha convertido en desconocida para el gran público. Vamos por tanto a recordar una de las obras maestras de Massenet cuando se cumplen 125 años de su estreno.

Es bien sabida la predilección de Massenet por las sopranos, a las que ofrecía por lo general los papeles más brillantes de sus óperas. En concreto, tenía una fascinación especial por la estadounidense Sibyl Sanderson, para la que había compuesto su ópera “Esclarmonde”. Pensando en ella como protagonista de su nueva ópera, el tema escogido es la novela de Anatole France “Thaïs”, publicada en 1891, que relata la historia de Santa Thais, cortesana egipcia reconvertida en monja asceta. 

La tarea de reconvertir la novela en un libreto teatral cayó en manos de Louis Gallet, libretista de compositores como Bizet o Saint-Saëns y que ya había colaborado previamente con Massenet en “Le Roi de Lahore” o “Le Cid”. Su trabajo dramático es sumamente efectivo, si bien para ello suprime el aspecto irónico e incluso anticlerical de la novela original, sustituyéndolo en ocasiones por una religiosidad un tanto mojigata, si bien no excluye el aspecto erótico de la historia ni un final un tanto ambiguo. 

La ópera se estrenó el 16 de marzo de 1894 en la Ópera Garnier de París con considerable escándalo, en buena medida causado por un accidente de vestuario que dejó a la Sanderson en top-less. Consciente de la necesidad de realizar determinados cambios en el argumento para así facilitar su incorporación en el repertorio de los teatros, Massenet realiza una serie de cambios: suprime el poema sinfónico “Los amores de Afrodita” que enlaza el primer y el segundo acto; compone un nuevo ballet en el segundo acto para sustituir al que había en el tercero; añade una nueva escena en el tercer acto, la del oasis, siendo el final de esta escena clave para comprender mejor el cambio en el protagonista Athanaël; y elimina el ballet del tercer acto, “Los siete espíritus de la tentación”, basado en el poema “La tentación de San Antonio” de Flauvert. Una vez realizados los cambios, la ópera se reestrena el 13 de abril de 1898, de nuevo en el Palacio Garnier, siendo esta la versión que se ha representado desde entonces (no hay constancia de ninguna representación posterior de la versión original). 

Con un papel de gran lucimiento para la soprano, la ópera se mantiene en segundo plano en el repertorio de los teatros, si bien algunas sopranos han hecho importantes esfuerzos por su recuperación. 

Pasamos a repasar el argumento de la ópera, no sin antes dejar un enlace del libreto traducido al español. 

Comenzamos la primera escena del primer acto. Estamos en la Tebaida, el sur de Egipto, en el límite entre el desierto y el valle del Nilo. En el siglo IV, un grupo de 12 monjes cenobitas se reúnen para cenar en torno a su superior, Palémon. Éste bendice la mesa. A continuación, se menciona a Athanaël, uno de los cenobitas, que lleva fuera algún tiempo, ya que le tienen en alta estima por los sueños que recibe de Dios. Palémon confirma que está de vuelta. Escuchamos la introducción con Justino Díaz como Palémon: 

En ese momento aparece Athanaël. Sus compañeros lo acogen y lo encuentran agotado por el viaje, pero está además contristado al haber comprobado que Alejandría está siendo corrompida por Thaïs, una sacerdotisa de Venus. Escuchamos la escena con Thomas Hampson como Athanaël:

El monje comienza entonces a recordar cuando, años atrás, el era niño y vivía en Alejandría. Un día la vio y a punto estuvo de sucumbir al pecado. Ahora, al ver el mal efecto que ella tiene en la ciudad, quiere convertirla al cristianismo. Escuchamos el monólogo “Hélas! Enfant encore” cantada de nuevo por Thomas Hampson:

Palémon intenta hacer entrar en razón a Athanaël recordándole que ellos evitan cualquier tentación carnal. Antes de retirarse, invita a los monjes a rezar antes de dormir. Athanaël también se retira a dormir. Escuchamos la escena con Justino Díaz como Palémon y Gabriel Bacquier como Athanaël:

Durante el sueño, Athanaël tiene una visión: ve el teatro de Alejandría repleto, para ver a Thaïs, medio desnuda, interpretar los amores de Afrodita. Se despierta entonces, sobresaltado y humillado, y pide la ayuda de Dios. Escuchamos el interludio sinfónico dirigido por Lorin Maazel:

Athanaël comienza a rezar: interpreta la visión como una señal de que debe esforzarse por salvar a Thaïs, que también es obra de Dios y merece ser salvada. Despierta entonces a todos los cenobitas para contarles que ha decidido volver a Alejandría para salvarla. Escuchamos el aria “Toi qui mis la pitié dans nos âmes” cantada por Sherrill Milnes: 

Palémon vuelve a advertirle que ellos no se juntan con la gente mundana, pero sabe que es en vano. Athanaël parte pidiendo ayuda a Dios para que le dé el valor necesario, y el resto de los cenobitas piden lo mismo para él. Escuchamos el final de la primera escena con Gabriel Bacquier y Justino Díaz:

En la segunda escena nos trasladamos a Alejandría, a donde Athanaël acaba de llegar. Estamos en la terraza de una rica casa, desde la que se contempla toda la ciudad, en la que se prepara un banquete. El cenobita es visto por un criado, que, confundiéndolo con un mendigo, quiere echarlo, pero Athanaël afirma ser amigo del dueño y le pide que lo llame. Escuchamos la escena con Michele Pertusi como Athanaël:

Athanaël se reencuentra con la ciudad en la que se crió, no siendo aún cristiano, y afirma haber eliminado su amor por ella, sustituyéndolo por un odio a su riqueza y su lujuria, y pide la ayuda de los ángeles para limpiarla. Escuchamos su aria “Voila donc la terrible cité” cantada por Ernest Blanc:

