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Crónica: El Caserío de Sasibil (13-09-2018)


No hay duda de que “El Caserío”, la más famosa de las zarzuelas del alavés Jesús Guridi, es una de las favoritas del público donostiarra, por lo que era una apuesta segura para la Asociación Lírica “Sasibil” incluirla entre los dos títulos que representa en esta semana especial de zarzuela en la capital gipuzkoana. Pocas veces he visto el Teatro Victoria Eugenia tan lleno de público como ayer, si acaso alguna vez anterior.




Ahora la cuestión era que musicalmente los resultados estuvieran a la altura de la acogida del público. Es sabido que, en un título que por sí sólo va a atraer a un público dispuesto a disfrutar, se puede bajar el nivel musical sin que suponga un fracaso de público. Es decir, estos casos son los ideales para “bajar la guardia”. Pues bien, este no fue ni de lejos el caso de estas funciones de “El Caserío”, que han gozado de un nivel musical de enorme nivel.

Antes de comentar la función, dejo como siempre un enlace de la producción.

Ya conocemos como son las producciones de Sasibil: paneles laterales y de fondo (en esta ocasión incluso con una proyección en el tercer acto para simular la lluvia) y algunos elementos de atrezzo. Escenografía tradicional y simple, pero hay que recordar que el escenario del Victoria Eugenia no da para más, y resulta siempre efectiva.

La dirección escénica de Josean García fue, como siempre, hilarante. Ya sabemos que el fundador de Sasibil domina el mundo de la zarzuela, y sabe sacar toda la chispa cómica que suelen tener estas obras, y más en una tan cercana, con el juego de estereotipos vascos, el uso de palabras en euskera y similares. La colaboración de solistas y actores a este respecto fue fundamental, y en este sentido todo fue sobre ruedas. Los varios actores (Ana Miranda como Eustasia, Ekaitz González de Urretxu como Manu, Miguel Ángel Jiménez como Don Leoncio e Iñaki Álvarez como el Secretario) estuvieron magníficos en su labor, siempre cómica. Habría que destacar igualmente de forma positiva la labor de los 8 bailarines de la Eskola Dantza Taldea en sus bailes vascos del segundo acto.

La orquesta de Sasibil brilló a muy alto nivel bajo la dirección de un Arkaitz Mendoza en estado de gracia, dirigiendo con gestos enérgicos que denotaban su entusiasmo ante la partitura que tenía por delante. Y consiguió lo que se requiere en estos casos: pasar desapercibido durante los momentos vocales, acompañando con precisión a los solistas sin taparlos, pero brillando en los momentos orquestales. A este respecto, subrayar el magnífico preludio del segundo acto, realmente brillante, con una orquesta respondiendo a un nivel que me sorprendió (para bien, obviamente). No hubo errores, ni desequilibrios tímbricos, pese al más bien reducido número de músicos en el foso, que tampoco da para más.

El coro de Sasibil estuvo correcto, aunque con una marcada tendencia a cantar siempre en forte. Les falta una mayor sutileza, aunque superaron todas su participaciones sin errores llamativos. Es en todo caso, el aspecto en el que Sasibil más tendría que trabajar para igualar el nivel del coro con el del resto de participantes del espectáculo.

Vamos ya con los 5 solistas.

Klara Mendizabal fue una hilarante Inocencia, genial como actriz, y perfecta en su única intervención cantada en su dúo con Txomin del 3º acto. Demostró que un papel cómico no está reñido con un buen canto, como ha sido tan habitual en la zarzuela.

Lo mismo se puede decir del Chomin de Iker Casares, todo un animal escénico, que además resuelve con absoluta solvencia todas sus intervenciones cantadas, sin recurrir a bufonadas para disimular técnicas mediocres, ya que no tiene nada que disimular.

Uno ve a Igor Peral y lo asocia automáticamente con José Miguel, el Txikito de Arrigorri. Igualmente gran actor, su voz pide papeles de mayor enjundia. Su sensibilidad en su romanza “Yo no sé qué veo en Ana Mari” contrasta con el arrojo en el duelo de bertsolaris o en la escena final, con agudos potentes y bien proyectados, aunque quizá su mejor momento fuera el dúo del primer acto con Ana Mari, donde ambos estuvieron realmente brillantes (se me ponía la carne de gallina por momentos escuchándolo).

Ya sabemos que Miren Urbieta-Vega es una cantante de muy alto nivel, y no encuentra en Ana Mari momentos para lucirse como ella puede. Su romanza “En la cumbre del monte” fue correcta, desde luego, pero en exceso breve. Supo sacar partido, eso sí, de sus dúos con José Miguel en el primer acto, y con Santi en el segundo, espléndida en ambos. Como actriz se le vio más incómoda, con algún atropello en los recitados. Pero es una voz a tener en cuenta, y un lujo su presencia en este “El caserío”.

Por último, Gerardo Bullón fue un Santi al que sólo cabría reprochar que es demasiado joven para el papel, y escénicamente se nota. Es igualmente un magnífico actor, aunque su papel no da tanto juego cómico como otros, pero si por algo destaca es por una voz noble, potente, de timbre bello y en general sin problemas de tesitura, excepto en algún agudo algo problemático. Magnífico en su romanza “Sasibil, mi caserío”, no fue menos su ya citado dúo con Ana Mari y una magnífica escena final.

No queda otra que felicitar a Sasibil por su éxito. No por su éxito de público (evidente) o por su éxito económico (que eso lo desconozco), sino por su éxito artístico, al regalarnos una función de zarzuela de muy alto nivel, con cantantes, sospecho, infrautilizados. Yo, que siempre tiraré a la ópera (aunque la zarzuela me encante igualmente), veo el equipo de esta producción perfecto para una representación de “L’amico Fritz” de Mascagni que seguiría teniendo el mismo alto nivel que es el que uno espera que debería tener nuestra ciudad.



Crónica: Salome en ABAO-OLBE (20-02-2018)


En todos los años que llevo como socio de la ABAO (desde 2009, si la memoria no me falla), esta Salome es la tercera ópera en alemán que tengo ocasión de ver (tras Tristan und Isolde y Die Tote Stadt), y la primera ópera de Richard Strauss que consigo ver en vivo. Así que, al margen de que la ópera en cuestión pueda gustarme más o menos, tenía muchas ganas de ver esta Salome, sin duda.




