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Crónica: Werther de la Asociación Lírica Luis Mariano (24-03-2019)

El “Werther” de Jules Massenet, como creo que ya he mencionado en alguna ocasión, es tras “La Boheme” de Puccini mi ópera favorita. Lo que tiene sus pros y sus contras a la hora de verla escenificada: me va a gustar, obviamente, pero también voy a ser especialmente exigente, tanto en el aspecto vocal como en el interpretativo. 

“Werther” (cuyo argumento ya repasamos en este post) tiene un papel protagonista de grandes dificultades vocales para un tenor lírico con suficiente potencia para hacerse oír por encima de una inclemente orquesta, que necesita un enorme buen gusto en el fraseo y de una considerable capacidad dramática para resultar creíble en un papel tan complejo, además de llevar sobre sus espaldas casi toda la ópera (canta casi todo el rato, excepto en el comienzo del tercer acto), mientras que su amada Charlotte requiere una mezzo de timbre agradable y también grandes capacidades dramáticas para sacar adelante su gran escena del tercer acto. Además, el tratamiento orquestal es muy cuidado y complejo. Es por tanto un reto importante para una asociación lírica tan modesta como la “Luis Mariano de Irun; modesta, deduzco, a nivel económico, pero desde luego indiscutiblemente modesta a nivel técnico, al representar casi todas sus producciones en un lugar tan poco adecuado como el Centro Cultural Amaya, carente de foso, con poco espacio para la orquesta, escenario pequeño y demasiado próximo a las butacas. En estas circunstancias se podía intuir un desastre… pero, una vez más, la asociación irundarra se superó con un resultado satisfactorio. 

Antes de comentar la función dejamos, como siempre un enlace de la producción. 

La producción escénica fue sencilla (no hay posibilidades de más) pero visualmente hermosa y acorde con el libreto. Unas telas en las paredes cambiaban las diferentes ambientaciones, desde la casa de Le Bailly hasta el cuarto de Werther, pasando por es plaza frente a la iglesia y el salón de la casa de Albert y Charlotte. Pocos elementos de atrezzo, pero siempre adecuados (y en la mayoría de los casos, exigidos por el libreto) remataban las ambientaciones: la fuente y los juguetes del primer acto, la mesa de taberna y la cruz del segundo, el clavecín y el escritorio del tercero o la cama de Werther del cuarto. La dirección escénica de François Ithurbide siguió igualmente las indicaciones del libreto, consiguiendo que la ópera resultara creíble en todo momento (algo que no es tan fácil en un momento en el que el pasional romanticismo de la obra se antoja excesivo para la mayor parte del público, aunque no sea mi caso). 

El mayor punto negro de la noche llegó por parte de la orquesta de la asociación. Hay que señalar, para comenzar, que las reducidas dimensiones del lugar no permiten emplear una orquesta que se acerque ni remotamente a las dimensiones que exige la partitura, al margen de su peculiar distribución en dos filas, con cuerdas a la izquierda del director y vientos y percusión a la derecha, creando ya de por sí desequilibrios auditivos. La dirección de Aldo Salvagno sonó por momentos algo lenta, y por las condiciones del auditorio se hizo notar demasiado en ciertos momentos. Las dimensiones reducidas de la sección de cuerda quedaron manifiestas ya desde la obertura, absolutamente falta del dramatismo que requiere. La sección de cuerda fue probablemente la que quedó más en evidencia a lo largo de la noche, en especial las agudas, con un sonido en exceso metálico y con notables desafinaciones en el preludio del tercer acto. Las graves consiguieron un resultado más solvente en el acompañamiento del “Pourquoi me reveiller”. 

La obra carece de coro, pero requiere de un grupo de niños para hacerse cargo de los papeles de los hermanos pequeños de Charlotte y Sophie. Y ya se sabe que trabajar con niños suele suponer desafinaciones, que desde luego las hubo, además de una cierta falta de volumen quizá debida al pánico escénico, aunque si fue así, no se notó en su desenvoltura en el escenario a nivel interpretativo. En general, el villancico salió mejor que las demás intervenciones.

François Ithurbide, además de su labor como director de escena, se hizo cargo del personaje de Le Bailly, tirando más de tablas que de canto, aunque en un personaje de sus dimensiones y con su línea vocal tampoco hay que pedir un gran virtuosismo. Resultó eficaz, en especial en su escena con Sophie. 

Muy bien la pareja cómica formada por Iker Casares y Darío Maya como Schmidt y Johann. Aunque quizá exagerados en la faceta más grotesca de los personajes (demasiado borrachos), el canto resultó impecable en ambos casos. 

Muy acertada la Sophie de Nuaria garcía-Arrés, que supo transmitir la juventud e inocencia del personaje no sólo en el escenario, sino también a nivel vocal, con unos agudos emitidos con sumo gusto, evitando los “cañonazos” y cuidando con ello la línea de canto. Supo ser un buen contrapunto a la Mezzo en la gran escena del tercer acto. 

Maurizio Leoni firmó un Albert vocalmente contundente, no carente de una cierta delicadeza al comienzo, pero destacando más en los momentos más dramáticos, en especial al final del tercer acto, con un Albert autoritario, lejos del idealismo demostrado al comienzo de la obra. 

Maria Ermolaeva fue una impactante Charlotte a nivel vocal y dramático. Con un timbre bello, ligeramente oscuro pero que conseguía transmitir la juventud del personaje, aprovechó los momentos más líricos de la partitura, si bien donde realmente destacó fue en las partes más dramáticas, como su tercer monólogo del tercer acto, el posterior dúo con Werther y el dúo final, cuando vimos a una Charlolle sufridora, desesperada, siempre creíble en su papel y con una voz muy adecuada sin duda. Su interpretación en esos momentos llegaba a ser electrizante. 

El papel protagonista de Werther estuvo a cargo de Ángel Pazos, a quien no escuchaba desde aquella lejana Boheme en el mismo lugar, por lo que no sabía con lo que me iba a encontrar. Ya al comienzo se anunció que tenía problemas vocales, con lo que los miedos se acrecientan. Y comenzó el primer acto vocalmente solvente, aunque resultando bastante aburrido su “O nature” con menos matices de los deseables. Mejorando durante el resto del primer acto, en el segundo, si bien los problemas vocales hicieron acto de presencia en algún momento (el dúo con Albert, si la memoria no me falla), su fraseo y sus matices despegaron para regalarnos un Werther creíble, quizá con una desesperación un tanto extrovertida de más, pero en todo caso siempre emocionante. En el punto culminante de la ópera el “Lorsque l’enfant”, el Si3 del “appele-moi” le llevó al límite de su voz, pero en todo caso estuvo bien resuelto, agradeciéndose en todo momento el ataque directo a los agudos, sin portamentos y sin engrosar el sonido, con una línea de canto depurada. Emotivo en el tercer acto, supo además morirse en el cuarto, destacando esos minutos finales de su larga agonía. Fue desde luego un Werther completo a nivel vocal e interpretativo, lo que no es nada fácil en este papel. 