Se escuchan las risas de las criadas Crobyle y Myrtale, y tras ellas aparece el propietario de la casa, el rico Nicias. Ve a Athanaël y le cuesta reconocer al principio a su viejo condiscípulo, ya que ha cambiado mucho y tiene un aspecto fiero, pero luego corre a abrazarlo. Athanaël le confiesa que ha vuelto a la ciudad sólo por un instante, y le pregunta por Thaïs. Nicias le confiesa que es suya hasta esa noche, y que para tenerla ha vendido muchas de sus posesiones, pero que no ha conseguido impresionarla, ya que su amor es fugaz. Athanaël le confiesa que quiere convertirla, pero Nicias le advierte sobre ofender a Venus, de la que es sacerdotisa. Entonces le dice que esa noche estará allí mismo para cenar después de actuar en el teatro. Athanaël le pide entonces a su amigo que le preste alguna túnica apropiada para esa cena, y Nicias llama a sus dos criadas. Escuchamos la escena con Sherrill Milnes como Athanaël y Nicolai Gedda como Nicias:

Mientras las criadas se preparan para acicalar a Athanaël, éste afirma que combatirá al infierno con sus mismas armas. Nicias se muestra escéptico. Las criadas se asombran de la belleza del cenobita, pese a que la oculte tras una densa barba. Athanaël acepta todo menos quitarse el cilicio, por lo que las criadas se burlan. Nicias le dice que no se ofenda por sus burlas, sino que admire su belleza. Mientras, Athanaël pide ayuda al cielo para resistir. Escuchamos la escena con el mismo reparto que la anterior:

Se escucha a la gente gritar: Thaïs está llegando. Nicias da la bienvenida a los invitados. Escuchamos la escena con Nicolai Gedda:

Thaïs se sienta en el banquete junto a Nicias, y ambos se miran con amargura. Es la última noche que van a pasar juntos después de haber pasado una semana. Ambos deciden no pensar en mañana y aprovechar esa última noche. Escuchamos el dúo con Beverly Sills y Nicolai Gedda: 

Un grupo de filósofos se aleja, Athanaël entre ellos, pero se separa del grupo y mira severamente a Thaïs. Ella se siente amenazada y pregunta quién es. Nicias le dice que es un filósofo que está allí por ella para convertirla a su fe. Ella pregunta cuál es su enseñanza, y Athanaël le responde que es el desprecio de la carne y la penitencia. Ella le responde que no cree más que en el amor y que nada le podrá hacer cambiar, pero Athanaël le reprende diciendo que no blasfeme. Escuchamos la escena con Milnes, Sills y Gedda: 

Thaïs entonces intenta seducirlo, apartar esa severidad de su mirada: está hecho para amar y disfrutar de la vida. Ella y todos los presentes le invitan a sentarse con ellos para celebrar el amor, la única verdad. Escuchamos de nuevo a Beverly Sills:

Enfurecido, Athanaël afirma que rechaza lo que le ofrecen, y que irá a su palacio a vencer al infierno y salvarla. Todos insisten en invitarlo a su fiesta, y se retira entre las risas de todos. Cuando avisa de nuevo que irá a su palacio para salvarla, Thaïs y el resto le retan, avisándole de que está desafiando a la diosa Venus. Escuchamos el final del primer acto de nuevo con Sills, Milnes y Gedda:

Comenzamos el segundo acto. Estamos en el palacio de Thaïs. Ella está sola, cansada, decepcionada con todos, siente que su vida está vacía. Entonces se mira en un espejo, observa su belleza, reflexiona sobre el paso del tiempo, sabe que su belleza no durará… ruega a Venus que la conserve. Escuchamos el aria más famosa de toda la ópera, el aria del espejo “Dis-moi que je suis belle” cantada por Renée Fleming:

Justo entonces llega Athanaël, como había prometido. Ella intenta seducirlo, mientras él pide ayuda a Dios para no dejarse seducir. El cenobita confiesa que, dado que ella es la más hermosa, convertirla sería la mayor victoria que podría tener, y la convence de que él la ama de una forma diferente a la que ella imagina, y que le ofrece una felicidad eterna. Ella se burla de él, ya que sólo cree en el amor basado en los besos. La insistencia de Athanaël en hablar de la vida eterna finalmente hace que Thaïs preste atención, pero mientras se pone a quemar incienso y provoca que Athanaël tenga que volver a implorar a Dios que le ciegue a los encantos de la cortesana. Escuchamos la primera parte del dúo con Renée Fleming y Thomas Hampson:

En ese momento, Athanaël recupera las fuerzas, se quita la túnica para mostrar su cilicio y le ordena que se levante. Ella entonces se arroja desesperada, diciendo que no es culpa suya ser hermosa, y tiene miedo a que Athanaël la haga morir, pero él vuelve a hablarle de la vida eterna, que tendrá si se vuelve a Cristo, lo que reconforta a Thaïs. Se escucha entonces a Nicias que viene a reclamar un último encuentro, pero ella le pide a Athanaël que salga a donde él y le diga que odia la riqueza y su amor. Pero cuando Athanaël le dice antes de partir que le espera a la mañana en la puerta de su casa, ella vuelve a renegar de todo, no cree en nada. Continuamos escuchando a Renée Fleming y Thomas Hampson:

Una vez sola, comienza la famosa “meditación” para violín y orquesta durante la que cambiará finalmente de opinión y decidirá convertirse al cristianismo y renegar de su vida anterior. Escuchamos la pieza con Renaud Capuçon al violín:

Comenzamos la segunda escena del segundo acto. Estamos en la plaza ante la casa de Thaïs, próxima a la de Nicias, donde todavía se celebra una fiesta. No ha amanecido, y Athanaël está descansando en el suelo, cerca de una estatua de Eros. Aparece Thaïs que le dice que está convencida y le pregunta qué debe hacer. Athanaël le habla de un monasterio presidido por Albine, de familia imperial. Allí, en una solitaria celda, esperará hasta que Cristo seque sus lágrimas. Pero antes deberá destruir todas sus pertenencias, todo lo que queda de su vida pasada. Ella acepta, está dispuesta a quemar todo, menos una estatua de marfil de Eros. Escuchamos la escena con Michele Pertusi y Eva Mei: 

Thaïs dice que ha malinterpretado el significado del amor, y que, por tanto, viendo esa estatua, cualquiera se dará cuenta de que debe mirar hacia Dios y no hacia el amor carnal. Escuchamos el aria “L’amour est une vertue rare” cantada por Renée Doria:

El ídolo es un regalo de Nicias, pero al escuchar su nombre, Athanaël estalla en cólera y tira al suelo la figura, rompiéndola, tras lo que ambos entran en la casa para quemarla. Escuchamos la escena con Geori Boué como Thaïs y Roger Bourdin como Athanaël:

Mientras, los invitados salen de la casa de Nicias, que ha ganado una fortuna en el juego. Todos se preparan para continuar la fiesta hasta el amanecer. Escuchamos la escena con Nicolai Gedda como Nicias y la primera parte del ballet dirigido por Lorin Maazel:

Seguimos escuchando el ballet, de nuevo dirigido por Maazel:

Llega entonces una hechicera, y Nicias pide a Crobyle y Myrtale que canten a la belleza:

Siguiendo las indicaciones de Nicias, las dos criadas cantan a la belleza mientras la hechicera baila:

Y llegamos por fin a la última parte, que como el resto, escuchamos dirigido por Lorin Maazel:

En ese momento aparece Athanaël con una antorcha en la mano. Todos esperan que Thaïs le haya convencido, pero no esperan que haya sido al contrario. Sale Thaïs ataviada de forma muy diferente a lo que acostumbra, y comienza a salir fuego de la casa. Athanaël la llama para que se vayan, pero la multitud no quiere permitirlo. Escuchamos la escena con Sherrill Milnes como Athanaël:

Thaïs dice que es verdad lo que dice Athanaël. Nicias intenta detenerle, pero el cenobita lo amenaza. Todos enloquecen ante el incendio y quieren matar a Athanaël. Tanto él como Thaïs están dispuestos a morir, pero Nicias, tras suplicar en vano a Thaïs que se quede, encuentra la forma de salvarlos, arrojando oro a la multitud, momento que aprovechan para irse, Escuchamos el final del segundo acto con Sills, Milnes y Gedda: 

Comenzamos el tercer acto. Estamos en el desierto, cerca ya del monasterio del que Albine es la abadesa. Thaïs no soporta el calor del mediodía y quiere detenerse, pero Athanaël no se lo permite, ya que castigando su cuerpo podrá alcanzar la redención. Escuchamos la escena con Renée Fleming y Thomas Hampson:

Athanaël entonces ve los pies sangrantes de Thaïs y se da cuenta de que su castigo ha ido demasiado lejos y siente piedad por ella, por lo que va a buscar agua y algo de comer. Continuamos escuchando a Fleming y Hampson:

Thaïs se queda sola agradeciendo la labor de Athanaël, y se siente reconfortada ante su nueva esperanza. A la vuelta de Athanaël, ella bebe, pero él se niega, ya que verla así le basta. Seguimos escuchando a Fleming y Hampson:

Se escuchan los rezos de las monjas. Llega entonces Albine con otras monjas llevando pan. Athanaël la deja en las manos de ella y le pide que, en su celda, rece por él. Pero cada vez está más exaltado, y cuando Thaïs se despide para siempre, hasta que vuelvan a verse en la “Ciudad Celeste” (en el cielo, vamos), él se da cuenta de la realidad. Escuchamos a Eva Mei y Michele Pertusi:

Athanaël ve desesperado como Thaïs se aleja de él para siempre, no volverá a verla. Y mientras volvemos a escuchar el tema de la meditación, se está produciendo un cambio en otra persona: Athanaël se empieza a dar cuenta de sus verdaderos sentimientos. Escuchamos parte de la escena anterior y el bellísimo “Elleva lentement” con Sherrill Milnes:

Comenzamos la segunda escena. Volvemos al monasterio de Athanaël en la Tebaida. Anochece y se aproxima una tormenta. Palémon hace guardar la comida en una choza para que el viento no la pierda. Un cenobita pregunta por Athanaël, pero en los 20 días que hace que ha regresado no sale ni para comer ni para beber, ya que su victoria le ha destrozado el cuerpo y el alma. Escuchamos a Justino Díaz como Palémon:

Justo en ese momento aparece Athanaël, pero se le ve ausente. Le pide a Palémon que se quede con él: tras su victoria, ahora la belleza de Thaïs le obsesiona, no puede más que pensar en ella. Palémon le recuerda que ya le advirtió que no se fuera, y antes de dejarlo le pide a Dios que le ayude. Escuchamos a Thomas Hampson:

Athanaël cae dormido, pero ve a Thaïs cantando su desafiante canción del primer acto. Justo después escucha que Thaïs se está muriendo. Escuchamos a Thomas Hampson y Renée Fleming:

Al enterarse de la noticia, se da cuenta de que nada tiene ya sentido en su vida, salvo volver a verla, y sale corriendo para verla por última vez. Escuchamos de nuevo a Thomas Hampson:

Cambiamos de escena, regresamos al monasterio femenino. Thaïs agoniza bajo una higuera, cuidada por las demás monjas. Albine señala que los tres meses que ha pasado en penitencia han destrozado su cuerpo, y todas suplican la misericordia del Señor. Llega Athanaël y todas le dejan a solas con ella: está delirando, recordando su viaje por el desierto. Él le confiesa su amor, y que todo lo que le dijo era mentira, que la única verdad es la vida y el amor. Pero ella no le escucha, ve el cielo abrirse y muere feliz viendo a Dios, dejando a Athanaël desesperado. Escuchamos el final de la ópera con Hampson y Fleming:

Tras repasar esta magnífica ópera de Massenet, terminamos, como de costumbre, con un Reparto ideal:

Thaïs: Renée Fleming.

Athanaël: Sherrill Milnes o Thomas Hampson. 

Nicias: Nicolai Gedda.

Palémon: Justino Díaz.

Dirección de Orquesta: Lorin Maazel. 

150 años del estreno de Roméo et Juliette de Gounod (27-04-2017)


Adaptar a la ópera una obra tan difícil como el celebérrimo drama “Romeo y Julieta” de William Shakespeare es algo que han intentado no pocos compositores. Pero seguramente fuera Charles Gounod con su “Roméo et Juliette” quien mejores resultados sacara de una obra tan compleja como bella.




Parece que ya desde 1837, con 19 años, la obra fascinaba a Gounod tras escuchar un ensayo de la Sinfonía Dramática “Roméo et Juliette” de Hector Berlioz, e incluso en 1841, estando en Italia, se planteó usar como base el libreto de Felice Romani que, entre otras, había servido de base para “I Cappuletti ed I Montecchi” de Vincenzo Bellini, aunque afortunadamente la idea no fue adelante; y digo afortunadamente porque el texto de Romani no tiene mucho que ver con la obra de Shakespeare.