Y hay que decir que por momentos me parecía ser parte de una minoría, al coger el bus que la ABAO nos proporciona para ir a Bilbao desde Donostia y ver que venía notablemente más vacío que en otras ocasiones. Parece que en cuanto salimos de Verdi al público deja de interesarle la ópera… lo que nos lleva a temporadas aburridísimas con los títulos italianos de siempre, y algún francés que se cuela entre medias. ¿De verdad somos aficionados a la ópera? ¿Seguro? Porque a Salomé se le pueden poner pegas, vale, pero es una ópera corta y tampoco es tan difícil de escuchar; de hecho, cuenta con algunos momentos melódicos simplemente sublimes.

Vamos ya con la crónica, pero antes dejamos el enlace de la producción.

La escenografía, sin ser gran cosa, era eficaz, con ese círculo que dividía la escena en dos partes; la sala de banquetes y el exterior del palacio, donde está encerrado Jokanaan en una prisión igualmente esférica. El vestuario es atemporal y juega con múltiples matices de los que cada cual puede sacar sus conclusiones. La dirección escénica fue razonablemente correcta, situando a menudo a los solistas en la corbata del escenario (lo que se agradece en el Euskalduna), aunque hubo dos momentos que me chirriaron bastante. El primero, la famosa danza de los siete velos, donde apenas hubo danza, que se quiso sustituir con unas proyecciones que no decían nada. Finalizar dicha danza con la violación de Herodes a Salome no es a priori descabellado, pero sí que es cierto que en la escena siguiente, cuando Salome exige la cabeza de Jokanaan a su padrastro, su insistencia suena más a venganza contra Herodes que a su irrefrenable deseo de besar al profeta. Y el otro momento fue la escena final: Salome en la celda de Jokanaan, completamente alejada de la cabeza a la que se supone que está besando. No sé si se quiso jugar con la metáfora de que si Jokanaan está encerrado por su obsesión religiosa, Salomé los está de igual manera por su obsesión pasional. Pero sin beso, sin Salome contemplando la cabeza de Jokanaan, la escena pierde todo el sentido. Al margen de esa costumbre que personalmente odio de comenzar con alguna escena antes del inicio de la música, en este caso ver lo que sucede durante el banquete de Herodes; siempre me sobra.

La Orquesta Sinfónica de Bilbao respondió soprendentemente bien a la nada fácil partitura Straussiana, sin desajustes ni desafines. El director, Erik Nielsen, fue un buen concertador, que se esforzó por no tapar a los solistas, pero le faltó fuerza, chispa, violencia incluso. La orquesta sonaba demasiado plana, no aportaba nada, en especial en la conclusión de la danza ya mencionada, en la que el ritmo excesivamente lento jugo en su contra más si cabe.

Salome es una ópera que no exige la participación de coro. Hubo numerosos figurantes que a menudo distraían demasiado de la acción principal. El número de solistas es igualmente numeroso. Solventes los dos soldados de José Manuel Díaz y Mikel Zabala. Correctos pero poco audibles los dos nazarenos de Alberto Arrabal y Alberto Nuñez (me sorprende en el caso de Arrabal, dueño de una voz potente al que he he escuchado sin problemas en ocasiones pasadas, pero que ayer, quizá en un intento de matizar su canto, sonó demasiado bajo). Sin pegas los 5 judíos de Josep Fadó, Miguel Borrallo, Igor Peral, Jordi Casanova i Barberá y Michael Borth, vocalmente bien empastados, perfectamente audibles y escénicamente insoportables, deduzco que por la visión que de ellos quería dar la dirección escénica: los insoportables judíos con sus insoportables discusiones teológicas… Con problemas para hacerse oír (y quizá por ello, sensiblemente forzada) Monica MInarelli como el Paje de Herodias.

Lo mejor del reparto, quien siempre estuvo perfecto en todas sus intervenciones, fue Mikeldi Atxalandabaso como Narraboth. Voz fresca, de timbre hermoso, consiguió hacerse oír incluso cuando cantaba desde detrás de la celda de Jokanaan. Sólo lamentar la brevedad de su rol (que, por otra parte, es de lo mejor de toda la ópera).

Completamente ajada la voz de Ildikó Komlósi, que tuvo que tirar de tablas para sacar adelante el papel por la incapacidad de mantener la línea de canto. Su Herodias resultó excesivamente caricaturizada.

Bien el Herodes de Daniel Brenna, con una voz poderosa, que se hacía oír incluso desde el centro del escenario en casi todas sus intervenciones. Escénicamente logró un Herodes absolutamente psicótico, miedoso, cobarde ante cualquier detalle que considere un mal augurio.

Solvente en general Egils Silins como Jokanaan. Sus intervenciones desde la celda, situada por momentos en el fondo del escenario, consiguieron hacerse oír. A su voz, eso sí, le falta una mayor autoridad para el papel, siendo especialmente débil su registro grave.

La gran triunfadora de la noche fue Jennifer Holloway en el rol protagonista de Salome. Escénicamente impecable, asume el personaje hasta simbiotizarse con él; le ves y ves a Salomé. Vocalmente el rol es terrorífico: algunos graves terribles y demasiados agudos. Holloway no tuvo ningún problema en toda la tesitura, destacando en especial unos agudos que, no demasiado vibrados (cosa poco frecuente) sonaron razonablemente limpios, como puñaladas de cristal. Yo le encontré un pero (por desgracia, un pero demasiado grave en mi opinión personal): en esos “Yo he besado tu boca” finales, a la voz le faltó cuerpo, le faltó potencia, volumen,

