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Centenario del estreno de Gianni Schicchi (14-12-2018)

“Gianni Schicchi” es la más popular de las tres óperas que forman Il Trittico de Puccini, y es además la única comedia que compuso. Es por ello que representa el cielo, pese a estar extraído su argumento, con libreto de Giovacchino Forzano,  de una historia que narra Dante en la parte correspondiente al Infierno de su Divina Comedia. La absoluta genialidad de la obra es un buen indicativo del talento teatral de Puccini incluso en un campo tan ajeno a su obra como es la comedia. 

Como siempre, antes de pasar a comentar la obra dejamos un enlace al libreto. 

Nos encontramos en Florencia, ciudad Güelfa por excelencia, el 1 de septiembre de 1299 (el libreto es muy explícito con la fecha), en la rica mansión del mercader Buoso Donati. El libreto no señala sobre este personaje que existió realmente que en ese momento es viudo y no tiene hijos, y su riqueza proviene de su oficio y de ser uno de los líderes güelfos de la ciudad. 

Nos encontramos el el dormitorio del mercader, que justo acaba de morir. Sus numerosos familiares (primos, sobrinos…) lloran su pérdida, interrumpidos por los jugueteos del niño Gherardino, hijo de Gherardo, uno de los sobrinos de Buoso. Finalmente, por orden de Zita, la gruñona prima del difunto, sacan al niño de la habitación. Al poco, comienzan a escucharse unos murmullos; Zita, harta de escuchar esos cuchicheos, insiste en que digan en voz alta lo que se están contando los unos a los otros: en Signa, ciudad cercana, se comenta que Buoso ha dejado toda su herencia a un convento de monjes. Escuchamos la introducción con Ewa Podles como Zita:

Todos acuden en busca del consejo de Simone, primo de Buoso, el mayor de todos los parientes y antiguo alcalde de Fucecchio. Éste sugiere que, si el testamento no está en manos de un notario, sino en la casa, igual se puede hacer algo, así que todos se ponen a buscarlo. Rinuccio, el más joven, lo encuentra y pide, a cambio que le den el permiso de casarse con su amada Lauretta, la hija de Gianni Schicchi. Escuchamos la escena con Carlo del Monte como Rinuccio y Paolo Montarsolo como Simone:

Ante la insistencia de todos, su tía, Zita, le concede el permiso para casarse. Rinuccio, satisfecho, manda a Gherardino a buscar a Gianni y a Lauretta. Escuchamos de nuevo a Carlo del Monte:

Zita y Simone comienzan a leer el testamento. Todos desean ser los herederos de la casa, de la mula y del molino de Signa, los bienes más preciados que tiene Buoso. Pero a medida que van leyendo, la alegría desaparece de sus rostros. Escuchamos la escena con Ana Maria Canali como Zita y Paolo Montarsolo como Simone:

Todos están enfadados al comprobar que Buoso ha dejado toda su herencia a un convento. Comentan como los fariles engordarán mientras ellos no tendrán nada que comer. Zita comenta que nunca habrían pensado que, a la muerte de Buoso, sería llorado de verdad, ya que todas las muestras de lástima por su muerte, que eran falsas, han desaparecido. Escuchamos la escena con Ewa Podles como Zita, Roberto Alagna como Rinuccio y Ebrico Fissore como Simone:

Entonces empiezan a susurrar si no hay forma de cambiar el testamento. Simone da a entender que es imposible, pero Rinuccio sugiere buscar la ayuda de Gianni Schicchi. Zita, enfadada, le quita la idea de casarse con ella, pero Gherardino anuncia que ya llega Gianni con su hija. Todos se enfadan y Gherardino se lleva una paliza por haberlo traído. La familia se niega a que un Donati se case con una familia recién llegada del campo, la gente nueva. Pero Rinuccio afea sus prejuicios, ya que Gianni es un personaje muy astuto. Escuchamos la escena con Roberto Alagna:

Rinuccio pasa entonces a a elogiar a la ciudad de Florencia, que crece gracias a toda la gente que viene del campo, desde Arnolfo o Giotto hasta los Medici o Gianni Schicchi, y recrimina la actitud de rechazo a la gente nueva que muestra su familia. Escuchamos así el aria “Firenze è come un albero fiorito” cantada por Giuseppe di Stefano:

Llega en ese momento Gianni Schicchi acompañado por su hija Lauretta, que corre a abrazar a su amado. Gianni se sorprende del apagado aspecto de la familia, y piensa que Buoso se ha recuperado, pero cuando se da cuenta de que Buoso ha muerto, les expresa con ironía sus condolencias, pero les dice que les queda la herencia. Zita no tarda un segundo en decirle que la herencia es para los frailes. Ellos están desheredados, así que no habrá consentimiento para que su hija se case con Rinuccio. Escuchamos la escena con Tito Gobbi, Victoria de los Ángeles, Carlo del Monte y Ana Maria Canali:

Schicchi le recrimina su tacañería a Zita, y comienza una pelea entre ellos, ante la desesperación de la pareja de amantes, que ven como sus esperanzas de casarse desaparecen. El resto de familiares insta a que se dejen de peleas de enamorados y piensen en el testamento, y entonces Rinuccio toma la iniciativa y le pide ayuda a Gianni, pero este se niega. Escuchamos la escena con los mismos intérpretes de antes:

La única persona que puede hacer entrar a razón a Gianni es su hija Lauretta: o se casa con Rinuccio, o se suicidará arrojándose al Arno. Escuchamos la famosísima aria “O mio babbino caro” cantada por una espectacular Victoria de los Ángeles (si cabe alguna duda, así es como tiene que cantarse este aria):

Ante ese argumento, a Gianni no le queda otra opción que intentar ayudar a los Donati. Pide el testamento, lo lee, busca alguna opción, pero no consigue encontrar nada, para desesperación de su hija y Rinuccio. De golpe, parece tener una idea, pero le pide a Lauretta que salga a la terraza, deteniendo a Rinuccio, que pretende seguirla. Seguimos escuchando al mismo reparto de antes:

Una vez su hija se va, pregunta si nadie más sabe de la muerte de Buoso. Ante la respuesta afirmativa, pide que no se difunda la noticia, que retiren el cuerpo y rehagan la cama. Pero en ese momento se oye llamar a la puerta. Es el doctor, que no debe entrar bajo ningún concepto en la habitación: 

Para evitar que el doctor entre, todos los familiares le dicen que Buoso está mejor, y que quiere descansar. Pero ante su insistencia, Gianni finge la voz de Buoso y le dice que está bien pero que necesita descansar, y convence así al doctor de que se vaya, orgulloso de que otro paciente suyo no se haya muerto. Los familiares se sorprenden de lo lograda que está la imitación de la voz que Gianni ha hecho de Buoso, pero siguen sin entender cuál es su plan:

Hay que avisar al notario de que Buoso, al haber empeorado, quiere hacer un nuevo testamento. Gianni fingirá ser Buoso, ya que tienen la misma enorme nariz, y en la cama será difícil que se den cuenta del cambio. Y así podrá modificar el testamento. Toda la familia se emociona ante el plan, y Zita manda a Rinuccio a buscar al notario. Todo va muy bien hasta que Simone saca el tema de la división de la herencia. Escuchamos al magnífico Tito Gobbi cantar el aria “Si corre dal notaio”:

No hay problema en el reparto del dinero en contando, a partes iguales entre todos, ni de los bienes de los pueblos de los alrededores. La cosa cambia con los bienes más preciados: la casa, la mula y el molino de Signa. El amor entre parientes no tarda en desaparecer cuando todos se pelean por conseguir ser los herederos, y Gianni se burla de ellos:

El sonido de una campada fúnebre los detiene. Mientras, Lauretta vuelve a entrar en la habitación y Gianni se deshace de ella. Todos piensan que se ha descubierto la muerte de Buoso, pero Gherardo trae la noticia de que ha muerto otra persona. Entonces, Simone decide que sea Gianni el que elija quién se quedará con esos bienes más preciados:

No hay tiempo que perder. Gianni empieza vestirse con las ropas de Buoso, mientras los familiares intentan sobornarlo para que les nombre herederos a ellos. Las mujeres le acuestan y le halagan para conseguir su favor:

Pero Gianni les advierte del riesgo que corren: si son descubiertos, la pena es que les corten la mano y el exilio (de ahí que se deshaga de su hija para que no sepa nada). Gianni canta una canción de despedida a Florencia como si fuera un exiliado Gibelino para recordarles a todos que se estén bien calladitos: 

Llaman a la puerta. Gianni se mete en la cama y todos acogen al notario y los testigos. Gianni imita perfectamente la voz de Buoso, y con la habitación a oscuras no hay forma de verle. Tras pedir que los parientes se queden presentes mientras dicta el testamento, Gianni cede pocas monedas a los monjes, y cuando el notario le dice si no es poco, él contesta que así no pensarán que es dinero robado. Luego reparte los bienes tal como los parientes han estipulado, hasta que llegan a la mula, la casa y el molino de Signa, que lega a Gianni Schicchi, para desesperación de unos parientes cada vez más incapaces de contener su furia. Gianni vuelve a cantar la canción de despedida de Florencia para recordarles que es mejor que sigan fingiendo. La escena está llena de una finísima ironía que la convierte en una comedia absolutamente genial. Terminado el testamento, Gianni le hace a Zita dar de su bolsillo una buena propina al notario y a los testigos, y Gianni los despide. Escuchamos la escena con leo Nucci como Gianni:

Nada más desaparecen el notario y los testigos, los familiares se abalanzan sobre Gianni, pero este se defiende a palos, y ellos aprovechan para robar todos los objetos que pueden de una casa que ya es propiedad de Gianni. Volvemos a escuchar a Tito Gobbi:

Mientras, Rinuccio ha estado ausente de la escena, ya que ha salido a la terraza a encontrarse con su amada Lauretta. Ese será su hogar y podrán vivir felices. Gianni ha conseguido echar a los familiares y recuperar algunos de los objetos que se llevaban, y mira complacido a la pareja. Escuchamos a Carlo del Monte, Victoria de los Ángeles y Tito Gobbi:

Gianni entonces se gira hacia el público y, hablando, comenta que esa es la mejor forma en la que podían terminar los dineros de Buoso: en manos de esta pareja. Su castigo será el infierno, pero si el público se ha divertido, les pide que aplaudan como atenuante a su castigo. Escuchamos el recitado final con Tito Gobbi:

Y así termina la magistral única comedia de Puccini, una maravillosa obra llena de ironía y comicidad. Y concluimos, como siempre, con un Reparto Ideal:

Gianni Schicchi: Tito Gobbi. 

Rinuccio: Roberto Alagna. 

Lauretta: Victoria de los Ángeles. 

Simone: Paolo Montarsolo. 

Zita: Ewa Podles. 

Dirección de Orquesta: Bruno Bartoletti. 

Centenario del estreno de Suor Angelica (14-12-2018)

“Suor Angelica” es la segunda de las tres óperas que componen Il Trittico, y en este caso representa el purgatorio, ya que, si bien su argumento es plenamente dramático, deja una puerta abierta al final a la redención y a la esperanza. 

La historia es una invención original del libretista, el joven Giovacchino Forzano, que fue quien consiguió llevar adelante el proyecto de Puccini de componer un tríptico de tres óperas breves. Si bien su ausencia de argumento durante la primera mitad de la ópera y la ausencia de voces masculinas dificultaron su éxito, era la favorita de Puccini, que tenía una hermana monja, Iginia, a la que solía visitar y en cuyo convento interpretó la ópera al piano, por lo que es más que factible que se inspirara en sus visitas al convento para determinados aspectos musicales. 

Como siempre, antes de comenta la acción de la ópera, dejamos un enlace del libreto. 