Tras varios intentos de triunfar como compositor operístico, Gounod alcanza la fama en 1859 con el estreno de “Faust”, adaptación de otro gran clásico de la literatura, el “Fausto” de Johann Wolfgang von Goethe. Pero no conseguía repetir el éxito de ésta en sus estrenos posteriores. Ni siquiera la no carente de interés “La reine de Saba” de 1862, alcanza el éxito. Sólo en 1864 mejorará sus resultados con “Mireille”, pero Gounod necesita otro gran éxito que lo consolide como un gran compositor de ópera.

Es entonces cuando Charles Gounod retoma la idea de adaptar del drama shakespeariano. Lo más difícil es el libreto de base, que encarga a los libretistas con los que trabajó en “Faust”, Jules Barbier y Michel Carré, que fueron capaces de seguir las diferentes escenas de la ópera eliminando personajes innecesarios (los padres de Romeo, la señora Capuleto…) o reduciendo a su mínima expresión a otros (Príncipe Scala, Príncipe Paris, que ni siquiera muere al final en un duelo con Romeo, Tybalt, Benvolio…). Con un magnífico texto de partida, Gounod compone la ópera en 1865, estrenándola en el Théâtre Lyrique de París, siendo la parte de Juliette cantada por Marie Caroline Miolan-Carvalho, esposa del director del teatro, y que ya había estrenado varias óperas de Gounod, como la Marguerite de “Faust” y la protagonista de “Mireille”. El estreno se puede calificar de éxito y alcanza una gran popularidad que mantiene hoy día, aunque el propio Gounod retocó varias veces la ópera, siendo la última y definitiva (la versión que conocemos hoy) estrenada en 1888.

Antes de pasar a repasar la ópera, dejamos como siempre un enlace al libreto.

Roméo et Juliette no tiene una obertura orquestal, sino un breve preludio coral, similar al coro inicial de la obra de Shakespeare, que nos habla de las dos familias rivales, Capuletos y Montescos (sin entrar, al igual que en el drama de Shakespeare, en detalles sobre las razones de la enemistad entre ambas familias: se trata de una enemistad política entre los líderes de los dos bandos rivales de Verona, los Güelfos liderados por los Capuleto y los Gibelinos liderados por los Montescos) y sobre la desgracia que acaecerá a los jóvenes amantes:

Comenzamos el primer acto de Roméo et Juliette. Nos encontramos en un salón del palacio de los Capuleto, en el que se celebra una fiesta, un baile de máscaras. Avanzada la noche, Tybalt, el sobrino del conde Capulet, acompaña al Príncipe Paris, qu espera conocer a su prometida, la hija de Capulet, quien presentas a su hija al público el día de su cumpleaños (no se especifica la edad, ¿15 años?), que sorprende a todos por su belleza. Juliette escucha la música y sólo desea disfrutar, y Capulet invita a todos a disfrutar de la noche y del baile sin preocupaciones. Escuchamos la escena inicial con Angela Gheorghiu como Juliette y Alain Fondary como Capulet:

Mientras todos salen a bailar, entran unos Montescos dirigidos por Roméo y por Mercutio, Roméo se muestra temeroso, no quiere que le descubran en la casa de su enemigo, pero Mercutio, que no es un Montesco, se muestra más atrevido. Roméo avisa que ha tenido un sueño previniéndole, pero Mercutio se burla de él al hablar de los engaños de Mab, la reina de los sueños. Escuchamos la Balada de Mab cantada por Gérard Souzay:

Roméo sigue preocupado, y Mercutio cree que es porque en la fiesta no está Rosaline, la amada de Roméo, pero entonces el joven Montesco ve a Juliette y queda prendado de su belleza. Mercutio se da cuenta de que Roméo ya ha olvidado a Rosaline y consigue esconderlo mientras Juliette entra con su nodriza Gertrude, rechazando casarse con Paris, ya que sus planes pasan por poder disfrutar de la libertad de esa noche, de poder vivir antes de que el amor pase a entristecer su vida. Tenemos así el famoso vals de Juliette “Je veux vivre”, que escuchamos en la voz de Anna Moffo:

Roméo le pregunta entonces a Grégoire, criado de Capulet, el nombre de la joven; éste le dice que es Gertrude, y se lleva a la verdadera Gertrude para los preparativos de la fiesta, mientras un atrevido Roméo detiene a Juliette y la corteja, mientras ella trata en vano de defenderse, para terminar sucumbiendo. Escuchamos así el dúo “Ange adorable” cantado por Jussi Björling y Anna Lisa Björling:

Llega entonces Tybalt, que reconoce a Roméo por la voz y se pone furioso. Roméo se da cuenta de que la joven es la hija de su enemigo, y ambos lamentan la desgracia de haberse enamorado de quien no debían. Tybalt jura venganza mientras Capulet calma la situación ya que no quiere que nada estropee la fiesta. Y termina así el primer acto de Roméo et Juliette.

Segundo acto. Roméo quiere volver a ver a Juliette, para lo que se acerca al balcón de su casa. Allí escucha la voz de sus amigos, entre ellos Mercutio, que según el propio Roméo se ríe de algo que él nunca ha sentido. Una vez sus amigos se van, Roméo ve encenderse una luz tras la ventana de Juliette y espera poder ver a su amor, y usa la luz del sol como metáfora de la luz que le supone poder ver a su amada. Escuchamos así el aria “Ah, lève-toi, soleil”, cantada por Nicolai Gedda:

Especial atención merece ese final en pianísimo; no se lo he escuchado a ningún otro tenor, pero es como debe cantarse.