En resumen, una Salomé un tanto agridulce: correcta en general, con algunos muy buenos momentos frente a algún otro que daba una sensación de gatillazo (el final de a danza de los siete velos y el final, desgraciadamente mis momentos favoritos de la ópera). Puede que haya quienes piensen que soy mucho más exigente con Bilbao que con otros teatros de la zona. No lo negaré: el presupuesto y los medios que maneja la ABAO no los tienen ni de lejos otros teatros y asociaciones de ópera de la zona, por lo que el nivel de exigencia es superior, como es lógico. Pero la ABAO cuenta con un handicap que me temo que le afecta en todas sus producciones; y ese handicap se llama Palacio Euskalduna. El auditorio es una bilbainada en el peor sentido que se asocia al término (que me perdonen los bilbainos): es una monstruosidad (calculo que será casi el doble que el Kursaal donostiarra, que ya de por sí no tiene la mejor acústica imaginable). De acuerdo, con ese aforo la recaudación puede ser muy generosa (si se consigue llenar), pero la acústica es nefasta, muchas voces simplemente desaparecen. Pero no sólo es eso: la orquesta suena apagada, incluso ayer, cuando cuenta con un gran número de intérpretes. El volumen que llega a mi localidad, en la parte de atrás de uno de los palcos laterales, es en exceso débil, muy inferior al volumen al que yo suelo escuchar ópera en casa (y con la ventaja de que en los palcos el sonido ya se ha mezclado lo suficiente como para que las voces se escuchen mejor que en el anfiteatro, donde a menudo la orquesta las oculta). Y claro, cuando voy a ver ópera en vivo, busco que la propia vibración de la música me emocione, que pueda sentirla. Y en el Euskalduna esto resulta absolutamente imposible. En resumen, ya pueden traer a Gregory Kunde o resucitar a Lauritz Melchior, con esos problemas de acústica va a ser muy difícil ofrecer un resultado realmente satisfactorio con la misma ficha artística que en un recinto más pequeño y con mejor acústica dejaría una sensación muchísimo más redonda.



Crónica: El Caserío por Ópera de Cámara de Navarra (05-05-2017)


Nunca había escuchado El Caserío, zarzuela de Jesús Guridi, hasta la pasada semana, como preparación para esta función de zarzuela en el Baluarte de Pamplona. No es que me suela apetecer mucho ir a Pamplona a algún concierto, porque está claro que tengo gafe, siempre pillo lluvia o niebla en la carretera, y esta vez no fue la excepción: a la vuelta la lluvia no paraba y un tramo de niebla llegando ya a Andoain me provocó frenar de golpe y quedarme completamente agarrotado del mal rato que pasé. Pero claro, había que ir aunque sólo fuera por volver a ver a Igor y a Iker…




Escuchando El Caserío en casa, me quedé con la impresión de que Jesús Guridi no es precisamente un gran compositor vocal, que es mucho más interesante en su faceta orquestal (las 10 melodías vascas, la sinfonía pirenaica…), algo que se nota en los fragmentos orquestales de la zarzuela, con mucho la parte más interesante de una obra que carece de grandes momentos (salvo quizá la romanza de Santi “Sasibil, mi caserío”). Inluso los ritmos folclóricos vascos se aprecian mejor en los ritornellos orquestales que en las partes vocales. Pensé también que podía haber hecho una zarzuela en euskera, pero luego cambio de opinión al escuchar el “Pello Josepe tabernan dala” y ver que no entiendo nada porque está en dialecto vizcaino.

Vamos ya a comentar la función. Antes de nada dejamos un enlace de la producción.

La producción de Koldo Tainta era bonita y sencilla, destacando un árbol en medio del escenario que nos trasladaba a un ambiente rural. Quizá menos sentido encontré a los dos paneles móviles que se cambiaban de posición a lo largo de la obra, a los que sólo encontré sentido en determinados momentos, como cuando hacían de las paredes del frontón donde se celebra el partido de pelota. Las proyecciones de fondo ayudaban sin duda a la ambientación de cada escena, y con un vestuario que acentúa el costumbrismo vasco de la obra, escénicamente fue satisfactoria.

La Orquesta Goya, dirigida por Máxi Olóriz, cumplió con solvencia, destacando en los momentos instrumentales, donde el director pudo lucir mejor los ritmos vascos de la partitura, con algún crescendo muy logrado. Acompañó con corrección a los cantantes, sin desajustes evidentes ni tapar las voces. La Coral San Andrés de Villaba cumplió también con solvencia en una obra en la que tienen numerosas intervenciones.Me pareció especialmente afortunada su entrada por las escaleras del auditorio, ya que al comenzar a cantar te veías envuelto por el sonido del coro que todavía estaba descendiendo hacia el escenario, teniendo a miembros del coro en los laterales o incluso por detrás de mi localidad, con lo que te sientes más integrado dentro de la función.

El Grupo de Danzas Mikelats se encargó de los aurreskus y fandangos que aparecen en la partitura. No es mi fuerte este tipo de bailes (por cierto, muy similares en su forma de bailar a la tradicional jota navarro-aragonesa), pero en todo caso contribuyeron a darle una ambientación muy vasca a la acción.

El Caserío cuenta con 9 personajes, de los cuales 4 son solamente hablados, siendo los encargados de interpretarlos correctos en su labor, destacando siempre sus facetas más cómicas.

El personaje de Inosensia lo interpretó la soprano Carolina Moncada. Es un papel casi completamente actoral, de marcado carácter cómico, perfectamente resuelto por su parte, que al final de la obra cuenta con una intervención cantada en el dúo con Txomin que termina en parejita. Canto correcto eclipsado quizá por su faceta cómica, que fue la que se queda más en la memoria del público.

Txomin lo interpretó Iker Casares. Su increíble talento cómico ya me es de sobra conocido; ya desde su primera aparición provoca carcajadas. Por otra parte, es el papel con mas enjundia vocal que le he visto hasta ahora, con varias intervenciones, como el mencionado dúo con Inosensia o el enfrentamiento de bertsos con José Miguel. Hubo algunos agudos más pálidos que otros, hubo algunos momentos menos audibles que otros, lo que nos deja claro que no es un problema de medios, pero en general sus intervenciones cantadas fueron muy correctas, sin ningún fallo remarcable. En las partes de tenor cómico tiene poca competencia, ya que canta mejor de los habitual en este tipo de voces, y su talento interpretativo está fuera de cualquier duda.