¿Cómo se mide el éxito de una función? Difícil pregunta. Yo voy a dar mi respuesta particular. Después de una semana complicada, de nervios y preocupaciones, vas a un concierto (a una ópera en este caso) para desconectar, pero pocas veces lo consigues, porque es imprescindible que lo que sucede en escena te atrape: te tienes que meter en la acción, te tienes que sentir identificado con los personajes. Eso puede parecer fácil si te sientes identificado de por sí con el personaje (y es que en el fondo tengo una forma de ser bastante similar a Werther), pero si la visión que se ofrece de los personajes, bien a nivel interpretativo, bien a nivel vocal, no está a la altura, es si cabe más fácil desconectar y evitar el suplicio de ver cómo estropean “tu” obra. Pues bien, mi mente ayer apenas se iba del escenario, porque la función consiguió atraparme de principio a fin. Por mi parte, por tanto, sólo me queda decir que fue un éxito.

Demasiados huecos en el auditorio. Parece que el público necesita títulos demasiado conocidos y no se animan a descubrir joyas como este “Werther” de Massenet, a la que quizá le falte tener un título más sonado (porque al final, si hablamos de pasajes conocidos, ese “Pourquoi me reveiller” lo hemos oído centenares de veces). La respuesta del público fue favorable, aunque se echó de menos unos aplausos tras el aria de las cartas de Charlotte (que los mereció). Y para quienes no se animaran a ir porque el título no les resultaba familiar, pues sólo me queda decir: ellos se lo pierden. 

Crónica: El Caserío de Sasibil (13-09-2018)


No hay duda de que “El Caserío”, la más famosa de las zarzuelas del alavés Jesús Guridi, es una de las favoritas del público donostiarra, por lo que era una apuesta segura para la Asociación Lírica “Sasibil” incluirla entre los dos títulos que representa en esta semana especial de zarzuela en la capital gipuzkoana. Pocas veces he visto el Teatro Victoria Eugenia tan lleno de público como ayer, si acaso alguna vez anterior.




Ahora la cuestión era que musicalmente los resultados estuvieran a la altura de la acogida del público. Es sabido que, en un título que por sí sólo va a atraer a un público dispuesto a disfrutar, se puede bajar el nivel musical sin que suponga un fracaso de público. Es decir, estos casos son los ideales para “bajar la guardia”. Pues bien, este no fue ni de lejos el caso de estas funciones de “El Caserío”, que han gozado de un nivel musical de enorme nivel.

Antes de comentar la función, dejo como siempre un enlace de la producción.

Ya conocemos como son las producciones de Sasibil: paneles laterales y de fondo (en esta ocasión incluso con una proyección en el tercer acto para simular la lluvia) y algunos elementos de atrezzo. Escenografía tradicional y simple, pero hay que recordar que el escenario del Victoria Eugenia no da para más, y resulta siempre efectiva.

La dirección escénica de Josean García fue, como siempre, hilarante. Ya sabemos que el fundador de Sasibil domina el mundo de la zarzuela, y sabe sacar toda la chispa cómica que suelen tener estas obras, y más en una tan cercana, con el juego de estereotipos vascos, el uso de palabras en euskera y similares. La colaboración de solistas y actores a este respecto fue fundamental, y en este sentido todo fue sobre ruedas. Los varios actores (Ana Miranda como Eustasia, Ekaitz González de Urretxu como Manu, Miguel Ángel Jiménez como Don Leoncio e Iñaki Álvarez como el Secretario) estuvieron magníficos en su labor, siempre cómica. Habría que destacar igualmente de forma positiva la labor de los 8 bailarines de la Eskola Dantza Taldea en sus bailes vascos del segundo acto.

La orquesta de Sasibil brilló a muy alto nivel bajo la dirección de un Arkaitz Mendoza en estado de gracia, dirigiendo con gestos enérgicos que denotaban su entusiasmo ante la partitura que tenía por delante. Y consiguió lo que se requiere en estos casos: pasar desapercibido durante los momentos vocales, acompañando con precisión a los solistas sin taparlos, pero brillando en los momentos orquestales. A este respecto, subrayar el magnífico preludio del segundo acto, realmente brillante, con una orquesta respondiendo a un nivel que me sorprendió (para bien, obviamente). No hubo errores, ni desequilibrios tímbricos, pese al más bien reducido número de músicos en el foso, que tampoco da para más.

El coro de Sasibil estuvo correcto, aunque con una marcada tendencia a cantar siempre en forte. Les falta una mayor sutileza, aunque superaron todas su participaciones sin errores llamativos. Es en todo caso, el aspecto en el que Sasibil más tendría que trabajar para igualar el nivel del coro con el del resto de participantes del espectáculo.

Vamos ya con los 5 solistas.

Klara Mendizabal fue una hilarante Inocencia, genial como actriz, y perfecta en su única intervención cantada en su dúo con Txomin del 3º acto. Demostró que un papel cómico no está reñido con un buen canto, como ha sido tan habitual en la zarzuela.

Lo mismo se puede decir del Chomin de Iker Casares, todo un animal escénico, que además resuelve con absoluta solvencia todas sus intervenciones cantadas, sin recurrir a bufonadas para disimular técnicas mediocres, ya que no tiene nada que disimular.

Uno ve a Igor Peral y lo asocia automáticamente con José Miguel, el Txikito de Arrigorri. Igualmente gran actor, su voz pide papeles de mayor enjundia. Su sensibilidad en su romanza “Yo no sé qué veo en Ana Mari” contrasta con el arrojo en el duelo de bertsolaris o en la escena final, con agudos potentes y bien proyectados, aunque quizá su mejor momento fuera el dúo del primer acto con Ana Mari, donde ambos estuvieron realmente brillantes (se me ponía la carne de gallina por momentos escuchándolo).

Ya sabemos que Miren Urbieta-Vega es una cantante de muy alto nivel, y no encuentra en Ana Mari momentos para lucirse como ella puede. Su romanza “En la cumbre del monte” fue correcta, desde luego, pero en exceso breve. Supo sacar partido, eso sí, de sus dúos con José Miguel en el primer acto, y con Santi en el segundo, espléndida en ambos. Como actriz se le vio más incómoda, con algún atropello en los recitados. Pero es una voz a tener en cuenta, y un lujo su presencia en este “El caserío”.

Por último, Gerardo Bullón fue un Santi al que sólo cabría reprochar que es demasiado joven para el papel, y escénicamente se nota. Es igualmente un magnífico actor, aunque su papel no da tanto juego cómico como otros, pero si por algo destaca es por una voz noble, potente, de timbre bello y en general sin problemas de tesitura, excepto en algún agudo algo problemático. Magnífico en su romanza “Sasibil, mi caserío”, no fue menos su ya citado dúo con Ana Mari y una magnífica escena final.