En ese momento Juliette sale a la ventana, lamentando las diferencias familiares que le separan de Roméo. Éste le escucha y se presenta ante ella (comienza la famosa escena del balcón), y ambos renuncian a sus nombres para poder amarse. Escuchamos la primera parte del dúo con Janine Micheau y Raoul Jobin:

Se escucha ruido de gente y Juliette hace que Roméo se esconda. Son el criado Grégoire y otros criados, que están buscando al paje de los Montescos que se ha acercado al palacio de los Capuleto. Gertrude los aleja, y Juliette entra con ella. Entonces Roméo reaparece, suplicando a l noche que perpetúe ese sueño que está viviendo. Juliette reaparece y le suplica a Roméo que si su amor es falso la deje, pero que si es real le diga en que día se van a casar. Roméo confirma que su amor es real. La despedida se alarga (casi un clásico “.Cuelga tú – No, cuelga tú”). Finalmente Juliette se retira a sus aposentos y Roméo, sólo, canta una de las melodías más bellas de toda la ópera, el “Va” Repose en paix”, en el que le desea unos dulces sueños a su amada. Termina así el segundo acto de Roméo y Juliette, y escuchamos esa segunda parte del dúo del balcón con Léopold Simoneau y Pierette Alaire:

El tercer acto se divide en dos escenas. La primera, que comienza con un breve preludio orquestal, nos lleva a la celda de Frère Laurent. Allí llega Roméo, muy de mañana. Laurent se da cuenta de que es algún asunto amoroso el que le lleva hasta allí, y piensa que es Rosaline, pero Roméo le confiesa que es Juliette. Laurent se da cuenta de que es Juliette Capulet, la hija de su enemigo, que aparece en ese momento junto con Gertrude. Ella solicita casarse con Roméo, y Laurent accede, pensando que así se podrá poner fin al odio ancestral que enfrenta a las dos familias. Y mientras Gertrude vigila en el exterior, Laurent casa a la pareja. Escuchamos esta primera escena completa con Roberto Alagna, Angela Gheorghiu y Rene Pape:

Comenzamos la segunda escena. Como comprobamos en estas dos escenas, el tercer acto de Roméo et Juliette es el que se lleva toda la acción importante de la obra. Primero fue la boda, y ahora la tragedia. Pero comienza con un aire mucho más alegre. Estamos ante el palacio de Capulet, donde Stéphane sigue por la mañana esperando a su amo Roméo. Para provocar a los criados de Capulet canta una canción, “Que fais-tu, blanche tourterelle”, que escuchamos cantada por Angelika Kirchschlager (el personaje de Stéphane es una mezzo travestida):

La provocación surte efecto: Grégoire y otros criados atacan a Stéphane cuando aparecen Mercutio y Benvolio. Mercutio les afea que ataquen a un niño (Stéphane es apenas un adolescente), pero aparece Tybalt, junto a Paris, y comienza a pelear con Mercutio. Aparece entonces Roméo e intenta detenerlos. Tybalt quiere batirse primero con Roméo, pero éste lo rechaza, ya que tiene motivos para querer a Tybalt. Éste entonces lo insulta y Mercutio sale en su defensa, pero acaba herido de muerte. Roméo no puede permitir esto, se bate con Tybalt y lo mata, justo cuando aparece Capulet. Benvolio insta a un Roméo a huir, ya que si no será castigado con la muerte. Todos lamentan el trágico día que ha comenzado. Escuchamos esta escena con Rolando Villazón como Roméo:

Llega el Duque de Verona. Capulet clama justicia, ya que Roméo ha matado a Tybalt, pero este afirma que lo ha hecho porque Tybalt había matado antes a Mercutio. El Duque sabe que Roméo debería ser castigado con la muerte, pero al no haber sido él quien comenzó la pelea, lo castiga con el exilio, y obliga a ambas facciones a obedecer su autoridad. Todos lamentan la trágica situación a la que han llegado, y el Duque obliga a Roméo a abandonar Verona esa misma tarde, pero Roméo desespera, ya que prefiere volver a ver a Juliette aunque eso suponga su muerte. Escuchamos este espectacular final de acto con Roberto Alagna:

Ese Do de pecho final no está escrito en la partitura, pero consigue un resultado mucho más impactante dramáticamente hablando.

Comenzamos el cuarto acto de Roméo et Juliette. Estamos, de noche, en la habitación de Juliette. Ella le dice que le perdona por la muerte de su primo, y ambos cantan a su noche de bodas (es de suponer que hacen algo más que cantar, que es una noche de bodas, pero de eso mejor corramos un tupido velo). Roméo entonces se dispone a partir al ver la luz del alba y escuchar cantar a la alondra, a lo que sigue una discusión ornitológica (-es la alondra -No, es el ruiseñor): al principio Roméo quiere irse y Juliette le retiene, y luego es al revés, Roméo quiere quedarse y Juliette le despide para que no muera. Finalmente, Roméo parte. Escuchamos el extenso dúo cantado por Mirella Freni y Franco Corelli:

Un Roméo inadecuado el de Corelli, sin duda, pero merece la pena escuchar la espectacular Juliette de Freni.

Entra Gertrude, anunciando que llega Capulet con Frére Laurent. Capulet quiere cumplir con el último deseo de Tybalt: que Juliette se case con Paris, y todo está preparado para celebrar la boda de inmediato. Laurent y Gertrude calman a Juliette para que no diga nada.

Una vez sola con Frére Laurent, ella le pide ayuda, y él le da el famoso brebaje que le hará parecer muerta. Ella acepta, y pese al temor de despertarse sola en la tumba junto al cadáver de su primo, se toma el frasco. Escuchamos así el aria “Amour, ranime mon courage”, una prueba de fuego realmente difícil de cantar que antes se cortaba a menudo, y se la escuchamos a la gran Natalie Dessay:

Cambiamos de escena. Estamos ahora justo ante la capilla del palacio de Capulet, donde va a celebrarse la boda. Juliette lamenta su suerte, que la ley le haya alejado de su amado, mientras el resto se prepara para celebrar la boda. Capulet le insta a aceptar a Paris, y cuando éste va a ponerle el anillo, ella desfallece y, ante la desesperación de todos, “muere”. Escuchamos el final de este cuarto acto de Roméo et Juliette con Alain Fondary como Capulet y Angela Gheorghiu como Juliette:

 Comenzamos el quinto y último acto de Roméo et Juliette. Gounod suprime un dúo entre Frére Laurent y Frére Jean (personaje que desaparece de la ópera) en el que se explica el porqué de que Roméo no se haya enterado del plan de Laurent. Y el acto comienza con otro monólogo de Roméo, su segunda aria, “Salut, tombeau”. Y es que el de Roméo es un papel bombón para un tenor, tanto a nivel vocal como interpretativo, perfecto para un cantante con buena voz e inteligencia, que puede sacar un gran partido a esta escena en la que Roméo llega a la tumba de su amada, llora su muerte, la besa, la abraza por última vez… Escuchamos el aria cantada por el mítico y maravilloso George Thill (el vídeo repite el aria dos veces):