La protagonista, Ana Mari, fue interpretada por Noemí Irisarri. Es el de Ana Mari un papel bastante ingrato, al carecer de romanza propia o momentos de gran lucimiento, pero no por ello es un papel poco exigente, ya que los dúos le obligan a darlo todo. Y ella lo dio, aunque había momentos en los que los agudos sonaban algo ásperos, frente a otros en los que sonaban mucho más limpios. Tendría que volver a escucharla para saber si es un problema de tesitura (que la parte le quede demasiado aguda) o simplemente de algún momento en el que no consiguió atacar las notas de la mejor forma. La ausencia de romanza es quizá lo que más le perjudica al no tener un momento en el que lucir sus posibilidades (es una cantante expresiva, eso ya pudimos comprobarlo, pero es que se echa en falta ese momento en el que todo el protagonismo sea para ella y lo pueda dar todo).

José Miguel, el plotari juerguista que es casi el anti-héroe de El Caserío, fue interpretado por Igor Peral. Comenzó su primera intervención bajando las escaleras del aditorio, y ahí la cosa no pintó muy bien, con una voz más bien opaca, perjudicada sin duda por la posición de espaldas a la mayor parte del público. Inmediatamente comienza un dúo con Ana Mari en el que las cosas mejoraron sin duda, con buen fraseo, gusto cantando y unos agudos potentes y bien proyectados que parece que vayan a romper los tímpanos de los espectadores, aunque el registro central no terminaba de estar tan bien emitido como el agudo, perjudicado posiblemente por cantar buena parte del dúo tumbado. Tonterías que desaparecieron inmediatamente a medida que la obra avanzaba, donde a parte de una perfecta caracterización escénica demostró que el papel le queda pequeño (su romanza “Yo no sé qué veo en Ana Mari” parece un calco de la de Nadir de “Los pescadores de perlas” de Bizet pero en cutre, sin muchas posibilidades de lucimiento). Se siente cómodo en el papel; obvio, no arriesga, no tiene opciones de dar todo lo que su voz le permite. Sigo a la espera de escucharle en algún rol operístico protagonista y comprobar si las expectativas que en él tengo puestas se cumplen.

El protagonista de El Caserío es el indiano Santi, soltero, desesperado por a quién le va a dejar su querido caserío Sasibil en herencia, que trama un engaño para conseguir emparejar a sus sobrinos, Ana Mari y José Miguel, aunque al final le suponga un disgusto. Santos Ariño demostró sus tablas y su experiencia en el papel; la voz quizá no esté en su mejor momento, y sacó adelante los momentos más dramáticos (el enfrentamiento con José Miguel del tercer acto) más a base de tablas que de medios vocales. Pero a cambio en los momentos más líricos su fraseo, su legato, la belleza de su línea de canto se imponen, cun una romanza “Sasibil, mi caserío” de manual y una tremendamente emotiva frase final. A mí desde luego me dejó muy buen sabor de boca.

En fin, una buena función de zarzuela, con momentos divertidos, pero que te deja un poco en plan “quiero más, esto me sabe a poco”. El problema, desde luego, es de Guridi. A los cantantes espero tener ocasión de verles de nuevo en papeles que les den más juego.



Crónica: La tabernera del puerto en Donostia (09-11-2016)


En este 2016 que Donostia ostenta el título de Capital Europea de la Cultura habría sido un delito no haber representado la obra maestra de quien fuera el compositor más ilustre nacido en la localidad gipuzkoana, el gran Pablo Sorozabal (con permiso de Usandizaga). Por eso, cuando este pasado mes de abril se representó La tabernera del puerto en Lasarte (de la que ya escribí una crónica aquí) estaba esperando que me dieran la buena noticia de que, además de la función prevista en Elgoibar para finales de año, se sumara una representación en Donostia. Y por suerte así ha sido. Porque La tabernera del puerto es en mi opinión la obra maestra de Sorozabal, una zarzuela maravillosa en la que no hay número que no me guste.




Por lo general, al escribir una crónica de una ópera o zarzuela, hay que tener siempre en cuenta la situación en la que se representa, los medios con los que se cuenta, para ser más o menos “piadoso”, para exigir más o menos: no es lo mismo una ópera en Donostia o en Iruña (y no hablemos ya en Irun) que en la ABAO de Bilbo; en Bilbo, con el presupuesto y los medios que tienen, espero mucho más y seré más crítico con aquello que en mi opinión no esté al nivel esperado. De la misma forma que no espero en Bilbo el mismo nivel que esperaría en alguno de los grandes centros operísticos europeos. Pues bien, digo esto antes de comenzar la crónica porque en este caso no esperéis ninguna piedad por mi parte por el hecho de que esta producción de la Asociación Lírica Sasibil sea la que se haya hecho cargo de la representación; no es necesaria, directamente. Si en vez de en Donostia hubiera visto esta representación de La tabernera del puerto en Bilbo no creo que cambiara nada de lo que escribiré a continuación.

Dejo antes de nada un enlace de la producción.

La representación se llevó a cabo en el Teatro Victoria Eugenia, uno de esos coquetos teatritos mucho más recogidos que esa monstruosidad del Kursaal. El escenario y el foso son de menores dimensiones, pero la acústica es mucho mejor, qué duda cabe, lo que benefició a todos los participantes. Y quien esto escribe era quien estaba más arriba de todos los asistentes (las localidades más caras estaban agotadas, pero las más baratas del piso superior apenas estaba ocupadas, y en el tercer piso, detrás mío, había dos filas completas vacías), y no tuve ningún problema para oír a solistas y orquesta.

La escenografía de La tabernera del puerto de ayer fue sencillita, con dos paredes laterales, cada una perteneciente a los dos locales de la acción, la Taberna del puerto y el café El vapor. Perfecta para el primer y el tercer acto, en el segundo hay que echarle un poquito más de imaginación, ya que transcurre en el interior de la taberna, pero el decorado no cambia; sólo se añaden mesas  y sillas. Pero bueno, tampoco molesta. En el dúo del comienzo del 3º se iluminaba únicamente el centro del escenario, dejándose ver la barca en la que navegan los dos protagonistas. Quizá unas telas azules moviéndose con ayuda de algún ventilador habrían dando un puntito más a la escenografía sin complicarse demasiado, pero en todo caso fue una escenografía más que solvente que nos sitúa muy bien en la acción. La dirección escénica de Josean García fue impecable, beneficiándose del talento interpretativo de los solistas.