No queda otra que felicitar a Sasibil por su éxito. No por su éxito de público (evidente) o por su éxito económico (que eso lo desconozco), sino por su éxito artístico, al regalarnos una función de zarzuela de muy alto nivel, con cantantes, sospecho, infrautilizados. Yo, que siempre tiraré a la ópera (aunque la zarzuela me encante igualmente), veo el equipo de esta producción perfecto para una representación de “L’amico Fritz” de Mascagni que seguiría teniendo el mismo alto nivel que es el que uno espera que debería tener nuestra ciudad.



Crónica: Aida de la Asociación Luis Mariano en Irun (17-03-2018)


He de confesar que acudía a esta “Aida” de Verdi que programaba la irunesa Asociación Luis Mariano con un cierto miedo. En parte, miedo como me ocurre siempre que llevo a alguien a la ópera, en este caso a mi amigo Yoel, de 15 años, porque nunca sabes si la cosa va a funcionar o si se va a aburrir. Pero, sobre todo, con miedo por lo que podría pasar esa noche con una ópera de las dimensiones de “Aida”.




Hacía ya 10 años que no veía “Aida” en directo, desde aquella función en el Liceu de Barcelona, cuando apenas había tenido ocasión de ver muchas óperas en vivo. Pero las posibilidades, tanto a nivel económico, como a nivel técnico, que tiene el teatro catalán no las tiene la asociación irunesa, que en vista de la imposibilidad, tanto a nivel escénico como por limitaciones de espacio para la orquesta, de representar la ópera en su plaza habitual, el Centro Cultural Amaya, se trasladaba al Recinto Ferial Ficoba. Un lugar que no está en absoluto pensado para la representación operística. La representación tenía lugar en una enorme nave en la que se habían instalado 1.700 sillas de plástico de playa, lo que nos permite hacernos una idea del tamaño de la nave. 1.700 butacas que, por cierto, estaban completas: ya casi una semana antes de la función las entradas estaban agotadas (y yo me quedé sin entradas, así que desde aquí dar las gracias a quienes me consiguieron esas dos entradas), cuando en otras ocasiones, en las óperas representadas en el Amaya, con sus 600 localidades, en 2 funciones (1.200 localidades en total) suelen quedar numerosos huecos libres. Por esta parte la producción de Aida ya fue un éxito.

El pabellón permitía un escenario de mayor tamaño que el del Amaya y mayor espacio para la orquesta (aunque aún así todavía hubiera sido deseable una orquesta con más instrumentistas, en especial en la sección de cuerdas), pero también tenía que hacer frente a numerosos problemas. En primer lugar, la incomodidad de las sillas, que hacían difícil aguantar las dos horas y media de música sentados. Por otro lado, las enormes dimensiones de la sala, no sólo en planta sino también en alzado, afectaban terriblemente a la acústica, y había que hacer frente a ruidos que en un teatro al uso no existirían, desde el aire acondicionado hasta las gotas de lluvia sobre el tejado, que molestaban a la audición (a parte de las ventanas laterales por las que entraban los últimos rayos del sol crepuscular y, poco después, las de las farolas, los coches y el topo que pasaban a escasa distancia del recinto). Estos problemas acústicos se resolvieron, no sé si acertadamente (desde luego, ortodoxamente no) con el uso de micrófonos para los solistas, lo que trajo problemas técnicos al acoplarse en ocasiones los micrófonos de los solistas en los dúos o desequilibraba el balance de los coros al oírse demasiado las voces que estaban más próximas a los solistas.

Pero vamos a dejar ya de lado los aspectos técnicos para comentar la función, y, como siempre, antes de nada dejamos un enlace de la ficha artística.

Nos encontramos ante una co-producción de Irun con Cuneo y Neuchâtel, algo lógico en una ópera de la envergadura de “Aida”. Alfonso de Filippis y Robert Bouvier se hacían cargo de la dirección escénica, siguiendo en general las indicaciones del libreto, sin innovaciones ni atrevimientos, siempre correctos. No se especifica en el programa de mano quién se hacía cargo de la escenografía, que consistía en una escalinata con un panel en el centro de la parte superior que cambiaba según la escena, desde el pórtico de entrada a un templo egipcio hasta una esfinge que recordaba peligrosamente a la máscara funeraria de Tutankhamón. A los lados, 6 paneles (supongo que de forespán), dos de ellos con jeroglíficos y los otros cuatro con bajorelieves de divinidades egipcias como Anubis o un cabeza de halcón (¿Horus? ¿Ra? No me voy a mojar). Algunos elementos de atrezzo contribuían a cambiar las ambientaciones: un diván nos situaba en las estancias de Amneris del II acto, mientras un trono en el que esperaba la princesa egipcia nos situaba en la antecamara de la sala de juicio del cuarto acto. Especialmente bien resuelto el difícil cuadro final, el de la tumba, con sus dos niveles diferentes. Aquí se movieron cuatro de los paneles laterales, juntándolos en un lateral de la parte delantera del escenario simulando la puerta cerrada de la tumba, esa que Radamés intenta mover ante su inevitable destino, mientras Amneris ruega por su alma en la parte trasera del escenario, en el exterior de la tumba.

Aldo Savagno dirigió con corrección, aunque con unos tempi un tanto rápidos en general, a la Orquesta Luis Mariano, que respondió con corrección. Los metales, con su difícil parte, superaron en general la famosa marcha triunfal, donde los puntuales desafines fueron menos notables que durante el “Se quel guerrier io fossi”. Lo que más me sorprendió fue el molesto sonido que en ocasiones producían los violines, muy metálico, al que sólo le encuentro como posible explicación la acústica del local.

Correctos los ballets, destacando en especial por su belleza la danza de las sacerdotisas del II cuadro del primer acto.

Para la ocasión se reunieron 3 coros: el navarro “Premier Enemble” de AGAO, el Eskifaia abesbatza de la vecina Hondarribia y el propio coro de la Asociación Luis Mariano. Si el objetivo era conseguir un segundo acto espectacular e impactante, sin duda lo consiguieron. Las voces no siempre sonaban todo lo empastadas que sería de desear y se abusó del canto en forte, en ocasiones casi gritado, pero desde luego impactante fue. Quizá el momento mejor resuelto fue el coro de sacerdotes de la escena del juicio del cuarto acto.

De los comprimarios, Iker Casares cantó un correcto mensajero, al que sólo cabría reprochar un Sol agudo muy breve en “Sul barbaro invasore”. Correcta también la sacerdotisa de Maela Vergnes, aunque excesivamente presente gracias a la megafonía en un personaje que canta desde detrás del escenario (algo similar a lo que le sucedió a Ranfis en la escena del juicio, por cierto). Y correcto igualmente el Faraón de Antonio Marani, con la autoridad necesaria y sin apenas problemas de tesitura, salvo algún agudo un tanto discutible.

Ruben Amoretti se hacía cargo del ingrato papel del Sumo Sacerdote Ranfis, ingrato porque, si bien ha sido cantado por grandes figuras, en realidad carece de momentos de lucimiento, pese a no ser un papel en absoluto fácil, en especial en la zona grave de la tesitura. Amoretti luce una voz quizá en exceso tremolante, pero sin problemas en toda la tesitura, con la autoridad (y, por momentos, maldad) que requiere el personaje y que, pese a la distorsión que supone el uso de la megafonía, se antojaba sobrada de volumen.