Gounod suprime el duelo a muerte con Paris (lo que elimina dos muertes del drama de Shakespeare, la de Paris, y la de la madre de Roméo, que no sale en la ópera, dejándolo “sólo” en 4 muertos). Se toma el veneno directamente. Y entonces, de repente, Juliette despierta. Al encontrar a su amado, ambos piensan huir (y recuperamos el tema de la boda), pero entonces Roméo se tambalea: el veneno está haciendo su efecto. Tras volver a cantar el tema de los pájaros (que es uno de los pasajes más famosos en la obra de Shakespeare), Roméo se tambalea, siendo consciente de que su amor sólo tiene futuro en la muerte. Juliette, viendo el frasco de veneno vacío, coge el puñal que tenía guardado por si acaso y se apuñala, para desesperación de Roméo. Y así ambos mueren felices de hacerlo juntos. Escuchamos este dúo final de Roméo et Juliette con Alfredo Kraus y Faye Robinson:

Antes de concluir, he de hacer una confesión personal: nunca he conseguido empatizar demasiado con la música de Gounod. De hecho, he tenido dos ocasiones de ver esta ópera en vivo y nunca me he animado. No fue hasta el año pasado que fui capaz de escuchar la ópera completa y caer rendido ante esta maravilla (tampoco fue hasta el año pasado que conseguí escuchar completo el Faust, aunque mi reacción no fue de tanta fascinación). Una ópera que merece ser escuchada una y otra vez, sin duda.

Y terminamos, como siempre, con un Reparto ideal:

Roméo: Roberto Alagna (a falta de escuchar una integral de Nicolai Gedda).

Juliette: Descartada cualquiera que no cante su segunda aria, me quedo con Leontina Vaduva.

Mercutio: Gino Quilico.

Capulet: Gabriel Bacquier.

Frère Laurent: José Van Dam.

Director de Orquesta: Michel Plasson.



Les Huguenots de Meyerbeer cumple 180 años (29-02-2016)


Todavía recuerdo, casi como si fuera ayer, aquella charla que allá por enero del 2007, mantuvimos con el señor Tribó, quien fuera maestro repetidor del Liceu, cuando nos contó que el segundo compositor más veces representado en el teatro barcelonés era Giacomo Meyerbeer (sólo por detrás de Verdi), porque “Les Huguenots” se representaba con mucha frecuencia en el siglo XIX. Estas son las cosas que me hacen pensar que he nacido con casi dos siglos de retraso, porque a día de hoy resulta casi imposible poder ver una representación de “Les Huguenots” en vivo… y me encantaría poder hacerlo, porque es una ópera interesantísima que se representa muy poco, muchísimo menos de lo que debiera en vista de su calidad y espectacularidad (aunque esa espectacularidad sea precisamente su mayor problema a la hora de ser representada).




Giacomo Meyerbeer (en realidad Yaakob Liebmann Beer) había compuesto ya varias óperas en su Alemania natal y sobre todo en Italia, cuando en 1831 llega a París, ciudad necesitada de compositores con talento capaces de seguir la estela que había comenzado Rossini con su “Guillaume Tell”: lo que llamamos “Grand Opera”, óperas de larga duración, por lo general con 5 actos, ballet, grandes escenas corales… de esas de tirar la casa por la ventana, vamos. Género que cultivan por esa época Daniel Auber y Jacques Halévy (otros dos compositores hoy casi olvidados por desgracia). Y es allí, en 1831, donde arrasa con el estreno de su primera ópera francesa, “Robert le diable”, con libreto de Eugène Scribe. No es de extrañar que Meyerbeer reciba un contrato para componer una nueva ópera. Y en esa época romántica en la que las historias de la edad media arrasaban, Meyerbeer escogió como argumento una historia de amor situada en plenas guerras de religión francesas, en la tristemente famosa “matanza de San Bartolomé”. El libretista será de nuevo Scribe. Pero Meyerbeer no está totalmente satisfecho con el resultado del libreto, y el enorme éxito de “Robert le diable” le hace ser muy quisquilloso con su trabajo para conseguir repetir el éxito de su trabajo anterior, lo que enlentece su ritmo de composición. para colmo, en 1833 su esposa enferma, y por consejo médico deben buscar un clima más cálido, yendo primero a Niza y luego a Milán. El director de la ópera de París considera roto el contrato para esa nueva ópera y obliga a Meyerbeer a pagarle 30.000 francos, cosa que el compositor hace. Pero no abandona el proyecto.

En Milán se reencuentra con su antiguo libretista, Gaetano Rossi, quien le ayuda con el libreto, dándole más importancia a Marcel, el viejo criado del protagonista. Así, a su vuelta a París, en septiembre de 1834, vuelve a firmar un contrato con la ópera de París (que le devuelve los 30.000 francos pagados) para concluir la ópera. El problema es que Scribe está ocupado con el libreto de “La Juive” de Halévy, por lo que será Émile Deschamps el encargado de realizar los cambios en el libreto: el dúo de Marcel y Valentine del 3º acto, que añade peso a la figura de Marcel; la bendición de los puñales del acto IV, emulando los coros de esa “Norma” de Bellini que tanto había impresionado a Meyerbeer; y un dúo de amor en el acto IV y un trío en el acto V por sugerencia del tenor que estrenaría el papel protagonista, Adolphe Nourrit. Pese a todo, Scribe revisa la integridad del libreto.

Los ensayos se prolongan por la dificultad de la partitura y de la puesta en escena, y justo antes de la fecha de estreno prevista, Nourrit enferma. Así, tras no pocos avatares, por fin “Les Huguenots” se estrena en la ópera de París el 29 de febrero de 1836, hoy hace 180 años (sí, también fue año bisiesto). El éxito fue total, y se representó en más de mil ocasiones en la ópera de París en el siglo XIX. Por desgracia, en el siglo XX y lo que llevamos del XXI apenas se ha podido ver. Y todo pese a la enorme influencia que tuvo en otros compositores, como Berlioz, Mussorgsky, Bizet, Verdi o, aunque le pese, el mismo Wagner. E incluso influencia en otras artes, como la pintura, prueba de la cual es ese cuadro del hugonote enamorado en el día de San Bartolomé que podéis ver arriba del post, obra del prerrafaelista John Everett Millais (creo que aún no he dicho que me encantan los prerrafaelistas…)

Más de 4 horas de duración y un reparto de vértigo (2 sopranos, una mezzo, un tenor, 2 barítonos y un bajo) hacen de ella una ´pera difícil de representar. Y más cuando los cantantes que participaron en el estreno eran de la talla de Adolphe Nourrit, el tenor que cantó el Raoul de Nangis, o Cornélie Falcon, la soprano de difícil tesitura que fue la primera Valentine. Pocos cantantes a día de hoy son capaces de cantar estas partes, sobre todo la de Raoul, que tiene largas escenas y un registro agudo que lo convierte en, quizá el más difícil de todos los personajes operísticos de su cuerda.