La orquesta de Sasibil comenzó con un desafino de los metales justo al comienzo de ese preludio de La tabernera del puerto en el que no tarda en incorporarse el coro con ese “Eres blanca y hermosa” (los problemas con los metales se repiten una y otra vez en la mayoría de las orquestas que he escuchado recientemente), pero durante el resto de la función nos ofrecieron una gran interpretación, ayudados sin duda por la labor del director de orquesta Arkaitz Mendoza, un magnífico concertador (confieso que al comienzo del segundo acto estaba más pendiente del foso que del escenario para ver como el maestro Mendoza daba las indicaciones al coro en los acompañamientos a la romanza de Marola; era un placer ver cómo controlaba orquesta y cantantes con un resultado muy superior al de la representación de Lasarte, beneficiado sin duda por haber habido más ensayos que en aquella ocasión) que además nos regaló un par de momentos bellísimos, la introducción al dúo del tercer acto y el intermedio posterior. La orquesta sonó dramática cuando tenía que sonar y los crescendos del final de cada acto, aunque suenen ya a recurso demasiado utilizado, sonaron de maravilla. Los aplausos para orquesta y director fueron sin duda insuficientes. Y hay que apuntarse definitivamente el nombre de Arkaitz Mendoza como alguien a seguir en el futuro, que seguro que nos da unas cuantas alegrías.

El coro de Sasibil no es el sumun de la delicadeza pero resulta cumplidor. En todo caso, como bien pudo notarse en el salve marinero del primer acto, mejor ellas que ellos. Tampoco cuenta La tabernera del puerto con grandes números corales, siendo sus participaciones a menudo más de acompañamiento de los solistas en sus romanzas, y ahí en algunos casos les sobró un poquito de volumen.

Pasamos a los solistas. De entre los comprimarios (que en La tabernera del puerto cantan poco o directamente nada), destacar siempre el Ripalda de Iker Casares, en un papel que le da pocas opciones de lucimiento y que sabe a poco (sólo canta el terceto del segundo acto, y acostumbrado a las grabaciones discográficas, casares canta hasta demasiado bien), pero en el que casi ejerce de robaescenas gracias a una comicidad escénica divertidísima (me temo que en el backstage su comicidad es más terrorífica). Espero poder escucharle algún día en un papel con más enjundia.

La pareja de Chinchorro y Antigua fue un poco desequilibrada. El previsto Chinchorro de Josean García fue sustituido (desconozco los motivos, ya que salió a saludar en su faceta de director de escena) por, si la memoria no me falla, Rafael Álvarez, que encaja con la visión tradicional del personaje, de gran comicidad y un canto un tanto “discutible” que tampoco extraña en un personaje perpetuamente borracho. A su lado, Haizea Muñoz (muy jovencita para el personaje) fue una Antigua escénicamente divertidísima, pero cuando tocaba cantar… pues cantaba demasiado bien. No pongo reparos ni a la visión tradicional de estos personajes ni al hecho de que se prefiera cantarlos bien, pero juntar a uno de cada no encajaba del todo. En todo caso, ambos hicieron reír al público, que es a fin de cuentas para lo que están estos personajes, el contrapunto cómico a la pareja de enamorados sufridores protagonistas de La tabernera del puerto.

El Abel de Klara Mendizabal lució desenvoltura escénica, pero a la hora de cantar le faltaba un poco de volumen. Por lo demás, fue un interesante Abel (mucho mejor que el de la grabación discográfica de Kraus, desde luego), con un timbre que se asociaba sin problemas al del muchacho enamoradizo.

El veterano Carlos London interpretó a Simpson. La voz no es ya todo lo fresca que sería de desear, especialmente en los agudos, pero su timbre oscuro y sus tablas escénicas nos permitieron disfrutar de un buen Simpson que sacó adelante con solvencia su bellísima romanza “La luna es blanca, muy blanca”.

Como Juan de Eguía contamos con el vozarrón de Alberto Arrabal. Su mayor problema es precisamente controlar ese vozarrón de gran volumen. En la pasada Marina me dejó con la sensación de que necesita calentar para poder controlar bien el torrente vocal, pero en La tabernera del puerto empieza ya con la habanera “Bajo otros soles” en la que se requiere un canto más bien delicado, y… pues lo consiguió, sin duda. Magnífico en la habanera (ya como gusto personal, prefiero el agudo final en pianisimo frente al forte en el que lo dio), sin problemas en su romanza del segundo acto (salvo algún agudo no del todo bien emitido en la improvisación final), estuvo de nuevo contenido en el dúo con Marola del final del segundo acto. Escénicamente da el pego a la perfección. Pero la prueba de fuego llega en el tercer acto: en La tabernera del puerto hay un momento clave en el que tienen que emocionarte, porque sino puedes salir totalmente indiferente, y ese es el monólogo de Juan del 3º acto. Y no diré que Arrabal me hiciera llorar… pero casi. Esa forma de decir “Los ojos de Juan de Eguía ya saben lo que es llorar” y todo lo que sigue fue escalofriante. Si no braveé al final del monólogo fue por vergüenza, no por falta de ganas. Magnífico, sin más.

Como Leandro contamos de nuevo con Igor Peral. Ya comenté las veces anteriores que le he escuchado que su emisión me preocupa un poco (he mencionado que suena un poco engolado… no sé si es la definición correcta, más bien es que en la zona central parece que no consigue emitir su voz del todo bien, como si se la comiera un poco), pero la mejoría que he observado esta vez ha sido considerable. El centro suena mejor, más liberado, pero es que el agudo… todavía me pitan los oídos de los pepinazos que soltó en ese magnífico “No puede ser”… ¡Qué squillo, por favor! Y para compensar, el fraseo en la parte central de la romanza en ese “Los ojos que lloran no saben mentir” fue igualmente magnífico. Una magnífica interpretación del Leandro que me hace esperar poder volver a escucharle en algún papel de peso (y no de comprimario, como en alguna otra ocasión), que seguro que bordará.

Tardé un poco en acostumbrarme a la Marola, la tabernera del puerto, de Miren Urbieta-Vega: no es que cantara mal, no es que no tuviera las notas del papel ni que fuera mala actriz, es que su timbre me resultaba un tanto demasiado oscuro para lo que estoy acostumbrado en este papel. Se hizo oír sin problemas sobre el coro femenino en el final del primer acto, mostrando desenvoltura escénica, superó sin dificultades las coloraturas de “En un país de fábula” y destacó en el final del segundo acto. Pero donde ya me convenció del todo, ya acostumbrado al color de su voz, fue en el dúo con Leandro del 3º acto, quizá lo mejor de toda la función. Y es que, pese a no tener esa voz de tiple tan asociada a la zarzuela, al final demostró ser una gran Marola que fue evidente que gustó al público.