Quizá la voz menos interesante fue la de Andrea Zese como Amonasro, con agudos a menudo blanquecinos y una considerable tendencia al canto en forte, faltándole delicadeza en la plegaria “Ma tu re, tu signore possente”. Mejor en general en el tercer acto, en el dúo con Aida, donde los acentos agresivos casaban mejor con su forma de cantar. Y al llegar a esa maravillosa frase (quizá la mejor de la ópera) que es el “Pensa che un popolo vinto, stracciato, per te soltanto risorger può”, consiguió resultar lo suficientemente emocionante pese a la emisión un tanto discutible.

Maria Ermolaeva, como Amneris, mostraba una voz de amplio registro, aunque de color muy desigual entre el grave y el agudo, pero ya es de agradecer conseguir una mezzo-soprano que no tenga problemas de tesitura en un papel tan terrible como el de la princesa egipcia. Supo desenvolverse con comodidad tanto en las escenas más íntimas como en los momentos más dramáticos, y solo un “Anatema su voi” final en exceso breve dejó un sabor ligeramente amargo, ya que con su voz era de esperar que lo hubiera alargado más y ya habría arrasado (aunque probablemente acusaba el cansancio que supone cantar un papel tan terrible).

Radamés es uno de los papeles de tenor spinto más terroríficos que uno pueda imaginar. Si no he contado mal, suma un total de 24 Sib en las dos horas y media de ópera, y canta constantemente por encima del Fa, algo agotador para cualquier tenor (parece que Verdi no se quedaba contento si no remataba con algún agudo cada una de sus frases…). Alberto Profeta tuvo numerosos fallos con la letra, algo que me resulta poco menos que incomprensible, y su canto es a menudo un tanto rudo, abusando del forte y con ataques al agudo no siempre del todo ortodoxos. Pero, a su favor, un registro agudo absolutamente limpio, con esos Sib brillantes y potentes, de timbre bellísimo, sin tener por ello problemas en la zona baja de la tesitura. Además, se atrevió a hacer el diminuendo al final del “Celeste Aida” y, lo que si cabe es todavía más de agradecer, cantó los tres Sib del “O terra, Addio” en pianísimo, evitando la tentación de soltar cañozanos impactantes pero estilísticamente atroces. Teniendo en cuenta la dificultad de encontrar un Radamés mínimamente solvente ya en teatros de primer nivel, Irun ha tenido mucha suerte contando con él.

Por último, el papel protagonista, la esclava etíope Aida, la cantaba Rossana Cardia. Ya he mencionado que la megafonía nos puede llevar a engaños, pero me quedé con la impresión de que la soprano no tiene la voz de soprano spinto que requiere Aida; sonaba más a una lírica ancha, por lo que le faltaba ese punto de empuje que requiere el papel en momentos como el “Ritorna vincitor” o en su enfrentamiento con Amneris. Por contra, le sacaba todo el partido a los momentos más líricos, destacando un bellísimo “O patria mia”, en el que sus agudos en pianísimo brillaron con luz propia. Algo similar ocurrió en el dúo final (que fue lo mejor de la noche), donde se le notaba más cómoda que el tenor en esos agudos en pianísimo.

Éxito de público y, teniendo en cuenta los medios, éxito musical, otro más,el que se anota la Asociación Lírica Luis Mariano. Esta vez el exceso de ambición les ha salido bien. Veremos lo que ocurre con la próxima “Turandot”, otra ópera que, de hacerse en el Amaya, va a tener serios problemas. Pero eso ya es cosa del futuro; por ahora disfrutemos del presente y felicitemos el trabajo bien hecho.



Crónica: “Bohemios” en Donostia (09-09-2017)


Como cada año, la Asociación Lírica “Sasibil” abre la temporada con una representación de zarzuela en el teatro Victoria Eugenia. En este caso tocaba “Bohemios”, de Amadeu Vives. No suelen ser las elecciones de Sasibil zarzuelas poco conocidas, pero para quienes tenemos todavía mucho trabajo por delante en este repertorio, no sirve para descubrir joyas como esta obra.




Antes de nada, una reflexión: cada año suelen darse más de mil representaciones de operetas vienesas como “La viuda alegre” de Léhar o “El murciélago” de Strauss. Ellos saben cuidar su patrimonio, mientras aquí seguimos menospreciando la zarzuela, género a menudo considerado menor (incluso por los propios compositores en algunos casos) pero que esconde páginas realmente inspiradas que merecerían una mucho mayor difusión, tanto entre nuestras fronteras como en el exterior. A todo esto, no estaría de más que las funciones de Sasibil aparecieran en Operabase, la página web imprescindible para estadísticas, para poder dejar el pabellón zarzuelero algo más alto dentro de su exigüidad.

Vamos ya con la crónica de la función. Y, como siempre, antes de empezar dejamos un enlace del programa.

La escenografía de “Bohemios”, dividida en tres escenas, fue sencilla pero cuidada: muy bien resuelta la primera escena con sus dos partes diferenciadas, la habitación de Roberto y la escalera. Sencilla la segunda escena en la calle y más barroca la tercera, con la orquesta tocando en escena. La dirección escénica corría a cargo de Iosu Yeregui, a quien estamos más acostumbrados a ver cantando como bajo. Al margen de la comicidad lograda por los actores, habría que destacar en este sentido la aparición de actores en la platea del teatro en el intermedio entre la primera y la segunda escena, que resultó eficaz para animar al público.

Arkaitz Mendoza dirigía la Orquesta de Sasibil, de modestas dimensiones, con su precisión habitual, siempre atento a los cantantes (algo que se pudo ver mejor que nunca en esa tercera escena en la que dirigía en el propio escenario, haciendo sus pinitos como actor; ya sólo nos falta que cante…), marcándole las entradas. Idéntica precisión se percibía con los miembros de la orquesta, que respondieron con buen nivel, en especial en los pasajes operísticos que se insertaron en la acción; a destacar la introducción de la Barcarola de “Les contes d’Hoffmann” de Offenbach o el impecable solo de clarinete dela introducción del “E lucevan le stelle” de “Tosca” de Puccini, pese al ritmo lento en exceso elegido. Era también en esos momentos operísticos en los que más se notaba el desequilibrio orquestal, con obras que exigen más efectivos en el foso. En todo caso, visto lo visto, apetece ver a Mendoza dirigir algo de más enjundia… una “Tosca” completa, por ejemplo.

El Coro de Sasibil no tuvo su mejor noche. Ellas estuvieron correctas, pero a ellos se les notó incómodos en la zona aguda en el coro de la segunda escena. Muy bien, en cambio, el Bohemio de Eneko San Sebastián en la misma escena.

Buen trabajo actoral el de Koldo Torres como Marcelo y,sobre todo, el de Ángel Walter como Girard, uno de los que más carcajadas provocó en el público.