Antes de comenzar a repasar la ópera, como siempre, dejo el enlace al libreto original y a su traducción.

La ópera comienza con una sencilla obertura:

Comienza el I acto de “les Huguenots”. Estamos en el castillo del Conde de Nevers. El conde y otros nobles se disponen a disfrutar de un banquete, pero tienen que esperar a un nuevo invitado que ha sido ascendido por el Rey, en su intento por conciliar a católicos y protestantes (o hugonotes). Ese nuevo invitado el el hugonote Raoul de Nangis. Nevers lo trata con cortesía (aunque no todos los nobles están tan bien dispuestos), y confiesa que ha renunciado al amor para casarse, pero que nota que Raoul está enamorado. Y éste cuenta su historia: cerca de los muros de Amboise ve un carro rodeado de unos estudiantes que se burlan de su ocupante. Él acude al rescate y ve a una bella mujer de la que se enamora al instante. Y ahí tenemos esa difícil aria de entrada (con un Mib sobreagudo escrito casi imposible de cantar), “Plus blanche que la blanche hermine”. Se la escuchamos primero a Michael Spyres:

No puedo resistirme a poner dos versiones más, ambas imprescindibles pese a suprimir, como era costumbre, el Mib sobreagudo; la primera, en francés, cantada por Nicolai Gedda:

Y otra, en su traducción italiana, como era habitual hasta los años cincuenta, cantada por Giacomo Lauri-Volpi:

Pero la cosa se complica de inmediato con la aparición de Marcel, el viejo criado de Raoul, un ferviente luterano que no tiene una actitud tan conciliadora como éste. Primero canta un himno protestante (basado en el “Ein feste burg”, que ya hemos escuchado en la obertura y volveremos a escuchar a lo largo de la ópera casi a modo de leitmotiv). Luego, uno de los nobles se da cuenta de que fue Marcel quien lo hirió, y dado que éste se niega a beber con los católicos, Nevers le pide que cante: Marcel canta una canción sobre la batalla de La Rochelle del todo provocadora. Escuchamos al gran Cesare Siepi cantando tanto el himno hugonote como el “Piff paff”:

Llega un criado para avisar a Nevers (que será muy católico, pero las mujeres le pierden…) de que una mujer le espera, pero no sabe quién es. Nevers va a reunirse con ella en la capilla, pero el resto le espía a través de una ventana, y Raoul descubre que es la mujer a la que salvó, y deduce que es una amante de Nevers.

Pero no, la joven es la prometida de Nevers, que viene a romper el compromiso. Llega también un paje, Urbain (una mezzo travestida) con un mensaje para Raoul: una cita:

Raoul desconoce quién es la mujer que le cita, pero Urbain le dice que ella le dará placer, honor y poder, y todos los nobles le felicitan por ello. Termina así el I acto de les Huguenots.

Comenzamos el segundo, que transcurre en el bellísimo palacio de Chenonceaux, en plena Turena:

(Hacer una foto en estos sitios sin andamios parece casi imposible…)

Nos encontramos con la princesa Margarita de Valois, hija de Enrique II y Catalina de Medici, y hermana del rey de Francia, Carlos IX (y del rey anterior, Francisco II, y del siguiente, Enrique III), que será próximamente reina de Navarra al casarse con el hugonote Enrique de Borbón (futuro Enrique IV de Francia). Vamos, la que conocemos más como “La reina Margot”. Ella está más preocupada por los placeres y el amor que por las discusiones religiosas que dividen al país, y canta la bella aria “O beau pays de la Touraine”, que aquí escuchamos a esa gran Margarita que fue Joan Sutherland:

Llega la dama de honor favorita de la reina, Valentine, quien le comunica que Nevers ha aceptado renunciar al compromiso. Margarita le promete un próximo compromiso y, ante el miedo de la chica, accede a ser ella la que se presente en la cita secreta con Raoul.

Mientras, las damas de compañía se bañan en una escena de ballet, y el pícaro Urbain observa escondido:

Urbain vuelve a aparecer, ya que acaba de llegar alguien.

Es Raoul, que acude a la cita con los ojos vendados y sin saber con lo que va a encontrarse. Cae rendido ante la belleza de Margarita, y ella ante la de él (parece que Raoul es guapete el tío, nada que ver con su prometido Enrique… y es que ¿cuándo ha habido un Borbón guapo?), lo que enciende su coquetería. Y así tenemos ese gran dúo que es “Beauté divine, enchanteresse”, que aquí escuchamos en las voces de Rita Shane y Nicolai Gedda:

Margarita le informa a Raoul que es voluntad de su hermano y su madre que él, un hugonote, se case con la hija de quien fuera su peor enemigo, el conde de Saint-Bris; éste acepta olvidar las antiguas peleas, y Raoul acepta.

Llegan todos, Saint-Bris, Nevers, Marcel… A Marcel no le hace ninguna gracia que su amo se mezcle con católicos, tal es el odio que llena su alma. Y así, cuando parece que todo va a arreglarse, se presenta la dama en cuestión, Valentine… Raoul reconoce en ella a la mujer a la que salvó, pero creyendo que es amante de Nevers, rechaza el compromiso, lo que causa un gran revuelo: Marcel se alegra, mientras Saint-Bris y Nevers claman venganza y Valentine no sabe qué es lo que pasa:

Y así, con esta emocionante escena, termina el II acto de “Les Huguenots”.