Comenzaba la crónica hablando del distinto criterio que tengo a la hora de escribir una crónica en función de los medios. Pues bien, la función de ayer de La tabernera del puerto no tendría los mejores medios imaginables, pero su nivel estuvo desde luego muy por encima de lo que a priori se esperaría, sin desmerecer de un teatro de más prestigio que nuestro Victoria Eugenia. Una función para disfrutar como un enano y perfecta para recordar a nuestro paisano Sorozabal en un año tan especial, cosa que debemos agradecer a Sasibil. Ahora no estaría mal terminar el año con algo de Usandizaga, para rematar…



Crónica: La tabernera del puerto de Sasibil en Lasarte (09-04-2016)


La Asociación Lírica “Sasibil” es una asociación donostiarra cuyo fin es promover la zarzuela tanto en la propia Donostia como en otros lugares en los que han hecho representaciones de zarzuela. Hasta la fecha, yo había estado sólo en una representación hecha por Sasibil, una “Luisa Fernanda” en el Teatro Victoria Eugenia de la capital gipuzkoana. Teniendo en cuenta los medios y el nivel de la agrupación, la recuerdo como una experiencia satisfactoria (recuerdo que me emocioné con el “Subir, subir y luego caer” de Andeka Gorrotxategi; aunque sólo fuera por eso, ya merecía la pena haber ido). Por eso tenía tantas ganas de poder disfrutar de La tabernera del puerto (la segunda vez que vería en vivo esta zarzuela), aunque en un lugar tan extraño como la Manuel Lekuona Kultur-etxea (casa de cultura en euskera) de Lasarte-Oria, localidad de 18.000 habitantes vecina de Donostia. Los precios de las entradas eran razonables y tampoco me pillaba lejos, así que no me lo iba a perder.




La primera sorpresa: claro, no hay foso para la orquesta, así que ésta se situaba justo delante de la primera fila en el espacio que quedaba hasta el escenario. Obviamente, ahí no entraba una orquesta sinfónica. Y como el anfiteatro no está inclinado, pues aunque estuvieras en las filas de atrás, estabas a la misma altura que la orquesta y el director. Y sí, el director tapaba un poquito la vista del escenario, por momentos, sobre todo para los que estábamos en las localidades más centradas. Pero bueno, males menores.

El lugar no permite escenografías complicadas, pero las resolvieron bien: en los laterales del escenario, la taberna por un lado y el Café del vapor por el otro; en medio, una plaza con unas escaleras detrás y el dibujo de unos mástiles de fondo. Perfecta para el primer acto y para el segundo cuadro del tercero. En el segundo acto se llena la plaza de mesas y bueno, como apaño vale para que parezca la taberna. Lo complicado era el primer cuadro del tercer acto, que transcurre en el mar; pues bien, se abrió el telón solamente hasta la mitad, dejando ver el lugar que ocupa la plaza, con una txalupa en primer plano y sin iluminar el fondo. Con la tormenta, los intérpretes agitaban barca y mástil, y ya tenemos tormenta. Un tanto rudimentario, vale, pero bien resuelto, y más en vista de las obvias limitaciones técnicas y de espacio. Con un poco de imaginación se puede conseguir sacar adelante cualquier reto, desde luego. No queda más que felicitar a la asociación por la eficacia de la escenografía en un escenario a priori nada propicio.

La orquesta propia de Sasibil, modestita en su tamaño, fue dirigida por Arkaitz Mendoza. ¡Bravo por él! Sonó maravillosamente (salvando algún desafine de una trompeta, me parece), consiguió no tapar a los cantantes (y era difícil conseguirlo en un lugar así) y consiguió unos crescendos al final de los actos escalofriantes. Los desajustes con los cantantes parece que se debieron a la imposibilidad de realizar ensayos, y tampoco fueron muy serios. Y es que en los pasajes orquestales sonaron tan bien…

El coro, también propio de Sasibil, cumplió con solvencia (se ve que están acostumbrados al repertorio), aunque la sección masculina me pareció un pelín escasa de miembros; unos pocos marineros más no habrían sobrado. Muy bien no sólo en las escenas corales, sino también en los acompañamientos de los solistas a boca cerrada (en el “En un país de fábula” y en el “La luna es blanca, muy blanca”).

Y vamos ya con los solistas. Antes de nada, decir que, al no haber programa de mano, tendría problemas para saber quiénes fueron los intérpretes (se dijo en voz alta sus nombres antes de la función, pero como para ponerse a apuntarlos…), de no ser porque el tenor Igor Peral ha puesto el reparto (aunque falten los comprimarios) en el Facebook. Así que gracias a él puedo hacer la crónica.

La pareja cómica de Chinchorro y Antigua la interpretaban Josean García y Ana Miranda. Él es el fundador de Sasibil, y se le notaba muy cómodo en su parte, tanto en lo actoral como cantando. Ana Miranda era también una cómica genial, aunque en la parte vocal fuera un poco desajustada de ritmo. Pero claro, en estos personajes no importa tanto cómo cantan sino su vis cómica, su talento como actores, y además son dos borrachos, que como si tienen una voz cazallera, no pasa nada. Sacaron las carcajadas del público, que es lo que tienen que hacer.

ENORME Iker Casares como Ripalda. Y digo enorme porque es un papelito de nada, pero es que él lo hizo destacar. Perfecto como actor, cantó además perfectamente el trío cómico del segundo acto. En serio, muy bien.

Izaskun Kintana se hizo cargo de la parte del muchacho Abel. Su pequeña estatura ayudaba a colar como chavalín (aunque una gorra no le habría venido mal). De nuevo, muy bien como actriz y como cantante. Uno de los momentos más cómicos de la noche lo protagonizaron ella e Iker Casares cuando, al final del trío cómico, van a darle un besito en la mejilla a Marola, cada uno por un lado, y ella hace la cobra y terminan dándose un pico… es lo que tiene la zarzuela, que gags de esos ayudan mucho a sacar adelante la función.