Nos encontramos en un monasterio, en las cercanías de Siena, a finales del siglo XVII. Cae la tarde en un día de primavera, y desde el claustro se escuchan los cantos de alabanzas de las monjas, mientras las flautas reproducen el canto de los pájaros que revolotean por los cipreses (la atención de Puccini a estos detalles, en apariencia insignificantes, es asombrosa; escuchamos también, por ejemplo, el repicar de las campanas). Escuchamos la introducción con Victoria de los Ángeles interpretando a la protagonista Suor Angelica:

Las monjas salen de la iglesia, y la celadora recrimina a dos de ellas no haber llegado a la misa, mientras Suor Angelica estaba en penitencia y por eso estaba exenta. La celadora y la maestra de novicias castigan como corresponde las faltas cometidas por diversas monjas. Para el resto, es el momento de descansar después del trabajo, alegrándose por ser ese uno de los tres días en los que, al salir de la iglesia, los rayos del sol brillan en la fuente del claustro y doran el agua; el resto de los días, al salir de la iglesia, o el sol está demasiado alto, o ya se ha ocultado. Escuchamos la escena en la versión dirigida por Lamberto Gardelli:

Una de las monjas, Suor Genovieffa, sugiere llevarle algo de ese agua dorada a la fallecida Suor Bianca Rosa, y todas las monjas creen que las hermanas fallecidas lo desean. Suor Angelica cuenta que los deseos pertenecen a los vivos, ya que la virgen satisface los deseos de los muertos antes de que éstos sean expresados. La Celadora comenta que ellas no pueden tener deseos en vida, y Suor Genovieffa comenta si ninguna de las monjas tiene un deseo. Todas responden negativamente, y ella dice que sí, que tiene uno: volver a acariciar un cordero, ya que antes de ser monja era pastora. Escuchamos la escena con Renata Tebaldi como Suor Angelica:

Suor Dolcina dice que ella también tiene un deseo, pero antes de poder contarlo las demás ya saben cuál es, ya que es golosa, y la condenan por su gula. Cuando le preguntan a Suor Angelica si tiene algún deseo, ella contesta que no, pero todas saben que no es verdad, ya que desea tener noticias de su familia: saben que viene de una familia noble, y que está en el convento como castigo. Llega entonces la Hermana enfermera pidiendo ayuda a Suor Angelica, ya que Suor Chiara ha sido picada por unas avispas, y ella sabe de plantas y flores y le prepara un remedio para la inflamación. Escuchamos la escena, de nuevo con Renata Tebaldi:

Llegan dos hermanas mendicantes con un burro cargado de las limosnas que les han dado, bastante abundantes. Le dan a Suor Dolcina una rama de grosellas, que ella reparte entre el resto de monjas. Escuchamos la escena dirigida por Antonio Pappano:

Una de las hermanas mendicantes pregunta quién ha ido esa tarde al locutorio, ya que fuera hay una berlina de rica apariencia, lo que despierta el ansia de Suor Angelica, que insiste en saber cómo es la berlina que ha llegado. Suena la campana que anuncia la visita; todas las monjas desean que la visita sea para ellas, pero Suor Genovieffa les hace un gesto para que se den cuenta del dolor de Suor Angelica, y deseen que la visita sea para ella. Escuchamos la escena con Cristina Gallardo-Domâs como Suor Angelica:

Hasta ahora, la ópera ha sido casi una descripción de la vida en el convento, no hay acción, no hay argumento. La cosa va a cambiar de inmediato. Llega la Abadesa del monasterio y llama a Suor Angelica. Las demás monjas se van, mientras, ansiosa, Suor Angelica pregunta quién ha venido, ya que lleva 7 años esperando saber algo de su familia. Tras recriminarle ese ansia, la Abadesa le cuenta que ha venido su tía la princesa, y que hable sólo lo que requiera la obediencia o la necesidad. Suor Angelica se dirige al locutorio. Una monja abre la puerta, junto a la abadesa, y ambas se inclinan al paso de una mujer de edad, apoyada en un bastón, vestida de negro, que luce su gran autoridad. Suor Angelica se controla al ver que todavía la abadesa no se ha ido, mientras su tía luce una expresión distante. Escuchamos la escena con Victoria de los Ángeles:

La tía, siempre distante, comenta como, a la muerte de ambos padres de Suor Angelica, le cedieron a ella dividir los bienes familiares cuando correspondiera. Le ofrece un pergamino para que lo firme. Suor Angelica le pide que se deje llevar por el ambiente de piedad del monasterio, pero la tía le recuerda que es un lugar de castigo. Y se dispone a contarle la razón de la división de la herencia. Escuchamos el dúo con Victoria de los Ángeles y Fedora Barbieri:

Su hermana Ana Viola se va a casar. Suor Angelica se alegra por su hermana pequeña, pero al preguntar con quién se casa, recibe de nuevo la dura respuesta de su tía: con alguien que puede ignorar la mancha con la que ella ensució el nombre familiar. Suor Angelica ya no se resiste y se enfrenta a su tía, pero ésta de nuevo consigue imponerse. Seguimos escuchando a Victoria de los Ángeles y Fedora Barbieri: 

La tía muestra el carácter punitivo de su sentimiento religioso, al contarle que, cada día, en el oratorio familiar, siente hablar con su madre, siendo doloroso hablar con quienes se han ido, y al volver sólo tiene un pensamiento para Suor Angelica: que expíe su pecado. A fin de cuentas, el motivo de su visita es que Suor Angelica firme su renuncia a la herencia familiar que le correspondería para dársela a su hermana. Escuchamos el monólogo “Nel silenzio di quel raccoglimento” cantado por Fedora Barbieri: 

Suor Angelica acepta renunciar, ya que le ha ofrecido todo a la Vírgen. Pero hay algo que no puede olvidar: su hijo. Si, ese pecado que le ha llevado al confinamiento en el monasterio: fue madre soltera, y con ello deshonró a la familia. Sólo quiere saber qué es de ese niño, cómo está. Su tía deja asomar levemente un atisbo de humanidad, al mirar con angustia a su sobrina y callar. Suor Angelica se impone y le obliga a hablar. Escuchamos a Victoria de los Ángeles de nuevo:

La tía cuenta que, dos años atrás, el niño sufrió una grave enfermedad, y que se hizo todo lo posible por salvarlo. Suor Angelica pregunta si murió, la tía no responde, agacha la cabeza: la respuesta es obvia. La monja grita de dolor y cae al suelo. La tía se levanta para socorrerla pensando que se ha desmayado, pero al oírla llorar se contiene. Mientras, en el exterior ha caído la noche, así que una monja entra con una lámpara. La tía pide que venga la abadesa con una pluma y tinta. La joven firma el pergamino de su renuncia y se niega a despedirse de su tía, que sale del monasterio. Escuchamos el final del dúo, de nuevo con Victoria de los Ángeles y Fedora Barbieri:

A solas, Suor Angelica llora por la pérdida de su hijo y por no haber podido estar a su lado. Ahora, siendo un ángel celeste, él podrá verla, pero ella ansía el momento de poder reunirse con él, de morir. Escuchamos la conmovedora aria “Senza mamma, o bimbo” cantada por Mirella Freni: 

En ese momento llegan las monjas del cementerio, contentas porque se haya cumplido el deseo de Suor Angelica (pero sin saber qué ha pasado). Ella, extasiada, cuenta que la Vírgen ha extendido su gracia y que es feliz porque ya ve su meta. Se escucha entonces la señal de retirada y cada monja se dirige a su celda, cantando sus alabanzas. Escuchamos a Victoria de los Ángeles cantar esta escena:

En ese momento escuchamos un bellísimo intermezzo sinfónico que retoma el tema del aria “Senza mama”. Sale Suor Angelica, recoge unas flores y agua y prepara una infusión: ella siempre conoce una receta, y en este caso prepara un veneno con el que suicidarse. Se despide a solas de sus compañeras monjas, del oratorio, del monasterio, pero su hijo la ha llamado y la espera. Como extasiada, toma el veneno. Entonces vuelve a la realidad y se da cuenta que ha cometido un pecado mortal al quitarse la vida y que está eternamente condenada. Reza a la Virgen para no morir maldita, y le pide una señal; y así, mientras se escucha un coro de alabanzas, la puerta del oratorio se abre, y dentro una multitud de ángeles abren paso a la Vírgen, que lleva aun niño rubio que acerca a su madre: es el hijo de Suor Angelica.  La monja muere por efecto del veneno, sabiendo que ha sido perdonada (de ahí que la ópera ejemplifique el purgatorio: una redención final tras un pecado mortal). Escuchamos todo el final, desde el intermezzo, magistralmente dirigido por Bruno Bartoletti, con Mirella Freni cantando el papel de Suor Angelica:

Una vez concluida la ópera, terminamos, como siempre, con un Reparto ideal:

Suor Angelica: Victoria de los Ángeles o Mirella Freni. 

Tía Princesa: Fedora Barbieri. 

Dirección de Orquesta: Bruno Bartoletti. 



Centenario del estreno de Lodoletta de Mascagni (30-04-2017)


Desde 1903, Pietro Mascagni es director de la Escuela Nacional de Música de Roma, cargo al que suma en 1909 el de director artístico del Teatro Costanzi de Roma. Suma a todo ello una importante labor como director de orquesta, que le llevan por Europa y América. Así, no es de extrañar que su labor como compositor de ópera se vaya reduciendo. Y, pese a todo, todavía compone algunas óperas, hoy olvidadas. Vamos a hablar de una de ellas, “Lodoletta”, que se estrenó hoy hace 100 años.




Su ópera anterior, “Parisina”, se había estrenado en 1913, y contaba con un libreto de Gabriele D’Annunzio. Pero para esta nueva ópera Mascagni cuenta con un joven libretista, de 33 años, Giovacchino Forzano, que años después colaborará con otros grandes compositores italianos, como Leoncavallo, Giordano, Wolf-Ferrari e incluso Puccini (con los libretos de Suor Angelica y Gianni Schicchi), siendo éste su primer trabajo como libretista. Forzano adapta la obra “Two little wooden shoes” de la novelista inglesa Ouida (pseudónimo de Maria Louise Ramé), que había muerto casi una década antes. El argumento de esta obra tentó a Puccini, pero con el tiempo perdió ese interés, por lo que su editor Riccordi le pasó el proyecto a Mascagni, quien terminará componiendo la ópera.

La ópera se estrenó el 30 de abril de 1917 en el Teatro Costanzi de Roma con gran éxito; la función fue dirigida por el propio compositor y una Rosina Storchio ya en decadencia estrenó la parte protagonista. Enrico Caruso la estrenará en Nueva York al año siguiente. Pero con los años el interés por esta ópera fue decayendo, hasta el punto de que a día de hoy se la recuerda, como mucho, por el monólogo final de la protagonista.

Antes de repasar el argumento dela historia dejo un enlace al libreto,por desgracia únicamente en italiano.

Estamos en Holanda, en 1853. Es primavera, y está anocheciendo. Estamos junto a la cabaña de Lodoletta, y frente a ella hay una capilla en la que destaca una pintura de la virgen. Un grupo de niños juega en la calle:

Las mujeres adornan la cabaña de Lodoletta, ya que es su cumpleaños. Gianotto, un joven que está enamorado de Lodoletta, le entrega a Antonio, el padre de la joven, un regalo de parte de su madre. Antonio se avergüenza de no tener dinero para comprarle el regalo que ella quería, unos zuecos de madera rojos. Mientras ensaya con los niños la canción que le tienen preparada:

Llega en ese momento un grupo de exiliados franceses, expulsados por Napoleón III, entre ellos Franz y el pintor Flammen. Llegan cansados y con sed. Las aldeanas les ofrecen leche, algo que Franz rechaza. Flammen le insta a aceptarla, y Franz le recrimina haber sido exiliados por haber insultado al emperador, y le pregunta que hará un vividor en un lugar tan moderado:

Los interrumpe la loca del pueblo, que todos los años sale en busca de su desaparecido hijo, que murió 10 años atrás en el mar. En medio de la interrupción, Flammen ve el cuadro de la virgen y quiere comprarlo, pero Antonio se niega, ya que Lodoletta le lleva flores cada noche, y el día que cumple 16 años no es el más indicado para darle semejante disgusto. Flammen le propone copiarla y dejar la copia en su lugar a cambio de una moneda de oro. Antonio acepta, ya que con esa moneda podrá comprarle los zuecos rojos, con la condición de que Flammen se lleve el cuadro de noche, cuando Lodoletta esté ya dormida, para que no se entere de nada:

Antonio teme que hacer negocio a costa de los santos le traiga mala suerte, pero se va al pueblo a comprar el regalo. De inmediato llega Lodoletta, con muchos regalos que le han hecho en el pueblo:

En ese momento los niños le cantan la canción que tenían preparada:

LLega Antonio con los zuecos, y Lodoletta le pide que le coja alguna rama en flor del melocotonero:

Gianotto le entrega su regalo y le dice que quiere estar a solas con ella, pero ella le dice que tiene que estar con los niños y con su padre en ese momento. Antonio se sube al melocotonero y comienza a arrancar flores, pero se cae del árbol:

Todos van a socorrerlo, pero en seguida se dan cuenta de que el accidente es grave: está inconsciente y sangra, así que se lo llevan al hospital. Pero alguien vuelve; la Vanard informa que Antonio ha muerto y que Lodoletta está en shock. Las mujeres del pueblo quieren llevársela a su casa:

Pero Lodoletta se niega a abandonar su cabaña, sintiéndose culpable de que su padre haya muerto por cogerle flores. Gianotto también la invita a su casa, pero ella insiste en quedarse sola:

Llega Flammen para llevarse el cuadro, pero se da cuenta de que Lodoletta no le ha puesto flores. Piensa que será por la emoción de los zuecos, pero ve a una joven llorando y se da cuenta de que es Lodoletta. le pregunta por qué llora y ella le contesta que Antonio ha muerto y que no es su verdadero padre: la recogió del lago en un cesto de flores siendo un bebé. Antonio es lo único que le quedaba, y ahora está sola y no encuentra consuelo. Flammen consigue calmarla y ella se duerme. Flammen pone una flor a la virgen. Y con este dúo termina el primer acto:

Segundo acto. Estamos en el mismo lugar que en el primer acto, pero han pasado unos meses. Es una mañana de noviembre, temprano. Hay un caballete de pintura, que Lodoletta observa; es un retrato suyo. El cuadro está a punto de ser concluido, pero ella no se atreve a despertar a Flammen para terminarlo:

Pasan unas mujeres a coger leche, y unos niños se burlan de Flammen y lo despiertan con sus gritos. Los niños le odian porque piensan que les ha robado su tesoro, Lodoletta:

Flammen se dispone a terminar el retrato, pero Lodoletta se ve triste, porque Flammen termina el cuadro, y teme que Flammen regrese a París, a su casa, donde igual tiene algún otro amor. Flammen le jura que no se va a ir:

Llega en ese momento el cartero, que trae el indulto de Flammen, y se entera que sus amigos van a visitarle. Es necesario prevenir a Lodoletta, así que le dice que se va al pueblo. Los niños se burlan de Flammen, pero quedan fascinados por el retrato de Lodoletta, y esperan que ese retrato sea quien les cuente ahora cuentos, pero ella les dice que sigue siendo su hermana y que les contará un cuento. En ese momento las madres llaman a los niños, que dejan sola a Lodoletta:

Llega Gianotto, que le recrimina que no le hubiera acompañado a casa la noche en la que murió su padre. Él sueña con que ella sea su esposa, pero sufre al verla con Flammen. Escuchamos el monólogo cantado por Ettore Bastianini:

Lodoletta le dice que prefiere vivir libre en su cabaña, al aire libre, y Gianotto le dice que si quiere recuperar el afecto de la gente del pueblo debe abandonar a Flammen. Como ella se niega, él se da cuenta de que le ama, y le dice que cuando la abandone, todo el pueblo la despreciará por haber sido su amante. Ella grita y se aleja corriendo al campo, y Gianotto se va.