El tercero transcurre en el Pré-aux-Clercs, o prado de los clérigos, en París. Grupos de católicos y hugonotes se enfrentan. Para colmo, Marcel interrumpe la procesión católica, ya que debe entregar a Saint-Bris (quien trama vengarse de los hugonotes) un mensaje de Raoul: éste vuelve a París y quiere batirse en duelo con el padre de Valentine, lo que Saint-Bris acepta, pero planea un atentado antes del duelo. Valentine lo escucha.

Valentine se encuentra con Marcel, y le confiesa que, pese a que Raoul la humillara en Chenonceaux, está enamorada de él, y quiere salvarle la vida, igual que él hizo con ella en otra ocasión. la actitud de Marcel hacia la joven cambia al ver su sinceridad, pero no sabe dónde encontrar a Raoul para avisarle del peligro:

Llega Raoul, y va a dar comienzo el duelo, en el que se acuerdan las normas, en el bello septeto “En mon bon droit j’ai confiance”.

Pero Saint-Bris tiende la trampa, frente a la que Marcel no puede hacer nada, y acuden católicos y hugonotes, hasta el punto de que está a punto de comenzar una batalla campal, que sólo la llegada de la reina Margarita (reina de Navarra, no de Francia, no olvidemos) logra detener.

La reina no sabe a quien creer, pero Marcel dice que sabe del complot gracias a Valentine, a lo que Saint-Bris estalla. Ella ya es la esposa de Nevers, quien llega justo en ese momento. Pese a la boda, todos claman por sangre, la espada será la única capaz de resolver las diferencias entre ambos grupos.

Escuchamos toda esta escena final desde el septeto en adelante:

Así termina el III acto de “les Huguenots”.

Nos vamos al IV, mi favorito. Estamos en el castillo de Nevers, de nuevo. Allí está Valentine, sola, sufriendo por estar casada, por voluntad de su padre, con un hombre al que no ama, mientras su amado Raoul sigue apareciéndosele en la mente. Así tenemos el aria “Parmi les pleurs mon rêve se ranime”:

Y entonces aparece Raoul, quien no teme el gran peligro que corre. Pero se oye entrar gente y él se esconde tras una cortina.

Entra Saint-Bris con numerosos nobles católicos y con Nevers. Saint-Bris informa que tiene órdenes del rey y de la reina madre de organizar una masacre de todos los hugonotes. Nevers se niega a matar a hombres indefensos, y Saint-Bris lo arresta. Informa de los planes: un grupo irá a la casa de Coligny, líder de los hugonotes, para matarlo, mientras el resto irá al Hotel de Nesle, donde muchos hugonotes están reunidos para celebrar la boda de Enrique de navarra con Margarita. El primer toque de campana de Saint-Germain-l’Auxerrois será la señal para prepararse, el segundo será la señal del inicio del ataque. No habrá piedad para nadie. Una magnífica escena coral nos describe la “bendición de los puñales”:

Todos, menos Valentine, salen de escena. Raoul se lanza corriendo, pero es detenido por Valentine, quien no quiere que éste salga, ya que su vida corre un gran peligro. Pero Raoul sólo piensa en informar a los demás Hugonotes del plan que acaba de oír. Para detenerlo, Valentine le confiesa que le ama, y eso detiene por un momento a Raoul, pero finalmente su sentido del deber vence, Valentine se desmaya y él huye.

Este dúo es muy largo, así que vamos a escuchar solamente una parte, justo después de que Valentine le confiese a Raoul que la ama. Gedda está simplemente sublime, canta exquisitamente esas primeras frases (“Tu l’as dit; oui, tu m’aimes!”)en un mixto impecable, y remata los tres “Ah, viens!” con un Reb sobreagudo como un cañonazo:

Así termina el IV acto de “les Huguenots”. Ánimo, que ya sólo nos queda uno.

El V acto se divide en 3 escenas. La primera es muy breve. Estamos en el Hôtel de Nesle, en la sala de bale, donde están Enrique y Margarita, y un gran número de nobles hugonotes bailando. Llega Raoul a prevenirles: hombres armados están matando a los hugonotes por la ciudad, y ya han matado a Coligny. La escena es en realidad un aria de Raoul, “Aux armes, mes amis”. Como por desgracia en la grabación en vivo de Gedda cortaron este aria, la escuchamos en voz de Michael Spyres:

Segunda escena: estamos en plena matanza de San Bartolomé, la noche entre el 23 y el 24 de agosto de 1572. Una iglesia protestante está siendo atacada por los católicos. Los hugonotes construyen barricadas mientras mujeres y niños buscan protección en la iglesia. En el cementerio de esa iglesia, Raoul se reencuentra con Marcel, herido, quien le anima a unirse al resto en su triste destino. Pero llega Valentine, que le ofrece a Raoul la oportunidad de salvarse, con una venda blanca que le permitirá llegar al Louvre y conseguir la protección de la reina, a cambio de renunciar a su fe. Raoul se niega, pero Valentine lamenta que ahora que es libre, no puedan unirse; Marcel cuenta que Nevers fue asesinado por los católicos cuando intentaba protegerle. Eso hace que Raoul dude, pero se niega a renegar de su fe, y Valentine decide entonces convertirse ella al protestantismo y le piden a Marcel que les case.

Mientras, se escucha a los católicos masacrar a los hugonotes, y un exaltado Marcel cree ver el cielo abierto ante sus ojos.

Vamos a escuchar toda esta escena junto con la tercera, la final, en el último vídeo.

Última escena: una avenida de París, de noche. Raoul está herido, acompañado por Valentine y Marcel. Llegan Saint-Bris y soldados católicos, Raoul se reconoce como Hugonote y Saint-Bris da la orden de disparar, dándose cuenta demasiado tarde que ha matado a su propia hija. Llega Urbain abriendo paso a la reina Margarita, que en vano intenta frenar la masacre. Y así termina la ópera. Escuchemos ese final:

Terminar con un Reparto ideal en este caso es complicado, porque apenas hay grabaciones, y a menudo cortan demasiadas partes de la ópera. Pero lo intentamos:

Raoul de Nangis: Nicolai Gedda.

Margarita de Valois: Joan  Sutherland.

Valentine: Martina Arroyo.

Marcel: Nicola Ghiuselev. El de Ghiaurov está demasiado cortado.

Saint-Bris: Gabriel Bacquier.

Urbain: Fiorenza Cossotto, supongo, en italiano.

Director de orquesta: Richard Bonynge.