Los breves papeles de Juana y Pelagia fueron interpretados por Klara Mendizabal y Paula Iragorri, un tanto histriónicas en algún momento. Su falta de entidad vocal fue compensada con la incorporación de la citada Barcarola de Offenbach, muy bien resuelta por Mendizabal en la zona aguda, mientras en el caso de Iragorri se echó de menos algo más de seducción al comienzo, algo más de cuerpo vocal, mejorando notablemente a medida que avanzaba la canción.

Algo similar le ocurrió a Consuelo Garrés como Pelagia, un papel vocalmente minúsculo, al que se le añadió el aria “O mio babbino caro” del “Gianni Schicchi” Pucciniano, que cantó sin problemas de voz, pero sin apianar en los agudos, que es lo que le da la gracia a una página tan conocida.

Magnífico interpretativamente el Víctor de Iker Casares, con una comicidad que aparentemente le sale natural. Vocalmente resolvió con solvencia su participación en la introducción de la obra, haciéndose oír incluso cuando cantaba junto a Roberto (con e torrente de voz que tenía su intérprete). No tan bien resuelta su participación en la segunda escena, en la que no se le escuchó del todo bien.

David Baños se hacía cargo del papel de Roberto. Con problemas en las partes habladas, en las que se atascó en demasiadas ocasiones, supo lucirse vocalmente, con una voz potente, de agudo fácil aunque algo forzado en su emisión, algo que se notó en especial en ese “E lucevan le stelle” que se le añadió. Mejor en mi opinión en las partes zarzueleras (en especial en el final) que en la ópera.

Lo mejor de la noche fue en mi opinión la Cosette de Elisa de Pietro, de voz bella y coloratura fácil y perfectamente audible, destacando en especial en su bellísima romanza “La niña de los ojos azules”, en la que sólo le faltó arriesgar algo más en el agudo.

El público, de edad notablemente más avanzada que el que suele acudir a la ópera (asignatura pendiente de la zarzuela, sin duda, el tema de la edad media del público), disfrutó, se rió y dio rienda suelta a su dudosa educación entrando tarde, hablando y hasta cantando en medio de la función. Simplemente desesperante, casi me arruinan una noche zarzuelera más que digna, que me dejó un muy buen sabor de boca. Claro que con una obra tan bella como “Bohemios” no es difícil.



Crónica: El Caserío por Ópera de Cámara de Navarra (05-05-2017)


Nunca había escuchado El Caserío, zarzuela de Jesús Guridi, hasta la pasada semana, como preparación para esta función de zarzuela en el Baluarte de Pamplona. No es que me suela apetecer mucho ir a Pamplona a algún concierto, porque está claro que tengo gafe, siempre pillo lluvia o niebla en la carretera, y esta vez no fue la excepción: a la vuelta la lluvia no paraba y un tramo de niebla llegando ya a Andoain me provocó frenar de golpe y quedarme completamente agarrotado del mal rato que pasé. Pero claro, había que ir aunque sólo fuera por volver a ver a Igor y a Iker…




Escuchando El Caserío en casa, me quedé con la impresión de que Jesús Guridi no es precisamente un gran compositor vocal, que es mucho más interesante en su faceta orquestal (las 10 melodías vascas, la sinfonía pirenaica…), algo que se nota en los fragmentos orquestales de la zarzuela, con mucho la parte más interesante de una obra que carece de grandes momentos (salvo quizá la romanza de Santi “Sasibil, mi caserío”). Inluso los ritmos folclóricos vascos se aprecian mejor en los ritornellos orquestales que en las partes vocales. Pensé también que podía haber hecho una zarzuela en euskera, pero luego cambio de opinión al escuchar el “Pello Josepe tabernan dala” y ver que no entiendo nada porque está en dialecto vizcaino.

Vamos ya a comentar la función. Antes de nada dejamos un enlace de la producción.

La producción de Koldo Tainta era bonita y sencilla, destacando un árbol en medio del escenario que nos trasladaba a un ambiente rural. Quizá menos sentido encontré a los dos paneles móviles que se cambiaban de posición a lo largo de la obra, a los que sólo encontré sentido en determinados momentos, como cuando hacían de las paredes del frontón donde se celebra el partido de pelota. Las proyecciones de fondo ayudaban sin duda a la ambientación de cada escena, y con un vestuario que acentúa el costumbrismo vasco de la obra, escénicamente fue satisfactoria.

La Orquesta Goya, dirigida por Máxi Olóriz, cumplió con solvencia, destacando en los momentos instrumentales, donde el director pudo lucir mejor los ritmos vascos de la partitura, con algún crescendo muy logrado. Acompañó con corrección a los cantantes, sin desajustes evidentes ni tapar las voces. La Coral San Andrés de Villaba cumplió también con solvencia en una obra en la que tienen numerosas intervenciones.Me pareció especialmente afortunada su entrada por las escaleras del auditorio, ya que al comenzar a cantar te veías envuelto por el sonido del coro que todavía estaba descendiendo hacia el escenario, teniendo a miembros del coro en los laterales o incluso por detrás de mi localidad, con lo que te sientes más integrado dentro de la función.

El Grupo de Danzas Mikelats se encargó de los aurreskus y fandangos que aparecen en la partitura. No es mi fuerte este tipo de bailes (por cierto, muy similares en su forma de bailar a la tradicional jota navarro-aragonesa), pero en todo caso contribuyeron a darle una ambientación muy vasca a la acción.

El Caserío cuenta con 9 personajes, de los cuales 4 son solamente hablados, siendo los encargados de interpretarlos correctos en su labor, destacando siempre sus facetas más cómicas.

El personaje de Inosensia lo interpretó la soprano Carolina Moncada. Es un papel casi completamente actoral, de marcado carácter cómico, perfectamente resuelto por su parte, que al final de la obra cuenta con una intervención cantada en el dúo con Txomin que termina en parejita. Canto correcto eclipsado quizá por su faceta cómica, que fue la que se queda más en la memoria del público.

Txomin lo interpretó Iker Casares. Su increíble talento cómico ya me es de sobra conocido; ya desde su primera aparición provoca carcajadas. Por otra parte, es el papel con mas enjundia vocal que le he visto hasta ahora, con varias intervenciones, como el mencionado dúo con Inosensia o el enfrentamiento de bertsos con José Miguel. Hubo algunos agudos más pálidos que otros, hubo algunos momentos menos audibles que otros, lo que nos deja claro que no es un problema de medios, pero en general sus intervenciones cantadas fueron muy correctas, sin ningún fallo remarcable. En las partes de tenor cómico tiene poca competencia, ya que canta mejor de los habitual en este tipo de voces, y su talento interpretativo está fuera de cualquier duda.