Vuelve Flammen, y se queda tranquilo al ver que no hay nadie, ya que teme que alguien haya hablado con Lodoletta. No quiere volver a parís y a su libertina vida anterior. Llega entonces Lodoletta, llorando. Flammen le pregunta si ha ido alguien a buscarla, perola ve llorar y le pregunta qué le pasa. Ella le pide que le deje,  y él nota que le evita. Flammen siente nacer el amor en él, pero ella tiene miedo; si la flor de la pureza es arrancada, muere. Ella está enamorada, y no quiere recordar a Flammen como su desgracia, así que insiste en que se vaya. Flammen, finalmente, decide volver a París. Escuchamos el dúo del final del segundo acto, que como en todos los casos anteriores está cantado por Maria Spacagna y Péter Kelen:

Comenzamos el tercer y último acto de Lodoletta. Estamos en París, en nochevieja. La casa de Flammen, con su jardín delantero. Se celebra una fiesta, a la que Flammen ha invitado a sus amigos y amigas, que se están divirtiendo. Flammen en cambio no se divierte. Sale de la casa con Franz, que quiere volver a entrar porque hace demasiado frío. Flammen siente remordimientos por haber abandonado a Lodoletta. Franz trata de tranquilizarle, diciéndole que ha ido a Holanda y que no había rastro de Lodoletta; seguramente ha encontrado un lugar mejor donde vivir. Flammen intenta creer a su amigo, pero en su interior sabe que no es verdad, y ansía volver a verla junto a su cabaña y pasar el resto de su vida con ella. Escuchamos el aria “Se Franz dicese il vero” cantada por Franco Corelli:

Los amigos y amigas de Flammen se burlan de él, y vuelven a entrar todos a la casa.

Llega entonces Lodoletta, buscando la casa de Flammen. Leva días viajando, sufriendo frío, hambre, sueño, miedo… pero ve la casa iluminada y cree que Flammen se ha pasado todas las noches así esperándola. Se siente ahora tranquila de saber que está junto a su amado y sólo piensa en pedirle perdón y en volver junto a él, ya que lo ha dejado todo para llegar a su casa. Escuchamos el aria “Flammen, perdonami” cantada por Mirella Freni:

Entonces se da cuenta de que dentro de la casa hay una fiesta y piensa que no puede ser la casa de Flammen (los libretos de Forzano pecan de hacer unas protagonistas femeninas en exceso cursis y mojigatas… como que Flammen se va a pasar todos los días llorando, claro… por muchos 16 años que tenga, es demasiado “inocente”, por ser generoso). Entonces mira por la ventana y ve a Flammen, y a mujeres guapas… y decide irse. Pero tropieza, cae al suelo y pierde los zuecos. No tiene fuerzas para huir, está demasiado cansada y congelada. Pide a los niños de su pueblo que la lleven y la entierren junto a su padre, entre delirios. Siguen los delirios pidiéndole a Flammen que la abrace y la bese, y entonces muere. Escuchamos esta escena (incluyendo el aria previa) con Maria Spacagna:

Salen todos para continuar la fiesta en Montmartre, pero Flammen rechaza acompañarlos. Tropieza entonces con los zuecos de Lodoletta. Primero piensa que es una broma, pero se da cuenta de que nadie sabe lo de los zuecos, y se da cuenta de lo que ha ocurrido realmente. Encuentra el cuerpo de Lodoletta y sólo desea morir junto a ella. Escuchamos así el final de la ópera con Péter Kelen:

Terminamos aquí, si poder hacer un reparto ideal por la ausencia de discografía, esperando que esta situación se arregle cuanto antes.