Simpson, un personaje que siempre funciona muy bien, lo cantó Jesús Lumbreras. Leo por ahí que es barítono; por tesitura Simpson tampoco es tan grave como para darle problemas, es más un tema de timbre: el de Simpson tiene que ser un timbre oscuro. Y el de Lumbreras ayer lo fue. Sacó adelante sin problemas su maravillosa romanza “La luna es blanca, muy blanca” y sus participaciones en la habanera del primer acto. Y además, su personaje es el hilo conductor de la zarzuela, y lo sacó adelante con talento interpretativo.

Siguiendo el orden en el que salieron a saludar (que no es el orden que yo seguiría, pero bueno), pasamos a Leandro, que lo interpretaba Igor Peral. Su nombre me sonaba, pero no sabía de qué… acabo de enterarme que fue el Gastone de La Traviata donostiarra de la que escribí crónica hace dos meses. Entonces dije que “me sonaba engolado, pero bien resuelto”. Pero claro, no es lo mismo el Gastone verdiano, cortito, muy central, que este Leandro, con muchos más graves y agudos. Al margen de que escénicamente quedaba perfecto como Leandro, sus primeras frases cantadas (en el dúo con Marola… “Todos lo saben, es imposible disimular) mis impresiones fueron similares: canta bien, pero suena algo engolado. Los graves no parecen ser su mejor baza (y las primeras frases del dúo del 3º acto son peliagudas por esa zona), pero en cuanto sube al agudo, parece que la voz se libera y suena mucho mejor. Su “No puede ser” fue muy aplaudido (claro que si subo yo a cantarlo estando afónico también me aplauden… ese público que va sólo a la zarzuela al final aplaude los pasajes que conoce, al margen de que hayan estado bien o mal cantados). Merecidamente, he de decir. No lo voy a comparar con el de Javier Camarena que escuché dos días antes (no tiene sentido); se enfrentó con valentía a los agudos y en la parte central de la romanza se esforzó por matizar, por apianar. No voy a decir que me emocionara; eso ya lo había hecho (junto a Marola, los dos) en el dúo del primer acto, que desde el “Marinero, vete a la mar” fue quizá lo mejor de toda la noche. Ahí ambos estuvieron perfectos, y las voces empastaban muy bien. Y con lo que me gusta a mí ese dúo, pues disfruté como un enano. Es además un tío muy majete, por cierto.

El papelón de Juan de Eguía lo cantó Alberto Arrabal. Vozarrón, simplemente. Incluso se sacó algunos agudos de la chistera tanto en la habanera como en su romanza del segundo acto. La faceta extrovertida, fanfarrona, le pegaba muy bien tanto a su interpretación como a su canto (por momentos se diría que el papel le iba pequeño). Incluso matizar un poquito más en la habanera no habría quedado mal. En la romanza del segundo acto se le vio comodísimo, y muy bien también en el final del segundo acto. Pero, curiosamente, lo mejor fue su romanza del tercer acto, donde tuvo que contenerse más pero que resultó muy emotiva: en esa romanza hay que emocionar (que nuestros ojos, igual que los de Juan de Eguía, sepan lo que es llorar), y él lo hizo.

Y termino con Marola, cantada por Ruth Terán. Ya desde el dúo del primer acto dije: su “En un país de fábula” va a ser fabuloso. Y lo fue. Sin problemas de tesitura, con el volumen suficiente para hacerse oír (aunque en los dúos con Leandro tenía que esforzarse más por hacerse oír, sin conseguirlo siempre), físicamente perfecta (ya sabemos que el físico en la ópera y zarzuela no debería importar, pero es que una Marola fea o entradita en años como que no pega ni con cola), con una voz bellísima y muy buen gusto… Lástima que su romanza no fuera demasiado aplaudida (será que no es tan conocida como las otras…). Ella redondeó un cuarteto protagonista, en mi opinión, impecable. Demasiado lujo desde luego para un lugar como Lasarte: en Viena, o hasta en Madrid, podríamos pedir más; aquí nos esperaríamos mucho menos, algo casi mediocre para llenar el cupo, y no fue así ni de lejos.

Un buen tirón de orejas para el público, por cierto, Al margen de las toses, los móviles y demás cosas habituales, hubo encima tarareos y, peor aún, cotorreos; por un momento, creo que en el tercer acto, parecía que estuviéramos en un bar de los “murmullos” que se oían; hasta en el cine hay más silencio. tenía detrás mío a dos hombres que estaban todo el rato silenciando a unas abuelas ultra-ruidosas al lado suyo, y cuando comienza la orquesta con el preludio del tercer acto (que mira que es bonita), le hacen callar a una, y ella protesta: “Pero si todavía no ha empezado”. ¡Estuve a punto de girarme y comérmela! Y los aplausos antes de tiempo, sobre todo en la romanza de Juan del tercer acto, que él todavía no había terminado su último “Piedad” y ya todo el mundo aplaudiendo… lo que nos va a costar educar al público… a mí lo que me va a costar es una úlcera, al paso que vamos.

Esta La tabernera del puerto se va a representar en algún pueblo gipuzkoano más a finales de año, pero espero algo más: siendo este 2016 Donostia la capital europea de la cultura, siendo Sorozabal, junto con Usandizaga, su más notable compositor, siendo esta Tabernera, en mi opinión, su obra maestra, y en un año en el que acabamos de celebrar el 80 aniversario de su estreno, sería de cajón que se represente también en la capital gipuzkoana. No desaprovechemos la ocasión, por favor.



Crónica: La Traviata de Opus Lirica en Donostia


Lejos quedan aquellos años en los que en Donostia se podía disfrutar de temporadas de ópera estables y de calidad, como aquella vez en 1959 en la que en el Victoria Eugenia se representó un Elissir d’amore en el que el Nemorino lo cantaba (por primera vez en su carrera) el gran Carlo Bergonzi. A día de hoy nos suena a un sueño, ya que fuera de la quincena musical es prácticamente imposible ver ópera en nuestra ciudad. Por eso hay que valorar tanto los esfuerzos que está haciendo Opus Lirica para devolver la ópera a Donostia, y a la vista de los resultados de esta “La Traviata” (lleno absoluto del Kursaal, con sus casi 1800 plazas, el viernes, el día que fui yo, y por lo visto resultados similares en la segunda función, el domingo) se podría esperar que esta triste situación cambie.