La protagonista, Ana Mari, fue interpretada por Noemí Irisarri. Es el de Ana Mari un papel bastante ingrato, al carecer de romanza propia o momentos de gran lucimiento, pero no por ello es un papel poco exigente, ya que los dúos le obligan a darlo todo. Y ella lo dio, aunque había momentos en los que los agudos sonaban algo ásperos, frente a otros en los que sonaban mucho más limpios. Tendría que volver a escucharla para saber si es un problema de tesitura (que la parte le quede demasiado aguda) o simplemente de algún momento en el que no consiguió atacar las notas de la mejor forma. La ausencia de romanza es quizá lo que más le perjudica al no tener un momento en el que lucir sus posibilidades (es una cantante expresiva, eso ya pudimos comprobarlo, pero es que se echa en falta ese momento en el que todo el protagonismo sea para ella y lo pueda dar todo).

José Miguel, el plotari juerguista que es casi el anti-héroe de El Caserío, fue interpretado por Igor Peral. Comenzó su primera intervención bajando las escaleras del aditorio, y ahí la cosa no pintó muy bien, con una voz más bien opaca, perjudicada sin duda por la posición de espaldas a la mayor parte del público. Inmediatamente comienza un dúo con Ana Mari en el que las cosas mejoraron sin duda, con buen fraseo, gusto cantando y unos agudos potentes y bien proyectados que parece que vayan a romper los tímpanos de los espectadores, aunque el registro central no terminaba de estar tan bien emitido como el agudo, perjudicado posiblemente por cantar buena parte del dúo tumbado. Tonterías que desaparecieron inmediatamente a medida que la obra avanzaba, donde a parte de una perfecta caracterización escénica demostró que el papel le queda pequeño (su romanza “Yo no sé qué veo en Ana Mari” parece un calco de la de Nadir de “Los pescadores de perlas” de Bizet pero en cutre, sin muchas posibilidades de lucimiento). Se siente cómodo en el papel; obvio, no arriesga, no tiene opciones de dar todo lo que su voz le permite. Sigo a la espera de escucharle en algún rol operístico protagonista y comprobar si las expectativas que en él tengo puestas se cumplen.

El protagonista de El Caserío es el indiano Santi, soltero, desesperado por a quién le va a dejar su querido caserío Sasibil en herencia, que trama un engaño para conseguir emparejar a sus sobrinos, Ana Mari y José Miguel, aunque al final le suponga un disgusto. Santos Ariño demostró sus tablas y su experiencia en el papel; la voz quizá no esté en su mejor momento, y sacó adelante los momentos más dramáticos (el enfrentamiento con José Miguel del tercer acto) más a base de tablas que de medios vocales. Pero a cambio en los momentos más líricos su fraseo, su legato, la belleza de su línea de canto se imponen, cun una romanza “Sasibil, mi caserío” de manual y una tremendamente emotiva frase final. A mí desde luego me dejó muy buen sabor de boca.

En fin, una buena función de zarzuela, con momentos divertidos, pero que te deja un poco en plan “quiero más, esto me sabe a poco”. El problema, desde luego, es de Guridi. A los cantantes espero tener ocasión de verles de nuevo en papeles que les den más juego.



Crónica: El dúo de La africana en Donostia (11-03-2017)


Tenemos en Donostia la suerte de contar con la Asociación Lírica Sasibil, que programa varias zarzuelas al año, manteniendo así de actualidad un género ignorado por el gran público y cada vez más afectado por un público de considerable edad. La zarzuela requiere un esfuerzo por actualizarse, por atraer nuevos públicos, y creo que la función de ayer de “El dúo de la Africana” cumplió con estas necesidades.




El dúo de La africana es una zarzuela de Manuel Fernández Caballero con un único acto, al que aquí, para alargar la duración, se le insertaron 5 arias de ópera y zarzuela cantadas por cada uno de los personajes principales, para aumentar así el reducido número de escenas musicales. Se dividió así la acción en una especie de dos actos. Dado que el argumento transcurre durante los ensayos y la representación de una ópera (La Africana de Giacomo Meyerbeer, a la que hace referencia el título con ese “El dúo de La Africana”, refiriéndose al dúo del cuarto acto de esta ópera), la inserción de estas arias no estaba en general fuera de lugar.

La dirección de escena ayudó a acercar la obra a nuevos públicos, tanto al actualizar ciertos elementos de la trama (la entrada de Pérez hablando por el móvil, ciertos pequeños guiños en los diálogos) y en especial al incluir a figurantes entre el público, que se peleaban durante la “función”, contribuyendo a meter al público más en la acción de este “teatro dentro del teatro”. Tanto la escenografía como la dirección escénica eran obra de Josean García, fundador de la asociación, que conoce bien el oficio y sabe conseguir el resultado requerido, que en este caso no era otro que hacer llorar de la risa al público (que era el objetivo de “El dúo de La africana” desde el principio).

La orquesta de Sasibil, dirigida por Arkaitz Mendoza, resultó como siempre correcta en la ejecución, destacando en especial las maderas durante la introducción. Las diferencias estilísticas que suponían la inclusión de arias de las más diversas óperas (de Mozart a Verdi) no supusieron un problema, que sonó en todo momento como debería en cada una de esas arias, destacando el bellísimo acompañamiento del aria “O Isis und Osiris”. Hay que destacar también que la orquesta no tapó a los cantantes, excepto en algún momento de la famosa Jota. Y no hay que olvidar la intervención como “actor” de Arkaitz Mendoza al principio de la obra, en un momento cómico muy conseguido. Hay ganas de poder escuchar a Arkaitz Mendoza en repertorios que le permitan un mayor lucimiento, desde luego, porque mis expectativas son altas.

El coro de Sasibil estuvo correcto, mejor por parte de ellas que de ellos, aunque hubo un muy notable desajuste con la orquesta en la escena inicial. Hubo también un “ballet” de 6 miembros cuya función era hacer si cabe más grotesca la “representación” de La Africana.

Vamos ya con los personajes de “El dúo de La Africana”. Dos de ellos no tenían intervenciones cantadas. De ellos, divertidísima María Jesús Gurrutxaga como Doña Serafina, la madre del tenor, siendo el inspector de José Ángel Otegui correcto pero sin tanta opción de lucimiento.

Iker Casares como el regidor Pérez supo a poco. Es un cómico nato, que resultaba hilarante en su histeria inicial hablada (gallos incluidos, y eso que no está en la adolescencia… ) y que en sus escasas intervenciones cantadas canta infinitamente mejor que los cantantes que han participado en las grabaciones discográficas de esta obra interpretando al mismo personaje.

El bajo lo interpretaba Iosu Yeregui. Y anda que no me cuesta hablar de Iosu, que siempre tengo que estar dejándole a caer de un burro, como si tuviera algo contra él… ayer se supone que no cantaba, por lo que en principio las pegas habituales no tendrían lugar en este caso. Su primera aparición como actor me resultó algo histriónica (cosa de gustos personales, llevo mal el histrionismo), estando mejor en apariciones posteriores, como cuando, queriendo abrazar a Amina, acaba cogiendo a Doña Serafina. La imitación del “Trololó” al salir de escena resultó convincente. Pero, aunque su papel no sea cantado, cantó. Y cantó una de las 5 arias incluidas en el espectáculo. Confieso que se me puso cara de tonto cuando escuché los primeros acordes de “O Isis und Osiris” de “Die Zauberflöte”, un aria que me encanta y en la que no perdono errores. Y pasó lo de siempre: mala emisión, con agudos imposibles, al margen de una voz a la que le falta el cuerpo que requiere Sarastro. Pero esta vez por lo menos hubo una grata sorpresa: mal el registro centra y agudo, pero el grave fue más que correcto, en un papel muy exigente en esa parte de la tesitura. Sonó a bajo, desde luego. Espero que de alguna forma consiga mejorar la emisión de la voz y que la próxima vez mis críticas hacia él puedan ser más positivas.

El papel de Amina, la hija del empresario Querubini, lo interpretó Elisa di Prieto. Un papel que en principio tampoco canta, en el que pudo lucir buenas dotes cómicas. Pero se le añadió un aria, del “Ah, non giunge”, de La Sonnambula de Bellini, en la que lució voz, estilo, habilidad en la coloratura, buenos agudos… mejorables las notas picadas y algún portamento, pero fue un momento magnífico, posiblemente el mejor de la noche vocalmente hablando. Sería interesante poder escucharle una Sonnambula completa para confirmar su capacidad, porque el suyo parece un nombre a seguir.

Andrés del Pino interpretó al empresario Querubini. Y como en el resto de los personajes, lo peor fue la incorporación del aria de ópera correspondiente, y en todos los casos el problema era el registro agudo (cantó un “Largo al Factotum” de “Il barbiere di Siviglia” interesante pero con problemas arriba). Su intervención en la parte estrictamente zarzuelística fue mejor, tanto en las partes cantadas, menos exigentes de tesitura, como en los diálogos, en ese pseudo-italiano, que resultaron hilarantes.

El tenor Giuseppini fue interpretado por Javier Agulló, que como aria incorporada cantó una buena “La donna è mobile” excepto por la emisión de algún agudo. Escénicamente tuvo la gracia necesaria, y se le veía cómodo en la jota con la soprano, que fue lo mejor de la parte estrictamente zarzuelística. Otra voz interesante que con alguna mejora en la emisión del agudo podrá darnos unas cuantas alegrías.

Y por último, la soprano protagonista, al Antonelli, fue interpretada por Milagros Martín, que lució un buen acento andaluz. Interpretó una romanza de zarzuela que desconocía, en la que, de nuevo, el mayor problema fueron los agudos, en exceso estridentes. Si excluimos este añadido, su participación fue igual de correcta que la del resto del reparto: interpretación cómica y voz suficiente para hacerse cargo de las partes canoras de la partitura, destacando también en la jota junto al tenor.

El público no lució educación, como ya viene siendo habitual en la zarzuela: una cosa es reírse, y otra ponerse a hablar en medio de la función o a tararear “La donna è mobile” cuando empieza a sonar. Daban ganas de tirarse de los pelos.

Ya he dicho antes que el objetivo de “El dúo de La Africana” es que el público termine llorando de la risa. En mi caso, a lagrimones. Objetivo cumplido. Dos horas de risas aseguradas a las que sumar  algunos momentos musicales muy logrados. Esperando ya la próxima zarzuela que nos represente Sasibil.



Crónica: La tabernera del puerto de Sasibil en Lasarte (09-04-2016)


La Asociación Lírica “Sasibil” es una asociación donostiarra cuyo fin es promover la zarzuela tanto en la propia Donostia como en otros lugares en los que han hecho representaciones de zarzuela. Hasta la fecha, yo había estado sólo en una representación hecha por Sasibil, una “Luisa Fernanda” en el Teatro Victoria Eugenia de la capital gipuzkoana. Teniendo en cuenta los medios y el nivel de la agrupación, la recuerdo como una experiencia satisfactoria (recuerdo que me emocioné con el “Subir, subir y luego caer” de Andeka Gorrotxategi; aunque sólo fuera por eso, ya merecía la pena haber ido). Por eso tenía tantas ganas de poder disfrutar de La tabernera del puerto (la segunda vez que vería en vivo esta zarzuela), aunque en un lugar tan extraño como la Manuel Lekuona Kultur-etxea (casa de cultura en euskera) de Lasarte-Oria, localidad de 18.000 habitantes vecina de Donostia. Los precios de las entradas eran razonables y tampoco me pillaba lejos, así que no me lo iba a perder.




La primera sorpresa: claro, no hay foso para la orquesta, así que ésta se situaba justo delante de la primera fila en el espacio que quedaba hasta el escenario. Obviamente, ahí no entraba una orquesta sinfónica. Y como el anfiteatro no está inclinado, pues aunque estuvieras en las filas de atrás, estabas a la misma altura que la orquesta y el director. Y sí, el director tapaba un poquito la vista del escenario, por momentos, sobre todo para los que estábamos en las localidades más centradas. Pero bueno, males menores.

El lugar no permite escenografías complicadas, pero las resolvieron bien: en los laterales del escenario, la taberna por un lado y el Café del vapor por el otro; en medio, una plaza con unas escaleras detrás y el dibujo de unos mástiles de fondo. Perfecta para el primer acto y para el segundo cuadro del tercero. En el segundo acto se llena la plaza de mesas y bueno, como apaño vale para que parezca la taberna. Lo complicado era el primer cuadro del tercer acto, que transcurre en el mar; pues bien, se abrió el telón solamente hasta la mitad, dejando ver el lugar que ocupa la plaza, con una txalupa en primer plano y sin iluminar el fondo. Con la tormenta, los intérpretes agitaban barca y mástil, y ya tenemos tormenta. Un tanto rudimentario, vale, pero bien resuelto, y más en vista de las obvias limitaciones técnicas y de espacio. Con un poco de imaginación se puede conseguir sacar adelante cualquier reto, desde luego. No queda más que felicitar a la asociación por la eficacia de la escenografía en un escenario a priori nada propicio.

La orquesta propia de Sasibil, modestita en su tamaño, fue dirigida por Arkaitz Mendoza. ¡Bravo por él! Sonó maravillosamente (salvando algún desafine de una trompeta, me parece), consiguió no tapar a los cantantes (y era difícil conseguirlo en un lugar así) y consiguió unos crescendos al final de los actos escalofriantes. Los desajustes con los cantantes parece que se debieron a la imposibilidad de realizar ensayos, y tampoco fueron muy serios. Y es que en los pasajes orquestales sonaron tan bien…

El coro, también propio de Sasibil, cumplió con solvencia (se ve que están acostumbrados al repertorio), aunque la sección masculina me pareció un pelín escasa de miembros; unos pocos marineros más no habrían sobrado. Muy bien no sólo en las escenas corales, sino también en los acompañamientos de los solistas a boca cerrada (en el “En un país de fábula” y en el “La luna es blanca, muy blanca”).

Y vamos ya con los solistas. Antes de nada, decir que, al no haber programa de mano, tendría problemas para saber quiénes fueron los intérpretes (se dijo en voz alta sus nombres antes de la función, pero como para ponerse a apuntarlos…), de no ser porque el tenor Igor Peral ha puesto el reparto (aunque falten los comprimarios) en el Facebook. Así que gracias a él puedo hacer la crónica.