Lo cierto es que, pese a que tiene ya unos poquitos años de existencia (he estado en dos producciones suyas, aquel Elissir d’amore en el que había más butacas libres que ocupadas y un Rigoletto), todavía se nota que hay muchas cosas que mejorar. Los subtitulados fueron bastante desastrosos, conseguir un programa de mano era misión imposible… incluso el telón comenzó a cerrarse cuando el elenco estaba todavía saludando. Se necesita tiempo y rodaje para ir mejorando estos aspectos y dar una mejor imagen. Pero no hay que olvidar que tampoco tienen muchos medios, por lo que esta La Traviata resultó satisfactoria, aunque por momentos dejaba un sabor de “hay más buenas intenciones que medios para conseguirlo”.

Lo primero, dejo un enlace con el reparto de las funciones.

Pese a la juventud de la asociación, cuenta ya con orquesta y coro propios. El coro (que dirige Jagoba Fadrique, quien además interpretaba al Dottore Grenvil) sonó para mi sorpresa más que correctamente (salvo quizá en el carnaval del 3º acto, que es complicadito). En el caso de la orquesta se notó un poco ese quiero y no puedo por parte de las buenas intenciones del director, Andrea Albertin, quien se esforzó por sacar matices e incluso algún interesante rubato en el preludio, aunque la orquesta no siempre respondía del todo bien. En todo caso, pese a los ritmos para mi gusto demasiado rápidos (tanto en el preludio como en el aria del barítono, por ejemplo), cumplieron con su cometido y pudimos escuchar una La Traviata perfectamente reconocible en todo momento.

Sobre los comprimarios, empiezo por ellos. No me gustó nada el Marquis d’Obigny de Iosu Yeregui; bueno, en realidad no me gustó su voz, directamente. Mejor el Douphol de Rubén Ramada, aunque la emisión era también mejorable. El Gastone de Igor Peral me sonaba un poco engolado, pero bien resuelto. Y sobre el Grenvil de Jagoba Fadrique, sólo ponerle un pero: Grevil es bajo, y Fadrique es barítono; el timbre no pegaba. Pero tanto vocal como interpretativamente fue muy satisfactorio.

Sobre ellas, muy bien tanto la Flora de Ainhoa Zubillaga (se notaba una voz lo suficientemente rotunda como para pedir un papel de más enjundia) como la Annina de Haizea Muñoz. Un acierto en ambos casos, en mi opinión.

Como Giorgio Germont a priori parecía un lujazo contar con el casi mítico barítono italiano Paolo Gavanelli. Pero ni en sus buenos años Gavanelli fue realmente un gran barítono (otra cosa es que en esos años no hubiera mucha competencia), y además esos buenos años ya se fueron. No hay duda de su presencia escénica, de la proyección de su voz o de su saber hacer. El problema es que su voz no sonaba muy bien cuando cantaba en forte, y al irse a los extremos, sobre todo a un agudo ya casi inexistente, salían los “ladridos”. Cuando apianaba su voz sonaba mucho mejor, y creo que él mismo era consciente de ello, porque apianó frases que quizá debiera haber cantando con más potencia. Por lo demás, la dirección escénica hizo su Germont un tanto demasiado fiero para mi gusto.

Alfredo Germont lo cantaba el joven tenor italiano Matteo Mezzaro. Y lo suyo fue lo opuesto a Gavanelli: la voz sonaba fresca, bella, sin problemas de tesitura (pese a no irse al sobreagudo al final de la caballetta, que al igual que en el caso de la del barítono, no fue repetida, cosa que me parece imperdonable), pero que tiene que madurar. Su canto era un tanto monótono, siempre tendiendo al forte, con pocos pianísimos (salvo en algunos momentos del “Parigi, o cara”, por ejemplo). Y sobre su proyección, la prueba de fuego: pese a que su voz sonó potente en todo momento, en el concertante del final del segundo acto (mi escena favorita de la ópera), con todo el coro cantando, se oía perfectamente a Ainhoa Garmendia y a Paolo Gavanelli, pero no a Mezzaro. Ahí su voz desaparecía. Pero bueno, ya tendrá tiempo de madurar, y por lo menos su Alfredo resultó creíble.

El papel protagonista, Violetta Valery, La Traviata (en realidad la strabiata, la perdida) lo interpretó Ainhoa Garmendia. Mi valoración global de su trabajo es un 9. No llega al 10 por algunos agudos mal colocados en el “Un dì, felice, eterea”, por lo apuradísimo de su Mib sobreagudo al final de la caballetta del 1º acto y por el poco volumen con el que sonó su “Amami, Alfredo”. A cambio de esas menudencias, nos regaló momentos de una enorme belleza, como el “Dite alla giovine” o su segunda aria, “Addio del passato” (un aria que conste que me aburre bastante) con un canto en piano y un buen gusto que se agradecieron enormemente. Las anteriores veces que la he visto en directo (Susanna en Le nozze di Figaro y Amina en L’elissir d’amore) fueron en papeles de soprano más bien ligera, pero en esta La Traviata he visto a una soprano más bien lírica (aunque de voz más bien pequeña) que, sinceramente, me apetece escuchar en papeles como Mimì o, sobre todo, Liù. Algo me dice que tiene que ser una experiencia casi mágica…

La escenografía fue sencilla, teniendo en cuenta las enormes limitaciones de espacio del Kursaal, pero efectiva. En la escena en casa de Flora se incluyó un pequeño ballet con las gitanas y los toreros que no sé si tenía mucho sentido, pero que tampoco estorbaba.

La verdad es que, pese a mis reticencias previas, disfruté como un enano (por algo La Traviata es mi ópera verdiana favorita). El público respondió con prolongados aplausos y bravos, dejando claro que el resultado era satisfactorio para la variopinta audiencia (desde franceses hasta no pocos jóvenes, cosa rara de ver pero que se agradece mucho). Yo desde luego vi futuro para la ópera en Donostia, y si el resultado resulta tan satisfactorio como este, será además un placer acompañar a los miembros de Opus Lirica en su titánica lucha por devolvernos la ópera en Donostia.