La pareja cómica de Chinchorro y Antigua la interpretaban Josean García y Ana Miranda. Él es el fundador de Sasibil, y se le notaba muy cómodo en su parte, tanto en lo actoral como cantando. Ana Miranda era también una cómica genial, aunque en la parte vocal fuera un poco desajustada de ritmo. Pero claro, en estos personajes no importa tanto cómo cantan sino su vis cómica, su talento como actores, y además son dos borrachos, que como si tienen una voz cazallera, no pasa nada. Sacaron las carcajadas del público, que es lo que tienen que hacer.

ENORME Iker Casares como Ripalda. Y digo enorme porque es un papelito de nada, pero es que él lo hizo destacar. Perfecto como actor, cantó además perfectamente el trío cómico del segundo acto. En serio, muy bien.

Izaskun Kintana se hizo cargo de la parte del muchacho Abel. Su pequeña estatura ayudaba a colar como chavalín (aunque una gorra no le habría venido mal). De nuevo, muy bien como actriz y como cantante. Uno de los momentos más cómicos de la noche lo protagonizaron ella e Iker Casares cuando, al final del trío cómico, van a darle un besito en la mejilla a Marola, cada uno por un lado, y ella hace la cobra y terminan dándose un pico… es lo que tiene la zarzuela, que gags de esos ayudan mucho a sacar adelante la función.

Simpson, un personaje que siempre funciona muy bien, lo cantó Jesús Lumbreras. Leo por ahí que es barítono; por tesitura Simpson tampoco es tan grave como para darle problemas, es más un tema de timbre: el de Simpson tiene que ser un timbre oscuro. Y el de Lumbreras ayer lo fue. Sacó adelante sin problemas su maravillosa romanza “La luna es blanca, muy blanca” y sus participaciones en la habanera del primer acto. Y además, su personaje es el hilo conductor de la zarzuela, y lo sacó adelante con talento interpretativo.

Siguiendo el orden en el que salieron a saludar (que no es el orden que yo seguiría, pero bueno), pasamos a Leandro, que lo interpretaba Igor Peral. Su nombre me sonaba, pero no sabía de qué… acabo de enterarme que fue el Gastone de La Traviata donostiarra de la que escribí crónica hace dos meses. Entonces dije que “me sonaba engolado, pero bien resuelto”. Pero claro, no es lo mismo el Gastone verdiano, cortito, muy central, que este Leandro, con muchos más graves y agudos. Al margen de que escénicamente quedaba perfecto como Leandro, sus primeras frases cantadas (en el dúo con Marola… “Todos lo saben, es imposible disimular) mis impresiones fueron similares: canta bien, pero suena algo engolado. Los graves no parecen ser su mejor baza (y las primeras frases del dúo del 3º acto son peliagudas por esa zona), pero en cuanto sube al agudo, parece que la voz se libera y suena mucho mejor. Su “No puede ser” fue muy aplaudido (claro que si subo yo a cantarlo estando afónico también me aplauden… ese público que va sólo a la zarzuela al final aplaude los pasajes que conoce, al margen de que hayan estado bien o mal cantados). Merecidamente, he de decir. No lo voy a comparar con el de Javier Camarena que escuché dos días antes (no tiene sentido); se enfrentó con valentía a los agudos y en la parte central de la romanza se esforzó por matizar, por apianar. No voy a decir que me emocionara; eso ya lo había hecho (junto a Marola, los dos) en el dúo del primer acto, que desde el “Marinero, vete a la mar” fue quizá lo mejor de toda la noche. Ahí ambos estuvieron perfectos, y las voces empastaban muy bien. Y con lo que me gusta a mí ese dúo, pues disfruté como un enano. Es además un tío muy majete, por cierto.

El papelón de Juan de Eguía lo cantó Alberto Arrabal. Vozarrón, simplemente. Incluso se sacó algunos agudos de la chistera tanto en la habanera como en su romanza del segundo acto. La faceta extrovertida, fanfarrona, le pegaba muy bien tanto a su interpretación como a su canto (por momentos se diría que el papel le iba pequeño). Incluso matizar un poquito más en la habanera no habría quedado mal. En la romanza del segundo acto se le vio comodísimo, y muy bien también en el final del segundo acto. Pero, curiosamente, lo mejor fue su romanza del tercer acto, donde tuvo que contenerse más pero que resultó muy emotiva: en esa romanza hay que emocionar (que nuestros ojos, igual que los de Juan de Eguía, sepan lo que es llorar), y él lo hizo.

Y termino con Marola, cantada por Ruth Terán. Ya desde el dúo del primer acto dije: su “En un país de fábula” va a ser fabuloso. Y lo fue. Sin problemas de tesitura, con el volumen suficiente para hacerse oír (aunque en los dúos con Leandro tenía que esforzarse más por hacerse oír, sin conseguirlo siempre), físicamente perfecta (ya sabemos que el físico en la ópera y zarzuela no debería importar, pero es que una Marola fea o entradita en años como que no pega ni con cola), con una voz bellísima y muy buen gusto… Lástima que su romanza no fuera demasiado aplaudida (será que no es tan conocida como las otras…). Ella redondeó un cuarteto protagonista, en mi opinión, impecable. Demasiado lujo desde luego para un lugar como Lasarte: en Viena, o hasta en Madrid, podríamos pedir más; aquí nos esperaríamos mucho menos, algo casi mediocre para llenar el cupo, y no fue así ni de lejos.

Un buen tirón de orejas para el público, por cierto, Al margen de las toses, los móviles y demás cosas habituales, hubo encima tarareos y, peor aún, cotorreos; por un momento, creo que en el tercer acto, parecía que estuviéramos en un bar de los “murmullos” que se oían; hasta en el cine hay más silencio. tenía detrás mío a dos hombres que estaban todo el rato silenciando a unas abuelas ultra-ruidosas al lado suyo, y cuando comienza la orquesta con el preludio del tercer acto (que mira que es bonita), le hacen callar a una, y ella protesta: “Pero si todavía no ha empezado”. ¡Estuve a punto de girarme y comérmela! Y los aplausos antes de tiempo, sobre todo en la romanza de Juan del tercer acto, que él todavía no había terminado su último “Piedad” y ya todo el mundo aplaudiendo… lo que nos va a costar educar al público… a mí lo que me va a costar es una úlcera, al paso que vamos.

Esta La tabernera del puerto se va a representar en algún pueblo gipuzkoano más a finales de año, pero espero algo más: siendo este 2016 Donostia la capital europea de la cultura, siendo Sorozabal, junto con Usandizaga, su más notable compositor, siendo esta Tabernera, en mi opinión, su obra maestra, y en un año en el que acabamos de celebrar el 80 aniversario de su estreno, sería de cajón que se represente también en la capital gipuzkoana. No desaprovechemos la ocasión, por favor.